(nota: esta versión no está contrastada con la versión publicada)

Alfonso Ojeda, Ernesto de Laurentis y Álvaro Hidalgo (coords.) Corea frente a los desafíos del siglo XXI,  Madrid, CEIC-AEEP, 2001, pp. 93-112.

Historia de los Contactos

Las Nuevas Relaciones Tras la Guerra Fría

El juego del futuro

Japón y los Estados Unidos dentro de las Relaciones Exteriores de Corea

La Historia de Corea ha sido definida desde hace muchos años por sus vecinos. Demasiado pequeña y con recursos de población y del terreno limitados, las influencias externas han sido siempre decisivas a la hora de definir tanto sus relaciones con el exterior, como su situación interna. La geografía indica, ciertamente, que la península coreana se halla no sólo en el camino de las corrientes frías de Siberia hacia el sur en invierno, sino también tiene frontera con tres grandes potencias, China, Japón y Rusia. Estos vecinos han variado en influencia a lo largo de la historia, y desde la Guerra Mundial es necesario añadir a los Estados Unidos, siendo un factor decisivo en el comportamiento coreano con el exterior. En este trabajo nos centramos en las relaciones con los dos países que más influyen la península coreana en la actualidad, Estados Unidos y Japón, empezando por el bagaje histórico.

1. Historia de los contactos

El sistema tradicional por el que se regían las relaciones entre los distintos pueblos y regiones del Asia Oriental era distinto al europeo. La civilización sínica formaba su centro, con su emperador considerado como el representante de los dioses, y sin fronteras que delimitaran el territorio exacto al que llegaba la influencia de cada señor. Debajo del Imperio chino, como gobierno representante de los dioses y más desarrollado, los territorios, según ese esquema implantado siguiendo los valores sínicos,  seguían en rasgo descendente por los gobiernos que, aun no siendo chinos, habían asimilado los textos clásicos confucianos, habían desarrollado una máquina burocrática más compleja, ya fuera en unos gobernantes hereditarios o una administración con mandarines, o mostraban sometimiento al Imperio chino enviando embajadas. Dentro de ese esquema, Corea estaba en un término medio, puesto que les era reconocida su asimilación de los valores y la cultura chinos, y un desarrollo de la maquinaria estatal importante, con sucesión monárquica y mandarines, compartiendo su posición con japoneses y vietnamitas.

1.1. El sistema sínico de Asia Oriental

Los gobernantes coreanos tendieron a aceptar su posición dentro de ese esquema general sinocéntrico. Los monarcas buscaron su legitimación mediante signos que indicaran su inclusión dentro del entorno sínico, tales como enviar embajadas periódicas para conseguir ventajas comerciales y adaptando el calendario chino, es decir, contando los años según el monarca que ocupara el trono del Imperio chino. Varias razones llevaron a ello, por un lado la admiración hacia esa cultura considerada superior, por otro la legitimación que suponía el reconocimiento desde la Corte Imperial ante su propio pueblo, y por último, también, por la falta de alternativas, con tan pocas posibilidades de defensa frente a los posibles ataques del Imperio chino.

Japón fue un caso diferente. Aunque en un rango semejante a Corea, junto con Vietnam, por esa asimilación de los valores sínicos, desde muy pronto los gobernantes nipones se sintieron incómodos con esa clasificación. Su aislamiento, las leyendas sobre el origen divino de la familia imperial, y la creciente militarización de la sociedad a partir del final de la época medieval o Heian (782-1185) llevaron a una menor disposición a aceptar esa superioridad china, que llevó a rechazar las pretensiones mogolas del siglo XIII de rendir pleitesía mediante Embajadas, o a seguir numerando los años según su propia familia imperial en lugar de seguir las dinastías chinas, aunque nunca ha rechazado los valores culturales clásicos chinos. Con el tiempo, además, no sólo se permitió rechazar el envío de Embajadas, sino también disputar al Imperio chino su influencia en algunos territorios, tales como Corea y las islas Ryûkyû (Okinawa). Estos reinos sinizados fueron el lugar donde los japoneses, en su afán de que les fuera reconocido su papel relevante, disputaron su influencia a los chinos. Especialmente Corea, porque fue el lugar donde Japón decidió enfrentarse militarmente a la hegemonía china, en fechas tan tempranas como  1592 y 1597, en lo que se puede calificar como un precedente de expansión imperialista.

Las expediciones fracasaron tras 1598 con la muerte en tierras coreanas del impulsor del proyecto, Hideyoshi Toyotomi, y el retorno inmediato de las tropas niponas al archipiélago. A pesar de esa derrota, los gobernantes japoneses siguieron proyectando sus ambiciones de superación a través de la península coreana porque siguieron en el empeño de sentirse y mostrar a los demás su superioridad, dentro de ese sistema de relaciones internacionales sínico, sobre los coreanos. Ya que las expediciones militares fracasaron, los japoneses buscaron que Corea les mostrara sumisión por medio de la forma en que entonces se mostraba, por medio de una Embajada con presentes. En esta ocasión , lo consiguieron, porque los coreanos enviaron una al archipiélago japonés en 1607. Varias razones les llevaron a ello: la autorización de los chinos, la intención de calmar los ánimos  japoneses, tener una cierta seguridad de que no se intentaría invadir de nuevo su territorio, conseguir el retorno de los prisioneros de las expediciones comandadas por Hideyoshi y conseguir enterarse, mientras tanto, de si había planes en Japón contra ellos. A raíz de esta embajada, Japón se percibía por encima de Corea.

Pero más allá de consideraciones de superioridad o desarrollo, las relaciones con la península coreana tenían un carácter crucial para Japón, tal como muestra el período de relativo aislamiento japonés (llamado, en una traducción errónea posterior, Sakoku, o país cerrado), conocido por la expulsión de los Ibéricos y por las prohibiciones marítimas al sur de las Ryûkyû. Porque aunque el gobierno shogunal japonés se esforzó por controlar o impedir los viajes y los contactos de sus súbditos con ibéricos, chinos o con los pueblos del sudeste asiático, el gobierno de los Tokugawa siempre trató de balancear esas carencias en Corea. De hecho, esta península vivió unas relaciones con Japón, en un principio, con unas tendencias inversas a las generales: ya que se redujeron los contactos con otros países, los japoneses las intentaron aumentar con los coreanos. Los contactos nipo-coreanos, de hecho, llegaron a suponer una proporción importante del total de la producción de moneda japonesa, puesto que se calcula, a fines del siglo XVII, que el porcentaje de la acuñación total de plata que iba destinado al comercio exterior (mayoritariamente, Corea) llegaba al 8%. En el aspecto propagandístico, Corea también fue importante para Japón, puesto que un total de once embajadas coreanas visitaron la capital japonesa llevando regalos, en un acto que los coreanos entendían como una simple forma de asegurar la paz con sus vecinos nipones, pero que los japoneses percibían como una sumisión expresa a la jerarquía nipona, alternativa a la china. Corea, en definitiva, fue la tabla de salvación de la política exterior de los shogunes japoneses al compensar las carencias que supuso la falta de relaciones con China, tanto en un plano económico, como en uno propagandístico. Sin el comercio por medio de la isla japonesa de Tsushima y de la ciudad de Pusan, el esfuerzo de los Tokugawa por unificar el país no habría tenido un éxito tan duradero como lo tuvo, puesto que a lo largo de esos  dos siglos y medio el nivel de vida de la población japonesa aumentó mucho más que en otros países. Japón vio a Corea como herramienta para elevar su rango internacional.

1.2. La Era del Colonialismo

La expansión europea y la amenaza colonial sobre Japón cambió el contexto de los contactos nipo-coreanos. El viejo sistema sínico de relaciones internacionales fue sustituido por otro sistema con conceptos diferentes derivados del creciente dominio occidental, en el que era necesario delimitar fronteras, tener una bandera y dominar otros territorios para ser considerado entre los grandes. Como consecuencia de la nueva situación,  Corea consiguió la independencia en 1824 y Japón hizo su Renovación Meiji  en 1868. Pero pronto volvieron las viejas ambiciones niponas sobre Corea. Al igual que siglos atrás, Japón vio este país como la forma más factible de elevar su rango internacional y pronto buscó aumentar su influencia sobre Corea siguiendo los nuevos métodos reconocidos internacionalmente. Así, se firmó el primer tratado conjunto en 1876, con la inicial intención nipona de separar al gobierno de Seúl de la influencia china.

Los japoneses después multiplicaron sus esfuerzos porque Corea pasase a su área exclusiva de influencia. Tras la victoria japonesa sobre el Imperio Chino en 1895, la guerra de 1904-05 contra el Imperio Ruso fue el momento para conseguir un mayor dominio hasta que en 1910 comenzó oficialmente la colonización. Fue de una manera en que la modernidad no olvidaba la herencia histórica, porque aunque esa colonización se basó en esos nuevos esquemas importados de Occidente, tales como el dominio militar o la firma de un tratado, se mantuvieron métodos de ese sistema sínico que para entonces ya estaba caduco oficialmente, tales como el nombramiento del rey coreano como príncipe del imperio Japonés, o la reducción de impuestos, siguiendo una práctica tradicional china[1].

 Corea pasó a ser un territorio crucial del Imperio Japonés. En un plano estratégico, porque las razones de la expansión fueron cada vez mas defender “su” territorio coreano de otros ataques y uno de los choques previos a la Guerra del Pacífico contra la Unión Soviética, en julio de 1938,  fue precisamente en la frontera de Corea,  en Chankuofeng. Los esfuerzos de aculturación fueron mayores proporcionalmente que en otros territorios, como la Micronesia, donde los colonizados eran vistos en un rango inferior (santô kokumin) aun a los coreanos o los taiwaneses. Japón hizo esfuerzos por transformar las estructuras agrarias y reformar la situación de la tierra con el objetivo aparente de modernizar el país y mejorar la calidad de vida de los campesinos, pero las autoridades coloniales, como en muchos oros casos, fueron las mas beneficiadas, aunque Tokio buscó también el prestigio de ser considerada una nación colonizadora exitosa.   No faltó quien aprovechó para buscar en Corea las raices de la identidad nacional japonesa y la fundación del Museo de Artes Populares en Tokio en 1936 tuvo el origen en las colecciones de cerámica y artes coreanas de Yanagi Muneyoshi, quien en 1924 fundara el Museo de Bellas Artes de la Nación Coreana[2]. En el propio territorio coreano no parece que hubiera tal satisfacción, puesto que desde 1919 se vivieron las primeras manifestaciones coreanas demandando independencia o autonomía, pero reprimidas tajantemente, con gran cantidad de muertos, que han llegado a ser cifrados en 7.645 por el investigador japonés Yukio Wakatsuki. La oposición coreana frente a la colonización japonesa creció con el tiempo y durante la Guerra del Pacífico hubo unas Fuerzas de Recuperación de la independencia en torno a un líder, Kuang Bok Sun, cuyo gobierno residió en Chonqing con el gobierno nacionalista del Kuomintang.

1.3. La Guerra de Corea

Tras la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, Estados Unidos entra en la escena de las influencias sobre la península coreana, mientras que la importancia de la Unión Soviética se acrecienta de acuerdo con ese nuevo poderío militar de ambos ante los fascismos. Tras el regreso de los antiguos colonizadores nipones, la península coreana permaneció dividida hasta que en junio de 1950 estalló una guerra a raíz del intento (sin prever excesivamente las consecuencias) de ocupación de los comunistas del norte sobre el resto del país. El conflicto de Corea pasó pronto de ser un asunto interno para convertirse en la primera disputa de contención de la Guerra Fría, con la característica de que había dos bloques opuestos clamando ambos la soberanía sobre la totalidad de la península. Las repercusiones fueron importantes porque primero las tropas de las Naciones Unidas entraron en liza en defensa de las posiciones del sur, sin haber sido impedido por la Unión Soviética que estaba luchando en esos momentos porque la China Popular entrara en el Consejo de Seguridad, y después China pasó a participar en defensa de los comunistas del norte, una vez que el avance de las tropas de las Naciones Unidas más allá del paralelo 38 les hizo percibir que sus fronteras estaban amenazadas. Pudo haber tenido implicaciones más extensas aún, porque la Unión Soviética y los Estados unidos estuvieron a punto de enfrentarse abiertamente.

La Guerra de Corea dividió la península en dos partes y a partir de la Conferencia de Ginebra de 1954 la situación quedó oficializada. Mientras que los Estados Unidos sustituían a Francia en Vietnam tras su derrota en Diem Biem Phu, y China fue vista por primera vez con status de gran potencia, esta Conferencia fue para Corea la confirmación de una situación que ya estaba de hecho en la península: un régimen en el norte apoyado principalmente por Pekín y uno en el sur apoyado por Estados Unidos, con quien ya había firmado en 1953 un acuerdo de seguridad.

Japón ha apoyado desde entonces los planes estadounidenses para despachar fuerzas desde su territorio rápidamente en caso de un ataque norcoreano hacia el régimen de Seúl. No ha habido una relación directa en asuntos de defensa que sea reseñable, y los contactos militares han sido poco frecuentes, pero el apoyo al régimen de Corea del Sur ha sido claro. Por parte de los surcoreanos, el recuerdo amargo de la ocupación japonesa ha sido una de las pocas concomitancias con los norcoreanos y muestra de ello es la popularidad que alcanzó el presidente Syngman Rhee tras declarar explícitamente que, en caso de que soldados japoneses volvieran a la península coreana, los surcoreanos unirían sus fuerzas los norcoreanos con tal de expulsar a los nipones[3].

La relación de los contactos históricos de Corea, en conclusión, podría sacarse a partir del ejemplo de la anexión de Corea por Japón, que fue anterior a sus golpes al Imperio Chino: una Corea débil ha instigado la rivalidad de las superpotencias, hayan sido éstas China, Japón, Rusia o Estados Unidos.

2. Las nuevas relaciones tras la Guerra  Fría

         Los hielos de la Guerra Fría siguen sin derretirse en la península coreana, pero el contexto ha cambiado fuertemente, porque los actores que presionaban anteriormente por esa rivalidad ya no lo hacen de la misma forma. Así, por ejemplo, el régimen de Pyongyang ahora está mucho más aislado tras el establecimiento de relaciones de Seúl con Pekín y con Moscú. El régimen de Corea del Sur, por su parte, está mucho más fortalecido que antaño frente a sus rivales del norte, tanto económicamente, porque su renta per cápita en 1997 era catorce veces mayor que la del Norte (9.530 $ frente a 741), como políticamente, porque tanto el tratado que le vincula directamente con Estados Unidos como el que mantiene la seguridad en el Noreste de Asia, el nipo-estadounidense, está fortalecido. En la renovación firmada en el Otoño de 1997 se estableció la ayuda que Japón concedería a Estados Unidos precisamente ante Corea del Norte, marginando otros escenarios potencialmente candentes, tales como el del estrecho de Taiwán. La división de funciones entre Estados Unidos y Japón respecto a Corea, el uno en el aspecto estratégico, y el otro asumiendo  papeles más políticos y, sobre todo, económicos, está siendo reforzada.

2.1. El doble significado de las relaciones con Estados Unidos

El significado mutuo de estas relaciones es diferente para ambos países. Para Estados Unidos, Corea del Sur se ha convertido en la prueba su compromiso para toda la región asiática. El mantenimiento de los 37.000 soldados estacionados es visto ahora como el termómetro de los esfuerzos de la administración estadounidense tanto hacia Corea como en relación al resto de tropas en la región, que llegan a los cien mil soldados. Por ello, los debates internos estadounidenses sobre si mantener esa cantidad y sobre cómo financiarlo (en ocasiones, intentando ser una “superpotencia en plan barato”) son observados tanto por coreanos como por el resto de los asiáticos por la interpretación que ello pueda tener hacia el futuro. El escenario de conflicto futuro, ciertamente, es bastante diferente al que se contempla en otros puntos de tensión. Así, mientras que en la tensión entre China y Taiwán se apuesta claramente por la necesidad de un compromiso y, por tanto, por mejorar los lazos diplomáticos, en el caso de Corea se considera más importante la posibilidad de una guerra masiva. Las pruebas militares realizadas en noviembre de 1994, en las que tomaron parte 36.000 soldados norteamericanos en Estados Unidos, otros 650.000 surcoreanos y cuatro millones de reservistas, fueron un buen ejemplo de ello, reciprocando el enfado con el de los Estados Unidos por las ventas de tecnología de misiles a Irán o Pakistán.

Para los surcoreanos, la visión hacia Estados Unidos está dividida entre su sentimiento de nación ocupada militarmente y la conveniencia de contar con su ayuda para medrar en la sociedad internacional y, sobre todo, para que les sea posible acercarse a sus vecinos tanto chinos,  como rusos o inclusos los norcoreanos. El sentimiento antinorteamericano ha crecido a raíz de las recientes evidencias de la implicación estadounidense en la masacre en la ciudad suroccidental de Kwangju, en mayo de 1980[4]. No obstante, la dependencia en muchos aspectos es importante. A nivel político, queieren evitar que la tenga éxito la oferta de Pyongyang de firmar un tratado de paz bilateral con Washington. A nivel estratégico, la constancia del programa de misiles de Corea del Norte ha llevado a probar unos misiles propios capaces de alcanzar objetivos alejados 300 kilómetros (Hyonmu), pero es necesaria la asistencia estadounidense para que estos puedan alcanzar las bases situadas al norte de la península o bien para continuar con la vigilancia de los posibles sitios nucleares norcoreanos, tal como ocurrió con la base de Kumchang-ni, localizada gracias a los satélites estadounidenses. Por otro lado, la posibilidad de que el Norte cancele sus programas militares depende no sólo de la publicitada política de compromiso del Sur, o “Sunshine Policy,” sino del apoyo que le puedan conceder los norteamericanos, porque Pyongyang sigue alternando momentos de beligerancia con esfuerzos diplomáticos. A nivel económico, la crisis de 1997 ha incrementado la necesidad por mantener unas buenas relaciones con Washington. Estados Unidos lo ha reconocido y el propio presidente Clinton anunció en su primer Discurso sobre el Estado de la Unión al inaugurar su segundo mandato que Estados Unidos debería mirar tanto a Asia como a Europa, pero también que era necesario equilibrar el interés estratégico con el económico: “Nuestra seguridad lo demanda. Nuestra prosperidad lo requiere”[5]. Entre todas estas tendencias empujando en direcciones opuestas, ciertamente, Seúl es bien consciente de que su futuro pasa por incrementar la cooperación económica entre todos los países ribereños del Océano Pacífico. La evolución del presidente Kim Dae Jung parece el ejemplo más claro de ello, porque aún representando los movimientos antiimperialistas, ha acabado expresado un total apoyo a la alianza con Estados Unidos a plazo largo, y por tanto más allá de lo que ocurra durante la unificación.  La economía manda cada vez más.

2.2. Sentimientos y economía en las relaciones nipo-surcoreanas

         Estos contactos tienen un contenido mucho más emocional, producto no sólo de esa cercanía geográfica, sino también de la historia conjunta y de los lazos culturales obvios. Para los coreanos, Japón es el país que cuando les colonizó les quiso también aculturar y que no se muestra suficientemente arrepentido, mientras que al contrario,  la península coreana es el escenario donde Japón necesita probar que es factible su búsqueda por conseguir una política más activa y más independiente en el mundo[6]. Los pilares de la política exterior japonesa, mantener la alianza con los Estados Unidos, asegurar la capacidad de defensa apropiada y realizar activos esfuerzos diplomáticos, pasan necesariamente por la prueba de fuego de Corea. Si antes era necesario mostrar una colonización en Corea para ascender en la consideración internacional, ahora la política exterior de Japón necesita mostrar las buenas relaciones con Corea como ejemplo de que la publicitada doctrina japonesa de la “Nación Pacífica” realmente sirve para promover la estabilidad en la región.

         Tras el establecimiento de relaciones diplomáticas en 1965, las relaciones actuales parten de la década de 1970, cuando la normalización de relaciones entre la República Popular China y Estados Unidos permitió a Japón un creciente papel en Corea del Sur. Por parte de ambos países la iniciativa fue seguida con las expectativas que suponen la apertura de relaciones con un vecino importante y tanto el presidente Park Chung Hee en Seúl como Miki Tadeo en Tokio las impulsaron. Park, a pesar de las protestas anti-japonesas, las apoyó bien consciente de la necesidad de la cooperación japonesa para el desarrollo económico coreano y Miki, sabiendo que la paz y la estabilidad en Corea son esenciales para que también lo haya en Japón. Nakasone Yasuhiro, más tarde, empezó su mandato como primer ministro concluyendo en su primera reunión del gabinete afirmando que quería empezar por mejorar las relaciones con Corea del Sur y después concedió un fuerte crédito comercial a Corea por razones que se consideran principalmente políticas[7].  Japón ha tenido un papel de intermediario entre la China continental y Corea del Sur, haciendo un esfuerzo importante para que Pekín se abriera a Seúl e impulsara las relaciones mutuas, a pesar de sus buena relaciones políticas con Pyongyang.

En la década de los noventa, caído el muro de Berlín, el papel político de las relaciones ha decrecido en relación con el estratégico, aunque este concepto cada vez sea menos dependiente del aspecto militar, en lo que se llama la política de Seguridad Comprensiva[8]. Las razones han sido varias. Tras haber establecido Seúl relaciones diplomáticas con Moscú y Pekín, el papel intermediario de Tokio ha sido mucho menor. Además, la posibilidad de un conflicto abierto con Corea del Norte ha sido proporcionalmente más importante, habida cuenta del programa nuclear y de las reacciones de Pyongyang, un régimen que ha sido considerado cada vez más impredecible tras la muerte de su antiguo líder, Kim Il Sung, y la pérdida de los tradicionales apoyos con los que contó durante la Guerra Fría.

2.2.1. Corea del Norte, entre Seúl y Tokio

Japón ha apoyado desde un principio la llamada “Nordpolitik” o estrategia de Estados Unidos hacia Corea del Norte. Sin embargo las relaciones de Japón con este país comunista tienen su propia dinámica y ello ha generado crecientes conflictos por los deseos nipones de actuar de forma más independiente en asuntos que pueden ser considerados bilaterales. Por un lado, están los ataques de los  medios de comunicación contra Japón, la imposición de sanciones económicas por los actos terroristas causados a Corea del Norte en los años 80 y las deudas impagadas a empresas japonesas por un valor aproximado de 50 millones de dólares. Por otro lado, un intercambio mutuo que aún siendo oficioso es importante para el régimen de Pyongyang, ya que se calcula llega a los 20 millones de dólares anuales

Además, desde la década de 1990, Japón se puede permitir elaborar mejor una política hacia Corea del Norte por razones de política interna, puesto que al contrario de lo que ocurría en décadas anteriores, en que apoyar a Kim Jong Il era una de las reivindicaciones más emocionales de la izquierda japonesa, las posiciones de los grupos políticos ante este régimen se han acercado y es posible un consenso entre las distintas formaciones políticas. El primer ejemplo de ello fue la famosa visita del vicepremier Kanemaru Shin a Pyongyang en septiembre de 1990, cuando no sólo lloró al conseguir que liberaran a unos marineros acusados de espías, sino también dio comienzo a las negociaciones para la normalización de las relaciones. Tras una apología formal japonesa en enero de 1991 por su dominio colonial en los años 1910 a 1945, estas negociaciones progresaron gracias al apoyo japonés a la propuesta de entrada conjunta de Corea del Norte y del Sur en las Naciones Unidas, pero después se estancaron. La inspección de los lugares presuntamente nucleares en el Norte, o la cantidad y la forma de la ayuda económica japonesa fueron obstáculos imposibles de soslayar y las negociaciones quedaron estacadas. Tokio prefirió mantenerse distante ante un régimen al que acusaba, cuando menos, de impredecible.

El año de 1993 puede ser considerado como la fecha del empeoramiento de  la situación en relación con Corea del Norte. Las sospechas sobre el desarrollo de un programa nuclear en Corea del Norte fueron el motivo de la interrupción de las conversaciones a Alto Nivel (Primeros Ministros) que se estaban llevando a cabo desde el año anterior, ya que el régimen de Pyongyang impedía la implementación de las inspecciones mutuas reconocidas en las Declaración Conjunta sobre Desnuclearización en la Península de Corea. Por parte de Pyongyang, su difícil situación económica y  la percepción beligerante producida por los ejercicios conjuntos entre Estados Unidos y Corea del Sur en el mes de marzo, en el llamado “Team Spirit”, fueron la causa de ello.  Coincidieron con la tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte, que estuvieron a punto de entrar en guerra a mediados de 1994, precisamente por el programa nuclear[9].

Como consecuencia de esta situación distante, Japón ha sido casi el único país que se ha negado a continuar enviando ayuda humanitaria a Corea del Norte, alegando que primero se debían solucionar la suerte de las personas que han sido secuestradas en el mar de Japón  (o de Corea) por el régimen de Pyongyang y, además, está molesta por la falta de agradecimiento del régimen por esas ayudas, que dice en su televisión que la gente no se debe engañar por los “complots de los países capitalistas en forma de ayuda”.[10] Japón ha afrontado las críticas estadounidenses de no enfrentarse directamente, como en la Guerra del Golfo, al problema norcoreano, incluido un posible aislamiento. Pero una acción norcoreana cambió la consideración hacia Tokio: el lanzamiento del misil de segunda generación Taepodong-1, el 31 de agosto de 1998, cruzando el espacio aéreo japonés, poco antes de la inauguración de la  Asamblea Popular Suprema. Poco después, en marzo de 1999, la Marina japonesa persiguió a unos presuntos buques espías norcoreanos fuera de las aguas jurisdiccionales, y no sólo llegó a hacer unos disparos de salva para alertar, sino que sus superiores autorizaron su publicación en la televisión. No es extraño que la 10ª Asamblea Máxima del Partido Democrático Revolucionario Coreano (DPRK), celebrada en octubre del mismo año, atrajera una gran atención entre la opinión pública japonesa. La conclusión fue clara: las ansias beligerantes de Pyongyang, tal como demostró con la incursión en la zona desmilitarizada en mayo de 1997, no sólo amenazaban el régimen surcoreano, también al resto de la región.

Desde entonces, ha sido imposible evitar una actitud más activa de Tokio en las conversaciones sobre el futuro de la península coreana. Japón ya participaba en KEDO (Korean Peninsula Energy Development Organization), la organización fundada entre norcoreanos y estadounidenses en 1994 para construir reactores de agua ligera en Corea del Norte con el fin de desmantelar las facilidades ya instaladas con capacidad para producir plutonio, susceptible de ser utilizado en armamento nuclear.  Con financiación de Corea del Sur, Estados Unidos, Japón o la Unión Europea, KEDO permitió internacionalizar el problema de Corea del Norte y crear una base para solucionarlo, entre temores norcoreanos a quedarse aislado. Así, desde 1998, teniendo en cuenta esa participación en KEDO y las amenazas directas a la seguridad japonesa, Japón ha recibido un visto bueno cada vez más claro desde Corea para participar cada vez más activamente en los programas para el futuro de la península coreana. Las Conversaciones a cuatro bandas (China, USA y las dos Coreas) han debido ser ampliadas informalmente hacia Japón con la puesta en marcha en 1998 de la coordinación trilateral entre Seúl, Tokio y Washington en el llamado Trilateral Coordination and Oversight Group.

Corea del Norte es un tema que está abierto, pero ha tenido dos consecuencias importantes para las relaciones entre Tokio y Seúl. Por un lado, para galvanizar las preocupaciones de seguridad e incrementar los fondos japoneses para investigaciones conjuntas con Estados Unidos sobre sistemas defensivos antimisiles, en un movimiento que ha asustado tanto a Pekín como a Seúl, temerosos de las “capacidades sorprendentemente sofisticadas,” como decía un editorial de Korea Herald, que alcanzaría Japón. También, para pensar en conjunto sobre las relaciones con la península, no sólo por los dos regímenes, sino por las implicaciones internacionales de ello, tanto por medio del Tratado Nipo-Norteamericano, como de KEDO, ARF (Asean Regional Forum) u otras organizaciones. Estando en una situación en la que tanto nor-como surcoreanos están interesados en que normalice las relaciones con Pyongyang, Japón está aumentando su capacidad de maniobra.

2.2.2. Recuerdos del Pasado Colonial

La relación pasada, sin embargo, reduce la capacidad de maniobra de Japón ante el futuro de la península coreana. Es un obstáculo importante en las relaciones mutuas no sólo por su permanencia en el día a día de los contactos, sino porque son varios los frentes abiertos en el pasado que siguen sin cerrarse. Vamos a hacer una breve relación.

1.     DOMINACIÓN CULTURAL

Las quejas coreanas más extendidas contra Japón se refieren a los intentos por acabar con su cultura y su identidad nacionales durante la colonización. La imposición del uso del idioma japonés, de nombres japoneses y el resto de medidas en esta dirección llevaron en 1945 a unas normas destinadas a evitar ese flujo japonés tan dominante. Además, no sólo siguen en vigor, sino que incluso se han endurecido en algunos casos, como ocurrió en 1994, cuando la Universidad Nacional de Seúl retiró el japonés como una de las lenguas secundarias en las que se podían efectuar la selectividad.

Es una situación que provoca situaciones difíciles de comprender, porque más de cincuenta años después de acabar la dominación colonial, esta Universidad sigue sin tener un departamento de lengua japonesa o “Ireo”, estableciendo un modelo que muchas otras universidades han seguido. A veces, la aplicación de estas medidas resulta difícil de explicar son contradictorias. Así, una película ("Ai no Mokujiroku" o "Apocalypsis de Amor," protagonizado por Eri Ishida y basado en un libro de la escritora Yoon Ki sobre su madre) basada en la vida real de una japonesa que se dedicó a trabajar con huérfanos de Corea del Norte no pudo ser mostrada al público coreano, a pesar de que era una coproducción financiada en parte por fundaciones surcoreanas, ya que algunos de los papeles habían sido protagonizados por japoneses[11].

2.     SUPERVIVIENTES DE LA MAQUINA MILITAR JAPONESA

Un buen número de coreanos fueron víctimas de los intentos expansionistas japoneses. Un buen número de ellos murieron durante la guerra, pero un número de personas que trabajaron en instalaciones militares o que fueron prisioneros de guerra aún viven y demandan una satisfacción a sus sufrimientos.

3.     IANFU

El ejército japonés utilizó esclavas sexuales para sus soldados, llamadas “ianfu”, que en buena medida fueron coreanas llevadas forzosamente a los diferentes lugares de concentración de tropas. Una vez que investigadores japoneses han demostrado documentalmente que el ejército imperial tomó parte en facilitarselas a sus soldados, este espinoso tema ha aumentado el nivel emocional de las quejas coreanas y ha reavivado las peticiones de indemnización. Tokio las ha rechazado con razonamiento legales, tales como que la declaración de paz y las indemnizaciones que se dieron a los gobiernos excluían toda nueva demanda de dinero, pero su respuesta no ha convencido a la opinión pública coreana ni a las antiguas ianfu, que se han manifestado en repetidas ocasiones,  y han enrarecido los esfuerzos de cooperación. Ante el creciente enrarecimiento del tema, la solución  del gobierno japonés ha sido la creación de fondos teóricamente privados de ayuda japonesa a las mujeres, con aportaciones estatales que, aún siendo las mayoritarias, porque aportaciones privadas está habiendo menos de las esperadas. Ees posible que se solucione el problema monetario, pero casi imposible que la carga emocional se olvide, ya que en muchas ocasiones, más que dinero, se busca una disculpa japonesa satisfactoria[12].

4.     COREANOS EN JAPÓN

Un buen número de coreanos fueron forzados a emigrar al archipiélago japonés con el fin de ayudar en las tareas militares y después se quedaron en el archipiélago. Sin embargo, aquellos que quieren integrarse les resulta imposible acceder a la nacionalidad y hasta hace escasos años tenían que dejar sus huellas dactilares para recibir sus tarjetas de residencia, lo mismo que cualquier extranjero que residiera en Japón de forma temporal. La administración japonesa se resiste a darles un status legal acorde con sus ambiciones a estos cerca de 700.000 coreanos étnicos, divididos entre los pro coreanos del sur y los pro coreanos del norte.

La colonia favorable al régimen de Corea del Norte es un problema adicional en las relaciones. Un buen grupo de estos no sólo han mostrado una postura fuertemente favorable al régimen comunista sino que siguen considerándose “nacionales en el exterior” de Corea del Norte y tienen un nivel de organización muy elevado, que les permite actuar con más fuerza. Su organización, Chongryun, rival de la pro surcoreana, Mindan, dispone desde escuelas hasta universidades y organiza envíos de dinero a Pyongyang, que alcanzaron su momento álgido en 1990 (60 billones de Yenes o 476 billones de dólares). Pyongyang va perdiendo apoyo entre la minoría coreana y la crisis ha debilitado los negocios, por lo que se calcula que los envíos han bajado a la décima parte. No obstante, siguen siendo una preocupación importante, porque son considerados como una de las principales fuentes de ingreso de monedas fuertes y bienes para Pyongyang.[13]

 

5.     INTERPRETACIÓN DEL PASADO

Más allá de los hechos históricos, quizás, es la propia referencia a ellos la que dificulta las relaciones entre coreanos y japoneses, principalmente a cargo de políticos en activo, que han llevado a considerar las opiniones de la extrema derecha como las representativas de Japón. El caso de las Esclavas sexuales es significativo. Algunos han denigrando la importancia del sufrimiento y de su condición, como el ministro Secretario  Kajiyama Seiroku, que afirmó poco antes de una cumbre de primeros ministros que había un ambiente social que lo favorecía la prostitución forzada. Aparte del daño político, han dado credibilidad a las expresiones más denigrantes difundidas por la extrema derecha o Uyoku afirmando que fueron prostitutas por propia voluntad. Otro caso significativo son las referencias a los coreanos muertos durante la colonización. La supresión de unas menciones en un libro de texto de Saburo Ienaga sobre la resistencia antijaponesa en Corea, primero por los funcionarios del ministerio de Educación y después refrendado por un juez que afirmó que el término “resistencia antijaponesa” era confuso e incomprensible para profesores y alumnos de la enseñanza secundaria[14], ha incitado también los ánimos coreanos. El gobierno también ha rechazado por razones legalistas una conferencia gubernamental para discutir sobre la redacción de los libros de textos y la popularidad del libro de Fujioka Nobokatsu, “Historia no contada en los Libros de Texto,” es un ejemplo de la resistencia entre el público nipón por reconocer los aspectos más negros de su historia a lo largo del siglo XX.

Estos grupos están haciendo olvidar los esfuerzos de investigadores japoneses por desvelar la documentación sobre las mujeres sexuales, la comprensión de una buena parte de la población nipona hacia el sufrimiento de esas mujeres o los intentos revisionistas entre los historiadores por documentar las barbaridades cometidas por los ejércitos japoneses en el contexto de la Guerra Mundial. Además, estos grupos no han sido aislados, sino apoyados por políticos de corrientes mayoritarias, que desde comienzos del década de 1990 se han esforzados por solucionar las quejas coreanas. El gobierno del reformista Hosokawa Morihiro comenzó a aprobar libros de textos con referencias directas a las atrocidades japonesas durante la Guerra del Pacífico y el líder del Partido Democrático, Hatoyama Yukio, afirmó en un mitin en marzo de 1997, a propósito de  un reciente viaje a Corea del Sur, que Japón debería tomar una mayor responsabilidad en relación con el tema de las “esclavas del placer.”

La interpretación del pasado, ciertamente, está encizañando no sólo las relaciones entre Tokio y Seúl, sino también dentro de la propia sociedad japonesa, sobretodo por los esfuerzos de la extrema derecha por imponer su discurso. No sólo le llamaron a Hatoyama “asqueroso traidor”, sino que le mandaron una bala a su oficina. También han amenazado a los autores y a los editores de los libros que contienen referencias a las atrocidades japonesas en la Guerra del Pacifico, así como a las cadenas de radio que difundieron la crítica de diarios de un Cónsul Nazi en Nanjing que relató la masacre de 1937 cometida por el ejército japonés. Es imposible saber hasta qué punto dificultan el entendimiento real entre los dos pueblos, pero ciertamente hay muchos coreanos que no ven suficientes las disculpas. En buena parte, porque piensan que lo que dice la extrema derecha lo piensan también una mayoría de ciudadanos japoneses. La percepción predominante en Corea sobre los japoneses es de no estar arrepentidos sinceramente por sus actividades durante la guerra, sino que, antes bien, glorifican y embellecen sus días de apogeo imperial, tal como aseguran incluso profesores de universidad[15].

Los recuerdos del pasado, ciertamente, siguen actuando como un obstáculo muy importante en las proyecciones hacia el futuro. Por parte de muchos japoneses, porque siguen manteniendo actitudes que reflejan el pasado colonial, como que las cámaras de usar y tirar, por ejemplo, se llaman “bakachon” (Baka (tonto) y coreano (chôsen), que viene a significar, más o menos, que hasta el tonto de un coreano las puede usar), reflejo de los momentos en los que se les consideraba poco capaces de gobernarse a sí mismos. Por parte de muchos coreanos, porque siguen percibiendo las noticias de Japón con una emotividad que impide soluciones dialogadas. Casos como la reacción anti-japonesa a propósito de unas pequeñas islas con jurisdicción disputada, las Takeshima en japonés o Tokto en coreano, muestran que cualquier tema es susceptible de provocar problemas a las relaciones mutuas.

2.2.3. Impulsos para la aproximación

Además del pasado que no desaparece, no obstante, los dos países tienen unas fronteras y una cultura parecida a la que ambos pueden contribuir en condiciones de igualdad. Y unos contactos cada vez mayores que también es necesario proteger. Por ello, los esfuerzos de los gobiernos son cada vez mayores para intentar proteger esas relaciones cada vez más intensas y para disipar esos problemas mutuos. La tendencia actual, ciertamente, es al fortalecimiento de las relaciones mutuas, tanto en el plano general, como es el caso del Tratado de Seguridad Nipo-Americano, al haberse reafirmado la alianza en los últimos años[16], o el funcionamiento de AFTA (Asean Free Trade Area), como en el plano bilateral, porque tanto Japón como Corea se sienten cada vez mas seguros en las relaciones. Los esfuerzos de los líderes de cada país por mostrar unas relaciones personales buenas, tal como mostraron Hashimoto Ryûtaro como Kim Young Sam en la cumbre de enero de 1997, no son una casualidad, sino el producto de una necesidad de buena vecindad.

Kim Dae Jung, por su parte, ha dado un impulso decisivo a las relaciones. A pesar de algún desplante japonés hecho antes de su mandato, como fue con respecto al tratado de pesca cancelado poco antes de su toma de posesión, este nuevo presidente se ha mostrado decisivo para dar un nuevo paso en las relaciones con Japón y con China. Kim no sólo ha pedido a Pekín que colabore en convencer a las autoridades coreanas, sino que ha conseguido de Tokio durante su visita de octubre de 1998 una nueva disculpa donde se refería específicamente al “dolor inflingido al pueblo de Corea por medio del dominio colonial”, lo que significaba la primera expresión por escrito de remordimiento a cualquier país por las acciones de guerra, sino que además la aceptó como válida. Kim también ha levantado las prohibiciones a las importaciones culturales japonesas en Corea que estaban vigentes desde 1945, tales como la música pop. Sus vivencias personales han podido ser parte de ello, ya que Kim ha pasado largas temporadas en Japón, pero esta autorización para que los ídolos pop japoneses actúen ante audiencias masivas es simplemente el reconocimiento de un cambio fundamental en las sociedades, a las que las decisiones gubernamentales pueden llegar a influir cada vez menos. Aunque la decisión de la Universidad Nacional de Seúl intentaba detener la creciente popularidad del japonés entre los estudiantes de secundaria, lo que ha provocado ha sido un auge de las escuelas privadas para la enseñanza de japonés, que ocupa el 92% de los estudiantes que estudian un idioma por vocación y que está igualado con el inglés en las clases organizadas por empresas para sus empleados, por encima del chino. Por primera vez parece que se está mirando hacia delante mas que hacia detrás.

Kim, además, ha comenzado un programa para desbloquear las importaciones de 48 productos japoneses también prohibidos, como los vehículos a motor. La presión de Tokio ha sido crucial en esta decisión, ya que en 1998 concedió créditos por valor de tres billones de pesetas a empresas coreanas afectadas por la crisis económica, además de las ayudas indirectas por medio del Fondo Monetario Internacional. Pero es obvio que la economía es un factor decisivo en este impulso para acercar a ambos países, que han comprobado los beneficios de esa cooperación mutua. Japón en principio ayudó a los surcoreanos por razones eminentemente políticas, pero sin destinar muchos fondos para ello por considerar a Corea, como al resto de los Tigres asiáticos, como un competidor en el mercado estadounidense. Ello no evitó una creciente transferencia de tecnología, de inversión de capital (4,4Billones $ en 1990) y comercio (29.1 billones $, con un superávit japonés de 5.8 billones), hasta llegar a una tasa muy importante de interdependencia entre las compañías de los dos países. Recientemente, Japón está cosechando los beneficios de tal ayuda, no sólo al comprobar que muchos productos surcoreanos están basados en diseño y tecnología japonesa, sino porque el auge de las importaciones coreanas en 1990 ha sido en parte producto de la producción de los inversores japoneses y ciertamente, Japón se ha beneficiado por ello. Así, el archipiélago nipón se ha convertido en el principal exportador al mercado coreano, superando después de cuatro años a Estados Unidos. Para una mayor cooperación, las industrias coreanas deberían enfocarse en productos con una gran valor añadido en el proceso de producción, así como en bienes industriales y de industria química y pesada, aunque las más avanzadas tecnológicamente sufrirían[17]. Los sentimientos ambivalente de colaboración y de competencia han mostrado que, a largo plazo, es positivo apoyar al vecino.

3. El Juego del Futuro

De la misma forma que el Mundial de Fútbol del 2002, a celebrarse tanto en Corea como en Japón, tendrá un desenlace poco previsible, las relaciones entre Tokio y Seúl tienen un futuro dependiente de demasiados factores variables. El cómo y el cuándo de la unificación coreana parece la mayor interrogante, pero otras muchas pueden ser decisivas en la futura configuración de los contactos mutuos, tales como el futuro de la crisis económica japonesa, el papel de Estados Unidos tras la caída del régimen de Corea del Norte, la posible participación japonesa en un sistema norteamericano antimisiles, o una creciente exaltación nacionalista que limite la capacidad de maniobra de los gobiernos.

Pero quizás la decisión más importante por tomar para ambos gobiernos es la actitud ante la posible colaboración mutua. Si los japoneses buscan la cooperación con los coreanos, parece necesario pensar que, pronto o tarde, deberían pensar en trabajar juntos por una región más segura y más próspera, en lo que algunos autores han señalado como una bigemonía con colaboración coreana.  Los momentos de crisis son cruciales en ello.  Si Japón juega un papel dirigente en ayudar a los surcoreanos a pesar de que ellos mismos están pasando aprietos, los propios coreanos lo reconocerán a buen seguro. Una mejora de las percepciones coreanas hacia Japón y viceversa será necesario para  que las relaciones tengan un futuro brillante[18]

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[1]  KIMITADA MIWA: Japan on the Perifery of both East and West: A Historical Interpretation of Japan's Conduct on International Affairs from Ancient to Recent Times. Col. Research  papers. Series A-34. Tokyo, Institute of International Relations. Sophia University, [1986], p. 12.

[2] Shunsuke Tsurumi Ideología y literatura en el Japón moderno. Centro de Estudios de Asia y África del norte. México: El Colegio de México, 1980. p. 20.

[3]  “The Agenda of a Liberal Democratic Leader” por KATÔ Kôichi y Gerald L. CURTIS, en  Japan Echo Vol. 24, No. 5, Diciembre de 1997. http://www.japanecho.co.jp/docs/html/240513.html

[4] Tim ShorrockThe U.S. Role in Korea in 1979 and 1980”. http://www.kimsoft.com/korea/kwangju3.htm

[5]Are 100,000 American troops in Asia one too many?”,  Straits Times (Singapur), 7 de febrero de 1997.

[6] La visita del primer Ministro Kaifu Toshiki a Seúl en enero de 1991, seguida por otra al Sudeste de Asia en el mes de abril, fue un ejemplo de ese significado de Corea para Japón como lugar de prueba. Byung-joon Ahn, "Japanese Policy Toward Korea" en G. Curtis (ed.), Japan’s Foreign Policy. Coping with Change (New York:M.E. Sharpe, 1993), p. 263.

[7] Thayer, Nathaliel B., “Japanese Foreign Policy in the Nakasone Years”, en Gurtis, op. Cit., p. 96, passim.

[8] Sergio Plaza,”La Ayuda Oficial al Desarrollo en Asia Oriental”, en Política Exterior, vol. 10, nº 51 (1996), pp. 134-148; Angeles García-Grüeter, “Política de Auda al Desarrollo y la Seguridad Nacional en Japón”, en Rodao, F. Y López Santos, A., El Japón Contemporáneo (Salamanca: Universidad de Salamanca, 1998), pp. 89-102.

[9] Bruce Cummings, “Toward a Comprehensive Settlement of the Korea Problem”, en Current History, Diciembre de 1999, p. 405.

[10] JAPAN ECHO Vol. 24, No. 5, December 1997

  The Agenda of a Liberal Democratic Leader

[11] Andrew Horvat, “Seoul-searching on Japanese,” Asahi, Edición de Tarde, 9 de enero de 1997.  Ver también O Sonfa: "The Cultural roots of Japanese-Korean Friction", en Japan Echo XX, pp. 15-28.

[12] Un resumen de la discusión de 1 de octubre de 1997 en el Instituto de Ciencias Sociales (Shaken) de la Universidad de Tokio, con el título "Nihon gun "ianfu" mondai no ima" (El problema de las “mujeres del placer” del ejército japonés, ahora), en la Lista de Discusión SSJ-Japan, 9-10-1997, por Beth Katzoff.

[13] Sonia Ryang, North Koreans in Japan:  Language, Ideology, and Identity, prólogo de Gavin McCormack. 

(Boulder: Westview Press, 1997),  248 pp.

[14] Hiromitsu Inokuchi & Yoshiko Nozaki. Lista de discusión SSJ-Japan. 7-Abril-1997.

[15] Kevin Sullivan, “Right-wing Japanese assemble in military-like formation at Yasukuni Temple in Tokyo”, en Washington  Post, 7 de abril de 1997.

[16] Green, M. And Gronin, P. (ed.), The US-Japan Alliance: Past, Present and Future (New York: Council on Foreign Relations Press, 1999), 322 pp.

[17] Rhee Chong-Yun, “Northeast Asian Economic Cooperation and Korea-Japan Free Trade Area”, en Korea Focus,  July-August 2000, vol. 8,  Vol. 8, N. 4, pp. 72-73.

[18] Lista de discusión SSJ-Forum. 17-10-1997. Sook-Jong Lee.