Del aislamiento a la apertura: La política exterior de España durante el franquismo. III Jornadas de la Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales, Universidad de Burgos, octubre 2004. Madrid, Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales, 2006. 277 pp. ISBN: 84-611-3898-8. Depósito Legal: S. 1.843-2006

La reinterpretación global de una disputa local

Españoles y norteamericanos ante Filipinas en el verano de 1940

 

Florentino Rodao

 

 

 

            La caída de Francia ante las tropas alemanas de 1940 fue el momento de mayor auge del III Reich y tuvo repercusiones mundiales. Con los avances nazis de ese verano, la posibilidad de una victoria definitiva alemana parecía factible, haciendo conscientes a sus adversarios de la necesidad de movilizar al máximo los recursos para evitar el dominio del Eje en el mundo. El gobierno de Estados Unidos incrementó la ayuda al gobierno británico, se esforzó por concienciar a una población mayoritariamente neutralista y se dispuso a proteger a los territorios bajo su dominio del peligro enemigo. De todos ellos, el que estaba más en peligro eran las islas Filipinas. Embarcadas desde 1935 en un proceso transitorio que acabaría con una independencia total el año 1946, estaban en el punto de mira de esas ambiciones tan imperialistas de los países totalitarios anticomunistas.

El cóctel de factores que influían el futuro de las Filipinas se simplificó con la caída de Francia, en lugar de complicarse adicionalmente. Porque la mezcla de ansias independentistas, penetración japonesa, viabilidad económica, temor al autoritarismo e incluso la complicada política doméstica pasaron a ser interpretadas en relación con la guerra en Europa, con dos únicas opciones a escoger: con el Eje o con los Aliados. El espacio para los matices disminuyó, de forma parecida a como ocurriera después con la Guerra Fría; pero con una diferencia crucial, que las decisiones habían de ser tomadas de forma urgente, a pesar de la mezcla de informaciones dudosas, rumores e interferencias que primaban en esos momentos. En ese contexto de tensión mundial al máximo, los filipinos no sólo hubieron de acoplar sus perspectivas y ansias de independencia a esa lucha generalizada en el mundo, sino también decantarse sin ambages. Lo hicieron a favor de los Aliados, pero soportando unas consecuencias decisivas, porque esa coherencia acarreó múltiple elecciones menores en facetas muy diferentes, tales como la ideología, la cultura o las importaciones, que hubieron de ser redefinidas dentro del nuevo esquema simplificado de lo bueno y lo malo, lo deseado y lo odiado. En muchas ocasiones, además, dos opciones complementarias pasaron a ser incompatibles.

La huella española en las Filipinas fue afectada por ese nuevo curso de los acontecimientos. Ya que España y Estados Unidos aparecían en bandos opuestos del conflicto mundial, la hispanización adquirió una nueva relevancia como un posible arma en ese conflicto mundial, y como tal fue reinterpretada por ambos bandos. Este artículo va a tratar de analizar ese proceso de cambio de la percepción, empezando por [264] aquellos aspectos menos teñidos políticamente y siguiendo por aquellos relacionados más directamente con la Guerra en Europa.

1. De la rivalidad cultural a la admonición imperial

 

            El nuevo régimen de Franco salido de la Guerra Civil forzó adicionalmente lo esfuerzos de las décadas anteriores por ensalzar la cultura  y la influencias españolas en las Filipinas. Hasta entonces, los escasos esfuerzos realizados apenas habían estado politizados, por estar centrados en la promoción del lenguaje y de la cultura española, aunque la exclusión de los republicanos durante la Guerra Civil española había supuesto limitar de alguna manera el amplio espectro político que abarcaba. La politización del significado de lo español ocurrió en todo el mundo, pero el daño proporcional en Filipinas a la imagen de España fue menor, porque ya estaba dominada por los que serían triunfadores en el conflicto interno. Las instituciones más conservadoras, como las órdenes religiosas, la oligarquía financiera y los monárquicos alfonsinos dominaron la imagen de lo español antes del conflicto y al acabar éste la imagen de la España franquista simplemente se reafirmó sobre la de la Alfonsina.

            Ante el curso de la Guerra en Europa, los filipinos vieron diferentes reacciones de los franquistas españoles. Dentro de la comunidad pro-franquista en las islas, el rango de opiniones fue muy diverso, abarcando tanto a partidarios del Eje como a pro-Aliados. La política cultural española, no obstante, reforzó los grupos a favor del Eje, incluyendo unas fuertes simpatías con el imperio japonés y una propaganda exaltada antiamericana que permitió a Washington utilizarla como el mejor arma para  que los filipinos tomaran partido junto a ellos.

La necesidad de ensalzar el régimen de Franco internacionalmente y la guerra en Europa contaminaron la vieja aspiración de los españoles limitada a la búsqueda de un imperio espiritual, tal como habían propagado los conservadores en Filipinas desde 1898. La falta de fondos, no obstante, hizo que Madrid fuera capaz  de conceder simplemente algunas ayudas y de imponer medallas a los individuos más significativos en varias tandas. Primero, después de la puesta en marcha del Consejo Superior de Misiones, en lo cual las islas Filipinas tuvieron una gran proporción, y después a civiles que habían apoyado la sublevación franquista y podían apoyar económicamente más al régimen.[1] [265]

Más allá de las condecoraciones, el régimen franquista apenas pudo hacer propaganda a través de frases grandilocuentes, con tonos imperiales y aspiraciones religiosas. La Universidad de Santo Tomas fue el estandarte de esta campaña, proclamando repetidamente el valor del archipiélago magallánico para la Hispanidad y a ensalzando a su rector, el padre Silvestre Sancho O.P. Este dominico, ciertamente, fue la única persona que recibió medalla en las dos ocasiones  que se entregaron durante este período: “"puede decir que dondequiera que hay un alumno de Santo Tomas hay un amante de España. Ninguna otra nación poseen el extranjero un centro de cultura que pueda compararse a este.”[2] Así, cuando esta universidad creó su primera Cátedra de la Hispanidad, un editorial del portavoz falangista !Arriba¡, además de ser explícito sobre el “sentido imperial” de la lengua española,  llegó a asegurar que sería la "empresa eficaz para el propósito de nuestro Imperio que deberá repetirse en toda la extensión que alcanzó nuestro idioma".[3] Faltó automesura en las manifestaciones de esos momentos e incluso en ocasiones se apuntaron planes grandilocuentes sobre las Filipinas, como en la revista mas importante de Política Exterior, Mundo, que señalaba: "Nuestro anhelo mas vivo de españoles se cifra en la superación de la fatalidad geográfica y en la continuidad de la vida independiente, civilizada y cristiana de Filipinas."[4]

La recurrente culpabilidad de los males de España a los imperios occidentales adversarios del español, además, empezó a enfocarse contra los Estados Unidos. La idea irredentista española había tenido hasta entonces unos tonos casi exclusivamente antibritánicos y antifranceses, tal como apareció en las páginas del libro más significativo de las aspiraciones imperiales españoles en esos momentos, Reivindicaciones de España. En Asia, esas quejas habían sido ante todo contra los engaños del imperialismo francés a lo largo de la Guerra de  Cochinchina (1857-63), que permitieron  a Francia comenzar un protectorado en la península Indochina[5]  tras una victoria militar con alguna ayuda española y de soldados Filipinos. En el verano de 1940, no obstante, ya no era conveniente proclamar estas críticas tan alto por la puesta en marcha del nuevo gobierno pro-Eje de Vichy presidido por el Mariscal Petain. Así junto con la enemistad hacia la Gran Bretaña, Estados Unidos pasó a ser el mayor enemigo de España en el Asia Oriental. Surgieron críticas, por ejemplo, a [266] la contradicción de la política estadounidense al promover la política de Puerta Abierta en China mientras se hacía lo contrario en Filipinas y el padre Sancho, por ejemplo, fue citado asegurando que los norteamericanos habían colonizado el archipiélago “para separarnos a los españoles y los filipinos” y asegurando sobre la política de Washington que  su arma es la escuela.”[6]

Las proclamaciones españolas eran más radicales que nunca y muy probablemente el producto de una ola que no tardaría en declinar. España imitó ampliamente el razonamiento de los países del Eje para sus ambiciones imperiales, tales como la alta tasa de nacimientos entre su población, que haría necesaria la adquisición de nuevas tierras.[7] Pero para la región asiática el argumento poblacional no podía tener repercusión y las razones explicadas desde la península permearon principalmente melancolía, puesto que no era factible ningún tipo de retorno imperial en Asia. Incluso en el capítulo sobre la Guerra de Cochinchina del libro de las Reivindicaciones de España apareció especificado que España carecía de ambiciones imperiales en la región. Los españoles, de hecho, se sintieron en Asia-Pacífico más atraídos por el señuelo de los Mares del Sur que por objetivos coloniales y se presto atención a la posibilidad que algunas de las islas del Pacífico pudieran seguir siendo técnicamente territorio español debido a errores en el Tratado de París de 1898, a la cual se refirió erróneamente uno de los miembros de una misión Económica Española a Japón en ese mismo año de 1940 como Isla de la Pasión.[8]

Hubo una diferencia adicional entre esta propaganda de tiempos de guerra y las anteriores, cual es su presentación de forma creíble como la expresión de [267] ambiciones imperiales. Un ejemplo puede ser una artículo en una revista dominica publicada en Hong Kong en español, Albertina, escrito por el filipino Benito Vargas, quien aseguraba que España estaba interesada de nuevo en la idea de Imperio, pero cuidándose después de señalar sobre ello que: “Pero no de un Imperio Colonial, sino solamente espiritual. España no intenta privar a ninguna de sus hijas de ayer de la independencia....”[9] Pero el artículo, moderado como era, estaba acompañado de dibujos de misioneros y conquistadores alzando las manos.

Cuando aparecieron en la prensa española las pretensiones sobre Filipinas, supusieron un fuerte impacto en  el archipiélago por considerarse creíbles. En agosto de 1940, en el aniversario de la derrota ante Estados Unidos, el diario madrileño El Alcázar, el portavoz de los falangistas más radicales y publicado parcialmente con la ayuda alemana, publicó un artículo en portada sobre Filipinas donde se aseguraba que después de 42 años desde la salida de la administración española, las islas eran “más españolas que antes.” No había mención de ningún tipo para una vuelta de la soberanía a las islas pero, tal como aseguraba un informe norteamericano,  esta demanda estaba sugerida por un mapa indicando hacia donde esas ambiciones estaban encaminadas.[10]

Con ello, la reinterpretación de las demandas culturales españolas en clave de oposición a Estados Unidos resultaba factible. La antigua percepción dual de España en Filipinas favorecida por Estados Unidos, como un período con errores importantes pero con aspectos beneficiosos pasó a volcarse predominantemente hacia la parte más negativa, incluyendo la de ser un país con ambiciones imperialistas de retornar a los tiempos ya pasados. Deseosa de evitar las tentaciones por-Eje en las Filipinas, la propaganda americana decidió que la mejor forma de conseguirlo era difundiendo esas altisonantes demandas españolas

2 Del autoritarismo al quinta-columnismo

            También en el campo ideológico hubo una reinterpretación de los objetivos españoles en las Filipinas. Era un escenario algo diferente del cultural porque España (incluso, incluyendo los ciudadanos de países del Eje) no monopolizaba en absoluto las propuestas autoritarias para las Filipinas y los límites entre fascismo y democracia eran extremadamente indefinidos en las islas. El deseo, o no, de ensalzar la identidad hispana en las Filipinas no era el eje a través del cual estaba dividido el mundo político, y hasta entonces se podían encontrar muchos pro-franquistas entre el Partido nacionalista Filipino, entonces en el poder, así como norteamericanos flirteando con las ventajas de la experiencia alemana, tal como se puede comprobar en las páginas del semanario Philippine Free Press, donde se pueden encontrar un buen número de citas ensalzando la experiencia nazi. [268]

Las tendencias autoritarias estaban en auge en las Filipinas en aquellos años, ciertamente. Siguiendo la influencia del jesuita Rusell Sullivan, el “sacerdote de la radio” famoso por sus mensaje radiados criticando la administración Roosevelt, surgieron algunos grupos “clérico-fascistas” en el Ateneo de Manila, como los The Ateneo Barristers, de estudiantes de Derecho, y The Chesterton Evidence Guild, compuesto principalmente de estudiantes aficionados a escribir, como el futuro historiador Horacio de la Costa y el futuro ministro de exteriores Raul Mangaplus.  Estos grupos criticaron las innovaciones traídas por el nuevo régimen americano, como la mezcla de sexos en las escuelas, el "ateísmo [godlessness]" de las escuelas públicas, las contribuciones de la Universidad de las Filipinas y admiraban abiertamente el régimen cuasi-fascista del dictador portugués António de Oliveira Salazar.[11] Por otro lado, el líder socialista Pedro Abad Santos intentó provocar que el gobierno norteamericano se acercara a ellos como aliados más fiables que el Partido Nacionalista de Manuel Quezón, recalcando que este presidente filipino y sus “amigos fascistas” podían volverse contra Washington y cooperar con los enemigos, puesto que el régimen tenía “conexiones de negocios... con los fascistas españoles, los falangistas y los japoneses."[12] Y por último, el mismo presidente Quezon abogó abiertamente por un gobierno autoritario, en una declaración que fue apuntada ostentosamente por algunos falangistas como un éxito propio, según la impresión que sacaron en la administración americana.

Washington no tomó ideas contra aquellos tentados por las ideas fascistas o nazis en las Filipinas, en parte porque no le era ya posible. Ni siquiera contra aquellos en el Ateneo de Manila o los apuntados por Abad Santos puesto que el Padre Sullivan no era el único y había mas “sacerdotes de la radio” en el mismo Estados Unidos con ideas muy similares y proclamando también su oposición al presidente Roosevelt. Pero sus seguidores en Filipinas tampoco eran una amenaza para el dominio norteamericano en el país, como tampoco lo era un país como el régimen de Salazar porque, aún siendo una dictadura, el país era más favorable a los británicos y, ciertamente, no era un enemigo de Washington.

La carta escrita por Abad Santos tuvo una repercusión similar entre los oficiales norteamericanos. El funcionario que informó sobre ella no desafió las opiniones vertidas en su escrito, sino antes bien prefirió disminuir su importancia y, mientras reconocía la veracidad de las simpatías fascistas, prefirió desviarlas hacia los españoles como principales instigadores y a retratar a los filipinos como sujetos pasivos. Mencionó la “fuerte influencia reaccionaria” que la iglesia católica y los grupos pro-franquistas tuvieron sobre la “clase filipina gobernante” y recordó las interferencias frecuentes en la política de la primera dama de Filipinas, Doña Aurora, "a requerimiento de los dignatarios católicos."[13]  De esta forma, aún reconociendo esas ten [269] dencias políticas autoritarias, la administración norteamericana prefería echar la culpa a los españoles antes que cambiar las alianzas, tal como proponía el socialista filipino. El informe, por tanto, sacó las conclusiones del ámbito ideológico para limitarlas a las interferencias de la iglesia, mucho menos peligrosas y, ciertamente, sin requerir decisiones drásticas de las que pudieran arrepentirse después.

La línea de división en esa disputa, por tanto, no era simplemente la nacionalidad o la ideología sino, antes bien, la fidelidad o no a los Estados Unidos. Desde este punto de vista, los partido políticos pudieron ser divididos claramente entre amigos y enemigos y en este campo cayeron los nazis alemanes, los fascistas italianos y los falangistas españoles. Socavando las consideraciones ideológicas, Washington facilitó las decisiones de su gobierno separando aquellos bajo su paraguas de aquellos que deseaban el triunfo enemigo, para aislarlos especialmente de sus posibles simpatizantes. Para ello, se utilizó en todo el mundo un término acuñado durante la Guerra Civil española, los Quinta-columnistas. Utilizando este nuevo criterio, Washington expulsó a varios alemanes y japoneses de las islas.[14] Además, cuando los rumores se difundieron en Estados Unidos sobre un acuerdo formal para llevar a cabo fuera de Europa una amplia campaña conjunta pro-totalitaria y anti-estadounidense, la información de actividades falangistas, tanto en Latinoamérica como en Filipinas, pasó a estar centralizada en ficheros especiales del Departamento de Estado.[15]

En el archipiélago Filipino, la creciente preocupación de la opinión pública fue incitada por los actos de los propios falangistas. Por ejemplo, oponiéndose a la llegada de emigrantes judíos. Mientras el gobierno de la Mancomunidad discutía la respuesta a la presión del Alto Comisionado para la admisión de un número importante de refugiados de Polonia, Austria y los países eslavos, se desarrolló un movimiento de oposición que los americanos llegaron a considerar importante. Era legal, puesto que la Ley de Inmigración filipina impuso una cuota de 500 inmigrantes anuales por país, pero hacía una excepción “por razones humanitarias” para los refugiados por motivos religiosos, políticos o raciales. Los Nazis alemanes se opusieron fuertemente a esa inmigración temiendo la llegada de opositores a su régimen y los japoneses se unieron a la protesta, celosos principalmente de la renovada generosidad hacia la emigración después de haberse impuesto esa cuota contra ellos. Además, se supo de los planes de establecerlos en la provincia sureña de Bukindon, en la isla de Mindanao, es decir, en un espacio destinado a detener la expansión creciente de su influencia desde Davao, donde controlaban buena parte del comercio del abacá. La Falange, aunque no tenía ningún interés especial en este tema, se consideró “generalmente” que apoyó las protestas de nazis y japoneses.[16] [270]

La obvia consecuencia fue una creciente presión desde Washington, ayudado por una opinión pública cada vez más convencida de la amenaza falangista. En el mes de mayo de 1940, después de una resolución en la Asamblea de California, donde se solicitaba la supresión de la Quinta Columna, el Manila Daily Bulletin opinó que se debía hacer la misma limpieza en las Filipinas, donde hay “mucha agitación que demanda ser contenida” añadiendo que “hay mucha hostilidad” al gobierno de los Estados Unidos.[17]  Los avisos contra las actividades quinta-columnistas se fueron sumando de forma cada vez más pública, como el realizado por el miembro  de la comandancia general del Departamento de Filipinas del Ejército, el mayor general George Grunert, en la 42 conmemoración de la victoria norteamericana en Manila.[18]

Hubo una política preventiva frente a esas amenazas de hecho, aireando y magnificando los peligros, aunque tales evidencias dentro de las Filipinas son muy vagas. Así, por ejemplo, a pesar de las críticas a la actividad propagandística del cónsul general, el propio Alto Comisionado, Francis Sayre, aseguró en su informe quincenal confidencial al Departamento de Estado que su único objetivo era modificar la legislación sobre inmigración.[19] En ese mismo informe, aseguraba que lo único sobre actividades subversivas de los diplomáticos eran algunos informes sin comprobar y que las únicas acusaciones conocidas por él eran “triviales”. Un ejemplo era “que el cónsul italiano en Manila había objetado a un directivo de la San Miguel Brewery, […] que los sentimientos expresados por un comentarista americano nena emisión de noticias auspiciadas por la cervecera eran proaliadas y que, por tanto, la San Miguel canceló su patrocinio del programa.”[20] En marzo de 1941, finalmente, la captura de material de propaganda nazi (que los alemanes aseguraban estaba destinado en exclusiva a su comunidad) llevó a Sayre a propone el cierre de los consulados italianos y  alemanes. La razón real tras esa medida fue, más bien, mostrar su preparación ante el avance enemigo, como el propio Alto Comisionado reconoció: “Aunque es difícil de obtener una prueba concluyente de actividades subversivas por parte de las autoridades consulares,” Sayre consideró recomendable detener la propaganda “porque sirve para atraer a personas que creen en el nazismo o el fascismo y para estimularles en actividades enemigas de la democracia.”[21]

Los avisos a los franquistas españoles, como es fácil de suponer, siguieron el mismo molde. El reverendo Walter Brooks Foley, ministro de la minoritaria Union Church of Manila y antiguo líder del comité local que ayudó a obtener fondos durante la Guerra Civil para los civiles sufriendo en la España republicana, dirigió una carta en este sentido a Sayre en representación de la Liga para la Defensa de la Democracia en Manila. Foley pidió que se tratara a Madrid con mano firme, “so [271]  pena de que los agitadores quinta columnistas españoles trabajando activamente en las Filipinas se animen en el intento de destruir los procedimientos democráticos de aquí." En esta ocasión, ciertamente, Foley tuvo más éxito que en sus campañas pro-republicanas y su carta no sólo fue contestado desde la Oficina de Asuntos Filipinos de la administración americana, sino copiada y remitida al Departamento de Estado.”[22]

3. Propagandas fallidas y exitosas

Como resultado del conflicto global, dos propagandas ajenas a las Filipinas colisionaron en su territorio. Por un lado, la del Eje, con mensajes diferentes y la colaboración de los españoles, que intentaban reforzar los lazos y ensalzar el prestigio de la antigua Madre Patria a través de dos grupos principales, los filhispanos, o mestizos a favor de la identidad hispana de las filipinas -en contraste con los llamados sajonistas-, y los misioneros. Por el otro, los Estados Unidos, intentando convencer a los filipinos de unirse a ellos y usando a España en sus dos principales argumentos: que los países del Eje tenían ambiciones imperiales sobre las Filipinas (no sólo Japón), y que se debía sospechar de los nacionales de esos países, aunque contemplando la posibilidad de que hubiera alemanes no nazis, italianos no fascistas y españoles no falangistas. No fue una lucha entre iguales, como es fácil de imaginar.

Las respuestas filipinas a las iniciativas españolas por una intensificación de las relaciones fueron muy consideradas. El propio presidente Quezón asistió con su hija a la ceremonia durante la cual el enviado especial de la revista Vértice, Conrado Blanco, entregó una serie de medallas; de hecho, hubo una nueva petición para dos nuevas medallas apenas algunos meses después  (para dos periodistas, Adolfo García, el propietario de la revista Excelsior y para Carlos P. Romulo, editor del diario Tribune), un indicativo claro de la consideración entre los filipinos. Dentro de la política exterior franquista, esta concesión de medallas muestra también una importante división de opiniones sólo atenuada por la imperiosa necesidad de dinero. El enviado Conrado Blanco las impuso a los principales enemigos de la Falange en Manila, incluyendo a Enrique Zóbel de Ayala y a Antonio Roxas, a pesar de estar inmersos entonces en una fuerte disputa con el líder falangista, Felipe García Albéniz, y de que casi ninguno había contribuido a Auxilio Social a pesar de su excelente posición económica. Los periodistas propuestos después por el cónsul general Maldonado  tampoco eran favorables a la Falange, Excelsior había sido boicoteada por ellos en 1939 y Rómulo había publicado recientemente un libro criticando la mentalidad japonesa, además con el significativo título de Mother America: A living story of Democracy. Mientras tanto, los falangistas apenas pudieron borrar a su principal enemigo de la lista, Adrián Got, y criticar con posterioridad esas medallas a otros destacados antifalangistas. El dinero, ciertamente, aparece como el principal objetivo en España ante las comunidades de expatriados; a pesar del alto número de jerarquías falangistas que despidieron a Conrado Blanco, le enviaron a Filipinas con [272] el objetivo de sacar dinero a la comunidad con la excusa de un número especial de la revista Vértice dedicado a las Filipinas. En un país pobre recién salido de una guerra, sacar dinero de un país que ya había ayudado tanto, y con una comunidad española famosa por su bienestar, era un objetivo que traspasaba diferencias ideológicas. En palabras del cónsul Maldonado, Conrado Blanco “supuso (como lo suponen todos los que llegan a Filipinas), que este es un país de millonarios” y lo mismo ocurrió con el líder falangista García Albéniz, quien quiso aprovechar ese nombramiento político para enriquecerse, “pero unos negocios tan fantasiosos que eran para echarse a reír.” [23] Las invitaciones que proclamó el mismo Conrado Blanco para visitar España, incluso, parecen haber sido ideadas para atraer el mayor número de anunciantes posibles para la revista, puesto que Madrid nunca pagó viaje a visitante alguno desde las Filipinas en esos años, al contrario que la política anunciada en su momento por el Consejo de la Hispanidad.[24] El dinero parece ser una prioridad esencial en relación con Filipinas, al igual que con América Latina.

Además, la España de Franco mantenía aún una audiencia entregada. El presidente Quezón se refirió en discursos suyos a la “democracia sin partidos”[25] y, cuando el Alto Comisionado Sayre refutó la defensa de Quezón de un gobierno más autoritario, el presidente replicó refiriéndose a las “lecciones de la historia contemporánea,” lo que lleva a pensar que tenía el caso español bien en mente al responder. Además, el presidente también radió un mensaje el 18 de septiembre de 1940 donde declaró que la Falange estaba dedicada simplemente a la enseñanza de los niños españoles bajo las instrucciones de su gobierno y que él no veía lo que había de negativo en ello o cómo evitarlo. El legado español podría ser considerado, por tanto, como útil en el esfuerzo de incrementar el autoritarismo en Filipinas, en lo que puede considerarse un éxito del régimen de Madrid, si bien limitado.

            La reinterpretación propagandística norteamericana, no obstante, tuvo más éxito. Las advertencias sobre los presuntos ánimos imperiales españoles se acoplaron muy bien con los temores ante una posible victoria del Eje y fueron ayudados por palabras que consiguieron un impacto significativo, como quinto-columnistas o falangistas, tal como se pudo comprobar con la difusión del artículo irredentista sobre las Filipinas en un periódico de segundo rango de Madrid como era El Alcázar. Transmitido a Manila desde Berlín y titulado “España todavía abriga diseños imperialistas sobre las Filipinas”, este cable hizo saltar muchas alarmas en Manila. A pesar de las rápidas denegaciones. En Manila, el cónsul general Álvaro de Maldonado emitió una declaración denegando tales intenciones o diseños, declarando que el único interés de España sobre las Filipinas era incrementar el comercio mutuo y alcanzar un nivel de intercambios provechoso una vez que las Filipinas alcanzaran la independencia: “principalmente espiritual, no física ni material.” La Dirección General de Prensa, en apenas cuatro días, emitió un comunicado calificando esas suposiciones como ridículas: [273]

 Por la prensa de Manila ha sido publicada la falsa información de que España tiene el propósito de reconquistar el Archipiélago Filipino, que, por varios siglos, perteneció a España. Lo absurdo de la noticia hace innecesaria su rectificación, ya que, naturalmente, carece de fundamento."[26]

E incluso particulares de nacionalidad española se ofrecieron a disipar las dudas posibles, como el director general de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, Adrián Got, quien limitó esas aspiraciones, en una entrevista radiada, a la esfera cultural, incidiendo además en el hecho que España y las Filipinas eran naciones “diferentes” aunque “sus destinos espirituales forman un lazo común análogo a los lazos espirituales que España tiene con veintidós naciones de Sudamérica, que todas ellas preservan con gratitud." Got incidió en limitar los objetivos españoles en la esfera religiosa, menos problemáticos que en el ámbito político: “Nosotros sentimos una profunda simpatía por las Filipinas católicas. Eso es todo... En temas culturales, nosotros estamos interesados en las Filipinas porque allí existe una cultura auténticamente española. Las ordenes religiosas españolas son unos baluartes irremplazables de la cultura.”[27]

La demostración más obvia del éxito norteamericano en su reinterpretación propagandista de los omentos previos a la Guerra del Pacífico puede comprobarse en la comunidad fil-hispana que hasta entonces había defendido al régimen de Franco denodadamente. En esos momentos, comenzó a dudar de la elección realizada a partir del 18 de julio de 1936. El diario El Debate, por ejemplo, en la discusión sobre la veracidad de las intenciones imperiales españolas, mostró en esos momentos una proclividad hacia el punto de vista estadounidense, frente a las negativas españolas. Tras la publicación de la noticia alarmante, las negativas oficiales españolas apenas fueron mencionadas en un editorial que estaba significativamente titulado: “Una versión publicada en Manila es denegada”.[28] Un cambio similar ocurrió en la revista en lengua inglesa más decididamente pro-franquista, Philippine Free Press. En el mes de septiembre de 1940, la noticia de que España entraría en Guerra en un futuro próximo ocupando Portugal fue considerada con la más alta probabilidad y titulándola con una frase presuntamente espetada por un capitán español (sin nombrar) al corresponsal del Chicago Daily News, Robert J. Casey: "Vosotros tomasteis de nosotros las Filipinas y Cuba[…] Algún día, por supuesto, las volveremos a tomar."[29]

No hay documentos que puedan demostrar esas afirmaciones sobre territorios por ofrecer y conseguir tan fácilmente, o acuerdos de Hitler con personajes afines intercambiando territorios a cambio de ayuda, pero fueron ampliamente aceptadas. Los deseos imperiales españoles, de hecho, se convirtieron en un topoi, con artículos recurrentes en la prensa sobre las desmedidas ambiciones de España, como [274] un editorial en World of Tulsa, en el estado  de Oklahoma, donde se afirmaba que "España renuncia a su derecho a [...] posesiones en Filipinas a favor de Japón".[30]

Esta confusión, además, alcanzó los niveles más altos en la toma de decisiones, como puede comprobarse en un informe de espionaje leído por el propio presidente Franklin D. Roosevelt: “Altos funcionarios en el Departamento de Justicia Filipino han avisado a nuestro informante que [Andrés] Soriano ha asegurado que cuando acabe la guerra entre el Eje y los Estaos Unidos, Franco ha sido prometido de recibir las islas Filipinas por Hitler.”[31]

El impacto tan exitoso de la reinterpretación norteamericana del papel de España en Filipinas, de hecho, consiguió el objetivo de separar y aislar ideológicamente al núcleo de los más fervientes pro-Eje con los colectivos cercanos ideológicamente, pero prefiriendo evitar la acusación de traicioneros a los Estados Unidos. La prensa pro-franquista de Filipinas es un ejemplo de ello, porque su información en España pasó a incluir algunas de las críticas y a tener una postura eminentemente defensiva. Su principal punto de apoyo se convirtió en la figura del general Franco, en quien descansaban las esperanzas de que España no se uniese al conflicto bélico: “no es una marioneta” o “sabe que España,  aun postrada de su terrible guerra civil,  no está en condiciones de permitir que sea librada un nuevo conflicto en su territorio, incluso si España no contribuyera directamente a ello.”[32] Los periódicos más derechistas no veían muchas maneras de defender el régimen español y la única opción factible era sembrar dudas sobre esa seguridad universal de la futura entrada de España en la II Guerra Mundial.

4. Filipinas y el modelo latino-americano

Esta reinterpretación del bagaje y de la imagen de España en Filipinas durante los comienzos de la II Guerra Mundial sugiere dos puntos de discusión principales: las razones para ese éxito tan aplastante de Washington frente a Madrid y las coincidencias con Latino América.

Madrid se embarcó en una propaganda que carecía no solo de los recursos necesarios para ir más allá de la entrega de medallas y honores, sino también de una planificación que pudiera garantizar incluso la puesta en marcha de las medidas más necesarias, incluso las que se llegaron a aprobar. Ni las invitaciones del enviado Conrado Blanco a los intelectuales Filipino para visitar España a ser pagadas por el propio gobierno español ni un “Instituto Ibero-Oriental” anunciado pomposamente en enero de 1941 pudieron pasar de haber sido mencionadas en la prensa como medidas aprobadas oficialmente. El cónsul español en Manila, siempre optimista, afirmaba: [275] “No estaría de mas que la Junta de Relaciones Culturales no olvidase a Filipinas, tenemos a los Estados Unidos en contra (de lo que conviene tomar nota) pero con valentía y buena voluntad se podría hacer mucho.[33] Es dudoso que ese presunto coraje español, si hubiera habido tal, pudiera triunfar sobre los recursos de los norteamericanos, aunque ni siquiera se pasó de esa etapa del abandono. La carencia de interés por el destino del archipiélago fue, de hecho, un problema tan grave como la falta de recursos, tal como muestra el ejemplo del Consejo de la Hispanidad, que nunca tomó medida alguna relacionada con las Filipinas más allá del nombramiento de dos consejeros en su representación, el padre Silvestre Sancho, Rector de la Universidad de Santo Tomas, que vivía en Filipinas, y el Cónsul General Castaño, que inmediatamente embarcó para tomar su posesión en el archipiélago.

Es difícil asegurar que en Filipinas se diera un molde de enfrentamiento de Pan Hispanismo vs. Pan Americanismo como en Latinoamérica, en segundo lugar. Hubo importantes similitudes. La antigua relación de ayuda y rivalidad fue reinterpretada siguiendo las tensiones del conflicto bélico y, puesto que ambos países estaban en bandos contrario, esas diferencias habían de ser resaltadas en consecuencia. También, españoles y norteamericanos sentían un paralelismo entre ambos territorios, con continuas menciones a Filipinas asociándola a Latinoamérica (o a la América española, dependiendo del interlocutor). Las influencias mutuas pasaron a ser percibidas en clave Suma 0, puesto que una incremento de la identidad española significaba para los norteamericanos un demérito para la suya, y viceversa.[34] La defensa de Quezón del trabajo cultural de la Falange puede ser colocada en el mismo nivel que la que hicieron otros prohispanistas en América, al rehusar la asimilación del legado español con el quintocolumnismo. Dentro de España, además, las divisiones políticas entre falangistas y conservadores fueron semejantes tanto en relación con Filipinas como Latinoamérica: unos preferían basarse políticamente en los más leales, especialmente los falangistas y los misioneros, mientras que los otros seguían optando por mimar a las élites conservadoras.

Pero las diferencias del escenario filipino con el americano también fueron cruciales. En Asia, las expectativas eran menos favorables a una victoria Aliada, puesto que la geografía parecía estar a favor de una hegemonía definitiva de Japón. El cónsul general se quejaba de la dificultad de difundir la propaganda pro-hispanista  y que, al contrario, el concepto de solidaridad continental “por supuesto es mucho más fácil de llevar a cabo pro Estados Unidos en las Filipinas,”[35] aunque ese concepto era prestado del otro lado del Pacífico, puesto que el Pan-Asianism estaba dominada, allí, por la simpatía hacia Japón. Aunque Filipinas eran parte de los objetivos del Consejo de la Hispanidad, no hubo actividad específica como tal destinada al archipiélago, hasta el punto que los norteamericanos descartaron sus posibles actividades allí. El departamento de Estado solicitó confidencialmente información sobre los miembros de la Junta Directiva del Consejo de la Hispanidad residiendo [276] en América Latina, pero no los que lo hacían en Filipinas y la copia de esa circular con la orden fue enviada a Manila sólo como información y retrasada, con el resto de notas circulares.

La diferencia más importante con algunos gobiernos latinoamericanos, sin embargo, provino de la capacidad del gobierno Filipino de poner puertas a la interferencia americana. Quezón admitió públicamente haber estado investigando las acusaciones de quinta columnismo en el campo de la educación y que ninguna institución enseñaba “nociones o doctrinas subversivas contra el gobierno establecido en el país.”[36]  Las razones para quitar importancia a los miedos de sedición española no fueron, ciertamente, admiración  hacia la Falange. Sus miembros nunca mostraron influencia o una relación especial con ninguno de los más importantes falangistas tras la salida de su primer líder, Martín Pou, a fines de 1938, y menos aún con el presidente Quezón. Este presidente era crítico y se dice lo agitado que estuvo por “no ser capaz de comprender” la actuación de Felipe García Albéniz, el sucesor de Pou, llegado en 1940 y expulsado a los pocos meses. El historiador Theodore Friend también asegura que el gobierno de la Mancomunidad “no tenía nada que ver” con la Falange.[37] La defensa de su alma mater, la Universidad de Santo Tomas, contra las numerosas críticas pudo haber sido una razón para esa defensa del partido fascista español. Quezon ya había amonestado públicamente a los dominicos por haber tocado un himno franquista a su llegada en el colegio de San Juán Letrán, advirtiéndoles públicamente de no usarlo siquiera de una forma encubierta para ganar la simpatía pública por Franco,[38] pero las relaciones seguían siendo excelentes. El principal mediador con la comunidad era el secretario más íntimo de Quezón, el coronel Manuel Nieto, uno de los que recibieron las medallas que llevó Conrado Blanco, y es dudoso que Quezón estuviera dispuesto a decretar medida alguna contra España o sus instituciones en Filipinas.[39] Las ideas del presidente estaban, ciertamente, más cerca de las del régimen español que las de la autoridades americanas, aunque sus declaraciones a favor de Franco apenas pasaron del ámbito privado. Incluso antes de esas declaraciones exculpatorias, el cónsul general Maldonado ostentó de su influencia sobre el presidente Quezón “con quien estoy en muy buenas relaciones y es un admirador del general Franco.”[40] Los argumentos del presidente aparecen, ciertamente, muy parecidos a los del cónsul: era miembro del partido, pero opuesto fuertemente a su dirección en Manila y en general a la política del ministro Serrano Suñer en Madrid, al igual que los miembros conservadores de la colonia opuestos a la Falange, como el director general de la Compañía de Tabacos, [277] Adrián Got, amigo personal del presidente Quezón. La principal razón para la decisión de Quezón de hablar algo contra la alarma predominante favorecido por el gobierno de Washington, no obstante, parece ser su deseo de preservar la autoridad frente a esa interferencia metropolitana. Y la característica más peculiar fue que Washington, al contrario de lo ocurrido en su “patio trasero,” desistió de intentar derribar a Quezón, bien conocedor de su poder. El dominio tan aplastante del Partido Nacionalista en las Filipinas y el liderazgo inamovible de Quezón aparecen como la principal diferencia en este capítulo del debate general: Manila comprendió que adaptarse a las interpretaciones norteamericanas disminuirían su libertad de acción y podrían llevar a una menor soberanía de la ya obtenida. El legado cultural español, tal como llevaba ocurriendo durante décadas, separado de sus negativas connotaciones más recientes, sirvió bien a Quezón para su objetivos de reforzar su poder. Y para resistirse al cada vez más hegemónico esquema bipolar Eje – Aliados que dejaba tan poco espacio a las terceras partes.

 



[1] Casi un tercio de las que estaban relacionada con Asia, cinco, fueron entregadas a misioneros con un estrecho contacto con las Filipinas, mientras que otro más tenía una relación más indirecta. La medalla entregada al padre dominico Sancho fue la más anunciada, seguida por otra a un padre paúl (Salinas, Abad Mitrado de San Beda, que había oficiado el Te-deum tras la caída de Barcelona en manos nacionalistas), una tercera a un jesuita (Selga), y las otras dos a Benedictinos (Catalán y Francés y López Ciprés), uno de ellos habiendo trabajado en las Filipinas antes de ser destinado a Australia y el otro con una carrera misional en sentido opuesto.  El padre dominico Juan Calvo, por su parte, había publicado su diccionario de Español-Japonés gracias a una institución cultural japonesa cuya actividad estaba centrada en las Filipinas, hasta el punto de que se aseguró que enseñaba en la Universidad de Santo Tomás, lo que no era cierto. La distribución de medallas muestra el deseo de dar un reparto más o menos equitativo entre las ordenes misionales, pero también traer a la memoria la importancia de los españoles (principalmente, catalanes) en la antiguo misión jesuita en la que ya dominaban los americanos, porque no solo se dio una medalla al entonces Director del Observatorio de Manila, sino también porque la más alta condecoración se entregó a Enrique de la Heras, quien pertenecía al grupo de los jesuitas trasladados a India en la década de 1920. Hispanidad, Abril de 1940, N. 4, incluyendo una comunicación del Consulado General, 29/III/940. Hubo excepciones entre esas medallas concedidas en la segunda ola, como la de Pedro Aunario, director de La Vanguardia, y aquellas personas hacia los cuales el emisario especial Conrado Blanco pudo haber tenido un interés especial.  La Orden de la Reina Isabel la Católica fue entregada a Margarita Zóbel de Melián, condesa de Peracamps, y al padre Silvestre Sancho. El título de la Orden del Yugo y las Flechas fue entregada al literato Manuel Maria Rincon, al periodista Theo Rogers, al antiguo vice-cónsul Enrique Zóbel, al hombre de negocios y presidente del Casino Español Antonio Roxas, al político Filipino Claro M. Recto, a los poetas Jesus Balmori y Manuel Bernabe, al historiador Juan Schultz, al pintor Luis Lasa y, finalmente, a Luis Perez de Olaguer Feliu, miembro de otra familia española en Filipinas cuyo patriarca, Luis Pérez Samanillo había muerto en Barcelona en los primeros días de la Guerra Civil por sus simpatías derechistas. Hubo, además, dos funcionarios que hubieron de pedir permiso al gobierno de Estados Unidos para recibir la condecoración, Manuel Nieto, confidente del presidente Quezon y Joaquin de San Austin, líder de la Sociedad Teatral Talia.

[2] ABC, 21/IV/1940.

[3] Arriba, Editorial, 20/VIII/1939

[4]  “La fatalidad geográfica pone a las Islas Filipinas en medio de la lucha por el dominio del Pacifico”, en Mundo, 24-XII-1941.

[5] "En aquel extremo del Asia, Castilla estuvo a punto de ensanchársenos con posibilidades maravillosas.Mourlane Michelena, en ¡Arriba!,  26/V/1941

[6] ¡Arriba!, 16/VIII/1939; Barcia, C.- Puntos Cardinales de la Política Internacional Española, Madrid, Ed. Nacional, 1939 p. 262. Sobre la idea falangista en relación con Asia, ver Val Carrasco, José del, “Delirios de grandeza. La idea del imperio en el fascismo Español de preguerra, 1931-36”, en Historia 16, n. 16, pp. 12-20. Sobre artículos apoyando abiertamente la política japonesa, Mundo, N. 14, 11/VIII/1940. “Situación presente en las colonias europeas. El Japón considera que la Indochina francesa y las Indias holandesas forman parte de su esfera de intereses. Las necesidades económicas explican el programa pan-asiático de los nipones.”

[7] En Defensa de la Hispanidad, por Ramiro de Maeztu (1934)

[8] Desde que el Tratado de París (1898) asignara a los Estados Unidos la isla de Guam y poco después Madrid vendiera las islas en el hemisferio norte al imperio Alemán,  alguien pareció darse cuenta que algunos territorios permanecían nominalmente bajo la soberanía española y señalaron a Clipperton o Ille de la  Passion, localizada a una latitud de 10 17 N y a una longitud de 109 13 W. Este tema se mantuvo candente y se puede encontrar mencionado en los informes finales de dos miembros de una Misión Económica Española que viajó a Japón en 1940. Uno de estos informes aseguraba: "Spain possesses, although sadly only in right but not in fact, [...] which for its conditions of location inside the equatorial currents, temperature and flora would ideal for the establishment of this industry which soon will be free”.  Diego Lacruz Solares a  Ministerio de Industria y Comercio, Madrid, 11/XI/1940. APG-JE-leg. 1, Exp. 42. Este informe trata la posibilidad de comenzar en esta isla una industria de perlas cultivadas y llegó a los más altos funcionarios españoles, tal como puede ser inferido del hecho de haber sido guardado en el archive de presidencia de gobierno. La mención a la isla de Clipperton, sin embargo, era un error. La isla había sido anexionada por Francia en 1855 y había pertenecido a México incluye durante el período español en Filipinas, en 1897, para ser el objeto de un litigio que en el año 1935 dictaminó que pertenecía Francia, que en la actualidad administra ese territorio de 6 kilómetros cuadrados desde la Polinesia Francesa, y en donde la única actividad es la pesca del atún. Los errores en los tratados eran ciertos aunque la isla era diferente, pero, en cualquier caso, muestra claramente el apetito imperial de esos años. Después de la Guerra, ya que el tema fue apoyado  por parte de la mano derecha del general Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, se apoyaron las investigaciones de Emilio Pastor y Santos, quien insistía en que aquellos territorios todavía pertenecían a España, publicando un libro en 1950 que condujo a que el Ministerio de Asuntos Exteriores finalmente tomara cartas en el asunto. Se decidió que, aunque los aseveraciones de Pastor eran básicamente ciertas, no había razón para actuar o para demandas isla alguna. Ver Pastor, Territorios de soberanía española en Oceanía (Madrid: Instituto de Estudios Africanos, 1950)

[9]Madre España, modelo de Colonizadores,” Benito Vargas, Hong-kong, N. 1, June 1940

[10]  "Hace 42 años las Filipinas fueron perdidas", 13/VIII/1940, citado en Departmento de Estado a Alto Comisionado, Washington, 2/X/1940. NARA. Record Group 350, Bureau of Insular Affairs. leg. 1318

[11] Hartendorp, A.V.P., I have lived. Memorias inéditas, p 366. mencionadas in Bacareza, Hermógenes E., A History of Philippine-German Relations (Manila, Hermógenes Bacareza, 1980), p. 130.

[12] McCoy, A.W.,  “Quezon’s Commonwealth: The Emergence of Philippine Authoritarianism”, en Ruby Paredes, ed. Philippine Colonial Democracy, Manila, Ateneo de Manila University Press, 1989, p. 152.

[13] Ídem. Doña Aurora, incluso, envió desde su refugio en Corregidor en diciembre de 1941, una carta de condolencia al Padre Provincial Dominico por los destrozos causados por los primeros bombardeos japoneses a sus edificios  algunas, Labrador, Rdo. P. Juan, Conquista y reconquista de Manila, versión original en castellano,  entrada de 15/II/1942, p. 45.

[14]Persecución del gobierno americano hacia una quinta columna española imaginaria". Maldonado a Serrano Suñer, Manila, 31/I/1941. Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (en adelante, AMAE)-1736-26.

[15] Pardo, Rosa,  ¡Con Franco hacia el Imperio! La Política Exterior española en América Latina, 1939-1945, Madrid, UNED, 1995, p. 213. El recuento del historiador Teodoro Agoncillo del período de preguerra menciona las sospechas entre los escritores progresistas Filipinos de los intentos entre los mismos españoles y alemanes fascistas por debilitar la estructura de la sociedad Filipina como preparación para la diseminación y eventual aceptación de sus principios e ideas fascistas, Agoncillo, T. “The Cultural Aspects of the Japanese occupation,” en Philippines Social Sciences and Humanities, 1963, 28(4): 355.

[16] Yu-Jose, Japan views the Philippines, pp. 124-125; Informe del Departamento de Interior, Washington, vv.ff.,  NARA-RG59.

[17] “Piden un barrido,” Manila Daily Bulletin, Manila, 17/v/1940, anexo a Maldonado a Beigbeder, Manila, 17/V/1940. AMAE-1736-28

[18] Maldonado a Beigbeder, Manila, 18/VIII/1940. AMAE-1736-36; El cónsul japonés, aparentemente, había hablado con el presidente Quezon para incluir al líder pro-japonés Pío Duran en un ticket electoral  en Albay, pero Quezon lo había denegado.  Sayre al Departamento de Estado, Confidential Report, Manila, 15/VIII/1940.  NARA-RG350, file 1338

[19] Sayre a Departamento de Estado, Manila, 15/VIII/1940. NARA-RG350, file 1338.

[20] Sayre a Departamento de Estado, Confidential Report, Manila, 15/VIII/1940.  NARA-RG350, file 1338

[21] Sayre a Departamento de Estado, Manila, 26/III/1941. NARA, RG350, Caja 1338, Expediente 28946-16.

[22] Foley a Sayre, Manila, 11/XII/1940. NARA, RG350, file 1318

[23] Maldonado to Beigbeder, Manila, 1,/VIII/1940. AMAE-1736-28.

[24] 10/VI/1940. Expediente “condecorations.” NARA, RG350, file 20348.

[25] Golay, F. H.- Face of Empire. United States – Philippine Relations, 1898-1946,  Madison, University fo Wisconsin-Madison, 1998, p. 399.

[26] Nota de la Dirección General de la Prensa, 17/VIII/1940, "Una afirmación absurda”, en ABC,  18/VIII/1940. Copia en NARA, RG350, file1318.

[27] "Got Explains", Philippine Free Press (en adelante, PFP),  31/VIII/1940, p. 62

[28] El Debate, 8/X/1940 y 9/X/1940 “Desmentido.” Anexo a Maldonado a Beigbeder, Manila, 10/X/1940 AMAE-1736-38

[29] PFP, 7/IX/1940.

[30]  7/XI/1942. Press Intelligence Bulletin,  Bureau of Intelligence of the Office of War Information. NARA, RG350, file 1318.

[31] 15/VI/1942. "Special Correspondence file: Franklin D Roosevelt", Francis B. Syyre, Box. 7, Library of Congress Manuscript Division, Washington; ver también mi Franco y el Imperio Japonés. Imágenes y propaganda en tiempos de guerra, Barcelona, Plaza & Janés, 2002, pp. 219-20.

[32] "Franco Stands Firm", Editorial, PFP, 22/II/1941; Dissension in Spain ?” PFP, 5/VIII/1939; “La reorganización del gobierno Español” en PFP, 9/VIII/1939.

[33] Maldonado a Jordana, Manila, 18/VIII/1939. AMAE-1736-38.

[34] Instrucción estrictamente confidencial de A.A. Berle a las embajadas en Latinoamérica, Washington, 14 y 19/II/1941. NARA, RG350, file 1318; Maldonado a Serrano Suñer, Manila, 1/I/1941. AMAE-1736-26

[35] Maldonado a Serrano Suñer, Manila, 1/I/1941 AMAE-1736-26.

[36] "Nada contra la "Falange" dice Quezon," en El Debate, 19/IX/1940

[37] Friend, T.- Between Two Empires. The Ordeal of the Philippines, 1929-1946, Manila, Solidaridad Publishing House, 1969, p. 178.

[38] Frederic S. Marquardt, Before Bataan and after. Philippines and the United States, 1898-1942, Indianapolis, Bobbs-Merrill, 1943, pp. 224-25, citado en Bacareza, p. 132.

[39] Una comida del presidente Quezón con el ministro español en Tokio, Santiago Méndez de Vigo, por ejemplo, fue arreglada a través de Nieto y del secretario de Quezón, Vargas, Maldonado a Beigbeder, Manila, 18/III/1940. AMAE-1736-33. Sobre los temores norteamericanos hacia el presunto poderío español,   "Memorandum on Andres Soriano" Report of the Ministry of interior, Washington, 17/VII/1943. Secret report, 28 July 1943. NARA. RG350, file 1318.

[40] Maldonado a Beigbeder, Manila, 15/VII/1940. AMAE-1736-28