Del aislamiento a
la apertura: La política exterior de España durante el franquismo. III Jornadas
de
La
caída de Francia ante las tropas alemanas de 1940 fue el momento de mayor auge
del III Reich y tuvo repercusiones mundiales. Con los avances nazis de ese
verano, la posibilidad de una victoria definitiva alemana parecía factible,
haciendo conscientes a sus adversarios de la necesidad de movilizar al máximo
los recursos para evitar el dominio del Eje en el mundo. El gobierno de Estados
Unidos incrementó la ayuda al gobierno británico, se esforzó por concienciar a
una población mayoritariamente neutralista y se dispuso a proteger a los territorios
bajo su dominio del peligro enemigo. De todos ellos, el que estaba más en
peligro eran las islas Filipinas. Embarcadas desde 1935 en un proceso
transitorio que acabaría con una independencia total el año 1946, estaban en el
punto de mira de esas ambiciones tan imperialistas de los países totalitarios
anticomunistas.
El cóctel de
factores que influían el futuro de las Filipinas se simplificó con la caída de
Francia, en lugar de complicarse adicionalmente. Porque la mezcla de ansias
independentistas, penetración japonesa, viabilidad económica, temor al
autoritarismo e incluso la complicada política doméstica pasaron a ser
interpretadas en relación con la guerra en Europa, con dos únicas opciones a
escoger: con el Eje o con los Aliados. El espacio para los matices disminuyó,
de forma parecida a como ocurriera después con
La huella española
en las Filipinas fue afectada por ese nuevo curso de los acontecimientos. Ya
que España y Estados Unidos aparecían en bandos opuestos del conflicto mundial,
la hispanización adquirió una nueva relevancia como un posible arma en ese
conflicto mundial, y como tal fue reinterpretada por ambos bandos. Este
artículo va a tratar de analizar ese proceso de cambio de la percepción,
empezando por [264] aquellos aspectos menos teñidos políticamente y siguiendo
por aquellos relacionados más directamente con la Guerra en Europa.
El
nuevo régimen de Franco salido de
Ante
el curso de la Guerra en Europa, los filipinos vieron diferentes reacciones de
los franquistas españoles. Dentro de la comunidad pro-franquista en las islas,
el rango de opiniones fue muy diverso, abarcando tanto a partidarios del Eje
como a pro-Aliados. La política cultural española, no obstante, reforzó los
grupos a favor del Eje, incluyendo unas fuertes simpatías con el imperio
japonés y una propaganda exaltada antiamericana que permitió a Washington
utilizarla como el mejor arma para que
los filipinos tomaran partido junto a ellos.
La necesidad de
ensalzar el régimen de Franco internacionalmente y la guerra en Europa
contaminaron la vieja aspiración de los españoles limitada a la búsqueda de un
imperio espiritual, tal como habían propagado los conservadores en Filipinas
desde 1898. La falta de fondos, no obstante, hizo que Madrid fuera capaz de conceder simplemente algunas ayudas y de
imponer medallas a los individuos más significativos en varias tandas. Primero,
después de la puesta en marcha del Consejo Superior de Misiones, en lo cual las
islas Filipinas tuvieron una gran proporción, y después a civiles que habían
apoyado la sublevación franquista y podían apoyar económicamente más al
régimen.[1] [265]
Más allá de las
condecoraciones, el régimen franquista apenas pudo hacer propaganda a través de
frases grandilocuentes, con tonos imperiales y aspiraciones religiosas. La
Universidad de Santo Tomas fue el estandarte de esta campaña, proclamando
repetidamente el valor del archipiélago magallánico para la Hispanidad y a
ensalzando a su rector, el padre Silvestre Sancho O.P. Este dominico,
ciertamente, fue la única persona que recibió medalla en las dos ocasiones que se entregaron durante este período: “"puede
decir que dondequiera que hay un alumno de Santo Tomas hay un amante de España.
Ninguna otra nación poseen el extranjero un centro de cultura que pueda
compararse a este.”[2] Así, cuando esta universidad
creó su primera Cátedra de la Hispanidad, un editorial del portavoz falangista !Arriba¡,
además de ser explícito sobre el “sentido imperial” de la lengua española, llegó a asegurar que sería la "empresa eficaz para el propósito
de nuestro Imperio que deberá repetirse en toda la extensión que alcanzó
nuestro idioma".[3] Faltó automesura en las
manifestaciones de esos momentos e incluso en ocasiones se apuntaron planes
grandilocuentes sobre las Filipinas, como en la revista mas importante de
Política Exterior, Mundo, que señalaba: "Nuestro anhelo mas
vivo de españoles se cifra en la superación de la fatalidad geográfica y en la continuidad de la vida independiente,
civilizada y cristiana de Filipinas."[4]
La recurrente
culpabilidad de los males de España a los imperios occidentales adversarios del
español, además, empezó a enfocarse contra los Estados Unidos. La idea
irredentista española había tenido hasta entonces unos tonos casi
exclusivamente antibritánicos y antifranceses, tal como apareció en las páginas
del libro más significativo de las aspiraciones imperiales españoles en esos
momentos, Reivindicaciones de España. En Asia, esas quejas habían sido ante
todo contra los engaños del imperialismo francés a lo largo de la Guerra
de Cochinchina (1857-63), que
permitieron a Francia comenzar un
protectorado en la península Indochina[5] tras
una victoria militar con alguna ayuda española y de soldados Filipinos. En el
verano de 1940, no obstante, ya no era conveniente proclamar estas críticas tan
alto por la puesta en marcha del nuevo gobierno pro-Eje de Vichy presidido por
el Mariscal Petain. Así junto con la enemistad hacia
Las proclamaciones
españolas eran más radicales que nunca y muy probablemente el producto de una
ola que no tardaría en declinar. España imitó ampliamente el razonamiento de
los países del Eje para sus ambiciones imperiales, tales como la alta tasa de
nacimientos entre su población, que haría necesaria la adquisición de nuevas
tierras.[7] Pero para la región asiática el
argumento poblacional no podía tener repercusión y las razones explicadas desde
la península permearon principalmente melancolía, puesto que no era factible
ningún tipo de retorno imperial en Asia. Incluso en el capítulo sobre la
Guerra de Cochinchina del libro de las Reivindicaciones de España
apareció especificado que España carecía de ambiciones imperiales en
Hubo una diferencia
adicional entre esta propaganda de tiempos de guerra y las anteriores, cual es
su presentación de forma creíble como la expresión de [267] ambiciones
imperiales. Un ejemplo puede ser una artículo en una revista dominica publicada
en Hong Kong en español, Albertina, escrito por el filipino
Cuando aparecieron en la prensa española las pretensiones sobre Filipinas, supusieron un fuerte impacto en el archipiélago por considerarse creíbles. En agosto de 1940, en el aniversario de la derrota ante Estados Unidos, el diario madrileño El Alcázar, el portavoz de los falangistas más radicales y publicado parcialmente con la ayuda alemana, publicó un artículo en portada sobre Filipinas donde se aseguraba que después de 42 años desde la salida de la administración española, las islas eran “más españolas que antes.” No había mención de ningún tipo para una vuelta de la soberanía a las islas pero, tal como aseguraba un informe norteamericano, esta demanda estaba sugerida por un mapa indicando hacia donde esas ambiciones estaban encaminadas.[10]
Con ello, la
reinterpretación de las demandas culturales españolas en clave de oposición a
Estados Unidos resultaba factible. La antigua percepción dual de España en
Filipinas favorecida por Estados Unidos, como un período con errores
importantes pero con aspectos beneficiosos pasó a volcarse predominantemente
hacia la parte más negativa, incluyendo la de ser un país con ambiciones
imperialistas de retornar a los tiempos ya pasados. Deseosa de evitar las
tentaciones por-Eje en las Filipinas, la propaganda americana decidió que la
mejor forma de conseguirlo era difundiendo esas altisonantes demandas españolas
También
en el campo ideológico hubo una reinterpretación de los objetivos españoles en
las Filipinas. Era un escenario algo diferente del cultural porque España
(incluso, incluyendo los ciudadanos de países del Eje) no monopolizaba en
absoluto las propuestas autoritarias para las Filipinas y los límites entre
fascismo y democracia eran extremadamente indefinidos en las islas. El deseo, o
no, de ensalzar la identidad hispana en las Filipinas no era el eje a través
del cual estaba dividido el mundo político, y hasta entonces se podían encontrar
muchos pro-franquistas entre el Partido nacionalista Filipino, entonces en el
poder, así como norteamericanos flirteando con las ventajas de la experiencia
alemana, tal como se puede comprobar en las páginas del semanario Philippine
Free Press, donde se pueden encontrar un buen número de citas ensalzando la
experiencia nazi. [268]
Las tendencias
autoritarias estaban en auge en las Filipinas en aquellos años, ciertamente.
Siguiendo la influencia del jesuita Rusell Sullivan, el “sacerdote de la radio”
famoso por sus mensaje radiados criticando
Washington no tomó
ideas contra aquellos tentados por las ideas fascistas o nazis en las
Filipinas, en parte porque no le era ya posible. Ni siquiera contra aquellos en
el Ateneo de Manila o los apuntados por
La carta escrita por
La línea de división
en esa disputa, por tanto, no era simplemente la nacionalidad o la ideología
sino, antes bien, la fidelidad o no a los Estados Unidos. Desde este punto de
vista, los partido políticos pudieron ser divididos claramente entre amigos y
enemigos y en este campo cayeron los nazis alemanes, los fascistas italianos y
los falangistas españoles. Socavando las consideraciones ideológicas,
Washington facilitó las decisiones de su gobierno separando aquellos bajo su
paraguas de aquellos que deseaban el triunfo enemigo, para aislarlos
especialmente de sus posibles simpatizantes. Para ello, se utilizó en todo el
mundo un término acuñado durante
En el archipiélago
Filipino, la creciente preocupación de la opinión pública fue incitada por los
actos de los propios falangistas. Por ejemplo, oponiéndose a la llegada de
emigrantes judíos. Mientras el gobierno de la Mancomunidad discutía la
respuesta a la presión del Alto Comisionado para la admisión de un número
importante de refugiados de Polonia, Austria y los países eslavos, se
desarrolló un movimiento de oposición que los americanos llegaron a considerar
importante. Era legal, puesto que la Ley de Inmigración filipina impuso una
cuota de 500 inmigrantes anuales por país, pero hacía una excepción “por
razones humanitarias” para los refugiados por motivos religiosos, políticos o
raciales. Los Nazis alemanes se opusieron fuertemente a esa inmigración
temiendo la llegada de opositores a su régimen y los japoneses se unieron a la
protesta, celosos principalmente de la renovada generosidad hacia la emigración
después de haberse impuesto esa cuota contra ellos. Además, se supo de los
planes de establecerlos en la provincia sureña de Bukindon, en la isla de
Mindanao, es decir, en un espacio destinado a detener la expansión creciente de
su influencia desde Davao, donde controlaban buena parte del comercio del
abacá. La Falange, aunque no tenía ningún interés especial en este tema, se
consideró “generalmente” que apoyó las protestas de nazis y japoneses.[16] [270]
La obvia
consecuencia fue una creciente presión desde Washington, ayudado por una
opinión pública cada vez más convencida de la amenaza falangista. En el mes de
mayo de 1940, después de una resolución en la Asamblea de California, donde se
solicitaba la supresión de
Hubo una política preventiva frente a esas amenazas de hecho, aireando y
magnificando los peligros, aunque tales evidencias dentro de las Filipinas son
muy vagas. Así, por ejemplo, a pesar de las críticas a la actividad
propagandística del cónsul general, el propio Alto Comisionado, Francis Sayre,
aseguró en su informe quincenal confidencial al Departamento de Estado que su
único objetivo era modificar la legislación sobre inmigración.[19] En ese
mismo informe, aseguraba que lo único sobre actividades subversivas de los
diplomáticos eran algunos informes sin comprobar y que las únicas acusaciones
conocidas por él eran “triviales”. Un ejemplo era “que el cónsul italiano en
Manila había objetado a un directivo de
Los avisos a los
franquistas españoles, como es fácil de suponer, siguieron el mismo molde. El
reverendo Walter Brooks Foley, ministro de
Como resultado del conflicto global, dos propagandas ajenas a las
Filipinas colisionaron en su territorio. Por un lado,
Las
respuestas filipinas a las iniciativas españolas por una intensificación de las
relaciones fueron muy consideradas. El propio presidente Quezón asistió con su
hija a la ceremonia durante la cual el enviado especial de
Además, la España de Franco mantenía aún una audiencia entregada. El
presidente Quezón se refirió en discursos suyos a la “democracia sin partidos”[25] y, cuando el Alto
Comisionado Sayre refutó la defensa de Quezón de un gobierno más autoritario,
el presidente replicó refiriéndose a las “lecciones de la historia
contemporánea,” lo que lleva a pensar que tenía el caso español bien en mente
al responder. Además, el
presidente también radió un mensaje el 18 de septiembre de 1940 donde declaró que
la Falange estaba dedicada simplemente a la enseñanza de los niños españoles
bajo las instrucciones de su gobierno y que él no veía lo que había de negativo
en ello o cómo evitarlo. El legado español podría ser considerado, por tanto,
como útil en el esfuerzo de incrementar el autoritarismo en Filipinas, en lo
que puede considerarse un éxito del régimen de Madrid, si bien limitado.
La
reinterpretación propagandística norteamericana, no obstante, tuvo más éxito.
Las advertencias sobre los presuntos ánimos imperiales españoles se acoplaron
muy bien con los temores ante una posible victoria del Eje y fueron ayudados
por palabras que consiguieron un impacto significativo, como quinto-columnistas
o falangistas, tal como se pudo comprobar con la difusión del artículo
irredentista sobre las Filipinas en un periódico de segundo rango de Madrid
como era El Alcázar. Transmitido a Manila desde Berlín y titulado
“España todavía abriga diseños imperialistas sobre las Filipinas”, este cable
hizo saltar muchas alarmas en Manila. A pesar de las rápidas denegaciones. En
Manila, el cónsul general Álvaro de Maldonado emitió una declaración denegando
tales intenciones o diseños, declarando que el único interés de España sobre
las Filipinas era incrementar el comercio mutuo y alcanzar un nivel de
intercambios provechoso una vez que las Filipinas alcanzaran la independencia:
“principalmente espiritual, no física ni material.”
“Por la prensa de Manila ha sido
publicada la falsa información de que España tiene el propósito de reconquistar
el Archipiélago Filipino, que, por varios siglos, perteneció a España. Lo absurdo de la noticia hace
innecesaria su rectificación, ya que, naturalmente, carece de fundamento."[26]
E incluso
particulares de nacionalidad española se ofrecieron a disipar las dudas
posibles, como el director general de
La demostración más obvia del éxito norteamericano en su reinterpretación
propagandista de los omentos previos a la Guerra del Pacífico puede comprobarse
en la comunidad fil-hispana que hasta entonces había defendido al régimen de
Franco denodadamente. En esos momentos, comenzó a dudar de la elección
realizada a partir del 18 de julio de 1936. El diario El Debate, por
ejemplo, en la discusión sobre la veracidad de las intenciones imperiales
españolas, mostró en esos momentos una proclividad hacia el punto de vista
estadounidense, frente a las negativas españolas. Tras la publicación de la
noticia alarmante, las negativas oficiales españolas apenas fueron mencionadas
en un editorial que estaba significativamente titulado: “Una versión publicada
en Manila es denegada”.[28] Un cambio similar ocurrió en la revista en lengua inglesa más
decididamente pro-franquista, Philippine Free Press. En el mes de
septiembre de 1940, la noticia de que España entraría en Guerra en un futuro
próximo ocupando Portugal fue considerada con la más alta probabilidad y
titulándola con una frase presuntamente espetada por un capitán español (sin
nombrar) al corresponsal del Chicago Daily News, Robert J. Casey: "Vosotros tomasteis de nosotros las Filipinas y Cuba[…] Algún día, por
supuesto, las volveremos a tomar."[29]
No hay documentos que puedan demostrar esas afirmaciones sobre territorios
por ofrecer y conseguir tan fácilmente, o acuerdos de Hitler con personajes
afines intercambiando territorios a cambio de ayuda, pero fueron ampliamente
aceptadas. Los deseos imperiales españoles, de hecho, se convirtieron en un topoi,
con artículos recurrentes en la prensa sobre las desmedidas ambiciones de
España, como [274] un editorial en World of Tulsa, en el estado de Oklahoma, donde se afirmaba que
"España renuncia a su derecho a [...] posesiones en Filipinas a favor de
Japón".[30]
Esta confusión, además, alcanzó los niveles más altos en la toma de
decisiones, como puede comprobarse en un informe de espionaje leído por el
propio presidente Franklin D. Roosevelt: “Altos funcionarios en el Departamento
de Justicia Filipino han avisado a nuestro informante que [Andrés] Soriano ha
asegurado que cuando acabe la guerra entre el Eje y los Estaos Unidos, Franco ha sido prometido de recibir las islas Filipinas por Hitler.”[31]
El impacto tan
exitoso de la reinterpretación norteamericana del papel de España en Filipinas,
de hecho, consiguió el objetivo de separar y aislar ideológicamente al núcleo
de los más fervientes pro-Eje con los colectivos cercanos ideológicamente, pero
prefiriendo evitar la acusación de traicioneros a los Estados Unidos. La prensa
pro-franquista de Filipinas es un ejemplo de ello, porque su información en
España pasó a incluir algunas de las críticas y a tener una postura
eminentemente defensiva. Su principal punto de apoyo se convirtió en la figura
del general Franco, en quien descansaban las esperanzas de que España no se
uniese al conflicto bélico: “no es una marioneta” o “sabe que España, aun postrada de su terrible guerra civil, no está en condiciones de permitir que sea
librada un nuevo conflicto en su territorio, incluso si España no contribuyera
directamente a ello.”[32] Los periódicos más derechistas
no veían muchas maneras de defender el régimen español y la única opción
factible era sembrar dudas sobre esa seguridad universal de la futura entrada
de España en
Esta
reinterpretación del bagaje y de la imagen de España en Filipinas durante los
comienzos de
Madrid se embarcó en
una propaganda que carecía no solo de los recursos necesarios para ir más allá
de la entrega de medallas y honores, sino también de una planificación que
pudiera garantizar incluso la puesta en marcha de las medidas más necesarias,
incluso las que se llegaron a aprobar. Ni las invitaciones del enviado Conrado
Blanco a los intelectuales Filipino para visitar España a ser pagadas por el
propio gobierno español ni un “Instituto Ibero-Oriental” anunciado pomposamente
en enero de 1941 pudieron pasar de haber sido mencionadas en la prensa como
medidas aprobadas oficialmente. El cónsul español en Manila, siempre optimista,
afirmaba: [275] “No estaría de mas que la Junta de Relaciones Culturales no olvidase a
Filipinas, tenemos a los Estados Unidos en contra (de lo que conviene tomar
nota) pero con valentía y buena voluntad se podría hacer mucho.”[33] Es dudoso que ese presunto
coraje español, si hubiera habido tal, pudiera triunfar sobre los recursos de
los norteamericanos, aunque ni siquiera se pasó de esa etapa del abandono. La
carencia de interés por el destino del archipiélago fue, de hecho, un problema
tan grave como la falta de recursos, tal como muestra el ejemplo del Consejo
de la Hispanidad, que nunca tomó medida alguna relacionada con las
Filipinas más allá del nombramiento de dos consejeros en su representación, el
padre Silvestre Sancho, Rector de la Universidad de Santo Tomas, que vivía en
Filipinas, y el Cónsul General Castaño, que inmediatamente embarcó para tomar
su posesión en el archipiélago.
Es difícil asegurar que en Filipinas se diera un molde de enfrentamiento de Pan Hispanismo vs. Pan Americanismo como en Latinoamérica, en segundo lugar. Hubo importantes similitudes. La antigua relación de ayuda y rivalidad fue reinterpretada siguiendo las tensiones del conflicto bélico y, puesto que ambos países estaban en bandos contrario, esas diferencias habían de ser resaltadas en consecuencia. También, españoles y norteamericanos sentían un paralelismo entre ambos territorios, con continuas menciones a Filipinas asociándola a Latinoamérica (o a la América española, dependiendo del interlocutor). Las influencias mutuas pasaron a ser percibidas en clave Suma 0, puesto que una incremento de la identidad española significaba para los norteamericanos un demérito para la suya, y viceversa.[34] La defensa de Quezón del trabajo cultural de la Falange puede ser colocada en el mismo nivel que la que hicieron otros prohispanistas en América, al rehusar la asimilación del legado español con el quintocolumnismo. Dentro de España, además, las divisiones políticas entre falangistas y conservadores fueron semejantes tanto en relación con Filipinas como Latinoamérica: unos preferían basarse políticamente en los más leales, especialmente los falangistas y los misioneros, mientras que los otros seguían optando por mimar a las élites conservadoras.
Pero las
diferencias del escenario filipino con el americano también fueron cruciales.
En Asia, las expectativas eran menos favorables a una victoria Aliada, puesto
que la geografía parecía estar a favor de una hegemonía definitiva de Japón. El
cónsul general se quejaba de la dificultad de difundir la propaganda
pro-hispanista y que, al contrario, el
concepto de solidaridad continental “por supuesto es mucho más fácil de llevar
a cabo pro Estados Unidos en las Filipinas,”[35] aunque ese concepto era prestado del otro lado del
Pacífico, puesto que el Pan-Asianism estaba dominada, allí, por la
simpatía hacia Japón. Aunque Filipinas eran parte de los objetivos del Consejo
de la Hispanidad, no hubo actividad específica como tal destinada al
archipiélago, hasta el punto que los norteamericanos descartaron sus posibles
actividades allí. El departamento de Estado solicitó confidencialmente
información sobre los miembros de
La diferencia más importante con algunos gobiernos latinoamericanos, sin
embargo, provino de la capacidad del gobierno Filipino de poner puertas a la
interferencia americana. Quezón admitió públicamente haber estado investigando
las acusaciones de quinta columnismo en el campo de la educación y que ninguna
institución enseñaba “nociones o doctrinas subversivas contra el gobierno
establecido en el país.”[36] Las razones para quitar importancia a los
miedos de sedición española no fueron, ciertamente, admiración hacia
[1]
Casi un tercio de las que estaban relacionada con Asia, cinco, fueron
entregadas a misioneros con un estrecho contacto con las Filipinas, mientras
que otro más tenía una relación más indirecta. La medalla entregada al padre
dominico Sancho fue la más anunciada, seguida por otra a un padre paúl
(Salinas, Abad Mitrado de San Beda, que había oficiado el Te-deum tras la caída de
Barcelona en manos nacionalistas), una tercera a un jesuita (Selga), y
las otras dos a Benedictinos (Catalán y Francés y López Ciprés), uno de ellos
habiendo trabajado en las Filipinas antes de ser destinado a Australia y el
otro con una carrera misional en sentido opuesto. El padre dominico Juan Calvo, por su parte,
había publicado su diccionario de Español-Japonés gracias a una institución cultural
japonesa cuya actividad estaba centrada en las Filipinas, hasta el punto de que
se aseguró que enseñaba en la Universidad de Santo Tomás, lo que no era cierto.
La distribución de medallas muestra el deseo de dar un reparto más o menos
equitativo entre las ordenes misionales, pero también traer a la memoria la
importancia de los españoles (principalmente, catalanes) en la antiguo misión
jesuita en la que ya dominaban los americanos, porque no solo se dio una
medalla al entonces Director del Observatorio de Manila, sino también porque la
más alta condecoración se entregó a Enrique de la Heras, quien pertenecía al
grupo de los jesuitas trasladados a India en la década de 1920. Hispanidad,
Abril de 1940, N. 4, incluyendo una comunicación del Consulado General,
29/III/940. Hubo excepciones entre
esas medallas concedidas en la segunda ola, como