Impulso insuficiente.
Las relaciones hispano-japonesas
dentro del marco europeo
La Investigación sobre Asia Pacífico en España
Pedro San Ginés Aguilar, ed.
Col. CEIAP (Colección Española de Investigación sobre Asia Pacífico) N. 1
Granada, Editorial Universidad de Granada, 2006, pp. 359-384
ISBN: 978-84-338-4589-4 Dep. Legal: 1744/2007
Florentino Rodao
Universidad Complutense
de Madrid
1. Historia
de los contactos bilaterales
1.1. Características de las relaciones
2. Política exterior
española
2.1. Cooperación política con Europa
2.2. Comunidades autónomas y
relaciones exteriores
2.3. El diferente marco de la
proyección hacia Japón
3. Política exterior
japonesa
3.1. Japón ante la unidad europea
4. Relaciones Asia –
Europa
4.1. El renovado impulso hacia
Japón
4.2. Europa prioriza Asia
5. Conclusión
Bibliografía
Desde que España se adhirió a la Comunidad Europea
(CE) el 1 de enero de 1986, el marco de las relaciones hispano-japonesas ha
cambiado decisivamente. Los contactos multilaterales han adquirido una creciente
importancia, especialmente desde que comenzara el proceso ASEM (Asia-Europe
Meeting), administrando un impulso adicional a los bilaterales. Los cambios que
ha desencadenado la democracia en España, la crisis estructural en Japón tras
la explosión de la economía de la burbuja y el final de la Guerra Fría han
repercutido en las relaciones entre Tokio y Madrid, pero el marco multilateral
ha provisto de un contexto radicalmente diferente al que los contactos mutuos
han tenido durante décadas. Además, las tendencias para el futuro sugieren que
este proceso profundizará más aún: el proceso de toma de decisiones estará cada
vez más diluido y la mediatización de organismos e instituciones multilaterales,
al menos en su implementación, será cada vez más crucial en relaciones
bilaterales como la hispano-japonesa.
Por ello, resulta especialmente relevante analizar la
influencia de ASEM en el marco bilateral. Comparar la experiencia histórica,
desde el siglo XVI, con la más reciente, a raíz de la plena pertenencia de
España a las comunidades europeas, permite comprender la trascendencia de los
cambios ocurridos de las últimas dos décadas. Este trabajo, en consecuencia, comienza
con un breve repaso a las relaciones desde sus comienzos para pasar a analizar las mudanzas de todo
tipo en las relaciones, primero con la política exterior española, después con
la japonesa y por último con el impulso europeo hacia Asia. Finaliza retomando
el curso de las relaciones bilaterales durante los últimos años para valorar el
impacto de esta evolución.
1. Historia
de los contactos bilaterales
La relación entre España y Japón es antigua, pero carece de
continuidad. El primer contacto directo ocurrió en 1549 y estuvo a cargo de
Francisco de Xavier y otros dos misioneros que
llegaron a las costas de la isla de Kyūshū a bordo de un barco
chino en un proyecto de evangelización liderado por portugueses. Años más
tarde, tras el comienzo de la presencia permanente de España en la región, una
vez instalada en Manila, la evangelización se erigió como el objetivo
predominante para justificar la presencia en Asia. Los misioneros, además,
mantuvieron la primacía de sus intereses aún cuando los comerciantes tuvieron
cada vez razones más importantes para reequilibrar esa situación tan
descompensada y erosionar la influencia de ese objetivo misional. Especialmente
en los primeros años del siglo XVII, el tráfico de mercancías entre Manila y
los puertos japoneses fue intenso, y tanto las autoridades niponas como los
comerciantes de Manila se esforzaron por impulsar las relaciones económicas, pero
nunca consiguieron desplazar el aspecto religioso de los contactos. Así, aunque
los esfuerzos de evangelización generaron
problemas con las autoridades japonesas e incluso el cristianismo fue prohibido
por los shogunes, Manila siguió permitiendo ser utilizada como base para la
expansión del cristianismo en Japón. Los misioneros, de esta forma, arrastraron
en su enfrentamiento con las autoridades niponas primero a los comerciantes, puesto
se denegó la entrada a todos los españoles, y después al resto de ibéricos,
porque en 1639 los portugueses laicos siguieron la misma suerte.
Tras la apertura nipona a Occidente en el siglo XIX, la
presencia española en Asia ha sido muy escasa y el impacto en Japón mínimo, tanto
cuando España colonizaba en Filipinas como después de su salida en 1898, hasta
fechas muy recientes. No ha faltado una cierta continuidad, ya que el factor religioso
ha seguido teniendo importancia: una mayoría de los españoles residentes en Japón
han sido misioneros, en buena parte de las mismas órdenes expulsadas siglos
atrás. El significado de los contactos, no obstante, ha pasado a ser marginal. En
este contexto, las relaciones mutuas sólo han adquirido una relativa
importancia al socaire de guerras y disputas armadas. Primero, a fines del
siglo XIX, cuando las expectativas de salida de España de Filipinas permitían a
Japón pensar que podía ser su sustituto. Cuando tras la victoria nipona sobre
China (1894-95) Taiwán pasó a formar parte del imperio japonés y se estableció una
frontera directa esa posibilidad se hizo palpable. Producto de la multiplicidad
de intereses, tanto Tokio como Madrid mostraron una política ambivalente en
esos años. El gobierno nipón observó la rebelión contra el dominio colonial
español en 1896 desde una perspectiva imperial, y con unas ambiciones tan
evidentes como el alemán, pero al mismo tiempo los militantes asianistas, shishi, lucharon a favor de los rebeldes
filipinos. Mientras tanto, el gobierno español también jugó con dos opciones al
mismo tiempo, porque mientras obstaculizaba la llegada de emigrantes nipones a
sus todavía colonias, temeroso de que pudieran actuar como quintacolumnistas, ostentó
una amistad oficial con Tokio ante otros gobiernos (Rodao, 1991: 13-15).
Décadas más tarde, ocurrió algo parecido durante los años
violentos que empezaron con la
guerra Civil española y acabaron con las bombas atómicas en
Hiroshima y Nagasaki. La coincidencia del conflicto español con la guerra Chino-japonesa,
las semejanzas en las políticas anticomunistas y los intereses económicos
españoles en Filipinas llevaron a un nuevo repunte de las relaciones, basado en
esta ocasión en la propaganda, en el espionaje y en compartir enemigos. La
admiración y la alianza política fue sucedida de forma vertiginosa por el odio
y los deseos de declarar la guerra, separados por escasos meses de diferencia
(Rodao, 2003: 351-352). En un caso, en definitiva, fue contemplar opciones
opuestas de forma simultánea y en el otro de forma consecutiva, pero la
volatilidad puede ser considerados como la característica principal de unos
contactos cuya escasa entidad era la que realmente lo permitía.
Desde la posguerra mundial, la importancia muy relativizada
de los contactos mutuos ha seguido predominando. Adquirieron relevancia, de
nuevo, en relación con conflictos, como el de Corea, pero en mucha menor medida
y sin salir de la atonía. Tras
el restablecimiento de relaciones y las negociaciones para indemnizar los daños
a la colonia española en Filipinas, los contactos han sido generalmente
amistosos, pero el desinterés ha predominado. A pesar del auge económico de
Japón, España nunca concedió relevancia a las relaciones con este país. La no
reapertura del Consulado en Kobe, que se cerrara al estallar la Guerra Civil, la pervivencia
de prácticas que indican un desinterés político en la relación, o la poca
preocupación por solventar las carencias de la presencia española indican que
Japón ha estado relegado a un segundo plano, tanto durante la dictadura
franquista como tras la llegada de la democracia.
El atractivo de Japón por España ha sido mayor que en
dirección contraria. Ya en el siglo XIX, los nipones fueron quienes impulsaron el
tráfico marítimo directo con Manila, comenzaron la enseñanza de español en sus
universidades contratando a profesores nativos y fueron los agentes pro-activos
de las relaciones. En el siglo XX, esa ventaja nipona se ha incrementado más
aún, especialmente según avanzaba el siglo. En el plano oficial, el número de
diplomáticos asignados a Madrid, su conocimiento previo del país o la
implantación de consulados en Barcelona y las Islas Canarias lo han demostrado.
En un plano menos oficial, la comparación de los intereses respectivos muestra
que ese interés gubernamental es simplemente reflejo de lo que ocurre en la sociedad. La española
ha centrado su atención en los aspectos más exóticos de la cultura nipona, mientras
que ésta ha profundizado mucho más en su conocimiento de la española. Las
catorce universidades japonesas con departamento de español, más una diversidad
de especialistas en los temas más diversos han sido simplemente la punta de
lanza de un país consciente del significado de España. Las numerosas empresas
japonesas distribuidas por el territorio español, aun con preferencia por Cataluña,
conscientes de las excelentes posibilidades del puerto de Barcelona, son un
reflejo de un conocimiento del mercado y de las posibilidades de inversión en
España que se revela muy superficial en el caso opuesto. El 95% de las empresas españolas en Japón tienen su
sede en Tokio y la gran mayoría, además, se han instalado a partir del año
2000, según un estudio patrocinado por Casa Asia (Liying 2006: 107-108).
Las perspectivas de la entrada de España en la CEE fueron
un ejemplo de la definición de la presencia nipona. El desembarco de las
industrias japonesas se dio con una rapidez notable, aprovechando la
oportunidad para introducirse en el mercado europeo a través de un país con
amplias expectativas y costes salariales competitivos (Silva, 1995: 248). Las empresas
españolas, por su parte, siguieron dando la espalda a este mercado. En
septiembre de 1985, durante la visita del presidente Felipe González a
China y Japón, la gran mayoría de los empresarios prefirieron regresar tras la
primera escala del viaje. El interés personal por Japón de un líder tan
señalado, aun siendo tan popularmente conocida su afición por los bonsai, no ha pasado de ser una mera
anécdota en las relaciones mutuas
1.1. Características de
las relaciones
Del transcurso de las relaciones
históricas, es posible colegir una serie de características que se pueden
resumir en tres problemas principales que afectan principalmente a España:
- Brusquedad en los cambios.
Aunque los vaivenes en los contactos entre países son relativamente
normales, las relaciones hispano-japonesas han vivido una volatilidad
preocupante. Así ocurrió durante la época moderna, con los japoneses
embarcados en la
misión Keichō, (1613-20, a Roma y España,
pasando por América), por un daimyo o señor feudal de Sendai: su regreso fue
clandestino (Hayashiya, 1998: 17). El caso más claro fue durante la Guerra
del Pacífico (1941-45), cuando los españoles pasaron en un plazo de dos
años escasos de idealizar a los nipones, tildándolos de los mejores
adjetivos, a acusarlos de bárbaros que habían engañado su verdadera
identidad mostrando capa superficial de civilización, como declarara el
propio Franco en el verano de 1943. Madrid intentó declarar la guerra a Tokio
en la primavera de 1945.
- Ligereza en el proceso de
toma de decisiones. Por la carencia de un grupo de intereses o de
población afectado por el devenir de la relación, por el predominio de los
“enterados” frente a los expertos y por el propio desinterés político, la evaluación
de las consecuencias de las decisiones ha sido muy pobre. Asia Oriental,
incluido Japón, ha sido un destino de compromiso para los diplomáticos
españoles, recibiendo un alto número de casos difíciles y funcionarios
ineficientes (Rodao, 1987: 229-232). En un plano político, los ejemplos
más llamativos han tenido lugar en 1937 y en 1940, en los momentos de
mayor amistad, cuando el gobierno de Franco se dispuso a reconocer el
estado pro-japonés del Manchukuo (que apenas habían decidido hasta
entonces el Vaticano, El Salvador y el propio Japón) y después, cuando se
realizó una visita al gobierno marioneta pro-nipón de Wang Jingwei en
Nanking, antes incluso de que los propios japoneses lo reconocieran. Otros
casos reseñables han sido los intentos de declaración de guerra a Japón,
en 1932 (a cargo de Salvador de Madariaga, a propósito del incidente de
Manchuria) y en 1945 (a propósito de la masacre de españoles en Manila). El
general Franco también intentó que España participara en la Guerra de
Corea a pesar de no ser miembro de las Naciones Unidas.
- Excesiva dependencia de la
maleabilidad de las imágenes. El vacío dejado por la falta de contactos ha
sido suplido por el papel tan importante de las imágenes, con muchos
ingredientes ajenos a las relaciones mutuas y repletas de estereotipos (Rodao,
2002: 46-94). La ausencia de una masa crítica de especialistas o
intermediarios ha sido crucial, porque habrían podido limitar y matizar
las volatilidades tan propias de las percepciones. Incluso a los niveles
más altos en el proceso de decisiones sobre Japón, las nociones
estereotipadas han sido claves, y los intereses políticos han podido
instrumentalizar esas percepciones según el momento.
2.
Política Exterior española
Tras la llegada de la democracia, España ha vivido cambios
cruciales en su política exterior que parcialmente son reflejo del nuevo
régimen político, pero también de la propia evolución del mundo y de la
unificación europea. Tras la muerte del general Franco, nuevas ideas pasaron a ser
el motor de los gobiernos españoles, especialmente la integración en Europa,
conseguida en 1986 al llegar a ser miembro de pleno derecho en la CE. Pero también, y de
forma significativa, nuevos modos de trabajo. La descentralización en el
proceso de toma de decisiones es quizás el principal proceso en cuanto a los modos de trabajo, porque la
labor del Ministerio de Asuntos Exteriores se ve cada vez más solapada por la
de otras administraciones del Estado. No sólo por otros ministerios, como
ocurría ya durante la Dictadura, sino por las instituciones de ámbito más
amplio, tales como la europea, y las que lo tienen más restringido, como las
locales. Son cambio que representan la creciente tendencia a la diversificación
de la acción exterior española y de un Ministerio de Asuntos Exteriores cuya
labor ha pasado a ser, más bien, de coordinador de la relación exterior.
Este capítulo analiza la influencia de esta nueva política
exterior en los contactos con Japón. Tiene dos partes, comenzando con las
organizaciones supranacionales y siguiendo con las de rango inferior. El hecho
más relevante en la formulación de la política exterior ha sido la integración
de España en la
Unión Europea, además de otros organismos como la OTAN (Organización
del Tratado del Atlántico Norte), pero han de ser estudiadas también las
iniciativas llevadas a cabo por otros organismos que están mostrando una
vitalidad creciente en la relación con Japón, como son las comunidades
autónomas.
2.1. Cooperación política
con Europa
La incorporación a la Comunidad Europea
(CE) y la obligada coordinación política entre los países miembros es, sin
lugar a dudas, el factor más decisivo en la nueva política exterior española de
la democracia. La
economía era el objetivo prioritario en esta Comunidad, pero la llamada Cooperación
Política Europea (CPE) se ha ido reforzando a partir de la
llamada política de actuaciones y de la coordinación, ya sea en el campo de los
procedimientos como en el llamado confidence
building. España fue primero objetivo prioritario en esa búsqueda de una
actuación común ante el recelo provocado por los problemas surgidos tras la incorporación
de Grecia a la CE (1980) y por las conocidas divergencias en asuntos como
Palestina, el desarme, los derechos humanos o el Sahara Occidental. Sin
embargo, tanto por la importante convergencia de Madrid con Bruselas como por
la sorpresa de la decidida política pro-activa de Madrid en pro de esa política
exterior europea, los temores desaparecieron con relativa prontitud. Después de
1986, España se ha situado entre el grupo de países que no se contentan con
promover la coordinación en política exterior, sino que desean también alcanzar
una política exterior común. Lo demostró fehacientemente en su primera presidencia
de la CE, en 1989. En este año, los funcionarios españoles impulsaron con
decisión los mecanismos de actuación conjunta, expresando claramente su apoyo a
la idea de una política exterior europea que refleje el creciente peso de la CE
y, después de la UE, en la sociedad internacional.
A raíz del Tratado de Maastricht (1992), la Unión Europea
ha incrementado la cooperación política de Madrid con el resto de Estados
europeos, en cuanto la política exterior constituye uno de sus tres pilares fundamentales.
Dos áreas cruciales con objetivos diferentes para Madrid, el Maghreb y América
Latina, son especialmente significativas para comparar con Asia y Japón la
plasmación de esa renovada actuación conjunta europea. El Maghreb es
considerado zona de riesgo para la seguridad global de Europa, tanto en el
aspecto militar como en el socio-económico. Ante ello, Madrid ha buscado vehicular
los recursos económicos europeos como mecanismo preventivo a favor de la
seguridad española y convertir a la región en una zona susceptible de acciones integradas.
El ejemplo más claro fue la Conferencia de Seguridad y Cooperación en el
Mediterráneo, o Euromediterránea
(Barcelona, 27-28 de Noviembre de 1995), con el objetivo (más que conseguir acuerdos
concretos) de lograr un confidence
building, es decir, generar un
proceso de distensión parecido al de la CSCE, la Conferencia de
Seguridad y Cooperación en Europa, que en 1994 se convirtiera en Organización y
pasara a llamarse OSCE. Pero Madrid también buscaba adelantarse a Italia, razón que explica el porqué de la convocatoria
relativamente temprana de la reunión. La estrategia española, por tanto, ha
sido incluir al Maghreb dentro de la zona de acciones comunes de la CPE,
delegando o europeizando, en términos de Esther Barbé (1995: 168; 1999: 37,
55-56) la política estatal. América Latina es igualmente crucial para España,
pero la estrategia ha sido diferente, puesto que la relación de seguridad está
en un plano secundario. Por ello, Madrid ha optado por intentar vehicular
recursos europeos hacia la región, pero ha sido remisa a incluir la región dentro
de la zona de acciones comunes, aunque ha significado la pérdida de un buen
número de oportunidades para reforzar el papel en la región, tal como denuncia
Carlos Malamud (2005: 39-41). Madrid, en definitiva, ha buscado en Bruselas un
margen añadido en sus intereses propios, entre los que se cuenta un prestigio
añadido como miembro del club europeo, pero no ha renunciado a una relación
específica ni a unas posiciones propias en el continente. Estos ejemplos
muestran claramente la función de la UE para sus estados miembros, en cuanto su
labor se está centrando más en mediatizar la implementación de su política
exterior que en inmiscuirse en su proceso de toma de decisiones.
Los ejemplos de estas dos áreas permiten analizar mejor de
qué forma Madrid puede desarrollar o complementar sus relaciones exteriores, puesto
que permiten entender los aspectos donde Bruselas no llega. Así, el Título V
del Tratado de Maastricht explicita claramente que los objetivos de las áreas
de política exterior y de seguridad son la defensa de la independencia de la UE
y de sus valores políticos. Esto ha sido desarrollado en el puesto ocupado por
Javier Solana desde su creación, la Policita Exterior
y de Seguridad Común (PESC), pero significa que el resto de aspectos quedan
relegados a la labor realizada por la Comisaría de Relaciones Exteriores. La
política exterior de la Unión Europea, en definitiva, es apenas un mínimo
denominador común de los intereses nacionales, y América Latina y Asia -o Japón-,
quedan relativamente relegadas.
Así, aunque la UE ofrece posibilidades adicionales para los
contactos hispano-japonesas, apenas han sido desarrollarlas. Los Comisarios de la Comisión Europea,
encargados de velar por el cumplimiento de los Tratados y de gestionar los
créditos presupuestarios, pueden explorar vías adicionales, al igual que, por
ejemplo, los responsables del Comité de las Regiones, establecido para que
participen directamente en los temas que les afectan de forma más directa en el
ámbito de la Unión. Es
difícil, los ámbitos en los que está prevista la actuación de este Comité (educación,
juventud, cultura, sanidad, redes transeuropeas, telecomunicaciones, empleo,
medio ambiente, asuntos sociales, transportes o formación profesional) no son
los más apropiados para una relación extracomunitaria, pero siempre es posible
encontrar resquicios. Y la seguridad tampoco puede ser descartada, puesto que
también se desarrolla dentro de las organizaciones multilaterales, como ocurre
con la OSCE, o la OTAN.
Tras el referéndum de 1986, España primero se integró en
diferentes comités, como