Impulso insuficiente.
Las relaciones hispano-japonesas
dentro del marco europeo
La Investigación sobre Asia Pacífico en España
Pedro San Ginés Aguilar, ed.
Col. CEIAP (Colección Española de Investigación sobre Asia Pacífico) N. 1
Granada, Editorial Universidad de Granada, 2006, pp. 359-384
ISBN: 978-84-338-4589-4 Dep. Legal: 1744/2007
Florentino Rodao
Universidad Complutense
de Madrid
1. Historia
de los contactos bilaterales
1.1. Características de las relaciones
2. Política exterior
española
2.1. Cooperación política con Europa
2.2. Comunidades autónomas y
relaciones exteriores
2.3. El diferente marco de la
proyección hacia Japón
3. Política exterior
japonesa
3.1. Japón ante la unidad europea
4. Relaciones Asia –
Europa
4.1. El renovado impulso hacia
Japón
4.2. Europa prioriza Asia
5. Conclusión
Bibliografía
Desde que España se adhirió a la Comunidad Europea
(CE) el 1 de enero de 1986, el marco de las relaciones hispano-japonesas ha
cambiado decisivamente. Los contactos multilaterales han adquirido una creciente
importancia, especialmente desde que comenzara el proceso ASEM (Asia-Europe
Meeting), administrando un impulso adicional a los bilaterales. Los cambios que
ha desencadenado la democracia en España, la crisis estructural en Japón tras
la explosión de la economía de la burbuja y el final de la Guerra Fría han
repercutido en las relaciones entre Tokio y Madrid, pero el marco multilateral
ha provisto de un contexto radicalmente diferente al que los contactos mutuos
han tenido durante décadas. Además, las tendencias para el futuro sugieren que
este proceso profundizará más aún: el proceso de toma de decisiones estará cada
vez más diluido y la mediatización de organismos e instituciones multilaterales,
al menos en su implementación, será cada vez más crucial en relaciones
bilaterales como la hispano-japonesa.
Por ello, resulta especialmente relevante analizar la
influencia de ASEM en el marco bilateral. Comparar la experiencia histórica,
desde el siglo XVI, con la más reciente, a raíz de la plena pertenencia de
España a las comunidades europeas, permite comprender la trascendencia de los
cambios ocurridos de las últimas dos décadas. Este trabajo, en consecuencia, comienza
con un breve repaso a las relaciones desde sus comienzos para pasar a analizar las mudanzas de todo
tipo en las relaciones, primero con la política exterior española, después con
la japonesa y por último con el impulso europeo hacia Asia. Finaliza retomando
el curso de las relaciones bilaterales durante los últimos años para valorar el
impacto de esta evolución.
1. Historia
de los contactos bilaterales
La relación entre España y Japón es antigua, pero carece de
continuidad. El primer contacto directo ocurrió en 1549 y estuvo a cargo de
Francisco de Xavier y otros dos misioneros que
llegaron a las costas de la isla de Kyūshū a bordo de un barco
chino en un proyecto de evangelización liderado por portugueses. Años más
tarde, tras el comienzo de la presencia permanente de España en la región, una
vez instalada en Manila, la evangelización se erigió como el objetivo
predominante para justificar la presencia en Asia. Los misioneros, además,
mantuvieron la primacía de sus intereses aún cuando los comerciantes tuvieron
cada vez razones más importantes para reequilibrar esa situación tan
descompensada y erosionar la influencia de ese objetivo misional. Especialmente
en los primeros años del siglo XVII, el tráfico de mercancías entre Manila y
los puertos japoneses fue intenso, y tanto las autoridades niponas como los
comerciantes de Manila se esforzaron por impulsar las relaciones económicas, pero
nunca consiguieron desplazar el aspecto religioso de los contactos. Así, aunque
los esfuerzos de evangelización generaron
problemas con las autoridades japonesas e incluso el cristianismo fue prohibido
por los shogunes, Manila siguió permitiendo ser utilizada como base para la
expansión del cristianismo en Japón. Los misioneros, de esta forma, arrastraron
en su enfrentamiento con las autoridades niponas primero a los comerciantes, puesto
se denegó la entrada a todos los españoles, y después al resto de ibéricos,
porque en 1639 los portugueses laicos siguieron la misma suerte.
Tras la apertura nipona a Occidente en el siglo XIX, la
presencia española en Asia ha sido muy escasa y el impacto en Japón mínimo, tanto
cuando España colonizaba en Filipinas como después de su salida en 1898, hasta
fechas muy recientes. No ha faltado una cierta continuidad, ya que el factor religioso
ha seguido teniendo importancia: una mayoría de los españoles residentes en Japón
han sido misioneros, en buena parte de las mismas órdenes expulsadas siglos
atrás. El significado de los contactos, no obstante, ha pasado a ser marginal. En
este contexto, las relaciones mutuas sólo han adquirido una relativa
importancia al socaire de guerras y disputas armadas. Primero, a fines del
siglo XIX, cuando las expectativas de salida de España de Filipinas permitían a
Japón pensar que podía ser su sustituto. Cuando tras la victoria nipona sobre
China (1894-95) Taiwán pasó a formar parte del imperio japonés y se estableció una
frontera directa esa posibilidad se hizo palpable. Producto de la multiplicidad
de intereses, tanto Tokio como Madrid mostraron una política ambivalente en
esos años. El gobierno nipón observó la rebelión contra el dominio colonial
español en 1896 desde una perspectiva imperial, y con unas ambiciones tan
evidentes como el alemán, pero al mismo tiempo los militantes asianistas, shishi, lucharon a favor de los rebeldes
filipinos. Mientras tanto, el gobierno español también jugó con dos opciones al
mismo tiempo, porque mientras obstaculizaba la llegada de emigrantes nipones a
sus todavía colonias, temeroso de que pudieran actuar como quintacolumnistas, ostentó
una amistad oficial con Tokio ante otros gobiernos (Rodao, 1991: 13-15).
Décadas más tarde, ocurrió algo parecido durante los años
violentos que empezaron con la
guerra Civil española y acabaron con las bombas atómicas en
Hiroshima y Nagasaki. La coincidencia del conflicto español con la guerra Chino-japonesa,
las semejanzas en las políticas anticomunistas y los intereses económicos
españoles en Filipinas llevaron a un nuevo repunte de las relaciones, basado en
esta ocasión en la propaganda, en el espionaje y en compartir enemigos. La
admiración y la alianza política fue sucedida de forma vertiginosa por el odio
y los deseos de declarar la guerra, separados por escasos meses de diferencia
(Rodao, 2003: 351-352). En un caso, en definitiva, fue contemplar opciones
opuestas de forma simultánea y en el otro de forma consecutiva, pero la
volatilidad puede ser considerados como la característica principal de unos
contactos cuya escasa entidad era la que realmente lo permitía.
Desde la posguerra mundial, la importancia muy relativizada
de los contactos mutuos ha seguido predominando. Adquirieron relevancia, de
nuevo, en relación con conflictos, como el de Corea, pero en mucha menor medida
y sin salir de la atonía. Tras
el restablecimiento de relaciones y las negociaciones para indemnizar los daños
a la colonia española en Filipinas, los contactos han sido generalmente
amistosos, pero el desinterés ha predominado. A pesar del auge económico de
Japón, España nunca concedió relevancia a las relaciones con este país. La no
reapertura del Consulado en Kobe, que se cerrara al estallar la Guerra Civil, la pervivencia
de prácticas que indican un desinterés político en la relación, o la poca
preocupación por solventar las carencias de la presencia española indican que
Japón ha estado relegado a un segundo plano, tanto durante la dictadura
franquista como tras la llegada de la democracia.
El atractivo de Japón por España ha sido mayor que en
dirección contraria. Ya en el siglo XIX, los nipones fueron quienes impulsaron el
tráfico marítimo directo con Manila, comenzaron la enseñanza de español en sus
universidades contratando a profesores nativos y fueron los agentes pro-activos
de las relaciones. En el siglo XX, esa ventaja nipona se ha incrementado más
aún, especialmente según avanzaba el siglo. En el plano oficial, el número de
diplomáticos asignados a Madrid, su conocimiento previo del país o la
implantación de consulados en Barcelona y las Islas Canarias lo han demostrado.
En un plano menos oficial, la comparación de los intereses respectivos muestra
que ese interés gubernamental es simplemente reflejo de lo que ocurre en la sociedad. La española
ha centrado su atención en los aspectos más exóticos de la cultura nipona, mientras
que ésta ha profundizado mucho más en su conocimiento de la española. Las
catorce universidades japonesas con departamento de español, más una diversidad
de especialistas en los temas más diversos han sido simplemente la punta de
lanza de un país consciente del significado de España. Las numerosas empresas
japonesas distribuidas por el territorio español, aun con preferencia por Cataluña,
conscientes de las excelentes posibilidades del puerto de Barcelona, son un
reflejo de un conocimiento del mercado y de las posibilidades de inversión en
España que se revela muy superficial en el caso opuesto. El 95% de las empresas españolas en Japón tienen su
sede en Tokio y la gran mayoría, además, se han instalado a partir del año
2000, según un estudio patrocinado por Casa Asia (Liying 2006: 107-108).
Las perspectivas de la entrada de España en la CEE fueron
un ejemplo de la definición de la presencia nipona. El desembarco de las
industrias japonesas se dio con una rapidez notable, aprovechando la
oportunidad para introducirse en el mercado europeo a través de un país con
amplias expectativas y costes salariales competitivos (Silva, 1995: 248). Las empresas
españolas, por su parte, siguieron dando la espalda a este mercado. En
septiembre de 1985, durante la visita del presidente Felipe González a
China y Japón, la gran mayoría de los empresarios prefirieron regresar tras la
primera escala del viaje. El interés personal por Japón de un líder tan
señalado, aun siendo tan popularmente conocida su afición por los bonsai, no ha pasado de ser una mera
anécdota en las relaciones mutuas
1.1. Características de
las relaciones
Del transcurso de las relaciones
históricas, es posible colegir una serie de características que se pueden
resumir en tres problemas principales que afectan principalmente a España:
- Brusquedad en los cambios.
Aunque los vaivenes en los contactos entre países son relativamente
normales, las relaciones hispano-japonesas han vivido una volatilidad
preocupante. Así ocurrió durante la época moderna, con los japoneses
embarcados en la
misión Keichō, (1613-20, a Roma y España,
pasando por América), por un daimyo o señor feudal de Sendai: su regreso fue
clandestino (Hayashiya, 1998: 17). El caso más claro fue durante la Guerra
del Pacífico (1941-45), cuando los españoles pasaron en un plazo de dos
años escasos de idealizar a los nipones, tildándolos de los mejores
adjetivos, a acusarlos de bárbaros que habían engañado su verdadera
identidad mostrando capa superficial de civilización, como declarara el
propio Franco en el verano de 1943. Madrid intentó declarar la guerra a Tokio
en la primavera de 1945.
- Ligereza en el proceso de
toma de decisiones. Por la carencia de un grupo de intereses o de
población afectado por el devenir de la relación, por el predominio de los
“enterados” frente a los expertos y por el propio desinterés político, la evaluación
de las consecuencias de las decisiones ha sido muy pobre. Asia Oriental,
incluido Japón, ha sido un destino de compromiso para los diplomáticos
españoles, recibiendo un alto número de casos difíciles y funcionarios
ineficientes (Rodao, 1987: 229-232). En un plano político, los ejemplos
más llamativos han tenido lugar en 1937 y en 1940, en los momentos de
mayor amistad, cuando el gobierno de Franco se dispuso a reconocer el
estado pro-japonés del Manchukuo (que apenas habían decidido hasta
entonces el Vaticano, El Salvador y el propio Japón) y después, cuando se
realizó una visita al gobierno marioneta pro-nipón de Wang Jingwei en
Nanking, antes incluso de que los propios japoneses lo reconocieran. Otros
casos reseñables han sido los intentos de declaración de guerra a Japón,
en 1932 (a cargo de Salvador de Madariaga, a propósito del incidente de
Manchuria) y en 1945 (a propósito de la masacre de españoles en Manila). El
general Franco también intentó que España participara en la Guerra de
Corea a pesar de no ser miembro de las Naciones Unidas.
- Excesiva dependencia de la
maleabilidad de las imágenes. El vacío dejado por la falta de contactos ha
sido suplido por el papel tan importante de las imágenes, con muchos
ingredientes ajenos a las relaciones mutuas y repletas de estereotipos (Rodao,
2002: 46-94). La ausencia de una masa crítica de especialistas o
intermediarios ha sido crucial, porque habrían podido limitar y matizar
las volatilidades tan propias de las percepciones. Incluso a los niveles
más altos en el proceso de decisiones sobre Japón, las nociones
estereotipadas han sido claves, y los intereses políticos han podido
instrumentalizar esas percepciones según el momento.
2.
Política Exterior española
Tras la llegada de la democracia, España ha vivido cambios
cruciales en su política exterior que parcialmente son reflejo del nuevo
régimen político, pero también de la propia evolución del mundo y de la
unificación europea. Tras la muerte del general Franco, nuevas ideas pasaron a ser
el motor de los gobiernos españoles, especialmente la integración en Europa,
conseguida en 1986 al llegar a ser miembro de pleno derecho en la CE. Pero también, y de
forma significativa, nuevos modos de trabajo. La descentralización en el
proceso de toma de decisiones es quizás el principal proceso en cuanto a los modos de trabajo, porque la
labor del Ministerio de Asuntos Exteriores se ve cada vez más solapada por la
de otras administraciones del Estado. No sólo por otros ministerios, como
ocurría ya durante la Dictadura, sino por las instituciones de ámbito más
amplio, tales como la europea, y las que lo tienen más restringido, como las
locales. Son cambio que representan la creciente tendencia a la diversificación
de la acción exterior española y de un Ministerio de Asuntos Exteriores cuya
labor ha pasado a ser, más bien, de coordinador de la relación exterior.
Este capítulo analiza la influencia de esta nueva política
exterior en los contactos con Japón. Tiene dos partes, comenzando con las
organizaciones supranacionales y siguiendo con las de rango inferior. El hecho
más relevante en la formulación de la política exterior ha sido la integración
de España en la
Unión Europea, además de otros organismos como la OTAN (Organización
del Tratado del Atlántico Norte), pero han de ser estudiadas también las
iniciativas llevadas a cabo por otros organismos que están mostrando una
vitalidad creciente en la relación con Japón, como son las comunidades
autónomas.
2.1. Cooperación política
con Europa
La incorporación a la Comunidad Europea
(CE) y la obligada coordinación política entre los países miembros es, sin
lugar a dudas, el factor más decisivo en la nueva política exterior española de
la democracia. La
economía era el objetivo prioritario en esta Comunidad, pero la llamada Cooperación
Política Europea (CPE) se ha ido reforzando a partir de la
llamada política de actuaciones y de la coordinación, ya sea en el campo de los
procedimientos como en el llamado confidence
building. España fue primero objetivo prioritario en esa búsqueda de una
actuación común ante el recelo provocado por los problemas surgidos tras la incorporación
de Grecia a la CE (1980) y por las conocidas divergencias en asuntos como
Palestina, el desarme, los derechos humanos o el Sahara Occidental. Sin
embargo, tanto por la importante convergencia de Madrid con Bruselas como por
la sorpresa de la decidida política pro-activa de Madrid en pro de esa política
exterior europea, los temores desaparecieron con relativa prontitud. Después de
1986, España se ha situado entre el grupo de países que no se contentan con
promover la coordinación en política exterior, sino que desean también alcanzar
una política exterior común. Lo demostró fehacientemente en su primera presidencia
de la CE, en 1989. En este año, los funcionarios españoles impulsaron con
decisión los mecanismos de actuación conjunta, expresando claramente su apoyo a
la idea de una política exterior europea que refleje el creciente peso de la CE
y, después de la UE, en la sociedad internacional.
A raíz del Tratado de Maastricht (1992), la Unión Europea
ha incrementado la cooperación política de Madrid con el resto de Estados
europeos, en cuanto la política exterior constituye uno de sus tres pilares fundamentales.
Dos áreas cruciales con objetivos diferentes para Madrid, el Maghreb y América
Latina, son especialmente significativas para comparar con Asia y Japón la
plasmación de esa renovada actuación conjunta europea. El Maghreb es
considerado zona de riesgo para la seguridad global de Europa, tanto en el
aspecto militar como en el socio-económico. Ante ello, Madrid ha buscado vehicular
los recursos económicos europeos como mecanismo preventivo a favor de la
seguridad española y convertir a la región en una zona susceptible de acciones integradas.
El ejemplo más claro fue la Conferencia de Seguridad y Cooperación en el
Mediterráneo, o Euromediterránea
(Barcelona, 27-28 de Noviembre de 1995), con el objetivo (más que conseguir acuerdos
concretos) de lograr un confidence
building, es decir, generar un
proceso de distensión parecido al de la CSCE, la Conferencia de
Seguridad y Cooperación en Europa, que en 1994 se convirtiera en Organización y
pasara a llamarse OSCE. Pero Madrid también buscaba adelantarse a Italia, razón que explica el porqué de la convocatoria
relativamente temprana de la reunión. La estrategia española, por tanto, ha
sido incluir al Maghreb dentro de la zona de acciones comunes de la CPE,
delegando o europeizando, en términos de Esther Barbé (1995: 168; 1999: 37,
55-56) la política estatal. América Latina es igualmente crucial para España,
pero la estrategia ha sido diferente, puesto que la relación de seguridad está
en un plano secundario. Por ello, Madrid ha optado por intentar vehicular
recursos europeos hacia la región, pero ha sido remisa a incluir la región dentro
de la zona de acciones comunes, aunque ha significado la pérdida de un buen
número de oportunidades para reforzar el papel en la región, tal como denuncia
Carlos Malamud (2005: 39-41). Madrid, en definitiva, ha buscado en Bruselas un
margen añadido en sus intereses propios, entre los que se cuenta un prestigio
añadido como miembro del club europeo, pero no ha renunciado a una relación
específica ni a unas posiciones propias en el continente. Estos ejemplos
muestran claramente la función de la UE para sus estados miembros, en cuanto su
labor se está centrando más en mediatizar la implementación de su política
exterior que en inmiscuirse en su proceso de toma de decisiones.
Los ejemplos de estas dos áreas permiten analizar mejor de
qué forma Madrid puede desarrollar o complementar sus relaciones exteriores, puesto
que permiten entender los aspectos donde Bruselas no llega. Así, el Título V
del Tratado de Maastricht explicita claramente que los objetivos de las áreas
de política exterior y de seguridad son la defensa de la independencia de la UE
y de sus valores políticos. Esto ha sido desarrollado en el puesto ocupado por
Javier Solana desde su creación, la Policita Exterior
y de Seguridad Común (PESC), pero significa que el resto de aspectos quedan
relegados a la labor realizada por la Comisaría de Relaciones Exteriores. La
política exterior de la Unión Europea, en definitiva, es apenas un mínimo
denominador común de los intereses nacionales, y América Latina y Asia -o Japón-,
quedan relativamente relegadas.
Así, aunque la UE ofrece posibilidades adicionales para los
contactos hispano-japonesas, apenas han sido desarrollarlas. Los Comisarios de la Comisión Europea,
encargados de velar por el cumplimiento de los Tratados y de gestionar los
créditos presupuestarios, pueden explorar vías adicionales, al igual que, por
ejemplo, los responsables del Comité de las Regiones, establecido para que
participen directamente en los temas que les afectan de forma más directa en el
ámbito de la Unión. Es
difícil, los ámbitos en los que está prevista la actuación de este Comité (educación,
juventud, cultura, sanidad, redes transeuropeas, telecomunicaciones, empleo,
medio ambiente, asuntos sociales, transportes o formación profesional) no son
los más apropiados para una relación extracomunitaria, pero siempre es posible
encontrar resquicios. Y la seguridad tampoco puede ser descartada, puesto que
también se desarrolla dentro de las organizaciones multilaterales, como ocurre
con la OSCE, o la OTAN.
Tras el referéndum de 1986, España primero se integró en
diferentes comités, como la Unión Europea Occidental (1988)
y, desde 1997, como un miembro de pleno derecho en esta Organización Atlántica
(ostentando la sede del Mando Subregional Conjunto del Suroeste), que ya
considera a Asia como uno de sus ámbitos posibles de actuación. Además, teniendo
en cuenta el creciente protagonismo europeo y la posibilidad de separación de las
fuerzas europeas con las de Estados Unidos -por el principio de las fuerzas
armadas separables pero no separadas-, es razonable pensar que los
planteamientos en materias de seguridad europeos, y por tanto españoles en
alguna medida, sean tenidos en cuenta por los gobiernos asiáticos.
2.2. Comunidades autónomas y
relaciones exteriores
Junto con los organismos supranacionales, las entidades
políticas subestatales -como son las comunidades autónomas españolas (CC.AA.) o
los Länder alemanes- están teniendo un papel cada vez más importantes en las internacionales,
en un proceso que, en España, parte de la Constitución de 1978. La Carta Magna atribuye
al Estado las “Relaciones Internacionales”, al concederle la competencia
exclusiva en esta materia, señalando también la “dirección” del gobierno e incluso
dejando de indicar el carácter colegiado que han de tener las decisiones. No
obstante, las comunidades autónomas han conseguido vadear los impedimentos de
ese dogmatismo tan en desacuerdo con la realidad institucional, y están
alcanzando un creciente papel. Gracias a que no se definen las “Relaciones
Internacionales” como tales, a que se dejan al margen materias con dimensión
exterior, tales como el comercio, la industria, la pesca, la sanidad o la
cultura y, sobre todo, porque las posibilidades de actuación internacional
están recogidas por los estatutos de autonomía.
La actuación exterior de las comunidades ha ido más lejos
de lo establecido por la Constitución, ciertamente. El papel más importante
reconocido a las Comunidades Autónomas en relación con el exterior viene a ser
en relación con los Tratados que pueden afectar sus competencias, que han de
ser administrados por el gobierno central. Además, la práctica las ha ido dando
cada vez mayor espacio. En 1989, un voto dentro de una sentencia del magistrado
del Tribunal Constitucional Eugenio Díaz Eimil abogaba por una lectura flexible
del artículo 149.1.3, siendo seguido por una sentencia de ese mismo año donde
se aseguraba que no toda relación con países y ciudadanos extranjeros implica
“relaciones internacionales”. Otra de 1991, además, autorizó a la Generalitat de Catalunya a promover sus valores culturales fuera de
España, siempre que no se comprometiera la soberanía nacional ni se generaran
responsabilidades del Estado frente a terceros. Desde entonces, los contactos
exteriores de las comunidades autónomas son cada vez más aceptados y su
expresión más fehaciente son las visitas de sus presidentes. Simplemente en el
año 1992, 16 de los 17 presidentes de las Comunidades Autónomas han salido hacia
el exterior de España, aunque sólo una minoría los dedica una atención
preferente: Jordi Pujol
y Manuel Fraga, de hecho, hicieron la mayoría de estas visitas, a 27 y 22
países respectivamente (García, 1995: 174-175).
2.3. El diferente marco
de la proyección hacia Japón
La anterior cuasi-exclusividad del Ministerio de Asuntos
Exteriores en temas asiáticos ha sido acosada desde antes de la llegada de la
democracia y a cargo de instancias muy diferentes dentro de las
administraciones públicas. Dentro del propio aparato estatal central, desde que
el Ministerio de Economía reclamara un papel a cuenta del auge económico de
Japón, diferentes departamentos han instalado sus propias oficinas. Casualmente,
en la actualidad están todos reunidos bajo un mismo departamento, el Ministerio
de Industria, Turismo y Comercio, que con la nueva configuración está a cargo de
la Oficina Comercial,
de la SBTO (Spanish Business and
Technology Office, adscrito al CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico
Industrial)) y de la
Oficina Nacional de Turismo, a cargo del Instituto de Turismo
de España (TURESPAÑA).
En cuanto a los organismos supranacionales, la Unión Europea
está obligando por una parte a compartir actitudes y puntos de vista, cercenando
de esta forma la independencia política de la diplomacia española, mientras que
ha puesto también a disposición de los ciudadanos españoles instrumentos adicionales
para el acercamiento mutuo. Las negociaciones en el ámbito bilateral son algunos
de estos nuevos recursos de la administración española, que ha podido contar
con los mecanismos comunitarios en beneficio de sus propios intereses, tal como
ocurre en las negociaciones de carácter comercial, a excepción de algunos casos
concretos en el ámbito agroalimentario.
La participación de la Unión Europea junto con Japón como observadores
en el Asean Regional Forum (ARF), el único organismo multilateral de seguridad
en la región de Asia-Pacífico, permite un marco adicional para las relaciones
directas, especialmente cuando España participa en estas reuniones como miembro
de la Troika
Comunitaria.
Las entidades subestatales han desarrollado sus propios mecanismos
para impulsar las relaciones con Japón, bien a través de las periódicas visitas
de sus representantes, de la creación de oficinas o de modos diversos. Las comunidades
autónomas han puesto en marcha sus propias delegaciones desde que en 1990 el
COPCA (Centre de Promoció Comercial de
Catalunya) inaugurara su sede en Tokio, si bien con fórmulas muy diversas. SPRI
(Sociedad para la Promoción y Reconversión Industrial, del País Vasco), IFA
(Instituto de Fomento de Andalucía), CIDEM (Centre
d’Innovació i Desenvolupament Empresarial, dependiente del Departamento de
Trabajo e Industria de la Generalitat), IGAPE (Instituto Galego de Promoción Económica) Procova (Promocions de la Comunitat Valenciana,
predecesor del actual IVEX) u otros
organismos se han implantado en Japón, con diferentes tipos de oficina y
financiación, en cooperación con Cámaras de Comercio o en solitario y, por
supuesto, con una vida y efectividad muy distintas. Además, un amplio número de
organismos estatales de rango inferior han firmado acuerdos de cooperación,
desde los académicos de universidades a los hermanamientos de ciudades, e
incluso, en 1997, el Foro España-Japón fue puesto en marcha, gracias a una
iniciativa privada, convertida después en Fundación
Consejo España Japón con su secretaría ubicada dentro del MAEC.
Las nuevas relaciones internacionales de la España
democrática, en definitiva, permiten explorar direcciones novedosas y que un
nuevo tipo de actores impulsen los contactos mutuos. El ejemplo más evidente del
cambio son las dos reuniones que el embajador de España ha de atender semanalmente,
una con el resto de embajadores de la Unión Europea y otra, que ha de presidir, con el
resto de funcionarios de la administración española.
3. Política
Exterior japonesa
La política exterior japonesa no ha sufrido los cambios
estructurales tan decisivos experimentados en España y se mantiene sin cambios
importantes desde que el país accedió a la independencia en 1952, acabada la ocupación
estadounidense. La toma de decisiones exteriores sigue centralizada en el
Ministerio de Exteriores o Gaimushō y la relación con Washington sigue como
eje de su relación con el exterior. Asia tiene un papel creciente, fundamentalmente
político y comercial, en donde Japón busca una hegemonía económica que no carece
de connotaciones políticas, pero no se ha establecido ningún acuerdo que
suponga supeditar o coordinar obligatoriamente las decisiones de Tokio con las
de organizaciones multilaterales.
3.1. Japón ante la unidad europea
Al contrario que con Estados Unidos, las relaciones de
Japón con los países europeos no han sufrido un vuelco tan completo tras la II Guerra Mundial,
pero la suspicacia nunca ha desaparecido completamente. Desde los primeros años
de la posguerra, los japoneses han sido conscientes de las ventajas de la ocupación
americana frente al resto de sus antiguos enemigos: el Reino Unido, de haber
tenido un papel más importante tras la derrota, habría cortado las alas del
futuro desarrollo económico. Washington ha adquirido incluso un papel crucial
para los japoneses como puerta hacia el mundo exterior, siquiera indirecta, y
no ha dejado espacio para que otro país haya podido siquiera ensombrecer estas
relaciones bilaterales.
La rivalidad económica ha tenido un fuerte impacto en las relaciones
japonesas con los países europeos. En 1955, por ejemplo, el Reino Unido,
Francia, Bélgica y Holanda obstaculizaron la entrada de Japón en el GATT, a
causa del temor a que los bienes nipones invadieran sus mercados, hasta que le
fue retirado, en su segundo intento de entrada, el status de “nación más
favorecida”. Sólo a partir de la década de 1960 los países europeos cambiaron
de actitud y empezaron a extender ese status de nación más favorecida que antes
habían negado. Así, en junio de 1969, como parte de los esfuerzos por
establecer una política comercial conjunta, la Comunidad
Económica Europea y Japón firmaron su primer acuerdo,
estableciendo cuotas de importación de algodón.
Ante el proceso de unificación europea, por su lado, las
suspicacias Japón han sido parecidas a las que muchas naciones europeas mostraron
ante su auge económico. Por ello, ha preferido tratar con ellas de forma
individual antes que hacerlo como grupo, tal como ha ocurrido con las medidas
para reducir el desequilibrio comercial. Durante los primeros pasos de la
unidad europea, en las décadas de 1960 y 1970, las compras a Japón aumentaron
vertiginosamente y la tasa de cobertura de las exportaciones europeas llegó a
descender a un 40%. Para solventarlo, Japón publicitó una serie de medidas para
reducir el flujo de productos comerciales centradas en las restricciones
voluntarias (VERs, Voluntary Export Restraints) pero su estrategia de
negociación, sobre todo, se ha centrado en tratar estos problemas de forma
bilateral. “Familiaridad, tradición, factor emocional y consideraciones
organizacionales” (El-Agraa, 1988, cit. En Conte-Helm, 1996:29) han sido aducidas para explicar este
comportamiento, pero la razón básica de esta estrategia parte de la percepción
nipona de competitividad económica frente a los distintos países europeos. Tokio
entendía que resultaba perjudicada cuando los europeos reforzaban sus intereses
nacionales a través de la creciente cooperación política.
Fue en la década de 1970 cuando la forma de actuación
comenzó a cambiar, al ponerse en marcha esa Cooperación Política Europea. Se
centró en asuntos prioritarios como la CSCE (Conferencia de Seguridad y
Cooperación en Europa) o en la cuestión palestina y con respecto a Asia apenas
se creó el llamado Asia Working Group,
cuya labor estuvo enfocada además en las antiguas colonias, los países de ASEAN
y del subcontinente Indio. Su impacto comenzó siendo nimio; Japón apenas figuraba
en esta agenda política. No obstante, entró a través de las disputas comerciales,
que pasaron a ser consideradas dentro del campo de acción del Tratado de Roma en
buena parte porque, una vez acabado el período en que los estados miembros
podían negociar acuerdos individuales (1 de enero de 1970), Bruselas buscó asegurarse
su papel negociador ante los japoneses. De esta forma, aún limitada por el
escaso rango de temas sometidos a su jurisdicción, la Comisión Europea
negoció con Tokio acuerdos de carácter económico y se aseguró, de paso, su
papel intermediario, tanto ante la burocracia japonesa como ante las embajadas
de los países miembros. Esta progresiva implantación como representante de los
países comunitarios empeoró las relaciones de la representación comunitaria con
las embajadas en Tokio, pero permitió afianzar su papel, tal como ha expresado Simon
Nuttall: “La CE tuvo la única política que pudo en Japón” (1996: 106).
Los intentos de corregir el desequilibrio comercial llevaron
a nuevas tensiones. La forma europea de informar de las prácticas comerciales
presuntamente injustas de las empresas niponas fue conocida por la opinión
pública a partir de 1976, con la llegada a Europa de una misión de la
Federación de Organizaciones Económicas, Keidanren, a causa del impacto que tuvieron
sobre su director, Dokō Toshio, las informaciones sobre esas prácticas, en
lo que la prensa nipona acuñó como “Doko shock”. Para conseguir reducir ese
desequilibrio, las negociaciones se
enfocaron en cinco sectores (acero, barcos, electrónica de consumo, postes y
coches) pero nunca consiguieron objetivos palpables, en parte por esa
estrategia nipona de favorecer las divisiones en el frente europeo. El
ministerio de comercio internacional nipón y su propia industria formaban un
frente unido, pero los países europeos no pudieron evitar sus disputas
internas, porque cada gobierno buscó que esas restricciones voluntarias se centraran
en sus propias importaciones.
A partir de la segunda crisis del petróleo, el nuevo auge
de las exportaciones niponas agravó las tensiones políticas hasta el punto de
que el problema salió del ámbito puramente comercial. El gobierno francés buscó
ralentizar las exportaciones niponas obligando a que todos los aparatos de
video importados desde Japón pasaran obligatoriamente por la remota frontera de
Poitiers; un informe de la Comisión de la CE de 1979 se refirió a los japoneses como
“workalcoholics”, asegurando que vivían en madrigueras y la propia Comunidad se
embarcó en el esfuerzo de desafiar la validez del sistema económico japonés ante
los organismos multinacionales. Basándose en el artículo XXIII del GATT, Europa
presentó una demanda de nulificación e impairment
[perjuicio] para castigar las presuntas prácticas de dumping. Reflejaba un problema que Tokio debía resolver,
especialmente teniendo en cuenta su creciente politización y que Estados Unidos
también sufrió de pleno ese desequilibrio comercial, pero la vía europea de
confrontación resultó poco exitosa, no sólo porque Estados Unidos no apoyó la
demanda de impairment sino también
porque exacerbó de forma innecesaria el sentimiento de victimismo entre las
empresas japonesas.
A partir de 1985, la tensión decreció definitivamente. El
gobierno de Tokio mostró su interés por resolver la tensión con Europa, una vez
se dio cuenta que sus propios intereses serían beneficiados al solucionarse las
tensiones. Según recomendó en abril de 1986 el Informe Maekawa, entonces
presidente del Banco de Tokio, el crecimiento económico sólo podría ser
sostenido si aumentaba el consumo interno y si la exportación de capitales
(FDI, Foreign Direct Investment) aumentaba proporcionalmente en los beneficios
exteriores. Así, fueron tomaron medidas estructurales para aliviar el
desequilibrio de la exportación japonesa, tales como una subida vertiginosa del
valor del Yen. Este deseo de reconducir el auge económico tuvo dos
consecuencias principales en Europa: la aceptación de las propuestas de impulsar
las relaciones de la CE como tal y la decisión de invertir directamente e
instalar empresas en suelo europeo, con el objetivo de establecer redes para
facilitar este comercio desde en interior. Mitsui, Mitsubishi, Marubeni, Itoh o Sumitomo, por tanto, pasaron
a instalarse en los distintos países del Viejo Continente, arrastrando a muchas
otras, que pasaron de 123 en 1980
a 516 en 1990, llegando su proporción total al 23% en
1993, desde el 10% en 1985.
Ante la implantación de la Unión Europea,
en definitiva, las relaciones Bruselas-Tokio habían cambiado de planteamiento. Las
advertencias por esas inversiones masivas, considerándolas como un caballo de
Troya, han sido numerosas, pero Japón ha recibido parabienes generalizados por
este nuevo ambiente. Además, ha podido comprobar que antaño temida “Fortaleza
Europa” no ha perjudicado tanto sus intereses industriales sino, antes bien, las
exportaciones agrícolas de países como Estados Unidos. Pero la mejora fue
relativa. A finales de la década de 1980, la relación
Japón-Europa seguía siendo pobre en su conjunto, estaba
centrada casi exclusivamente en el comercio, dominada por un círculo
restringido de especialistas –ya fuera en el comercio o en la industria, en el
gobierno o en las empresas- y carecían de un marco institucionalizado para solventar
confrontaciones por medio de la negociación: “La relación no tenía suficiente
sustancia como para hacer un impacto en el comportamiento de los dos”, concluye
Nuttall (1996: 107).
La consecuencia principal para España de esta segunda fase
de la expansión económica japonesa fue la masiva implantación de empresas en la
década de los años ochenta. Cataluña pasó a ser una de las principales regiones
europeas donde se han instalado estas industrias y la plasmación más evidente
de este renovado interés fue la creación del Consulado General de Japón en
Barcelona en el año 1987. En el plano cultural, el interés nipón se plasmó en
la fuerte inversión en su pabellón de la Expo92 de Sevilla. En cuanto a la
imagen, los conflictos con la UE, como las declaraciones en 1991 de la primera
ministra francesa Edith Cresson advirtiendo de la amenaza japonesa sobre
Occidente por su “comportamiento como hormigas,” han podido dañar a España,
pero más por cercanía geográfica que cultural. España está más asociada con los
países latinoamericanos que con Europa (Noya 2004: 148-48, 185-86) y, ciertamente, una
encuesta realizada por el gobierno japonés con los ciudadanos de los
principales países europeos indicaba que los españoles eran los que daban el
crédito más elevado a Japón (Tanaka, 2002: 296).
4. Relaciones
Asia-Europa
El final de la Guerra Fría, la explosión de la burbuja en Japón
y el comienzo de la Unión Europea han vuelto a modificar
decisivamente el marco general en el que se desenvuelven las relaciones
hispano-japonesas. Ha sido a través principalmente del progresivo reforzamiento
de la política exterior europea y de la necesaria búsqueda por estrechar sus
vínculos, tanto con Japón como con Asia en general. Las relaciones de Japón con
Europa son consideradas como la parte débil del triángulo de relaciones entre
los principales círculos de poder, pero también puede considerarse que la relación Asia
-Europa es más débil que la de Estados
Unidos con Asia o con Europa, a pesar de los vínculos históricos,
forjados durante la colonización. La UE siente que está perdiendo el
tren del desarrollo asiático y de los beneficios políticos y económicos que
ello conlleva hasta el punto de expresar abiertamente el temor que su papel en
la región termine siendo irrelevante. Bruselas, en consecuencia, ha decidido
actuar para evitar su marginalización,
tanto en la relación directa con Japón como con la de Asia.
4.1. El renovado impulso
hacia Japón
Aun antes del inicio de la política exterior común europea,
la necesidad de fortalecer las relaciones con Japón ha sido patente en
Bruselas. El Reino Unido fue el adalid de la idea de centrarse en los puntos de
unión, tales como ciencia y tecnología, medio ambiente o política de ayuda al desarrollo
y sus ideas han sido seguidas incluso por países como Francia. Era necesario
conseguir un mayor acceso al mercado japonés pero, sobre todo, la idea de que
la cooperación traería más beneficios que la confrontación caló progresivamente:
las palabras fuertes contra Japón, en todo caso, debería quedar a cargo de los
miembros de la
Comisión. Las encuestas de opinión pública, además, muestran
que las relaciones tienen una valoración generalmente positiva. En 1997, un
55.9% de nipones consideraba buenas las relaciones, frente a un 22,7% que las
considera pobres (21,4% NS/NC), constituyendo la segunda valoración más alta
después de las relaciones con los Estados Unidos, que reciben una valoración de
buenas por parte de un 71.8% de los japoneses.
En el plano político, la consecuencia de esta nueva
perspectiva, sumada al final de la Guerra Fría, ha sido la puesta en marcha de reuniones
a nivel de Jefe de Gobierno, a semejanza de las mantenidas entre Europa y
Estados Unidos. En 1991, la visita a Tokio de Jacques Delors como presidente de
la Comunidad Europea
(a los cinco años de su nombramiento) con el objetivo de fortalecer y ampliar
las relaciones CE-Japón devino en una declaración de amistad política que fue proclamada
también en la reunión del G-7 del mes de julio de ese mismo año. Y dio comienzo
a las Cumbres EU-Japón, que han aumentado las declaraciones de carácter
institucional con el objetivo de “construir una plataforma elevada” desde la
cual observar los conflictos comerciales mutuos desde una perspectiva más
amplia (Overview, 1994: 1-2, cit. En Comte-Helm, 1996: 45). Su marcha ha sido
desigual y en alguna ocasión (en especial, elecciones) se han cancelado a
última hora reuniones, tanto de
ministros como de miembros de la Comisión Europea o de Jefes de Gobierno. Sin
embargo, han generado una dinámica que ha producido resultados. En 1995, el
documento base “Europa y Japón: los próximos pasos” (1995) proporcionó nuevas
ideas para el impulso de las relaciones en áreas de cooperación novedosas, tales
como investigación y desarrollo, y cooperación en el medio ambiente o, por otro
lado, la participación de Japón en el Grupo de Berlín para discutir sobre la
eliminación de las drogas. Desde el otoño de 1998, además, la Comisión comenzó
la discusión sobre una nueva estrategia hacia Japón, azuzada por las crisis
económicas, pero también con la idea de dar un mayor contenido político a las
relaciones.
El Plan de Acción para la Cooperación
EU-Japón que declaró a partir de 2001 la “Década de la Cooperación
Japón-Europa” ha sido el resultado de estos esfuerzos por
impulsar las relaciones. Las formas de mejorar la relación están sintetizadas
en cuatro aspectos principales: relaciones políticas, económicos, la sociedad
internacional y las relaciones culturales. Así, los resultados han empezado a
plasmarse. EU y Japón han actuado conjuntamente como chair en la Conferencia de Donantes de Tokio para conseguir una paz
duradera en Sri Lanka y en 2004, por ejemplo, hicieron una declaración conjunta
sobre el desarme y la no-proliferación, seguida después por la Convención sobre
Armas Biológicas de 2006, además de firmas varios acuerdos bilaterales, como el
Japón-EURATOM. Europa también coopera con Japón en un tema importante de la
agenda global, como es el protocolo de Kyoto, mientras que los europeos se han
dotado de instrumentos militares colectivos capaces de realizar operaciones de
paz o de gestión de crisis tanto en Europa como en África o Asia.
En el plano económico, las suspicacias de los años de la
posguerra ya están olvidadas, y es donde la cooperación está ofreciendo resultados
más espectaculares. En la década de los noventa se pusieron en marcha dos
medidas para marginar la perspectiva de la rivalidad, los Mecanismos de
Evaluación del Mercado (TAM, Trade
Assesment Mechanism) y la nueva política de cooperación industrial. La
primera permite comparar la marcha sobre la base de estadísticas objetivas y
comprobar casos de situaciones anómalas en ambos casos. Aunque no está siendo
muy válido por las presiones industriales sobre la política comunitaria, la
oportunidad de reuniones continuas que permite el TAM se ha constituido en una
plataforma importante. La segunda, la nueva política de cooperación industrial,
está puesta en marcha con la idea de seguir las tendencias apuntadas por la
sociedad japonesa, sin buscar unas estructuras semejantes con las occidentales.
Su objetivo último ha sido impulsar la cooperación de empresas europeas con las
japonesas y se ha apoyado en el ejemplo
de los suministros de componentes, tanto en el sector electrónico como en el
del motor. A partir del comienzo del nuevo siglo, además, la Década de
Cooperación está produciendo multitud de iniciativas, como la EU-Japan Business Dialogue Round Table (BDRT), en 2006, el EU-Japan Centre for Industrial Cooperation, establecido desde 1987
(http://www.eujapan.com/europe/centre.html), el EU-Japan High Level Meeting on Financial Issues, EU-Japan Regulatory Reform Dialogue o un
nuevo instrumento para la desregulación, el Acuerdo de Reconocimiento Mutuo (Mutual Recognition Agreement, MRA) para
establecer un marco de conformidad de procedimientos en la evaluación y
certificados para la exportación. Además, los programas para la mejora
de la relación han podido ser disfrutados por ciudadanos y empresas, como el
programa de promoción de exportaciones EXPROM desde 1979, que desde 1994 ha desarrollado la campaña Gateway to
Japan dedicada a pequeñas y medianas empresas. Tampoco han faltado los
esfuerzos por buscar soluciones a los problemas mutuos desde una óptica amplia,
como ha sido el de las percepciones, objeto de un simposio en 1999: “Europe and Japan: Self-images and mutual
perceptions”.
Las actuaciones son múltiples, en definitiva,
pero aparecen como insuficientes.. Los europeos y los japoneses comparten además
ideas, como la preocupación por la excesiva tendencia de Estados Unidos a
actuar de forma unilateral. (Soeya, 1998: 173). No obstante, faltan proyectos
que consigan ofrecer una idea de conjunto como está ocurriendo en el caso de
China, donde ha habido más política comunitaria (Barbé 1999: 129) en buena
parte porque la cuestión de los derechos humanos une a todos los países
europeos. Las dos últimas declaraciones conjuntas de las cumbres Japón y la UE
(Luxemburgo, 2/V/2005; Tokio, 24/IV/2006) muestran una retahíla de temas
imposible de ser tratados en un solo día, en especial teniendo en cuenta el desacuerdo
nipón ante la posibilidad de levantar el embargo europeo de armas a China o la
competencia mutua por ubicar el reactor de fusión nuclear experimental (Iter).
Las ideas más destacadas en estos comunicados, tales como la de “creación de
una asociación eficaz para hacer frente a importantes asuntos internacionales” o
la de “trabajar conjuntamente para reforzar el sistema multilateral” apuntan,
de hecho, que los objetivos de ambas partes están más centrados en la sociedad
internacional que en la mejora de las relaciones mutuas. La autopercepción como
“miembros responsables de la comunidad internacional” predomina sobre la de
países que han de reforzar sus vínculos bilaterales. (http://www.es.emb-japan.go.jp/politica_050512.htm).
Se sigue manteniendo un clima de indiferencia hacia los objetivos más
decisivos, quizás porque se considera que estorba a la relación preferente con
Estados Unidos.
4.2. Europa prioriza Asia
El impulso que ha recibido Asia en
la política exterior europea desde la década de 1990 ha sido mucho mayor y,
de hecho, ha terminado envolviendo y afectando a las relaciones
hispano-japonesas. En diciembre de 1994, el Consejo Europeo de Essen aprobó por
vez primera un documento clasificando la relación con Asia como prioritaria y
estableciendo los principios en los que se debía basar: partenariado, diálogo
político y mejora de la
imagen. La UE busca con ello elevar su perfil, aumentar el
entendimiento mutuo por medio de lazos entre instituciones civiles y reforzar
la presencia económica en Asia, previendo etapas sucesivas que comenzarían con
el establecimiento de lazos personales entre representantes de alto nivel,
siguiendo con la realización de esfuerzos esenciales para el partenariado, con
el objetivo último de enraizar las relaciones mutuas por medio de la sociedad
civil.
Cuatro factores pueden ser considerados los principales
para explicar la puesta en marcha de la política asiática. En primer lugar, la
obvia necesidad de responder al Foro APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation), inaugurado en 1989. En
segundo lugar, la coincidencia de las crisis de fines de la década de los
ochenta en Europa y en Estados Unidos con un auge económico espectacular de los
países asiáticos, con crecimientos del Producto Nacional Bruto cercanos al 10%
en países como China, Malasia o Thailandia. Ello incidió en magnificar Asia dentro
de las megatendencias previstas para el siglo XXI, tal como señala la documentación
de la UE, que apuntaban a un sistema multilateral de comercio, la
reestructuración de las relaciones políticas internacionales y la emergencia de
una marco global cultural. En tercer
lugar, el propio desarrollo institucional de la Unión, que avanza lentamente en
la coordinación de la política exterior de los distintos países y que explica
parte también de la tardanza, puesto que puede ser ralentizado por problemas
acuciantes en las fronteras de la Unión que requieren una atención inmediata,
como ha ocurrido con las transiciones de los países de la Europa del Este o la
amenaza estratégica de algunos países del Norte de África. Por último, las
dinámicas internacionales generadas tras el final de la Guerra Fría,
que exigen respuestas más amplias o comprensivas para solventar conflictos,
incapaces de ser llevadas a cabo por países en solitario, puesto que abarcan
también cambios estructurales y unos procesos de desarrollo que disminuyan las
raíces de los problemas. Timor Oriental es un ejemplo de este tipo de
intervenciones que no pueden estar limitadas a un país como Portugal, puesto
que junto con las tropas australianas, han sido necesarias presiones políticas
fuertes para que Indonesia aceptara el resultado del referéndum para la
independencia, y una ayuda para la reconstrucción económica. Lisboa nunca
habría podido llevarlo a cabo sus objetivos en exclusiva, a pesar de la escasa
población del nuevo país independiente.
Este proceso ASEM comenzó oficialmente en 1996 en Bangkok, con
la primera reunión de Jefes de Estado y de Gobierno (1-2 de marzo de 1996),
como parte de una política que se ha centrado, antes bien, en escalones más
secundarios. La
llamada Diplomacia track
two es una estrategia esencial, con multitud
de reuniones entre asiáticos y europeos de muy diversos sectores (empresarios,
universidades, jóvenes líderes, etc.) y sin necesidad de que tengan
responsabilidades. Los beneficios también han pasado a ser palpables para los
ciudadanos, en especial a través de los cinco programas horizontales con que se
ha dotado la Unión Europea: Asia Link (instituciones de educación superior), Asia Urbs (gestiones urbanísticas), Asia Invest (compañías privadas), Asia Pro Eco (medio ambiente) y Asia Information and Communication
Technology (tecnología de la información), además del Erasmus Mundus para intercambio de docentes y estudiantes, todavía
en sus fases iniciales.
A lo largo de una década, las diferencias nunca han dejado
de estar presentes. En los comienzos, los rechazos asiáticos a crear nuevas
instituciones fueron vencidos por la puesta en marcha de ASEF (Asia-Europe Foundation) con sede en
Singapur y con fondos de los diferentes países para promover todo tipo de
intercambio. Europa también ha mantenido, al contrario de la mayoría de los
países asiáticos y de la práctica de APEC, que los tres pilares de ASEM
(político, económico y cultural) han de ser impulsados en paralelo. (Reiterer,
2002: 81) Y si Myanmar ha sido un punto continuo de discusión, los problemas de
otro de los países que accedieron a ASEAN a última hora, Camboya, tampoco han
favorecido los contactos. Estados Unidos consideraba a ASEM en sus primeros
pasos como “políticamente tambaleante, desunido y paralizado” (The Daily Yomiuri, 29/II/1996: 11), pero
quizás estaban utilizando en excesos sus viejos tópicos sobre la Unión Europea de los tiempos de Henry A. Kissinger
y su fanfarroneo sobre la inexistencia de un teléfono único. La UE ha tenido la
característica de promover procesos regionales (Barbé, 2006; 222) y ASEM puede
ser considerada como uno de sus consecuencias mas beneficiosas, porque impulsa su
propio proceso de compenetración. Un experimentado diplomático europeo como Michael Reiterer
asegura que ha habido diálogo franco y abierto, pero bajo una regla básica:
“cuanto menos se escriba sobre el dialogo y más se dialogue de hecho, los
resultados serán mejores” (2002: 84).
ASEM puede entenderse como una culminación de las relaciones mutuas
dentro de un proceso de globalización donde también cuentan los intereses
particulares, a pesar de que las relaciones sean entre bloques.
Aun siendo pronto para una valoración completa, las
estadísticas de intercambio económico indica que los resultados de la
estrategia europea son cambiantes según el territorio. En la década 1995-2004,
el comercio Europa-Corea ha aumentado con cifras de dos dígitos anuales y el de
China en torno al 300% en total, pero con el Sudeste de Asia ha permanecido
estancado en este período, e incluso el porcentaje total de las exportaciones destinado
a Europa ha declinado en un 1,2%.
4.3. Acercamiento como miembros de bloques
España y Japón, desde mediados de la
década de los noventa, se han relacionado de una forma novedosa, en cuanto
miembros de bloques que buscan afianzarse funcionando como tales.
Madrid no fue un decidido impulsor del proceso ASEM ni lo
vio como una oportunidad especial para mejorar sus relaciones con Japón. Durante la presidencia de la CE en el segundo
semestre de 1995, aunque reiteró su deseo
de promover el diálogo político bilateral, sus diplomáticos en Tokio no
promovieron ninguna reunión de este tipo
entre sus colegas en Europa. (Wilson, 2000: 71) Después, cuando pudo haber sido
la sede de la IV Cumbre
de ASEM en 2002, no hizo esfuerzos porque se celebrara durante su semestre. Por
otro lado, teniendo en cuenta que las empresas exportadoras españolas son
preferentemente de tamaño medio, el marco político y negociador ofrecido por la Unión Europea
puede ser especialmente beneficioso, así como sus programas.
Tokio, por su parte, teniendo en cuenta que el proceso ASEM
no se adapta completamente a sus ambiciones, tampoco ha utilizado plenamente la
vía europea para impulsar la relación con España. La UE establece diferencias
en la cooperación, porque mientras los países del Sudeste de Asia son tratados
como un bloque y de forma preferente, el área económica china es tratada aparte
con Corea. Japón, así, recibe un tratamiento separado, además de ser percibido
como un competidor de Europa dentro de Asia. El empuje europeo, por tanto, le
interesa a Tokio en algunos aspectos: favorece la búsqueda de optimización de
costes de los grandes grupos empresariales japoneses (Buatas, 2001: 138), el
comercio mutuo en la década 1995-2004 ha crecido en dos dígitos anuales y la
expansión del Euro, por su parte, beneficia al Yen en Asia Oriental. Pero Tokio
no recibe una prioridad acorde con sus ambiciones, puesto que los lazos
estratégicos establecidos con Japón son parecidos a los que se han puesto en
marcha con India y China, como “los tres centros de poder en Asia” (Molina
Lladó 2005: 102).
Este marco europeo,
en definitiva, ha favorecido y ha dado nuevo sentido a las relaciones hispano-japonesas,
pero no ha sido especialmente efectivo para la relación comercial. Lo demuestra
el mantenimiento del déficit comercial crónico de España, con una tasa de
cobertura en torno al 20% y una inversión mínima, que apenas alcanzó los 78
millones de euros en 2004.
5. Conclusión
Las relaciones hispano-japonesas han sufrido en las últimas
décadas una convulsión. Su intensidad ha sido menor que en algunas etapas
pasadas, pero permiten comprender la evolución de la políticas exteriores de
ambos países y analizar las razones de la anomalía de unas relaciones muy por
debajo de su potencialidad. Por ello, conviene reexaminar las características ya
apuntadas sobre las relaciones históricas para comprender hasta qué punto estos
cambios recientes, especialmente a la luz de la Unión Europea y de la CPE, suponen una mejora
definitiva para las relaciones mutuas.
- Continúa la brusquedad en
los cambios. Compartir las decisiones con un bloque de países, los
períodos prolongados de paz y la prosperidad económica permiten pensar que
no se llegará a nuevos intentos de declarar guerra. Pero muchas carencias
persisten, tal como muestran los vaivenes de cifras en visitantes y de
gasto en promoción cultural. Por un lado, el descenso y el posterior auge tan
súbito del turismo japonés al comenzar el siglo XXI: 172.000 turistas en
el año 2000 que pasaron a 120.000 en 2003, y que han aumentado en un 40%
en el primer semestre de 2006, con 103.042, según cifras ofrecidas por el
ayuntamiento de Madrid. Estos cambios no se pueden explicar en exclusiva
ni con las noticias sobre inseguridad ciudadana (se sabían desde tiempo
atrás y el gobierno japonés ya había señalado a España en varias ocasiones
como un país peligroso para viajar)
ni con el posterior Plan Japón
del Ayuntamiento de Madrid, cuyo cálculo de una posibilidad de un 0,0005%
de que un japonés sea víctima de un delito en Madrid (“El turismo japonés
crece un 40% en el primer semestre de 2006”, Gloria Torrijos, El País; “El retorno de los
nipones,” Carmelo Encinas, El País,
8/VII/2006) difícilmente puede ser compartido por los turistas de los que son
objeto sus datos. Por otro lado, el aumento tan repentino del gasto
dedicado a actividades culturales coincidiendo con la Exposición
Universal de Aichi en 2005 puede ser un reflejo del
esfuerzo por solventar carencias de forma repentina. El uso indiscriminado
de talonario durante este año tiene escasas posibilidades de provocar un
efecto duradero, teniendo en cuenta que España carece aún de las
infraestructuras necesarias para conseguirlo. Tras ello, en 2006, el V
Centenario de nacimiento de Francisco de Xavier ha recibido muy escasa
atención (la principal actividad ha sido un encuentro de líderes
religiosos en Navarra, financiada por ASEF), un hecho extraño teniendo en
cuenta el conocimiento universal de este santo en Japón y los esfuerzos de
Portugal por asociarlo con este país.
- Ligereza en el proceso de
toma de decisiones. Ya no se reconoce abiertamente el desinterés por
Japón, pero queda patente en el desequilibrio entre las valoraciones
centradas en los intereses generales de la política exterior española
frente a los particularizados de las relaciones hispano-japonesas. En
2005, la cancelación del presidente Rodríguez Zapatero de la promesa de
asistencia al Día Español en la Exposición de Aichi no parece que haya
sido excesivamente sopesada, especialmente teniendo en cuenta que se
mantuvo la visita a China, y la nueva cancelación del viaje en enero de 2007, a raíz de la
ruptura de la tregua de la organización terrorista ETA, no ha ayudado a
disipar suspicacias. Algunos nombramientos diplomáticos (acusaciones
graves en la prensa, enfermedad) indican que permanece, de alguna manera,
la práctica de considerar “Extremo Oriente” como destino de compromiso. y
especialistas en las decisiones relativas a Japón, puesto que las
opiniones de los primeros, centrados en los intereses de Madrid. También, por otro lado, la destitución
del director del pabellón español en la Exposición de Aichi un año antes
de que tuviera lugar, decidiendo además limitar fuertemente la capacidad
de decisión del nuevo responsable, apunta a que los intereses generales
son siempre los vencedores cuando están en disputa con los particulares de
las relaciones hispano-japonesas. La promoción de la fiesta de la lidia o
del flamenco también han sufrido de semejantes consideraciones. Los
aficionados taurinos japoneses hace años que han quedado sin la posibilidad
de que la oficina de Turismo pueda ofrecerles siquiera películas sobre
corridas de toros, a pesar de seguir siendo una de las visitas preferidas
durante los viajes a España, o que una empresa nipona organizara una
corrida en Japón en la década de 1990, y las instancias oficiales
españolas también han debido limitar el apoyo al flamenco japonés.
- Excesiva dependencia de la
maleabilidad de las imágenes. La pervivencia de los estereotipos,
especialmente desde el lado español, permanece como uno de los grandes
obstáculos para el entendimiento mutuo. Aunque Japón ya no es el gigante
amenazador de fines de la década de los ochenta, los nipones siguen
teniendo entre la población de edad adulta española una imagen superficial
que repercute en la valoración política del país. En 1994, el problema de
las imágenes llevó a que un conflicto laboral en la fábrica de Suzuki en
Linares (Cuesta, 1997) repercutiera en las relaciones hispano-japonesas,
al contrario que otro contemporáneo en Volkswagen. Un reciente informe apunta a esta dificultad de romper los viejos
esquemas cognitivos al señalar la “relativamente escasa familiaridad de la
población con el idioma inglés” entre los “factores estructurales” (junto
a su “declive demográfico” [sic]) que limitan la influencia nipona en el
exterior (Bustelo 2006: 44). En el plano de la cooperación, sigue la idea
del país rebosante de dinero a pesar de la década de crisis estructural y
del auge económico español, incluso en el ámbito académico. Un buen número
de universidades han solicitado financiación total de proyectos sin
preocuparse después de cumplir con las contrapartidas; Mario
Esteban califica el Centro Cultural
Hispano-Japonés de la Universidad de Salamanca como “arquetipo de proyecto
fallido” (2005)
Las dificultades subyacentes de la relaciones
hispano-japonesas, en definitiva, han sido escasamente beneficiadas por el
nuevo contexto europeo. Europa se ha limitado a suavizar las aristas más
sobresalientes y a envolver con la dinámica comunitaria unas relaciones que siguen
siendo, básicamente, de carácter bilateral. Los programas sectoriales para
empresas o para favorecer los intercambios culturales todavía no han tenido un
impacto importante, mientras que los diálogos de carácter político son
susceptibles de una mejora adicional. La continuidad del déficit comercial de
España (con una tasa de cobertura en torno al 20%) y el mantenimiento de las
inversiones en cantidades mínimas (apenas alcanzó los 78 millones de Euros en
2004) indican que queda aún mucho camino por recorrer.
El ámbito europeo, no obstante, ha tenido también unos
resultados difícilmente mesurables que es conveniente recordar, en parte porque
los resultados de los programas comunitarios están pensados a largo plazo, pero
sobre todo porque han sido un modelo para el reciente empuje de España hacia
Asia. Y se ha complementado, además, con otros actores subestatales, en
especial desde Cataluña, la región que
más ha sabido utilizar ese ámbito europeo como trampolín para sus relaciones
con Asia, puesto que el president
Pujol aprovechó su presidencia del Comité de Regiones para realzar su presencia
en Japón, cosa que no ha hecho presidente de gobierno español alguno durante la
presidencia comunitaria rotativa, a pesar de que lo conveniente que sería para
la imagen de España. A pesar de las diferencias ideológicas, los dos primeros presidentes
de la Generalitat democrática han
compartido interés por Japón, con visitas en 1985, 1990, 1999 y 2004, en una
prueba de continuidad de un política demandada por la sociedad. Cataluña
acoge el 70% de las empresas con actividad en España y su volumen de comercio
es privilegiado frente al del resto del país, con una importación superior al
50% (61% en 2004) de toda la española y una exportación rondando el 25% (30% en
2004). El apoyo de la Generalitat de
Catalunya y el Ajuntament de
Barcelona (junto con el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, MAEC) y
la receptividad tan amplia de la sociedad catalana a las actividades de Casa
Asia hacen pensar que, quizás, no habría tenido el mismo éxito de haberse
puesto en marcha desde la capital de España.
A partir del comienzo de milenio, ciertamente, el giro español
hacia Asia está siendo llamativo. En parte por el propio progreso económico,
pero también por el efecto de emulación de la estrategia europea, ya que la
administración ha puesto en marcha el Plan Marco Asia Pacífico 2000-2002 (con
un Plan de seguimiento hasta 2004), que ha operado un cambio crucial en la
relación con Asia y con Japón. A pesar de la descoordinación y de sólo vislumbrar
inicialmente objetivos de forma cuantitativa, el Plan Marco ha desencadenado
una dinámica que hace cada vez más consciente al país de que el futuro de Asia
y Japón no sólo es económico o tecnológico, pero también político. Después, el
nuevo Plan de Acción 2005-2008,
ha supuesto un salto cualitativo, por el apoyo desde la presidencia
del gobierno y por la dotación de presupuesto, sino también porque, por primera
vez, se han recopilado datos y ha habido un largo proceso de discusión, una coordinación
y, en consecuencia, unos objetivos definidos. El empuje hacia Asia, además, se
ha expandido a un buen número de organismos. La creciente presencia de
especialistas en el proceso de toma de decisiones, además, está siendo cada vez
más palpable.
Japón esta sintiendo también los beneficios de este empuje.
El Ministerio de Industria, Comercio y Desarrollo ha puesto en marcha también
el Plan Integral de Desarrollo de Mercado
para Japón mientras que la relación comercial e inversora está comenzando a percibir
el efecto arrastre de la apertura de centros de cadenas de moda (Zara, Loewe o
Mango, siguiendo la inversión de Lladró de años atrás) y de las inversiones en
China de los grandes bancos y empresas. En el capítulo de inversiones, por
ejemplo, el ICEX (Instituto de Comercio Exterior) ha destinado a Japón un 25%
del presupuesto promocional para Asia y la continuidad y el uso efectivo de las
inversiones culturales estará más asegurado una vez que el Instituto Cervantes
sea inaugurado en 2007, junto con una nueva sección dedicada a prensa en la
embajada (Plan de Acción, 2005: 30, 32-33). Y si India y China han recibido
primero la visita del presidente Rodríguez Zapatero, la posibilidad de su visita oficial a Tokio, a
pesar de las dos cancelaciones, le convertirá en el primero que visita los tres
grandes países de la región en una legislatura. Un hecho especialmente
significativo si se compara con los escasos viajes realizados a América Latina.
Bibliografía
Barbé, Esther (1995) “La cooperación política
europea: la revalorización de la política exterior española”, en Las relaciones exteriores de al España
democrática. Richard Gillespie, Fernando Rodrigo y Jonathan Story (eds.) Madrid, Alianza, pp. 151-169.
___ (1999) La política europea de España, Barcelona, Ariel.
___ (2002) “Regionalismo y desarrollo en Europa: identidad y límites del
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