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Presencia española en Extremo Oriente.-

El caso de Tailandia en la segunda mitad del siglo XIX

 

FLORENTINO RODAO GARCÍA

Colegio Mayor Universitario «Nuestra Señora de África».  Madrid.

 

 

Cuadernos de Historia Contemporánea.

Madrid, UCM, Vol. 11 (1989): 91-115.

 

 

Características de las Relaciones con Siam

Evolución de las relaciones

Preparativos para un acuerdo

La Expedición de Patxot

Un tratado sin consecuencias

Dos países sin relaciones

Conclusiones

 

Sólo durante escasos períodos en nuestra historia el Asia Oriental ha sido para España una zona primordial dentro de sus objetivos exteriores; lo es menos aún durante la Edad Contemporánea.  No se debe este hecho, exclusivamente, a la lejanía física, ni a la posición predominante que adquieren desde un primer momento las posesiones en América para la colonización española.  También influyen otros factores históricos recientes y, centrados en el siglo XIX, podemos encontrar tres aspectos determinantes, que agudizan la despreocupación en España hacia los acontecimientos ocurridos en Extremo Oriente, cuyas consecuencias se prolongan prácticamente hasta la actualidad, influyendo directamente en las escasas relaciones que aún, hoy, mantenemos con esa región.

Estas cuestiones son:

1.   Independencia de las posesiones españolas en América.  La situación general del reinado de Fernando VII y la anómala posición de las Islas Filipinas, desde los inicios de la ocupación española - en cuanto puerto de paso para las mercancías dirigidas a las posesiones americanas -, suponen el abandono defecto de este territorio, a su propia suerte, desde los inicios del siglo XIX- La metrópoli basará los escasos intentos de desarrollo según los moldes de la economía cubana: el tabaco y el azúcar.  Ante la ausencia de soluciones - teniendo en cuenta, además, la escasez del trasvase de capitales hacia este archipiélago[1]  -, el comercio de las Filipinas, después del [104] nacimiento de las Repúblicas Americanas sufre un fuerte colapso, sin recuperar el nivel de transacciones anterior a estos conflictos hasta pasada la mitad del siglo XIX.

2.   Situación del dominio español en el archipiélago filipino.  El hecho de no promoverse decididamente el desarrollo de la economía filipina, ni siquiera en base a una mayor vinculación con la Península Ibérica, la libertad de acción que confiere la lejanía física y la ausencia de una burguesía criolla autóctono, propician en Manila el desenvolvimiento de una burocracia especialmente negligente e ineficaz, la cual lastrará definitivamente los tímidos intentos de reforma que se dan durante el siglo xix en el archipiélago.

3.   Fracaso político de la guerra de Cochinchina. Este conflicto constituye el punto de inflexión de la acción hispana en la región, a partir del cual el papel de España pasa a un nivel secundario.  Coincide además el fracaso político con el deterioro de la situación económica del archipiélago, perceptible, por ejemplo, en las estadísticas de movimiento de buques con bandera española en los puertos de la China meridional, así como con los primeros síntomas de debilitamiento de la producción rizícola, lo mismo que en la tardía adaptación de la navegación a vapor de los buques mercantes hispanos.  Unida esta situación desfavorable a la ausencia de intereses económicos de importancia en la región, y al tradicional aislamiento de estas islas con respecto a su entorno, nos encontramos, después de 1860, con un entorno económico y político que dificulta las relaciones con Extremo Oriente.

La crisis definitiva de la monarquía isabelina contribuye a una nueva agudización de la crisis de la presencia hispana en Asia, que ya se mostrará inexorable.  Tal declive no consiguen remontarlo el cambio de régimen en 1868, ni los endebles bríos renovadores que llegan a la colonia durante el sexenio revolucionario. ni los esporádicos intentos de recuperar posiciones en el Océano Pacífico, durante la década de 1880.  En este último caso, por ejemplo, las iniciativas se toman sin un objetivo claro a conseguir, que no sea el de imitar la política seguida por otras potencias, en consecuencia, se envían buques de guerra a los puertos chinos en defensa de unos intereses españoles que son exiguos e, incluso, se ocupan efectivamente las islas Carolinas, aventura que acaba, pese a la pequeñez del territorio, en un nuevo fracaso[2].[105]

 

CARACTERÍSTICAS DE LAS RELACIONES CON SIAM

 

Las relaciones de nuestro país con el reino de Siam, actual Tailandia (el territorio no coincide en su totalidad con el del siglo pasado), presentan una tónica bastante parecida de desconocimiento a la de toda esa área.  Sin embargo, tienen unas características propias, más agudizadas, que posibilitan un estudio más nítido de la omnipresente despreocupación hispana hacia la zona:

1.   Ausencia de motivos de fricción mutua.  Debido a la falta de contactos frecuentes que puedan provocar fricciones y, también, por la política de total apertura, desde el año 1855, de los siameses hacia las potencias europeas, no se puede hablar de malas relaciones entre ambos países durante este período, aunque sí algo frías.  En el plano puramente diplomático, se puede hablar de unas cordiales relaciones mutuas, pese a los continuos desplantes protocolarios de los españoles, motivados por las dificultades del Tesoro Público.  Esta ausencia de tensiones contrasta con las mantenidas con el Imperio Chino en el mismo período, motivadas por los asaltos piratas a los barcos españoles, por el trato a los misioneros y por otras cuestiones de cierta importancia.

2.   Escasez de relaciones de tipo comercial.  Estas no se pueden determinar fehacientemente, por la inexistencia de referencias concretas en las estadísticas publicadas y, además, por el papel de intermediación de los puertos de Hong-Kong y Singapur en las transacciones.  Con respecto a las Islas Filipinas, las exportaciones de ambos territorios son esencialmente del mismo tipo, basadas en azúcar, arroz, aceite y madera de sappán.  Únicamente cuando la colonia española se convierte en deficitario en arroz, en el último cuarto de siglo, hay ocasión para desarrollar un comercio mutuo de importancia, pero las principales compras para abastecer a los filipinos se realizan en la Península Indochina.  Siendo dos territorios tan cercanos, la previsible importancia del comercio mutuo no se refleja en las estadísticas y en el «Balance Mercantil de las Islas Filipinas» el reino de Siam sólo llegará a ocupar un epígrafe propio durante la última década del siglo, alternando años en los que constan exportaciones de Bangkok - con cantidades de escasa cuantía, que nunca superan los 150.000 pesos en total -, con otros en los que no figura ninguna cantidad.  Las importaciones siamesas se reducen al tabaco elaborado, con compras ocasionales de muy escasa cantidad.

El comercio que pueda existir entre Siam y la Península resulta mucho más difícil de determinar, por la práctica imposibilidad de realizar envíos directos desde España hasta el golfo de Siam y viceversa.  Es probable que, [106] ocasionalmente, se compre pimienta siamesa, por ser la más barata de¡ mercado, aunque Filipinas también exportaba este producto; en cuanto al arroz, principal exportación siamesa, aunque sólo tenemos constancia de estas compras en el siglo XX, también es probable que mercantes españoles lo compraran, en ocasiones, procedente de Siam, en puertos como Port - Said o Singapur.  Analizando las exportaciones españolas a Siam, éstas no pueden ser sino esporádicas; según las estadísticas del puerto de Singapur, los principales productos que llegaban allí en 1860,[3] eran plomo y sal de la isla, que también competían con sus similares siameses.  El único producto de exportación a Extremo Oriente, que comprobamos se mantiene a lo largo del período estudiado, es el vino de Jerez, teniendo incluso referencias indirectas de la llegada de este producto a Siam.

3.   Inexistencia de emigración de siameses al Caribe español La embajada de Melchor Ordóñez y Ortega, que en 1880 firma un tratado en Annam para el envío de culíes a Cuba y Puerto Rico, parece constituir un único intento en este sentido.  Ordóñez y Ortega afirma escuetamente, en el libro que publica al finalizar su extenso viaje,[4] que había firmado también un acuerdo semejante con Siam, pero no hay prueba de ello, sino de lo contrario.  En todo caso, podemos hablar de la existencia de un proyecto, lo que es otra demostración de la falta de información en España sobre Siam y su relativa despoblación, por lo que ni siquiera existía emigración hacia las Filipinas; difícilmente un país como Siam, relativamente despoblado y con un flujo migratorio receptivo, podía enviar trabajadores a territorios tan alejados como Cuba.  Tal proyecto también evidencia la clara desconexión entre los Ministerios de Ultramar y Estado, al ser desarrollado por el primer organismo, sin conocimiento del que tenía, por cometido único, las relaciones con el resto de Estados.[5]

4.   Dificultad y complejidad de las comunicaciones con Siam.  La inexistencia de rutas directas de navegación, tanto desde la península como desde Filipinas, dificulta las transacciones mutuas; pero también, el camino de las noticias sobre el país resulta tortuoso, al estar en Pekín el embajador acreditado ante la Corte de Bangkok, ciudades entre las que la comunicación también resulta lenta.  Por ejemplo, tenernos que la información sobre unos sucesos relativos a la Corona Siamesa, acaecidos en febrero de 1875, pasa a ser comunicada por despacho oficial de la Embajada de Pekín el 31 [107] de julio, y que la carta se recibe en palacio el 16 de octubre del mismo año, es decir, que el destinatario correspondiente se entera de los sucesos con una tardanza aproximada de ocho meses.[6]

5. Siam  no encaja dentro del organigrama del Ministerio de Estado, en Extremo Oriente.  Al no tener Madrid ningún diplomático destinado permanentemente en ese país (lo que no ocurrió hasta 1949), hay problemas de jurisdicción sobre el viceconsulado en Bangkok.  Nadie quería tenerlo a su cargo: las Embajadas de España más cercanas eran las de Pekín o Tokio, a mucha distancia y en dirección contraria en el camino hacia la península, por lo que los informes tenían que recorrer un doble trayecto antes de llegar a su destinatario final.  Tampoco había ninguna representación con rango suficiente de la que hacer depender a Bangkok, aún estando más lejana, en el camino hacia la península, hasta que los barcos pasaban el Canal de Suez.  Al ser Siam un país independiente, no se podían facilitar los contactos ni la información necesaria sobre el país por medio de la capital de la metrópoli, en cuyo caso, además, Bangkok habría pasado a depender directamente del Consulado General de Singapur, tal como sucedió con Batavia -Jakarta-, Penang o Rangún, cuando se crean.  El encargado de negocios interino en Pekín propone esta última solución en 1872, por suponer una mayor funcionalidad en el esquema consular que la adscripción directa a Pekín: «Siam se encuentra tan cerca de Pekín como de Madrid, y someter los asuntos de aquel país a los de esta legación sería entorpecerles»[7].

 

6.   Inexistencia de una colonia estable residente en Siam.  Tal como señalan los pocos informes que mencionan este aspecto, los únicos españoles en Siam durante el período estudiado son los marinos que, esporádicamente, atracan en sus costas y los diplomáticos que visitan el territorio.  Hay también comentarios que nos hacen suponer la huida a este país de algunos filipinos desertores de la guerra de Cochinchina, pero el interés del Ministerio de Estado hacia estos súbditos asiáticos, y viceversa, es nulo.

7.   Desconocimiento general del reino de Siam.  Es mucho mayor que el existente con respecto a otros países del área, como lo demuestran los comentarios de la prensa a raíz de la visita a España del rey Chulalongkorn, en 1897, en los que fácilmente se percibe que los escasos reportajes provienen de fuente inglesa.  El desconocimiento de algunos periodistas lleva a conceptuar al reino de Siam dentro de los roles típicos del mundo árabe.

 

EVOLUCIÓN DE LAS RELACIONES CON SIAM

 

No son abundantes las informaciones que se disponen en Madrid sobre este país asiático, pero menos aún durante la primera mitad del siglo [108] XIX.[8] Sólo se empiezan a tener, con una incierta frecuencia, al reanudarse los contactos con las potencias occidentales, tras la primera guerra del opio y la sublevación T'aiping, porque los lazos de dependencia con el Imperio Chino se debilitan fuertemente.  Ello ayuda a explicar que, en 1855, se firme el Tratado Anglo - Siamés de Amistad, Comercio y Navegación, por el que el reino asiático se abre, definitivamente, al comercio de las potencias europeas.  Ello, con una tasa máxima de imposición del tres por ciento, la menor de las existentes en Extremo Oriente.

Nicasio Cañete, cónsul general de España en China durante la década de 1850, tras el mencionado acuerdo entre Siam y el Reino Unido, considera conveniente que Madrid firme uno similar y lo propone en 1856, un año después, insistiendo en la necesidad que los españoles tengan «la posibilidad de comerciar en una seguridad de la que se carecía sin el tratado».[9] Cañete cree posible intentar ese acuerdo, como una manera de «principiar a ponernos en el lugar que nos corresponde, y en el que es fuerza que nos coloquemos más tarde o más temprano».[10]  Tan loables intenciones de este diplomático no parecen caer en saco roto, pero ha de esperar algunos años.

Este funcionario no considera la ausencia de relaciones oficiales con Siam como un hecho, por sí solo, con especial significación; sino que es más bien la confirmación de la inquietud por el escaso interés político que sigue mostrando España en la zona, en la cual, todavía, no había firmado acuerdo alguno, no sólo con Siam, sino tampoco con China ni con Japón.  Cañete intuye, ya en 1856, la probabilidad - que después se confirmará - de que su país se quede definitivamente relegado del importante papel que aún conserva en la zona, el cual está basado, principalmente, en la extensión de sus posesiones.  También señala a sus superiores que si no se dan pronto los pasos necesarios para facilitar los intercambios comerciales de los súbditos hispanos, la situación de España irá a peor:

 

«Nosotros, a pesar de tantos intereses en estas vastas y riquísimas colonias, nos veremos excluidos de los beneficios que disfrutarán otras naciones, que ni poseen colonias ni tienen tantos motivos como nosotros para desear estas ventajas»[11]

 

Lo mismo que para los diplomáticos españoles, también para los observadores extranjeros resulta difícil de entender desde estos años – en [109] que la situación aún no es irreversible -  la inactividad que demuestra España en Extremo Oriente.  John Bowring, embajador plenipotenciario y firmante del Tratado Anglo - Siamés de 1855, expresa a Nicasio Cañete «la extrañeza que le causaba el que nuestro gobierno, poseyendo las Islas Filipinas, no juzgase oportuno negociar tratados con China, Japón y Siam».[12]

 

 

 

PREPARATIVOS PARA UN ACUERDO

Hay que esperar al año 1859 para que – súbitamente – Madrid se interese por Siam; actitud nueva que se enmarca en el relanzamiento del papel de España en Asia Oriental previsto por el gobierno de la Unión Liberal tras la victoria que, era de suponer, depararía la expedición de Cochinchina.  El motivo de este repentino interés fue la detención en Bangkok de cuatro marinos procedentes de Manila, que posteriormente fueron puestos en libertad gracias a las gestiones del cónsul francés en Siam.  Este incidente convence a las autoridades de Madrid de la necesidad, cuando menos, de una protección legal ante la inseguridad que se corre en Siam,  tras la alarma que suponen algunas afirmaciones en el sentido de que la cárcel en Siam equivale a una sentencia de muerte.[13]  Este trivial incidente, junto con la llegada a Madrid de una «curiosa y extensa» memoria sobre el reino de Siam, enviada por el cónsul en Singapur, Balbino Cortés[14] provocan el inicio de los preparativos hispanos para la firma de  un trata de comercio.  La función de esta memoria  sobre Siam es determinante,

 

pues sus aproximadamente sesenta páginas se constituyen en la principal fuente de información  sobre

este país , tanto de su evolución general como de las posibilidades que allí se dan para el comercio español.  No volvemos a encontrar tan amplia información sobre este reino hasta 1949, en que vuelve a despertarse un fuerte interés por Siam.  Existen dos factores en este periodo, por lo tanto, que impulsan las negociaciones con Siam, como son la información sobre el país - pese a que sólo es de lo más general – y las perspectivas de desarrollo comercial, que ya no van a estar presentes cuando se firme el acuerdo, diez años después.

          Estos preparativos se desarrollan en forma lenta, pero exhaustivamente, si los comparamos con el resto de los acuerdos y convenios que firman España y Siam durante la época contemporánea. Así se estudian ampliamente los detalles protocolarios de la misión y en 13 redacción del proyecto de tratado se sigue la línea de los últimos concluidos por otras [110] naciones europeas.  Se prevé, en estos momentos, incluso, el inmediato nombramiento de un cónsul español con residencia permanente en Bangkok, con el objetivo de potenciar el comercio con ese país.

La preparación para el envío de una embajada plenipotenciario ya está afinada en 1861, con los informes de las secciones correspondientes, que evidencian la existencia de un interés definido hacia este territorio.  Las razones esgrimidas para firmar un Tratado de Comercio con Bangkok son:

 

« ... las buenas disposiciones del gobierno de Siam hacia los extranjeros; las ventajas que conseguirían del gobierno de Siam los españoles, especialmente los moradores de las Islas Filipinas; la necesidad de velar por los que vayan a comerciar a aquel reino; la de no desmerecer de las naciones ligadas ya con él por medio de tratados; el recelo de que, falleciendo el primer rey, que es el más afecto a los extranjeros, o surgiendo cualquier otro acontecimiento imprevisto, sea más difícil entrar en relación con aquel estado, y otras varias consideraciones de decoro y conveniencia».[15]

 

         Política y objetivos definidos que, sin embargo, no están acordes con la situación interna de España.  La impotencia para lograr resultados concretos ante Francia, tras los éxitos militares conseguidos por el ejército filipino - español en la Cochinchina, la imposibilidad de disponer de un buque para transportar al embajador,[16] o de poder habilitar, sin grandes problemas, los fondos necesarios para una, misión plenipotenciario, dilatan sine die la salida de la expedición, mientras ocurre el estrepitoso derrumbamiento de las perspectivas en la península Indochina.  El ministro de Estado de la Unión Liberal, al disponer, en 1861, el retraso del envío de la misión nos proporciona los primeros síntomas de que el abandono y el desinterés serán la nota dominante de la acción hispana en este área a partir de estas fechas.  Asimismo, nos demuestra un conocimiento muy esquemático de la geografía del planeta, falta que se puede considerar grave para un ministro de un país que en esas fechas tiene una expedición a escasos trescientos kilómetros de las fronteras de Siam: [111]

 

«Espérese al establecimiento completo de las relaciones europeas en China[17] y a la terminación de la expedición a Cochinchina para tratar y resolver a la vez las cuestiones que se han de tratar con los gobiernos de la India»[18]

 

Concluido el compás de espera que supuso la guerra de Cochinchina, en 1863 es enviado el veterano diplomático Sinibaldo de Mas al Asia Oriental, con el fin de concluir un Tratado de Comercio con el Imperio Chino; por ello se decide «que la misión de China haga al mismo el Tratado con la corte de Siam».[19]  Pero no se cumplió lo proyectado y sólo sabemos que el experimentado representante español nunca llegó a entregar las cartas credenciales - única prueba que hemos encontrado del encargo -, ni a firmar acuerdo alguno con el antiguamente denominado «Reino del Elefante Blanco».  No hay documento alguno que explique la razón del cambio en la decisión.  Ya sea este cambio en los planes previstos por la evolución desfavorable de los acontecimientos en Cochinchina, por el coste que suponía el traslado del embajador desde Pekín a Bangkok, o por los problemas surgidos a lo largo de las negociaciones con el gobierno chino (que culminan con el tratado de Amistad y Comercio de 10 de octubre de 1864, firmado en Tient-Tsin, en condiciones no muy ventajosas para España), lo cierto es que, durante un período de seis años, no se vuelve a saber nada del tratado con Siam.

Durante este sexenio, la ausencia de contactos de tipo diplomático mantiene estancadas las relaciones oficiales, por lo que los barcos procedentes de Filipinas siguieron teniendo las mismas dificultades:

 

«... de vez en cuando algún buque español de matrícula de Manila va a Bangkok, sin otra protección que la que les dispensan los cónsules de Francia o el Reino Unido, y sin la cual no podrían realizar ninguna venta, ni ninguna compra».[20]

 

También las relaciones puramente protocolarias sufren de esta falta de contactos oficiales, ya que las comunicaciones mutuas siguen canales un tanto atípicos, sea por medio del Consulado español en Singapur -  que actúa como representase oficioso de Madrid ante Bangkok - o a través de Francia, aunque Siam no sea colonia suya.  Así se anuncia en la «Gaceta Oficial de Madrid» la muerte del Rey Mongkut (1851-1869): [112]

 

«El Emperador Napoleón ha recibido las cartas en que el nuevo Rey de Siam Phra-Rat -Somdecht-Phra-Paramender-Maha-Chulalongkorn le anuncia ...».[21]

 

 

LA EXPEDICION DE PATXOT

 

Tras haber sucumbido el régimen isabelino, y después del largo arrinconamiento del proyecto ante la crisis política en la Península Ibérica, el nuevo gobierno revolucionario da muestras de querer recuperar las posiciones perdidas en el Asia Oriental, dentro de cuyos objetivos figura la concreción del viejo proyecto de un Tratado de Amistad y Comercio con Siam.  Tal intento de recuperación, sin embargo, se pone en marcha de una forma excesivamente precipitada y lo que es más grave, sin contar con una coyuntura lo suficientemente apropiada, ni en la Península ni en las Islas.

El envío de una misión extraordinaria a Extremo Oriente, constituye uno de los puntales principales del nuevo Gobierno de Madrid para relanzar la posición española en la zona.  Su objetivo era amplio: se firmarían, en primer lugar, dos tratados de comercio con los gobiernos de Siam y Annam, posteriormente, se ratificaría en Tokio el convenio mutuo concluido dos años antes por Heriberto García de Quevedo y, por último, se instalaría convenientemente, en Pekín, al representante del nuevo régimen.  Para este cometido es nombrado Adolfo Patxot y Achaval, uno de los escasísimos representantes españoles que no es enviado al Extremo Oriente en el ocaso de su carrera profesional.

Pero el tiempo transcurrido no ha pasado en balde y cuando parte, definitivamente, la expedición en 1869, las condiciones han cambiado radicalmente, tanto en España como en Siam.  Por parte española, los objetivos son diferentes, en  cuanto que con el tratado ya no se trata de proteger y apoyar un comercio en vías de prosperar, porque las islas sufren un estancamiento económico estructural y no hay perspectivas de mejorar el tráfico regional; por parte asiática, después de quince años de apertura a las naciones occidentales, las oportunidades de penetración para España son más restringidas que en el momento anterior, en que las potencias occidentales habían firmado o estaban por firmar sus tratados de amistad.

Cuando sale definitivamente la expedición, en 1869, también la situación en la península ha cambiado radicalmente.  No sólo ha perdido fuerza los objetivos principales sino que los medios para desarrollarlos son muy inferiores: el plenipotenciario es enviado allí sin ningún tipo de preparación sobre la misión, ni con información actualizada sobre Siam que no sea la del período del conflicto de Cochinchina.  Tampoco cuenta con ejemplares de los tratados suscritos recientemente por Bangkok ni con estudios [113] sobre las nuevas necesidades del Archipiélago Filipino en el comercio con este Reino.  La precipitación por enviar la expedición lo demuestra el proyecto de tratado recogido por Patxot, al que se le entrega el mismo papel con el texto redactado una década antes, modificando únicamente la referencia a la Reina Isabel II.  En cuanto a las Cartas Credenciales, se copian al pie de la letra las redactadas para Sinibaldo de Mas, en 1864.

Las tres instrucciones entregadas a Adolfo Patxot a su salida de Madrid muestran claramente el cambio radical con la situación anterior y también reflejan la distorsión entre los objetivos que se propone el gobierno revolucionario y la falta de medios, tanto humanos como materiales, para realizarlos.  La primera instrucción consiste en «obrar con mucha cautela para no contraer respecto a ellas (las provincias de Ultramar), por vía de reciprocidad o en cualquier otro concepto, compromisos que entorpezcan la acción del gobierno».[22]  Esta instrucción demuestra perfectamente el cambio de situación si comparamos esta perspectiva, más bien defensiva, con los objetivos que se proponía el cónsul general Cañete, en 1859, de «ver si se puede obtener alguna concesión a favor de nuestros productos en Filipinas».[23]  La segunda instrucción recomienda a Patxot que, una vez llegado a su destino, examine los tratados firmados por Siam con posterioridad a los de Portugal y Dinamarca (que se remontaban a 1858 y 59, respectivamente), sobre los que se desarrolla el proyecto que le ha sido entregado.  El objetivo de esta instrucción sería tratar de modificar «el proyecto en los términos que juzgue oportuno, a fin de que contenga las estipulaciones más ventajosas que hayan alcanzado las demás potencias del gobierno siamés».[24]  Sin embargo, el propio Ministerio reconoce que aquellos acuerdos, firmados diez años antes, son los más recientes de cuyo texto tiene constancia; pero este encargo tampoco lo cumple el plenipotenciario (25),[25] ni nadie se ocupa nunca, en palacio, de comprobar si se cumplió tal instrucción.  La tarea era imposible, por otra parte, desde el momento en que desde 1859 no constaban copias de los nuevos acuerdos de Siam en el Ministerio.  La última instrucción expresa la propuesta más comúnmente sentida por los diplomáticos españoles del siglo XIX como instrumento en las relaciones con los países extremo - orientales: la necesidad de mostrar pompa y lujo ante estos pueblos, ya que «siendo estos países muy dados a la ostentación, convendrá que se presente V.I. con el decoro y el aparato nece- [114] sarios».[26]  Las dificultades de la Hacienda Pública siempre colocan esta intención, tan unánimemente sentida, en el campo de los deseos irrealizables.

 

Como ya hemos afirmado, las condiciones en Bangkok son muy diferentes a las existentes al inicio de la década.  En la zonas las principales potencias europeas se han asentado firmemente, tanto en un sentido político como comercial, manteniendo representantes con residencia fija en Bangkok, debido a las seguridades adquiridas tras la firma de los tratados de comercio, concluidos alrededor de 1860.  En la época en que Patxot llega a Oriente, a comienzos del año 1870, también hay algunas naciones europeas que recientemente han firmado los convenios de amistad, comercio y navegación con Bangkok, pero éstas tienen un peso específico mucho menor que las del primer grupo, como Suecia y Noruega, Italia, Bélgica y Austro - Hungría, por lo que España se equipara con países que tienen una presencia muy escasa y cuyo interés por el Extremo Oriente es reciente.  De hecho, los tres primeros países mencionados firman sus tratados por iniciativa de los asiáticos, luego que John Bowring, antiguo gobernador de HongKong y firmante del acuerdo anglo - siamés de 1855, fuese nombrado embajador de Siam en Europa por el rey Mongkut, para lograr acuerdos de amistad y comercio en las capitales del viejo continente que aún no habían destinado sus representantes a Bangkok.

La expedición de Patxot llega en mayo de 1869 al puerto de Singapur, en donde le debía estar esperando un buque, enviado desde Manila, para transportarle en su misión.  Pero este enclave en el estrecho de Malaca resulta el lugar más inadecuado para iniciar la expedición, pues allí el prestigio de España se hallaba en un punto especialmente crítico por la detención del antiguo cónsul en esta posesión británica, la cual se prolongaba por más de dos años.  Manuel María Caballero de Rodas, hermano del prestigioso general liberal, había sido encarcelado en 1867 por una estafa cometida al Chartered Mercantile Bank of India, London and China y la situación permanecía desde entonces bloqueada por la insolvencia del detenido y por las reiteradas negativas del gobierno de Madrid a hacerse cargo del pago de la fianza de 6.000 pesos, aunque el dinero había sido librado por el banco para el pago de unas compras de la Comandancia General de Marina de Filipinas.[27] Poco después de la llegada de Patxot a Singapur el antiguo cónsul fue liberado, al desistir los responsables del banco de sus esfuerzos por involucrar a Madrid para que asumiera el pago de la cantidad defraudada.  Tal como dice el propio Patxot:

 

«... consecuencia de esto (el caso de Caballero de Rodas) y de la poca

exactitud de que ha adolecido en muchos casos la Intendencia General [115]

de Manila en el cumplimiento de las obligaciones pecuniarias para con casas de comercio extranjeras, no hay aquí ni en toda China un solo comerciante ni un solo banquero que quiera admitir una libranza de un agente español sobre las cajas de Filipinas, sin saber antes, de un modo positivo, que el importe de la misma se halla satisfecho ya en Manila a algún corresponsal suyo»[28].

 

Como vemos, es difícil la situación en la que se ha de desenvolver Adolfo Patxot por el Extremo Oriente, condicionando fuertemente el desarrollo de su embajada.  Por eso, sus resultados no son sino la expresión de la ya imposible recuperación del papel hispano en este lado del Pacífico y, especialmente, de la irreversible situación en las Islas Filipinas.  Desde un primer momento hubo de sufrir Patxot las dificultades del encargo, que se prolongaron en Singapur durante seis meses, tiempo que las autoridades de Manila se demoraron en enviarle su transporte oficial.

No acaban, sin embargo, sus problemas con la llegada del barco desde Manila, pues su lamentable estado de conservación - no se envió el buque prometido- obligó a una limpieza y a un acondicionamiento en profundidad de cuyo pago no se podía hacer cargo el comandante del buque por haber sido despachado desde Manila sin dinero.  Patxot tuvo que financiar este gasto, al igual que la compra de carbón o los salarios a la tripulación, con el crédito extraordinario de la misión diplomática, si no quería tener que volver a la Península con las manos vacías y al afrontar los pagos que correspondían a la Intendencia General de Hacienda de Filipinas, se quedó sin dinero para gastos de representación.  Ello le obligó a pasar por auténticos apuros para disimular durante las distintas etapas su situación de penuria monetaria.

Sin querer extendernos en toda la serie de sucesos que ocurren a esta expedición, entre los que encontramos incidentes posteriores producidos por esta falta agobiante de liquidez, consideramos que estos hechos demuestran no sólo una grave carencia financiera de la Caja de Filipinas, sino también dificultades - que se aparecen como irresolubles- de funcionamiento administrativo en la Colonia.  Los conflictos burocráticos en la Colonia, entre los Ministerios de Estado, Marina y el recientemente creado de Ultramar - lo que se trasluce claramente en la documentación consultada- reflejan problemas estructurales realmente graves para el gobierno en este archipiélago, que España nunca logró resolver.  Ante el anquilosamiento y el mal gobierno en Filipinas, los nuevos aires traídos por la revolución de 1868 se diluyen inmediatamente y tanto Carlos María de la Torre (nombrado en 1869), como su sucesor en 1871, Rafael de Izquierdo (a pesar de su participación activa en La Sptembrina), se manifiestan incapaces, una vez llegados a Manila, de aplicar las reformas radicales [116] por las que han luchado en la Península: «... todo lo más que se puede hacer es implantar una política conservadora»[29].  Patxot nos expresa también, amargamente, estos sentimientos de frustración desde la isla de Singapur, mientras se aburre esperando al barco que nunca llegaba:

 

«La revolución debió corregir estos inconvenientes y así lo esperaron todos: nuestro prestigio debió levantarse otra vez a la altura que le corresponde:      debieron desaparecer las complicaciones y trabas administrativas

causadas por la formación de interminables expedientes en cuestiones de la más obvia solución y, por fin, nuevas personas debían establecer un nuevo orden de cosas. ¿Cómo se realizan estas esperanzas?»[30].

 

Este contexto, tan poco proclive a las relaciones con el exterior, invalida el relativo éxito diplomático logrado por Patxot en Bangkok, al concluir el 23 de febrero de 1870 el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre España y el reino de Siam.  Así, este convenio ya no puede ser un eslabón para el relanzamiento de la acción hispana en Asia sudoriental  - como pudo esperarse una década antes-, sino que ni siquiera cumple con las expectativas puestas al partir la expedición, ya que las relaciones con Siam se mantienen en la misma situación anterior al acuerdo, y el prestigio de nuestro país en la zona sigue en declive.

Comparando el texto de este Tratado con los concluidos en los primeros años de apertura de Bangkok, es destacable que presente los primeros rasgos de los asiáticos de moderar, en la medida de lo posible, la libre actuación que se han asegurado en su territorio las potencias occidentales.  Aún así, el acuerdo de 1870 pudo suponer un gran impulso para las relaciones con el archipiélago filipino, al incluir básicamente las mismas cláusulas - tan favorables a la penetración exterior - que habían impuestos años antes las demás potencias occidentales.

Las características principales del Tratado Hispano - Siamés de Amistad, Comercio y Navegación, son: impuesto máximo del 3 por 100 a la importación; establecimiento de una tarifa de derechos de exportación, con unas restricciones muy escasas; equiparación de los buques extranjeros, en cuanto al pago de tasas, con los nacionales; concesión del derecho de extraterritorialidad; aplicación automática de la cláusula de nación más favorecida; libertad para la explotación de minas, apertura de fábricas, construcción de buques y otras empresas; libertad total de comercio, industria y culto y, por último, permiso para los establecimientos consulares en los distintos puertos siameses, con facultades jurídicas de sus encargados para con sus compatriotas.

Pero todavía hemos de encontrar un nuevo factor desfavorable para el desarrollo de las relaciones hispano - siamesas, que las lastra definitiva- [117] mente al poco de la firma del tratado mutuo: el fracaso de los objetivos que se perseguían con la expedición de Patxot en Extremo Oriente.  Al no firmarse ningún tratado en Hué a causa de la oposición francesa - según afirma el propio Patxot[31] -, y siendo el objetivo principal de la misión la firma de un acuerdo de Comercio y Navegación con el reino de Annam - aún formalmente independiente -, el interés por este área decae fuertemente, influyendo en el desarrollo de las relaciones con el reino de Siam.

La embajada de 1870, también, trae un cambio en el país que España va a emplear como valedor en sus relaciones con Bangkok.  Finaliza la utilización de los medios proporcionados por los representantes franceses en las relaciones oficiales con el gobierno siamés, dándose además un incidente que no será sino el preludio de la tensión en Hué; al no cumplimentar el representante de París, al igual que el de Washington, la visita protocolaria de rigor al enviado plenipotenciario español a su llegada a Bangkok, rompiendo la norma establecida por el cuerpo diplomático de visitar a los colegas con mayor categoría recién llegados.  Ante el enrarecimiento de estas relaciones, España utiliza las facilidades ofrecidas por el Reino Unido, país con el que existe un mejor clima de relaciones hasta 1873, por la continua asistencia a los españoles en los asuntos de la corte siamesa, tanto a esta misión como a la de Juan Manuel Pereira, de 1872, para el canje de ratificaciones.  Estas buenas relaciones culminan cuando el cónsul general de Inglaterra y residente británico ante el rey de Siam, Knox, «tuvo la amabilidad de encargarse de la agencia consular de España, favor que rehusó a otros países»[32]. Suponemos, por la escasa atención que presta a los poquísimos asuntos españoles durante el tiempo que permanece encargado de la agencia, que la aceptación de tal encargo no se debió a sus deseos personales, sino más bien a instrucciones de sus superiores.

 

 

UN TRATADO SIN CONSECUENCIAS

 

La puesta en vigor del Tratado Hispano -  Siamés de Amistad, Comercio y Navegación, ve limitado su significado y se queda simplemente en la realización de un viejo proyecto, cuya utilidad para España ha quedado bastante mermada.  Las Islas Filipinas, en cuanto colonia española, han perdido gran parte de sus expectativas de progreso, de modo que el único resultado efectivo que tendrá este Tratado de Amistad será de tipo protocolario.  Al inaugurarse las relaciones oficiales entre ambos estados, las noticias de [118] las bodas, entierros y nacimientos de los monarcas siameses y su parentela se conocerán de modo directo, tras empezar a intercambiarse correspondencia las familias reales; veremos, también, que España manda a algunos de sus embajadores a este país,  pero con la única finalidad de entregar en Bangkok las cartas credenciales.

Desde la misma fecha de salida de Patxot de la Venecia del Extremo Oriente, el cónsul honorario en Bangkok se olvida casi por completo de este compromiso adicional, pero los representantes españoles, ya sea en Pekín o en Singapur, dedican especial atención al país.  El inglés Knox, se limita a remitir algunas comunicaciones a Singapur, estrictamente burocráticas, durante los primeros años del encargo; y es sintomático que no mantenga conversaciones con el representante español en esta isla, durante una estancia acompañando al monarca siamés, aún cuando coinciden ambos en varias recepciones.

En consecuencia, el desinterés por estos asuntos sigue su curso desde el mismo momento en que el tratado entra legalmente en vigor, en 1872, tras el canje de ratificaciones.  Así lo confirma la actuación del ministro español, Juan