スペイン史研究 [Supeinshikenkyū, Estudios de Historia de España], número 7,  スペイン史研究 [スペイン史学会、Asociación de Historia de España], 1992: 1 - 19

 

 

 

España ante Japón en el siglo XIX

-Entre el temor estratégico y la amistad-

Florentino Rodao

I. España en el Asia Oriental

II. Un largo camino para el tratado de 1868

III Relaciones después del tratado de 1868

   1. Relaciones comerciales

   2. Relaciones políticas

   3. Japón, peligro estratégico  

      a. Emigrantes japoneses

      b. Deseos japoneses de adquirir territorios españoles

      c. Problemas defensivos del imperio español

IV. El final de la presencia española en Filipinas

V. Japon y el 98

Citas

 

[p.1]

  A partir de la década de 1850 comenzó la carrera hacia el Oriente entre las potencias europeas.  China, Japón y el resto de países se iban abriendo paulatinamente tras la segunda Guerra del Opio por medio de los “Tratados Desiguales”, con los que los occidentales tenían las mayores facilidades para la penetración de sus mercancías, con jueces propios y unas franquicias mínimas en las aduanas.  España también participó en esa carrera hacia el Oriente como el resto de las potencias europeas y ello fue el impulso primero para relanzar los contactos y el comercio con los territorios vecinos al Archipiélago donde estaban instalados los españoles, las Islas Filipinas.

 

I. España en el Asia Oriental

 

Este Archipiélago se había mantenido dentro del        Imperio Español de Ultramar, comparando su caso con el de Cuba, en un abandono relativo. No obstante, se mantenía a un nivel comparable al de otras colonias europeas en el Asia Oriental.  En su comercio con el exterior, por ejemplo, Filipinas había recibido algunos capitales procedentes de la independencia de las repúblicas suramericanas; también Manila había sabido abrirse en su tiempo al lucrativo tráfico de opio y en el sur de la China [provincia de Fujien o Fukien, principalmente en el puerto de Amoy o Xiamen] se mantenía un fuerte comercio con Filipinas, del cual una buena parte correspondía a barcos de bandera española.

      Como consecuencia de estos impulsos expansionistas, fue enviada entre 1857 y 1862 una expedición hispano – francesa, con tropas principalmente filipinas, a Cochinchina [Vietnam] en castigo por el asesinato de un misionero español.  La expedición fue un éxito militar, pero para España políticamente fracasó, porque fue Francia la que consiguió implantarse permanentemente en el territorio, dando sus primeros pasos en lo que posteriormente sería la Indochina Francesa (1).  El fracaso de la expedición fue doble: no consiguió una base territorial que sirviera de punto intermedio en a ruta hacia las Filipinas y, además, fue un derroche de las escasas fuerzas que España disponía en Filipinas (2).

 

  La España del  final de la época isabelina tenía pocas fuerzas para derrochar y mientras otras potencias aprovecharon la ocasión para penetrar en el Oriente, la expedición de Cochinchina supuso un largo compás de espera para las iniciativas en el resto del Asia Oriental.  Un nuevo mercado se abría para las potencias occidentales y todas ellas se apresuraron a enviar representantes para firmar tratados, en general muy semejantes, con los que se aseguraba el comercio en unas condiciones excelentes.  Inglaterra, Francia, Prusia - en período de unificación -, Portugal.  Italia, Holanda o Dinamarca fueron potencias que lucharon por vender sus productos desde el comienzo de la segunda mitad del siglo XIX.  España. sin embargo, retrasó conscientemente la conclusión de los acuerdos con los [p.2] que debía quedar a la altura del resto de potencias europeas, por la permanente falta de presupuesto y ”debiendo aguardarse al término de la expedición de Cochinchina, que con su éxito facilitará las negociaciones” (3).

 

       Relacionado con esta "Carrera hacia el Oriente” de mediados del siglo XIX están los primeros contactos hispano - japoneses durante la época contemporánea.  En ellos, la década de 1860 aparece como el período crítico para la configuración de estas relaciones mutuas, en cuanto supuso un grave deterioro en la situación del Archipiélago, que aparece desde entonces como definitivo para la presencia espaciosa.  A un nivel político, el fin de la expedición en Cochinchina fue desalentador para las esperanzas españolas, pero además coincidió con el deterioro definitivo de la monarquía isabelina, que caería en 1868.  La creación del Ministerio de Ultramar no ayudó a solventar los problemas de organización y después en el sexenio revolucionario (1868 - 1874), pocos esfuerzos fueron dedicados a las Filipinas, atraída la atención del país en la situación interior (4). A nivel económico, otro hecho contribuyó al deterioro de la situación en el Imperio Español en el Pacífico: El Canal de Suez no trajo las ventajas esperadas; antes bien un decaimiento de su importancia estratégica pues la posición geográfica de Filipinas caía algo alejada de las rutas que iban a China.  Ello influye también en la inadaptación - española a la navegación a vapor,

 

      Al acabar esta década de 1860 se han firmado ya los tratados con China (1864), Japón (1868) y Siam (1870), mientras que en Annam fracasó el intento del Plenipotenciario Patxot en 1870.  Pero el hecho de haber conseguido firmar los acuerdos legales no esconde los graves problemas que hubo para firmarlos, que demuestran deficiencias estructurales del Imperio Español en el Pacífico - y en la misma península - que permanecerán hasta su fin, en 1898.

 

       No nos vamos a detener en la narración de los problemas y las aventuras de los plenipotenciarios Españoles que firman estos tratados con China o con Siam, porque el ejemplo japonés es suficiente.  Solo deseamos insertar una comparación entre las instrucciones dadas al plenipotenciario español que firmó el tratado en la Corte de Siam, porque pensamos que expresan claramente cómo cambió la situación en sólo diez años, Mientras que en 1859 se piensa, entre otras, en “las ventajas que conseguirían del Comercio con Siam los súbditos españoles” (5); en 1869, las instrucciones son de carácter  defensivo: “Como nuestras provincias del Ultramar - se rigen por leyes especiales, deberá V.I. obrar con mucha cautela, para no contraer respecto a ellas por vía de reciprocidad o en cualquier otro concepto compromisos que entorpezcan la acción del gobierno” (6).  A partir de 1870, la presencia española en Filipinas está a la defensiva.

 

II. Un largo camino para el tratado de 1868

 

Japón, desde 1858, en que las principales potencias firman los primeros tratados desiguales, se abrió al comercio con el exterior; poco a poco, sorteando la difícil situación interna, otros países occidentales firmaron también sus tratados, en los que se garantizaba la posibilidad de comerciar.

 

Serán los funcionarios españoles destacados en el Oriente los primeros que adviertan a Madrid de la conveniencia de que España se beneficie también de la disposición de Japón a firmar tratados de comercio.  Desde 1858 arrancan las primeras propuestas de seguir [p.3] el ejemplo de Holanda y de Portugal en la consecución de un tratado de Comercio; y en 1859, el cónsul en Shanghai, aboga fuertemente por él, opinando que el Archipiélago Nipón y el norte de China serían los mercados perfectos para las producciones de Filipinas, aunque tuviera que competir con otras colonias europeas (7).  Entonces se percibe un intento de avanzar posiciones en el contexto internacional; o, cuando menos, de “no quedar rezagada”, pensando que el puerto de Manila se podría convertir en depósito de mercadería hacia Japón.

 

  Los intentos españoles por empezar las negociaciones con Japón en 1861 fracasarán por la temporal oposición japonesa: Hasta el año 1864 la situación interna en el Japón por el poder  es dura entre el Gobierno Central de Tokugawa y los que intentaban denunciarle.  España, no obstante, está poco atenta a los hechos que ocurren en Japón: La expedición en Indochina provoca un repliegue y pasarán siete años hasta que el Ministerio de Estado tome una nueva iniciativa respecto a Japón.

 

Ello a pesar de que la firma del tratado fue “espoleada” desde Filipinas, particularmente desde la Capitanía General: En 1863 hace una visita imprevista a Japón la Goleta Narváez e inmediatamente es enviado un informe a Madrid - leído por la reina - en el que se detallan fervientemente las ventajas de un acuerdo para el Comercio con Filipinas (8).  Después, tras una carta de una casa comercial matriculada en Manila,  Findlay Richardson & Cia, el Capitán General al mando del Archipiélago de Filipinas vuelve a presionar para la conclusión del Tratado: “A medida que se desarrolla la navegación por el Istmo [de Suez] queda Manila más y más rezagada en el movimiento mercantil ... Detrás de esto, mientras no varíen radicalmente las circunstancias políticas y económicas de nuestro país, no podrán luchar nuestras empresas de vapor, españolas ni filipinas, con las de esas naciones poderosas y mejor situadas” (9).

    

  En 1868, se da otro ejemplo de cómo interesaba el Archipiélago para la firma del tratado con Japón y de que el engranaje del Ministerio de Estado no se acoplaba a sus necesidades: Es enviada una embajada extraoficial - para la que se pide apoyo al Ministro de Estados Unidos en Japón - con la excusa de acompañar al Japón a siete náufragos japoneses (10) en la que se propone directamente el intercambio comercial.

 

    Este mismo año de 1868 se envía de forma apresurada a un Embajador Plenipotenciario.  Heriberto García  de Quevedo, para que firme el Tratado con Japón.  Parece que el motivo son “intereses filipinos que presionaban con insistencia sobre el Ministerio de Estado a través del Capitán General del Archipiélago Filipino” (11) y que la falta de medios provocó que la Embajada desdeñase la posibilidad de firmar - aprovechando el viaje - acuerdos con Siam y Annam, otros países que también llevaban una década esperando la visita de un plenipotenciario español.

 

   Así enviada la expedición, tras llegar a Japón y esperar a que acabaran las negociaciones con Suecia y Noruega - antes había sido Suiza la que había firmado un Tratado - se firmó un tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre España Japón.  Sólo hubo tres sesiones de negociación por lo parece que ésta fue fácil: pero quizás quien tuvo que hacer mas concesiones fue el Plenipotenciario Español.  Se había propuesto no pedir ni una línea mas que las otras potencias, pero que no podría conformarse con , una menos” (12); sin embargo, aceptó que Japón [p.4]

no proveería los terrenos para la construcción de una Legación y que todos los cónsules había de ser representantes diplomáticos y no comerciantes, restricciones que no habían sido acordadas anteriormente.  La única réplica ante la postura japonesa fue que estas nuevas modificaciones se comunicaran al resto de representantes extranjeros en Japón.

 

     El tratado tiene una última característica que es un símbolo de lo que son las relaciones hispano - japonesas durante el siglo XIX: La firma se realiza el 12 de noviembre de 1868 en Kanagawa, y por parte española  en nombre de la Reina Isabel II, cuando ésta ya había sido derrocada 43 días antes (el 28 de septiembre había sido la batalla de Alcolea que significa el fin de la Monarquía de Isabel II).

 

     ¿Fue un éxito la firma del tratado hispano  - japonés?  Si por tal lo entendemos que se realice un viejo proyecto, así lo es; los resultados, sin embargo no avalan que impulsara el comercio y la navegación, ni de Filipinas ni de España.  Para Japón, la firma del acuerdo con España fue, simplemente, uno más de los tratados que firmó en un intento de ampliar el número de países que allí se asentaban.  Cuantos más lo hicieran, mejor para evitar la hegemonía de una sola potencia.  A un nivel práctico, se tardaron dos años en llegar en virtud de este acuerdo los primeros barcos desde Filipinas, para alivio del Ministro español en Japón: “la prensa inglesa hacía diariamente chacota [burla] de nuestro tratado, llegando hasta a decir que todas las posibilidades eran de que ningún buque español se aprovechase de las ventajas por él obtenidas” (13); el primer barco japonés llegó a Filipinas en 1874.  La mayoría del intercambio mutuo, sin embargo, irá en barcos extranjeros.

 

  En el Japón de 1868, tras la renovación Meiji, las posiciones de los diversos países estaban ya en cierto modo asentadas, por lo que la posible entrada de España había de ser más difícil: tenía que penetrar en un mercado que ya estaba copado.  El año 1868 resulta crucial, tanto en la historia española como en la japonesa, pero esa coincidencia en la historia de ambos pueblos, no fue feliz, sino más bien una “casualidad dañina”.

 

III Relaciones después del tratado de 1868

 

   El Tratado de 1868 será una última muestra del corto período en que la iniciativa de las relaciones corresponde a la parte española.  A partir de entonces, será Japón el país que lleve la iniciativa en las relaciones mutuas.  El auge del Japón Meiji y la postración de las Filipinas de la Restauración hacen que desde los primeros tiempos sean los asiáticos los poderosos        y los europeos los que se ven  obligados a responder a las iniciativas contrarias con el objetivo de mantener el statu quo.  Ante un Japón resurgente y unas Filipinas en declive inexorable las relaciones mutuas dependerán cada vez mas de las iniciativas japonesas.

 

Según va avanzando el siglo, la situación de inferioridad frente a Japón se hace más evidente: una empresa japonesa se queda a caigo de la línea de vapores Yokohama - Manila, la representación española en Tokio no tiene casa donde establecerse por falta de medios, etc. ...Así el Ministro español ante el Emperador Meiji se queja de continuos desprecios hacia los representantes españoles y de los numerosos ataques de la prensa por ser considerada “menos que a las demás potencias” (14).

 

En consecuencia, el papel que España adopte [p.5] en Filipinas respecto a Japón llegó a ser una relación amor - odio producto de dos deseos contradictorios: Japón era necesario para el auge económico de las posesiones españolas, pero precisamente por esta buena situación del país, se teme su expansión en las Filipinas o en la Micronesia.  Así, mientras la política del Japón se muestra más constante hasta 1898, por parte de España, éstas cambian frecuentemente de tono, dependiendo del balance temor - necesidad en las percepciones de Madrid y Manila.

 

    A principios de la década de 1890. ésta situación de inferioridad se quiso remediar en Manila planteándose una “política disuasoria”, que consistiría en “demostrar la fuerza e importancia de España y lograr hacerse respetar en Japón, desterrar los proyectos japoneses de expansión a costa de las colonias españolas

y   controlar    rigurosamente    la inmigración japonesa a territorios bajo su soberanía (15).  Ilusiones de una política con Japón que no se podía mantener: ... “Su amistad [la de Japón] nos interesa mucho y así para lograr que aquel Imperio se convierta en mercado de los productos filipinos, como para desterrar del ánimo de su gobierno toda expansión o conquista a costa de la integridad de nuestros territorios oceánicos.  Para lograr este fin parecen los medios más consecuentes el temor, dando a conocer con frecuencia al Japón los elementos defensivos y ofensivos con que contamos y el halago por otro” (16).

 

   Si se contuvo temporalmente la expansión japonesa en los territorios españoles parece mas bien por la situación internacional que por la propia acción española.  Temor y halago, dos palabras que no podían significar nada ante Tokio porque el Gobierno de Manila no estaba en situación de hacer temer nada, y porque los posibles halagos españoles significaban poco en el contexto internacional de entonces.

 

Las relaciones mutuas se desarrollan a partir de entonces en tres ejes distintos: Comercial, político y estratégico.

 

III.1. Relaciones comerciales

Ya hemos señalado lo que tardó en surgir el primer intercambio directo mutuo.  Es difícil conocer los datos con exactitud, pero hubo en general poco comercio mutuo en los primeros años de validez y los productos iban, generalmente, en barcos de banderas extranjeras.  En 1877, por ejemplo, la estadística del puerto de Yokohama solo señala la procedencia de los buques, y ninguna es de bandera española (17).  El representante español en Japón informa que “no arribando buque alguno es tarea imposible la de precisar datos de un comercio que aún no existe” (18).  Posteriormente, entre 1879 a 1883, ni las exportaciones ni las importaciones suponen más de un 1 % del total (19). En estos primeros momentos, el producto principal que se le ofrecía a Filipinas para exportar a Japón era el azúcar,  sobre todo el de baja calidad, pero la situación era difícil porque las exportaciones de colonias de Asia Oriental a Europa bajaban por la implantación del cultivo de remolacha, y además se habían desarrollado nuevas plantaciones en el sudeste de Asia.  Además de ello, el tabaco y el abacá eran los principales productos exportados de Filipinas: el arroz y el carbón eran los principales de Japón.

 

En 1884, la situación del Comercio español en Japón no es boyante: Ocupa el lugar doceavo, y el valor es de 18.000 Yenes en las importaciones y 2.500 en las importaciones, frente a unos totales respectivos de 29 y 35 millones.  Las cantidades son mínimas, pero además los productos llegan en bandera [p.6] extranjera, no figura ni una sola casa comercial y los únicos súbditos de España viviendo en Japón son marinos filipinos.

 

No obstante, es a partir de estos momentos, mediados de la década de 1880, cuando el comercio directo empieza a aumentar, pero la iniciativa será por parte de Japón.  En 1886 sale para Filipinas una comisión para estudiar las posibilidades comerciales, en este mismo año el cónsul japonés en Hong - Kong, Minami Teisuke, también emite un informe tras haber observado las Islas (20).  También, por parte de España, las primeras casas de comercio se fundan en estos años en Yokohama: Gil y Remedios y Odón Viñals, ambas relacionadas: y mas tarde otras más pasarán a instalarse también como Gisbert, representados por Selles (21) o una Representación de la Compañía Tabacalera (22).

 

Poco después surge uno de los temas más importantes en las relaciones hispano - japonesas de este período, la implantación de una línea directa de vapores entre Yokohama y Manila.  El proyecto tiene implicaciones muy amplias: en 1888, por ejemplo, se le sugiere al representante de España en Berlín que se implantara una línea entre Manila, México y Japón (23).  Quizás tuviera relación con el tráfico de culíes por medio de la posible implicación de la Compañía Mexicana de Navegación (24), en 1888 se sugiere a España en Berlín una línea que enlazara Manila con Japón y México (25).  Por parte española se considera “... es importantísimo, es necesario, la línea de navegación a que me refiero ... y esto lo pide el comercio de Filipinas y así lo entiende también la Cámara de Comercio de Manila” (26).  No obstante, a pesar de los intentos españoles y de los dos proyectos que hay por medio de la Transatlántica - extendiendo el servicio Barcelona  - Manila hasta Tokio - o de la Casa  de Francisco Gil - proyectaba una línea de vapores - correos con escala en Kobe, Nagasaki.  Shanghai.  Hong-kong y Emuy [Xiamen] (27)-, es, finalmente, la compañía japonesa Nippon Yūsei Kaisha la que estableció la línea en 1891.

 

En la década de 1890, el comercio floreció bastante (28). No están estudiados sino superficialmente estos aspectos de las relaciones, por lo que nos limitamos a ofrecer una lista de los productos: “España enviaba a Japón productos de la tierra, como aguardientes, licores, jerez, vino, aceite de oliva y azafrán, y otros artículos más elaborados como calzados, balanzas y pesos, cables para buques, tapones de corcho, plomo y otros productos textiles: desde Filipinas se exportaban fundamentalmente materias primas : café, fruta fresca, azúcar blanco y moreno, tabaco cortado, aceite de coco, y fibras vegetales: lino, cáñamo, yute, añil y tintes.  A su vez Japón vendía a la península v a sus colonias en Oceanía productos manufacturados principalmente, tales como seda, algodón, abanicos, fósforos, esteras, biombos, pinturas, jabón de tocador, paraguas, quitasoles, termómetros, cristal, cuero, papel, madera y objetos de lana, porcelana y loza (29).  En Micronesia fue el carbón uno de los intereses principales para exportar por Japón, por, parte de la compañía Nippon Yūsei Kaisha, y además establecieron allí plantaciones de copra y de pescado seco.

 

III.2. Relaciones políticas

 

Los Tratados Desiguales firmados por las potencias europeas con Japón representaban unas relaciones de inferioridad en el trato de Tokio con el exterior, por lo que, desde un principio, uno de los objetivos de la Renovación Meiji fue la supresión de las cláusulas discriminatorias.  El tratado de España fue uno de los últimos en ser firmado, por lo que ya [p.7] desde poco después de ser firmado el tratado mutuo, Japón intentó desligarse también con España de la forma subordinada que ligaba las relaciones.  Obvio es decir que el objetivo de Japón no fue solo con España, sino que intentaba cambiar sus relaciones con las potencias occidentales en general: España, en consecuencia, adoptó una postura en línea con el resto de naciones en la misma situación.

 

En 1871, sólo tres años después del Tratado con España, se produce el primer intento capones por modificar la situación, pero la respuesta fue negativa, tal como ocurrió con el resto de las potencias.  Japón, visto el rechazo, buscó una nueva forma de modificar la situación y lo hizo buscando la inaplicación de algunos aspectos secundarios; así, se produjeron tensiones, principalmente, al negarse Japón a conceder pasaportes a los extranjeros que querían viajar al interior del país(30).  A partir de 1889 la postura de Japón volverá a cambiar ante la falta de resultado con la anterior estrategia: En vez de tratar de negociar con todos los países occidentales en bloque decidirá negociar por separado y tratar de resquebrajar la postura de las potencias individualmente.  Para ello, necesitaba utilizar un país con “pocos intereses comerciales ... y pocos súbditos (31), uno que no tuviera interés especial en conseguir una extraterritorialidad para sus súbditos.  Con estas características se encontraba México, que también deseaba firmar un Tratado y que se mostró dispuesto a las nuevas condiciones. Así, ambos países firmaron un Acuerdo en Washington el 30 de noviembre de 1889, en cuyo capítulo IV quedaba reseñado que “Japón quedaba abierto para el comercio Y residencia de ciudadanos mexicanos y las mismas consideraciones eran válidas para los Japoneses en México (32).

 

El precedente sentado por México fue lo suficiente valioso políticamente para romper la postura de dureza occidental.  Esta se resquebrajó empezando por el Reino Unido.  La postura española ante ello fue la de hacer lo que hicieran las otras potencias, pero la débil situación de España retrasó el hecho.  Es en 1894, cuando otras potencias importantes ya han firmado sus respectivos acuerdos en los que se reconocía igualdad de derechos a Japón, cuando Tokio propone firmemente la revisión del tratado.  España parece dispuesta a ello, pero el estallido de la Revolución filipina supuso un nuevo retraso en el acuerdo.  Este mismo año de nuevo empeoraron las relaciones como consecuencia del refugio que suponía el territorio japonés para algunos revolucionarios filipinos, que además publicaban periódicos contra la dominación española.  La intención de la Legación española (en la que había trabajado José Rizal como traductor) de que Japón detuviera a alguno de ellos para que luego fueran juzgados por tribunales españoles, en virtud del derecho de jurisdicción consular recogido en el acuerdo de 1868. agrió las relaciones mutuas: Japón se negó rotundamente, celosa de su política de suprimir la extraterritorialidad.  También hubo problemas por los derechos que debería pagar el azúcar filipino.  En definitiva, ante las pocas cartas que tenía para jugar, España se resistía a entregarlas sin compensación a cambio: “Nuestra situación actual en Extremo Oriente no nos permite hacer concesiones gratuitas”(33) : pero no tenía otro remedio y accedió a la firma del acuerdo el 2 de enero de 1897.  Se         añadió un Protocolo sobre Nacionalizaciones para “evitar que filipinos y japoneses  reprodujesen lo que ocurría con cubanos y yanquis” (34).  España reconocía una relación de igualdad con Japón cuando su [p.8] poder en las Filipinas estaba dando sus últimos coletazos.

 

III.3. Japón, peligro estratégico

 

   La relación entre Japón, en cuanto país en expansión y Filipinas, como un territorio posible objeto de ataque, cargará con un peso muy grande dentro del conjunto de las relaciones hispano - niponas.  La débil presencia hispana en Extremo Oriente era una presa atractiva para la expansión japonesa, necesitado el país y sus dirigentes de buscar nuevos territorios en los que poder liberar parte de su superpoblación.  Además, según avanza el siglo, el sentimiento de amenaza se percibe cada vez más intensamente en la España de la Restauración.

 

   El “Peligro Amarillo” puede ser la palabra mas utilizada para definir  el temor de las autoridades españolas ante China y Japón, pero no lo explica sino parcialmente.  El temor hacia los vecinos asiáticos de las Filipinas - principalmente hacia China en un principio: después, hacia Japón - no es único, porque también se sabía que otras potencias - principalmente  Alemania- estaban ansiosas por quedarse con los territorios españoles.  Pero China y Japón son los únicos posibles enemigos ante los que se percibe que se puede luchar con las fuerzas propias con posibilidad de victoria, mientras que ante la ambición de las Potencias europeas poco se podía hacer sino confiar en factores ajenos al control del gobierno de Madrid, como podía ser la aquiescencia británica o la correlación de fuerzas entre las principales potencias.  Durán, al presentar su Plan Naval de 1882 (vid. infra) cita de pasada los conflictos históricos con Holanda y con Portugal, sin hacer mención a la toma de Manila durante dos años por los ingleses en siglo XVIII; “el [peligro] representado por el Imperio Británico era totalmente insoslayable (35) y lo mismo parecía ocurrir con las otras potencias europeas.

 

Tres temas son los principales en esta percepción ataque - defensa en la relación de España hacia   Japón: Emigración, intentos de adquirir territorios españoles y la Marina de Guerra.

 

III.3. a.   Emigrantes Japoneses

      La especial situación de las relaciones hispano - japonesas de finales del siglo XIX hace que el hecho de la posible emigración de japoneses - tanto hacia Filipinas como a la Micronesia - se convierta en un problema con más implicaciones estratégicas que económicas y a que aquellas prevalezcan y dificulten definitivamente la implantación en gran escala de emigración nipona.

 

¿Porque surge la idea de traer emigrantes japoneses a las colonias españolas?  Tanto en Cuba como en Filipinas, uno de los problemas más grandes para el desarrollo económico era la falta de mano de obra y para ello se buscaron alternativas muy diversas: Emigración de españoles peninsulares, turcos, annamitas (36), chinos, japoneses, etc.  No obstante, si bien en Cuba la emigración china constituyó una posibilidad interesante para solventar parcialmente el problema de mano de obra negra en los ingenios azucareros, en Filipinas no se deseaba, en parte porque ya se consideraba que había demasiados y en parte porque los emigrantes chinos lo hacían solo por unos años, sin familia y con el objetivo de ahorrar la mayor cantidad posible para la vuelta.

El Japonés, frente al chino, es considerado mucho más beneficioso para la economía filipina: “... es dócil, trabajador y cultiva con notable esmero el arroz. tabaco, algodón y seda ... se asimila con extraordinaria facilidad [p.9] al medio ambiente, lo que permite esperar que al poco tiempo de habitar nuestras islas se fundiría con el indio hasta el punto de formar con el una sola y misma raza” (37)  Algo más importante: Podía ser un recambio para evitar las sublevaciones chinas: “aquellos [japoneses] tienen verdadero amor a la agricultura [en oposición a los chinos, dedicados preferentemente al comercio: ... el carácter y aptitudes de los naturales [japoneses] ofrecen no menores ventajas sobre los de la China” (38).

 

  Las bases para la negociación de un tratado mutuo que nunca llegó a firmarse expresan qué interesa a España en este aspecto: la emigración ha de ser de familias y no varones solos, efectuarse libremente mediante contratos directos entre empresas y emigrantes japoneses, han de ser visados por las autoridades españolas, el gobierno se reserva el derecho de expulsar a los emigrantes perjudiciales.  El gobierno español se obliga a vigilar el  cumplimiento de contratos por       los contratistas, así como a la protección de       los japoneses en las mismas condiciones que los filipinos por medio     de   una    Junta    de la    Emigración Japonesa” (39). Hubo intentos fracasados    de emigración a las islas Marianas en 1868 y 1872 y un nuevo interés del Encargado de Negocios de Japón en 1888 (40), pero no pudieron funcionar.  El espíritu de aislamiento y la suspicacia del sistema colonial, el monopolio de los mercados por las demás potencias, etc..... son factores que contribuyeron a que la emigración japonesa a Filipinas no se diese a tiempo.  El hecho de que el proyecto de acuerdo arriba mencionado no se diera hasta 1891 revela la lentitud de la burocracia española y la ausencia de canales privados anteriores que impulsaran esa emigración desde las Filipinas.  Fue precisamente por el interés de un empresario particular de entonces, Felipe Canga - Argüelles - antiguo secretario del Gobierno General de Filipinas y propietario de una concesión en Palawan. interesado en exportar maderas a Japón y en cultivar arroz, maíz, tabaco, algodón y café -, por quien parece que comenzaron las gestiones para un acuerdo mutuo de emigración.  Faltó la iniciativa particular en una operación en la que el papel del Estado fue demasiado importante.

 

Una vez iniciadas las gestiones para una emigración en mayor escala, los problemas estratégicos que suscitaba Japón se sentían mucho más profundamente e influyeron decisivamente en el freno que se puso a esta emigración.  No eran solo los brazos que podían solventar la escasez de mano de obra en Filipinas, sino que detrás de ellos estaba un país  en constante progreso con unos interese más o menos claros de expansión hacia el sur en los que podían caber los dominios     españoles.    Los    problemas  que surgieron entre Japón y Estados Unidos en Hawai’i a raíz de la colonia japonesa de emigrantes japoneses (1892) y la creación de un Negociado de Colonización dependiente del Ministerio    de    Asuntos     Exteriores (1896) sirvieron para aumentar este temor español (41).

 

La posición queda clara ante el interés  mostrado     en    Tokio     ante    una     posible emigración a las Islas Carolinas: En 1892,  se pregunta     al  Gobierno     español  sobre     la posibilidad de enviar dos mil colonos a las  Carolinas Orientales.  Posteriormente. en el mismo año, es el propio Ministro de Exteriores Japonés, el Vizconde Enomoto, el que solicita respaldo para una compañía relacionada con él que pretende comerciar con pescado seco (para vender a China) y con cocos (para vender a Japón).  En esos momentos España acababa de sufrir una revuelta de los [p.10] ponapeanos que habían matado a la gran mayoría de la guarnición y Enomoto señala además que los japoneses solo se preocupan de comerciar y “no se ocupan de cuestiones religiosas” (42).  Otra propuesta - quizás la misma hecha por diferente camino - de autorizar la inmigración de mil campesinos en Ponapé hecha al Gobernador Político Militar de Ponapé también es rechazada, “vendría a menguar nuestro dominio y nuestro prestigio ante los naturales.” (43). Sobre la emigración a Filipinas poco sabemos, sino que había un temor menor por ser la población mayor, lo que permitiría absorber la población japonesa (44). Se temía que los japoneses pudieran comprar terrenos en Filipinas (45).

 

La postura española contraria a la inmigración permanece así de cerrada hasta la salida en 1898. No obstante, la realidad cambia ligeramente, porque las autoridades no podían evitar la llegada de particulares y el negocio de los japoneses, que se dedicaban a comerciar con los Carolinas.  Así, existieron dos empresas niponas en Carolinas y además otros nipones que se instalaron allí, algunos en islas deshabitadas; en general,  todos ellos escapaban del control de las autoridades.

 

 En la decisión española, como vemos, las razones económicas se subordinan a los militares.  La posición de España había de ser contradictoria: los emigrantes japoneses  habían de ser beneficiosos para el desarrollo de las posesiones, pero este beneficio inicial podía revertir finalmente en perjuicio de España si su presencia era numerosa.  España, como “nación moribunda” no tenía otra alternativa qué mirar a corto plazo.

 

III.3.b. Deseos japoneses de adquirir territorios españoles

 

En medio de las conflictivas relaciones hispano-japonesas de finales de siglo surge una cuestión que alterará fuertemente la visión española de Japón: La expansión japonesa hacia el Sur, que llegará a hacerse con una frontera común con las posesiones españolas en el Pacífico.

 

No hay más que datos dispersos sobre el presunto expansionismo japonés y sus posibles deseos de abarcar territorios españoles, por lo que no podemos saber una sucesión aproximada de estos acontecimientos ni cuales eran las intenciones de Japón en base a documentación japonesa (46).  No obstante, por la documentación española se puede vislumbrar un creciente interés por los territorios españoles, en especial sobre las Islas de la Micronesia (47).

 

Desde 1876 aparecen los primeros intentos japoneses por extenderse en la Micronesia.  En este año, el vizconde Enomoto Takeaki, principal impulsor de la política expansionista japonesa, “inició preguntas, aparentemente no autorizado por su gobierno, sobre la posición del gobierno español para vender las Islas Marianas y las Palau” (48).  Posteriormente, en 1887 fueron ocupadas las islas Kazan (49) y en 9 de septiembre de 1991 se tomó posesión de ellas.  Aunque el Archipiélago estaba deshabitado, era de la misma cadena montañosa de la que emergen las Islas Marianas, por lo que tal vecindad - aunque fuera muy relativa - provocó ansiedad en Manila sobre qué deseo abrigaba Japón respecto a este Archipiélago, sobre el que ya habían formulado los japoneses sus intenciones de comprarlas en 1880 y 1887 (50).

 

Así, cuando fue preguntado al Gobernador de Manila si barcas japonesas podrían faenar en una zona entre Formosa y Filipinas, alrededor de las islas Batán (51) fue negado el permiso(52).  Convocada en el Ministerio de Ultramar la Junta de Pesca, decide informar [p.11] que “los intereses españoles en Oriente impiden dicha concesión a los extranjeros “y mas concretamente a los japoneses”” (53).  Una nueva pretensión de adquirir las Marianas en 1890, muestra lo dispuesta que se mostraba la prensa japonesa a la expansión hacia el sur y lo extraño que se veía que unos barcos pesquemos faenaran a 1.600 millas de sus puertos fueron los motivos aportados para tal decisión.

 

También, antes de la Guerra con Estados Unidos, el mariscal Yamagata había declarado que Japón estaba dispuesto a comprar las Filipinas a España por 40 millones de libras esterlinas (54).

 

III.3.c. Problemas defensivos del imperio español

 

El progreso del Japón Meiji tiene una incidencia especial para España: La defensa militar de las Filipinas ante su expansionismo.  Si había un peligro del que eran conscientes las autoridades españolas fue el de la posibilidad de perder las Filipinas ante un ataque exterior, que obviamente debía de venir por mar.  Ante ello, la capacidad de defenderlas por medio de la Armada española en el Pacífico era mínima, con una carencia de buques permanente, en el que, además, era el medio necesario para la supervivencia económica y las comunicaciones.  El envío rápido de buques en caso de conflicto se facilitaba con la apertura del Canal de Suez y el menor tiempo que duraría el viaje de la península a Filipinas; no obstante, España no tenía estaciones intermedias para carbonear, y los únicos buques que no tenían necesidad de ellas hasta la llegada a Filipinas eran los acorazados de más de 12.000 Toneladas, a los cuales su calado los impedía pasar por el Canal de Suez.  En consecuencia, ante un posible conflicto en Filipinas, la escuadra española, tenía que depender de la voluntad de otros países para el envío de refuerzos.

Dentro del peligro que suponía la defensa de las Filipinas, el posible ataque por China o Japón era especialmente valorado.  La superioridad de las fuerzas navales de ambos países sobre la de Filipinas y que la posible “llegada de un invasor de la misma raza pueda ser recibida no ya con recelo, sino con alborozo”(53) hacían temer especialmente un ataque desde cualquiera de estos países.  Aunque se confiaba en que la Marina española sería en conjunto superior, se preveía que una vez derrotadas las flotas asiáticas, el dominio español sobre el Archipiélago no sería el mismo, porque seguramente se tendría que hacer frente después a una sublevación de los propios filipinos, Acosado el Imperio Español en el Caribe y en el Pacífico, la conclusión hecha por el coronel del Ejército Mayor del