
Espacio, Tiempo y Forma.
Serie V, Historia Contemporánea,
T. 7, pp. 179. Madrid, UNED, 1995: 387-405
Separata de Espacio, Tiempo y Forma.
Colegio libre de Eméritos,
Madrid, UNED, 1995, pp. 387-405
"
La
Representación por España de los intereses japoneses durante
Florentino Rodao
Una de las facetas más calladas dentro de las relaciones internacionales son
las acciones humanitarias y dentro de las relaciones hispano-japonesas quizás
el momento más importante en este aspecto fue la protección por España de los
intereses japoneses durante la Guerra del Pacífico. Desde su estallido el 7 de
diciembre de 1941 hasta que la renuncia hispana a esta defensa de los intereses
japoneses, el 21 de marzo de 1945, pasaron cuatro años en los que el Imperio
del Sol Naciente dependió en gran medida de la acción de los españoles en esta
faceta tan tenida en cuenta con Tokio.
El marco para la acción española eran los acuerdos de carácter internacional
establecidos con el objeto de reglamentar unos "procedimientos
humanitarios", en los conflictos bélicos. Estos habían sido actualizados
en Ginebra, en 1929, basándose en la experiencia de la I Guerra Mundial y
habían establecido la obligatoriedad de ayudar al personal militar herido o
enfermo y los derechos de los prisioneros de guerra. Por último, también se
acordó el establecimiento de potencias neutrales ‑que serían nombradas
por los países en guerra‑ para salvaguardar los intereses nacionales en
territorio enemigo. Entre otras tareas, los representantes designados por las
naciones enemigas tendrían derecho a inspeccionar las condiciones de los
prisioneros y su derecho a un tratamiento humano en los países con los que
estaban en guerra.
Así, Japón necesitó de estas naciones neutrales para cuidar de sus nacionales
en territorio enemigo. Además de Estados Unidos y el Reino Unido, se vio envuelto
en multitud de rupturas diplomáticas y declaraciones de guerra; en el
continente americano, unos gobiernos declararon inmediatamente la guerra a
Japón y al resto de los países del Eje (Costa Rica, la República Dominicana y
los pequeños países de Centroamérica declararon la guerra a Tokio sólo una
semana después del ataque a Pearl Harbor) mientras que otros se limitaron en un
principio a romper las relaciones (Cuba, Venezuela, Brasil o México). La
actitud neutral fue encabezada en este continente por Argentina, al declarar el
9 de diciembre de 1941 que cumpliría con sus obligaciones internacionales, es
decir, que seguiría las relaciones con el Eje. Tras la Conferencia de Rio de
Janeiro a fines de enero de 1942 quedaron únicamente ése país y Chile sin
romper relaciones ni declarar la guerra a Japón, resistiendo a la presión de
Washington para adoptar una actitud más dura contra Japón. Aún así, ni siquiera
la posición de estos dos países fue la de una estricta neutralidad, pues
Santiago y Buenos Aires se unieron a los principios de "Solidaridad
Continental" aprobados en la Conferencia y Washington ‑al contrario
de lo que ocurrió con el resto de los implicados en la II Guerra Mundial‑
nunca recibió en estos países el estatuto de "País Beligerante".
Tokio, en consecuencia, necesitó designar potencias neutrales y para ello
solicitó a cuatro países proteger sus intereses en el mundo: Portugal, España,
Suiza y Suecia. Entre ellos, fue España el país que tomó esta tarea en la mayor
parte del continente americano, a excepción de Portugal, que se encargó de
México y Guatemala.[1]
Así, Madrid tomó poco después del comienzo del conflicto la representación de los
intereses en Estados Unidos, Canadá, Colombia, Cuba, Ecuador, Panamá, San
Salvador y Venezuela. Poco después, lo hizo con Uruguay, Bolivia, Brasil y Perú.[2] No es difícil
imaginar que al gobierno español le cayó la papeleta más difícil, puesto que se
quedó a cargo de representar los intereses japoneses en los países donde había
colonias niponas más importantes, como Perú y Brasil y donde, además,
interesaba más esa labor, como era Estados Unidos, "el país en el que
nuestros intereses son mayores y sobre el cual nosotros estamos más profundamente
preocupados".[3]
La razón por la que España fue elegida por Japón para una tarea tan
importante fue una mezcla motivaciones de carácter técnico y político,
probablemente prevaleciendo el segundo. Dentro de las razones técnicas, hubo de
influir el hecho que España tenía la red diplomática más numerosa y extendida
en los países americanos para poder desarrollar esa tarea, algo que que hubo de
ser muy importante, pues una buena parte de los emigrantes nipones instalados
en América Latina vivían en áreas rurales. Por otro lado, ya había una
experiencia anterior de representación de intereses, pues Madrid había
representado los intereses de Japón en Alemania durante la I Guerra Mundial.
Dentro de los aspectos políticos, la amistad mutua y la identificación
anticomunista también hubo de influir fuertemente, Se suponía que los
funcionarios españoles habían de ser más favorables a los intereses de Japón como miembro
del Eje, al que los españoles estaban tan cercanos y de hecho Madrid ya estaba
actuando como país protector de Italia y Alemaniadesde el comienzo de la guerra
en Europa. No es extraño que este hecho se tomara en cuenta y esa amistad
también fue considerado por Estados Unidos para no encargar a España la
protección de sus intereses en Japón, aunque
fue uno de los países apuntados por el Embajador Crew tras ser detenido en la
Embajada norteamericana en Tokio.[4] Además,
más allá de estas amistades políticas, a través del primer telegrama sobre la
cuestión enviado a Estados Unidos, podemos obtener pistas que permiten
pensar en una utilización de esa representación de los intereses japoneses como
canal para la recolección de información confidencial en dirección a Tokio:
"A petición gobierno japonés, España acepta encargarse sus intereses en
éste país. Sírvase vd. comunicarlo ese gobierno, ordenando nuestros cónsules de
carrera háganse cargo respectivos Consulados japoneses. Informe urgentemente
ciudades donde exista consulado japonés y no español.[1 palabra perdida] para
respectivas zonas posibilidad incluirlas en jurisdicciones consulares
españolas. Gobierno japonés encarece especialmente protección total Embajada y
Consulados Nueva York, San Francisco, Chicago, Los Ángeles, Portland, Seattle,
Nueva Orleans y Boston. Propóngame
urgentemente personal y presupuesto considere necesario para cumplimiento
nuevas funciones, indicando si en respectivas colonias existen españoles de
confianza no significados ante autoridades norteamericanas como
"quintacolumnistas", cuya colaboración pueda utilizarse en
cumplimiento esta misión de alto interés nacional".[5]
Multitud de tareas esperaban a los diplomáticos españoles una vez que se
decidió aceptar el encargo japonés. Tras la entrada de los Estados Unidos
en el conflicto, las medidas contra los súbditos del Eje no esperaron mucho
tiempo, alrededor de 3.000 alemanes e italianos fueron detenidos por esta
agencia, tras discernir entre los partidarios y entre los opuestos a las ideas
totalitarias. Si embargo, no hubo un esfuerzo con los japoneses y la gran
mayoría, más de 60.000 personas, tanto de primera como de segunda o tercera
generación, fueron internados en alejados Centros de Realojamiento de Guerra
(War Relocation Center), sin discriminación de sus ideas políticas, en
parte por temor a que pudieran suministrar información a Tokio.[6]
En el resto del continente se siguieron las medidas de Estados Unidos, con
mayor o menor dureza. Canadá y México tomaron también medidas contra los
japoneses casi simultáneamente a las de los Estados Unidos, Perú creó un centro
de detención para japoneses por su propia cuenta, enviando algunos de ellos a
Estados Unidos, Cuba también estableció un programa de detención con Washington
y en Venezuela, igualmente, fueron deportados 300 japoneses que habían entrado
ilegalmente. Ocasionalmente, fue dispuesta la evacuación de los subditos
japoneses a los Estados Unidos, así
como la censura en sus comunicaciones o el bloqueo de sus fondos
bancarios. No obstante, la principal comunidad japonesa en Suramérica,
Brasil, con alrededor de medio millón de personas, no sufrió grandes problemas
y pocos de ellos fueron molestados.
Los funcionarios españoles, desde un principio, hubieron de visitar los campos
de internamiento y detención y realizar giras de inspección cada cuatro o seis
semanas para comprobar las condiciones de estancia. Quizás el trato fue peor en
Latinoamérica que en el norte del continente, precisamente porque a los
maltratos se sumaron los traslados fuera de sus fronteras, tanto a Estados
Unidos como dentro de la región y el Campo de Internamiento
"Balboa", en Panamá, reunió los internados de este país y de Costa Rica.[7]
En otros casos, como en Bolivia, el embajador español hubo de luchar
duramente para evitar la promulgación de una orden y evitar la evacuación de
todos los súbditos del Eje del país.[8]
En ocasiones, se contrataron a japoneses para cubrir estas tareas, los cuales
trabajaron también como un canal de comunicación con Tokio informando de los
problemas de la comunidad. En Madrid, por su parte, para cubrir específicamente
éstas tareas, se creó el 29 de enero de 1942 la Oficina Central de Protecciones
en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Los resultados de la labor española se pudieron ver pronto y en febrero de 1942
los diplomáticos españoles en Estados Unidos ya habían visitado todos los centros
de realojamiento de la costa oeste. El 27 de marzo, por ejemplo, llamaron la
atención sobre la diferencia entre la lista de detenidos del FBI y la de la
Cruz Roja y, además, inquirieron sobre el carácter de la detención y sobre si
se arrestaría también a los estudiantes. Las solicitudes españolas para
investigar las condiciones del internamiento generalmente eran cuestionadas por
los norteamericanos, quejándose de la imposibilidad para los diplomáticos
suizos de hacer lo mismo en Asia Oriental
con los detenidos estadounidenses,[9] pero de alguna
forma la labor de los españoles era facilitaba por el temor a un reciprocidad
japonesa caso de recibir un informe desfavorable de los españoles.[10]
Quizás la labor más llamativa de esta labor fueron los dos intercambios de
civiles entre Estados Unidos y Japón durante la Guerra, organizados
conjuntamente por Suiza y España, uno en el mes de junio de 1942 y otro en septiembre de
1943. Los japoneses fueron acompañados por un secretario de la Embajada
española en Washington y esa participación fue utilizada propagandísticamente
por Madrid.[11]
La más complicada, por su parte, era la derivada de la pobreza de recursos que
generó la ola antijaponesa entre los no detenidos. Las Listas Negras de
negocios japoneses resultaron desastrosas para su bienestar.[12]
Además, sufrieron bloqueos de fondos en los bancos, pérdidas de trabajos,
internamientos forzados y destrucción en sus propios negocios. Precisamente
estas dificultades motivaron la primera demanda hispana al gobierno de
los Estados Unidos, el 22 de enero de
1942, solicitando organizaciones caritativas para ayudar con dinero a los
japoneses.[13]
Esta necesidad de ayuda financiera hizo que España recurriera también al
gobierno japonés para solventarla, señalando que entre los japoneses internados
y sus familias había una necesidad de inmediata ayuda financiera.[14]
El gobierno japonés, en un principio, estaba en contra de las remisiones de
dinero, ya que la Convención de Ginebra afirmaba que las provisiones
para los internados y sus familias debían ser provistos por el país donde
estuvieran instalados.[15] No obstante, tras las ayudas de los españoles
en la representación de intereses se dispusieron fondos para ello, aunque
teniendo crecientes dificultades.[16]
No está claro de dónde salían estas cantidades, pero sí hay constancia que Tokio hizo lo
posible para enviar el dinero que se necesitaba, por medio de perlas o de gemas
preciosas, o bien usando 500.000 Dólares en metálico dejados en la Embajada en Washington.[17]
Además, el destino final del dinero que se quiso o se hizo llegar a España es difícil
que se conozca, puesto que mientras en ocasiones fue usado para ayudar
financieramente a los súbditos japoneses, en otras también pudo ser usado para
las actividades de espionaje. Así, los Estados
Unidos siempre hicieron lo posible por evitar los envíos a los españoles y
gracias a su decodificación de las comunicaciones diplomáticas tanto españolas
como japonesas, fueron descubiertas algunas de estas operaciones. El
seguimiento de las operaciones fue hecho por el servicio de contra-inteligencia
para evitar el uso de este dinero por los funcionarios españoles.[18]
Hubo de haber otras operaciones con éxito de envío de dinero y, por ejemplo, la
Legación en Brasil tenía aún una gran cantidad de fondos cuando cesó en su
encargo, en 1945.[19]
Esta dificultad para poder ayudar a los necesitados nos muestra claramente las
dificultades que hubo para ejercer está función, que no estaban relacionadas
sino indirectamente con la marcha de los acontecimientos, puesto que los
afectados eran población civil. Además de la dificultad de enviar dinero,
estuvieron las presiones que tanto japoneses como americanos trataron de
ejercer sobre los funcionarios españoles para sus propios propósitos. Como ya
hemos visto, los funcionarios de Estados Unidos intentaron presionar a los
españoles como una forma de conseguir que Tokio permitiera a los suizos las
visitas a sus detenidos en los territorios ocupados por Japón (Suiza, como ya
hemos señalado, sólo podía visitar detenidos en la metrópoli, además de en
Shanghai, pero no en otros lugares).
Siguiendo con las dificultades que encontraron los españoles para ejercer la
acción humanitaria, los gobiernos americanos intentaron limitar la acción de
los españoles y hasta finales de 1942 no se comenzó a saber entre los
internados en Estados Unidos que podían expresar sus quejas al gobierno japonés
valiéndose de la mediación del cónsul español. Aun así, para un detenido o
"realojado" podía ser comprometedor solicitar la intervención de
alguna potencia neutral en cuanto podía ser estigmatizado como pro-eje y ello
significaría un mayor control hacia él.[20]
Además, se intentaron acotar las funciones de los españoles como, por ejemplo,
limitar su campo de actuación a los japoneses de primera generación, tal como
señala el siguiente memorandum enviado a los directores de los Centros de
Realojamiento: "España es la potencia protectora de los intereses japoneses en Estados Unidos[...] a este respecto, tiene
que entender que Estados Unidos no considera que los evacuados en los campos de
realojamiento hayan sido internados[...] Básicamente, el representante español,
tiene su función con extranjeros, es decir, los súbditos japoneses en este
caso...".[21]
Por su parte, los japoneses, tanto los internados en Estados Unidos como el
gobierno de Tokio, también intentaron usar el "canal español" para
transmitir mensajes más allá de lo humanitario o para infundir mensajes
propagandísticos entre las colonias arrestadas.[22]
Ante ello, Madrid se volvió cada vez más receloso al envío de todo tipo de mensajes
y el Ministro ante este gobierno, Suma, le avisó a su Ministerio de Exteriores o Gaimushô
de "ser más cuidadoso con el tratamiento de los mensajes, ya que no
queremos poner al gobierno español en un compromiso".[23]
Si bien las presiones para cualquier tipo de labor humanitaria son normales en
cualquier momento, y más aún en tiempo de guerra, el fuerte predominio de los
fines políticos sobre los humanitarios lastró en buena medida esa defensa de
los nacionales japonesas. Tanto Tokio como Madrid buscaban por medio de la
labor de representación victorias políticas para sus propios propósitos; pero
si bien estos propósitos tuvieron ciertos puntos en común al comenzar la
guerra, fueron desapareciendo según continuó el conflicto. Así, mientras que
Tokio usó constantemente los presuntos maltratos de los internados en los
Estados Unidos para propósitos propagandísticos internos, Madrid se desentendió
cada vez más de esa tarea de potencia protectora por la necesidad de mostrar a
los aliados una posición independiente frente a la de los países del Eje.
Ya desde el verano de 1942 se puede comprobar que, ni Tokio estaba contento con
la actuación de los españoles, ni los españoles tenían muchos deseos en gastar
fuerzas defendiendo nipones. Tokio necesitaba cada vez más noticias sobre
maltratos a japoneses y los españoles escasamente les ayudaban, entre otras
razones por una fuerte campaña de prensa contra España en los países americanos
por encargarse de esos intereses. Con ello, el interés que pudieran tener el
Ministerio de Exteriores españoles y sus funcionarios en llevar a cabo una
buena tarea quedaron reducidas a su espíritu de profesionalidad, sin ninguna
recompensa adicional en un plano político. En junio de 1942 encontramos las
primeras quejas japonesas sobre las tareas de España, con ocasión del primer
intercambio de civiles entre los Estados Unidos y Japón, ya que algunos de los
seleccionados por Tokio para regresar prefirieron permanecer en territorio
americano. Este rechazo de sus propios súbditos motivó variaciones en las
listas de repatriados y, en consecuencia, un fuerte enfado de Tokio. Sobre
ello, el ministro japonés de exteriores, Tôgô aseguraba a su ministro en
España, Suma Yakichirô, que "todo el mundo" en Japón estaba muy
preocupado, porque algunas de las personas que ese gobierno estaba interesado
en repatriar y que habían sido incluidos en anteriores listas, no estaban
incluidos en la definitiva. Acababa el telegrama señalando: "Este Embajador
Español en Washington [Cárdenas]...
parece que ha tomado las explicaciones premeditadas y engañosas de los
americanos en su significado literal. Esto lo encontramos difícil de creer. Ha
sido incapaz de dar alguna buena razón por tal actitud de su parte".[24]
Las quejas japonesas contra la actuación española se incrementaron cuando
el primer barco de intercambio llegó a territorio japonés y los ex-internados
pudieron hablar sobre las condiciones de la detención. El 16 de septiembre de
1942, el Ministro de Exteriores Tôgô envió un telegrama circular a las
representaciones japonesas dando cuenta de las informaciones de estos
funcionarios, en las que explicaba que habían sido sometidos a
"tratamientos inhumanos". Las acusaciones incluían
"terrorización", robo, tortura, violación, malas condiciones de vida
en los campos de internamiento, azotes, extorsión y saqueo de los almacenes
japoneses, concluyendo que los cargos "muestran la falsedad de los
informes del Embajador Español, quien
nos asegura que todo está yendo bien".[25]
Es difícil saber lo que había de cierto en las manifestaciones de los
regresados a Japón y hasta qué punto estas acusaciones fueron producto de la
tensión de los tiempos de guerra. El Ministro japonés acusó a los españoles,
también, de ser escasamente cuidadosos y precipitados en sus investigaciones y
en sus negociaciones con el gobierno estadounidense y buena parte de estas
quejas había de estar motivada por esas necesidades propagandísticas sobre el
carácter inhumano de los norteamericanos hacia los japoneses.[26]
Quizás lo mas interesante es que se señalara el ejemplo de Suiza, que tenía
varios ayudantes dedicados a cuidar de los intereses extranjeros en Japón, al
sugerir que probablemente los españoles necesitaran emplear ayuda extra para su
trabajo de protección.
A partir del mes de agosto de 1942 el Conde de Jordana pasó a ocupar la
cartera de Exteriores en sustitución de Ramón Serrano Suñer, comenzando a dar
su giro hacia la neutralidad precisamente en relación con Japón.[27]
Aunque las ideas podían ser parecidas a las de Serrano Suñer, la actitud de
Jordana tenía un talante radicalmente diferente y menos comprometida
abiertamente con los países del Eje. Varios hechos muestran un cambio, como es
el el caso del espionaje: aunque autorizó aparentemente a que siguiera
funcionando, afirmó que siempre negaría conocer su existencia, lo que a la
larga acabó con su funcionamiento. Después, el 29 de octubre de 1942, además,
el embajador nipón Suma Yakichirô recibió la primera nota verbal española
"con un lenguaje fuerte" protestando por el tratamiento a sus
súbditos en Filipinas y pudo darse cuenta cómo el cambio de ministro al frente del
Ministerio afectaría a los aspectos más importantes de las relaciones
hispano-japonesas: "Bien, nosotros ya no tenemos más a Suñer, hemos de tratar con un nuevo
ministro [Jordana] que tiene carta blanca, y si no hacemos por adaptarnos a él,
no solamente dejará de ayudarnos a representar los intereses japoneses, sino
que también cesará en permitir a su país ayudarnos en el espionaje".[28]
Y si bien la etapa de Jordana en el Ministerio de Exteriores atenuó la amistad
con el Eje, no aumentó el interés por cumplir con la labor humanitaria. Peor
aún, lo disinuyó al ser cada vez más sensible el gobierno español a la mala
imagen que le reportaba ese lazo, siquiera humanitario, con Japón. Las
dificultades políticas superaban con mucho a las de otro tipo y José María
Doussinague, recién nombrado número dos del MAE como Director General de
Política Exterior, le comentaba a un miembro de la Legación japonesa,
"(...)las relaciones con México son muy malas y con Cuba, muy tensas.
Nicaragua ni siquiera nos reconoció para representar los intereses de Alemania
e Italia, lo que fue vergonzante para
nosotros".[29] Y si Doussinague lo sugirió, el
Embajador en Washington, Cárdenas, se lo dijo directamente al Ministro japonés
Suma durante una visita a Madrid: "La representación por España de los
intereses japoneses ha sido objeto de toda clase de desprecios y está valiendo
a la Embajada de España su
popularidad". La posición cada vez más pro-estadounidense no fue privativa
de Madrid y también Chile y Argentina acabaron rompiendo relaciones con Japón.[30]
En definitiva, la marcha política de las relaciones mutuas no favoreció el buen
cumplimiento de la labor humanitaria, aunque ésta se siguió desarrollando. Las
detenciones y los presuntos malos tratos de súbditos japoneses en los Estados Unidos
siguieron siendo uno de los asuntos más espinosos y los españoles informaron de
conflictos cuando éstos aparecieron, como uno que ocurrió en el "Centro de Realojamiento Manzanares" en
diciembre de 1942, en el primer aniversario del estallido de la Guerra,[31]
o sobre una huelga de los japoneses internados en el "Centro Poston"
(Arizona),[32] pero también cooperaron para allanar las
sospechas o, como en el último caso, echaron la culpa de los disturbios
principalmente a los Issei, o japoneses emigrados de primera generación.
El Campo Lake Tule, que desde el verano de 1943 fue convertido en
el centro receptor de los súnbitos japoneses potenciamente más problemáticos,
llegó a ser el asunto más problemático en la representación de los intereses
japoneses en los Estados Unidos y en
ello parece que los españoles trataron de ayudar a los norteamericanos, aunque
también intentando defender los intereses japoneses de alguna forma.[33]
La necesidad propagandística japonesa de profundizar en la utilización
propagandística de los malos tratos continuó. En el otoño de 1943, el
Ministro de Exteriores Shigemitsu instruyó a Suma informar al Gobierno
español que estaba fuertemente decepcionado por el tratamiento dado a los
súbditos japoneses en el hemisferio occidental: "Sus afirmaciones [las de
los informes españoles] han incitado al pueblo y pueden muy bien llegar a ser
una cuestión para el Consejo de
Ministros".[34] Poco después pidieron un informe urgente
sobre las condiciones de internamiento al embajador español en Washington, explicando que "la opinión
pública en casa se esta poniendo tensa".[35]
Sin embargo, el comienzo del fin de la hegemonía militar de Japón y del Eje
aislaban cada vez más a este país y Tokio no pudo ir más allá en sus
quejas contra España, habiendo de resignarse a pedir a España que también
representase sus intereses en Chile en octubre de 1942, cuando ya se preveía la
ruptura de relaciones,[36]
a lo que España se negó.[37] Tokio nunca respondió a los informes
españoles que se referían a condiciones aceptables en esos Campos de Realojamiento[38]
y continuó usando el presunto maltrato a estos internados como un arma
propagandística. Para ello, algunos informes españoles también fueron usados
por el gobierno japonés para especificar cuáles eran las quejas sobre la mejora
de condiciones, como es el caso del uso de la policía militar.[39]
Fue en el año 1944 cuando la cooperación política entre Japón y España
se cortó definitivamente y la tensión de las relaciones llegó incluso a la
opinión pública por medio del diario Arriba, en un acto muy
significativo para el régimen franquista.[40]
Un dato que aparece clave en el cambio de esta posición española fue, en enero
de este año, la presunta confirmación en Estados Unidos de la llamada
"Marcha de la Muerte" en Filipinas, tras la rendición de Bataan por
las tropas norteamericanas y filipinas en enero de 1942. Miles de estos
soldados habían muerto, tras haber sido hechos prisioneros, a causa de las
condiciones en las que les hicieron llegar al centro de detención.[41]
Ello hubo de ser clave para que Madrid instruyera a sus Ministros en Tokio y
en Berna, por primera vez en la guerra,
para presionar al gobierno japonés con el objeto de conseguir que sus
prisioneros en el Asia Oriental fueran visitados por los
representantes suizos "y con ello quitar argumentos a la campaña contra España"[42]
Finalmente, las relaciones se deterioraron según el curso de la guerra
favorecía cada vez más a los Estados Unidos y España acabó utilizando en el mes
de marzo de 1945 la renuncia a la defensa de los intereses japoneses el 17 de
marzo de 1945, como paso previo a una ruptura de relaciones (12 de abril de
1945) y posiblemente a una declaración de guerra, alegando Madrid masacres de
españoles en las Filipinas.
La conclusión principal del presente trabajo sería saber si los españoles cumplieron
correctamente su función, pero ello es extremadamente difícil. No podemos
comprobar lo que los diplomáticos vieron o escucharon ni saber a ciencia cierta
si quisieron plasmarlo en los informes. La documentación encontrada en el
Archivo del MAE tiende a mostrar que las quejas japonesas tenían algo de razón
y que la tarea de protección nunca fue llevada muy intensamente en el caso
japonés, quizás sí en los casos alemán o italiano. Aparece claro, no obstante,
que faltó el apoyo institucional alentar una labor tan complicada; no tenemos
constancia de ninguna orden desde Madrid animando a los diplomáticos y, por
otro lado, sus actividades fueron fuertemente escrutadas, al menos en los Estados Unidos, puesto que se temía el uso
de estos funcionarios como un canal para actividades de inteligencia.[43]
Por otro lado, los españoles habían de saber bien las sospechas que recaían
sobre ellos, aunque sólo se quisieran dedicar a la labor humanitaria.
Entre los factores positivos, habría que destacar que el papel de España parece
haber sido importante para la aceptación por Japón de un segundo intercambio de
civiles con Estados Unidos. Las dificultades fueron mayores que en el primer
caso, por las demandas de otros gobiernos con sus propios detenidos japoneses,
por la decisión de Franklin D.
Roosevelt de prohibir más intercambios de civiles y por la fría respuesta
japonesa.[44] No obstante, es posible que el Embajador
Cárdenas influyera decisivamente. El 26 de abril de 1943 prometió usar
toda su influencia, por medio de Madrid y del Ministro en Tokio, Santiago
Méndez de Vigo, para lograr un segundo intercambio y poco después, el 1 de
mayo, llegó el primer signo de un cambio en la posición japonesa que acabó con
el intercambio que finalizó con la llegada del buque Gripsholm a Nueva York con los evacuados, el 2 de
septiembre de 1943.[45] Además de esta función que no estaba
prevista, España fue solicitada por Japón para otros asuntos, como protestar al
gobierno británico por el tratamiento a los japoneses en la India o por el
Manchukuo, para solicitar que se encargaran de la representación de los escasos
intereses en Italia.[46]
Por su parte, Madrid solicitó a Japón interceder para saber el paradero de un
alférez de la División Azul en la Unión
Soviética.[47]
No obstante, hemos visto con anterioridad una cierta decepción nipona. Cuando
encargaron esta tarea esperaban una "neutralidad benevolente" hacia
ellos y, sin embargo, se puede decir que los españoles, si la tuvieron, fue a
favor de los norteamericanos, no de los japoneses.[48]
Las documentación consultada confirma la impresión que quisieron dar los
españoles en Estados Unidos de intentar evitar cualquier clase de represalia en
los territorios japoneses.[49] En ningún momento la defensa de los derechos
de los japoneses en los Estados Unidos provocó un serio problema en las
relaciones hispano-norteamericanas. Es más, al contrario que con los suecos, la División Especial encargada de
los internados encontró al gobierno español "un firme y leal amigo",[50]
con los mismos objetivos que el Departamento de Estado.
Resulta difícil discernir si las críticas japonesas fueron motivadas
principalmente por el momento especialmente tenso de la Guerra o si tenían una
justificación basada en hechos
reales. España, sin una
tradición clara de neutralidad como Suiza,
no tenía ganado el respeto en una labor como la defensa de los intereses de
otras naciones y su fuerza moral para hacer valer sus puntos de vista fue
escasa.[51] La falta de algún conflicto en este
sentido puede sugerir que quizás no se llevó a cabo con la suficiente energía
una tarea que debía de llevar a continuas tensiones con los funcionarios del
gobierno estadounidense: "El consenso de aquellos que trataron con los
españoles fue que representaron los intereses escrupulosamente, aunque no
fueran tan enérgicos como los suizos".[52]
La estrecha relación de esta labor humanitaria con las dificultades políticas
del régimen de Franco se revela claramente en una nota de prensa aparecida el 2
de noviembre de 1942, poco después de la llegada de Jordana al Ministerio de
Exteriores por segunda vez. En su texto, la referencia a los problemas tenidos
en América Latina por la relación con Japón es clara: "ante la reiteracón
de la campaña que en algunos países de América viene desarrollándose desdehace
meses contra los representantes de España por su actuación, especialmente a partir
de la entrada de Japón en la guerra, se hace indispensable definir cual es la
verdadera actitud [...]".[53] La nota achacaba a los "Rojos"
esa presunta campaña antiespañola y finalizaba explicando el carácter de la
protección a los intereses japoneses. El propio Ministro nipón en Madrid se
daba cuenta de la fragilidad de la decisión española de representar los
intereses españoles y recomendaba censurar, tanto los artículos demasiado
severos en los periódicos japoneses hacia los países
americanos, puesto que complicaba las negociaciones para futuros intercambios,
como cualquier expresión de insatisfacción a la forma en que los funcionarios
españoles locales estaban llevando la tarea.[54]
Además, en esta labor hubo de influir el odio racial que caracterizó la Guerra
del Pacífico frente a la Europea, y esa opinión la expresa el propio Embajador
Cárdenas a su colega Suma durante una visita a Madrid: "los americanos
sienten más animosidad hacia Japón de la que sienten hacia Alemania".[55]
Las motivaciones políticas relajaron el sentimiento de obligación de
España hacia Japón tras el compromiso adquirido en diciembre de 1942 por Ramón
Serrano Suñer pero, más allá de estas dificultades, algunos datos señala que
España dejó de cumplir sus obligaciones. Así, permitió incumplir uno de los
artículos de la Convención de Ginebra, el 31, cuando en la vecindad del Campo de Internamiento de Poston (Arizona), fue creado una fábrica de redes
de camuflaje para emplear tanto a japoneses-americanos como a subditos nipones,
lo que forzó a los internados a escoger si trabajar o no en una labor
relacionada con la guerra, causando enfrentamientos entre ellos.[56]
También, en el caso de los muertos por disparos de los vigilantes al intentar
escapar de los campos de internamiento, se asegura que los españoles ayudaron
en las investigaciones para evitar las sospechas japonesas de que esos disparos
habían sido por antipatía racial.[57]
La expresión del descontento nipón la podemos encontrar no sólo en los períodos
finales de la guerra, sino desde el verano del año 1942. Y quizás la
desesperación nipona ante el desentendimiento nipón se puede percibir
claramente en estos momentos, cuando se exploró una alternativa a la labor
española buscando la ayuda del Vaticano. El 25 de julio de 1942, el
Minsitro de Exteriores Tôgô comunicó a su representante ante la Santa Sede,
Harada Ken: "Lo que nosotros esperamos hacer es preguntar al Papa no
solamente sobre el intercambio de noticias sobre nuestros súbditos detenidos,
sino también investigar las condiciones de los súbditos japoneses en general,
particularmente en los Estados
Unidos".[58] Los japoneses ofrecieron a cambio pasar
información a Pío XII, por medio del representante del Vaticano en Tokio, informes sobre prisioneros en sus
territorios ocupados y particularmente de los católicos.[59]
Finalmente, el Papa se ofreció a "asistir personalmente" en llevar a
cabo un "intercambio de información en relación con los prisioneros de
guerra y con los civiles internados en las naciones beligerantes".[60]
Las instrucciones enviadas poco después a Harada desde Tokio son claras de
la opinión japonesa: "Ya que parece difícil obtener informes precisos
sobre los colonos japoneses en el interior del país por medio del país que está
representando nuestros intereses [España], nos gustaría tener un informe
certero y detallado por medio del Vaticano".[61]
España fue puenteada.