
Encuentros
en Cathay,
(Taipei: Fujen University) Vol. 11 (1997): 117-145.
Universidad Complutense de Madrid
Autoridad y legitimidad
en China
Perspectivas
favorables de un gobierno pro-japonés
La misión económica
española a Japón
A lo largo del presente siglo, la situación más complicada para la diplomacia
española en Asia Oriental ha sido la experimentada en China entre los años 1939
y 1941. Al acabar la Guerra Civil en España, los dos principales objetivos para
el gobierno de Franco fueron la recuperación de los derechos de
Extraterritorialidad y recomenzar la presencia oficial en ese país. La
explosiva situación bélica de entonces y la perspectiva de un gobierno central
en la China dominada por Japón, no obstante, llevaron a que tuviera una
repercusión muy superior a la que merecían, tanto en el plano interno, por las
disputas entre las diferentes facciones de la diplomacia española, como
internacional, por la utilización propagandística de algunos hechos.
El presente trabajo trata sobre
los intentos de defender los intereses españoles tras el fin de la Guerra
Civil, con dificultades tanto de tipo jurídico (principalmente, la recuperación
de ese privilegio de la extraterritorialidad para los súbditos españoles) como
militar (una guerra en la que era difícil ponerse de acuerdo si las tropas
niponas vencerían definitivamente o no) o político (Madrid se vio involucrado
en presiones muy diversas, desde los varios bandos chinos, hasta Japón, Italia, Francia y el Reino
Unido). La defensa de cada uno de estos intereses se mostraba incompatible con
los otros, pero los problemas principales fueron la escasez de interlocutores
directos, la falta de concreción en los objetivos y, en definitiva, la escasa
importancia de las relaciones hispano-chinas en sí, que las hacía
dependientes de cualquier otro factor exógeno.
Para este trabajo, nos centramos
en los meses que van desde la victoria franquista en la península (abril de
1939) hasta el reconocimiento final del gobierno de Wang por España (julio de
1941), puesto que es el período donde mejor se pueden comprobar las
dificultades del nuevo gobierno de Madrid para actuar en Asia y, en general, de
lograr una autonomía de actuación en la zona. Vamos a estudiarlos según las
distintas fases por las que se desarrollaron, empezando por una explicación de
la complicada soberanía en China, siguiendo con la llegada del primer diplomático
español y con la visita de la Misión Económica Española de 1940, y acabamos con
el reconocimiento definitivo del gobierno de Wang Jingwei o Wang
Ching-wei por Madrid, en julio de 1941.
Es difícil comprender la
desmembración política de aquellos años en China, puesto que a la anarquía
existente en las décadas de 1920 y 1930, cuando el territorio estaba dividido
entre los Señores de la Guerra, se añadieron nuevos problemas derivados de la
ocupación nipona de las zonas más pobladas y más ricas de China. La situación
la resume una frase acuñada durante la Guerra Civil española y recogida en un
reciente libro: “Las cuatro Chinas y las dos Españas”[i],
que como veremos más adelante es simplificadora.
El territorio chino estaba falto de un gobierno
central desde los años posteriores a la caída de la monarquía (1911), pero
durante la época imperial ya había comenzado su desmembración en zonas de
influencia de distintos países y en distintas áreas especiales administrativas,
regidas directamente por las potencias extranjeras y gozando de un
estatus especial. En el período que nos ocupa, las de Quingdao (Tsingtao),
Xiamen (Amoy) y la isla de Hainan estaban gobernadas por la marina japonesa y otras,
como las de Tianjin o Shanghai, por entidades internacionales. Esta
ciudad era la más importante y
conviene que nos detengamos en su papel en la China de entonces. Era el centro
económico del país: por ella pasaba la mitad del comercio de China y en éstos
años seguía siendo la capital industrial y bancaria del país, a pesar de la
multitud de problemas que afectaron al país y a la ciudad en particular::
incendios, inundaciones, restricciones impuestas por los japoneses y
destrucción sistemática de una parte de su área industrial en 1937. Tenía tres
áreas administradas por tres autoridades diferentes: la Zona Internacional o International
Settlement, gobernada por un Consejo municipal elegido en base a
sufragio restringido y sujeto bajo diferentes aspectos a la tutela de los
cónsules de los países que gozaban de la extraterritorialidad, la Concesión
Francesa, al sur, gobernada por el Cónsul de Francia y el Gran Shanghai, por autoridades chinas[ii].
La gran mayoría de los representantes diplomáticos en China residían allí,
tanto los acreditados en Chongqing ante los nacionalistas como los que lo
hicieron en Nanjing ante los pro-japoneses. Ejercían su labor en una situación
legal extremadamente complicada proveniente de no haber un estado de guerra
oficialmente declarado entre China y Japón (que consideraba el conflicto como
“incidente” o jihen) y porque las tropas niponas, aunque controlaban el Gran
Shanghai, no podían hacer lo mismo en las otras partes, so pena de
arriesgar una declaración de guerra. Eran dificultades continuas que impedían
clarificar situaciones diplomáticas complicadas como podía ser la española, y a
ellas se añadían las situaciones personales de sus cónsules, que en muchos casos
mezclaban funciones diplomáticas y consulares. El español Pedro de Ygual
expresó este contexto de forma muy nítida: “todos convivimos como
podemos".[iii] Entre otras situaciones atípicas
heredadas de antiguo, estaban las de la ciudad ocupada de Cantón (Guangzhou),
la independencia de Tíbet y la cambiante situación en la lejana Xinjiang, en
ocasiones dependiente de las autoridades rusas y en otras de las chinas.
A partir de 1937, con el
estallido de la Guerra Chino-Japonesa, pasaron a ser tres los bandos aspirando
a la formación de un gobierno central: los comunistas, los nacionalistas del
Guomindang y los japoneses. Los primeros controlaban zonas rurales del
interior, y tenían su capital en Yan’an, en la actual provincia de Shaanxi. El
Guomindang, por su parte, era el heredero teórico de la obra del héroe
nacional, Sun Zhongshan (Sun Yat-sen), pero sus aspiraciones a ser el gobierno
central estaban a la baja, reducido como estaba su poder a las provincias del
interior en el centro y sur del país. Su capital provisional estaba en
Chongqing, en la fértil provincia interior de Sichuan, una vez que había sido
expulsado recientemente de sus dos anteriores capitales, Nanjing y Wuhan.
Mantenía una relativa lealtad de los restos de los antiguos Señores de la
Guerra: el de Long Yun (Lung Yun) en Yunnan, la región al sur desde donde se
pudieron recibir ayudas de los aliados en los momentos más difíciles, el de Yan
Xishan (Yen Hsi-shan) en Shansi, el de Li Zongren (Li Tsung-jen) y Bai Chongxi
(Pai Ch’ung-hsi) en Kwangsi. Aunque el Guomindang estaba apoyado por los
gobiernos de Francia y el Reino Unido, no estaba totalmente alineado con las
democracias occidentales; su ejército, por ejemplo, había recibido apoyo y
entrenamiento alemán hasta comienzos de 1938 y su líder, Jiang Jieshi (Chiang
Kai-shek) estaba muy influido por las ideologías totalitarias. Consideraba,
mirando el ejemplo de Alemania e Italia, que China necesitaba un líder poderoso
para conseguir un resurgimiento nacional[iv].
El último bando que aspiraba a
la formación de un gobierno central fue el de los militares japoneses, que
tenían bajo su control las zonas costeras y más pobladas. Su idea de país era
más restringido, puesto que partes importantes de China habían sido desgajadas,
bien anexionadas al Imperio Japonés, como Taiwán, bien separadas, como el
estado independiente del Manchukuo. Además, habían preferido implantar
gobiernos regionales. En el norte de China, a raíz de la guerra generalizada,
estaba instalado un llamado Gobierno Autónomo Federado en la Mongolia
Interior, creado bajo la imagen del Manchukuo y gobernado por un príncipe
mongol, y otro bajo el nombre de Gobierno Provisional de la República de China,
dirigido por Wang Kemin (Wang K’o-min), controlando las provincias de
Hopei, Honan. Shansi y Shantung, que a partir de marzo de 1940 paso a llamarse
Consejo de Asuntos Políticos del Norte de China. En el sur de China, también se
implantó el llamado Gobierno Reformado, dirigido en Shanghai y Nanjing por
Liang Dhongzhi (Liang Hung-chih), que había formado con el gobierno de Pekín
un Consejo Asociado para el Gobierno de la República de China en 1938.
Fue sólo a partir de 1939 cuando los militares japoneses pasaron a considerar
positivo para sus intereses la implantación de un gobierno central, tras la
defección de Wang Jingwei. Su gobierno, llamado Gobierno de la China Central o
Gobierno Reformado, fue el único que pudo haberse convertido, entre los
pro-japoneses, en un gobierno central y con jurisdicción sobre buena parte del
país.
Wang había sido una figura prominente en el
Guomindang que paulatinamente se había distanciado de la dirección central. En
1938, llegó a proponer aceptar los tres principios propuestos por el entonces
primer ministro japonés Konoe Fumimaro (vecindad amistosa, defensa común
frente a los comunistas y cooperación económica) como base para unas
negociaciones que debían conducir a una paz entre China y Japón. La desviación
fue considerada como una traición por sus antiguos camaradas del Guomindang,
que atentaron contra su vida en la primavera de 1939, tras lo cual se refugió
en territorio japonés. Allí le fue ofrecido el gobierno de lo que él
llamaba Gobierno Nacional de China y pasó a buscar reconocimientos
internacionales, entre los cuales el de la España de Franco sería uno de los
más factibles.
Tras su victoria definitiva, el
gobierno franquista buscó reanudar los lazos oficiales en China. Ya que “nadie
conocía lo que aquí pasaba y era en los momentos en los que acabábamos de ganar
la guerra”[v], tal como se recordaba después, la
solución fue destinar a un diplomático en Shanghai sin instrucciones concretas
y con el objetivo de actuar tras haber estudiado la situación sobre el terreno.
Ciertamente, no había objetivos en China más allá de la búsqueda de la vuelta
al statu anterior al conflicto, y permanecía sin saberse claramente ni
lo que ocurría ni lo que se quería conseguir allí: la falta de información, por
tanto, era el problema más acuciante. Se desconocía, por ejemplo, el
procedimiento para designar a su representante, hasta el punto de que se pensó
en nombrarle ante los japoneses cuando éstos no ostentaban en Shanghai ningún
poder oficial[vi]; pero más allá de los problemas protocolarios, el
entonces gobierno español tampoco tenía constancia oficial de otros intereses
claves para la presencia hispana en China, como había sido el fin efectivo de
la Extraterritorialidad para los españoles por medio de una sentencia de un
tribunal de Shanghai contra los misioneros agustinos. Una vez llegado a
Shanghai, Ygual también encontró con fuertes dificultades para ejercer su
labor: sus colegas diplomáticos dudaron de la validez del nombramiento y,
según él cuenta, difundieron una consigna en la prensa para ignorarle. Mientras
tanto, las autoridades de Shanghai no le reconocieron los privilegios por
no estar reconocido el gobierno de Franco por el del Guomindang, lo que supuso
tanto la ignorancia oficial hacia sus mensajes como dificultades en la aduana,
así como que su correspondencia fuera censurada en Hong Kong.[vii]
En cuanto a la colonia española de expatriados, sufrían fuertemente por la
indefensión que suponía ese fin de la extraterritorialidad y además sus
relaciones internas estaban muy deterioradas, principalmente entre los
falangistas (especialmente pelotaris vascos, tanto en Shanghai como en Tianjin)
y el resto de la colonia[viii]. Problemas importantes para una vuelta a
la normalidad que, en definitiva, se podrían resumir en la falta de
información, en la hostilidad latente hacia el nuevo régimen de Franco por su
amistad hacia el invasor japonés y en la indefensión de la colonia.
El origen de estas dificultades
se remontaba a la Guerra Civil: al haber reconocido el Guomindang al gobierno
republicano y haberse quedado este gobierno sin representantes por pasarse
todos los diplomáticos a los nacionales en 1937, se dio oficialmente por
acabado el derecho de los súbditos españoles a la Extraterritorialidad. Los
súbditos españoles pasaron, por tanto, a la jurisdicción de las autoridades
chinas y los primeros afectados fueron esos misioneros agustinos, condenados a
pagar 700.000 Dólares chinos, más intereses, a la empresa China Realty
Company. Por su lado, España carecía de funcionarios que pudieran ser
considerados como sus representantes en China: los tribunales de la carrera
diplomática en el bando nacional habían depurado provisionalmente a la mayoría
de los representantes españoles en Asia por no haberse adherido a tiempo. El
plazo fijado había sido demasiado corto para las distancias con esta región,
tanto para comunicarse por correo como para que los afectados pudieran haber
recogido información suficiente sobre el desarrollo de la guerra. Solo uno se
había adherido a los Nacionales desde un principio, Manuel Vázquez Ferrer, pero
nunca enviaba comunicaciones y, de hecho, la información sobre esa sentencia
contra los agustinos fue remitida a Exteriores por uno de esos depurados
provisionales, Justo Garrido Cisneros, que permanecía residiendo en Pekín y lo
había leído en la prensa[ix].
Con el fin de la Guerra Civil y
la llegada de Ygual, algunos problemas comenzaron a subsanarse. Gracias en
parte a dos viejos conocidos en el cuerpo, el embajador británico en China
desde febrero de 1938, Clark Kerr y el cónsul italiano, el comandante Neyrone,
su statu como cónsul fue aceptado y el Consejo Municipal de la
Concesión Francesa le acabó reconociendo su condición diplomática, aún sin exequatur.
Otras dificultades fueron solucionadas gracias a Italia, que durante la Guerra
Civil había ayudado decisivamente a la implantación de los diplomáticos
franquistas en Asia[x]; gracias a Roma se consiguió esa
información sobre cómo designar a Ygual (Ministro y Cónsul General, es decir,
juntando las funciones consular y diplomática) o la protección de los
intereses de la colonia española. Ygual, por ejemplo, solicitó de motu
propio al cónsul italiano en Tianjin la protección de los ciudadanos
españoles allí[xi].
La vuelta a la Extraterritorialidad, no obstante,
resultaba algo más complicado; aunque las autoridades chinas le entregaban al
consulado los ciudadanos españoles culpables de delitos, fueron concesiones que
se hicieron de forma graciosa y ello no daba una seguridad suficiente para que
sus súbditos se sintieran protegidos. Ygual, por tanto, pasó a tener como
principal objetivo aparente la recuperación de este privilegio que se remontaba
al siglo XIX. Informó a Madrid resaltando la necesidad de evitar el abandono de
la nacionalidad de "varios religiosos españoles con importantísimos
[subrayado en el original] negocios en Shanghai";[xii]
refiriéndose a esos agustinos que, temerosos de la posibilidad de que los
tribunales chinos pudieran entrometerse en la administración de sus
propiedades, habían pasado a inscribirse en otros consulados europeos. Y
además, dio una serie de pasos para tomar contacto directo con los
nacionalistas chinos usando al embajador británico, Clark Kerr, como intermediario. Este recomendó
seguir los contactos por medio de Londres y a raíz de ello el embajador español
allí, el Duque de Alba, fue implicado en las gestiones. La conclusión
a la que éste llegó era previsible: España tenía que establecer
relaciones oficiales con Chongqing. Hasta que no se diera ese paso, no se
podía aspirar a recuperar la Extraterritorialidad. Ygual actuó por iniciativa
propia, como ya hemos visto buscando conseguir más apoyos para que Madrid se
decidiera por buscar relaciones con el Guomindang[xiii].
El objetivo era difícil, porque había que vencer las reticencias de unos y de
otros, pero además tenía un calado más profundo: el establecimiento de
relaciones entre los nacionalistas chinos, cualquiera fuera la razón,
marginaría las relaciones con Japón y ayudaría a alejar a España de las
potencias del Eje.
En Madrid no se escapaba el significado político de
ese posible acercamiento al Guomindang y se limitaron a nombrar a un secretario
en Pekín, José González de Gregorio (aunque en esta ciudad la función principal
se había reducido a mantener el edificio de la Legación) y a aceptar la
iniciativa de pedir al cónsul italiano en Tianjin la protección de los
españoles, sugiriendo incluso la extensión de esa petición a toda la colonia
bajo los ejércitos japoneses. Su propuesta de acercamiento a Chongqing iba
demasiado alejada de la línea oficial y el ministro Jordana, sin negarlo
taxativamente, le pidió que no siguiera por ese camino, poco
antes de ser relegado de su cargo: “razones de aspecto general y de mayor
importancia deben prevalecer sobre aquellas [la recuperación de la
Extraterritorialidad] y abstenernos de esta iniciativa que nos colocaría en una
situación difícil con países con los que tenemos estrechas relaciones.[xiv]”
Las instrucciones posteriores, por su lado, fueron muy vagas y recuerdan a las
primeras que le habían dado cuando en España no se sabía nada sobre la
situación en China: “… debe ir sorteando las dificultades que se le presenten,
sin adquirir ningún compromiso y apoyándose en la ayuda de los representantes
de otros países amigos[...] por ejemplo, Italia.[xv]
Ygual comprendió pronto que ese apoyo
italiano suponía un patronazgo que dejaba a los españoles poca capacidad de
decisión. Así, fue presionado para hacer una visita al alcalde pro-japonés del Gran
Shanghai, que después fue utilizada de forma propagandista. Disgustado,
actuó de nuevo sin consultar a Madrid, y realizó unas declaraciones a la prensa
señalando que esa visita había sido sólo de cortesía, con el único deseo de
defender los intereses de los españoles. Añadió, además, que la gratitud
hispana a Alemania o Italia no significaba estar atados a estos países mas allá
de lo derivado por el Pacto Anti-komintern[xvi].
Y en una carta enviada al embajador británico expresó algo una intención que no
podía reconocer ante sus superiores: negaba que el gobierno español estuviera
dispuesto a seguir la política de Italia en China. Poco después, la actitud de
la otra parte cambió; el británico pasó a proponerle viajar juntos a la capital
del Guomindang, en una actitud que era una premonición de una nueva postura hacia la España de Franco. Por
primera vez, Jiang accedía a entrar en tratos con Madrid, a pesar de que seguía
apoyando claramente la invasión japonesa en su país.
Ygual había conseguido ya la mitad de su objetivo y
el cambio podría ser entendido como un éxito suyo. No obstante, también fueron
determinantes en este acercamiento los cambios en el contexto, desde el
estallido de la II Guerra Mundial hasta los preparativos para la próxima
formación de un gobierno colaboracionista en la China Central. Wang
Jingwei se había instalado en Nanjing por estas fechas y había conseguido
convencer a los hombres fuertes de los otros tres gobiernos pro-japoneses de
Pekín, Shanghai y del norte de China para formar un gobierno nacional
aparentemente unificado. Aparentemente, su esfuerzo tenía posibilidades de
hacer nacer un gobierno capaz de administrar una mayoría de la población china;
ello supondría un cambio en el equilibro de fuerzas, muchas expectativas de
cambio y, sobre todo, temores en la China nacionalista. El propio Ygual
cambió de punto de vista a raíz de estos acontecimientos que se desarrollaron
paralelamente al estallido de la Guerra en Europa y pasó a creer que el gobierno
de Jiang Jieshi en Chongqing estaba próximo a su fin. Propuso, en consecuencia,
una actitud de espera ante "los futuros acontecimientos que, según dicen,
han de ser inminentes"[xvii]. La situación había dado un giro radical
respecto a la de unos meses antes: ahora era el Guomindang el que desearía con
el reconocimiento de España hacer un nuevo acto de soberanía y Madrid la que
dejaba de estar interesada, puesto que esperaba ser beneficiada de una
hipotética victoria japonesa. La decisión en Exteriores pasó a ser “abstenerse
de toda iniciativa de reconocer a un gobierno abocado a desaparecer pronto.[xviii]”
y al Duque de Alba le
instruyeron discreción[xix] para que no fuera "pillado
con un reconocimiento no deseado de Chongqing,
colocándonos en una situación falsa con respecto a Japón” [xx].
Era la hora de Wang Jingwei.
El invierno de 1939-40 fue el más difícil para la
pervivencia del gobierno del Guomindang. La perspectiva de un gobierno nacional
chino presidido por una personalidad prestigiosa como Wang podría arrastrar a
otros generales y cuadros del Guomindang y dejar políticamente marginado al
gobierno de Jiang Jieshi.
Fue en estos momentos cuando el
gobierno de Franco tuvo una decisión importante en sus manos, porque su
inclinación hacia cualquiera de los dos gobiernos podía influir de forma
significativa en su lucha interna. Ambos intentaron que se decantara
hacia ellos: el interés del gobierno nacionalista chino se puede comprobar por
una extraña proposición para comprar armas y mercurio españoles que llegó
directamente a la Presidencia del Gobierno.[xxi]
Los japoneses también lo solicitaron y señalaron el argumento más apropiado a
los oídos españoles, que Italia ya tenía propósitos de hacerlo[xxii].
Hicieron llegar el mensaje desde diversos lugares, por medio de las embajadas
en París y en Roma y directamente en Madrid, pero no por medio de la
Legación de España en Tokio, donde el Embajador pro-aliado Santiago Méndez de Vigo se enteró por medio de la
prensa[xxiii]. La diplomacia franquista, por tanto, se
encontraba ante una disyuntiva que le permanecería a lo largo del año 1940: el
pro-japonesismo frente a la posible recuperación de la Extraterritorialidad.
Para el comienzo del año, la disyuntiva fue fácil de
resolver porque el gobierno del Guomindang, “al decir del señor Ygual
esta llamado a desaparecer pronto"[xxiv],
según indicó la Dirección de Ultramar en Exteriores. Madrid, en consecuencia,
decidió apostar plenamente por la caída de Jiang y ordenó de nuevo al embajador en Londres la
suspensión de esas negociaciones en las que ya habían sugerido la discreción.
Si unos meses antes se había escrito que era preferible una solución de hecho a
“orientaciones doctrinales delicadísimas en la situación presente”[xxv],
en esos momentos unas y otras se veían coincidir. España se veía beneficiada de
seguir la estela italiana en Asia y fue aparentemente unánime la decisión de
apostar por el triunfo de los japoneses, esperando ser recompensada por el
hecho de no haber mantenido nunca relaciones con Jiang. La propuesta del
Guomindang, en definitiva, fue rechazada: España reconocería a Wang, al igual
que Italia.
La posición española, ciertamente, dependía cada vez
más de Roma y multitud de pruebas hay sobre ello. Cuando llegó la noticia de la
propuesta nipona de reconocimiento desde París, por ejemplo, el nuevo ministro
de Exteriores, Juan Beigbeder, ordenó “preguntar a nuestra Embajada
en Roma actitud Italia"[xxvi]. Más que dependencia, además, habría que
hablar de supeditación: una vez que Italia había decidido a reconocer a Wang[xxvii],
España habría tomado la misma decisión. La orden del Ministro a su Embajador en
Roma fue clara "En cuanto llegue reconocimiento por Italia nuevo
Gobierno Chino sírvase VE informar telegráficamente sobre el mismo y
condiciones en que tenga publicado".[xxviii]
Y tras las gestiones consiguientes[xxix],
García Conde le mostró a su homólogo japonés que Madrid "estaba muy bien
dispuesto para acordar en su día igual reconocimiento [que Italia]".[xxx]
Beigbeder anotó en ese
telegrama: "Tener presente para reconocimiento en cuanto lo haga
Italia". Las consideraciones ideológicas pasaron a tener más importancia y
Roma había sustituido a Londres como principal fuente de información sobre
China.
Pero a pesar de esa marcada
subordinación hacia Roma en la política hacia Extremo Oriente, la postura
hispana tenía un matiz distinto: deseaba recuperar la extraterritorialidad,
algo que los italianos seguían disfrutando. Y ya que estaba decidido en
Exteriores el reconocimiento de Wang, la discusión interna fue sobre cuándo se
haría, la única baza que le quedaba. El embajador en Tokio, aunque informando
también favorablemente sobre los avances japoneses, había propuesto una
negociación[xxxi] y la idea no cayó en saco roto. Se
preguntó tanto a Roma como a Berlín sobre
las seguridades que se podrían recibir para que a España le fuera reconocida de
nuevo la extraterritorialidad en China, mientras que a Méndez Vigo en Tokio se
le inquirió sobre las probabilidades de una negociación "para cuando venga
el momento en que bien conjuntamente con Italia, bien sólo, decida el Gobierno
de España el reconocimiento de Wang".[xxxii]
España, que no quiso perder el contacto con Japón[xxxiii],
sopesaba varias opciones: esperar al reconocimiento con Italia, retrasarse como
probablemente haría Alemania, o anticiparse en solitario como muestra de esa
amistad hacia Japón. Exteriores parecía inclinarse por ésta última; a pesar de
que Méndez Vigo recomendaba esperar la llegada a Tokio del nuevo representante
de Wang, la tendencia predominante era no considerar tan crucial la
extraterritorialidad -a la que ya se veía, de cualquier manera, poco tiempo de
vida[xxxiv]- y buscar beneficios políticos. No
obstante, nunca se dejó de intentar un beneficio al reconocer al nuevo gobierno
chino, y se decidió buscar para España
el trato de nación más favorecida, con el fin de poder disfrutar de los
posibles beneficios futuros que pudieran obtener otros países. España estaba
dispuesta, por tanto, a reconocer a Wang en cualquier momento a partir de la
constitución del gobierno de Wang, prevista para el 30 de marzo de 1940. Antes
o después de Italia, en cuanto lo solicitara Japón y sin preocuparse
excesivamente de lo que hiciera Alemania.
En la segunda quincena de marzo
volvió a haber un giro en la situación: Japón pasó a dejar de solicitar el
reconocimiento internacional de Wang. La constitución de un nuevo gobierno en
la China central había debilitado el régimen de Jiang y algunos de sus
generales se habían pasado al bando pro-japonés, pero Wang no había conseguido
provocar una escisión importante en el Guomindang[xxxv]:
aunque tambaleante, Jiang seguía resistiendo. Japón, por su parte, siguió
manteniendo la esperanza de atraer a Jiang y retornar a la antigua alianza
mutua contra los comunistas. En consecuencia, prefirió no echar toda la
carne en el asador a favor del gobierno de Wang y esperar a las
conclusiones de la misión del antiguo primer ministro, Abe Noboyuki.
De nuevo el contexto afectó
decisivamente en los contactos entre españoles y chinos. Ygual volvió a cambiar
de opinión, pasando a desaconsejar el reconocimiento de Wang: “aún le
falta mucho para consolidarse”[xxxvi]. El Guomindang, por su parte, pasó a presionar de forma cada vez más intensa a
Madrid, conocida ya claramente su postura favorable a Wang, y lo hizo en dos
frentes diferentes. En París, fue entregada una nota protestando por el
eventual reconocimiento del gobierno de Wang[xxxvii]
y en Shanghai llegaron a prometerle a Ygual el reconocimiento del gobierno de Franco y la
extraterritorialidad para España. Su única condición era que Madrid se olvidara
de ese posible reconocimiento de Wang. De Ygual comprobó, por fin, que podía
cumplirse el objetivo por el que había estado luchando desde su llegada a
Shanghai. Pasó a defender enfáticamente la aceptación de las condiciones del
Guomindang, tanto porque sería un hecho importantísimo para los intereses
españoles en China como porque el gobierno de Chiang tenía "gran
prestigio, larga vida y apoyo todos los países". A cambio, proponía
prometer a Japón reconocer a Wang "cuando hechos demuestren consistencia y
autoridad nuevo gobierno y sea reconocido por otros países".[xxxviii]
Esta propuesta de Ygual ante la oferta del
Guomindang resultaba importante porque, por primera vez, proponía directamente
hacer lo contrario de Italia. Fue significativo que Ygual prefiriera remitir el
telegrama desde Tokio; la razón aparente era que esta Legación tenía la cifra
más segura (envió el mensaje en mano por medio de un misionero), pero no puede
escapar tampoco el hecho de que Santiago Méndez de Vigo era otro diplomático
contrario al acercamiento a las potencias del Eje. Temía más la interferencia
italiana en China que los probables desciframientos nipones. Además, el
telegrama provocó el primer resquebrajamiento de la confianza en el futuro
éxito del gobierno pro-japonés en China. La "firmeza, larga
duración y prestigio” que De Ygual atribuía al Gobierno de Jiang rompió la
coincidencia anterior entre las “soluciones de hecho” y las “orientaciones
doctrinales”.
Pero los nuevos datos no cambiaron las decisiones,
en parte porque se prefirió atender a otra recibida recientemente desde Tokio
que se acoplaba mejor a las expectativas, afirmando que el Guomindang estaba
destinado a desaparecer pronto[xxxix]. Madrid mantuvo la decisión favorable a Wang,
porque aunque la aceptación de Chongqing colocaría a España en una posición más
práctica, según afirmaba un informe de Exteriores, "no cabe duda que la
reacción que produciría en el gobierno de Japón[...] habría de ser muy grande
contra España y por tanto poco favorable a los intereses
españoles en China”[xl]. El argumento es interesante; no era
nuevo el deseo de mantener la supremacía de los intereses políticos, pero sí
resulta novedosa la supeditación de los intereses españoles en China a la
relación política con Japón. Y aunque, a pesar de la defensa apasionada de
Ygual, no se aprobó la propuesta del Guomindang, se decidió buscar
nueva información y, mientras tanto, sondear "lo que hay respecto al
reconocimiento del Gobierno
de Nankín por otras potencias y especialmente por el mismo Japón y si es
posible dar a entender a este que el mantenimiento de nuestros derechos en China es
asunto que interesa a España mantener dilucidado".[xli]
Madrid se planteaba nuevas dudas
que implicaban, si bien muy levemente, una mayor reticencia a seguir los
dictados italianos; preguntaron a Roma no sólo por su actitud hacia Wang, sino
también por sus relaciones con el Guomindang[xlii].
Los italianos se dieron cuenta del ligero cambio e
incrementaron la presión sobre Madrid, tanto por medio del envío de nueva
información como por las gestiones directas, ante el Embajador español en Roma
y visitando al Ministro Beigbeder en Madrid. Además, atacaron
directamente al que consideraron culpable de las suspicacias, Pedro de Ygual,
acusándole de falta de comunicación hacia sus colegas en China[xliii]
y, sobretodo, de peón británico: "Se tiene motivo para estimar que dichas
aperturas retrasadas [las gestiones para el reconocimiento de España] del Gobierno de Chunking sean
inspiradas por aquel Embajador de Inglaterra".[xliv]
El significado de los contactos entre Ygual y Kerr, a quien en un párrafo
anterior se le acusaba de emisario de Chongqing, aparece claros. El abierto
desafío de Ygual a la posición italiana de valedora de los intereses de España
había tenido respuesta y Exteriores cedió ante la presión italiana. El Ministro
Beigbeder negó al embajador
italiano, Francesco Lequio, los cambios en la postura española[xlv]
y ordenó después a Ygual
no “aceptar invitación Gobierno Chunking así como reanudar
relaciones hasta recibir instrucciones"[xlvi].
Éste mostró su decepción muy claramente y lamentó "que mi punto de vista
en defensa de los intereses españoles y mis trabajos de cerca de un año no
merezcan la superior aprobación de VE"[xlvii].
Había sido derrotado, pero siguió perseverando en el mismo acuse de recibo de
la nota de Madrid. Tras haber recibido una propuesta directamente del Ministro
de Exteriores del Guomindang por medio del Embajador de Francia, Henry Cosme[xlviii],
volvió a enfatizar la
conveniencia de la propuesta de Chunking "que se haría
privadamente y sugerida por ellos"[xlix].
Pedro de Ygual había conseguido un
relativo éxito diplomático al conseguir de una de las mitades la aprobación,
ciertamente gracias a su tenacidad. Pero no fue profeta en su tierra, antes
bien se ganó la desaprobación cada vez más clara de sus superiores por seguir
utilizando a Francia y al Reino Unido como intermediarios en lugar de a los
italianos. La política tan decididamente pro-Eje de los comienzos de la España
de Franco[l] no iba con él. Diplomático especialmente
activo, De Ygual tuvo la característica de actuar sin instrucciones desde
Madrid pensando que su conocimiento del país le daría una capacidad de influir
que realmente no tuvo. Fue, precisamente, una visita de una Misión a China
desde España la que complicó los hechos más aún.
El hecho más importante de las relaciones entre el
gobierno de Wang Jingwei y el de Franco es la visita de una numerosa comisión
oficial de carácter teóricamente económico que, tras desplazarse al
archipiélago japonés, aceptó continuar el viaje a través de los territorios continentales
dominados por su ejército. Fue precisamente en la China de Wang donde la visita
tuvo el contenido político más importante.
Entre los años 1939-40, varios organismos oficiales
japoneses de carácter económico se encargaron de cursar invitaciones a países,
principalmente latinoamericanos, para el envío de misiones económicas que
permitieran estudiar las posibilidades de incrementar la cooperación económica
mutua. Estas invitaciones estaban motivadas por el deseo de diversificar la
compra de materias primas y aliviar la fuerte dependencia hacia Estados Unidos,
precisamente en unos momentos en que las relaciones mutuas se deterioraban y
Washington empezaba a utilizar su poder de restringir las exportaciones para
obligarle a llevar una política militarista menos agresiva, principalmente en
China[li] La razón de que predominara el interés hacia el
mercado latinoamericano eran la gran
cantidad de materias primas que allí podría obtener Japón y el despliegue
principal fue en esta dirección; se envió como embajador especial para promover
el comercio a Katô Sotomatsu, se organizó con todos los jefes de misión de todo
el continente, se cursaron invitaciones para el envío de misiones económicas a
Argentina, Perú, México, Paraguay y Bolivia y, finalmente, se
impulsaron negociaciones comerciales directas con Chile.
La invitación a España tenía, en un principio, un
objetivo semejante a las latinoamericanas: recibió también el nombre de Misión
Económica y se buscaron miembros de los distintos ministerios para que pudieran
conocer y aprovecharse de las posibilidades de cooperación hispano-niponas en
los diversos campos, excepto en agricultura. La invitación se cursó el 15 de
noviembre de 1939, en representación de la Cámara de Comercio de Japón, especificando que el
proyecto era "con el fin de fomentar el intercambio comercial entre España
y el Japón y de contribuir al estrechamiento de las relaciones de amistad
entre los dos países [...] con objeto de estudiar las condiciones comerciales
e industriales […] y de ponerse en contacto con las personalidades de dichos
centros japoneses".[lii] Posteriormente, los nipones concretaron
más y apuntaron que los objetivos no eran sólo económicos, sino también “una
misión de amistad enviada por España
al Japón[liii].” La parte japonesa, no obstante, no
pareció mostrar un especial interés en la parte política de la Misión ‑a
excepción de quién pudiera ser el presidente‑ y se interesó más bien por
la asistencia de personalidades ajenas al funcionariado, quizás altos cargos de
entidades semejantes a sus Zaibatsu (conglomerados industriales), con los que
poder concretar esa cooperación.
La selección fue difícil porque
muchos querían ir. Aunque la invitación inicial era para un total de quince
miembros, el número se fue ampliando progresivamente hasta llegar a los 20, a
fuerza de solicitárselo a los japoneses,[liv]
aunque finalmente no participó representante de conglomerado industrial alguno.[lv]
El presidente de la misión fue Alberto Castro Girona[lvi]
y el vicepresidente José Rojas
y Morella. Los delegados, el Capitán de Navío Arturo Génova Torreulla, el
Teniente Coronel de Artillería Alfonso Muñoz Cobo y Esteban, Mariano de
Iturralde y Orbegozo, Aurelio Sol y Pagán, Joaquín Calvo Sotelo, Antonio Robert
y Robert, el Capitán de Artillería Diego de LaCruz Solares, Enrique Chávarri y
Rodríguez Codes, Fernando Ramírez Escribano, el comandante Rafael Martí Fabra,
Isabel Argüelles Armada, Francisco Martí Vidal, José Antonio Balenchana y Pablo
Moreno González. Las cuatro acompañantes fueron fueron Concepción Puruzana
López, Victoria Rojas y Rosado, Luisa González Teruel y Amalia Arburúa de
Lamiyer. En total fueron cinco representantes del Ministerio de Guerra, uno de
Marina, cuatro de Asuntos Exteriores, cuatro de Comercio, uno de Hacienda y uno
de Gobernación. El único no-funcionario era Francisco Martí, antiguo
empleado de las aduanas chinas durante casi tres décadas, que fue escogido para
servir de traductor, y la selección dentro de los ministerios fue por la
capacidad de hablar idiomas. Recibieron 400 dólares en calidad de dietas a
excepción de la falangista Isabel Argüelles, quien entró por indicación del
Ministro Beigbeder.[lvii] José Rojas llevó la dirección política
hasta su regreso precipitado, aunque también eran significados, por el Ministerio de Comercio, Iturralde y Ramírez
La expedición salió el 12 de abril de 1940 en el
buque Hakozaki Maru y llegó a Shanghai el 29 de mayo. Al llegar a Japón,
la Misión tuvo una agenda protocolaria muy apretada, con una audiencia con el Emperador
y visitas a los ministerios de Asuntos Exteriores, Hacienda, Guerra, Comercio e
Industria, Marina, Agricultura y Ultramar. Además, impartieron dos conferencias
y visitaron numerosas empresas. Entre las actividades de carácter cultural se
mezcló un claro contenido político: algunas ciudades entregaron regalos para el
General Franco[lviii], en la visita a la Universidad de
Estudios Extranjeros de Tokio o Tôkyo
Gaikokugo Daigaku, los alumnos les cantaron un "Cara al
Sol" y las películas traídas desde la península, por ejemplo, incluían una
sobre el entierro de José Antonio Primo de Rivera. La situación bélica de
entonces incitaba ese interés político y, precisamente durante su estancia en
Japón, les llegó la noticia de la entrada de Italia en la II Guerra Mundial.
Esta entrada de un país tan importante para España llevó a Exteriores a ordenar
la vuelta urgente de José Rojas y a la cancelación de la visita de Castro
Girona a Filipinas[lix]. No obstante, la misión embarcó de regreso en
Shanghai el 6 de agosto sin modificaciones, aunque llegó a considerarse la
vuelta a través de la Unión Soviética. Fuera del territorio insular japonés,
también se hicieron actividades semejantes a las realizadas en la metrópoli:
visitaron el Manchukuo donde, a propuesta de los chinos, se dirigió un
comunicado conjunto a la prensa en el que se señalaba la existencia de
"una completa identidad de puntos de vista” y se mencionaba la conclusión
de un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación que nunca se
puso en práctica[lx]. Los miembros participaron en la
exhibición de películas y en la realización de actos políticos tendentes a
impulsar la amistad entre España y el Imperio Japonés[lxi].
Pero destaca, entre todas estas actividades, la
visita a la sede del gobierno pro-japonés de Wang Jingwei en Nanjing. Fue la
primera de una misión extranjera a este nuevo gobierno marioneta que no
estaba aún reconocido siquiera por Japón; el significado político fue
importante y la utilización propagandística, muy grande. Pedro de Ygual trató
de evitarlo cuando se enteró por casualidad del plan e inmediatamente tomó un
avión para encontrarse con la Misión en la capital de Manchukuo, Harbin.
Explicó directamente a los miembros el significado político de tal visita a
Wang[lxii] y logró que pidieran a Madrid reconfirmar la
autorización para hacer la visita[lxiii].
Pero Exteriores lo reconfirmó inmediatamente y, con ello, se hubo de contentar
con que la visita se redujera a cuatro miembros y a que le prometieran un
carácter más privado durante los 3 días de estancia, entre los días 2 y 4 de
agosto de 1940[lxiv]. El acto principal de esa visita fue la
recepción con el presidente Wang, en la que éste mostró su entusiasmo por ser
la primera vez que recibía el respaldo internacional, señalando que
esperaba que esa visita fuera el primer paso en el establecimiento de unas
relaciones normales[lxv]. Alberto Castro Girona, por su parte,
debió dejarse llevar por la euforia del momento y hubo de hacer alguna promesa
verbal de reconocimiento en un futuro próximo, pues después lo recordaron los
chinos con insistencia[lxvi].
La visita de la Misión Económica
española conllevó, de esta forma, una decisión política importante que logró
decantar a España contra las potencias democráticas en China sin conseguir
ningún beneficio a cambio. Además, no fue un desliz del que se pueda culpar a
los miembros de la misión, sino que fue autorizado expresamente por Madrid. La
única explicación a este desliz es el histórico desinterés por lo ocurrido en
Extremo Oriente. Una anécdota del viaje nos lo puede hacer entender: cuando en
una ocasión Castro Girona preguntó quien era el señor que aparecía en un
retrato y fue respondido con una aparente sorpresa que era el doctor Sun Yat-sen,
no tuvo reparo en afirmar que nunca había oído ese nombre[lxvii].
Es mas difícil comprender el desinterés por parte del Ministerio de Exteriores
y la ligereza para autorizar este viaje a Nanjing. Quizás la única razón fuera
devolver en la medida de lo posible el favor de haber invitado a veinte
personas en un viaje con todos los gastos pagados. No obstante, para sacar las
conclusiones creemos que nos podría servir una comparación con el
reconocimiento del Manchukuo por el gobierno franquista: en noviembre de 1937,
cuando los japoneses lo sugirieron como contraprestación a su propio
reconocimiento al régimen nacional, los españoles aceptaron sin plantear
problemas de ningún tipo y la contestación al telegrama fue con un solo día de
diferencia. No se meditó un reconocimiento de un estado títere que hasta esos
momentos sólo tenía relaciones con países sin una política exterior muy
definida, como El Salvador o Guatemala, y cuando ni Italia ni Alemania lo
habían reconocido. Un país más cercano habría merecido una mayor atención.
Aparte del excelente trato
protocolario a los funcionarios españoles, los resultados de la misión no
dejaron contenta a ninguna de las partes: los españoles habían ido a aprender y
a sacar una información que les fue negada, porque las visitas a centros
industriales se solían reducir a invitaciones a la ceremonia del té en salas
apartadas, sin posibilidades de aprender nada fuera de lo escasamente permitido
por los japoneses. Tampoco las Cámara de Comercio japonesas vieron
incrementarse el comercio mutuo ni la exportación de materias primas, ni se
firmó más que una declaración conjunta, ninguno cuyos puntos se pudo nunca
poner en práctica.[lxviii] La misión mostró las dificultades para
que las relaciones políticas amistosas pasaran más allá del contenido
propagandístico; por ello, el más satisfecho hubo de ser Wang Jingwei, siquiera temporalmente, puesto
que la visita podía presagiar un primer ansiado reconocimiento diplomático que
les seguía negando sus propios patrocinadores en Tokio. Mucha publicidad fue
dada a la visita y, según señalaba un miembro de la embajada
norteamericana en Shanghai, "fue sentido sin duda que el "Gobierno
nacional" había recibido un anticipo de ese "reconocimiento
oficial", para el cual [Wang] tiene aparentemente un deseo tan
desmesurado".[lxix]
Los diplomáticos norteamericanos vieron la visita de la Misión Económica movida
"por puros motivos políticos […] y por el deseo de complacer al gobierno
japonés”[lxx] y, aunque Tokio quería intensificar la
colaboración económica, sólo fue posible hacerlo en el aspecto político,
por medio de la propaganda. En este sentido, la Misión española tiene
importantes paralelismos también con la Misión Fascista Italiana que,
presidida por el Marqués Giacomo Paulucci di Calbodi, visitó Japón en 1938,
durante la cual la utilización del arma propagandística fue masiva.[lxxi]
Aparte de la propaganda, en pocas ocasiones fue posible dar un contenido
concreto a la compenetración política de ambos gobiernos. Fue con el
nombramiento de Ramón Serrano Suñer cuando los intereses de este tipo pasaron a
predominar como nunca antes había ocurrido, tal como veremos en el siguiente
capítulo.
Pasado el verano de 1940, las expectativas creadas
por el nuevo gobierno de Wang se habían difuminado, en buena parte por las
limitaciones tan estrictas del ejército a la oferta a Wang para formar un
gobierno nacional: Mongolia Interior permanecería fuera de su
jurisdicción, el Norte de China sería virtualmente independiente, no se
retirarían las tropas japonesas, serían asignados consejeros japoneses en las
esferas mas amplias de la organización social, incluidos todos los niveles en
las escuelas y, por último, Tokio mantendría el control sobre las finanzas y la
economía chinas. Fracasada la opción Wang para hacer caer al Guomindang,
ya sólo quedaba retornar a la solución militar, un camino al que eran
espoleados los nipones por los triunfos de sus aliados en Europa. Dentro del
Eje Berlín-Roma, por otro lado, el antiguo balance entre italianos y alemanes
se desequilibraba cada vez más, según los italianos iban cosechando derrota
tras derrota. La diplomacia de Mussolini, en consecuencia, había de someterse a
las directrices alemanas sin la capacidad de influencia de antaño y la política
en China fue un fiel reflejo de la situación descrita. Ya no sería posible que
Italia arrastrara a los alemanes en la política de alineamiento hacia Japón,
tal como había ocurrido en el caso del reconocimiento del Manchukuo.
Pedro de Ygual fue
progresivamente radicalizando sus mensajes y, tras la visita de la Misión
Económica, no sólo siguió en su empeño de intentar impedir cualquier
acercamiento al régimen de la China Central, sino que adquirió un tono cada vez
más amenazante hacia sus propios superiores: "un reconocimiento prematuro
por parte de España al Gobierno de
Nankín nos creará una situación muy difícil con los representantes de las otras
naciones en las Concesiones, y especialmente con el Gobierno de Chiang,
lo que puede traducirse en matanzas de nuestros misioneros en la parte de China
que ellos dominan, o continuos atentados en personas y bienes españoles".[lxxii]
Desgraciadamente acertó, porque por esas fechas moría un misionero jesuita,
Ricardo Ponsol, asesinado por las tropas del Guomindang. Sus propuestas ya ni
siquiera fueron respondidas. Así ocurrió con una que hizo tras recibir varias notificaciones del Gobierno de Wang en las
que se participaba de su formación, proponiendo a Madrid que se le autorizara a
limitarse a acusarlas recibo sólo en su nombre.[lxxiii]
De Ygual fue destituido, finalmente, el 9 de
noviembre de 1940, escasamente tres semanas después de la llegada de Ramón
Serrano Suñer a la dirección de la diplomacia española. Tras conocer el punto
al que habían llegado las diferencias entre el diplomático y sus superiores, la
destitución no resulta extraña, pero también simboliza el empuje arrollador
hacia una mayor subordinación al Eje, así como la supeditación de los intereses
españoles en pos de esa victoria final que se preveía sobre los aliados. El
papel de los diplomáticos en Oriente llegó a sus nivel más bajo y no tuvieron
mucha idea de las decisiones hasta que ya estaban tomadas. El estudio de la
diplomacia española en Asia, por tanto, pierde buena parte de su interés, por
la falta de autonomía ante los dictados de Alemania.
Cuando, finalmente, el gobierno de Wang fue
reconocido por Japón, el 1 de diciembre de 1940[lxxiv], España
no tomó ninguna decisión propia. Nos puede dar idea de la importancia que
Nanjing concedió a la promesa española de reconocimiento, el hecho de que poco después de su
proclamación, el 16 de diciembre, el mismo Ministro de Negocios Extranjeros de
Wang visitó el Consulado en Shanghai para manifestar las esperanzas de que
pronto España reconocería a su gobierno "conforme a las promesas recibidas
en la Misión Económica".[lxxv]
No fue así porque España ya no era capaz de moverse un ápice de la línea
oficial y pronto se comprobó que las antiguas promesas de Castro Girona habían
quedado en agua de borrajas.
Hasta pasado más de medio año no hubo ningún nuevo
movimiento para el reconocimiento del gobierno de Wang, tal como ya veremos,
pero en ese intervalo España tuvo la primera ocasión de probar la disposición
de las autoridades japonesas en los intentos por recuperar la Extraterritorialidad,
puesto que Ygual sólo había conseguido que se reconociera tácitamente.[lxxvi]
En marzo de 1941, cuando un
tribunal chino de la concesión internacional de Xiamen decidió la venta de la
propiedad de un súbdito de doble nacionalidad, china y española, Gómez Saw‑huat,
fue la primera vez que se llegó a plantear un pleito en la zona ocupada por el
ejército japonés y, por tanto, delante de un Tribunal chino intervenido por
consejeros nipones. Al igual que el tribunal pro-nacionalista, los
pro-japoneses también pusieron en duda los derechos españoles de
extraterritorialidad[lxxvii] pero, gracias a las protestas
diplomáticas y probablemente por no enturbiar esas buenas relaciones políticas,
las autoridades japonesas suspendieron la sentencia, aunque reiteraron el
argumento de que era un problema entre chinos y españoles[lxxviii].
De esta forma, aún sin reconocimiento explícito, los súbditos españoles
siguieron gozando de la Extraterritorialidad
y no se volvió a plantear la cuestión hasta la caída del gobierno de Nanjing.
En la China ocupada por Japón,
los favores que tanto esperaron los españoles por esa amistad mutua fueron muy
relativos, al igual que lo ocurrido con italianos o con alemanes. Tal como
hemos visto razonar anteriormente, la actuación japonesa llevaba un tinte
antioccidental que implicaba también a esos europeos con los que estaba
temporalmente aliada. Al igual que en otras zonas, los españoles ayudaron en la
lenta penetración de los nipones en Shanghai, ayudando a que consiguieran el
control del International Settlement, a conseguir la entrega de los
títulos privados de propiedad de tierras de Nanjing o en las reuniones del
Consejo del Cuerpo Consular[lxxix] pero las ventajas que obtuvieron respecto
a otros occidentales fueron escasas: varios incidentes privados muestran una
escasa deferencia y un ejemplo de ello es una patada de un soldado japonés a De
Ygual que necesitó de una Nota Verbal del consulado para que la afrenta fuera
reconocida. Quizás los que más sufrieron por este estado bélico en China
fueron los misioneros quienes, mientras que por un lado estuvieron presos de
las posibles represalias del Guomindang por las intimas relaciones entre las
diplomacias nipona y española, por el otro fueron objeto de bombardeos
esporádicos de aviones japoneses. Su único consuelo fue que sus protestas eran
recibidas e incluso algunas tuvieron efecto: se retiró un intento del ejército
de apoderarse de un colegio jesuita e incluso se les indemnizó por los daños
causados por un bombardeos[lxxx]. Otros no tuvieron esa posibilidad.
El reconocimiento de Wang Ching-wei por España llegó
finalmente el 1 de julio de 1941, mas de un año después de la fecha
inicialmente prevista. Para entonces, como ya hemos dicho, la independencia de
la política italiana en Asia Oriental y la pequeña autonomía de España eran ya
cosa del pasado. Fue Alemania quien lo decidió y los italianos los que hubieron
de limitarse a seguir el camino, tal como vemos en el famoso diario del
ministro de Exteriores italiano, Galeazzo Ciano: "Los japoneses quieren el
reconocimiento del gobierno de Wang Ching‑wei, y en Berlín están de
acuerdo. Me lo telefonea Ribbentrop".[lxxxi]
España haría lo mismo, pero es interesante comprobar que la antigua relación
especial entre españoles e italianos aún continuaba bajo la égida alemana. Los
españoles también preguntaron en Roma qué actitud tomar ante el futuro
reconocimiento de Wang[lxxxii] y así, a pesar de ser una decisión cien
por cien alemana, el día anterior al acto llegaron a Exteriores en Madrid dos notas verbales por separado urgiéndolo e
indicando el procedimiento a seguir. Una nota era alemana y la otra italiana y
el procedimiento que indicaban variaba ligeramente; dentro de esta mínima
opción, se siguió la sugerencia italiana ‑un telegrama del Ministro de
Exteriores al representante en Shanghai para que éste lo entregara al Primer
Ministro‑, aparentemente por una razón muy simple: había sido la primera
en llegar.[lxxxiii] La capacidad de decisión española había
descendido a límites mínimos. El día 9 de julio, el nuevo cónsul Alvaro de
Maldonado cumplió la orden en Nanjing.
Por supuesto, fue una decisión que no se consultó con los diplomáticos en la
zona; a Méndez de Vigo le
preguntaron en la Sección de Asia del Ministerio de Exteriores japonés por la
noticia oficial sobre el reconocimiento y no pudo esconder su ignorancia: no lo
sabía, y sólo se enteró la misma tarde del reconocimiento cuando visitó al
Embajador de Italia[lxxxiv].
No hubo actos especiales tras el reconocimiento de
Wang por el gobierno de Franco.[lxxxv]
Ambos gobiernos, de acuerdo con el telegrama enviado por Serrano Suñer, se propusieron enviar
representantes mutuos, y mientras que el chino llegó a Madrid en el año de
1942, ningún representante español llegó a residir en Nanjing,
aunque se anunció.[lxxxvi] Y a pesar de esa amistad política, no se
consiguieron avances en la extraterritorialidad;
el Ministro de Exteriores chino le reconoció verbalmente al representante
español los mismos derechos y prerrogativas para sus conciudadanos que antes de
la Guerra Civil, pero nunca aceptó reconocerlo por escrito.[lxxxvii]
Estas gestiones de Maldonado
no parecían interesar excesivamente al Ministro Serrano Suñer, quizás el más
predispuesto a olvidar la extraterritorialidad. El objetivo de mantener unas
buenas relaciones con Japón parecía prioritario y ello llevó a que se
respondiera a Maldonado en noviembre de 1941 que "no es posible en las
circunstancias actuales invocar razones legales ya que este asunto carece de
base jurídica para reforzar un argumento y emplearlo o esgrimirlo como un
derecho. En términos generales es natural que la suerte de España es este
aspecto sea la misma de las otras potencias que tienen igualmente reconocida su
jurisdicción en China".[lxxxviii]
Seguía afirmando que le parecía normal que, habiendo dos chinas, si una había
sido reconocida oficialmente por Madrid,
también el gobierno de Chongqing se considerara desligado de este compromiso vis
à vis, "(...) En realidad este es asunto de negociaciones directas en
el que la habilidad del funcionario puede defender o entretener durante algún
tiempo el statu quo actual con el gobierno de Nankín
sin que a este departamento se le oculten razones que invoca VE para que un día
llegue a desaparecer totalmente como ha ocurrido ya en otros países."[lxxxix]
Era una justificación política; sin la búsqueda de la extraterritorialidad, la
autonomía de la política hispana hacia China disminuía y él era el responsable
de este proceso.
¿Hubo una posición definida de España hacia China en
el período que va desde la Guerra Civil al de la Guerra del Pacífico? Sin duda
hubo una dicotomía entre intereses económicos, centrados en la consecución de
la extraterritorialidad y los políticos, centrados en la amistad con el Eje, en
los que vencieron claramente los políticos. Pero también hubo una disociación
entre el Ministerio de Exteriores desde Madrid, más preocupado por seguir a
Italia o por satisfacer a Japón en sus demandas y entre los diplomáticos en la
zona, más pro‑aliados ideológicamente, pero también más preocupados por
la visión local de los intereses, que se preocupaba por la pérdida de la
extraterritorialidad y por el juego de fuerzas en el propio país.
El período
estudiado ve una evolución paulatina hacia el momento en el que la política
exterior española ha estado sometida más directamente a las consignas del Eje,
el período de Serrano Suñer. También se puede observar un creciente interés
hacia Japón dentro de las relaciones exteriores de España que llevó a que por
primera vez este Imperio pasara a ser un objetivo con importancia propia para
Madrid, y a englobar a la relación con China con un carácter secundario. Y si
bien el período intenso en las relaciones con Japón fue un período breve, que
decayó desde poco después del estallido de la Guerra del Pacífico[xc]
y no tuvo mayores consecuencias, en el caso de España y China, no obstante, los
recuerdos perduraron bastantes años. La visión hispana de los nacionalistas
chinos siguió siendo bastante sesgada y tendente a recordar su antigua alianza
con los comunistas; la prensa lo trató negativamente hasta pocos meses antes de
acabar la Guerra Mundial (a fines del año 1943 apareció el primer artículo en
la prensa española hablando positivamente de Jiang, en el diario Ya) y el
gobierno español incluso siguió manteniendo como exiliados políticos a los antiguos
diplomáticos del Manchukuo y del gobierno de Wang hasta entrada la década de
1950.[xci] Desde la parte china, tampoco se
olvidaron las actitudes de la diplomacia franquista y durante la posguerra
mundial rechazaron en varias ocasiones los intentos de Madrid de reanudar las
relaciones mutuas[xcii], a pesar de las crecientes
concomitancias ideológicas y su radicalización política tras la derrota en la
guerra civil ante el Partido Comunista. Fue solo en junio de 1952 cuando se
restablecieron las relaciones. En buena parte, fue debido a la labor de
intermediación de la Iglesia[xciii], pero también a la creciente
polarización mundial tras el estallido de la Guerra de Corea, que llevó al
establecimiento de relaciones del régimen franquista con un buen número de
bastiones anti-comunistas en Asia, como Filipinas, Thailandia o Japón. El
anticomunismo y la relación con Estados Unidos era prioritario[xciv]. Las relaciones bilaterales, de nuevo, volvían a estar
completamente subordinadas a intereses mas vitales.
** Usamos el sistema pinyin para
los nombres. En el caso de Wang Ching-wei, lo usaremos indistintamente puesto
que las referencias de la época a él son en el sistema Wade-Giles. AGA-AE: Archivo General de la Administración, Asuntos
Exteriores. (Alcalá de Henares) AMAE-P: Archivo del Ministerio de Asuntos
Exteriores, Expedientes personales. (Madrid) AMAE-R: Archivo del Ministerio de Asuntos
Exteriores, Archivo Renovado. (Madrid) APG-JE: Archivo de Presidencia de Gobierno, Sección Jefatura
del Estado. (Madrid) ARE: Archive du Ministère français des Affaires
Étrangères (París). CUS: Confidencial U.S. Diplomatic Records. (microfilm) Dcho.: Despacho FO: Foreign Office (Londres) IEME: Instituto Español de Moneda Extranjera. NARS: National Archives and Record Service.
(Washington) PRO: Public Record Office, (Londres) Mae: Ministro de Asuntos Exteriores. Tel.: Telegrama. [i]
José Eugenio Borao. España y
China, 1927-1967.Taipei, Central Book
Publishing Company, 1994. 283 pp.
Abreviaturas:
Citas