
VV.AA. Jornadas sobre
Desarrollo y Cooperación en Asia
Vigo: Universidade de Vigo,
1997, pp.38-42.
CRISIS Y CONTINUIDAD EN
EL SISTEMA POLITICO JAPONES
Florentino Rodao
Depto. Relaciones
Internacionales
Universidad Complutense
1.- El sistema
político japonés de postguerra
3.- Los
cambios estructurales y cultura política japonesa
4.- Conclusión
La evolución de la política japonesa ha
sufrido convulsiones importantes desde el comienzo de la década de 1990. La
prensa, tanto la local como la internacional, ha hablado repetidamente de la
crisis definitiva del sistema político a raíz de los escándalos tan importantes
y continuados así como de la ruptura del Partido Liberal Democrático y la
consecuente victoria de la oposición en las elecciones de 1993, una de cuyas
consecuencias aparentes ha sido el cambio de la Ley electoral.
Pasados los años, la apatía ha
vuelto a cundir en el panorama político. Ni las elecciones realizadas bajo esa
nueva ley electoral ni los cambios efectuados en la proporción de diputados
obtenidos por los distintos partidos políticos han logrado hacer resurgir las
expectativas de antaño. El Partido Liberal Democrático, de nuevo, ha ganado las
elecciones por amplia diferencia acercándose a la mayoría absoluta. Estos
últimos datos, en consecuencia, vienen a dar la razón a aquellos que ven una
continuidad subyacente en el sistema y la imposibilidad de cambio, basándose en
la permanencia en el poder del mismo partido. La tesis de la continuidad parece
imponerse.
No obstante, es necesario acercarse a la propia
filosofía política japonesa para comprender los cambios que se han ido
sucediendo a lo largo de estos años, el cambio estructural que conlleva la
evolución reciente y, mas concretamente la función de las crisis para la propia
renovación de su sistema político. A lo largo de este trabajo vamos a intentar
analizar cual es el sistema que aparentemente estaba en crisis, sus
características, la crisis de los años 90 y a analizar los hechos desde
perspectivas adaptadas a la propia mentalidad japonesa.
El llamado "Sistema de
1955" o "Sistema de Partido y medio" ha caracterizado la
política japonesa a lo largo de la posguerra. Este año se crearon los partidos
que han dominado la escena política japonesa de posguerra, el Partido
Socialista o Shakaitô y el Partido Liberal Democrático o Jimintô. Los
conservadores, desde entonces, han mantenido el poder en el gobierno central
gracias a haber sabido cohesionar los diferentes intereses así como a la propia
debilidad de los socialistas, que no han pasado de conseguir la mitad de los
diputados del partido del gobierno. Han sido parte del sistema, por tanto, pero
no han sido alternativa de gobierno y las encuestas indican que, incluso, ni
los mismos votantes socialistas deseaban que su partido llegara a gobernar.[1]
Las aspiraciones del Shakaitô, por tanto, se han centrado en la influencia
indirecta en algunos aspectos que más afectaban a su electorado, tales como la
subida del salario mínimo, o las subvenciones a lo sindicatos, mientras que los
principales caballos de batalla frente a los conservadores han sido la política
exterior y la relación con Estados Unidos, o algunas cuestiones de importancia
menor en el plano doméstico.
El poder político ha sido
ejercido por los conservadores ininterrumpidamente, pero el poder del Jimintô
ha estado muy reducido en comparación con democracias de tipo occidental. Tres
grupos principales, los burócratas, los grandes negocios y los políticos han
compartido la capacidad de ejercer el poder en Japón, junto con algunos grupos
menos importantes que han funcionado de forma semiautónoma, tales como la
policía[2]. En primer lugar, los burócratas han sido
los elaboradores de las políticas por medio de leyes aprobadas después por el
parlamento sin mayores cambios y sin excesivos problemas.[3]
Su principal autoridad para ejercer este poder ha sido el carisma como
defensores de lo que era mas conveniente para el país, habiendo recogido, de
alguna manera, la antorcha que en el período de preguerra poseian los militares
como "portadores del espíritu nacional". Han sido considerados como
unas personas que buscan por encima de todo el beneficio nacional, dejando de
lado sus propios intereses personales. Independientemente de la veracidad de
esa visión, la importancia de la burocracia dentro de la pirámide de poder en
Japón ha permitido políticas a más largo plazo. Después, el engranaje de la
política con el mundo económico en lo que se ha llamado "zoku-giin"
(los legisladores impulsando los intereses de los negocios) y de los burócratas
con los negocios por medio del "amakudari" (descender del cielo, el
retiro de los burócratas de élite a puestos lucrativos en las empresas que
supervisaban) ha sido beneficioso para ambos, unos beneficiándose de las
disposiciones aprobadas, otros recibiendo financiación para sus campañas
electorales y otros ganando tras la jubilación el dinero y la tranquilidad que
no pudieron tener antes. Keidanren (Federación de Organizaciones Económicas) y
el resto de las organizaciones empresariales han buscado la conveniencia de las
políticas generales en sus intereses particulares y han influido mucho tambien
en la apertura al exterior. Los políticos, por último, han sido los encargados
de cortejar a los votantes defendiendo los intereses más particularizados de
sus constituencias. Su función, principalmente, ha sido drenar recursos
generales a sus votantes y, en general, como "conseguidores", por
usar una palabra facilmente comprensible.[4] Cada
grupo, por tanto, ha tenido unos intereses definidos que han estado
solidificados por una fuerte conciencia nacional.
Mientras tanto, el
funcionamiento del sistema ha estado caracterizado por la falta de liderazgo,
la corrupción y el auge económico. La primera característica es quizás la mas
llamativa en Occidente y ha provocado denominaciones como la famosa de
"pirámide truncada de poder", elaborada por Van Wolferen en el libro
ya citado o la frase de que "Japón tiene política pero no gobierno".
Los primeros ministros, ciertamente, han tenido un poder muy escaso, derivado
de acuerdos entre las diferentes facciones o habatsu que son los que han
posibilitado la obtención de los votos necesarios en el Parlamento. Su autonomía
de decisión ha sido escasa a pesar de haberlo buscado, en ocasiones, mediante
la convocatoria de elecciones que pudieran suponer la legitimación de su
posición. Esta seguiría dependiendo, a fin de cuentas, de un partido en el que
sus votos han sido siempre considerados una suma de los recibidos por cada
diputado en sus circunscripciones[5]. La forma más
visible de este escaso poder es viéndolo físicamente: un chalet con poco mas de
cien metros cuadrados para la oficina ejecturica y con una simple oficina que
es el preludio al despacho del primer ministro. Una comparación no sólo con la
Casa Blanca, sino con la misma Moncloa en España haría comprender ese escaso
poder.[6]
La magnitud de la corrupción ha
sido otra de las características intrínsecas del sistema japonés, mayor que
en países occidentales a causa del sistema electoral: la democracia ha
supuesto un coste adicional puesto que la obtención del voto ha sido más cara.
Las constituencias han sido de tamaño variable (entre 3 y 5 escaños) y salían
elegidos los diputados con mayor número de votos, en base a un voto por
elector. Ello ha permitido que pudieran ser elegidos varios diputados del mismo
partido (normalmente, del Jimintô) dentro de una misma circunscripción
electoral y que los propios votantes pudieran expresar su rechazo a
determinados políticos sin que eso significara una oposición expresa a su
partido. Había opción a votar a otro u otros candidatos, siempre presentados
por diferentes facciones. Estas normas, no obstante, han impulsado a los
distintos candidatos a dedicarse principalmente a buscar los votos dentro del
electorado de su propio partido y a que el gasto de dinero haya sido mucho
mayor que en otras campañas electorales, entre otras razones porque sin apenas
diferencias políticas (no hay muchas entre los partidos, pero muchas menos
entre los miembros de diferente facción) la forma de ofrecer votos ha sido
buscando el contacto directo con los votantes. Asistir a bodas o funerales (y
entregar sus propios sobres a la familia con una cantidad de dinero que debe
estar acorde con los ingresos) o financiar agrupaciones de votantes o kôenkai
que vayan por las casas solicitando el voto han sido actividades
principales de los candidatos a diputados. El coste de la lucha política, por
tanto, se ha incrementado con la disputa entre las diferentes facciones de un
mismo partido.
La bonanza económica ha sido el lubricante que ha
permitido tanto acallar las criticas contra el régimen como permitir su propia
reproducción. Evitar un número importante de marginados del sistema y contentar
las demandas de los diputados para sus circunscripciones (en ocasiones
justificadas, pero con mucha frecuencia proyectos costosos de difícil
viabilidad economiza) sólo puede ser conseguido por medio de los crecientes
ingresos del Estado. Pero junto a esta economía de crecimiento guiada, la
alianza exterior con Estados Unidos ha tenido un papel clave porque Japón ha salido
beneficiada de la necesidad de Washington de un bastión estratégico frente a la
expansión soviética. Japón ha consiguiendo asegurar, de hecho, las dos
principales amenazas exteriores a su auge económico: el acceso a materias
primas y la necesidad de energía barata. La subordinación política a un país
fuerte económicamente no le ha supuesto a Japón las trabas provocadas por la
colonización en otros países y, mas allá de ello, también ha podido mantener
sus propias opciones en política exterior allá donde sus intereses eran más
vitales, tales como las relaciones con China o con Corea.
Las consecuencias de la caída del Muro de Berlín en
Asia están aún por ver, en parte porque aún no se han derretido los hielos de
la Guerra Fria. No obstante, la política de Estados Unidos va en la dirección
que se podría considerar como inevitable: las relaciones comerciales ya no se
supeditan al interés político, que ahora tiende a basarse más en bloques de
países que en alianzas bilaterales. Aunque siempre ha habido fricciones mutuas,
ya no es posible superarlas tan fácilmente como antaño y las campañas contra
los productos japoneses han forzado las privilegiadas relaciones, que ahora
están más influidas por la desconfianza de parte americana que por el intento
de conseguir un objetivo mutuo. La indefinicion estratégica a largo plazo, a
saber, la inexistencia de un organismo de seguridad en la región que permita
prever la resolución de conflictos, atenúa el debilitamiento de los lazos
mutuos entre Estados Unidos y Japón y ayuda a evitar que las tensiones se
desboquen. La forma en que estas tensiones puedan perjudicar la economía
japonesa a largo plazo es incierta pero, mientras una mayor vinculación
japonesa con Asia aparece como una alternativa para el futuro, la incertidumbre
supone un elemento clave al decidir políticas a largo plazo.
Los escándalos de corrupción,
por su parte, han añadido un nuevo elemento de incertidumbre, convulsionando la
vida política, mas que por la magnitud, por el continuo goteo de nuevos casos.
A los famosos escándalos de la Lockheed en la década pasada, se ha añadido el
escándalo de la Recruit que llevó a la dimisión del primer ministro Noboru
Takeshita y pocos meses después a de su sucesor Sosuke Uno. Al igual que en
otras ocasiones, la necesidad de calmar los ánimos anti-Jimintô llevó a la
eleccion de un ministro limpio, Toshiki Kaifu, de la minoritaria facción
Komoto. Cuando después de dos años se dejó caer a Kaifu para dejar paso a las
componendas tradicionales entre líderes de facciones y fue elegido Kiichi
Miyazawa, se pensó que la marea había bajado. Se formó un gobierno en el que
las carteras volvían a estar divididas entre facciones y cuyos miembros estaban
implicados en buena parte en anteriores escándalos de corrupción; se vendió la
necesidad de un gabinete de "pesos pesados" para que Japón pudiera
salir de la crisis económica tras el estallido de la "economía de la
burbuja". Las aguas, no obstante, no volvieron a su cauce, azuzadas por ese
sentimiento de crisis y por la continuación de los escándalos políticos,
principalmente el de Sagawa Kyûbin, que llevó a la detención del verdadero
padrino de la política japonesa, Shin Kanemaru, y al descubrimiento de onzas de
oro en su poder por un valor aproximado de 50 millones dólares.[7]
Se puede decir que el clamor por un cambio de
política llegó a la opinión pública, permitiendo que las luchas internas dentro
del Jimintô llegaran a amenazar la unidad del propio partido. Efectivamente,
los perdedores en la lucha por el control del Partido Liberal Democrático,
Ichirô Ozawa y Tsutomu Hata, pudieron escindirse del partido portando una
bandera facilmente comprensible para el público: la renovación. La ocasión para
ello fue una moción de censura de los grupos de oposición que salió triunfadora
gracias al apoyo de un buen número de diputados escindidos y en 1993 se
celebraron nuevas elecciones que dejaron al Jimintô en la posición de minoría
mayoritaria.
El poder, finalmente, "cambió
de manos", tal como se llegó a decir, porque se formó la tan deseada
alianza de la oposicion no comunista que logró desbancar, despues de casi
cuatro décadas, al Jimintô. El nuevo primer ministro, Morihiro Hosokawa, fue el
primero desde 1955 que no era al mismo tiempo presidente del PLD y con él se
renovó la esperanza de conseguir un cambio definitivo en el panorama político
japonés. Hosokawa había creado recientemente un nuevo partido político (Nihon
Shinto, Nuevo Partido de Japon) y, aunque él mismo había sido diputado
del Jimintô, la principal característica de su cuarentena de diputados era su
inocencia política: casi todos entraban por primera vez en la Dieta.
El propio Hosokawa les dijo que su permanencia en el
puesto para las próximas elecciones dependía de mantener en el candelero la
Reforma Política. Y acertó, porque la propia resignación de Hosokawa al medio
año a causa de un escándalo de corrupción y la llegada al poder de Hata rebajó
las expectativas de reforma. Hata y el Partido que lideraba junto con Ozawa
(Shinshinto, Partido de la Nueva Frontera) no eran modelo de político limpio:
su salida del Jimintô había sido por una lucha de poder y la media de sus
bienes personales era la mayor de todo el parlamento, por encima incluso de la
de los diputados del PLD. Tras haberse aprobado la nueva reforma electoral, el
panorama político sufrió un nuevo vuelco: los antiguos enemigos del período de
postguerra formaron una alianza. El Partido Socialista o Shakaitô (cambiado el
nombre en inglés a Partido Socialdemócrata en 1991 y después también en
japonés) y el Jimintô hicieron una alianza que llevó a un gobierno conjunto en
el que se repartieron el puesto de primer ministo hasta el fin de la
legislatura. Lo impensable de antaño se produjo, pero eso no quiere decir que
el planteamiento de los nuevos aliados fuera ilógico: eran los beneficiarios
del antiguo sistema que se intentarían defender frente a los que buscaban uno
nuevo.
La reforma política, de esta
forma, tomó un giro que en Occidente podría haber sido considerado como una
demostración de la madurez del sistema: un primer ministro socialista,
Tomiichi Murayama al cargo del país. Murayama, después de un año, pasó el cargo
el líder del PLD, Ryûtaro Hashimoto, quien al convocar nuevas elecciones en
1996 consiguió aumentar el porcentaje de escaños para su partido, llegando a
estar cercano a alcanzar la mayoría absoluta. De nuevo hay gobierno del PLD
para un buen período de tiempo, el Partido de Hosokawa ha desaparecido y,
ciertamente, ya no se habla del cambio a pesar de que han sido las primeras
elecciones celebradas bajo la nueva ley electoral. ¿Significa ésto que se ha
superado la crisis política?
La importancia de los cambios y si éstos son significativos
es una pregunta recurrente al analizar el sistema político japonés, en parte
porque las noticias de la prensa tienen tendencia a anunciar derrumbamientos
definitivos ante cada crisis estructural. Por tanto, pensamos que una respuesta
a la importancia de los cambios políticos en Japon a lo largo de la década de
1990 quizás sería mejor plantearla en función de esos cambios estructurales en
lugar de limitarnos a hechos formales, tales como el nombre del o los partidos
políticos o de las personas al frente de los gabinetes.
Para ello, quizás es conveniente
comenzar analizando la diferente perspectiva japonesa en relación con la famosa
"falta de liderazgo" de su sistema político. El sistema actual no
sólo habría que compararlo con el de otros países sino también con el que se ha
dado Japón en épocas anteriores de su Historia: el poder nunca ha sido ejercido
por los propios primeros ministros, ni mucho menos por los emperadores, que en
ocasiones han tenido que vender sus bienes para sobrevivir economicamente.
Matsurigoto fue la primera concepción de poder en Japon y asi lo indicaba,
asemejando además el la jerarquía en el gobierno con la jerarquñia de los
dioses shinto o kami. Se ha disociado claramente el título del poder
efectivo y los shogunes; aunque éstos eran los detentadores en el Japón
anterior a la Renovación Meiji, no tenían mas que cargos de segunda fila en la
Corte Imperial.[8] Y esta característica no es sólo
japonesa, sino que se dan similitudes importantes en el resto de Asia; el caso
más claro fue el de Deng XiaoPing quien, aunque era la persona clave en el
Partido Comunista Chino, por muchos años mantuvo sólamente el cargo de
Presidente de la Federación china de Bridge. Además, la comparación de los dos
principales líderes en el Japón actual, Ozawa y Hashimoto, puede ser reveladora
de la importancia de conocer la cultura del país para poder captar cómo se
estan produciendo los cambios.
Ichirô Ozawa y Ryûtaro Hashimoto
son los principales líderes de la escena política actual y comparten poco, a
excepción de haber sido ahijados políticos de Kanemaru. Ozawa es el líder del
principal partido de la oposición y está considerado el que tiene las ideas mas
claras sobre el futuro de Japón. Sus críticas al sistema de toma de decisiones
y a la incapacidad para afrontar las crisis han sido asumidas por un
amplio espectro de japoneses, desde políticos o empresarios hasta burócratas,
así como el objetivo de conseguir que Japón llegue a ser un país "normal"
en el mundo, entendiendo por ello la necesidad de participar de sus
obligaciones internacionales a la hora del envío de tropas. Su manifiesto
político, "Blueprint for a New Japan", ha sido un éxito de ventas
(700.000 ejemplares) desde su lanzamiento en 1993 y aun sigue siendo citado
como una critica brillante del sistema político japonés, al contrario del que
editó Hosokawa, por hablar de un libro contemporáneo.[9]
Hashimoto, al contrario, ha estado más en el lado de los que preferían mantener
la situación anterior y sólo recientemente ha empezado a abrazar la reforma
política como objetivo prioritario, tomando prestadas muchas de las ideas
lanzadas en su dia por Ozawa, desde la desregulación y la privatización en gran
escala a la necesidad de un primer ministro que pueda actuar rápido en las
emergencias.
La situación actual de ambos
políticos es totalmente diferente y mientras a Ozawa se le considera un
político acabado, cuya popularidad está muy por debajo de los votos conseguidos
por su partido, el prestigio de Hashimoto está en lo más alto. Las razones de
ello se pueden buscar en la cultura política japonesa: Hashimoto tiende a
actuar lentamente, esperando a que se forme un consenso antes de tomar
decisiones, mientras que Ozawa no lo hace y parece incapaz de persuadir a la
gente a seguirle.[10] La forma de actuar de Hashimoto, mas
propenso a escuchar y más cauto al actuar, ha tenido más validez que la
brillantez mental de su oponente. Ello nos lleva a pensar que el proceso de
cambio en Japón depende más de las formas y después de las ideas, al igual que
en otros muchos países, pero no tanto de las personas: los líderes no son tan
necesarios como en Occidente.
La cuestión del liderazgo en
Japón nos puede ayudar a comprender la importancia de otros cambios
estructurales en Japón. Quizás el más llamativo de todos ellos es la pérdida de
la autoridad moral de la buroracia, a la que nos habíamos referido
anteriormente. Casos como el del retraso en la prohibición del uso de sangre
posiblemente contaminada con el virus del SIDA u otros escandalos de corrupción
que han afectado no sólo a políticos sino también a burócratas, han provocado
una marea antiburocracia en Japón.[11]
La marea bajará pero el poso de duda sobre la infalibilidad de los burócratas
será difícil de arrancar y su poder se está cercenando desde varios aspectos.
Además de los ya mencionados recortes en la autoridad de regular, el periódico Asahi,
por ejemplo, proponía recientemente que los servidores públicos no puedan
aceptar regalos, con el fin declarado de mantener su ética, algo que habría
sido impensable al principio de la década. La perdida de prestigio es
irrecuperable y van siendo cada vez menos necesarios para el funcionamiento del
sistema: mientras que ya no es automática la entrada como funcionarios de los
mejores estudiantes de la Universidad de Tokio (que van prefiriendo entrar en
empresas privadas), se buscan alternativas a las funciones para las que, hoy
día, son el único cuerpo capacitado. Así, para la formulación de políticas a
largo plazo, el Keidanren ha puesto recientemente en marcha un Think Tank
que podría servir como alternativa a una prerrogativa que tenían hasta ahora en
exclusiva los servidores del Estado y que solo había sido amenazada por
pequeños Think Tank puestos en marcha por bancos o por casas de valores como
Nomura.[12] Los juicios contra la corrupción también
están demostrando la creciente vulnerabilidad de todos los grupos políticos
ante el poder de una Justicia que se muestra cada vez más independiente y menos
dispuesta a aceptar compromisos. La perseverancia de algunos jueces y los
éxitos conseguidos muestran que la sociedad civil está cada vez mas incolucrada
en perseguir los abusos del poder.
La búsqueda de una alternativa
política con posibilidades de alcanzar el poder, por su parte, es otro de los
cambios estructurales que se van dando tras la puesta en marcha del nuevo
sistema electoral que favorece la existencia de mayorías. Es previsible que se
llegue en un futuro a una alternancia de partidos con unas diferencias que
serían equiparables a las que existen en el modelo estadounidense y, tras
varios años en que los partidos se creaban con clara intención de servir de
refugio temporal (Shintô Sakigake o Nuevo Partido Precursor, Nihon Shintô o
Nuevo partido de Japón, Shinseitô o Partido Renacimiento o más recientemente,
Taiyotô, o Partido del Sol) ha sido fundado el Partido Democrático o Minshutô
con una definición ideológica que, si bien es vaga, denota una intención de
durar. Por de pronto, no obstante, el sistema es más equiparable con el coreano
(donde la izquierda no consigue alcanzar el poder), o con el thailandés, (donde
las coaliciones de gobierno son extremadamente frágiles) que con el
norteamericano y mucho menos con ninguno europeo. Y es que, ciertamente, las
tendencias socioeconómicas de voto en Japón son diferentes a las de Occidente:
los jovenes tienden a votar mas a la izquierda, no se ha encontrado relación
entre nivel de renta y elección de partido, está muy marcada la tendencia de
voto a la izquerda de los trabajadores de cuello blanco y el voto a los
partidos de izquierda se incrementa directamente con el nivel de educacion.[13]
De estas cuatro características, sólo la primera es equiparable con Occidente.
En la actual búsqueda de
opciones para el futuro, también es necesario conocer esta cultura japonesa
para comprender los ritmos de cambio. En el caso de las relaciones exteriores,
la alternativa a la Alianza con Estados Unidos se está buscando en un marco y
bajo unas formas específicamente asiáticas; así, aunque se participa en foros
como APEC (Asia Pacific Economic Conference) o ASEM (Asia Europa Meeting), la
opción que cuenta con mayores perspectivas es el ARF o Asean Regional Forum.
Puesto en marcha por la ASEAN u Organización del Naciones del Sudeste Asiático
como un órgano consultivo en materia de seguridad, ARF permite una resolución
de conflictos mas informal y agrupa no solo a los miembros de este club, sino a
las grandes potencias (China, Japón, Rusia, Estados Unidos, Rusia y la Unión
Europea) en calidad de observadoras. Alrededor de este foro se van resolviendo
algunos de los problemas más recientes, como la soberanía de las islas Spratly
o el control del caudal del río Mekong, sin titulares de prensa llamativos,
"regla número uno de la diplomacia japonesa".[14]
En el caso del marco político interno, la modificación de la Constitución
redactada por los Americanos durante su período de ocupación es un proceso que
está llevando su tiempo, pero que en su día alcanzará frutos. Mientras que
hasta ahora el debate estaba viciado por la defensa a ultranza del artículo
pacifista y por otros términos, recientemente han pasado a considerarse la
necesidad de un cambio desde otros puntos de vista. La necesidad de una
modificación de la Constitución (o de una nueva Constitución), mientras cala
hondo en la sociedad civil, ha pasado a ser impulsada por el periódico más
leído últimamente, Yomiuri, que desde noviembre de 1994 ha iniciado una
campaña. Tras establecer un comité, ha propuesto cambios concretos que se
pueden ver en su pagina web[15]. La forma de proponer los cambios es muy
propia de la cultura política japonesa, permitiendo tiempo para la búsqueda de
consenso.
El sistema político japonés funciona de forma diferente:
ya hemos visto que el consenso se busca y se necesita, y que ello lleva a un
proceso de decisiones mas lento. La cultura política japonesa esta llevando a
cabo una de sus crisis estructurales, pero no parece ser que sea la definitiva
sino, antes bien, una que fortalecerá a la larga al país. Y es que otra
característica es la capacidad de regeneración y la conveniencia de las crisis
para adoptar soluciones para el futuro. Mientras que en países occidentales es
necesario que se llegue a situaciones de violencia para adoptar cambios, en
Japón la propia sociedad es capaz de automutilarse voluntariamente si con ello
se comprende que es en beneficio de la colectividad. El sentimiento nacional y
de lealtad tan intenso, que ayuda a suplantar la falta de liderazgo y a la
renuncia a los intereses particulares cuando hay conflictos, también provee un
empuje esencial para solucionar situaciones críticas sin necesidad de
violencia.
La capacidad de
autoregeneración, por tanto, es quizás una de las principales características
del sistema político japonés y ello ayuda a comprender las fases que está
viviendo la crisis política japonesa. Un claro ejemplo ha sido la capacidad de
supervivencia del Jimintô a lo largo de esta crisis: de la derrota y la amenaza
de saltar en pedazos ha sabido adaptarse lo suficiente como para volver a
triunfar, a pesar de la grave crisis económica y del cansancio hacia el
Partido. Para que el sistema siga funcionando, es necesario la existencia de
situaciones críticas, pues en Japón se saben aprovechar. No se necesita la
violencia para que se tome un giro decisivo y, por tanto, quizás debamos
aprender en Occidente de su evolución política y, mas aun, comparar mas
frecuentemente las crisis con el caso japonés.