Publicaciones académicas
Principal

España
y el Pacífico, Antonio
García-Abásolo (ed.)
Córdoba,
Asociación Española de Estudios del Pacífico, 1997, pp. 283-194.
ESPAÑA
Y PEARL HARBOR
EL
ESTALLIDO DE LA GUERRA DEL PACIFICO Y SUS REPERCUSIONES EN
EL
CONTEXTO POLÍTICO ESPAÑOL
Florentino Rodao
Instituto Complutense de Asia[1]
ii. La política
exterior española y la guerra del Pacífico
ii.a. La guerra
llega a Filipinas.
ii.b. Pearl harbor y América Latina
ii.c. El cada vez más difícil sentimiento pro-japonés
iii. La guerra del pacífico
como hecho militar
iii.a. El mar como escenario de batalla.
iii.b. Un posible ataque a la Unión Soviética
iv. La política
interna española y el comienzo de una nueva guerra
iv.a. Japón como compensación del dominio alemán
iv.b. Acercamiento de la Falange a la Iglesia
iv.c. Posición política de serrano suñer
La bibliografía sobre la participación española en la II Guerra Mundial ha
estudiado de forma muy fragmentaria el comienzo de la Guerra del Pacífico. El 7
de diciembre de 1941 se ha considerado como un hecho adicional entre las
numerosas batallas ocurridas entonces, más que como un punto y aparte en
el desarrollo de la II Guerra Mundial. Javier Tusell, por ejemplo, señala en su
libro Franco, España y la II Guerra Mundial: "Para los Españoles
[...], la definitiva ampliación de la guerra no supuso nada nuevo"[2].
Las razones vienen de la escasa atención que, relativamente, la prensa hispana
prestó a la extensión de la guerra al Pacífico: las hostilidades ya habían
comenzado en Europa hacía más de dos años, el propio Japón ya estaba desde 1937
guerreando en China y, además, estaba excesivamente alejada de los escenarios
en Europa, considerados los principales.
Pearl Harbor, no obstante, influyó bastante a España, tanto para su relación
con los países beligerantes y neutrales como en las disputas dentro de las
diferentes familias políticas del régimen. Vamos a tratar de analizarlo
estudiando su impacto desde la perspectiva de la política exterior, del
análisis militar y de la política interna española.
Las noticias sobre el ataque japonés en Pearl Harbor hicieron creer a muchos españoles que la victoria definitiva del Eje
tenía ya el camino despejado. Al igual que japoneses, italianos o alemanes,
pensaron que la anunciada destrucción de la flota norteamericana sería
suficiente para inmovilizar a este país durante varios años. El ministro de
Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer,
quien fue visto radiante tras conocer la noticia, fue uno de ellos[3].
Muestra de ello es que, tras recibir la visita del embajador norteamericano
Alexander W. Weddell y del ministro japonés, Suma Yakichirô (el
apellido antes del nombre), envió un telegrama de felicitación a Tokio por sus victorias[4]
y dio instrucciones al personal a su cargo para que hiciera lo mismo a la
Legación japonesa en Madrid[5]. La prensa oficial apoyó fervorosamente a
Japón y el influyente "Semanario de Política
Exterior y Economía", Mundo, lo expresó con el florido lenguaje
usado entonces: "La presente conflagración universal servirá de
instrumento al orden nuevo, que España
apetece: es la fe y la esperanza, que nos hacen varonilmente superar las duras
pruebas por las que el mundo todo está pasando"[6].
Mientras tanto, el Ministro de España en Tokio con rango de Embajador, Santiago
Méndez de Vigo y Méndez de Vigo, tuvo una actitud bien diferente a la de
Serrano Suñer. Tras haber cenado la noche anterior con su colega y vecino,
Joseph C. Grew, embajador de Washington, Méndez de Vigo fue a buscarle en
cuanto oyó las noticias de la radio informando del ataque japonés en Hawai'i,
Filipinas y Guam. Grew había salido a una entrevista con el Ministro de
Exteriores nipón, en la que fue informado de la ruptura de las negociaciones
nipo-norteamericanas, pero no del comienzo de la guerra y, cuando regresó, fue
el propio Méndez de Vigo quien le dijo las noticias de la radio a la puerta de
la Embajada[7].
El diferente comportamiento de
Serrano Suñer y Méndez de Vigo muestra la diversidad de la opinión española
ante el ataque japonés. No obstante, la posición oficial de Madrid ante el
conflicto no tuvo excesivos problemas en ser definida y el 18 de diciembre,
tras un Consejo de Ministros, el Ministerio de Exteriores difundió la postura
oficial: "España, como en la fase anterior del conflicto, mantiene su
posición de no beligerancia"[8]. Ello, después de haberse entrevistado Serrano Suñer con los embajadores
británico, luso, japonés y del Vaticano; el ministro habló sobre la postura
española, pero también hubo de buscar información lo más reciente posible sobre
Japón, porque los últimos informes directos desde su representación en Tokio estaban fechados en los meses de agosto y
septiembre[9]. A falta de información reciente de
primera mano, la posición oficial se decidió, aparentemente, atendiendo a
razones generales, tal como indicaba la propia nota oficial. Si hubo discusión
sobre ello, no pudo ser mucha, porque la falta de información impedía una
concreción mayor.
Las diferentes actitudes ante
la Guerra del Pacífico se vieron por primera vez a propósito de la toma del Timor portugués por las tropas aliadas desde Australia, para
evitar la ocupación de la parte holandesa de la isla aprovechando la
neutralidad lusa. Mientras que Arriba aprovechó para criticar a Gran Bretaña[10],
ABC apuntó la difícil posición de
Lisboa: su neutralidad podía hacer innecesaria la ocupación de su colonia, pero
tampoco el Pacto Mutuo con el
Reino Unido podía evitar la utilización de esta isla como base contra Japón[11].
Finalmente, el día 20 de febrero de 1942, las tropas niponas acabaron ocupando
toda la isla; declararon que no había interés sobre las colonias portuguesas y
añadieron oficiosamente que su ocupación estaba motivada por la presencia de
tropas enemigas. Para entonces, no obstante, los conflictos internos impidieron
que la prensa española se ocupara sobre Timor, tal como veremos en el caso de
Filipinas.
Filipinas provocó mayor atención que Timor. No sólo influyeron los lazos
históricos, sino también los fuertes intereses españoles en las islas e incluso
la futura independencia, prevista para 1946. España buscaba una mayor
influencia aprovechando la prevista salida norteamericana y había visto la
rivalidad entre Japón y Estados Unidos como algo relativamente conveniente para
sus intereses, prefiriendo la hegemonía de Tokio como mal menor (y
transitorio). La parte correspondiente del libro de José María Cordero Torres
sobre los Aspectos de la Misión Universal de España, afirma que no
atenta "a los derechos de España la organización regional de las
comunidades políticas del Extremo Oriente bajo la supremacía de los países más
adelantados a él, a condición de que no se dé a esta organización un carácter
hostil al interés legítimo de España"[12].
Sin una cierta aquiescencia nipona, no podía pensarse en el "mandato
civilizador" asignado en el mismo libro a Filipinas sobre otros
territorios malasios y micronesios.
Esta postura pro-nipona en las Filipinas había sido consecuencia de la imagen
ideal de Japón generada durante la Guerra Civil. Se había sentido una fuerte
identificación con este país y como consecuencia se vislumbraba una colaboración
mutua, tanto frente a la ocupación americana como frente a británicos y
holandeses.
La imagen ideal de Japón, no obstante, acabó en el verano de 1941, cuando se
percibió que Tokio no valoraba ninguna antigua potencia colonial y que llevaba
su propio camino para la construcción de ese Nuevo Orden, tal como demostró el
hecho de no haber seguido a Hitler en la declaración a la Unión Soviética. Los
japoneses ejercían un dominio absoluto sobre el Asia Oriental en el que no
dejaban hueco a amigos ni a enemigos. La condición que señalaba Cordero Torres
no se cumplía y fue significativo un artículo aparecido cuando los tambores de
la guerra ya estaban preparados; el mismo 7 de diciembre de 1941, la página
sobre "Hispanidad" de la revista Mundo, mostraba una preferencia del dominio norteamericano frente al japonés
en Filipinas y llegaba a asegurar que la influencia española podía convivir con
la potencia colonial de entonces:
"Pero sin humor de reconquistas, sin altiveces
desproporcionadas a lo posible, España puede convivir, en lo
social, con la influencia definitiva que hoy obra sobre el Archipiélago [...] El instrumento existe,
debe ser manejado con el cuidado de no despertar suspicacias en el todopoderoso
interventor político e internacional [...] por esto, nuestra preocupación y
nuestro tacto deben ser para conservarlas [Filipinas] dentro de nuestra
espiritualidad, que es todo lo que pretende la HISPANIDAD"[13].
El comienzo de las hostilidades provocó que ese cambio en las imágenes se
plasmara en la postura oficial de Madrid y se proclamó, por primera vez, el
deseo de unas Filipinas independientes: "Nuestro anhelo más vivo de
españoles se cifra en la superación de la fatalidad geográfica y en la
continuidad de la vida independiente, civilizada y cristiana de Filipinas"[14].
Aunque se aceptaba que Japón ocupara las colonias
holandesas o británicas, o el denominado "pueblo malayo", no ocurría
lo mismo con las Filipinas, un pueblo "civilizado y cristiano[...],
formado a los pechos de España"[15].
Esta postura fue asumida por las diferentes facciones y ni siquiera entre los
ambientes más pro-japoneses en España se percibió como un dato positivo la
ocupación de Filipinas. Se escribió con sentimiento sobre el hecho que la antigua colonia española hubiera caído de pleno, sin desearlo, en
el campo de batalla de las otras dos influencias que podían competir con la
hispana; la japonesa y la norteamericana:
"La fatalidad geográfica pone a las Islas Filipinas en medio de la lucha por el dominio del Pacífico. Los
Estados Unidos querían hacer de ellas una barrera y el Japón las necesita como un puente hacia los
mares del sur. El vástago más remoto de la Hispanidad se halla ante la
encrucijada más grave de su destino"[16].
Las noticias reflejadas en la prensa mostraron de nuevo las diferentes
afinidades, pero también el carácter de test político donde las discrepancias
eran lo suficientemente importantes como para luchar por los contenidos de las
noticias. La actuación del Cónsul General de España en Manila, José del Castaño y Cardona, fue complicada. Falangista militante, sus
telegramas tendieron a despejar la preocupación en la península ante los
avances nipones, coincidiendo con la política del Ministro Serrano Suñer, y el
11 de diciembre, por ejemplo, afirmó que todos los españoles estaban bien y que
la mayoría preferían permanecer en Manila[17].
El Ministerio de Exteriores publicó algunos de estos telegramas
tranquilizadores, pero por su lado el periódico ABC sacó noticias llegadas por
medio de la delegación de la agencia EFE en Nueva York, hablando de una monja
española fallecida en la ciudad de Iloilo, en la isla de Panay[18].
Exteriores trató de terciar por medio de la difusión de un extenso comunicado,
con la idea de que sería "un buen material para guiar los sentimientos
populares"[19]:
"Con el fin de tranquilizar a los españoles que tienen
parientes o intereses en Filipinas, y como ampliación de la nota ayer
facilitada, en la que se comunicaba que una religiosa española había sido
la única víctima de esta nacionalidad en los bombardeos realizados sobre el
Archipiélago Filipino, hay que añadir que otras fuentes informativas aclaran
que esta religiosa ha sido solamente herida.
Con este motivo, el gobierno de Tokio, al poner de relieve el escaso número de víctimas civiles
ocasionado por los bombardeos de la aviación nipona, declara que ésta busca
exclusivamente los más rigurosos objetivos militares en sus ataques a las
Filipinas, ya que tan sólo un herido casual hay que lamentar en la colonia española, que cuenta con cerca de
cincuenta edificios de instituciones religiosas, a más de varios centros
culturales y numerosos establecimientos comerciales"[20].
El carácter pro-japonés de la
nota no dejó sin reacción a la Embajada estadounidense, la cual emitió un
comunicado expresando su sorpresa porque la nota estaba "dando una
impresión falsa" y pidiendo le fuera concedido a su punto de vista tanta
publicidad como a la nota anterior, desdeñándola como "nota del ministro
de Japón"[21]. El Ministerio de Exteriores fue
claramente perturbado por el texto de la nota y negó tajantemente ser
intérprete del gobierno japonés como una acusación maliciosa, afirmando también
que sus informaciones habían incluido algunas radios norteamericanas. Sus
preferencias volvían a quedar claras, no obstante, en uno de los primeros
párrafos: "en cuanto lleguen los japoneses, Castaño podrá telegrafiar
libremente"[22].
El embajador de Washington, siguió difundiendo información sobre los ataques
aéreos japoneses enviando copia de sus notas verbales a todas las
representaciones diplomáticas[23]. Sin embargo, el ministro Serrano Suñer
desactivó la polémica; entre otras razones, porque pudo confirmar por medio de
su propio cónsul en Manila las noticias sobre destrucciones de iglesias a causa
de los bombardeos japoneses. Ya no fueron publicados en la prensa más
telegramas desde Manila y sus órdenes a la capital filipina fueron informar a
los japoneses de las localizaciones de los edificios para evitar una
destrucción mayor[24].
Dos hechos claves en las
relaciones españolas de la posguerra tuvieron lugar poco después de Pearl
Harbor. Uno de ellos fue la puesta en marcha de la "Unión Ibérica",
tras una entrevista entre el dictador portugués, Antonio
de Oliveira Salazar y el español, Francisco Franco,
como un intento de lanzar un bloque de naciones neutrales[25].
Las entrevistas de Serrano Suñer y las referencias de la prensa a Timor ya nos
han mostrado el papel de referencia que tuvo Lisboa en la relación con Japón,
que se vería aumentado según transcurría el conflicto y las tensiones
aumentaban[26]. El otro hecho clave, y el más
importante, fue la III Conferencia de Cancilleres
americanos, celebrada en Río de Janeiro durante los últimos días de enero y
primeros de febrero de 1942. Allí, la mayoría de los gobiernos americanos se
solidarizaron con Washington y decidieron romper relaciones con el Eje,
llegando algunos incluso a declarar la guerra. Los deseos hispanos de mantener
neutrales a los regímenes de América Latina fracasaron definitivamente y sólo
Chile y Argentina mantuvieron
esa neutralidad deseada por España; aún así, no obstante, el status legal de
Washington era diferente al de Tokio[27].
Río de Janeiro fue un fuerte golpe para el aislamiento de España frente a estos
países: el panamericanismo liderado por Washington derrotó
definitivamente las ansias de panhispanismo abogado por Madrid. Las
relaciones y la posible influencia hispana en América Latina llegaron a su punto más bajo, en buena parte como
consecuencia de esa afinidad hacia Japón con que fue vista la posición
española. La victoria estadounidense fue gracias a haber encontrado un enemigo
común para todo el continente, y de nuevo encontramos en la página de Rodolfo
Reyes dedicada a la "Hispanidad" en la revista Mundo un fuerte
resentimiento hacia el entonces amigo de España: "esa agresión ha
existido, es verdad, pero en Asia, sobre
posiciones cubiertas por la bandera norteamericana[...] pero no sobre suelo
americano"[28]. Por primera vez se reconoció la parte
de culpa nipona en Pearl Harbor.
Además, España fue la potencia defensora de los intereses de los ciudadanos
japoneses en buena parte de América, lo que ayudó a aislarla más aún a lo largo
del continente. Meses más tarde, el embajador español en Washington, Francisco
José de Cárdenas, le señaló a Suma durante una visita a Madrid que esa
designación había sido objeto "de toda clases de desprecios"[29].
El reproche a Japón por el deterioro de las relaciones con Latinoamérica, por
su lado, no se limitó a conversaciones personales, sino que fue asumido por el
Ministerio de Exteriores después de la salida de Serrano Suñer. Así, poco
después de asumir Jordana el cargo de nuevo, fue emitida una nota oficial en
relación con las "campañas antiespañolas" en la que se explicaba el
carácter humanitario de la representación de los intereses japoneses,
"ante la reiteración de la campaña que en algunos países de América viene
desarrollándose desde hace meses contra los representantes de España por su
actuación, especialmente a partir de la entrada de Japón en la guerra"[30].
Esa espina clavada por Japón estaba haciendo mucho daño a la política
exterior española.
A lo largo de los primeros meses de la guerra, las victorias militares niponas
extendieron la Esfera de Co-prosperidad Oriental como una balsa de
aceite. El sentimiento de admiración hacia Japón, obviamente, se manifestó a
distintos niveles, pero es interesante observar que la prensa española no lo
utilizó excesivamente, si lo comparamos con los períodos anteriores.
Así, un editorial de Arriba aparecido pocos días después de la caída de Manila, si bien criticaba
a los Estados Unidos, se cuidaba de halagar abiertamente a Japón[31].
Serrano Suñer, por su parte, evitó dar publicidad a una nota japonesa sobre la
tranquilidad entre la colonia española en Manila; el texto acababa señalando:
"pueden hacer Uds. público un telegrama como de procedencia del cónsul
general español en Manila en el sentido de que la colonia española en Filipinas se encuentra
bien y sin novedad (...) esperando haga uso de este telegrama en la forma que
mejor le parezca a Vd...."[32].
La acusación norteamericana de "sostener y proteger los actos inhumanos
cometidos por Japón" parece que le afectó a Serrano Suñer y decidió no dar
publicidad al primer telegrama de Castaño desde la Manila japonesa, llegado al
día siguiente de la nota mencionada con anterioridad.
El falangismo militante, también, se cuidó de exagerar su pro-japonismo. Las
razones de ello parecen ser dos: las presiones estadounidenses y la tensión
sobre Filipinas. El cese temporal del suministro de petróleo por parte de
Estados Unidos tuvo que ver en ello; las conversaciones para volver a
suministrarlo comenzaron en enero y en ellas España debió admitir que
funcionarios americanos controlaran la distribución para impedir su desvío a
las naciones del Eje. La amistad hispano-japonesa no pudo dejar de estar
relacionada con el enfriamiento de la postura de Washington, aunque nunca hemos
encontrado documentación que lo mencione expresamente, y el enfriamiento del
sentimiento pro-nipón siempre hubo de ser una de las contrapartidas más
sencillas que se guardara España para conseguir concesiones americanas.
Filipinas, por su parte, siguió amargando las alegrías falangistas por las
victorias niponas. La información remitida a mediados del mes de enero de 1942
por el Ministro Méndez de Vigo en Tokio mostró con
crudeza los intereses enfrentados de japoneses y españoles, al informar de
críticas contra el período español en las Filipinas, en las que se venía a
afirmar que "Japón había liberado al pueblo filipino de la opresión de los
regímenes pasado de Estados Unidos y España"[33].
Por su lado, las nuevas autoridades de Manila pusieron las mismas restricciones
a Castaño para enviar telegramas al exterior: no podía enviarlos en código y
había de usar también la lengua inglesa. La única diferencia fue que llegaban
por medio de Tokio en lugar de hacerlo por Washington.
La anterior admiración ideal hacia Japón probó estar basada más en ilusiones
que en realidades. Así, cuando Castaño sugirió en dos ocasiones al Ministerio
intermediar con el poder japonés para intentar evitar el sufrimiento y la
destrucción en la población civil de Manila "en atención a los
sentimientos afectivos tradicionales de los españoles al pueblo filipino e
inspirado por motivos humanitarios", Exteriores no quiso tomar ninguna
medida, sabedores quizás de lo difícil que sería influir ante las autoridades
niponas[34].
La amistad se había puesto a prueba, y si se resolvió la tensión fue
gracias a la flexibilidad española, conveniente ante una estrella en ascenso
como entonces parecía Japón. Serrano Suñer, en los primeros momentos del
conflicto, le comentó al ministro Suma: "en vista de la emergencia de los
tiempos, hay que hacer la vista gorda sobre algunos de estos asuntos"[35],
pero después no pudo evitar preguntarle informalmente, en una comida, sobre las condiciones de la colonia
española en Filipinas y sobre estos ataques al período español. Suma se dio cuenta pronto de cómo Tokio
estaba forzando la amistad de Madrid y afirmó en un telegrama a su Ministro:
"simplemente no hay excusa para esta forma de desperdiciar la ocasión de
nuestras relaciones con un país amigable y este reabrir de viejas heridas. Por
favor, tome las medidas oportunas para que, en un futuro, sea observada más
firmeza en la publicación de tales artículos"[36].
El sentimiento pro-japonés, por tanto, sufrió una modificación a partir de los
momentos posteriores a Pearl Harbor; pasó a dominio de lo privado, dejó de ser
postura oficial y pasó a estar asociado irremisiblemente con Filipinas. Fue la
primera vez que ocurrió; hasta el comienzo de la guerra, Japón y las Filipinas
eran los países que centraban la atención en el llamado Extremo Oriente, por
razones diferentes y sin que la percepción de un territorio tuviera especial
conexión con la del otro. La visión del Imperio Japonés abarcaba también la de
China y el resto del Asia Oriental, mientras que el archipiélago magallánico
influía en la visión del resto del Sudeste Asiático, principalmente el insular.
No obstante, una vez Japón conquistó la antigua colonia española, ya no fue
posible disociar los dos países y la atención se vio entrelazada. En esta
mezcla, fue Filipinas y los intereses económicos españoles allí los que
hegemonizaron el interés hacia Japón; al contrario de lo que ocurrió en el
plano militar, las Filipinas pasaron a atrapar a Japón dentro de su esfera de
interés.
La pregunta principal tras la extensión de la Guerra al Pacífico era respecto a
los Estados Unidos, el "todopoderoso interventor" al que se refería
Roberto Reyes: si habían sido atenazados o no por el ataque japonés, y durante
cuanto tiempo. Esta era una pregunta que interesaba en todo el mundo, pero en
España preocuparon especialmente dos aspectos:
Cualquier intento de participación española en la II Guerra Mundial, o de
mantenimiento de la propia independencia territorial, estando las Islas
Canarias tan alejadas de la península, habría de tener al mar como escenario
fundamental. Así, los mapas de islas sobre el Océano
Pacífico, separadas por tan extensas superficies marinas, interesaron
especialmente a los estrategas españoles. Franco ya le expresó en 1939 al Conde
Ciano que consideraba el problema naval como el más importante ante una posible
guerra y en la propia Asia Oriental, Alvaro de Maldonado, primero cónsul de
España en Manila y después en Shanghai, también se refería a las lecciones a
aprender en Asia: "El caso del Japón es para nosotros una buena lección
todavía aprovechable y llena de enseñanzas, solamente volviendo los españoles
sus ojos hacia las rutas del mar, se podrá colocar a España en el puesto que le corresponde
entre las primeras potencias mundiales"[37].
La prensa española, en consecuencia, dedicó principalmente esta atención
renovada hacia Japón informando de los ataques de la que era considerada como
una de las principales potencias navales del mundo[38].
Singapur fue el punto clave sobre el que confluyeron las miradas españolas y el
propio Franco le expresó a Suma, en una de las pocas
ocasiones en que hablaron: "estoy seguro que pronto Singapur caerá
también. Entonces la Guerra en el
Pacífico estará acabada, pienso yo"[39].
No acabó la guerra y la prensa pasó a prever un ataque en el subcontinente
indio, que tampoco se produjo[40]. Finalmente, cuando se produjo la
primera no-victoria japonesa en la Batalla del Mar del Coral, entre las costas
de Australia y de Papúa Nueva Guinea, los españoles dejaron de mostrar su
apoyo, en parte por considerar que Japón había tomado una estrategia
equivocada. A pesar de la victoria total proclamada por la propaganda
japonesa, por primera vez se equiparó su fiabilidad a la de los
comunicados aliados refiriéndose a "dos confusas batallas en el Mar del Coral y en los alrededores de la isla Midway"[41].
La percepción del fin de su expansión marítima hubo de influir mucho en las
expectativas futuras y ello quizás fuera la razón en que se basó Franco para
mostrarse distante ante los aliados respecto a la suerte que corriera el
Imperio Japonés. En una fecha tan temprana como el verano de 1942, el dictador
español le señaló al embajador nortemaericano, Carlton J. Hayes, que una paz en
Europa sería aconsejable para Estados Unidos, puesto que permitiría concentrar
todas sus fuerzas en el Pacífico[42].
La posibilidad de que Japón declarara la guerra a la Unión Soviética fue uno de
los principales capitales de Japón para esa simpatía con la que contó en el
primer año de guerra. A pesar del Pacto de Neutralidad firmado por el ministro
de exteriores nipón Matsuoka Yosuke en Moscú, se pensaba que Tokio atacaría por
la espalda a la URSS, al igual que había hecho Alemania en el verano de 1941.
La posibilidad no era desechable, Japón tenía su poderoso Ejército de Kantô
(Kwantung, en chino), estacionado en Manchuria y los rumores no dejaron de
aparecer: el propio ministro español en Tokio dio motivos para esa esperanza,
señalando en febrero de 1942 que tras los últimos éxitos "se generaliza la
opinión de que Japón ayudará a Alemania en su próxima
ofensiva a Rusia atacando a Vladivostok"[43].
El propio general Franco, por su parte, se refirió a
ello en otra conversación con Suma: "Pienso que, en su estrategia contra
los Estados Unidos y contra el Reino Unido y su pacto de neutralidad con los
Soviets, la posición de Japón en el Extremo
Oriente, aunque complicada, es excepcional y, sin su positiva ayuda, temo que
la guerra va a durar mucho tiempo"[44].
Pasados los primeros meses y viendo que el ataque a la URSS no llegaba, al
régimen español no le importó ser plataforma para sugerir de forma más abierta,
e incluso provocar, que Tokio tomara ese paso decisivo. La prensa no se recató
de abonar la idea de un ataque japonés en Vladivostok[45]
y los embajadores italiano y alemán en Madrid le sugirieron separadamente a su
colega japonés "casi por coincidencia" la idea de
atacar a la URSS, en vez de a China o a India,
para "acelerar el fin de la Guerra"[46].
Por otro lado, la red de espionaje española para Japón, Tô, entregó unas
informaciones tendentes a hacer creer a Tokio que su situación militar se iba a
agravar: unas presuntas conversaciones de paz entre Estados Unidos, Alemania e
Italia, y el supuesto almacenaje en Siberia del armamento enviado por Estados
Unidos a la Unión Soviética. El objetivo pudo ser empujar a Japón a atacar a
Rusia, según aventuraba el servicio norteamericano de contraespionaje[47].
El caudal de simpatías por esa posición ventajosa para hacer una pinza contra
la URSS fue disipándose según pasaba el tiempo y las últimas esperanzas
española de ese ataque por sorpresa se desvanecieron en la primavera de 1943.
No cabe duda que tanto falangistas como conservadores se sintieron
decepcionados con el Imperio Japonés.
Las tensiones dentro de las diversas familias del franquismo (principalmente,
los militares, conservadores de vieja escuela más proclives a la neutralidad,
frente a los falangistas, jóvenes fascistizados admiradores de Alemania, aunque
estaban mucho más cercanos al Fascismo italiano) estaban a flor de piel cuando
estalló la Guerra en el Pacífico[48].
Por ello, no fue extraño que se convirtiera en argumento
para la batalla política interna y que la Falange intentara utilizarla en su
favor. Desde un principio habían sido los principales portadores del sentimiento
pro-nipón y, además, la entrada de este nuevo contendiente podía dar alas a la
seguridad de la victoria del Eje en el conflicto, a pesar de los recientes
reveses militares en Europa. La información de las primeras victorias niponas,
en concreto, ayudó a diluir el efecto de las derrotas italianas en el norte de Africa[49].
Hubo, no obstante, segundas lecturas en función de los intereses
políticos de la Falange:
Se puede vislumbrar una segunda lectura a esa propaganda pro-japonesa, más bien
en clave anti-alemana. Para el reforzamiento del poder interior de los
falangistas no sólo eran convenientes las victorias militares de sus aliados,
sino también compensar la hegemonía, cada vez más aplastante, de los alemanes
dentro del Eje. Por tanto, la aparición de una tercera pata que añadir
al Eje Berlín-Roma fue una buena noticia para aquellos que, dentro de los países
totalitarios, se sentían cada vez más refractarios ante
la dominación casi absoluta de los alemanes, entre los cuales entraban tanto
los falangistas españoles como los fascistas italianos. Quizás esto pueda
explicar la alegría que mostró Mussolini por la entrada en guerra de Japón, a
pesar del escaso beneficio que podía suponer para Italia la participación de
los Estados Unidos; el ministro de exteriores Ciano apuntaba al respecto en su
famoso diario: "Mussolini es
siempre projaponés, y lo es cada vez más cuanto menos le gustan los
alemanes"[50].
La Falange, además, buscó acercarse a la Iglesia Católica, otra de las familias
del franquismo, por medio del aparente interés que los japoneses tomaron por el
mantenimiento de la religión en los territorios ocupados. Serrano Suñer, en
consecuencia, buscó un posible papel de España como
intermediario con el poder político japonés para el mantenimiento de la religión
católica en Filipinas.
La de Falange no fue una
opción irreal. La prensa hispana ya había cubierto extensamente las aparentes
buenas relaciones de Japón con la Iglesia Católica desde antes de comenzar la
guerra, destacando su reconocimiento en el propio Archipiélago nipón, a pesar
de que los españoles hubieran tenido que dimitir porque se habían nombrado
delegados nativos para ocupar sus puestos[51].
Tras estallar las hostilidades se siguió teniendo ‑principalmente por
parte del Ministerio de Exteriores o Gaimushô‑ un gran interés por
desarrollar el ángulo religioso como forma de atraer a la población a su nueva
dominación. En Tailandia cultivó los sentimientos budistas y en Filipinas hizo lo propio con el
catolicismo, aunque estaban en contra, en general, del poder que la Iglesia
Católica tenía sobre los propios filipinos[52].
Aunque el principal objetivo era asegurar la dominación, Japón se preocupó de
llevar a las islas un gran número de misioneros católicos japoneses y de
concluir un acuerdo de intercambio de representantes con el Vaticano en marzo de 1943, lo que permitió a la propaganda japonesa
invocar el apoyo del papa Pío XII
"por la causa de la paz y de la eliminación del comunismo"[53].
Durante los
primeros meses de la guerra, es difícil encontrar críticas entre los españoles
sobre el trato ofrecido a los misioneros. Tanto el conservador Méndez de Vigo
como el falangista José del castaño aplauden su actitud[54],
e incluso el padre dominico Juan Labrador, Director del Colegio de San Juan
Letrán, dio en su Diario de Guerra a los japoneses una buena
calificación con respecto a la política religiosa: "recibo la seguridad de
que los japoneses respetarán las creencias religiosas de los pueblos
conquistados. Hacen hincapié en la afinidad espiritual existente entre estas
razas y la nipona como orientales que son [...] en general se puede decir que
han cumplido su promesa"[55].
La utilización propagandística del respeto del ocupante japonés hacia las
religiones, por tanto, es posible de entender. Se habló también muy
favorablemente del establecimiento de relaciones formales entre el Vaticano y
Tokio[56] y del papel de España como puente con la
cultura musulmana[57]. Mundo llegó incluso a afirmar:
"La Iglesia del Japón es hija de la Iglesia española, y cuando no
tuviésemos otros títulos ante el mundo, éste bastaría para granjearnos un lugar
preeminente"[58].
Mantener viva esta llama propagandística ocasionó los principales
motivos de discordia de Serrano Suñer con Japón cuando, como ya hemos visto, la prensa nipona se llenó de
comentarios contrarios a los anteriores colonizadores en el archipiélago
[Estados Unidos y España por igual] como forma de justificar su ocupación. El
Ministro español sólo ordenó una queja formal contra un artículo del periódico
de Tokio, Hochi Shimbun, que aseguraba que España, por medio de la religión
católica, había hecho esfuerzos para extender su poder político[59].
Además, la única pregunta oficial a Japón durante su período de gobierno en
relación con la colonia española fue inquiriendo sobre unos curas católicos en
Pampanga[60].
Por último, también es necesario recalcar que Ramón Serrano Suñer hubo de
pensar, siquiera en los primeros días de la guerra, en reforzar su propia
posición personal al acordar con Japón una amplia colaboración en América
Latina. España fue un factor clave en la estrategia japonesa de evitar que
estos países le declararan la guerra y Serrano Suñer se prestó a ello aceptando
el encargo de representar los intereses japoneses, tal como ya hemos señalado,
y formar una red de espionaje en beneficio de Japón[61].
No sabemos las compensaciones que pensara Serrano Suñer para un apoyo tan
importante, pero de alguna manera se desmarcó de Berlín y de Roma, cuyos
gobiernos estuvieron remisos a las propuestas niponas de formulación de
políticas conjuntas respecto a Iberoamérica, recelosos ante una política de Japón mas allá de la esfera asignada en Asia Oriental[62]. La política en Latinoamérica, sin
embargo, dio al traste con las ambiciones de Serrano Suñer: Pearl Harbor
provocó tal sentimiento de solidaridad con los Estados Unidos que llevó al
traste cualquier posible beneficio como compañero de viaje de Japón.
Pearl Harbor fue un resplandor que cegó a los españoles. Su efecto, no
obstante, fue muy breve y al apagarse dejó mas sombras que luces sobre la
relación mutua. La Falange se había apresurado a coger el guante y a
utilizar las noticias procedentes del Pacífico para sus fines políticos, pero
los triunfos del Mikado pronto se convirtieron en un clavo ardiendo. A
medida que pasó el tiempo, las ventajas dejaban de ser tales y los
inconvenientes afloraron con más y más fuerza; un ejemplo de ello pudieron ser
los sueños de obtener un mayor protagonismo en América Latina, para los cuales
la campaña anti-franquista promovida tras Pearl Harbor fue la "puntilla
final"[63]. Pronto afloró con fuerza ese recelo
hacía Japón como país no-occidental y, en sólo tres años, España pasó de ser
uno de sus principales admiradores europeos a tentar una declaración de guerra
contra Tokio, obviamente con el objetivo principal de acercarse a los aliados
por medio de esta puerta trasera en Oriente. España comenzó a pensar en
el camino aliado a partir de Pearl Harbor, y este viaje comenzó por la senda
antijaponesa.
El comportamiento español hacia la entrada de Japón en la Guerra, además, no
fue un hecho puramente bilateral. Tanto Tokio como Madrid tenían unos regímenes
cercanos a Hitler, no tanto en un plano ideológico como en esa búsqueda común
de ese Orden Nuevo y ambos habían sido tratados fríamente por Berlín cuando
Hitler pensaba que no necesitaba de nadie más para obtener la victoria total. A
finales de 1941, de nuevo, ambos países fueron colocados en una posición
semejante en la consecución de esa victoria final sobre el Imperio Británico:
el ataque y la previsible caída de Singapur tras la entrada de Japón hizo
pensar de nuevo en la necesidad de que entrara España para poder tomar
Gibraltar.
Quizás la mejor demostración de esa asociación de ideas entre España y Japón
sea un apunte fechado el 11 de diciembre de 1941 en el diario del ministro de
exteriores italiano y suegro de Mussolini, Galeazzo Ciano. En medio de la
euforia por la entrada de Japón en el conflicto mundial y el supuesto
aniquilamiento de la flota estadounidense, escribía: "Por la tarde, [el
ministro de exteriores alemán, Joachim von] Ribbentrop pide asociarse a la
decisión alemana de declarar la guerra a los Estados Unidos, junto a los países
del Pacto Tripartito. ¿Y España?"[64].
Pearl Harbor rompió definitivamente la semejanza entre Japón y España, tanto de
cómo se percibia la posición ante el conflicto mundial desde sus propios
gobiernos como de la visión desde el exterior. Tokio tomó el camino bélico
mientras que Madrid buscó, ante todo, la permanencia del régimen y una
acomodación, cada vez más subordinada, a las potencias aliadas. Ya no fueron
consideradas en un mismo plano como dos potencias periféricas y en 1945,
incluso, España quiso declarar la guerra a su antigua potencia aliada.
AEET: Archivo de la Embajada de España en Tokio.
AMAE: Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores. España.
MS: Magic Summaries
PRO,FO: Public Record Office, Foreign Office. Reino Unido.
AGA: Archivo General de la Administración. Alcalá de Henares.