
Salamanca, Ediciones de la Universidad
de Salamanca, 1998, pp. 73-88.
Florentino
Rodao[i]
Instrumentos de la diplomacia japonesa
Objetivos y puntos de vista de la diplomacia
En la última década, la
confirmación de la mejora en la economía de los países asiáticos, junto con la
consolidación democrática y la creciente estabilidad de sus sociedades, ha
demostrado que el progreso japonés está siendo seguido por un buen número de
países. Su papel en el mundo es creciente y, si ahora destaca su auge como poder
económico o financiero, en un futuro ocurrirá lo mismo también en un plano
político. Ello esta obligando a Japón a redefinir su posición ante el mundo,
tanto por ser percibido como un líder natural de esa región como por su deseo
de aprovechar en beneficio propio el auge de una zona de la que, ante el resto
del mundo, aparece como su líder.
Para estudiarlo, en este trabajo deseamos referirnos en primer lugar a la
posición nipona como prototipo frente al resto de las naciones asiáticas así
como las limitaciones y resultados de esa situación ejemplar. Después,
estudiaremos los instrumentos utilizados para beneficiarse indirectamente de
ese auge, tanto en la diplomacia bilateral, la económica o la multilateral. Por
último, estudiamos las opciones para la propia política exterior japonesa
sobre la primacía entre los dos frentes en los que se dirime su posición
internacional, el regional y el global.
La influencia de Japón en los
países de la región podría ser dividida en tres partes diferentes, una
primera como ejemplo para la confianza en las propias posibilidades como nación
asiática, una segunda como ejemplo de creación de un modelo político estable y
próspero, pero también adaptado a las características propias y una tercera en
considerar los valores propios como válidos de la modernidad.
1.1. Para comprender la
importancia del ejemplo japonés para la autoconfianza cultural en Asia,
convendría remontarnos ligeramente al siglo pasado, cuando en la época del colonialismo
los países europeos fueron capaces de gobernar el mundo entero, casi con la
única excepción de Japón. Para conseguir este dominio, la superioridad
militar occidental fue clave, pero también lo fue la justificación ideológica:
la raza blanca era superior y los países del Tercer Mundo serían beneficiados
por su dominio, puesto que le guiarían por el camino del progreso y la
modernización ya alcanzada en Europa. Eran los tiempos en que la idea de la
superioridad de la raza blanca era machaconamente repetida y las teorías de
Darwin eran aceptadas sin discusión[ii]. Pero no sólo
fueron los dominadores occidentales los que asumieron esa idea, también los
propios pueblos dominados creyeron en ella. La gran mayoría de los llamados
‘naturales’ llegaron a pensar así por razones muy complejas sobre las que no
conviene insistir: falta de elites propias, destrucción consciente por los
europeos de los valores propios, disensiones o inestabilidad interna que
provocaron el deseo de una solución impuesta desde fuera, etc.
Los japoneses compartieron esa
visión de Occidente como meta de la civilización y de la modernidad y, como
otros muchos pueblos, anhelaron seguir su camino. Pero aportaron una diferencia
importante: ellos (más concretamente, sus elites) habían de dirigir su
andadura. Nadie sino los propios japoneses debía de ser los dueños de su propio
camino hacia la “universalización”, como consideraban ellos, u
“occidentalización”, como prefiere denominarse en otros lugares. Wakon Yôsai,
‘Espíritu Japonés, Tecnología Occidental’, es el slogan, entre los muchos
usados entonces, que mejor define una idea de poder seleccionar de Occidente lo
que podía ser conveniente y lo que no. Obviamente, Japón no fue el único país
que utilizó esta consigna (en China también se coreó “Ciencia Occidental,
Espíritu Chino”) pero sí fue el único que la mantuvo durante el período álgido
del colonialismo. La razón de la permanencia de esta política durante la
época de esplendor colonial es compleja, pero quizás el hecho que mejor puede
ayudar a comprenderlo es la confianza nipona (y de sus elites) en el propio
sistema y en la propia cultura como base para esos cambios. La necesidad de
adaptarse a los nuevos tiempos no llevó a romper totalmente con el pasado[iii]
y la figura del Emperador[iv] ayudó mucho para asimilar esa necesidad
de dirigir su propio destino, aunque fue más por la utilización como símbolo
que por su propia actividad: siguió la tradición de evitar implicarse en las
tareas de gobierno y, al contrario que el rey Chulalongkorn en Siam, su
participación directa en el proceso de modernización fue muy ligera. Japón se
modernizó, occidentalizó o universalizó pero, a diferencia de otros países, los
nipones tuvieron siempre en sus manos la dirección del proceso de cambio y
discernieron ellos mismos lo que más convenía[v]:
Fue, en definitiva, el país que mejor supo aprovechar en beneficio propio el
auge de occidente.
Y si al igual que otros pocos
países supo mantener su independencia, fue el único no-occidental que se
consiguió convertir en una potencia imperialista. En Japón predominó el afán
por actuar, ante el mundo, como una potencia occidental más y, en China, sus
moldes de actuación buscaron asemejarse a los de otros países europeos. Su
primera guerra moderna con este Imperio (1994-95) fue justificada por la
necesidad de ayudar al país a modernizarse, buscando las ganancias
territoriales en compensación. Como vemos, Tokio argumentó lo mismo que podían
haber alegado Francia o el Reino Unido para una intervención y con ello no hizo
sino incorporarse a una corriente de pensamiento tan dominante en Occidente que
apoyaban incluso personajes como el propio Karl Marx: consideraba el sistema de
relaciones internacionales como legítimo, aunque no le favorecía en un
principio[vi]. El imperialismo japonés fue, en
definitiva, asimilable con el de Occidente y su principal diferencia con otras
naciones europeas fue en aspectos aparentemente formales: su ámbito de
actuación estuvo reducido a los países más cercanos y su propaganda remachaba
una identidad cultural a la que no se podían referir los europeos.[vii]
En la década de 1930, de nuevo tomó el camino militar para convencer al resto
de orientales de las presuntas maldades cometidas por Occidente. Primero en
China (1937) y después en el Sudeste Asiático y en el Pacífico (1941), llegaron
soldados con la idea de destruir la mentalidad colonial impuesta por Occidente,
intentando crear una comunidad de naciones dirigida por Japón que vino en
llamarse Daitôakyôeiken o Esfera de Co-Prosperidad del Gran Asia
Oriental. Y aunque proclamara esa identificación con Asia, las verdaderas
razones de Japón para entrar en guerra fueron más equiparables con las de otras
naciones occidentales, sobre todo con las del Eje: asegurar unas fronteras cada
vez más extendidas y una mayor cuota de poder en el mundo en unos momentos en
los que el status de los países se medía por la extensión del territorio
bajo su bandera. Después quedó más el aspecto propagandista que la búsqueda de
poder. Aunque en un buen número de casos los japoneses demostraron ser peores
que los antiguos dominadores occidentales, lo que más importa para el futuro de
Asia es lo que creían los propios soldados japoneses y lo que fueron propagando
a los pueblos dominados, tanto con la palabra como con los hechos. Además de
las críticas a la dominación colonial, en los asiáticos quedaron las
percepciones de que los blancos no eran superiores y los recuerdos de sus
derrotas ante otros ‘amarillos’[viii].
Después de la derrota de 1945, esa semilla que dejaron esas actitudes y
esa propaganda dio su fruto. Las luchas anti-coloniales se intensificaron en
Asia como en ninguna otra región: Indonesia se emancipó de Holanda
definitivamente en 1948, Vietnam comenzó una larga guerra en la que derrotó
primero a Francia y luego a Estados Unidos, China vio la victoria del Partido
Comunista y las guerrillas fueron especialmente activas en los antiguos
territorios británicos o en Filipinas. La relación directa entre las tropas
japonesas y el imparable deseo de independencia de Asia fue escasa, pero la
indirecta fue importante: la derrota de los colonizadores europeos había
creado una nueva situación que hizo imposible volver a la “pax colonial” del
período de entreguerras como si nada hubiera ocurrido. Sin habérselo propuesto,
Japón proveyó al resto de Asia de un ejemplo en el que
autoafirmarse y convencerse de sus propias capacidades: los asiáticos sabían
que ellos también podían vencer al colonialista, puesto que otros asiáticos ya
lo habían hecho. El concepto occidental de modernidad dejó de ser la única
referencia.
1.2.- En la posguerra, el
ejemplo japonés también ha sido clave en un aspecto más positivo: la existencia
de un sistema de gobierno estable y capaz de ofrecer una prosperidad material.
Sus logros han sido envidiables, tanto en cantidad como en calidad y, aunque de
nuevo ha estado presente y aunque el ejemplo occidental ha sido imitado en lo
posible, también ha sabido adaptarlo a sus características propias, tal como
les gusta definir a los japoneses. El resultado es haber sido el modelo de
democracia más imitado dentro del continente, aunque haya habido otros
ejemplos; en Filipinas, ha habido más intención por calcar el modelo occidental
y en el caso de India se puede hablar de un orgullo más profundo por mantener
la democracia. Al igual que en Japón, los partidos gobernantes en Asia tienden
a permanecer en el poder períodos de tiempo inusuales en Occidente (Singapur
tiene al mismo partido en el gobierno desde su independencia, al igual que la
UMNO en Malasia, y el Kuomintang sigue gobernando en Taiwan desde su derrota
ante los comunistas) y la corrupción forma una parte esencial de los procesos
electorales. Al igual que en Japón, el voto no se decide por programas
políticos sino dependiendo de las redes de apoyo y en función de los beneficios
que pueda ofrecer cada candidato para su circunscripción, ya sea por medio de
regalos o de contactos con el poder central, por ejemplo, para conseguir una
carretera. Los casos de Singapur, Taiwan o Corea son los ejemplos más
claros(Scalapino 1993). La democracia en la región, por tanto, está adaptada de
Occidente, pero el sello de la validez para Asia está estampado en Japón.
Durante la postguerra, por tanto, el ejemplo político japonés ha pasado
de tener principalmente una función negativa, que podría denominarse de
anti-imperialismo occidental, a ofrecer una imagen positiva que se podría
denominar autoconfianza asiática. Ahora supone más un ejemplo a favor de
los logros propios que en contra de los de otros, occidentales o no.
1.3.- En el plano cultural, la
seguridad en los valores propios es algo de lo que Japón también ha sido
pionero. Esta confianza en los valores propios se ha reflejado en el giro en su
auto percepción. Tras la derrota en la Guerra del Pacífico, esa visión sobre
ellos mismos era tremendamente negativa y buscaron en su propia cultura para
explicar el porqué del camino erróneo que les había llevado al desastre; quizás
la frase que mejor lo exprese es el título de un libro aparecido por esos años,
titulado Una Teoría de las deformidades de los Japoneses (Kishida,
1947).[ix] No obstante, pasado el tiempo, esa visión
sobre ellos mismos ha pasado a ser la opuesta como consecuencia de su éxito económico,
y de ahí ha surgido la llamada Nihonjinron (Tesis sobre los
Japoneses) como ejemplo de nacionalismo cultural que ha buscado explicar
las razones del auge japonés en las propias características culturales más que
en los préstamos adaptados de Occidente. En boga a lo largo de las
décadas de 1970 y 1980, la Nihonjinron no puede ser calificada de teoría
científica ni ha sido verificada por métodos científico; antes bien, sus
principales articuladores han sido principalmente empresarios y periodistas
(con una inestimable aportación de políticos) y las páginas de los periódicos y
las revistas su principal vehículo, no las publicaciones académicas. Por
ello, la Nihonjinron puede ser calificada como el precedente más claro
de la actual argumentación sobre los valores asiáticos. Quienes se avergonzaban
hasta fechas recientes y observaban las tradiciones como la causa de su
retraso, ahora las miran como la base de su progreso. Al igual que en Japón, la
situación ha cambiado: hace años era difícil que un malasio señalara
principalmente aspectos positivos en su propia cultura, pero ahora su primer
ministro, Mahathir Mohamad, fomenta el orgullo por ello s hasta el punto de
haber afirmado que los valores europeos son europeos, pero los asiáticos son
universales. Quizás se ha pasado a un extremo opuesto, pero observando esas
declaraciones en un contexto temporal, muestran un momento de reflujo que,
ateniéndonos a lo que pasó con la Nihonjinron, es de prever que
discurran en un futuro por cauces menos chovinistas y más reflexivos.
Y aunque el nacionalismo
cultural japonés y los valores asiáticos provienen de una misma base
conceptual, el énfasis de cada teoría ha cambiado, porque hay fuertes
diferencias entre Japón y el resto de Asia. Mientras los nipones han preferido
hablar del sentimiento de grupo y el interpersonalismo como base del éxito, en
la actualidad se reivindican más el confucianismo y otros valores religiosos.
También existen en Japón, pero no se han mencionado muy repetidamente
porque la penetración de la religión en su sociedad es muy escasa. En
definitiva, los países asiáticos han seguido el ejemplo japonés, consciente o
inconscientemente, tanto en un plano político como en uno cultural. La
satisfacción de parte japonesa, no obstante, es ambigua, tal como veremos más
adelante, aunque es fácil encontrar personas que alientan encendidamente esta
preeminencia.[x]
Japón, como hemos visto, es un ejemplo para Asia que ha abierto el camino y ha
sido seguido, más o menos conscientemente, con mayor o menor simpatía, por el
resto de los países del continente. Pero no ejerce el liderazgo político que
corresponde a una gran potencia. Dos razones principales podemos achacar
a esta aparente falta de correlación entre un hecho y otro: los problemas de
imagen y la propia alianza con Estados Unidos desde la posguerra.
2.1.- Los problemas de imagen
derivados de as críticas a Japón coartan fuertemente su actuación
internacional, en parte por razones culturales que ayudan también a explicar la
popularidad de los libros sobre la Nihonjinron y en parte por lo
repetido de los reproches. Si bien todos los países han de soportar críticas a
su pasado y a su presente, Japón viene a sufrir más que otros países con las
quemas de banderas o los slogan en contra; el conflicto de 1994 en la fábrica
de Suzuki en Jaén, por ejemplo, sigue siendo un obstáculo insalvable para la
implantación de empresas japonesas en Andalucía e incluso provocó la
cancelación de la visita de los Emperadores a Andalucía, que estaba programada
para medio año mas tarde. El recuerdo de las atrocidades cometidas por
los soldados nipones durante la Guerra del Pacífico, por otro lado, sigue tan
vivo en algunos países como al día siguiente de acabar el conflicto y, después
de tantos años, ya no tiene mucha semejanza con las críticas que pueda soportar
Alemania por las atrocidades del Nazismo. La mención o supresión de los hechos
más oscuros de ese período en los libros de texto sigue siendo noticia de
periódico, al igual que la compensación para las ianfu (mujeres de
confort o, de una forma mas clara, esclavas sexuales) u otras víctimas de
guerra. Además, estas críticas han sobrepasado con mucho el aspecto puramente
humanitario o personal y su utilización con motivos políticos es cada vez
mayor; China deja surgir las críticas en los momentos previos a las
negociaciones para la renovación de créditos, el presidente coreano Kim Dae
Jung ha ordenado el derribo de un edificio histórico como era el antiguo
Palacio del Gobernador japonés y, en el Congreso de Estados Unidos, ha sido
presentada en el verano de 1997 la propuesta Lippinski para que Japón asuma el
pago de las indemnizaciones personales de guerra. No parece, en definitiva, que
estos problemas de opinión pública vayan a acabar pronto, aunque el fin del
recuerdo que supone el cincuenta aniversario y la decaída situación económica
de Japón atemperan los recuerdos y (aunque éste no es el único motivo) la
esperanza de una indemnización.
2.2- La Alianza de Japón con Estados Unidos ha provocado que restringiera sus
propias ansias de liderazgo. Ha sido una de las situaciones de
complementariedad mejores que se han podido dar entre dos países miembros de la
Sociedad Internacional. Ha sido un matrimonio de intereses difícilmente
disoluble (Rodao 1995: 74) aglutinado por los deseos japoneses de rehacerse
económicamente de la guerra y por las apetencias americanas de dominio
estratégico. Sólo ha venido a ponerse en duda a partir del final de la Guerra
Fría: la llamada Doctrina Yoshida, consistente en centrarse en la
recuperación económica siguiendo fielmente la política de Estados Unidos, ha
dado unos resultados excepcionales tanto para el progreso económico de Japón
como para la hegemonía política estadounidense, como es bien sabido y sus
fundamentos sólo han necesitado de un replanteamiento radical a parir de la
Guerra Fría. Pero la complementariedad se ha dado también en otros aspectos
como el cultural, porque a las ansias de Washington por mostrar liderazgo y
determinación se ha adaptado perfectamente el deseo japonés de evitar aparecer
en las primeras páginas de los periódicos (Kôsaka 1995: 54). Mientras uno,
aparentemente, ha llevado la batuta, el otro ha luchado calladamente por
el objetivo que más le interesaba, el económico. Y aunque Japón no ha suprimido
las iniciativas diplomáticas, como veremos más adelante, ha preferido evitar en
la medida de lo posible aparecer como el promotor de un excesivo número de
iniciativas políticas. Posiblemente las apariencias han engañado a los ojos
occidentales.
A partir de los llamados “Shocks de Nixon”[xi]
y, sobre todo desde la década de 1980, el creciente poderío económico de Japón
y la cada vez mayor desconfianza hacia Estados Unidos han multiplicado las
iniciativas autónomas de Tokio en política exterior así como los intentos de
ejercer un mayor liderazgo. Entre esas primeras iniciativas autónomas estuvo la
visita a Japón del líder palestino Arafat durante la crisis del petróleo de
1973, pero sería interesante hablar de tres instrumentos principales para esta
búsqueda de un espacio propio: las iniciativas diplomáticas, la diplomacia
económica y la política hacia las Organizaciones Multilaterales aunque, no
olvidemos, predomina el factor económico sobre el político (Yahuda 1996: 277).
3.1- Entre las iniciativas diplomáticas, destacan
las distintas doctrinas que han ido auspiciando los primeros ministros
japoneses: Tanaka, Fukuda, Kaifu, Miyazawa o Hashimoto han dado su nombre a
diferentes esfuerzos por mejorar la posición de Japón en Asia. La Doctrina
Fukuda (Manila, 1977, fue llamada también “heart-to-heart”) es interesante porque
proponía conversaciones mutuas ‘sinceras’ asegurando que Japón había renunciado
a aventuras militares, mientras destinaba un total de un billón de dólares a
cinco grandes proyectos industriales en países de la ASEAN.(Vogel 1994: 165-66;
Yahuda 243-44) La Doctrina Miyazawa (Bangkok, 1993), que se podría denominar de
regionalismo realzado es un precedente claro de la última iniciativa, la
“Doctrina Hashimoto” (enero de 1997) en la que propuso reuniones anuales entre
los miembros de la ASEAN con Japón y reuniones bilaterales sobre seguridad.
3.2- La diplomacia económica se
ha visto reflejada en la Ayuda Oficial al Desarrollo (ODA), que en esta década
llegó a sobrepasar a la de Estados Unidos, aunque después se ha reducido[xii].
Independientemente de la cantidad, quizás lo más destacable es la mentalidad de
complementariedad que subyace en la concesión de esa ayuda entre las diversas
organizaciones estatales en el exterior, como JETRO (Japan External Trade
Office), el Banco de Tokio, el Japanese Export-Import Bank o la Japan
International Cooperation Agency (JICA, dependiente del ministerio de
exteriores o Gaimushô). La coordinación se da en mayor medida que en los
países occidentales, tanto con las empresas japonesas como con las economías de
los países receptores. En el caso de las empresas niponas, éstas han
conseguido unas condiciones para operar sin las cuales habría sido muy difícil
tanto su penetración como la posibilidad de ganar una mayor cuota de mercado en
economías con falta de infraestructuras. Respecto a las economías
asiáticas en general, hay una diferencia fundamental de mentalidad frente a
otros países donantes occidentales, a saber, que los japoneses consideran el
auge de los países en vías de desarrollo como una oportunidad para el futuro y
no como unos competidores en potencia. Japón ha estado interesado en el
desarrollo de Asia por lo que percibe como interés propio: un mercado más rico
generará unas mayores compras, aunque también mayor competición en un
principio. La propaganda de tiempos de la Guerra del Pacífico nos puede hacer
entender esta mentalidad; cuando se hablaba de la antes mencionada “Esfera de
Co-prosperidad del Gran Asia Oriental” se pensaba en un grupo de países que se
beneficiarían mutuamente del progreso de los demás, en los que el desarrollo
sería autosostenido por esa prosperidad conjunta. Nunca se puso en marcha esta
idea, en parte por la situación bélica y en parte porque la presunta dirección
de Japón implicaba un masivo drenaje de recursos a un país extremadamente pobre
y cada vez más obsesionado por las aventuras militares. No obstante, al igual
que en el plano político, expresaba una mentalidad de la cultura japonesa que
se ha podido ver en iniciativas posteriores como la de “Partners for
Progress”: se busca que los países más desarrollados en cada estadio
cooperen como partners con los que aún no han llegado a ese nivel.
Thailandia, por ejemplo, está cooperando estrechamente para la ayuda japonesa a
Africa. Japón, en definitiva, desea el progreso de los países asiáticos porque
sabe que también resultará beneficiado en un plazo medio-largo.[xiii]
3.3.- Por último, la política de Japón en Asia
también ha ido encaminada a la creación de organismos multilaterales que
faciliten el desarrollo de sus objetivos, pero los resultados están muy lejanos
aún. Al contrario que Europa, Africa, el Mundo Arabe o América, Asia ni tiene
una organización propia para resolver los problemas internos ni ninguna de las
que se crearon durante la Guerra Fría podría evolucionar en este sentido. Las
razones son en buena medida geográficas: no hay una delimitación clara de los
bordes del continente, Rusia es tan asiática como europea, China pesa
excesivamente, el subcontinente indio es una subregión de carácter continental
y los países árabes e islámicos del Asia menor o el Asia Central, aunque son
asiáticos, tienen escasas concomitancias culturales con el resto. Una
organización regional liderada por Japón, por otra parte, no podría comenzar
con un núcleo pequeño que se expandiera progresivamente como el caso de la
Unión Europea; sus vecinos (Rusia, Corea -cualquiera de ellas- y China) nunca
estarían dispuestos a formar una alianza bilateral con Tokio y el marco para
cualquier organización multilateral en la que Japón ejerza el liderazgo ha de
abarcar el Sudeste de Asia. En Asia, no es posible que Japón organice una
organización regional parecida a la Unión Europea caso de se quisiera poner en
marcha: su base poblacional debería ser varias veces mayor, habría una excesiva
descompensación entre el poderío de cada estado y su diversidad racial
excesivamente amplia. Fuera del noreste de Asia, esa homogeneidad basada en los
ideogramas (la región con una misma escritura cuya ámbito de actuación fue la Tôadôbunkai)
sólo es importante en Vietnam y su propia característica como región se basa en
haber asimilado las influencias más diversas, desde la proveniente del
Subcontinente Indio, incluyendo el Islam, al Cristianismo. Y si el marco de esa
organización regional se ampliara para evitar las connotaciones negativas de
esa identificación racial, la mezcla sería mucho más diversa y casi imposible
de manejar, tanto cultural como territorialmente para conseguir una comunidad
más unificada. Australia y Nueva Zelanda, el subcontinente Indio, Papúa Nueva
Guinea y los países americanos ribereños del Pacífico serían posibles
alternativas, que ya están presentes en las organizaciones regionales donde
participa Japón activamente, pero escasamente factibles.
El enfoque de Washington,
además, no ha sido favorable al predominio de los contactos multilaterales en
la región. Durante la Guerra Fría su estrategia ha estado basada en relaciones
y acuerdos bilaterales con los países que le han servido de apoyo en su
política en Asia (el propio Japón, Filipinas, Corea del Sur, Australia y Nueva
Zelanda o Thailandia) y hasta el final de la Administración Bush se veían a
estos organismos multilaterales como plataformas en las que su influencia
política se podía diluir (Curtis 1994: 237-238). En el plano económico, no
obstante, fue Washington el país que impulsó a Japón a participar en
organizaciones multilaterales que definirían el orden económico, como GATT,
OCDE, FMI y, después, promovió a Tokio para fundar el Banco Asiático de
Desarrollo (ADB).
Las dificultades de Japón para encontrar un marco
por medio del cual ejercer un liderazgo más allá del económico son grandes,
como hemos visto, pero por esta misma razón es necesario realzar la importancia
de sus iniciativas para impulsar organismos multilaterales, en las que ha
predominado el cálculo a largo plazo y la búsqueda de soluciones en las que
participen también los posibles rivales.
3.3.1. La fundación de la APEC (Asia-Pacific
Economic Cooperation) ha sido uno de los logros más importantes de la
diplomacia japonesa. Se constituyó en 1989 como un foro consultivo,
principalmente de carácter económico y dedicado a abrir las barreras al
comercio mutuo entre las dos orillas del Pacífico, en el que están teniendo un
peso fundamental los países de la ASEAN. Estos, desde el principio pusieron
condiciones para que no compitiera con su Asociación (Yahuda 1996: 278) y
actualmente están intentando evitar una excesiva hegemonía de Estados Unidos.
La influencia japonesa, no obstante, se está dejando notar detrás de las
bambalinas, tanto en los modos de actuación como en la velocidad del
proceso de integración. Más aún, su fundación se debe a Tokio, aunque Australia
aparece como el país que lo impulsó, fue el Primer Ministro nipón Ôhira
Masayoshi, el que se lo propuso a su colega australiano, Robert Hawke. La fama
quedó para éste, argumentando la necesidad de incorporar su economía a la de la
región. Pero Japón también consiguió el éxito de una iniciativa necesaria para
la región, aunque seguramente habría sido rechazada si hubiera partido de
Tokio.
3.3.2. Otro foro en cuyo nacimiento ha tenido Japón
un papel fundamental ha sido el ASEAN Regional Forum o ARF, como lugar
de encuentro para hablar de cuestiones de seguridad. De nuevo la idea original
ha sido japonesa y fue propuesta por el ministro de Exteriores Nakayama Tarô en
Kuala Lumpur (1991). ARF se compone de los miembros de la ASEAN con una serie
de miembros observadores entre los que se incluyen las potencias con intereses
estratégicos en la región, tales como la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia,
China, junto con otros países como Papúa Nueva Guinea, y se complementa con
órganos consultivos como el CSCAP (Council for Security Cooperation in the Asia
Pacific), uno al nivel de gobiernos y otro entre expertos, hombres de negocios
y académicos. Puesto que actualmente la seguridad en el continente depende de
la alianza nipo-norteamericana y ésta se mantiene firme, no hay una necesidad
imperiosa en la actualidad de un organismo de seguridad, pero la situación
actual es atípica por basarse en una potencia ajena a la región (en teoría,
porque a lo lago de la Historia han sido más frecuentes estos períodos) y en un
futuro que, a medio-largo plazo, habrá de cambiar.
Resulta difícil aseverar el futuro de estas relativamente recientes iniciativas
japonesas. En el caso de las doctrinas impulsadas por los Primeros
Ministros, es factible suponer que el objetivo principal va dirigido a la
propia opinión pública japonesa, en buena parte porque la poca duración de los
primeros ministros en sus cargos reduce en gran medida la necesaria continuidad
de una política denominada con el nombre de una persona. No obstante, cada una
de ellas ha sido lanzada acorde con los tiempos y la de Fukuda ayudó en un
plazo medio a mejorar la percepción y reducir las animosidades frente a Japón
en el sudeste asiático. La más reciente, la de Hashimoto, no parece que vaya a
cumplir sus objetivos aparentes porque algunos países temen una descompensación
en las relaciones de la ASEAN si se da un status especial a su conexión con
Tokio. No obstante, esta iniciativa de Hashimoto no puede ser evaluada aún por
las reticencias a las propuestas concretas de reuniones entre la ASEAN y Japón;
la política exterior japonesa piensa en un plazo más largo y se ha lanzado
preparando la futura disminución de dinero japonés y una relación que vaya mas
allá del donante / destinatario[xiv].
Sus verdaderos objetivos pueden ser cumplidos con futuros primeros ministros.
Algunos autores afirman que es notable el éxito japonés en las relaciones con
la ASEAN (Curtis 1994: 222) pero aún es pronto para conocer los resultados de
estas estrategias a largo plazo. Las posibilidades futuras de la APEC
permanecen inciertas, tanto por su carácter tan amplio (que previsiblemente se
ampliará más aún) como por la escasa entidad que aún tiene la
organización, sin recursos burocráticos ni posibilidades de establecer
directivas específicas para sus miembros. El futuro de la APEC no está claro a
medio-largo plazo, en parte porque otras ideas alternativas pueden eclipsar su
futuro. Tanto la iniciativa europea centrada en la ASEM (Asia-Europe Meeting,
desde 1996 que, aunque tenga porqué ser excluyente sí que supone un
enfrentamiento de influencias dominantes en competencia (Rodao 1996)) como por
la opción más restringida de un área de libre comercio centrada en Asia, el
East Asian Economic Caucus (EAEC, propuesto por Malasia, proponiendo un bloque
compuesto por los países de ASEAN, que tienen su propia área de libre comercio,
AFTA, más Corea del Sur, China y Japón) tienen opciones para ganarle terreno.
Tanto la ASEM-2, prevista en Londres, como las sucesivas como el EAEC como una
reunión o contacto informal que en un futuro podría expresarse con una sola voz
(García Segura 1996: 217-218), aunque en un principio ha sido rechazada por
Japón son opciones susceptibles de un desarrollo mucho mayor dependiendo de la
situación. Las opciones para una mayor unificación en Asia, siquiera económica,
permanecen en el aire y Japón, desde su posición, no ha de temer mucho. Ni ha
rechazado la ASEM ni ha puesto demasiada carne en el asador de la APEC
ni la posición crítica hacia la EAEC “por la imagen anti-americana asociada con
el concepto” (Masuzoe 1995: 8) pueden considerarse como definitivas
Lo mismo ocurre con las perspectivas de conseguir un organismo para velar
conjuntamente por la seguridad regional. ARF es aún un órgano consultivo que
puede ser calificado, en el mejor de los casos, de “diplomacia preventiva”
(Yahuda 1996: 275) y no ha probado su eficacia aún en ningún conflicto. Inclusive,
es difícil que éste sea el marco donde los países interesados lleven sus
problemas de seguridad con la esperanza de resolverlos y para asuntos candentes
como el de Corea no tiene ninguna capacidad. No alternativa a ARF para la
seguridad regional hasta ahora. O ARF, o el mantenimiento de la ya
probada alianza de Japón con los Estados Unidos, por lo que prácticamente todos
los países asiáticos[xv] la apoyan o consienten, a pesar de que
para un futuro adquiriría una imagen excesiva de plataforma de contención del
avance chino[xvi]. El avance del foro de ARF, a falta de
alternativas viables a largo plazo, es continuado: ha conseguido que China
acepte discutir sobre el conflicto de las Spratly (las islas en el Mar de la
China que reclaman seis países, en todo o en parte) dando alas a la posibilidad
de una política de “compromiso constructivo” con Pekín (Itô 1995:17) e incluso
se ha llegado a un acuerdo para solicitar a Estados Unidos que continúe su
presencia en la región (Yahuda 1996: 274). El principal desafío, no obstante,
vendría ante la perspectiva de una retirada norteamericana, no sólo por
solucionar posibles conflictos sino por disminuir la carrera de armamentos.[xvii]
Actualmente, la región vive un período de transición, tanto por el fin de la
Guerra Fría como por otras situaciones que se habrán de resolver en los
próximos años: Corea del Norte, el fin del régimen comunista en China y y la
previsible continuación del auge actual acompañado de una creciente visión de
Estados Unidos como el principal obstáculo para su hegemonía[xviii].
Ello impide hacer previsiones con una perspectiva a largo plazo sobre el futuro
regional así como de sus perspectivas de integración, tanto económicas o
financieras como políticas. Los esfuerzos diplomáticos nipones, por tanto, son
más difíciles de valorar con una perspectiva temporal, pero habrá otros cambios
importantes en el propio país; uno de ellos será la resolución de su crisis
política y, lo que más nos interesa, el otro será la resolución de un dilema
producto de esa nueva situación política creada por el auge asiático:
Asianización o Globalización.
No es un problema nuevo. Ya hemos visto que desde el siglo XIX ambas tendencias
han estado presentes en las relaciones hacia el exterior: mientras que Japón
actuaba como una potencia imperialista más, siempre hubo sectores que apoyaron
las luchas anticoloniales de los países asiáticos y así ocurrió, por ejemplo,
en la Revolución Filipina contra España (Ikehata 1995; Goodman 1995). Después
del Japón militarista, tampoco se han olvidado ambos objetivos para la política
exterior japonesa, tal como muestra el primer Libro Azul editado por el Gaimushô
(1957), en el que los tres principios básicos anunciados mostraban esa busqueda
de la globalización sin perder de vista a su continente: 1) Centrarse en la
ONU. 2) Cooperar con las democracias Liberales. 3) Fortalecer el status
de Japón como país asiático (Kitaoka 1994: 64)
Japón, nunca ha considerado
excluyentes el reforzamiento de su posición en Asia y en el mundo al mismo
tiempo, jugando con la idea de una tercera vía para permitir una cooperación
más estrecha entre Occidente y Asia, que obviamente sería liderada por Japón
(Takenaka 1995; Kôsaka 1995:54)[xix].
Se desea un liderazgo en Asia, pero se intenta conseguir igualmente una
posición de superpotencia mundial, como puede demostrar la pugna por un asiento
permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: no se descartar
ninguna de las dos opciones(Curtis 1994: 228; Masuzoe 1995: 9). Ambos
objetivos, no obstante, tienen un significado diferente para Tokio, mientras el
liderazgo asiático les parece una opción al alcance de la mano, ser una de las
superpotencias mundiales es el más anhelado. El desinterés hacia el resto de
asiáticos y la admiración cultural hacia Occidente muestran el mantenimiento de
una ambivalencia como característica principal, ya iniciada en la época Meiji.
Las encuestas de opinión señalan que los japoneses siguen considerando a su
país perteneciendo al campo occidental y que Asia sigue siendo considerada más
bien como un accidente geográfico. (Curtis 1994:174-175; Holloway 1991: 15-20).
Occidente parece seguir siendo el objetivo anhelado.
Pero no esta claro si, por mucho
abarcar, Japón será capaz de apretar lo suficiente. En un futuro, Japón
tendrá que decidir por qué frente dedica más recursos. Actualmente la prioridad
está en ese liderazgo global y en esas relaciones con los Estados Unidos,
pero desde hace algunos años “el concepto del carácter nacional japonés esta en
una fase de evolución y dinámica” (Pyle 1989: 486). En ello influyen
fuertemente el auge asiático desde la década de 1980 y la creciente confianza
de Japón en sus vecinos. Si antes estaba rodeado de un entorno de países
pobres, ahora vuelve su mirada en una dirección antes desatendida (Drifte 1996:
153-154), ya no tiene motivos para mirarles con desdén. Las espadas están en
alto y lo que ocurra en el futuro es una incógnita en la que tanto pueden
predominar las opciones globalizadoras como las asiáticas. En el propio
ministerio de Exteriores japonés es posible observar estas disputas entre las
diferentes opciones y, por ejemplo, en cuestiones de seguridad se da entre los
“realistas políticos” y “realistas militares”(Mendl 1995:33). La oficina de
Asia se muestra más a favor de las tendencias asianistas, mientras que la
oficina de Asuntos Económicos tiene unos puntos de vista más favorables a
Occidente. Aunque los asianistas están en alza, los pro-occidentales han
conseguido quedarse a cargo de la política en relación con la APEC, a costa de
la Oficina de Asia[xx]. Parece obvio prever que la política del
futuro Japón se enfoque más en los vecinos asiáticos que en los Estados Unidos,
pero las opciones están abiertas. Lo difícil ahora es saber hasta qué punto
llegará el actual flujo pro-asiático o si este se mantendrá y bajo qué
condiciones. Pero, sobre todo, importa saber a qué estará dispuesto a renunciar
Japón.
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[i] Doctor en Historia Contemporánea por la
Universidad Complutense y Candidato a Doctorado por la Facultad de Estudios de
Area de la Universidad de Tokio (1990-95). Actualmente es profesor asociado del
Depto. de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales (Estudios
internacionales), Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad
Complutense.
Citas