
Numero monográfico sobre Visiones Mutuas:
Pacífico y Europa
Revista Española del Pacífico, Vol. 8
Madrid: Asociación Española de Estudios del Pacífico,
1998, 630 pp.
Japón y la propaganda
totalitaria en España, 1937-1945
Universidad Complutense de Madrid
Coincidencia de las guerras de China y España
Propaganda entre la Guerra Civil y la del Pacífico
Los difíciles malabarismos tras Pearl Harbor
Vuelta a las ideas tradicionales
A partir del 7 de Julio de 1937, con el estallido de la Guerra Chino-japonesa,
Japón fue ocupando un lugar cada vez más importante en el aparato
propagandístico de la España franquista. En esos momentos previos al estallido
del conflicto mundial, los intereses políticos de la relación con Japón
adquirieron una importancia cada vez mayor a raíz de su entrada en guerra y la
propaganda en relación con éste Imperio sobrepasó rápidamente el interés
meramente exótico que había tenido hasta entonces. Lo ocurrido en el otro lado
del mundo podía tener repercusión también en la propia península y, en
consecuencia, las imágenes de Japón experimentaron una evolución interesante
que merece ser estudiada en este artículo, que vamos a dividir en tres períodos
principales. En primer lugar, el que va del comienzo de la Guerra Chino
Japonesa hasta el fin de la Civil española en 1939, uno posterior hasta el
comienzo de la Guerra del Pacífico, en diciembre de 1941 y, por ultimo, el que
va a lo largo de la Guerra del Pacífico hasta el verano de 1945. Con ello
pretendemos mostrar la utilización de las imágenes para los objetivos propios
de la propaganda nacional, sobre todo su maleabilidad, que permitió usarlas en
contextos muy diferentes.
Por ello, aparece conveniente hacer un pequeño repaso a las imágenes de Japón en la
España anterior a la Guerra Civil en un plano político[1].
Cuatro características aparecen como las más destacables: 1) La admiración por el
progreso del país, dentro del cual destacaba la proferida hacia su arte militar
y por su victoria ante Rusia en 1905.[2] Según esta
idea, a pesar de la falta de una cultura occidental, Japón lo había podido
suplir, aparentemente, copiando sus invenciones. 2) Asimilación del país con
el resto del Extremo Oriente y, sobre todo, con la mala imagen de
los chinos.[3] 3)La identificación como pueblo
conservador, que vino reforzada en los tiempos anteriores a la Guerra Civil por
una creciente imagen de país anticomunista.[4]
4) Inexistencia en España del temor al "Peligro Amarillo".[5]
Las dos guerras que sirvieron de prólogo a la II Guerra Mundial tuvieron
lugar en los dos extremos del continente eurasiático y pronto hubo ese
sentimiento mutuo de coincidencia de objetivos. Los republicanos se
solidarizaron con la lucha china contra la invasión japonesa mientras que los
nacionales lo harían con los japoneses, basándose en esa lucha contra el
comunismo que ambos divulgaban. Los nacionales aceptaron pronto que Japón había
de ser el gendarme en Asia y, lo que es más interesante, dejaron de considerar
a este país como asiático. Cuando se referían a la “barbarie asiática” en
consecuencia, no incluían a Japón. La propaganda mutua se envió por canales cada
vez más diversificados, al declinar el anterior predominio de las agencias
estadounidenses, pero tuvieron funciones diferentes. Mientras en Japón hubo un
progresivo deslizamiento de la opinión pública oficial cada vez hacia
posiciones más favorables a los nacionales, hasta el punto de no permitirse
ninguna película favorable a los republicanos a partir del reconocimiento
oficial, en la España franquista no se puede hablar de un sentimiento
susceptible de cambio. El conflicto estalló en China cuando España ya llevaba
casi un año en armas y no se vio, ni sentimiento pro-chino en la España
nacional, ni sentimiento pro-japonés en la republicana: los campos ya estaban
delimitados.
Por ello, es interesante señalar las cuatro principales características de las
imágenes usadas por la propaganda de estos momentos en la España Nacional:
1)
Influencia italiana al forjar una nueva imagen mutua. El papel
clave de Italia en la formación del nuevo estado nacionalista se dejó sentir
fuertemente, también, en la propaganda relativa a Japón. Así, en las
informaciones sobre la Guerra Chino‑japonesa se puede percibir más
bien un sentido anti‑británico que propiamente anti‑chino, mientras
que por otro lado se puede notar que el interés de la prensa española por lo
ocurrido en China no fue inmediato, sino que vino de la mano del interés y del
reforzamiento de los lazos con nipo-italianos, a partir de fines de 1937 y
principalmente desde 1938.[6]
No obstante, convendría que nos detuviéramos ligeramente en lo que podríamos
llamar el "niponismo" italiano porque se puede afirmar que precede al
español y en este período podemos comprobar algunas características que en la
península se dieron una vez ya acabada la Guerra Civil: sin conocer el país ‑o
quizás, precisamente por ello‑ Japón llegó a ser percibido de forma
idealizada. La propaganda fascista se encargó de realzar los valores y exaltar
las cualidades del miembro asiático del Pacto Anti-komintern de una forma
exagerada, hasta el punto que se les podía llegar a considerar "más
niponistas que Japón". Tokio, de hecho, quedó sorprendido por ese apoyo
tan decidido a su lucha en China, mucho antes que lo hiciera Alemania y quizás
el mejor ejemplo es una anécdota del Conde Galeazzo Ciano,
Ministro de Exteriores de Mussolini, que podemos encontrar en su
diario a propósito del "Incidente del Panay",
un buque norteamericano que fue atacado por la aviación nipona. Ya que murió un
periodista italiano por el bombardeo japonés, el Embajador de Tokio le
fue a pedir disculpas, pero durante la entrevista, tal como relata el italiano:
"Tomé nota del hecho, pero no hice protesta. Fui más allá, diciendo que
considero tales incidentes normales dentro de los acontecimientos que ocurren
en una guerra a gran escala. Si los americanos no quieren bombas, deben
salirse.” El propio ministro añade: “Él estaba sorprendido y fuera de
juego por esta actitud nuestra".[7]
También es clave en esa propaganda en relación con Japón la ideología
militarista que subyace y es significativo que el principal trabajo cultural
realizado en estos años, un diccionario, se viera también imbuido de las
necesidades del momento, incluyendo un apéndice de términos militares.[8]
2) Paralelismo entre las Guerras en España y en China.
La similitud anticomunista de las dos luchas es el gran tema de los artículos
en la prensa de estos años y de la cantidad de artículos entresacamos un
párrafo significativo: "El comunismo no tiene nada que hacer en Oriente y
gracias al Japón, y tampoco en Occidente, gracias a España y
a los otros estados totalitarios".[9] La resistencia
contra la penetración soviética en China también es objeto de
comentario en ABC, donde tras señalar una serie de países en los que
había "triunfado el bien", señala "Y son ahora España y Japón,
raza junta a raza, las que buscan aires frescos de paz futura[...] Es inútil,
pues, que la mirada pacifista y conciliadora de los diplomáticos se pose
suavemente sobre los verdes campos de Tien‑tsin [Tianjin] o sobre las
llanuras pardas de Brunete. La URSS continuará implacablemente matando
tradiciones, extinguiendo bibliotecas...".[10]
Entre los artículos costumbristas en estos años también se reforzaba esa idea
del paralelismo y lo podemos ver en los escritos de dos personas que habían
estado en la zona, Tato Cumming y Julio de Larracoechea, bajo el seudónimo
de Alberto González.[11] Este último era un diplomático
vasco cercano al nacionalismo, que había sido expedientado por su actitud
pro-republicana de los primeros momentos del conflicto. Es interesante que
fuera Larracoechea el que, dentro de esta imagen de paralelismo y de similitud
de objetivos, enlazara dos ideas más allá del comunismo: la
religión ("Cuantos de nuestros tantos misioneros habían caído bajo el odio
y la barbarie de las hordas comunistas")[12]
y
Filipinas en 1898 "[...]Prensa japonesa fue el único defensor que tuvo
España […]debemos agradecer a los japoneses el habernos prevenido durante el
conflicto de los envíos de armas a los insurrectos, a [Emilio] Aguinaldo
y sus correligionarios"[13]
3) Reforzamiento del bloque en lucha por un "Orden Nuevo". El ataque a
Londres y con menor intensidad a Estados Unidos es otra
característica, normal en esos tiempos,[14]
pero esta crítica fue aparejada a la idea de Londres como principal
perdedor en el conflicto: surgieron los primeros esbozos de una idea que se
configuró más claramente tras acabar la lucha, la de la aceptación del Asia
Oriental como zona de influencia de Japón[15].
La opinión de Camilo Barcia, uno de los pocos comentaristas de entonces con un
conocimiento más profundo de la situación internacional, es
sumamente interesante a este respecto; según él, la expansión nipona no era una
mera expansión territorial, sino una necesidad económica. La construcción de un
Imperio sobre bases industriales había comenzado ya en el siglo XIX y el
problema era que Japón estaba excluido de comerciar en otros territorios, ya
que el Imperio Británico lo había hecho de sus mercados; en consecuencia, tenía
que crear un Imperio para poder aprovisionarse de materias primas: "ahora
el Japón quiere completar esta idea autárquica con la penetración en China,
especialmente en la China del norte".[16]
4) Escasa significación a nivel popular. Hay escasos
ejemplos de que esa identificación hispano-japonesa de la propaganda penetre a
un nivel popular, entre los que destacaron las Madrinas de Guerra.
Mujeres encargadas de escribir cartas y enviar regalos a los soldados que
estaban en el frente. Surgieron algunas a raíz de unos anuncios en la
prensa japonesa y entre los soldados que se beneficiaron de ellos estuvo el
entonces teniente Jaime Milans del Bosch.[17]
La propaganda, en definitiva, fue un factor clave en las relaciones
hispano‑japonesas de estos años y quizás sin éste añadido es difícilmente
comprensible la fuerte relación política en este período. La política hacia el
exterior, de esta forma, tenía una función también hacia el interior: alinearse
con Japón fue una forma de demostrar la fuerza de los aliados con que contaba
el régimen de Franco, mientras que la Guerra en China suponía la
constatación de esos temores sobre la expansión del comunismo que presuntamente
había provocado el 18 de julio. La culpable de la Guerra en China también era
la Unión Soviética y Japón había tomado a su cargo luchar contra ello; dos
países, por tanto, estaban enfrentados contra un mismo enemigo en los dos
confines del continente eurasiático. Así, por medio de esta propaganda, puede
ser percibido lo que se quería decir por parte del Gobierno y en qué sentido
éste lo quería utilizar para sus propios fines.
La amistad política con Japón continuó tras acabar la Guerra Civil y por ello
las características de las imágenes respectivas no variaron en lo esencial. El
contexto mundial, sin embargo, cambió y el objetivo al que se dirigía esa
amistad adquirió nuevos matices. En función de los nuevos acontecimientos, se
"remozaron" estas imágenes; veamos algunos de estos matices propios
de este período:
Desde el momento en que la lucha de los países del Eje se enfocó
hacia las potencias aliadas tras el pacto germano-soviético y el estallido de
la Guerra entre Alemania frente al Reino Unido y Francia, sus aparatos
propagandísticos soslayaron la lucha anticomunista. En España y Japón, a pesar
de la lucha directa contra la Unión Soviética (unos frente al armamento usado
por la República y los otros en la batalla de Nomonhan, ocurrida en el verano
de 1939), se llegó a producir un fenómeno semejante y, por un período de
tiempo, predominaron las referencias contra Gran Bretaña, Francia e incluso
contra Estados Unidos. Principalmente esta enemistad frente a Estados Unidos
fue la que dio un nuevo sentido a la amistad mutua; antiguo ministro de
Exteriores, Ramón Serrano Suñer, declaraba con posterioridad sobre ello:
"No es que yo tuviese preferencia por los nipones sobre el gran pueblo
americano, pero a nuestro juicio, el Japón venía a fortalecer lo que a la política
española le interesaba: la victoria del Eje sobre los aliados.[...] Por lo
demás, yo no tenia ningún motivo de admiración por el Japón".[18]
Esta declaración es en relación con la red de espionaje y ciertamente señala
que dentro de ese "anti-aliadismo", el anti-norteamericanismo fue la
nota predominante respecto a Japón, claramente perceptible a partir del
verano de 1940. Por supuesto, no faltó, ni antes de ello ni después, la
referencia anti-británica y ésta se pudo percibir claramente durante la crisis
de Tientsin [Tianjin]en 1939, un enfrentamiento de Japón contra las potencias
europeas a propósito de la detención de los culpables de un asesinato.
2)
Exaltación de los valores guerreros.
En tiempos de guerra como eran, éstos valores tuvieron una gran ascendencia y
ya hemos visto que aparecieron también en Italia, con un diccionario
acompañado de un apéndice de términos militares. En España hubo dos imágenes de
Japón que se ajustaban en esa propaganda del momento; por un lado, la
admiración ya mencionada en los ambientes militares ‑principalmente en la
Marina‑ por la estrategia llevada por Japón durante la Guerra
Ruso-japonesa de 1905, que llevó a la publicación de un libro sobre el
comandante en jefe de la flota japonesa en este conflicto, Tôgô Heihachirô.[19] Si había un caso en el que se admiraba la compenetración de los
ejércitos de Tierra y de Mar en un conflicto, éste era el caso de Japón en su
Guerra con Rusia. El propio Carrero Blanco señala su admiración por Japón:
"Treinta y cinco años después podemos apreciar hoy la solidez de aquellos
cimientos y los buenos resultados que proporcionan el trabajo y la
perseverancia en un pueblo cuando sabe adónde va y quiere llegar a su
meta".[20]
Por otro lado, fue la imagen del Bushidô, o luchador dispuesto a dar
la vida en la batalla sin mayor pregunta, la que simbolizó mejor los tiempos
que se vivían y muestra de ello fue la reimpresión, financiada por la Legación
japonesa en Madrid, de un libro ya traducido en 1908, Bushido. El alma del
Japón, con un prólogo del General Millán Astray. Este militar, en su
preámbulo, escribía: "En el Bushido inspiré gran parte de mis enseñanzas
morales a los cadetes de infantería en el Alcázar de Toledo, cuando tuve el
honor de ser maestro de ellos en los años 1911‑12, y también en el
Bushido apoyé el credo de la Legión...".[21]
3)
Predominio de la solidaridad del Eje frente a la defensa de los intereses
occidentales en Extremo Oriente. En consonancia con Italia, España
aceptó renunciar en China a los privilegios de los que había gozado como
potencia occidental. Aunque en unos primeros años hubo una esperanza de
beneficiarse de la estela japonesa en Asia, progresivamente hubo que aceptar
con resignación que la lucha de japón era también frente a Occidente. Se acabó
aceptando expresamente el declive de occidente en la región.[22]
Así ocurrió con la renuncia a los privilegios de extraterritorialidad o con
el fin del sistema llamado de "Puerta Abierta". Cordero Torres
explicó claramente las razones que traslucieron en ésta aceptación resignada de
los españoles en función de intereses políticos más importantes: "La
llamada "solidaridad de la raza blanca" ha sido hasta ahora un arma
de propaganda de los países que no hace mucho expulsaron a España del Pacífico".[23]
En consonancia con estas aspiraciones, desde Madrid se pasaron a apoyar algunas
causas que podrían ser identificadas, hoy día, como de solidaridad con los
países del Tercer Mundo, tales como la lucha independentista en el
subcontinente indio.[24]
4)
El desarrollo tecnológico japonés.
Si hasta entonces la imagen de Japón había estado fundamentada en la
archimencionada idea de la tradición y la modernidad,[25]
en estos años este equilibrio se quebró a favor del segundo de estos dos
conceptos, llevado por la admiración hacia su progreso científico[26].
Y los progresos se observaban no como simple curiosidad, sino que interesaron
en función de una posible autarquía. El hecho de que una llamada “Misión
Económica Española” no fuera a Japón simplemente a disfrutar del viaje al que les
habían invitado, sino a aprovechar y conocer los inventos japoneses y su
modo de producción, dividiéndose la búsqueda de ideas según los miembros, da
idea de cómo ésta idea estaba ya implantada en las élites dirigentes
franquistas.[27]
Esta idea del progreso parece ser una de las razones principales para que
a Japón
se le considerara como a una nación occidentalizada más que a un país asiático.
Ello tiene importancia porque entonces el comunismo se identificaba como
producto de la "barbarie asiática"; José Antonio Primo de
Rivera ya había expresado esta idea en 1935[28]
y se siguió repitiendo después. El Consejo de Ministros español, por
ejemplo, ante la Guerra soviético-finesa de 1939-40, expresó en su nota a la
prensa: "España, que luchó contra la barbarie asiática,
muestra su honda simpatía hacia los finlandeses".[29]
Resulta ciertamente extraño, pero en estos años el concepto de Asia no
incluía, o no podía incluir, a un Japón que estaba en su
"camino occidental"[30] y que era aliado del régimen: "El
Comunismo sólo será posible en el triunfo del Oriente revolucionario contra
el Occidente imperialista: tendrá lugar cuando el mundo sea de los rusos, de
los indios y de los chinos".[31]
5)
Pro-niponismo en clave anti-alemana. No podemos
ofrecer en este apartado sino documentación italiana, pero parece bastante
probable que el sentimiento de apoyar a los japoneses para aliviar de alguna
forma la presión alemana también se dio en España. En Italia hubo una nueva ola
de nipofilia a propósito de las primeras victorias niponas, en lo que se podía
ver como una "tabla de salvación", no solo del Eje sino
principalmente de Italia, ante la aplastante hegemonía alemana a partir de la
primavera de 1941. El conde Ciano describió en su diario este sentimiento del
que era partícipe su suegro, pero no él mismo: "Mussolini es siempre pro‑japonés
y lo es cada vez más cuanto menos le gustan los alemanes (...) El Duce piensa
que no tiene vuelta de hoja lo que ocurre en Oriente y en el Pacífico".[32]
Es factible pensar que personajes en España tan identificados con Italia
como el Ministro de Exteriores, Serrano Suñer, pudieran pensar lo mismo.
6)
La Historia como un arma política. En este
período, la Historia fue un arma arrojadiza. Junto con las referencias a San
Francisco Javier y a la religión católica en Japón como hija de los mártires
hispanos, la referencia más popularizada de estos años fue la de la expedición
de 1858 a la Península Indochina, por medio del famoso libro Reivindicaciones
de España. Además de ello, la revista Mundo inició una
serie de artículos dedicados a la historia de los españoles en América y en el
Océano Pacífico, de la que la mayor parte corresponde a esta región. La serie
comenzó en octubre de 1940, disfrutó de una regularidad envidiable y la propia
revista mencionaba su relación con los acontecimientos en la región:
"Comenzamos esta serie de artículos dedicados a la historia de nuestra
dominación en el Pacífico (empieza con el núm. 71) impulsados por la actualidad
que al tema daban las alarmantes noticias recibidas del Extremo
Oriente. Aunque ausente nuestra bandera hace casi cincuenta años de aquellas
aguas, la presencia espiritual que dan varios siglos de gloriosa historia,
subsiste. Y, por ello, en plena guerra, continuamos estos artículos, dedicados
a recordar episodios inolvidables de nuestra historia[...]".[33]
En el mes de septiembre de 1942, coincidiendo con la salida del Ministerio de
Exteriores de Serrano Suñer, desaparecieron los artículos, y no se
volvió a reanudar la serie ‑y apareciendo de forma irregular‑ hasta
abril de 1943, fecha a partir de la cual los artículos fueron publicados de
forma muy irregular, dan la impresión de ser los restos de la serie que ya
habían sido escritos.
El interés político mutuo, como hemos visto, creció en ambos países, dentro de
la limitada repercusión que podía tener entonces la imagen de Japón.[34]
Lo más interesante, no obstante, es que, en un proceso normal de referencias a
la especial amistad mutua,[35] se llegara a hablar del paralelismo
mutuo de forma tan intensa; es un proceso que ocurre con otros países,
pero que es difícil encontrar respecto a Japón, y de forma tan intensa, en
otros momentos. La exaltación militar sirvió para ello y fue difundida también
entre sectores no ligados al ejército; la introducción al libro sobre Japón del
jesuita
Moisés Domenzain, se señala que existía algo "extraordinariamente común
entre los dos pueblos[...] su exaltación del valor del espíritu".[36]
En Japón llegó a producirse un fenómeno parecido aunque aparentemente de menor
intensidad, el Ministro Méndez Vigo, llegó a afirmar, de forma excesivamente
optimista, que el interés por aumentar el comercio con España había
aumentado el interés por la cultura española y el español, afirmaba:
"Existe también en ciertos círculos intelectuales una noción, no del todo
infundada, de que hay notables semejanzas y afinidades de carácter entre ambos
países, lo que indudablemente contribuye a estimular la curiosidad", en lo
que califica sin ambages como un momento favorable.[37]
Parece claro, en
definitiva, que surgió una imagen ideal de Japón en España ‑no
tanto al revés‑, producto de esos momentos en los que Tokio estaba en el
mismo lado que Madrid en el esfuerzo de implantar un "nuevo orden"
mundial. El desconocimiento real de lo japonés quizás puede explicar esta
desproporción entre lo razonable y lo exagerado. De esta forma, la imagen del
Japón dio un salto cualitativo en su significado y, en algunos casos, pudo ser
comparable para la derecha con lo que la Unión Soviética había sido para la
izquierda. Este último país representaba la imagen del lugar ‑también
lejano‑ en el que se estaba haciendo algo diferente, algo nuevo y en este
concepto, también completamente idealizado, participaron personajes bastante alejados
ideológicamente del Partido Comunista, como Antonio Machado,
que en algunas ocasiones escribió loas al Estado Soviético.[38]
Si hubo una imagen
ideal hacia Japón, lo cierto es que se fue diluyendo a medida que se
veía que Japón no atacaba a la Unión Soviética tras el ataque alemán. El cambio
no fue radical, pero Japón perdió progresivamente esa imagen ideal que tuvo en
España de una manera fugaz. Cuando entró en guerra medio año después, con Pearl
Harbor, esa admiración ya no tenía el componente de idealismo, de
confianza plena, que significaba luchar en pos de unos objetivos semejantes. Se
sabía que Japón colaboraba y que tenía los mismos enemigos, pero también que no
estaba dispuesta a renunciar a su propio orden de prioridades.
Al tener noticia de las victorias japonesas, no faltaron los motivos de alegría
y de esperanza en el triunfo final del “Nuevo Orden”, pero era ya un distinto
tipo de amistad. La imagen de Japón pasó a estar totalmente mediatizada por la
guerra y las relaciones con el Eje, sin que apareciera característica propia
alguna. Los artículos alabando a Japón ya no se referían a los aspectos
positivos (las semejanzas mutuas, etc.), sino a los negativos, a saber, los
enemigos comunes.
Volvió una breve ola de "japonesismo" a principios de 1942 y se
pueden encontrar varias referencias a un renovado entusiasmo. El ministro
japonés declaró a la prensa de su país que le dolía la espalda de los
“golpecitos” de felicitación en la espalda[39]
y el que fuera Agregado Militar en Japón, Fernando Navarro
Ibáñez, recordaba años después que los miembros de la Legación
japonesa en Madrid "consiguieron extraviar a la opinión pública española,
que los recibía en todas partes con grandes muestras de simpatía y
amistad".[40] No obstante, esa ola fue breve y
de ahí se pasó a una idea que estudiaremos más adelante, y de la cual podemos
tomar referencias en las opiniones del falangista Herrera de
la Rosa desde Japón: se comparten las razones, no los métodos. Este hombre,
delegado de Falange en Japón, estaba claramente identificado con la
idea de establecer un "Orden Nuevo", pero
progresivamente se fue distanciando de este país, precisamente por esos modos
de los funcionarios y por la creciente propaganda antioccidental. Y si durante
el período de Serrano Suñer al frente del Ministerio las razones se superpusieron
a los métodos, ya no sería así tras su salida, en agosto de 1942.
Lo más importante de este período, no obstante, es el cambio que
progresivamente hubo de operar la política exterior española, porque la entrada
de Estados Unidos en la Guerra tuvo unas consecuencias inmediatas: las entregas
de petróleo fueron suprimidas. El cambio siguió siendo paulatino y, en los
primeros momentos de la Guerra del Pacífico, la palabra que mejor expresa
la relación mutua sea susceptibilidad. No era nueva, y se percibe claramente
entre aquellos españoles que vivieron o visitaron la región, tales como los
miembros de la Misión Económica de 1940 o los diplomáticos,[41]
pero en a partir de Pearl Harbor la crítica soterrada pasó a la prensa. Un
ejemplo muy interesante es el del columnista sobre Hispanoamérica de Mundo,
la revista oficiosa sobre Política Exterior, Rodolfo Reyes, quien en un
artículo titulado "Pacífico" en el que se refería a la necesidad de
que México fuera el país que parara el asalto de nuevas culturas por el
Pacífico, hablaba expresamente de los Estados Unidos, pero también
señalaba a la cultura japonesa como otro “asalto indeseable” en el continente.[42]
Pasados unos meses y tras aumentar las dificultades militares, las
tensiones internas entre el Eje se dispararon; los deslices que antes se podían
perdonar, en el año 1942 llegaban a ser motivo para la irritación. De nuevo por
medio del diario de Ciano, se puede ver un ejemplo de la tensión que genera la
relación con los japoneses: "El Duce telefonea indignado contra el
embajador japonés Shiratori, que ha hecho unas declaraciones verdaderamente
incalificables: el Japón espera el dominio del mundo, el Mikado es el único
Dios en la tierra y hará falta que el Duce y Hitler se resignen a esta
realidad."[43] A estas tensiones, además, se sumaron
los esfuerzos enemigos por profundizarlas y España no había de ser una
excepción. Por ejemplo, el Ministro japonés, Suma Yakichirô, por ejemplo,
señaló que la "guerra psicológica" llevada por la BBC ‑refiriéndose
a la propaganda que estaba orientada racialmente para dividir a los países del
Eje entre sí‑ era un "arma formidable" y que el propio ministro
Serrano Suñer consideraba que estaba teniendo un tremendo efecto en España.[44]
Así, después de los años de amistad política y de uso propagandístico de la
amistad con Japón, durante el período del Ministro Jordana se
vivió una cierta “vuelta a la normalidad” propagandística hacia este país,
entendiendo por ello una escasa atención hacia Japón, parecida a la que había
anteriormente. Dos aspectos son indicativos de ello: Japón ‑y la Guerra
del Pacífico‑ apenas apareció en la prensa a lo largo de los casi dos
años que estuvo Jordana, y por otro lado, se volvió a sustentar la idea de la
"solidaridad de la raza blanca" en el Oriente. Las
razones de esta vuelta a una situación “normal” son varias: las noticias sobre
las victorias en la guerra del Pacífico eran escasas y la esperanza de un
"Nuevo Orden" en el mundo, desvanecida. Con ello, esas ideas que la
necesidad política había hecho válidas anteriormente, tales como esa exaltación
de los valores guerreros o la similitud entre los dos países, se derrumbaron y,
con ello, las consecuencias políticas que llevaban, tales como la consideración
de Chiang Kai-shek [Jiang Jie-shi] como un comunista o la disposición a
renunciar a los derechos de Extraterritorialidad en China.
Este cambio en la orientación propagandística fue relativamente rápido desde la
llegada de Jordana en septiembre de 1942 , en parte, porque el terreno ya estaba
preparado. Así, desde poco después de haberse hecho cargo, contradijo totalmente
el manual que había servido de índice en la etapa anterior, el libro ya
mencionado de Cordero Torres[45],
tal como podemos ver en su conversación con el Embajador británico Samuel Hoare, en
febrero de 1943:
"por las mismas condiciones de solidaridad europea [que contra la URSS],
deseamos el restablecimiento de los intereses europeos en Asia, y al hablar de
la solidaridad europea no pensamos únicamente en las conveniencias económicas,
sino también en nuestra cultura y en la obra civilizadora que han realizado
allí las naciones de raza blanca y que nuestra nación realizó en aquellas
tierras del Oriente, como también en la difusión de la fe cristiana, que
desaparecería con el triunfo de Japón así como con el de China o Rusia. Estos
argumentos justificarán, según creo, a los ojos del embajador y del gobierno
británico, las inquietudes que siente nuestra nación y nuestro deseo de una
estrecha colaboración europea, en defensa de intereses comunes, que haría
resolver, de una vez por todas, el gran problema del comunismo; restablecería
nuestra posición y nuestro prestigio en Asia, contendría la expansión del Japón y
restauraría la normalidad en el continente africano".[46]
Este cambio se debe a tres razones principales relacionadas con la marcha de la
Guerra: 1) La propaganda aliada hizo sus efectos. Es difícil asegurar la
efectividad de la propaganda antijaponesa puesto que en muchos casos eran
panfletos o rumores de cuya efectividad difícilmente puede quedar constancia en
los Archivos. No obstante, hemos visto ya referencias de que España era
un objetivo importante de la propaganda aliada, en donde aparentemente estaba
teniendo éxitos; el propio Suma se quejaba que "panfletos antijaponeses
son distribuidos por todas partes"[47]
y de la incapacidad suya para contrarrestarlo por el desdén hacia éste tipo de
actividad por Tokio, que estaba gastando todo su dinero en cuestiones puramente
militares.[48] 2) La ausencia de un ataque a la Unión
Soviética en la primavera de 1943 descartó definitivamente las anteriores
esperanzas de conseguir una victoria frente a Stalin por medio de un ataque
desde el Este. Con ello, las posibles dudas anteriores quedaron descartadas y
se percibió a un Japón que desertaba definitivamente de sus amigos. Uno de los
principales activos en la amistad hispana desapareció y, además, hubo de
influir fuertemente en los ánimos de los que habían sido los mas exaltados pro‑niponistas
en España, los falangistas. 3) Las quejas por los desmanes de las tropas
japonesas en las zonas ocupadas de Asia Oriental fueron cada vez más evidentes,
además de que se atendieron más: "se hicieron oídos" a las voces
discrepantes. La amistad política mutua se desvaneció y ya no pudo valer, como
en tiempos de Serrano Suñer, para tapar las grietas.
Tras el período de inactividad se volvió, por tanto, a usar
propagandísticamente la mentalidad tradicional. El hecho de estar en tiempo de
guerra, no obstante, dio unos matices nuevos ‑en ocasiones temporales, en
ocasiones que perduraron más allá‑ a la imagen de Japón: la defensa de
los valores tradicionales apeló a la imagen de España como país defensor
del cristianismo, a la vinculación entre el catolicismo y la cultura española
basada en la herencia de la "época grande".[49]
Ello llevaba a la idea de que España había de ser la defensora de la cultura
occidental en el Asia Oriental y, con ello, el hecho de que España
tenía más perder que ganar con el dominio japonés en el Archipiélago
Filipino. Mientras que en la Guerra de Europa las afinidades podían ser
ideológicas, en la Guerra del Pacífico, estando en juego esa
"supremacía de los valores occidentales", lo normal para España era
ser partidaria de Estados Unidos y así se expresó en ese período. Era más fácil
para España ser proaliada en Asia que en el caso de Europa y por ello España se
paso al bando aliado primero por medio de la Guerra del Pacífico; no es casual
que, cuando el agregado militar alemán se quejó de unos artículos en Arriba con
noticias contrarias a su país desde ciudades aliadas,[50]
se refirió expresamente a los tomados desde Melbourne ‑es decir, los
referentes a la Guerra del Pacífico. Aparecían noticias de esos presuntos
corresponsales del periódico falangista desde Argelia, Túnez, Washington y
varios centros neurálgicos más, pero las noticias de la guerra en el Oriente
eran las que podían mostrarse favorables a las victorias de los aliados de una
forma más abierta..
Otra idea que surge
en diversas ocasiones es producto de la mentalidad tradicional sobre el
Oriente: lo que ocurre allí, es secundario. Al fin y al cabo, lo importante que
se estaba decidiendo en esos momentos era en Europa. La idea del temor al
comunismo proveniente del Oriente es anterior al conflicto mundial, pero desde estos
años se mezcla con la de una presunta expansión asiática. Para ello, puede
resultar interesante el editorial de Arriba de 11 de abril de 1944
propugnando que la guerra se acabara lo antes posible. Se refería, no obstante,
a la Guerra en Europa: "(...) cuanto más se prolongue la guerra en Europa,
más se afianza la situación en el Pacífico" y acababa señalando que Rusia
tenía en el centro de Asia "masas inagotables para invadir Europa".[51]
La conexión de Japón con la URSS se asocia aún vagamente, comparando
con el período posterior. Tras el "Acuerdo de Pesquerías", por el que
Moscú y Tokio firmaron un acuerdo relativo a petróleo, renovando también las
concesiones de pesca, publicaba Arriba en primera página:
"Un artículo del Journal de Genève pone
hoy de relieve el reforzamiento de la solidaridad asiática de la URSS y del
Japón, que acaban de concertar un acuerdo [...] A propósito de este
reforzamiento de la "solidaridad asiática" se subraya aquí el
realismo de la política soviética, que antepone las conveniencias prácticas a
las consideraciones ideológicas. Sin embargo no deja de llamar
extraordinariamente la atención de los círculos políticos el hecho de
esta "Neutralidad paradójica" que mantienen entre sí las dos grandes
potencias asiáticas, que reporta a ambas grandes ventajas en un momento en que
cada parte contratante se halla empeñada en una lucha a muerte contra los
aliados de la otra".[52]
Respecto a Filipinas, la situación política dio un giro tan brusco que no se puede
hablar exactamente de una vuelta a la normalidad, sino de un movimiento de
péndulo que llevó a alabar el período norteamericano como uno positivo para la
pervivencia de la cultura hispánica. La idea de que España tenía más que perder
en Filipinas con el dominio japonés permitió transmutar la opinión sobre
la dominación americana; si bien durante el siglo XX la dominación de
Washington había sido la gran enemiga de la cultura española, ahora pasó
a ser la que estaba sufriendo los mismos avatares que la española ante el
empuje oriental y de ahí a ser alabada. El dominio norteamericano era
preferible al japonés, se concluyó, pero además convenía alabarlo de forma
propagandística para establecer una "puerta trasera" en las
relaciones con Washington.
Mientras tanto, la
opinión japonesa sobre España no cambió esencialmente. Al contrario que con Latinoamérica,
no hubo una política clara y la propaganda japonesa fue prácticamente
inexistente por estar dedicada casi exclusivamente a la lucha en el aspecto
militar.[53] Los medios de comunicación se encargaron
de difundir las crecientes presiones aliadas sobre el General Franco, pero
sin mostrar hostilidad hacia España; al fin y al cabo, Japón no tenía nuevos
países amigos con los que compensar unas malas relaciones con España. Ni
interesó mucho lo que pensaran los españoles sobre Japón, como ya hemos visto
en las quejas del Ministro Suma, ni lo que pensaran los propios japoneses sobre
España en un momento en que la amistad se diluía.
En el último año de
la guerra, el proceso propagandístico volvió a marcar un período de exceso. Al
igual que había ocurrido en el capítulo de la imagen ideal de Japón, en éste
período el proceso tuvo aspectos semejantes, pero totalmente opuestos. Frente a
la imagen de Japón como lo positivo del período de la amistad, se pasó a
identificar lo japonés como lo bárbaro y ésta llegó a ser la característica
principal de la imagen de Japón en el año que cubre este último capítulo.
Se produjo, por tanto, un movimiento de péndulo en esa imagen de Japón, por el
que tras haber asumido imágenes falsamente positivas se pasó a asimilar ideas
de Japón que en muy raras ocasiones habían aparecido. Podemos calificarlas, por
tanto, de extrañas, ya que es la primera vez que aparecen con tal intensidad en
España del siglo XX conceptos como 1) El temor al peligro amarillo, 2) La
inclusión de las Filipinas dentro del mundo hispánico o 3) El halago a
los Estados Unidos por su acción en Filipinas. El desconocimiento real volvió a
marcar el contexto en el que se desarrollaron las relaciones.
La aparición de conceptos racistas en la propaganda española parte del concepto
de la superioridad de la cultura occidental y cristiana. Bastantes ejemplos nos
da la prensa de estos momentos de esa idea que sigue tan arraigada en la
actualidad. Así, por ejemplo, a propósito de la victoria norteamericana en Luzón se señala
lo que tenía Estados Unidos que agradecer a España por haber europeizado las
Filipinas durante siglos, "Tienen por tanto que dar las gracias por
inculcar la cultura española y las enseñanzas cristianas". No sólo eso,
sino que se siguió con la idea ya expresada en tiempos de Serrano Suñer, de la
superioridad de este Archipiélago frente a sus vecinos, expresando la confianza
de que Estados Unidos distinguieran entre los filipinos y los malayos, Sumatra
o Java, "los cuales con el sistema holandés nunca se han sentido unidos a Europa."[54]
Arriba señala en otro comentario: "Españoles y filipinos
han caído junto a las balas asiáticas [...] ante esta realidad nuestro mayor
deseo es llegar a ver la unión cerrada del Occidente en defensa de unos
principios y de un sistema de vida [...]es la hora de las coincidencias
vitales...".[55]
De esta idea, no obstante, se pasa a imágenes que escasamente habían aparecido
en España, como la del "Peligro Amarillo". En este sentido, se siguió
el camino de la propaganda en Estados Unidos, donde la forma más benigna de
dibujar a un japonés era hacerlo con forma de mono, cuando no de gorila. Esas
imágenes racistas de Estados Unidos hicieron que la lucha en el Pacífico fuera
más cruel de lo que era en el terreno europeo. Los enemigos de Estados Unidos
eran los fascistas, los nazis y los japoneses, con ello se indicaba que frente
al italiano o al alemán malo, había la posibilidad de una relación con el que
no había apoyado al régimen. No ocurría así con los japoneses, no se sabía
distinguir entre unos y otros. El régimen franquista tampoco supo diferenciar y
cayó en la misma trampa de la discriminación racial.
La inclusión de Filipinas en
el mundo hispánico es un hecho que se da en escasas ocasiones; sin embargo en
ésta época convenía fuertemente al régimen español la inclusión de éste
Archipiélago en la esfera de lo hispánico. El editorial del diario Arriba
a propósito de la ruptura de relaciones es elocuente a éste respecto al señalar
la pesadumbre porque las Filipinas hubieran caído bajo la influencia de un
Imperio no cristiano y de signo oriental: "Nadie habrá para negar la
legitimidad de nuestra creencia, en nosotros, sobre la superioridad y el
destino favorable de lo hispánico, aun contra la capacidad agresiva de los
pueblos amarillos".[56] En la orden a la prensa del 14 de mayo
de 1945, como justificativo del deseo de victoria aliada se alude, como una de
las razones, "el sentimiento de una comunidad atlántica, que nos lleva a
defender denodadamente todo vestigio en que se manifiesta la cultura
occidental".[57]
La alabanza a los Estados Unidos por su período en Filipinas es
algo que sólo aparece en éste período. En España y entre los españoles en el
archipiélago filipino, la relación con Estados Unidos había sido desigual,
porque si bien les había privado de poder en el Archipiélago, después les hizo
ricos. Y si bien había seguido habiendo lazos importantes con este país, el
sentimiento en España era claramente antinorteamericano, por lo que chocan
fuertemente algunas afirmaciones en periódicos de estas fechas. El 6 de marzo,
por ejemplo, fue reproducido en el diario Arriba un discurso que había
pronunciado el Ministro de Justicia, Eduardo Aunós, sobre "La Tragedia de Manila":
"España tuvo que abandonar aquel rincón de Oriente[...] Otro pueblo joven,
lleno de intrepidez y técnicas nuevas, llego aquí para sustituirnos. Bajo su
mundo nuestras escuelas permanecieron inalteradas y los grandes basamentos de
la civilización filipina que allí quedaron no fueron quebrantados en lo
sustancial".[58] La necesidad de halagar al futuro eje de
las relaciones exteriores de España hizo aprovechar el día de la
independencia de Estados Unidos para señalar su papel de "paladín de la
cultura occidental que la gran nación americana juega en su lucha contra Japón".[59]
Tras el lanzamiento de la bomba atómica no hubo ninguna crítica a su
lanzamiento.[60]
Junto a estas ideas se juntaron otras en moldes más tradicionales, como
pudieron ser las referencias históricas[61]
y tampoco hemos de olvidar que la campaña contra Japón no caló
lo suficiente como para provocar un sentimiento que hubiera movilizado a la
población a cometer actos contra los japoneses en España. Antes bien, no hay
referencia a ningún acto contra la colonia residente en España y en la nota que
envían al Ministerio de Exteriores tras la ruptura señalan
"ningún miembro de la Legación ha sentido amenaza personal [...] por el
contrario, tenemos recibidas numerosas pruebas de amistad".[62]
Lo más
interesante, no obstante, es la aceptación, consecuencia de éste ambiente
anti-nipón, de ideas que no habrían sido tomadas en consideración en momentos normales
y que fueron producto de esas noticias mezcladas con el sustrato existente
anteriormente. Así, podemos ver que el gobierno aceptó como válidas algunas
ideas que eran claramente producto de la excitación del momento, como "la
orden emanada de Tokio para la sistemática destrucción a los españoles",
tal como se expresa al finalizar la representación de intereses[63]
o la de que era posible de nuevo una masacre en China o en Japón, la cual
pudo motivar un mayor interés por evacuar a los españoles del país o incluso
pudo haber evitado la declaración de guerra. Con Japón, en definitiva, se
produjo un vuelco en las visiones que no se podía haber dado ni con respecto a
Alemania ni con Italia. Japón fue un aliado volátil.
Para otros artículos nipófilos en Diario de Burgos: "En Extremo
Oriente como en España. Los soviets abastecen intensamente al Ejército
Chino". 17 de septiembre de 1938; "La situación. El frente
asiático", por "Para bellum", 11 de agosto de 1938. También los
misioneros se identifican con la publicística sobre las semejanzas de los dos
pueblos en la lucha contra el comunismo en los dos extremos de la masa
continental. "Haruna Maru", por F.R., en Misiones Dominicanas,
Avila, enero de 1939, pp. 7-9. Sobre la similitud de las dos guerras en la
prensa japonesa, hay un artículo interesante titulado "Japón y
Franco", quizás escrito por algún misionero. AMAE, Leg. 1466, exp. 14.
Informe de Diciembre de 1937.