
Instituto Cervantes, Manila, N. 1 (1998): pp. 69-81.
Acabando con la
prioridad de los lazos privados
Presencia española en Extremo
Oriente alrededor de 1945
Florentino Rodao**
Universidad Complutense de Madrid
España perdió definitivamente su Imperio en 1898 tras la derrota con el
ejército de los Estados Unidos y desde entonces dedicó sus esfuerzos coloniales
a Guinea Ecuatorial y Marruecos, en el continente africano. Pero aparte del
dolor por el desastre militar y la aversión hacia los Estados Unidos por el statu
perdido en un tiempo en que la importancia de las naciones se medía según la
extensión de kilómetros cuadrados bajo su bandera, es necesario diferenciar lo
que pasó en el caso de las colonias en el Caribe (Puerto Rico y,
principalmente, Cuba) y en las del pacífico (Micronesia y, principalmente, las
Filipinas). La pérdida del poder en Cuba significó la debilitación
forzosa de unos lazos muy fuertes entre ambos territorios, tanto culturales
como económicos y, de hecho, un buen número de los principales bancos en la
España contemporáneas fueron fundados a partir de las masivas repatriaciones
de capital enviadas desde Cuba a fines de siglo. Los lazos con las Filipinas,
por otro lado, no eran tan fuertes y, más aún, se podría decir que surgió
progresivamente un sentimiento en la península de haberse liberado de una
pesada carga: no había habido beneficios de tal colonización y el dominio en
Manila era ampliamente percibido como el mas ineficiente de todos y controlado
por las órdenes religiosas. Las “almas” habían sido el único “beneficio” tras
trescientos años de gobierno sobre las Filipinas, pero este argumento incluso
comenzaba a dejar de considerarse tan positivamente tras el incremento del
pensamiento anticlerical entre los intelectuales españoles. Después de todo,
Estados Unidos había hecho un favor en el caso de las Filipinas y de
Micronesia, aunque no en relación a Cuba, la llamada Joya del Imperio.
Habían sido ya bastantes aventuras en el extremo Oriente y desde esos momentos
sería mejor para España olvidarse de todos esos territorios. El interés pasó a
ser exclusivamente exótico y el conocimiento superficial prevaleció.
Como una de las consecuencias obvias de ello, las relaciones oficiales
con la región disminuyeron dramáticamente e incluso se pensó en abandonar una
de las dos embajadas ya instaladas, la de Tokio o la de Pekín. Por otro lado,
cualquier hecho ocurrido en la región ha sido infravalorado a lo largo del
siglo XX y, con ello, cualquier hecho que aconteciera a esas antiguas colonias
en Filipinas, aparte de las sentidas menciones a los fuertes lazos mutuos y a
su identidad hispana. Sin embargo, había también lazos privados que habían
llegado a ser tan importantes como para continuar funcionando sin depender en
absoluto de ese desinterés oficial. Los lazos entre España y Asia Oriental
anduvieron por su propio pie después de 1898, sin tener en cuenta ese apoyo
oficial y fueron sostenidos principalmente por esos intereses privados.
Consideramos necesario discutir esos intereses y, por razones de claridad, los
hemos dividido en intereses comerciales, culturales, demográficos y misionales.
Nos abstenemos de señalar los de carácter políticos por su limitada importancia
y por su naturaleza eminentemente cambiante. La elección del año 1945 es por
dos razones, la primera porque este año puede ser considerado el punto mas bajo
de la presencia hispana (la información recolectada, sin embargo, es anterior
al final de la segunda Guerra Mundial en algunos casos) y la segunda porque,
después de la guerra, los pilares sobre los que se basaba la presencia española
cambiaron totalmente: desde entonces las relaciones oficiales con los gobiernos
de Asia Oriental pasaron a dominar y aquellos intereses privados en Asia
perdieron la capacidad de configurar la política de Madrid hacia la región.
En el caso de China y Japón, los intereses económicos fueron los únicos que
permanecieron en los contactos oficiales entre Madrid y Tokio o Pekín, pero su
importancia ha sido pequeña. El vino fue el principal producto exportado por
España durante el período de posguerra, siendo también la única mercancía que
era vendida en cantidades que no fluctuaron excesivamente. Hay que añadir otros
productos, como las conservas o algunos minerales en bruto. Las importaciones
fueron principalmente de productos semi-manufacturados, con artículos
específicos de cada país como la seda japonesa o el tabaco y el azúcar
filipino, así como importaciones coyunturales, como arroz. Son difíciles de
conocer tanto las cifras exactas como sus características concretas, por el
papel clave como intermediarios que tuvieron los puertos de Singapur, Hong-kong
y Port-said, en el Canal de Suez, donde muchas mercancías procedentes o
destinadas al Extremo Oriente eran vendidas.
Los problemas que afectaban al comercio español eran, al igual que con el resto
del mundo, la falta de una estructura empresarial fuerte: predominaban las
empresas de tipo familiar en el comercio de importación y exportación,
concentradas en Kobe o Shanghai. La práctica de estas pequeñas empresas era
funcionar como agentes radicados para realizar las compras a cuenta de los
clientes, examinando las mercancías, vigilando los embarques y abonando los
pedidos por medio de créditos bancarios, aunque en estos casos se retenían las
cantidades hasta recibir la autorización del giro. Con la Guerra Civil y la
guerra Chino-japonesa, la mayoría de estas empresas en Kobe y en Shanghai
sucumbieron, en parte porque la situación de guerra hizo sucumbir el comercio
mutuo y en parte también porque la política cambiaria española tras la victoria
de los nacionalistas restringió fuertemente el acceso a las divisas extranjeras
con lo que los españoles hubieron de emplearse en compañías de otras
nacionalidades. El problema más continuamente mencionado, e interrelacionado
con esa falta de una estructura comercial fuerte, fue la falta de una línea de
navegación directa desde España, aunque algunas de las que cubrían trayectos
con Europa del Norte paraban en Barcelona.
Los intereses económicos españoles en Filipinas tuvieron unas características
diferentes a los de China o Japón y mantuvieron su importancia hasta el final
del período que cubre el artículo, y a pesar de haberse sometido a unos
gobernantes coloniales diferentes. No podemos dedicar a esta cuestión la
importancia que merece, pero es interesante resaltar que en ese Archipiélago
aún seguían ejerciendo el poder económico y político, en esencia, las mismas
familias de raíz española que lo habían tenido antes. Aunque apegadas
culturalmente a España y a sus valores, sabemos poco sobre las conexiones
directas de sus empresas con otras semejantes españolas, ya fuera por parte de
las casas principales o de sus filiales, puesto que la mayoría de sus
beneficios y su riqueza venían gracias al comercio con Estados Unidos. El intercambio
directo España-Filipinas se incrementó desde 1898, de un total de 7 millones
-entre importación y exportación- a 13 ó 14 millones de pesetas en el período
anterior a la II República, bajando después hasta los 4 millones en 1936. Desde
1908 predominaba la exportación de Filipinas a España, pero el desequilibrio
era compensado por el capital neto enviado a la península; era enviado por
diversos conceptos, como importe de rentas de bienes radicados en Filipinas,
cuyos dueños residían en España, pensiones enviadas a familiares en la
península por aquellos que trabajaban en Filipinas o cantidades procedentes de
la liquidación parcial o total de los intereses poseídos por españoles
repatriados.[1]
En el período anterior a la Guerra del Pacífico se desarrollaron dos procesos
que afectaron los lazos hispano-filipinos a un plazo medio: La fuerte caída en
los beneficios del capital especulativo, producto del fracaso de las
inversiones en minas de oro[2] y la desnacionalización masiva de la
elite que hasta entonces había mantenido la ciudadanía española.[3]
En consecuencia, si bien en la década de 1920 las dos terceras partes del
comercio exterior de Filipinas había estado en manos españolas, al acabar la
guerra mundial sólo era en una mínima parte, no porque ese comercio hubiera
cambiado de manos, sino porque esas manos habían cambiado de nacionalidad.
Entre las Compañías españolas destaca claramente la "Compañía de Tabacos
de Filipinas", denominada popularmente como Tabacalera. Creada en
1881, basada en Barcelona y puesta en marcha con capital francés, su expansión
se dio principalmente en el primer tercio del siglo XX, durante la dominación
norteamericana. Mantenía en época normal a unos 200 empleados españoles y
además se estimaba que, después de la administración pública, era "la
organización que (en Filipinas) da de comer a mayor número de gente"[4].
Tabacalera comerciaba con prácticamente todos los productos de exportación del
país, especialmente tabaco, azúcar, copra y aceite de coco, importando también
con preferencia marcas españolas de vinos, aceites y conservas. También tenía
empresas subsidiarias como "Tabacalera Steamship Co.",
"Tabacalera Insurance Co.", "Central Azucarera de Tarlac",
"Central Azucarera de Bais" y "Compañía Celulosa de
Filipinas". Estas sociedades constaban para la ley filipina con
derechos y obligaciones como tales, aunque el capital en su mayor parte o en la
totalidad fuera español.
Además, estaban las llamadas Compañías Familiares, que constituían el
patrimonio de determinadas familias poderosas, como "Ayala &
Cía", "Elizalde & Cía", "Lizárraga Hnos.",
"Roxas & Cía.", "A. Soriano & Cía" y "R. Pérez
Samanillo". La casa Ayala y la de Pérez Samanillo funcionaban casi
exclusivamente como administradoras de los bienes raíces familiares,
mientras que las demás funcionaban en una forma parecida a la Compañía de
Tabacos, con unos campos de actuación muy diversos. De ellas, la más conocida e
influyente era la de Soriano y sus propiedades incluían minas de oro,
propiedades inmuebles y el lucrativo conglomerado de San Miguel. De este
personaje, con acceso directo al Cuartel General de Franco en España y Gran
Cruz del Mérito Naval, tenemos poca información sobre sus negocios en España
"aunque se sabe que entre ellos figura la "Editorial Calleja" y
se insinúa como mera probabilidad que figure entre los mismos también algo relacionado
con "Bolsa negra" a cambio de dólares".[5]
Otras empresas importantes eran "Banco de las Islas Filipinas",
"Banco Hipotecario de Filipinas", "San Miguel Brewery",
"Philippine Sugar States Ins.", "La Insular, Fábrica de Tabacos
y Cigarrillos", "La Yébana, Fábrica de tabacos y cigarrillos",
"Commonwealth Insurance Co.", y "Tuasón y Sampedro", además
de otras en diversos campos.
Una conexión que aparece como importante es la de estos capitales filipinos con
China, siguiendo el mismo camino de los emigrantes chinos que dominaban la
economía filipina. Una de ellas puede ser la "Chino-spanish Trading
Co.", una casa de importación y exportación dirigida por Francisco
Abóitiz y otra los frontones de pelota vasca, dirigidos por un antiguo
pelotari, Teodoro Jáuregui, que . Estos, explotados por compañías de diversas
nacionalidades en Tientsin, Shanghai y después en Manila, pasan por uno de los
negocios mas importantes de los españoles.[6]
La situación general de los españoles en China, no obstante, era diferente a
Filipinas, por una parte porque su poder económico era mínimo y por otra porque
podía ser prevista pronto la fecha final de esos privilegios que permitían los
beneficios para sus negocios: los Tratados Desiguales acabarían igual que
habían acabado ya en Siam o en Japón. Desde mediados del siglo XIX, España
había comenzado a disfrutar de estas prerrogativas, tales como juzgar a sus
propios ciudadanos, un funcionamiento libre en las concesiones internacionales
y beneficiarse de la extraterritorialidad; pero el final de estos privilegios
vendría pronto y no había otra opción que hacer lo que las grandes potencias
decidieran.[7]
Dentro de los lazos culturales entre España y el Asia Oriental conviene
diferenciar los territorios que habían sido españoles y los que no. Entre los
segundos no había afinidades especiales y en el siglo XX las imágenes mutuas
estaban basadas en las ideas o la información que llegaba indirectamente, con
preferencia a través de canales británicos. Alguna información directa llegaba
a la península por medio de españoles o latinoamericanos residiendo en Asia que
escribían en periódicos o revistas, mientras que los escritos de los misioneros
también podían ser encontrados pero no llegaban a un público masivo. Pero no
sólo China o Japón mostraban escasas afinidades con España, también esos
territorios donde la presencia española había sido esporádica (tales como
Pohnpei (Ponapé) en Micronesia, ocupada solo al final del siglo XIX) se sentían
escasamente atraídos. No es necesario señalar que los territorios con unos
lazos culturales mas fuertes con España eran Filipinas y Guam, pero también hay
que enfatizar que esa identidad era sentida en un grado mudho menos si lo
comparamos con los países latino americanos.
Las principales influencias que había dejado España en estos territorios fueron
en la estructuración de la sociedad y en dos aspectos que aún permanecen: el
idioma y la religión católica. Al empezar la Guerra del Pacífico, el español
todavía mantenía su papel dentro de la sociedad filipina. Era hablado por aproximadamente
un millón de personas, principalmente de las clases altas y medias-altas, como
lengua para entenderse entre ellos y también era la lengua oficial en la
administración de justicia o como lingua franca en el comercio, junto
con el inglés. Había adquirido una curiosa situación tanto en la sociedad
filipina como en la guameña porque, si bien había sido una lengua colonial,
tuvo un carácter anticolonial como cierta forma de identificación nacional y de
resistencia al poder de los Estados Unidos, simbolizado por el inglés. Su papel
fue mucho más allá de la comunidad española[8].
En cuanto a la religión católica, en Filipinas y Guam era profesada por la
práctica totalidad de la población nativa e incluso en Micronesia el
catolicismo era seguido por un número tan importante como el de protestantes,
aunque dependía mucho según cada isla. La percepción de esta identidad cultural
hispana, además, era menos notada que en otros casos puesto que había sido
profundamente asimilada dentro de la sociedad y de su estructura.
No hubo un afán importante desde España después del 98 por impulsar estos lazos
culturales. Nunca habían sido apoyadas financieramente las menciones
esporádicas en la península a las afinidades mutuas entre España y sus colonias
y a la historia común nunca. Además, estos lazos estaban restringidos a grupos
reducidos de aquellos que estaban especializados en el país o que tenían
conexiones directas con España, ya fuera por razones familiares o misioneras.
En Filipinas, sin embargo, la identidad hispana se había desarrollado mucho más
allá de la comunidad hispana: los periódicos en español eran ampliamente leídos
y la propia comunidad se podía permitir el pago a académicos, charlistas,
poetas o escritores para visitar las islas con el objeto de realizar
exhibiciones artísticas o pronunciar conferencias[9].
Estos esfuerzos por mantener un contacto directo con la península durante la
primera mitad del siglo XX muestran que los lazos culturales estaban vivos,
pero principalmente gracias a los esfuerzos hechos desde el lado filipino. El
Hispanismo anduvo por su propio pie, principalmente impulsado desde el propio
archipiélago.
La religión
católica quedaba como un pilar fundamental de los años de dominio hispano en el
Extremo Oriente. Además de los territorios que ya hemos señalado más
arriba, en China había aproximadamente 3 millones y medio de católicos, con
cantidades menos significativas en otros territorios. Debido a ello y a pesar
que el cuidados de los fieles estaba a cargo de religiosos de muchas
nacionalidades, los misioneros constituyeron la presencia mas difundida de
españoles en el Asia Oriental y el Pacífico durante la primera mitad del siglo
XX. La transnacionalidad era una de las características de estas órdenes
religiosas y ello permitía cambios de su nacionalidad cuando era necesario,
como ocurrió, por ejemplo, cuando España perdió los derechos de Extraterritorialidad
en China en 1937 o cuando, al comienzo de los años 1920, los jesuitas
decidieron que era mas conveniente adaptarse a las nuevas autoridades
reemplazando los españoles con miembros norteamericanos. Por otro lado, los
recursos económicos obtenidos por estas ordenes durante el período español
habían hecho de las Filipinas un centro clave para la presencia de religiosos
en el área de Asia-Pacífico: gracias a los recursos generados en este
Archipiélago las misiones eran sostenidas financieramente y desde allí,
también, recibían algún tipo de instrucciones. Los misioneros asignados a Asia,
por ejemplo, viajaban primero a Manila, donde las Ordenes tenían sus Conventos
Madre (Santo Domingo, San Agustín, San Nicolás, San Francisco...) y desde allí
eran enviados después a sus destinos definitivos.[10]
Por
territorios, la presencia de clérigo regular español es de la siguiente manera,
a grandes rasgos:
En el Archipiélago Japonés, los Padres Dominicos estaban instalados en la Isla
de Shikoku, en zonas rurales pobres y alejadas. La sede de la prefectura era la
Iglesia de Matsuyama, con el otro grupo viviendo en Takamatsu. Había también un
parvulario en Niihama, una iglesia en Uwajima y otra para la infancia en
Enoguchi (kochi). El reducido número de jesuitas españoles, mezclados con
padres de otras nacionalidades, estaban en Yamaguchi y en Kojimachi (Tokio). En
la capital había también un Marianista y un Salesiano. Entre las religiosas,
estaban las Hermanas Mercedarias de Berriz, que tenían una escuela en Koenji y
las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, en Azabu, también en Tokio. Las
Adoratrices del Santísimo Sacramento poseían una casa en Yokohama y otra en
Kojimachi (Tokio). Había también una Franciscana en Fujisawa y dos
hermanas de San Mauricio.[11]
En la
Micronesia, los cambios de colonizador fueron frecuentes después de la salida
de los españoles, en parte porque tener a cargo el cuidado de estas islas no
era excesivamente deseado por las órdenes. Los agustinos españoles fueron
sustituidos por los alemanes desde 1899 hasta el fin de la I Guerra Mundial, en
que los japoneses las tomaron y mantuvieron bajo la misma bandera una
gran cantidad de territorios conquistados durante el conflicto. Tokio solicitó
al Vaticano enviar a Micronesia misioneros de países que se habían mantenido
neutrales durante la Gran Guerra y por tanto los españoles volvieron a
ejercer el proselitismo, esta vez jesuitas que no tenían otra opción que
aceptar las ordenes del Papa partir de 1899, pero volvieron tras la I
Guerra Mundial, cuando, al pasar a dominio japonés, Tokio pidió al Vaticano
misioneros de países neutrales[12]. Tenían residencias en Yap, Belau
(Palaos), Truk y Ponapé. A partir de 1937, en la llamada "Procura de
Nanyô" (Mares del Sur) se legisló que los misioneros debían conocer la
lengua japonesa y ello motivó que algunos tuvieran que ir a Japón a aprenderla.
En Guam, expulsados los Agustinos Recoletos tras la derrota española, éste
territorio bajo dominio de Washington pasó a ser jurisdicción de los Capuchinos
españoles hasta que en 1936 se empezó a encomendar a los misioneros
estadounidenses de esta Orden. Hubo un progresivo proceso de sustitución y,
cuando la guerra del Pacífico comenzó, sólo dos españoles permanecían, el
Obispo, Monseñor Olano y su Secretario, Ramón Jáuregui[13].
En Filipinas,
la presencia de clero hispano siguió siendo muy numerosa después de 1898 y pro
tanto conviene hacer un listado por orden alfabético. Recoletos Agustinos:
Llegaron en 1608. Estaban a cargo de la Prefectura Apostólica de Palawan y de
la diócesis de Bacolod. Poseían también el convento de San Nicolás de
Tolentino, el Convento‑Iglesia de San Sebastián, otro en Cebú, y el
Instituto de Santo Tomás de Villanueva en San Carlos, en Negros Occidental. Agustinos:
fueron los primeros establecidos en el país, desde la década de 1570. Tenían a
su cargo el Convento de San Agustín en Intramuros y los del Santo Niño en Cebú
e Iloilo, administrando también parroquias en Pampanga, Iloilo y
Cebú. Benedictinos: Establecidos en 1895, estaban sustituyendo
paulatinamente a los miembros españoles; poseían el Colegio de San Beda y
atendían los Hospitales de Santiago, y del de San José, uno en Arlegui y otro
en Balmes. Capuchinos: Llegados en 1887, se dedicaban casi
exclusivamente a su actividad parroquial y tenían parroquias en Manila, Tarlac,
Pangasinan y Cavite. Dominicos: Establecidos en 1587, su labor era la
más importante en el aspecto educacional, cuyos exponentes son el Colegio de
Letrán y la Universidad de Santo Tomás. Poseían un santuario en Rizal, otro en
Pangasinan, un Convento en Batanes y un "Dominican Hall" en
Baguio. Franciscanos: Llegados en 1577. Además del convento en
Intramuros, poseían tres residencias, un convento‑colegio y una
parroquia en San Francisco del Monte (Ciudad Quezón) y 10 parroquias en la
Isla de Samar y las provincias de Albay y Sorsogón. Paúles: Llegados
recientemente a Filipinas, su gran obra era la dirección de los Seminarios
Diocesanos, donde fueron formado gran parte del clero y el episcopado filipino.
Su Casa Central era el Convento y parroquia de San Marcelino y tenían
confiados los Seminarios de El Sagrado Corazón de Bascolog, San Carlos en
Sargao (Cebú), San Vicente en Calbayog (Saman), San Vicente Ferrer en Jaro
(Panay); San Carlos (Camarines Sur) y el Rosario, en Naga. Los Jesuítas
habían sido los primeros en sustituir a los españoles por padres
norteamericanos, aunque para la Guerra del Pacífico quedaban algunos. Entre las
congregaciones de religiosas: Hermanas (o Hijas) de la Caridad (17
colegios en Cebú, Iloilo, Baguio y Manila, como el colegio de Santa Rosa). Las Hijas
de Jesús (3 colegios en Iloilo y Pototal), las Misioneras de Santo Domingo
(5 colegios en Santa Catalina y Pangasinan), las Siervas de San José (4
Colegios en Panay), las Agustinas Terciarias (10 colegios), las Agustinas
Recoletas (6 colegios), la Congregación de Religiosas de la Virgen María
(37 colegios), las Misioneras Dominicanas (4 colegios) y las Franciscanas
Misioneras de María (15 colegios).[14]
Los
misioneros en China tuvieron sus momentos más difíciles tras el comienzo
de la Guerra Chino-japonesa. Los Jesuitas (desde 1912) estaban en las
provincias de Anhui (referida como Anwei o Ahnwei) y Hubei. Tenian un vicariato
apostólico en Wuhan (Hubei) desde 1921, con una residencia principal y otras 21
secundarias, con otro seminario en Suanchen y 25 residencias secundarias. En la
provincia de Anhui, tenían una residencia principal y 21 secundarias. Sus
propiedades estaban valoradas en 12 millones de pesetas. Los Agustinos
estaban en la provincia de Hunan y tenían un vicariato en Xiangtan, cerca de la
capital, Changsha, donde sufrieron bombardeos japoneses, así como en Jishou y
Lichou. Estaban instalados también en Nanchang (Jiangxi) y Shanghai con unas
propiedades valoradas en 8 millones y medio de taels. Los Dominicos
(instalados desde 1900) predominaban en la provincia de Fujian (Fukien), con
misiones residencias principales en Fuzhou, Fuding y Xiamen (o Amoy, con la
concesión extranjera de Kulangsu), con 76 residencias secundarias en
total. Además, el Noviciado instalado en Hong‑kong, el Convento de
San Alberto Magno. Sus propiedades estaban valoradas en total en 17.150.000
pesetas. También estaban en Formosa, bajo dominio japonés, con casa principal
en Taizhong (Taichu) y una iglesia en Kaoshiung (Takao). También había Agustinos
Recoletos desde 1925 en diversas misiones católicas de Hunan. Su misión
principal en Kweitehfu fue saqueada durante la invasión de la provincia por las
tropas japonesas, donde tenían además 10 secundarias. Sus propiedades en total
estaban valoradas en 3 millones de pesetas. Los Hermanos Paúles estaban
en la Escuela de Artes y Oficios de Aberdeen en Hong‑kong y en las
provincias de Marampur y Sharampur [sic]. Los Franciscanos
llegaron por primera vez en 1633 y tuvieron un Vicariato Apostólico desde 1911
en Shaanxi septentrional, en la provincia de Yan’an, con propiedades por
5.775.000 pesetas. Los Capuchinos estaban en la provincia de Jiangsu
(Kansu) y en Xinjiang, con 29 residencias secundarias. En cuanto a las Madres
religiosas, Hijas en Jesús en Pekín y Anquing, Mercedarias Misioneras
de Berriz en Wuhu y Agustinas terciarias en el Hunan
Septentrional[15].
En el sudeste
asiático y descontando las Filipinas, podemos encontrar tres Ordenes en tres
territorios claramente definidos. En la Indochina Francesa todos los misioneros
eran dominicos, de la llamada "Provincia de Tunkín", con misiones en
Banc‑Ninh, Cat‑dam y Thai‑bihn, una escuela Apostólica en Hai‑phong,
y seminarios en Nam‑Dihn y Quang‑Puong. En Siam estaban los
Hermanos Gabrielistas en Bangkok, al cargo de los prestigiosos Colegios de la
Asunción y en Borneo las Carmelitas Descalzas.
Es difícil
poder dar una cifra concreta de los misioneros españoles en el Oriente, ya que
tardaban en inscribirse en la Legación e incluso se nacionalizaban en las
representaciones de otros países europeos, principalmente Francia, un país que
deseaba ser visto como el defensor de la religión católica en China, si tenían un
Consulado más cercano.[16] En Japón es donde hemos podido
determinar más exactamente el número de religiosos, pudiéndolos cifrar entre
150 y 160 miembros, entre la metrópoli y los territorios insulares dominados.[17]
En el Asia Suroriental había un número algo superior al medio centenar, con
diez gabrielistas en Tailandia, 42 dominicos en Indochina (63 según el informe
del Consejo Superior de Misiones), cuatro Carmelitas Descalzas en Borneo y
quedaban dos jesuitas en Guam.[18] Una labor mas difícil de realizar es en
China, donde su número decrece ligeramente hasta 400 al final de la Guerra del
Pacífico.[19] No poseemos cifras completas sobre
Filipinas, pero su número había de ser mayor al de China.[20]
El monto
exacto de sus propiedades e inversiones, independientemente de la valoración
hecha por ellos mismos, es motivo de especulación, puesto que las mismas
Ordenes eran recelosas de ofrecer datos concretos -principalmente a las
autoridades españolas- por cuestiones fiscales y la diversidad de
nacionalidades de sus miembros facilitaba enormemente la opacidad. Solo podemos
asegurar que en Filipinas les fueron reducidos los privilegios de que habían
gozado durante el período español con la nueva administración norteamericana,
pero siguieron teniendo un gran poderío económico[21].
Hay numerosos testimonios que se refieren a un fuerte poderío económico de
estas órdenes religiosas, aunque ninguno está documentado suficientemente.[22]
Los
principales problemas que les acosaron fueron derivados de los cambios políticos,
ya fueran pacíficos o violentos. En el Archipiélago Japonés algunos cargos
ostentados por españoles pasaron a manos de nipones como consecuencia de la
política nacionalista. En China, la pérdida de la Extraterritorialidad por
España tras pasarse todos los representantes diplomáticos al bando
franquista cuando comenzó la guerra civil ‑no reconocido por el gobierno
chino‑ supuso problemas adicionales y para salvaguardarlos fueron
cambiadas sus propiedades de nacionalidad. En Filipinas, las Ordenes siguieron
diferentes estrategias para adaptarse al nuevo poder norteamericano y mientras
que los jesuitas españoles, por ejemplo, fueron sustituidos por los
norteamericanos en 1921, los dominicos instalaron en la primera década del
siglo su casa de Noviciado en los Estados Unidos. Después del estallido de la
Guerra Civil en España fue muy difícil enviar limosnas a las misiones, no sólo
en el bardo republicano, sino también desde el territorio franquista, por las
prohibiciones a la exportación motivadas por la política monetaria de entonces[23].
La violencia
directa fue otro de los azotes de las misiones. En España, la Guerra Civil
paralizó el envío de nuevos religiosos y, en algunos casos, murieron los que
estaban preparándose para salir. Entre los territorios japoneses, fueron
asesinados siete jesuitas en la Micronesia, todos ellos presumiblemente por
soldados japoneses.[24] En China fue donde se sufrió de
forma más continuada la violencia, tanto política como social, puesto que ya
desde antes de 1937, los misioneros sufrieron las acciones de bandidos, con
algunos secuestros en busca de fuertes recompensas monetarias. Al estallar la
Guerra Chino-japonesa se sufrió principalmente por los bombardeos y por las
acciones indiscriminadas de los soldados japoneses y, por último, tras comenzar
la del Pacífico, aunque la violencia no se recrudeció especialmente, su
situación se agravó extraordinariamente por serles cortadas totalmente las
rentas desde Filipinas. No obstante, se puede afirmar que las pérdidas humanas
no fueron excesivas, teniendo noticias sólo de algún muerto en bombardeos, pero
no en enfrentamientos armados o en ocupaciones sangrientas.[25]
En Filipinas, la destrucción, aunque se concentró en los momentos finales de la
Guerra Mundial, fue la más extensa, muriendo un total de 52 religiosos a causa
del conflicto (13 agustinos, 6 recoletos, 9 capuchinos, 2 Dominicos, 8
Franciscanos y 14 paúles). Sus pérdidas materiales se calculan en un total de
1.489.391 pesos filipinos, de los cuales 8.023.371 se calculan causadas por los
japoneses, 5.656.487 por los norteamericanos, 15.900 por las guerrillas, otras
tantas por las "turbas" y 77.735 de procedencia desconocida. Todas
las órdenes sufrieron pérdidas, pero entre ellas la que más proclamó fue la de
los Predicadores, o Dominicos, con cerca de cuatro millones y medio de pesos.[26]
La forma más usada de dividir la colonia española en la región durante estos
años era hacerlo entre laicos y religiosos, con predominio de los segundos en
todos los territorios excepto en Filipinas. En Japón, con aproximadamente 200
súbditos, la mayoría de religiosos era aplastante, con sólo 34 seglares en
1937, en su mayoría dedicados al comercio o a la enseñanza. En China, la cifra
más concreta que poseemos es del año 1927, con 605 súbditos, de los cuales 305
habían nacido fuera de España; después ésta hubo de haber crecido, tanto por
las nuevas llegadas de religiosos como por la apertura de dos frontones de
pelota vasca en la década de 1930, empleando a unas 50 familias, entre
pelotaris, cesteros y jueces. Los no nacidos en España eran principalmente de
origen filipino, y mantenían la nacionalidad por los derechos de
extraterritorilidad que conllevaban; según un funcionario, "por
rehuir la legislación indígena y sin saber a ciencia cierta hacia dónde cae
España ni hablar español desde luego"[27].
Sobre Filipinas, el consulado comprobó la situación de cada ciudadano durante
la ocupación japonesa, señalando que poco antes de comenzar ésta había
registrados 3.500 individuos y que, tras un minucioso balance en 1944, se
habían reducido a unos 3100, con 1735 varones, 1365 mujeres y 190 niños
menores de 14 años. Aparte de los misioneros, el grupo más numeroso era el de
empleados en empresas comerciales, industriales y agrícolas, tanto españolas como
extranjeras. Seguían en importancia los comerciantes, industriales y
agricultores dedicados por su cuenta y casi no había braceros ni trabajadores
manuales ‑tal como ocurría en la América Hispana‑, siendo el número
de indigentes muy reducido. Además de ellos, calcula en unos cinco o seis mil
los "españoles de hecho" que habían adoptado la ciudadanía filipina,
especialmente en los seis o siete años antes de la Guerra del Pacífico. Sobre
los "individuos de procedencia española", como los mestizos o los
cuarterones (un cuarto de sangre filipina), que conservaban educación, gustos y
costumbres hispanas, afirma que quizás llegaran al medio millón.[28]
Como hemos visto, la presencia española en Asia tenía dos pilares
`principales hasta la Guerra del Pacífico: los misioneros y la oligarquía
hispano-filipina. Estos intereses estaban fuertemente entrelazados tanto por
las relaciones personales, por las afinidades ideológicas y por los lazos
económicos: las ordenes religiosas invirtieron mucho dinero en las firmas de
sus compañeros de liderazgo entre la colonia española. La importancia de ambos
era grande en China y en Filipinas, pero no en Japón, donde los intereses
económicos eran débiles y la localización de los misioneros dispersa. También
estaba balanceado entre ambos, los misioneros estaban extendidos a lo largo de
la región y ellos tenían un mejor conocimiento de la lengua de los habitantes,
mientras que las familias estaban más adaptadas al funcionamiento de la
sociedad y tenían mejores lazos con el poder político y nacional.
Por tanto, la opinión de estos dos grupos era muy importante, si no
determinante, en el proceso de toma de decisiones en España en relación con
Asia, no sólo entre los diplomáticos españoles que estaban destinados en la
región, sino también entre los diferentes ministerios en Madrid. Los
diplomáticos asignados a una representación en Asia podían meterse en un
problema grave si decidían resistir sus demandas: la oficina del Consulado
Español en Manila, por ejemplo, estaba funcionando sin pago dentro del Casino
Español, que estaba gobernado por las familias poderosas y en caso de que algún
diplomático decidiera buscar una cierta independencia de su directiva (como
hizo la Falange durante la Guerra Civil) debería de empezar por pedir dinero a
Madrid para instalar una oficina fuera de ese consulado, algo que tomaría, como
mínimo, una gran cantidad de tiempo.
La situación cambió completamente al acabar el conflicto mundial. El cambio de
ciudadanía de una parte importante de la vieja elite española en las Filipinas
y el comienzo del colapso de todas las compañías importantes que continuaban
siendo españolas disminuyeron definitivamente la importancia de esos lazos
privados. Por otro lado, la importancia económica de las Ordenes religiosas
había sido afectada fuertemente por los desastres ocurridos durante la Batalla
de Manila (por ejemplo, la mayoría de esos Conventos Madre fueron destruidos) y
después, una vez que los Comunistas tomaron el poder en China en 1949, se
desvanecieron del país tras ser desahuciados.
Desde entonces, los dos principales pilares sobre los cuales se basarían los
lazos entre España y Asia Oriental serían el celo misionero y los intereses
políticos desde Madrid. Aunque estos pilares podrían ser similares a los
interese que ya hemos mencionados previos a la Guerra del Pacífico, el paso de
unos a otros produciría un cambio radical ya que estos dos últimos sostenes
tenían una base mucho más débil. Y, peor aún, eran más mutables. En el primer
caso, la influencia de la iglesia no podía ser mas, como había sido antes, el
resultado de ese poder basado en su propia riqueza y en su propio conocimiento
de la región, sino que dependió principalmente de la situación política en
España: El gobierno de Franco le había ofrecido un apoyo abierto. En el segundo
caso, el gobierno de Franco sintió un fuerte interés político hacia Asia
Oriental debido a su aislamiento internacional y a la necesidad de mejorar sus
lazos con Washington. Asia Oriental empezó a ser vista como una especie de
“puerta trasera” que podría servir para mejorar esas relaciones con Estados
Unidos por tres razones: 1) Las crecientes tensiones con la Unión Soviética
(principalmente en la región, debido a la Guerra de Corea) realzaron la
posición estratégica de España como un aliado localizado en un territorio bien
protegido por los Pirineos ante un hipotético ataque de la Unión Soviética. 2)
El ascenso del Comunismo (principalmente, por la victoria comunista en China)
fue una “confirmación” de los avisos españoles sobre la creciente amenaza de
Moscú. 3) Los regímenes anti-comunistas de la región (principalmente Manila,
Bangkok y Tokio) eran lugares excelentes para establecer contactos con los
altos oficiales de Estados Unidos. Mientras que la oposición al régimen de
Franco era un tema ampliamente debatido entre la opinión pública en el resto
del mundo, estos representantes franquistas no tenían en Asia Oriental problemas
para contactar sus colegas norteamericanos[29].
Ciertamente, los hechos ocurridos en Asia precipitaron el comienzo de la Guerra
Fría y por tanto influyeron fuertemente en el fin del aislamiento internacional
de España a partir de 1953, cuando España estableció relaciones con el Vaticano
y con Washington.
Sin
embargo, estos intereses desde Madrid cambiaron con el tiempo Las oportunidades
para cristianizar Asia decrecieron pronto, no sólo por el ascenso del comunismo
en China, sino porque el interés en el Cristianismo en Japón decreció una vez
que acabó la ocupación norteamericana. Algo similar ocurrió con los intereses
políticos: una vez que el reconocimiento internacional después de 1953 aprobó
la continuidad del régimen de Franco, las razones para mantener los contactos
con Asia pasaron a ser mínimas. Desde estos comienzos de la década de 1950, no
ha habido ninguna razón política (ni religiosa) hasta la última década, para
profundizar en la relación y los contactos con Asia Oriental, mientras
que los intereses privados españoles han casi desaparecido de las Filipinas.
Sólo recientemente las empresas españolas están mostrando un interés en Asia,
como una parte necesaria en ese objetivo de la globalización. Desde que esa
presencia hispana alcanzó su punto más bajo en 1945, la situación ha mejorado
ligeramente, pero todavía percibimos los efectos de la falta de interés que
vino desde 1898.
[1] Archivo del Ministerio de
Asuntos Exteriores (AMAE), Legajo (Leg). 2910, expediente (exp). 9. Informe del
Cónsul Castaño al Ministro en Tokio Méndez de Vigo, Manila, 9 de Octubre de
1943.