Tribunal Habilitación Historia Contemporánea

Primer ejercicio (Texto previo)

Alicante 25/IV/2007

 

Historial Académico (35’)

        La idea básica que ha guiado mi especialización académica e investigadora ha sido la Historia de Asia Contemporánea, siendo consciente de la necesidad de especialistas en esta región y, también, que mis contribuciones debían de tener el objetivo de la interacción de España en Asia. Comencé en ello tras acabar la carrera, en 1981, al decidirme por solicitar una beca a Thailandia (consideré también otra en el entonces Zaire) y comenzar, bajo la dirección del profesor José U. Martínez Carreras, una Tesina sobre Relaciones Hispano-Thailandesas durante la época contemporánea hasta la II Guerra Mundial. Resultó falsa la promesa de concederme esa beca, como también salió mal el intento de estudiar en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS), en parte porque entonces España todavía no pertenecía a la CEE y la matrícula era prohibitivamente cara. Siguiendo el consejo de profesores como Elena Hernández Sandoica y sus estudios sobre Cuba, hube de retrasar los planes de salida y limitarme a asistir a los cursos de Doctorado, en donde aprendí con Martínez Carreras, con Leoncio Cabrero (la expansión española en Asia), con Ángel Bahamonde, y con el geógrafo Joaquín Bosque Sendra (Aplicación informática a las ciencias sociales). En esta Tesina (11 de octubre de 1985), donde obtuve sobresaliente por unanimidad, tuve la suerte de tener como miembro del Tribunal al profesor Juan Carlos Pereira, que luego sería mi director de la Tesis Doctoral. Me interesa recalcar que este trabajo fue el primero en el departamento de Historia Contemporánea elaborado con un programa de tratamiento de textos, con un Sinclair QL y sus escasamente fiables microdrives, que retrasó varios meses la entrega.

Tras acabar la Tesina, fui consciente de que sus limitaciones ya no serían aceptables en una Tesis Doctoral. Por un lado, las relaciones con Thailandia ya no daban más de sí y, por el otro, era ineludible contar también con la documentación del país asiático que escogiera. Así, de acuerdo con mi director de la Tesis, mientras indagaba en la documentación del AMAE, me matriculé en chino y en japonés en el centro de estudios Africanos y Orientales de la Universidad Autónoma. Escogí Japón por razones prácticas, en primer lugar porque el idioma me pareció menos difícil que el chino y, en segundo lugar, porque encontré documentación muy sugerente sobre las relaciones con este país. No obstante, poca más información tuve de partida para realizar la Tesis Doctoral. De hecho, incluimos una limitación temporal muy vaga “Durante el primer franquismo” que permitiera modificar la Tesis en función del material. Pensando que las relaciones hispano-japonesas serían de escasa importancia, recopilé documentación primero hasta el año 1956, después sólo hasta 1953 y por último, el ámbito se redujo al año 1945. Así, con esa documentación recogida entonces relativa al período posterior a 1945, publiqué después un artículo sobre Asia Oriental en la inmediata posguerra para el franquismo, y su significado como puerta trasera hacia Estados Unidos. Considero que también puede ser denominada una “política de sustitución” parecida a las que se refería el  Ministro Fernando Moran sobre el franquismo al referirse a las relaciones con el mundo árabe o con Latinoamérica.

Pero aparte de delimitar el estudio cronológicamente, la necesidad más crucial era, obviamente, conocer profundamente la historia de Japón y su política exterior para poder contextualizar correctamente el estudio. La Tesis no podía limitarse a analizar la proyección española en Japón, sin contar con la perspectiva nipona, y por ello seguí aprendiendo la lengua. Mientras solicitaba becas, comencé mi carrera laboral en el ámbito universitario con un proyecto para la automatización del Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores. Gracias a ello puedo considerarme un buen conocedor de esta dependencia, que plasmé en un artículo sobre sus fondos relativos a Asia Oriental que este Archivo sigue utilizando como referencia, y además fue crucial para que se me encargara también la catalogación y ordenación para su envío a España de los fondos de la Embajada en Tokio que  no habían sido remitidos a España en 1953. Son unos fondos importantes para mi investigación puesto que incluyen todas las comunicaciones entre España y Filipinas durante la ocupación japonesa, puesto que en esos años hubieron de hacerse a través de Tokio y en inglés.

Antes de salir a Japón tuve dos años muy intensos como subdirector del CMUNSA con una labor enfocada tanto al alumnado como a las actividades culturales. Tengan en cuenta que era el Colegio Mayor más internacional del campus, con aproximadamente 20 nacionalidades diferentes, problemas raciales importantes y además un lleno total en el mes de julio con becarios árabes para asistir a los cursos de la Escuela Diplomática. Por otro lado, el “África” era quizás el de mayor número de actividades culturales, reconocido por el propio rectorado de la Universidad Complutense, a las cuales contribuí con semanas culturales de países asiáticos, congresos académicos, etc. El mas significativo ha sido el Extremo Oriente Ibérico. Investigaciones históricas y Estado de la Cuestión, en 1988, organizado por el Centro de Estudios Históricos del CSIC, bajo la dirección de Francisco de Solano, que ha significado un salto cualitativo en los estudios de Asia. Me cabe el orgullo de que mi labor fue reconocida, puesto que conté finalmente con el contrato laboral que nunca había disfrutado ningún predecesor mío aunque al poco de conseguirlo solicité media jornada, para poder dedicarme a preparar mi viaje a Japón. Presenté mi renuncia al cargo, de hecho, al día siguiente de recibir la carta de aceptación de la embajada de Japón para la beca en Tokio.

En 1990, llegue a la Universidad de Tokio con la categoría de investigador o kenkyusei (研究生) para un período de dos años. A excepción de los seis primeros meses intensivos dedicados al idioma, esta categoría no obligaba a asistir a ninguna clase y gracias a ello pude avanzar con la Tesis Doctoral, viajar por primera vez a los congresos de historiadores de la región, tales como los de la International Association of Historians of Asia (IAHA), la Pacific History Association (PHA) o los de historiadores japoneses y aceptar una invitación de la Universidad del Ateneo de Manila  para dar un curso sobre Historia de España en los Siglos XIX y XX, con lo que pasé un verano entero en Filipinas.  Conseguí el grado de doctor en enero de 1993, con la máxima nota, Cum Laude con unanimidad,  en parte gracias al esfuerzo del profesor Pereira desde Madrid por solventar los problemas burocráticos, y allí tuve la suerte de contar entre los miembros del tribunal a Yoshitaka Kondo, de la UAM, y a Enrique Ucelay. La tesis no ha sido publicada porque el programa de la Complutense de publicación de Tesis en papel acabó, precisamente, en diciembre del 92, aunque está disponible para consulta on-line en la página web del Cervantes virtual, físicamente aquí, en Alicante.

Permítanme un segundo excurso sobre la aplicación informativa a la investigación histórica, porque creo que he planteado algunas innovaciones metodológicas. Desde un principio fui consciente de la necesidad de un programa de base de datos para manejar la información tan ingente que se genera y en especial todas las fichas, que para la Tesina había escrito de forma manual. En esos años, sin embargo, los únicos programas existentes en castellano, como el Dbase, eran Bases de Datos y estaban pensados para oficina, no para la introducción masiva y recuperación de texto libre, mientras que los programas extranjeros no admitían eñes o acentos. Ello significó esperar tres años hasta la aparición de un programa suficientemente desarrollado de gestión documental, como ha sido el Knosys, que sigo utilizando continuamente en la actualidad. Al presentar la Tesis Doctoral, así, disponía de aproximadamente 5.300 fichas de texto que fueron claves para el manejo de la información. Actualmente tengo 16.000 fichas, pero la gran mayoría de los textos ahora están tomados directamente de internet.

 

En Tokio, la necesidad de profundizar en la especialización me llevó a optar por un segundo doctorado en la Universidad de Tokio, con una propuesta de Tesis sobre la Comunidad Española en Filipinas en el siglo XX, dirigida por el profesor Tsunekawa Keiichi (常川恵一). Tuve suerte de poder evitar los dos años obligatorios de Master (la Universidad contabilizó el año adicional que se estudia en España y contó otro más por la Tesina), pero tuve que examinarme ante un tribunal de una decena de profesores para entrar en el programa de doctorado del Departamento de Estudios Culturales de Area (chiiki bunka kenkyuka, 地域文化研究科) de la Facultad de Humanidades. Tras ello, la beca del Ministerio de Educación japonés fue renovada por los tres años del programa. Durante este tiempo, he conseguido un total de 20 créditos, con clases impartidas en japonés (la universidad de Tokio no ha comenzado a programar clases en inglés hasta el año 2000), a cargo de especialistas de primera línea, como Furuta Motoo (古田元雄), experto en el sudeste de Asia, Namiki Yorihiki (並木頼寿), experto en China, Takita Yoshiko (瀧田佳子), experta en relaciones culturales o Toriumi Yasushi (鳥海靖), en la historia intelectual del período Meiji o Mitani Hiroshi (三谷博), experto en la Renovación Meiji. También en japonés, pero sin créditos, la profesora de la Universidad de Estudios Extranjeros (東京外国語大学), en donde actualmente es rectora, Ikehata Setsuho (池端雪浦) nos dio al gran experto en la ocupación japonesa de Filipinas, Rico T. Jose, y a mi un curso en exclusiva sobre la ocupación japonesa en Filipinas.

Gracias a una ayuda de la Fundación Toyota, pude viajar a Filipinas y Estados Unidos, tanto para consultar documentación en Archivos y Bibliotecas como para entrevistas personales por el archipiélago filipino. Además de las clases en la Universidad y de la asistencia a nuevos congresos internacionales, pasé un total de cinco meses en la LOC y en los National Archives de Washington, tanto en la Plaza de la Marina como en otros edificios, puesto que en esos momentos estaban en proceso de traslado. También visité centros de documentación situados en las Universidades de Stanford, Berkeley y las Bibliotecas presidencias de Truman (Kansas) y Roosevelt (Estado de Nueva York) y he consultado los papeles de Embajador Hayes en la Universidad de Columbia.

Durante estos años en Japón, también fui profesor de la Universidad de Keio (慶応大学), una de las mas prestigiosas entre las privadas, impartiendo dos cursos de lengua española. El visado de estudiante permite allí esta posibilidad, puesto que autoriza a trabajar un máximo de 20 horas semanales, que nunca sobrepasé y ni siquiera llegué a la mitad, aunque también enseñé en el centro cultural de la televisión estatal, el NHK Bunka Senta (NHK文化センタ-). En marzo de 1995, al acabar los tres años con los créditos, conseguí el Katei Shuryo (課程修了) traducido como Ph. D. Candidate, aunque es mas exacto asemejarlo al DEA.

 

En 1995, el regreso a España me mostró que la parte más difícil no sería aprender o investigar, sino enseñar todo lo que había aprendido en la estancia de cinco años. Tras haber conocido al Rector Gustavo Villapalos en un viaje a Tokio, fui designado Director Adjunto de Estudios de Japón en el Instituto Complutense de Asia (ICA), aunque sin salario, sin un director de Estudios de Japón y en un centro cuyo interés estaba enfocado en sacar réditos económicos al auge asiático. Finalmente, conseguí un contrato y de ese período de algo más de un año me puedo enorgullecer de haber sido el impulsor de la primera titulación de postgrado sobre Asia en España, el Diploma de Estudios Asiáticos. Además, realicé otras actividades, como editar la Memoria de Asia, un boletín de actividades sobre Asia en España, organizar una encuesta de Asianistas realizada por encargo del IIAS, o servir de soporte para el estudio sobre la enseñanza de Japón en España, realizado por el profesor Hiroto Ueda, de la Universidad de Tokio, por encargo de la Fundación Japón, perteneciente al Ministerio de Asuntos Exteriores.

Fue precisamente gracias un programa de esta Fundación, el de expansión de personal, por el cual abona los dos tercios del salario de un profesor durante tres años, por el que me incorpore a la docencia por primera vez en España, en 1996. El departamento de Derecho Internacional Público y RR.II. de la Facultad de Ciencias Políticas aceptó recibirme y desde entonces, durante cuatro años, impartí ocho cursos cuatrimestrales de Cultura Japonesa como asignatura genérica, tres cursos cuatrimestrales de RR. II. Y Procesos de Integración en Asia-Pacífico como optativa para alumnos de cuarto en la especialidad de Relaciones Internacionales, dos cursos de Política Exterior de España para alumnos de tercero de Políticas, dos cursos de doctorado en el programa del departamento y varios seminarios. Además, en el primer cuatrimestre de 1998, tras ser nombrado profesor Tinker, por la Fundación de este nombre, impartí dos seminarios (Iberia in the Pacific y Axis Alliance and WWII) en la Universidad de Wisconsin-Madison. Llegué invitado por el CSEAS, y además tuve la suerte de conocer a los profesores George Mosse, Francisco Scarano, Alfred W. McCoy y Stanley Payne, cuyo despacho estaba enfrente del mío.

En el año 2000, aunque el departamento pidió mi continuidad y la solicitud al programa de la Fundación Japón  conllevaba el compromiso de crear una plaza permanente, la UCM, tras saber que la Fundación Japón ya no pagaba mis salarios, canceló mi contrato. La experiencia de quedarme sin trabajo me permitió dedicarme en buena medida al cargo que tuve como presidente de la AEEP, que ostenté durante tres años, además de a seguir investigando. Ya antes de mi partida a Japón había sido secretario, cargo que retomé a mi vuelta, pasando luego a ser vicepresidente y, en 1999, presidente. Con esta asociación he organizado varias actividades científicas, en 1988 y 1989 ya organicé su primer y segundo simposios, después he sido uno de los vicepresidentes de la Comisión Organizadora del Cuarto (1998) y en 2002 he sido coordinador del sexto De estas conferencias han sido publicados libros, algunos de los cuales he coordinado, como Estudios sobre Filipinas y las Islas del Pacífico, España y el Pacífico o incluso The Philippine Revolution of 1896-1898, en este caso una selección de los mejores artículos presentados al IV Congreso, seguida por una revisión a raíz de las críticas de los dictaminadores.

Además de ello, durante mi presidencia en la AEEP me siento orgulloso de haber realizado actividades muy diversas. Entre ellas, impulsar la coordinación de los asianistas en España, ya sea por medio del Boletin AEEP, una publicación digital quincenal-mensual que apareció durante dos años; ya por medio de otras actividades, como impulsar el libro Oriéntate en Oriente. Guía de Trabajo, Estudio y Vida en Asia-Pacífico, publicado por la Fundación Universidad-Empresa, que prologué. En la labor de impulsar el conocimiento de Asia en España prefiero destacar dos hechos. En primer lugar, organizamos un congreso con la Escuela Fletcher de Relaciones Internacionales, adscrita a TUFS, en Massachusets, indagando sobre la validez del término “Revolución Oceánica” como un equivalente no-eurocéntrico para los términos que señalan la separación entre la Edad Media y la Moderna, tales como “Descubrimiento,” “Renacimiento,” o “Grandes Navegaciones.” Aprovechamos también para difundir un manifiesto a favor de los Estudios de Asia. En segundo lugar, fui también el organizador de la IV Conferencia Europea de Estudios Filipinos, Europhil, en la Universidad de Alcalá de Henares, por lo que tuvo lugar en España por primera vez, una reunión académica internacional sobre Filipinas. Vinieron alrededor de 160 especialistas y su repercusión mediática aumentó al celebrarse del 10 al 12 de septiembre de 2001.

Desde la AEEP, ciertamente, puse en marcha una serie de ideas para el impulso de los estudios de Asia que de alguna manera han tenido continuidad tras mi salida. La idea de la coordinación a través de un boletín, de hecho, continúa a través del boletín distribuido por correo que edito mensualmente desde hace dos años, el Boletín Casa Asia, siguiendo unas pautas parecidas y, además, el próximo lunes aparecerá el Boletín MedAsia, de la organización de instituciones académicas en los países del sur de Europa dedicadas a impulsar los Estudios de Asia (Portugal, Francia, Italia, Grecia y España), en inglés y dedicado al mundo académico en exclusiva, que también me han encargado a mi. La idea de un congreso académico de la AEEP que fuera básicamente el marco de pequeños paneles temáticos organizados de forma autónoma y por tanto que la Asociación sirviera de punto de encuentro periódico entre los especialistas, también se puso en marcha en ese VI congreso de la AEEP en Junio de 2002 , durante el que dimití, puesto que a la semana viajé a Japón para una estancia de un año, dejando a mi hijo de seis meses.

Mis investigaciones durante este período en España creo que muestran la continuidad de mi esfuerzo de especialización y de difusión de los estudios de Asia en las universidades españolas. La política exterior en Asia-Pacífico ha sido objeto de mi estudio preferente, especialmente la japonesa, pero también he realizado aportaciones sobre la interacción española en Asia-Pacífico, por supuesto con esta perspectiva de insertarlo tanto en la Historia de España como en la de los países asiáticos. En 1997, publiqué mi antigua Tesis de Licenciatura, Españoles en Siam (1540-1939) Una contribución al estudio de la presencia hispana en Asia Oriental (1997), recalcando en el título que ante todo es un estudio de actividades de individuos, puesto que el estado no llegó.

El esfuerzo principal ha sido replantearme las relaciones entre España y Japón en los años 1936 y 1945 a través de las imágenes y las percepciones. Progresivamente me fui haciendo consciente del papel crucial de las imágenes entre estos dos países sin apenas contactos políticos o económicos, más aún en tiempos de guerra. Así, me di cuenta que permanecieron como único hilo conductor entre el período de admiración y el de odio y las que posibilitaban contextualizar hechos extraños, como una noticia en primera página del ¡Arriba! en febrero de 1944 reconociendo los propios falangistas que habían sido demasiado ilusos con los japoneses y que el Times la calificó de Eye-opening news. Franco también escribió una respuesta extrañísima al presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, (p. 519) en 1965, cuando le informó del inicio de las conflagraciones en Vietnam, en donde le aseguraba, militar como era, que el problema de Vietnam era político y no militar, y que era normal que esos “pueblos jóvenes” fueran comunistas. Para explicarlo, he debido recurrir a un cambio metodológico profundo en el que además de estudiar sobre teoría de las percepciones (ayudado por mi director de Tesis, Juan Carlos Pereira, y por otras personas a las que he pedido consejo, como Felipe Maraña o Emilio Lamo de Espinosa) coordiné un número dedicado a las visiones mutuas en la Revista Española del Pacífico, y titulé los cursos de Doctorado: Imágenes y Percepciones en la Política Exterior Japonesa. Los conceptos que han permitido explicar mejor el devenir de las relaciones han sido el de Orientalismo de Edward Said “un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente”), el de poder-saber de Foucault y sobre todo la obra del profesor de Columbia, Robert Jervis: Perceptions and Misconceptions in International Relations. Jervis define y codifica los “atajos a la racionalidad” que denomina Herbert Simon, tales como la congruencia cognitiva, la reducción de la disonancia o la satisfacción perceptual, que me han sido muy útiles para poder interpretar las actitudes españolas ante Japón en estos años. Tengan en cuenta que los generalistas (“enterados”) como Carrero Blanco, los ministros de exteriores o el propio Franco fueron los principales decisores sobre Japón en estos años y de ahí el título del libro Franco y el imperio japonés. Imágenes y propaganda en tiempos de guerra. Tras un nuevo proceso de redacción de siete meses en el que fue crucial mi estancia en Wisconsin y poder aprovechar sus excelentes bibliotecas, entregué el manuscrito al Fondo de Cultura Económica, que no lo pudo publicar por razones coyunturales. Así, el manuscrito hubo de esperar varios años hasta que Plaza & Janés se decidió a publicarlo, en el año 2001. Al poco de su publicación, el programa Baltasar Gracián de Japón concedió una ayuda a la editorial Shōbunsha (晶文社) para  su publicación en japonés, pero un nuevo revés lo ha retrasado, en esta ocasión por motivos más trágicos, puesto que una de las traductoras cayó enferma de cáncer y el capítulo que le correspondía no ha sido traducido. Falleció el diciembre pasado y el libro parece que aparecerá este año, pero no he podido conseguir un diseño de la portada de la editorial que pudiera probar mis afirmaciones ante este tribunal. 

Aunque no he conseguido publicar los libros con la celeridad que me hubiera gustado, creo que la calidad de las editoriales compensan esta carencia. Ateneo de Manila University Press es la más prestigiosa de Filipinas, con gran diferencia, con un acuerdo de compartir mercados con la Hawaii University Press que ha significado una difusión por Estados Unidos como si hubiera sido publicado en este país. En el caso de las revistas que han publicado mis artículos, Philippine Studies y el Journal of the Siam Society son las más prestigiosas en estos países, Parallel Press es una editorial de la Universidad de Wisconsin-Madison, Nichigai Associates es la editorial de Kinokuniya, la librería que ustedes seguro visitarán si van a Tokyo y el Micronesian Journal, por otro lado, es la única revista académica dedicada en exclusiva a esta región, online, una vez que la Universidad de Guam dejó de publicar ISLA.

En este esfuerzo de especialización he colaborado o me he integrado en un buen número de organizaciones. Fuera de la AEEP, he colaborado con la puesta en marcha de la Asociación Española de Estudios Japoneses, de la que soy miembro fundador, con la Asociación de ExBecarios del Ministerio de Educación Japonés (AEM), de la que también miembro fundador y de la Junta Directiva hasta el año 2003. Del extranjero,  también soy miembro desde hace años de la Association for Asian Studies (AAS), de la Asociación de Historia de España de Japón (supein shigakkai) y de la Philippine Historical Association. En España, de la Asociación de Historia Contemporánea y de la Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales (CEHRI). He ocupado cargos en algunas de ellas, como ser miembro de la Junta Directiva de Euroseas (2000-2003), del Overseas Committee de la PHA, representante español del Overseas Committee de Philippine Studies, que decide los congresos internacionales sobre Filipinas, y  del Philippine Studies Group en la AAS.

En cuanto a grupos de investigación, soy miembro del Grupo de Investigación de Historia de las Relaciones Internacionales en la UCM, adscrito al Contrato Programa en el marco del IV Plan Regional de la Investigación de la CAM, dirigido por Juan Carlos Pereira.

En cuanto a publicaciones, soy Miembro del Consejo Asesor (Advisory Board) de Pilipinas, la única revista en exclusiva dedicada a Filipinas fuera de este país (publicada en CD-Rom), y del Bulletin of Portuguese-Japanese Studies, en donde me acaban de nombrar miembro del Consejo Editorial (Editorial Board). En Portugal también me acaban de proponer ser miembro de la Comisión Científica de la Enciclopedia de la Expansión Portuguesa, a cargo de la Universidade Nova de Lisboa y de la Universidad de las Azores.

Me siento especialmente orgulloso de los nombramientos como Visiting Professor en la ANU (RSPAS), el centro mas activo en los Estudios de Asia, especialmente en los últimos tiempos, o el MARC, el único dedicado a Micronesia, adscrito a la Universidad de Guam, pero también del nombramiento como Tinker Profesor en la Universidad de Wisconsin, el primer español que ha sucedido a Juan Pablo Fusi, que estuvo allí antes de ser nombrado director de la Biblioteca Nacional, y tras haber cancelado Javier Tusell a última hora su estancia. Y, sobre todo, de las discusiones que he mantenido con historiadores de primera fila como John Dower, Anthony Reid, Victor Liebermann, Louise Young  o Daniel Doeppers. Algunos de ellos los hemos traído a España, como ha ocurrido con el matrimonio Andaya (Barbara ha sido presidenta de la Asociación de Estudios Asiáticos), o Vicente Rafael y Reynaldo Ileto. Y, finalmente, estoy también ilusionado en la próxima visita de Benedict Anderson.

Volviendo a la Tesis Doctoral, en julio de 2002 volví al departamento de Estudios culturales de área de la Universidad de Tokio, esta vez como Visiting Professor y con financiación de la Japan Foundation. Avancé en la Tesis Doctoral ya de forma definitiva, aunque también necesité de un verano adicional cuya estancia fue pagada con dinero propio y mi esfuerzo de especialización ha culminado de alguna forma el pasado 7 de diciembre, fecha en la que me examiné para el grado de Doctor en Humanidades en la Universidad de Tokio. No hay nota, y el título (que me acaba de llegar, puesto que el resultado del examen ha debido ser aprobado primero por el departamento y después por la Facultad) indica sólo que soy el doctor número 16.713 de la Universidad, un número muy bajo porque en este país sólo los profesores japoneses que han estudiado en el extranjero son los que ostenta, por lo general, el título de Doctor. La gran mayoría de los profesores, de hecho, sólo tienen el título que conseguí en 1995, el de Katei Shuryo. Permítanme de nuevo un excurso referente a la utilización de la informática, porque para esta Tesis he presentado un texto con vínculos a los documentos originales, realizado gracias a la facilidad con que actualmente se pueden realizar y almacenar las fotografías de los documentos, y que tendré la oportunidad de mostrárselo caso de poder acceder al último ejercicio de este Examen de Habilitación. Creo que para el futuro será una opción de trabajo muchos historiadores. Por un lado para la publicación, porque junto con las versiones en papel, estos links ofrecen la posibilidad de consultar los documentos originales, pero también para el trabajo de elaboración del texto final, porque permite comprobar el original en todo momento y eviten errores. Hay problemas para ello, como la forma artesanal que se hace, la posibilidad de que una editorial o un archivo impida la difusión de un texto sobre el que posee copyright o la cantidad adicional de Megabytes que supone, pero estoy convencido de que estoy trabajando de la forma en que se tendrá que hacer en el futuro.

A la vuelta de Japón en 2003, mi objetivo de regresar a la Universidad española fue favorecido por la evaluación positiva de ANECA, tanto para la categoría de Contratado Doctor, como para la de Profesor de Universidad Privada. Al poco tiempo comencé mi actividad en la Universidad Carlos III, donde he impartido dos Cursos de Humanidades, sobre “La visión del Otro: Imágenes mutuas entre Japón y España” y sobre “Revolución, Nacionalismo y Capitalismo en Vietnam,” y está prevista que siga impartiéndolos. En esta universidad, tuve la fortuna de encontrarme con el catedrático Ángel Bahamonde, que me informó de la convocatoria de su plaza de Catedrático interino en el departamento de  Historia de la Comunicación Social de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. En el concurso de méritos, obtuve el primer puesto y desde febrero de 2005 estoy adscrito allí impartiendo asignaturas de Historia Contemporánea adaptadas a los alumnos de Ciencias de la Información (Historia del siglo XX e Historia de la Comunicación Social) que para mi han sido un aliciente en pos de conseguir una visión global del mundo contemporáneo, así como para poder leer y reflexionar sobre un amplio conjunto de temas. En esta actividad docente, colaboro de forma permanente con el catedrático Juan Francisco Fuentes, así como otros profesores del departamento, que se ha mostrado desde un principio favorable a mis esfuerzos de romper con la visión eurocéntrica de la Historia y de las asignaturas en general. Así, en los planes de postgrado para el futuro se ha incluido un capítulo específico para la Historia de la Comunicación Social en Asia, que en muchos casos precede a la de Occidente. Un buen número de alumnos también me han solicitado que dedique una especial atención a la Historia de Asia, y me han pedido que organice seminarios especializados el próximo curso, lo cual haré con el apoyo del departamento y de la Universidad Complutense, que me ha valorado con un 8,75 en el complemento retributivo.

Esto es lo que considero más importante de este primer punto sobre mi historial académico en medio de la historia de mi vida. Creo que se puede resumir en el deseo de estudiar sobre Asia y de aportar en el ámbito de la Historia de las relaciones internacionales, y en un campo bastante desatendido en España.


Proyecto Docente (20’)

 

        1) Mi concepto de la Historia pasa por su función ante la sociedad y en concreto ante los alumnos y alumnas a los que les enseño la asignatura. Mi idea básica en este sentido parte de la Historia como problema en la cual, además de aportar los hechos básicos para el conocimiento de lo ocurrido en el pasado se trata también de facilitar una serie de procesos mentales que lleven al receptor a  desarrollar una interpretación propia de los hechos históricos, huyendo de determinismos. Más que enseñar una historia de carácter positivista, por ello, prefiero plantear dudas y problemas, siendo consciente además de que mis convicciones coinciden con las funciones asignadas a la enseñanza de la Historia Contemporánea por la LOU. A partir del  conocimiento de hechos y de unas vías de interpretación, la Historia debe ayudar al alumno/a a pasar de lo descriptivo y anecdótico a lo explicativo y casual, además de permitir comprender el presente en función de un pasado.

 

        2)¿Cómo entiendo yo que debe enseñarse esta interpretación de la Historia? Los condicionantes que considero básicos para la enseñanza serían, en primer lugar, la integración de la historia de España en un contexto internacional. Ramón Villares y oros historiadores señalan que debemos comenzar a pensar en una consciencia histórica propiamente europea. No estoy en contra de este idea, obviamente, pero no tengo claro hasta qué punto esta idea es simplemente un medio para una visión más global o la concibe como un fin en si mismo.  Considero que el europeísmo en España en algunas ocasiones se ha convertido en una suerte de globalización de nuevo rico que siente que la integración en Europa es el punto final de las ambiciones exteriores españolas. Creo que es necesario romper con las visiones eurocéntricas que están tan presentes en los manuales al uso y por tanto integrar la historia de otros países y otros pueblos dentro del contexto general. Por supuesto, mucho más allá de los comentarios puntuales de los libros de Historia o de historiadores como Hobsbawm, cuyas referencias al mundo extra-occidental son escasas y sesgadas: evidencian ser insertadas por la obligación de escribir una Historia Universal pero están muy limitadas, por el escaso conocimiento que tienen de los países considerados secundarios. La Historia de África considero que ha de ser Afrocéntrica, a pesar de la importancia de la dominación colonial, etc., y eso me lleva a estar en contra de títulos de asignaturas como “Expansión occidental en África y Asia” o a dividir la historia de una región entre la Colonización y la Descolonización, es decir a considerar que la agencia o la proactividad está del lado occidental y la receptividad del lado “oriental”. Por otro lado, creo que es necesario poner de manifiesto el impacto de los grandes conflictos y las revoluciones en la Historia de la Humanidad, como momentos de ruptura tanto en el orden social como en el político. Por último, el papel de los individuos.  Lo decía claramente Álvarez-Junco, «Pongamos carne a la historia, a ver si la entendemos mejor» y Ramón Villares se refiere también a la importancia de recuperar los sujetos históricos individuales. Estoy de acuerdo porque consigue una mayor fijación del público, sea el alumno en la clase o el oyente de una conferencia.

 

3) En tercer lugar, cómo entiendo que hay que trabajar este concepto de Historia y de enseñanza de la Historia con los alumnos universitarios. Aquí si que debo plantear mi caso actual, puesto que estoy enseñando a alumnos de Periodismo, Comunicación Audiovisual y Publicidad y Relaciones Públicas. En principio, estos alumnos tienen un nivel más alto de la media por la nota de corte tan alta exigida y la posibilidad de utilizar medios audiovisuales es mayor, porque todas las clases tienen video y enchufes para ordenador. Pero hay problemas importantes, como que la Historia se imparte en primero de carrera, cuando antes se enseñaba también en Tercero; un alumnado que en todas las ocasiones ha superado los 130 alumnos, aunque este último año se ha notado un declive; y por ultimo una consciencia sobre la necesidad de la Historia muy diferente. Frente a los Periodistas que la consideran crucial, el alumno medio de Comunicación Audiovisual no entiende bien el porqué de tener que estudiar esta asignatura.

=> La candidez universitaria o su frescura de los alumnos, como indica el término en Estados Unidos es el principal condicionante de cómo enseñar actualmente, para mí. De hecho, planteo el Proyecto Docente para alumnos de tercer curso. Considero que es necesario plantear a los alumnos las grandes cuestiones al inicio de cada bloque temático y plantear las razones, por ejemplo, de que Estados Unidos o la Unión Soviética se convirtieron en grandes potencias más allá de sus victorias ante las tropas alemanas o japonesas durante la II Guerra Mundial. Los medios audiovisuales con los que puedo disponer de una forma relativamente fácil en la Facultad me permiten la utilización de películas, mapas e incluso fotografías de protagonistas o de obras artísticas, que utilizo especialmente para los alumnos de comunicación audiovisual. Fuera del aula, el Campus Virtual de la Complutense se está revelando de una gran ayuda, aunque sus posibilidades todavía no las tengo exploradas del todo. Lo he utilizado para dar informaciones, para poner las notas y para que se puedan descolgar unos esquemas previos a las clases que les ayudarían en esa labor que tanto valoran de tomar fechas, nombres y lugares y que puedan dedicarse más a pensar y asimilar lo que trato de trasmitir. Por otro lado, he intentado que los alumnos elaboren sus propios materiales. Michael Foucault asegura que “Escribo para cambiarme a mi mismo, no para pensar como antes,” y creo que no sólo es muy cierto, sino especialmente válido para el alumnado cuando estos escritos los pueden leer el resto de compañeros. He trabajado en este aspecto a través de dos actuaciones principales.  Por un lado, por la posibilidad de que los alumnos tengan sus propias páginas web, que utilizaron para realzar una rueda de prensa y un artículo, utilizando la técnica de los roles opuestos, y por otro para un foro de discusión sobre un libro obligatorio, en el que progresivamente voy forzando a que citen y a que consigan una cierta metodología. Para la evaluación, soy partidario de las llamadas pruebas subjetivas, bien a pesar de las dificultades que suponen. La docencia de la Historia Contemporánea, en definitiva, ayuda a la formación intelectual del alumno tanto por los datos que le aporta para el conocimiento de su medio como por el proceso mental que le lleva a interpretarlos y creo que nosotros los profesores debemos influir también en conseguir que ese proceso en pos de conseguir esas interpretaciones libres de prefiguraciones que antes he mencionado. Es decir, como una posibilidad de entender el mundo real más allá de la perspectiva personal.

 

Estos presupuestos los he recogido en el proyecto docente donde trato de romper con la dinámica tradicional. Mi concepto de la Historia pasa por las carencias que he encontrado en mis investigaciones, a saber, la necesidad de sentirnos en la piel de las personas en el preciso momento que estamos estudiando y las implicaciones de la desatención hacia las historias no-occidentales. Los historiadores sabemos el resultado final y eso nos lleva a conceder la atención a hechos que en el mismo momento pueden no considerarse transcendentes o desviarla de los acontecimientos percibidos como cruciales. Los protagonistas de nuestras investigaciones actúan con un bagaje y unos datos limitados, y los historiadores tienen la obligación de captarlos. El politólogo Charles S. Taber señala que “entender como entendemos el mundo, a pesar de su complejidad, permanece como uno de los puzzles de las  ciencias sociales” y por eso considero que debemos enfocarnos más que en los procesos de toma de decisión, en los momentos previos a ello, es decir, como la “representación del problema”. La Historia de Asia, por su parte, no tiene un significado metodológico concreto. No estoy de acuerdo con términos como “japonólogo” o “sinólogo” porque ni China ni Japón son más que países, no una ciencia en sí, y prefiero considerarme, en todo caso, como Historiador especialista en Japón o en Filipinas. Los estudios de área, tan enfocados en la lengua, son producto de la Guerra Fría y tienen una carencia teórica importante porque aprender la lengua es un requisito necesario para la especialización pero no significa conseguirla per se. En este mundo globalizado, lo que se veía antes como su principal fortaleza, la especialización en un área, puede llegar a ser su principal rémora.

Así, teniendo en cuenta mis investigaciones, las necesidades en el plano perceptivo que me planteo debo considerar en todo trabajo histórico y el hecho de que el eurocentrismo tiene implicaciones graves, pero la Historia de Asia como tal no tiene implicaciones metodológicas per se, me adhiero a la Metodología de la Historia de las Relaciones Internacionales. Por su propio carácter, engloba de forma natural la consideración de las percepciones e incluso las diferencias psicológicas, reivindicadas ya a principios del siglo XX por Karl Lamprecht, pero también la considero muy apropiada por su inherente interdisciplinariedad, por la obligación de comunicarse a través de líneas disciplinarias y por su profunda ambivalencia  hacia la posibilidad de estabilizar áreas de conocimiento así como a tratar a las naciones-estados como unidades básicas de análisis. Esta metodología permite estudiar estas relaciones más allá de los diferentes países y penetrar en análisis más específicos sin perder el ámbito metodológico, ya sea entre partidos políticos, sujetos históricos o demás.

La necesidad de tener en cuenta el eurocentrismo de nuestra historia considero está en el mismo plano que la escasa consideración al excesivo antropocentrismo y que las muchas otras carencias que tiene la Historia desde su propia concepción. Es una de las muchas subalteridades que señala Spivak como “un espacio de diferencia no homogéneo, que no es generalizable, que no configura una posición de identidad,” es decir, que existen pero cuya única característica común es esa propia subalteridad.  Considero que tiene una plasmación en las clases porque la principal característica de la Historia Contemporánea, pienso, es ser el único período de dominio de Occidente. Es más, creo que dará paso a una nueva era cuando algún hecho demuestre la preeminencia de otro poder o de otras formas de pensar o de actuar. O, también, cuando el concepto europeo de nación declive definitivamente. La Historia que ofrecemos en las clases, por tanto, debe ser consciente de que la hegemonía occidental es simplemente un paréntesis, comenzó precisamente hacia 1800 y está acabando en la actualidad.

En este sentido considero muy convenientes algunas de las últimas aportaciones historiográficas que llaman la atención sobre la relatividad del discurso presuntamente objetivo en el historiador o la historiadora. Esta consciencia de subalteridad, de que la racionalidad topa con sus propios límites (Ludwig Wittgestein o Kurt Gödel) o las limitaciones de todo texto (expresado por el “giro lingüístico”), son ejemplos claros de que los discursos de modernidad predominantes, y muchos de los segundarios, tienen carencias importantes. En algunos casos, han sido definidos por las imágenes e instituciones asociadas con el pensamiento unilineal occidental. De este llamado “imperialismo velado”, considero inapropiado especialmente el concepto de progreso, pero también los de racionalidad, eficiencia y desarrollo. Se hace preciso reconceptualizar la modernidad y la historia está viviendo un interesante proceso de transformación, pienso yo, al volverse policentrica, tal como asegura Peter Burke (microhistoria en Italia, estudios subalternos en la India, vida cotidiana en Alemania, Historia medio ambiental en Estados Unidos).

Ahora bien, la necesidad de un replanteamiento de las formas de trabajo y conceptualización no significa considerar que estas nuevas corrientes ofrezcan por separado o conjuntamente un paradigma totalizador como antaño. Como señala Julio Aróstegui, no se puede hablar de la sustitución de un gran paradigma por otro sino más bien de una pugna entre varios [p. 76], pero además también hay que tener en cuenta que algunas de estas alternativas deparan una escasa atención a la metodología, como ocurre con la Microhistoria, por lo que abrazar nuevas ideas por el mero hecho de su novedad, sin un bagaje metodológico riguroso, puede ser “fuente de malentendidos.” Estas aportaciones recientes, por tanto, son cruciales porque avisan de los peligros que tienen la investigación histórica y hacen tener presente las múltiples distorsiones que afectan a su ambición, pero no pueden considerarse como un fin en sí mismo.

 

 

 

 

        La docencia de la Historia Contemporánea, en definitiva, ayuda a la formación intelectual del alumno tanto por los datos que le aporta para el conocimiento de su medio como por el proceso mental que le lleva a interpretarlos y creo que nosotros los profesores debemos influir también en conseguir que ese proceso huya de ataduras de todo tipo y sea lo más científico posible. Es decir, como una posibilidad de entender el mundo real más allá de la perspectiva personal. Y si es por escrito, mejor. Este proceso de pensar y de trabajar de forma personal considero que es crucial y pienso que lo que asegura Michael Foucault al respecto, “Escribo para cambiarme a mi mismo, no para pensar como antes,” también es aplicable al alumnado José Enrique Ruiz-Domenec lo expresa de una forma algo diferente: “uno de los retos del historiadores del siglo XXI es consigo mismo, con su imaginación moral, con su capacidad de combinar aspectos diversos de la vida humana, consciente de que su oficio no es una isla en medio de otras islas, sino un trozo de tierra fértil gracias a que está en relación con otras tierras tan fértiles y creadoras como la suya” [p. 13, Memoria]

       

       


Proyecto de investigación (15’)

        Que quiero investigar

 

Mi proyecto de investigación es de alguna forma una continuación de los trabajos que llevo realizando desde que acabé la Tesis Doctoral sobre relaciones con Japón durante la II Guerra Mundial. De allí saqué dos temas especialmente interesantes, por un lado el del espionaje y la II Guerra Mundial, en el que la previsible apertura de Archivos hacía prometedor la aparición de datos importantes y el de la deshispanización de Filipinas, especialmente a raíz de los despachos a cargo del cónsul de España en Manila, Álvaro de Maldonado, que Serrano Suñer trasladó a Shanghai en cuanto llegó al Palacio de Santa Cruz y que parece acabó algo trastornado mentalmente.

 

Objetivos

El objetivo en general, así, es estudiar la parte más desatendida de la presencia de España en Asia durante el siglo XX, como es la relación con las Filipinas. Ello incluye, por supuesto, la influencia del año 1898 en todo ello, la Comunidad Española, las relaciones comerciales y religiosas y la interacción general con España. Pero también resulta crucial para mí la parte filipina de este estudio, puesto que lo hispano era una parte crucial de la identidad filipina al principio del siglo y ya ha dejado de serlo.

 

Hipótesis

La hipótesis principal que manejo es en relación al punto de inflexión de esa hispanidad de las Filipinas. Frente a una idea generalizada de que esa identidad hispana fue declinando progresivamente a lo largo de los años, mi hipótesis principal considera que no hubo tal uniformidad y que esa identidad y los lazos con lo  hispano se mantuvieron relativamente bien a lo largo de los primeros cuatro decenios del siglo XX, decayendo de forma definitiva entre los años 1935-45.

La segunda hipótesis general es que estos actos que provocaron el fin de la identidad hispana de Filipinas fueron exógenos, esto es, provocados desde fuera de la propia comunidad hispana y de fil-hispanos. La inauguración de la Mancomunidad de Filipinas en 1935 fue el primero de ellos, después el estallido de la Guerra Civil Española,  seguido por el de la II Guerra Mundial y la progresiva magnificación del enemigo falangista entre la propaganda estadounidense junto con el impulso desde España a la lucha de Falange contra la oligarquía española. Por ultimo, la invasión de Filipinas y el trauma que significó, en donde el comportamiento de España fue muy dudoso, identificado a lo pro-japonés; la Batalla de Manila, en la que murieron 238 españoles de pasaporte,  y muchos más que eran filipinos de nacionalidad pero se sentían españoles (Manila fue la ciudad más bombardeada de la II Guerra Mundial después de Varsovia y el centro de la lucha se concentró precisamente en los barrios habitados por las elites hispanizadas, en donde según los censos hablaba español un tercio de la población) y la propia independencia, que impidió que los españoles poseyeran bienes inmuebles.

La tercera es respecto a la Comunidad española. Este período clave considero que aceleró el rebalanceo de su identidad a favor de la filipina, especialmente entre esos mestizos y los que tenían una larga residencia en Filipinas, mientras que perdió su papel como referencia positiva hacia España. Siendo una parte que los demás contemporáneos identificaban con la imagen de España, en un caso claro de metonimia, la sociedad filipina dejó de sentirse vinculada a España

 

Metodología

Soy consciente de la gran importancia de este proyecto y mi incapacidad para abarcarlo en poco tiempo, por eso he ido graduando el estudio en diferentes etapas que progresivamente voy desarrollando.

1) Comencé con un artículo sobre la Falange, que ha sido el más polémico en la vida de la Asociación Española de Estudios del pacífico y que también ha sido publicado en inglés y traducido al tagalo. Gracias a la documentación consultada en el Archivo de la Embajada de España en Tokio, donde encontré mensajes del Cónsul  José del Castaño al embajador en Tokio, Méndez de Vigo, pude constatar que alguna de las acusaciones que le habían hecho en la inmediata posguerra eran ciertas, tales como una felicitación al comandante japonés tras la rendición de las tropas americanas en Corregidor, en mayo de 1942, y que había denunciado a izquierdistas ante los japoneses, aunque no había constancia que él supiera que para entonces ya habían renunciado a la nacionalidad española. Tras ser liberados, Castaño había intentado que dos de ellos (Benito Pabón y Rafael Antón) siguieran en prisión, pero siguiendo órdenes desde Madrid, que los quería juzgar por “delitos comunes.” Un segundo artículo fue sobre la Lengua Española, en el que saqué a la luz la preocupación norteamericana por el declive del inglés en Filipinas tras su partida, especialmente teniendo en cuenta la vitalidad del castellano y que, por ejemplo, a pesar de que los anglohablantes eran diez veces más que los hispano hablantes (414 frente a 400. hispano parlantes), la única franja en la que estos los superaban eran los niños de 0 a 5 años, es decir, que el español se hablaba más entre las familias.

2) Una segunda etapa ha sido intentar probar esta hipótesis en un universo más reducido, como el caso de la Micronesia. Lo presenté en un congreso de la PHA en el congreso más exótico que he vivido nunca, en Kiribati, y lo he publicado en las actas de este congreso y, en español, en la REP. Aquí vengo a demostrar que ciertamente hubo un esfuerzo norteamericano por deshispanizar las islas, no porque España fuera un enemigo sino porque lo hispano ocupaba un espacio que deseaba imbuir en la identidad de estos isleños. Y esto ocurrió a pesar de que, aunque en Filipinas los españoles podían ser acusados de Falangistas, los pocos españoles residentes allí no es que no pudieran ser acusados de tal cosa sino todo lo contrario. Recientemente he publicado también el caso del obispo capuchino Miguel Ángel de Olano, el último obispo español en Guam después de varios siglos, que fue primero expulsado de la isla por los japoneses y después por los norteamericanos.

3) En la actualidad estoy en la tercera fase de mi proyecto, porque estoy centrado en el tema más amplio de todos, el de la Comunidad Española en Filipinas y lo limito en subperiodos. Por ser un tema tan amplio, no he podido abarcar la década entera y sólo tengo realizado hasta la actualidad el primero de los períodos. Son los años 1935 a 1939, marcados por la Guerra Civil española y por el comienzo del período transitorio hacia la independencia, esto es, el comienzo de la elaboración y promulgación de leyes que obligaban a los españoles a escoger a qué nacionalidad querían pertenecer. Un segundo trabajo, que ya tengo realizado en parte porque la Tesis también se esperaba que lo cubriría, sería sobre la radicalización falangista en Filipinas en su lucha contra la oligarquía, en un proceso apoyado parcialmente desde España, lo que coincidió con la magnificación del peligro falangista, en especial para el gobierno colonial de Estados Unidos. Un tercer libro estaría alrededor de la mayor masacre de españoles anterior al 11-M, esto es, la Batalla de Manila. Este libro, que ya tengo apalabrado con Rico T. Jose y que Joan Maria Thomas quería sacar en Ediciones B cuando estuvo encargado allí de la colección histórica,  incluiría también el período de la ocupación japonesa y la posguerra, durante la que la diáspora de españoles fue masiva, por la pobreza y porque a raíz de la independencia ya no podían poseer tierras o propiedades.

4) El estudio final sobre la deshispanización de Filipinas sería la conclusión de todos estos aspectos previos. Trataría de abarcar estos aspectos en un estudio analítico conjunto pero centrado en Filipinas y su identidad, por ello lo considero más importante para la Historia de este país que para la de España

Metodológicamente, las percepciones tienen una gran importancia, así como e estudio d ela Historia de las Relaciones Itnernacionales, en este caso con una especial incidencia en los individuos y las organizaciones. Ahora bien, también requiere una perspectiva diferente sobre las comunidades, enfocándose en esos miembros de la comunidad que pertenecen al mundo filipino y al chino, los Tsinoys.  De alguna manera mis estudios coinciden con sus postulados, porque también rechazo el 1898 y me centro en los que denomino Filhispanos, un término que se utiliza cada vez más en Filipinas (Filhispanics) y que evita el utilizado hasta ahora, mestizos, puesto que deseo señalar que hay también un componente de elección personal en el paso, más rápido o más lento, de la identidad hispana al llegar por primera vez al archipiélago y la Filipina que, en un principio van adquiriendo las generaciones nacidas en el país.

 

Conexiones con otros grupos

Desde hace años estoy colaborando con diferentes grupos en esta investigación. En Japón, existía un grupo muy activo Foro para la Investigación sobre la ocupación japonesa en Filipinas, que incluso consiguió fondos para entrevistar a japoneses que participaron en la ocupación, desde funcionarios o religiosos a militares, por supuesto. Participé en algunas de estas entrevistas, que están publicadas. También he organizado reuniones con otros investigadores de temas concomitantes, y en el III Congreso Europeo de Estudios Filipinos, en Aix-en-Provence, organicé un panel sobre Comunidades extranjeras en Filipinas y ahora estoy en contacto con los más innovadores en este campo, como son los que estudian la comunidad china. Para el estudio de la sociedad filipinas en los años 1930 y 1940, el grupo de la Universidad de Wisconsin-Madison es quizás el más importante de todos y me han prestado un importante apoyo desde que me invitaron a ir allí. 

 

Archivos

Los fondos recibidos de la Fundación Toyota y de la Fundación Japón me han ayudado a tener en la actualidad una gran cantidad de documentación, desde entrevistas de campo en lugares muy diversos a todos los archivos significativos que pueden contener  documentación al respecto. Queda todavía documentación que aún espero poder localizar, porque no encuentro series completas de los periódicos en castellano que se editaban en Filipinas en esos momentos, aproximadamente 81.000 diariamente en 1938, que parece que tendieron a tirarse a la basura en la posguerra. El pasado diciembre localicé una colección completa de la revista Excelsior en Manila, calificada como la mejor de Filipinas, pero no desespero por conseguir copias de La Vanguardia y El Debate, que editaban entre 15 y 18.000 ejemplares diarios. En los Archivos Miltiares de Estados Unidos, en Suitland, me entregaron fotocopia de un listado de documentación con más de cien cajas sobre la Comunidad Española en Filipinas que se iban a destruir, En colaboración con otros investigadores americanos, que incluso se han puesto en contacto con un congresista, hemos conseguido paralizar la destrucción de esos documentos, pero ahora estamos esperando a la apertura de los fondos, que prometen ser interesantes. Por otro lado, la documentación generada por el gobierno filipino de la Mancomunidad en esos momentos no está disponible todavía para la consulta. Ric Manapat, director de los Archivos, me aseguró en su momento que estaban bien cuidados y que no se estaban deteriorando, pero sigo sin poder consultarlo, ni yo ni nadie.

 

Mi proyecto de investigación es de alguna forma una continuación de los trabajos que llevo realizando desde que acabé la Tesis Doctoral sobre relaciones con Japón durante la II Guerra Mundial. De allí saqué dos temas especialmente interesantes, por un lado el del espionaje y la II Guerra Mundial, en el que la previsible apertura de Archivos hacía prometedor la aparición de datos importantes y el de la deshispanización de Filipinas, especialmente a raíz de los despachos a cargo del cónsul de España en Manila, Álvaro de Maldonado, que Serrano Suñer trasladó a Shanghai en cuanto llegó al Palacio de Santa Cruz y que parece acabó algo trastornado mentalmente.

El tema del espionaje lo he dejado, bien consciente de la posibilidad de cometer errores importantes, especialmente tras contactar a Ángel Alcázar de Velasco e incluso invitarle al CMUNSA a dar una conferencia. Los despachos del diplomático Maldonado transmitían, por otro lado, una situación en Manila con unas grandes esperanzas por su hispanización a partir de 1945, cuando se proclamara la prevista independencia de Filipinas y la dominación americana decayera, tal como se esperaba que ocurriría hacia el año 1940. A raíz de ello, y por supuesto de conversaciones con investigadores, he desarrollado la hipótesis de que lo hispano en Filipinas no declinó a partir de 1898, sino que la identidad hispana se mantuvo relativamente bien durante cuatro décadas hasta que procesos externos a Filipinas acabaron con ella, tales como la Guerra Civil, la magnificación del peligro falangista en los primeros años de la II Guerra Mundial, la asociación de España con el invasor japonés durante la Guerra del Pacífico y las desapariciones y muertes del año 1945 y en la posguerra. En consecuencia, la década entre 1935 y 1945 sería el verdadero período de inflexión de lo hispano en Filipinas, pero principalmente porque lo hispano en Filipinas había pasado a ser una parte de la propia etnicidad filipina, en un papel curioso de identidad colonial que al llegar los americanos adquirió un rol anticolonial. Esto significa que estoy embarcado en un proyecto con tres ejes temáticos, como son la presencia española en Asia, la Comunidad española en Filipinas y la propia identidad  hispana entre los propios filipinos, el que considero más importante de todos ellos.

 

Tal como he dicho, este es un proyecto antiguo que progresivamente voy desarrollando. Comencé con un artículo sobre la Falange, que ha sido el más polémico en la vida de la Asociación Española de Estudios del pacífico y que también ha sido publicado en inglés y traducido al tagalo. Gracias a la documentación consultada en el Archivo de la Embajada de España en Tokio, donde encontré mensajes del Cónsul  José del Castaño al embajador en Tokio, Méndez de Vigo, pude constatar que alguna de las acusaciones que le habían hecho en la inmediata posguerra eran ciertas, tales como una felicitación al comandante japonés tras la rendición de las tropas americanas en Corregidor, en mayo de 1942, y que había denunciado a izquierdistas ante los japoneses, aunque no había constancia que él supiera que para entonces ya habían renunciado a la nacionalidad española. Tras ser liberados, Castaño había intentado que dos de ellos (Benito Pabón y Rafael Antón) siguieran en prisión, pero siguiendo órdenes desde Madrid, que los quería juzgar por “delitos comunes.” Un segundo artículo fue sobre la Lengua Española, en el que saqué a la luz la preocupación norteamericana por el declive del inglés en Filipinas tras su partida, especialmente teniendo en cuenta la vitalidad del castellano y que, por ejemplo, a pesar de que los anglohablantes eran diez veces más que los hispano hablantes (414 frente a 400. hispano parlantes), la única franja en la que estos los superaban eran los niños de 0 a 5 años, es decir, que el español se hablaba más entre las familias.

Una segunda etapa ha sido intentar probar esta hipótesis en un universo más reducido, como el caso de la Micronesia. Lo presenté en un congreso de la PHA en el congreso más exótico que he vivido nunca, en Kiribati, y lo he publicado en las actas de este congreso y, en español, en la REP. Aquí vengo a demostrar que ciertamente hubo un esfuerzo norteamericano por deshispanizar las islas, no porque España fuera un enemigo sino porque lo hispano ocupaba un espacio que deseaba imbuir en la identidad de estos isleños. Y esto ocurrió a pesar de que, aunque en Filipinas los españoles podían ser acusados de Falangistas, los pocos españoles residentes allí no es que no pudieran ser acusados de tal cosa sino todo lo contrario. Recientemente he publicado también el caso del obispo capuchino Miguel Ángel de Olano, el último obispo español en Guam después de varios siglos, que fue primero expulsado de la isla por los japoneses y después por los norteamericanos.

En la actualidad estoy en la tercera fase de mi proyecto, porque estoy centrado en el tema más amplio de todos, el de la Comunidad Española en Filipinas y lo limito en subperiodos. Por ser un tema tan amplio, no he podido abarcar la década entera y sólo tengo realizado hasta la actualidad el primero de los períodos. Son los años 1935 a 1939, marcados por la Guerra Civil española y por el comienzo del período transitorio hacia la independencia, esto es, el comienzo de la elaboración y promulgación de leyes que obligaban a los españoles a escoger a qué nacionalidad querían pertenecer. Un segundo trabajo, que ya tengo realizado en parte porque la Tesis también se esperaba que lo cubriría, sería sobre la radicalización falangista en Filipinas en su lucha contra la oligarquía, en un proceso apoyado parcialmente desde España, lo que coincidió con la magnificación del peligro falangista, en especial para el gobierno colonial de Estados Unidos. Un tercer libro estaría alrededor de la mayor masacre de españoles anterior al 11-M, esto es, la Batalla de Manila, en la que murieron 238 españoles de pasaporte,  y muchos más que eran filipinos pero se sentían españoles. Manila fue la ciudad más bombardeada de la II Guerra Mundial después de Varsovia y el centro de la lucha se concentró precisamente en los barrios habitados por las elites hispanizadas, en donde según los censos hablaba español un tercio de la población. Este libro, que ya tengo apalabrado con Rico T. Jose y que Joan Maria Thomas quería sacar en Ediciones B cuando estuvo encargado allí de la colección histórica,  incluiría también el período de la ocupación japonesa y la posguerra, durante la que la diáspora de españoles fue masiva, por la pobreza y porque a raíz de la independencia ya no podían poseer tierras o propiedades.

El estudio final sobre la deshispanización de Filipinas sería la conclusión de todos estos aspectos previos. Trataría de abarcar estos aspectos en un estudio analítico conjunto pero centrado en Filipinas y su identidad, por ello lo considero más importante para la Historia de este país que para la de España

Desde hace años estoy colaborando con diferentes grupos en esta investigación. En Japón, existía un grupo muy activo Foro para la Investigación sobre la ocupación japonesa en Filipinas, que incluso consiguió fondos para entrevistar a japoneses que participaron en la ocupación, desde funcionarios o religiosos a militares, por supuesto. Participé en algunas de estas entrevistas, que están publicadas. También he organizado reuniones con otros investigadores de temas concomitantes, y en el III Congreso Europeo de Estudios Filipinos, en Aix-en-Provence, organicé un panel sobre Comunidades extranjeras en Filipinas y ahora estoy en contacto con los más innovadores en este campo, como son los que estudian la comunidad china. Para el estudio de la sociedad filipinas en los años 1930 y 1940, el grupo de la Universidad de Wisconsin-Madison es quizás el más importante de todos y me han prestado un importante apoyo desde que me invitaron a ir allí.  

Metodológicamente, estos investigadores tienen actualmente a relativizar la importancia de la fecha de 1898 y también tienen una perspectiva diferente sobre las comunidades, enfocándose en esos miembros de la comunidad que pertenecen al mundo filipino y al chino, los Tsinoys.  De alguna manera mis estudios coinciden con sus postulados, porque también rechazo el 1898 y me centro en los que denomino Filhispanos, un término que se utiliza cada vez más en Filipinas (Filhispanics) y que evita el utilizado hasta ahora, mestizos, puesto que deseo señalar que hay también un componente de elección personal en el paso, más rápido o más lento, de la identidad hispana al llegar por primera vez al archipiélago y la Filipina que, en un principio van adquiriendo las generaciones nacidas en el país.

Los fondos recibidos de la Fundación Toyota y de la Fundación Japón me han ayudado a tener en la actualidad una gran cantidad de documentación, desde entrevistas de campo en lugares muy diversos a todos los archivos significativos que pueden contener  documentación al respecto. Queda todavía documentación que aún espero poder localizar, porque no encuentro series completas de los periódicos en castellano que se editaban en Filipinas en esos momentos, aproximadamente 81.000 diariamente en 1938, que parece que tendieron a tirarse a la basura en la posguerra. El pasado diciembre localicé una colección completa de la revista Excelsior en Manila, calificada como la mejor de Filipinas, pero no desespero por conseguir copias de La Vanguardia y El Debate, que editaban entre 15 y 18.000 ejemplares diarios. En los Archivos Militares de Estados Unidos, en Suitland, me entregaron fotocopia de un listado de documentación con más de cien cajas sobre la Comunidad Española en Filipinas que se iban a destruir, En colaboración con otros investigadores americanos, que incluso se han puesto en contacto con un congresista, hemos conseguido paralizar la destrucción de esos documentos, pero ahora estamos esperando a la apertura de los fondos, que prometen ser interesantes. Por otro lado, la documentación generada por el gobierno filipino de la Mancomunidad en esos momentos no está disponible todavía para la consulta. Ric Manapat, director de los Archivos, me aseguró en su momento que estaban bien cuidados y que no se estaban deteriorando, pero sigo sin poder consultarlo, ni yo ni nadie.