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La penúltima reinvención de Japón

Identidad nacional y reforma política

 

Política Exterior, Num. 76 (Julio- Agosto 2000): 149-155

 

El futuro de Japón es el más incierto entre los países desarrollados. A la explosión de la “economía burbuja” en 1989 se han sumado los fracasos de sucesivos planes de reactivación del gobierno. Mientras que el déficit presupuestario ha alcanzado el 8 por cien del PIB y la tasa de paro ha llegado al 4,9 por cien, Japón ha bajado al puesto 17 en competitividad mundial en el año 2000. Políticamente, los esfuerzos reformistas tuvieron un éxito fugaz y ni el fin de la guerra fría ni los continuos escándalos han permitido más que cambios cosméticos, con el mismo Partido Liberal Democrático (PLD) en el poder. El antiguo dinamismo de su sociedad parece también cosa del pasado. El alto número de víctimas del terremoto de Kobe de 1995 (6.433), las acciones terroristas de la secta La Verdad Suprema el mismo año, el envejecimiento de la población y la relajación de los vínculos sociales tradicionales han acabado con el optimismo de hace pocos años. Su pérdida de confianza lleva a los japoneses a retomar la chinbotsuron, o tesis sobre el hundimiento de Japón --título de un best-seller publicado en los años setenta: Komatsu Sakyo, Japan sinks (Nueva York: Harper&Row, 1976)-- como idea que resume la percepción de una crisis que –ya no se discute- es estructural.

El debate actual es cómo acabará Japón este período de más de una década de noticias negativas y expectativas frustradas; si se estancará, si se limitará a salir del paso o si recuperará pronto su fuerza. Por ello, en medio de un nuevo auge de las discusiones sobre la identidad japonesa, se buscan comparaciones con otros momentos decisivos su historia. El período Bakumatsu (1853-68) y los llamados “quince años de guerra” (1931-45) son las etapas más recordadas, al marcar el fin de dos sistemas tenidos por modélicos: los dos siglos y medio del próspero período Tokugawa; y el Imperio que se había convertido en una de las cinco potencias más poderosas del planeta tras derrotar a China y Rusia. En ambos casos, la inestabilidad política coincidió con una grave crisis económica y quedó

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demostrado el retraso tecnológico japonés frente al extranjero. Por tercera vez en su historia moderna, Japón se enfrenta al final de un modelo.

El hecho de que Japón resolviera la crisis de forma admirable en esos dos períodos críticos, poniendo en marcha dos etapas de prosperidad inigualada en otros países del mundo, la era Meiji y la posguerra, da alas a los más optimistas. En ambas ocasiones la idea de regenerarse o renovarse –ése es el significado de Meiji Isshin, aunque normalmente se traduzca como Restauración Meiji- sirvió para mirar hacia el futuro y afrontar las dificultades derivadas de todo cambio de sistema. Resulta significativo por ello que el nuevo primer ministro, Yoshiro Mori, haya utilizado ante la Dieta la expresión “renacimiento de Japón” como objetivo de su gobierno.

En un momento en el que Japón se está volviendo a reinventar, dos libros recientes ofrecen interesantes claves sobre las experiencias de cambio anteriores: Steven Vlastos, ed., Mirror of modernity. Invented traditions of modern Japan  (California [Berkeley], University of California Press, 1998) y John W. Dower, Embracing defeat. Japan in the wake of World War II (New York: Norton & Company, 1999). El primero muestra que buena parte de las características que se consideran propias de la cultura japonesa son en realidad el resultado de una determina opción. El segundo destaca cómo la llegada de los norteamericanos fue recibida con el alivio que expresa el título: “abrazarse a la derrota”. Pese a sus distintos enfoques, ambas obras se complementan y permiten ver una continuidad en las respuestas adoptadas por Japón a lo largo de su historia reciente. Para poder entender no sólo estos momentos de crisis sino también las claves del nuevo Japón reinventado (Alberto Silva, La invención de Japón, Buenos Aires: Norma, 2000. 317 páginas), es posible sacar conclusiones sobre cuatro aspectos clave de este país: la presunta singularidad de los japoneses, el sustrato militarista, quién ha impulsado el cambio y el papel desempeñado por el entorno exterior.

En primer lugar, ambos libros atacan el mito del carácter único de los japoneses y el sentimiento de que los extranjeros no pueden comprenderlos, tan extendido entre ellos, ni son capaces de penetrar en su forma de sentir y pensar. El trabajo de Vlastos es el más demoledor de esa imagen al demostrar que, como en otros países, las tradiciones han sido adaptadas por las elites dirigentes en beneficio propio. Sus conclusiones parten de la conocida investigación sobre Inglaterra realizada por los historiadores Eric Howsbawm y Terence Ranger, The invention of tradition (Cambridge: Cambridge University Press, 1983).

Buena parte de las presuntas peculiaridades niponas no son producto de una evolución histórica, sino resultado de determinadas elecciones políticas. En otras palabras, la supuesta singularidad de la sociedad japonesa no procede de tiempos remotos, sino del período que va desde fines del siglo pasado hasta las respuestas ante la crisis del 29. Las innovaciones institucionales tras la Primera Guerra mundial fueron las que provocaron, por ejemplo, la famosa aversión japonesa a los litigios, más que el sentimiento de identidad colectiva. En un plano cultural, el esfuerzo por dar al sumo un status tradicional y convertirlo en un “deporte nacional” en la década

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de 1920 fue lo que recuperó las vestimentas del período Edo (1615-1868) que se pueden ver aún en sus combates. En la posguerra,  la apuesta del PLD por un “Estado cultural” (Bunka kokka) llevó a la evocación del pueblo natal (furusato) y a utilizar la nostalgia que suscita como base de la diferenciación con otros países. En las relaciones laborales, el recurso al estilo de producción japonés o a las históricas relaciones fraternales entre trabajador y empleado han sido argumentos utilizados tanto por burócratas como por industrialistas para atacar los oponentes políticos, para protegerse contra las regulaciones legales o bien para justificarlas. John Dower también ha mostrado en trabajos anteriores que la movilización económica del Japón de la posguerra no sólo tuvo muchas semejanzas con la llevada a cabo tras estallar la guerra contra China en 1937, sino que se ha basado en las dinámicas generadas en esos años. Las regulaciones destinadas a mantener a los trabajadores en las empresas por medio de salarios fijos al comienzo y subidas escalonadas de forma periódica son de los años 1939 a 1943, al igual que el plan de pensiones para trabajadores, pensado también en un principio para financiar la guerra. Las redes de subcontratación corporativas o la dependencia creciente de unos pequeños bancos privados para la financiación fueron también parte del llamado  “sistema de 1940” destinado a ganar una “guerra total”. La ocupación estadounidense, cuando llegó, no desbarató ese sistema, sino que en ocasiones lo reforzó para poder llevar a cabo sus objetivos: la reforma agraria fue posible gracias a la erosión del poder tradicional de los terratenientes previo a la derrota frente a Estados Unidos, mientras que el poder de las agencias económicas se mantuvo e incluso se fortaleció con los años. El llamado “modelo japonés” de crecimiento económico basado en la planificación desde arriba y en el proteccionismo comercial para conseguir un crecimiento rápido, por tanto, tiene paternidad mixta y puede denominarse mejor “modelo SCAPanés”, según Dower, por las siglas de las autoridades de la ocupación (el Supreme Command of the Allied Powers).

Ambos libros sugieren, en segundo lugar, que si bien las reformas radicales de la ocupación norteamericana acabaron con el militarismo, la mentalidad que permitió su auge en los años treinta  permanece arraigada en Japón. Las artes marciales o budô, comenzaron como una respuesta a los valores occidentales, después siguieron como un intento para infundir en los deportes modernos el “espíritu japonés” y más tarde fueron elevadas a la categoría de “arte nacional” o kokugi . El mismo judo creó una “cultura del cuerpo” que se fue asociando con los años a  la identidad nacional nipona y acabó siendo definido como “eterno”. La ideología sobre la que se basó el estado japonés para justificar su expansión imperial, expresada en conceptos como el kokutai, o cuerpo nacional o el concepto de shinto nacionalista, sigue sirviendo para aunar esfuerzos. La caracterización de la armonía (wa) como uno de los aspectos claves de la sociedad japonesa, que se adscribe al príncipe Shotoku y a su constitución del siglo VII, es más bien un producto al que se recurrió en los momentos más difíciles de la guerra del Pacífico (1943) para fomentar la obediencia a los superiores y quitar argumentos a la disidencia. Las recientes declaraciones del primer ministro Yoshiro Mori sobre el presunto carácter divino del Ja

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pón y el papel central del emperador, por último, indican que la ideología del shinto de estado (shinto kokka) impuesta en la época militarista aún sigue vigente para atraer a un número de patriotas y nacionalistas varios cuyo número es previsible que haya crecido tras diez años de recesión, internacionalización y apertura forzada del país. Han cambiado los objetivos, no los métodos.

 La población japonesa, en tercer lugar, ha estado siempre ausente de esas grandes transformaciones. Han sido las elites las que han definido el interés nacional, las necesidades y los caminos a tomar. Todas las consignas a industrializarse, modernizarse,  occidentalizarse, olvidar el pasado, convertirse en nuevos hombres o mujeres, o en sujetos del Estado-nación han sido exhortaciones que han partido desde la oligarquía o los grupos dominantes. Lo ocurrido tras la derrota en la guerra del Pacífico fue parecido: a pesar de que la mentalidad popular experimentó un cambio decisivo, los norteamericanos canalizaron esas nuevas expectativas para conseguir sus propios objetivos.

Dower critica esta política norteamericana como su principal contradicción: se buscó la democratización del país por medio de una política dirigista, sin contar, de la misma forma que en los intentos renovadores anteriores, con los dirigidos: también fue impuesta por el gobierno. Aunque las autoridades de la ocupación aportaron nuevas ideas, imitaron la desconsideración que los gobernantes japoneses (y los expertos occidentales anteriores) habían mantenido hacia el japonés normal. Las reformas de MacArthur mantuvieron el modelo tradicional de renovación dirigida desde arriba y desdeñaron los profundos impulsos democratizadores de los propios japoneses que también ansiaban un cambio profundo. Dower señala, aunque parezca irónico, que la disposición a dar la vida por el país no excluía la bienvenida a un cambio drástico, pero los norteamericanos prefirieron dejarse de aventuras y promover las reformas por medio de los canales ya experimentados. Se fortaleció el poder de la burocracia de esta forma. Siendo tan fácil gobernar a través de la red ya existente de funcionarios, que además acataban sus órdenes con tan aparente sumisión, Estados Unidos observó sus prioridades más inmediatas y pensó que reducir su influencia parecía ir en su propio perjuicio. Esta falta de visión a largo plazo de Estados Unidos, por tanto, permite señalarles como responsables en parte de algunas de las más criticadas características del modelo japonés -como la “orientación administrativa”- de las que ellos mismos ahora se quejan.

El entorno exterior, por último, ha sido clave para agrupar, definir e impulsar los cambios y las renovaciones en el interior. “Alcanzar a Occidente”, ya fuera en un plano militar como económico, ha sido un motor constante en los cambios japoneses y la importancia de la percepción exterior al definirse como japonés, incluso hasta en los momentos más enrevesados, aparece reflejada en la carta de un hombre que se declaraba presto a suicidarse y que publicó el Asahi Shimbun en noviembre de 1945. La carta, recogida por Dower en su libro, concluye afirmando que “por primera vez, me doy cuenta de que Japón es ciertamente una nación de cuarta categoría. Sin una buena política buena, lo será de quinta o sexta. Cuando esta carta te llegue, yo puedo estar ya muerto”. Aunque escrita en un momento extremo, este hecho sugiere una obsesiva preocupa

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ción de los japoneses por su relación con el exterior, más atentos a proyectar su imagen que a la propia realidad. Explica, además, la pérdida del impulso de la posguerra porque, habiendo alcanzado ya Japón a Occidente en todos los sentidos, esta idea ha perdido su capacidad de movilización.

Japón necesita reinventarse de nuevo porque las recetas anteriores ya están caducas. Las tradiciones inventadas en otra época y la modernización introducida por las fuerzas de ocupación se han convertido en una carga. La planificación y la dirección burocrática fue positiva al comenzar la posguerra, al identificar los sectores más necesitados de recursos que después serían la locomotora del progreso japonés, pero con el tiempo se ha  convertido en una rémora. No sólo el MITI ha fracasado recientemente al identificar los sectores de futuro (la televisión analógica de alta definición ha sido uno de los más llamativos fracasos), sino que las directrices de la burocracia ya no son atendidas como en otros tiempos. La educación centrada en formar al soldado (en la época Meiji) o al productor (durante la posguerra) tuvo su razón de ser, pero ahora las nuevas tecnologías exigen potenciar la imaginación y la discusión, en lugar de premiar la memoria y el esfuerzo.

En 1989 comenzó del período de renovación. La coincidencia de la muerte del emperador Hirohito (Herbert P. Bix, Hirohito and the making of modern Japan. Nueva York: HarperCollins, 2000), del fin de la guerra fría y del estallido de la “economía burbuja” señalan la fecha en la que era imposible el mantenimiento del sistema de posguerra. Desde entonces, lo caduco del sistema anterior y la inevitabilidad de ese cambio es cada vez más palpable.

Tras conocerse diversos casos de corrupción, la burocracia ya no tiene ni la influencia ni el poder omnímodo de antaño, e incluso ha  sido objeto de acoso periodístico, en ocasiones excesivo. Los coletazos del sistema militarista y de la ideología que lo sustentaba se diluyen en medio del creciente número

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de matrimonios mixtos, de viajes al extranjero y de las crecientes necesidades de contactos con el exterior que demanda la sociedad de la información y el mundo globalizado. El sistema de bajo consumo y ahorros forzados por la falta de tiempo libre, por el sobreprecio de la tierra y por las viviendas tan pequeñas que impiden comprar más bienes de consumo, se está viniendo abajo progresivamente. La necesaria bajada de aranceles comerciales impide mantener sectores no competitivos o prohibir la penetración de productos extranjeros, con el significado que eso sigue teniendo para Japón. El arroz extranjero fue prohibido con excusas tales como representar la quintaesencia de la cultura japonesa, (el famoso pensador ultranacionalista del siglo XIX, Motoori Norinaga definió al arroz japonés como superior al de otros  países y con una belleza especial gracias a la superioridad de Japón), pero ya es posible comprarlo de importación, más barato. La imposible adaptación del modelo SCAPanés al mundo de la posguerra fría, en definitiva, anuncian una reinvención que cada vez es más inaplazabe. Sólo falta saber el cómo y el cuando de esa reinvención.

Al sugerir cuáles fueron las carencias de las experiencias anteriores, los libros de Vlastos y Dower también permiten imaginar el Japón del mañana y elucubrar el camino que habrá de llevar esa futura renovación para que sea fructífera.. Parece claro que la nueva modernidad japonesa ha de estar alejada de la pretensión totalizadora de la época militarista y que los sujetos activos de esta renovación han de ser el mayor número de japoneses posible. También parece que los propios nipones serán los principales beneficiarios, en lugar del Estado, tal como indica el programa de “reforma de la estructura de la vida” elaborado por el PLD para reducir las horas de trabajo, incrementar las vacaciones y crear más oportunidades para el consumo individual por medio de subsidios a las pequeñas y medianas empresas para que permitan a sus empleados tomar más días libres. El sistema político también está cambiando y, aunque no parece factible que el partido gobernante pase a la oposición en las próximas elecciones, las reformas políticas están comenzando a dar sus frutos: ahora los carteles electorales son elaborados por los partidos, no por los candidatos, lo que lleva a pensar que las facciones en los partidos acabarán y que la política japonesa será menos costosa en un futuro.

El mundo exterior, atendiendo también a las experiencias anteriores, tiene y tendrá un papel esencial. El sentimiento de singularidad tuvo su auge cuando, en los años setenta y ochenta, Japón se sentía admirado por los demás, momento que sirvió para popularizar la nihonjinron o tesis sobre la identidad japonesa, pero esa fase se ha superado. Ahora toca de nuevo aprender de fuera y la apertura al exterior es algo que se da por descontado; así, una de las medidas para el Japón del futuro que propone el ministro de Planificación Taichi Sakaiya (Qué es Japón. Santiago de Chile: Andrés Bello, 1993) es la de implantar la lengua inglesa como oficial, además de enfocar la enseñanza a la conversación más que al aprendizaje de palabras o frases. Una comunicación más fluida con el exterior permitiría el declive de la importancia de la shimaguni konjô o mentalidad insular -la mejor crítica de los últimos años es la de Ivan Hall,

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Cartels of the mind: Japan’s intellectual closed shop (Nueva York: Norton, 1998)-, lo que dificultaría tanto la obsesión por la percepción exterior como los sentimientos xenófobos, que están detrás de las reticencias a que los extranjeros no sólo puedan adquirir la doble nacionalidad sino que puedan votar en las elecciones locales. Siendo el concepto de inmigración a gran escala algo desconocido para los japoneses, el creciente número de extranjeros trabajando en el país está provocando reacciones airadas (el gobernador de Tokio, Shintaro Ishihara, muestra con regularidad su enfado porque “algunas partes de Tokio ya no parecen japonesas”), pero también ayudará a echar por tierra el concepto de la homogeneidad japonesa como parte esencial e integral de la identidad nacional.

En este esfuerzo japonés por renovarse, por último, los libros mencionados tienen de nuevo un valor adicional porque hacen hincapié en la diversidad dentro de la sociedad japonesa. A pesar de esas aseveraciones de que los japoneses piensan igual y obedecen sumisamente a su superior, los libros muestran que tanto las instituciones creadas a lo largo de los años como las tendencias culturales son muy amplias (y las diversidades regionales, aunque este es un tema poco tratado). Aún así, la aceptación del discurso de las élites del “ellos contra nosotros” bajo la bandera de su insularidad y su singularidad, ha llevado a los japoneses a evitar expresar diferencias ante el exterior. Por ello, la respuesta desde el exterior será determinante para esta necesaria renovación de Japón.

No parece que vaya a ayudar mucho. La percepción del resto del mundo sobre Japón parece que se mantiene inalterable, tal como muestra un libro sobre la masacre de Nanjing hace tres años, que ha hecho revivir la ya mencionada mentalidad insular. Iris Chang ha publicado el libro The rape of Nanking: The forgotten Holocaust of World War II. (Nueva York, Basic Books, 1997) en el que no sólo relata las masacres cometidas por los soldados japoneses en la capital china poco después de la retirada del gobierno nacionalista en diciembre de 1937 y ofrece unas cifras aparentemente excesivas sino que, insistiendo en la negativa nipona a admitir las crueldades de su ejército imperial, ha preferido ignorar los esfuerzos de muchos estudiosos e investigadores japoneses por sacar a la luz ésa y muchas otras matanzas de su ejército  (véase, por ejemplo, Yuki Tanaka,  Hidden horrors: Japanese war crimes in World War II. Boulder, Colorado: Westview Press, 1996). Chang, por tanto, ha preferido atender a los japoneses que, como Ishihara, aún niegan estas atrocidades, antes que reconocer los esfuerzos de aquellos que, aún siendo japoneses, han investigado lo mismo que ella. Por falsa vanidad o por deseo de notoriedad, la autora de este libro ha preferido atender esa visión de la élite japonesa que iguala a todos los japoneses, en lo que John Dower ha definido como un “Orientalismo de conveniencia”. Dower señala con ello que algunos extranjeros y japoneses prefieren seguir teniendo una verdad única y atender únicamente a sus propias expectativas sobre lo que es Japón, porque en muchas ocasiones no sólo hay desinterés en conocer a los japoneses, sino incluso un firme empeño en negar la evidencia. Porque Japón es más que ese binomio estático de modernidad y tradición  que ven tanto japoneses como occidentales, también cambia y se renueva según opinan también otras gentes, sin distinción de nacionalidad.

Florentino Rodao es profesor de Relaciones Internacionales y presidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico

 

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