Centro Pignatelli
(ed.), Asia: Escenario de los desequilibrios
mundiales (Zaragoza: Diputación General de Aragón, 2000), pp.
Resumir
la historia de un país en unas pocas páginas supone una empresa difícilmente
alcanzable, pero la de toda una región es una gran temeridad, más aún cuando
esa región de la que hablamos, Asia, abarca no sólo la mitad aproximada de la
humanidad sino, además, la que más historia ha disfrutado. Es la primera vez
que me atrevo por escrito a semejante aventura macrohistórica,
por lo que espero se me perdone con benevolencia el atrevimiento.
Al contrario que la civilización occidental, la culturas
china y del subcontinente indio sobrepasan ampliamente los dos mil años de
La geografía es en Asia, como en todo el mundo, el condicionante principal de
la actividad humana, pero si es posible señalar una peculiaridad dentro de esta
influencia es el aislamiento impuesto a los dos grandes polos de civilización,
la India y
Esta escasa posibilidad de contacto con el exterior ha provocado consecuencias
obvias, por un lado, ha impulsado el desarrollo hacia el interior y la búsqueda
de soluciones dentro del territorio ya conocido, por otro, la despreocupación
por las amenazas militares. Estar volcados en la propia cultura y la confianza
en los impedimentos físicos para alejar a los pueblos no conocedores de su civilización
o bárbaros ha facilitado la escasa preocupación y desconsideración hacia
los estamentos de la sociedad dedicados a la defensa o al ataque. Las
consecuencias positivas están a la vista, por toda las aportaciones que han
hecho ambas culturas al resto del mundo, pero las negativas (al menos, a corto
plazo) también, porque a través de esas montañas o esos desiertos han
conseguido pasar ejércitos invasores que han sido la fuente de los mayores
debacles en sus civilizaciones. Así, Mongoles o Musulmanes han invadido estas
civilizaciones y han provocado lo que es considerado una de sus características
principales, los ciclos: ascensión, declive tras esas invasiones, y nuevos
períodos de ascensión tras la asimilación de los invasores.
La diferencia con la cultura occidental en este aspecto es crucial,
porque las llanuras europeas nunca han dado un sentimiento de protección ante
las invasiones foráneas y no sólo han permitido grandes movimientos
migratorios, tal como pueden ser denominadas las invasiones bárbaras, sino
también una mayor consideración del papel de los militares dentro de la
sociedad.
Para comprender la evolución histórica de Asia y, sobre todo, las relaciones
entre los diferentes pueblos que lo habitaban, conviene resaltar cuatro
momentos claves, que podríamos dividir en el Sistema sínico tradicional, la
época que se ha dado en llamar del comercio, coincidente con el Renacimiento en
Europa, la de la expansión occidental en el siglo XIX y
Asia Oriental giró hasta mediado el siglo XIX alrededor del mayor desarrollo de
estas dos civilizaciones sobre las demás, aunque nos vamos a centrar más en la
India porque desde hace un milenio pasó a ser la predominante en esa área de
confluencia mutua, el Sudeste de Asia. Según el sistema sínico, las relaciones
entre los pueblos se basaban en un esquema piramidal donde el rango de los
distintos pueblos se medía según aspectos como el nivel de sinización
o de cercanía a la fuente de legitimidad que eran los dioses. El Emperador
chino ocupaba la cúspide de esa pirámide como representante de los dioses en la
tierra, después le seguía el pueblo chino y debajo estaban otros pueblos,
clasificados según la cercanía a los dioses y a ese asumir la civilización que
se consideraba superior. Por ello, en un estrato superior estaban los que habían
aprendido las enseñanzas “superiores”, tales como la escritura o los escritos
chinos clásico, después seguían los que, sin haber asimilado esa civilización
aceptaban expresamente la supremacía del emperador chino y por ultimo los que
ni lo aceptaban e incluso ni
Esta era la visión oficial del mundo desde la capital imperial, pero desde los
pueblos situados en rangos inferiores la sumisión al emperador chino se veía de
una forma diferente. Ellos tenían sus propias leyendas o creencias desafiando,
si no la divinidad del emperador chino, al menos que su potestad abarcara
también a su propio territorio, porque todos estos territorios tenían también
dinastías reales. Pero al contrario que en muchos otros casos, bajo el sistema
tradicional sínico predominaba un lenguaje dual: ante China, se aceptaba esa
superioridad, pero internamente se funcionaba sin asumirla. La razón era clara:
aceptar esa superioridad china, siquiera formalmente, permitiría evitar
posibles invasiones, pero sobre todo mantener el comercio. Más aún, los
gobernantes de estos pueblos en rangos inferiores no sólo gozaban de una cierta
legitimación cuando eran reconocidas por
El sistema tradicional sufrió cambios a lo largo de los siglos, dependiendo en buena
parte del poderío de las dinastías gobernantes en China, y correspondiendo su
máximo esplendor al período de
1.- La primera de estas amenazas al sistema tradicional fue la llegada de los
europeos. Su importancia no ha de ser sobrevalorada porque el nivel de
desarrollo era semejante entre unos y otros, los occidentales más avanzados en
el plano militar, por ejemplo, y los orientales en otros. Debido a su escaso
número y a sus limitados recursos, los Europeos participaron como
cualquier otro pueblo dentro de las luchas por el poder y por el comercio en
Asia, y sus asentamientos pueden ser equiparados con los de otros pueblos
dentro de la región, locales o no. Las luchas entre ciudades-estado o centros
de poder, en consecuencia, se complicaron, porque a las ciudades chinas, y al
comercio y rivalidades entre Hainan, Patani, Ayudhya o Jambi, se sumaron
nuevos contendientes, como Macao, Manila, Malaca o Batavia.
En
estos períodos de lucha, rivalidad y comercio entre unos y otros, los
asentamientos europeos dependían para su supervivencia de la alianza con unos
pueblos en contra de otros: podían ser tanto derrotados como derrotar ellos y
su mayor capacidad militar era un tanto a favor, pero no era suficiente. Los
europeos, de hecho, se vendieron a ellos mismos y a sus técnicas para ser
utilizados en las luchas internas entre asiáticos; fueron mercenarios para las
luchas entre reyes, enseñaron tecnología armamentística y diseñaron
fortificaciones. Y, al igual que con otros muchos ejemplos, al principio fueron
enormemente útiles a sus jefes para perder esa ventaja con el tiempo, una vez
que las armas se iban conociendo y que los otros contendientes también los iban
contratando. Lo militar, por decirlo en términos militares, fue un nicho de
mercado importante para los europeos en Asia, existiendo incluso barcos piratas
de europeos que, al igual que los asiáticos, asaltaban a las poblaciones
costeras, según algunas fuentes asiáticas.
Pero
los europeos tuvieron otro nicho de mercado importante, el comercial, de nuevo
gracias a otra ventaja tecnológica: las técnicas de navegación. Los beneficios
fueron importantes, gracias a poder aprovecharse de varios factores. El primero
de ellos fue la ventaja de no ser primerizos y gozar de una inicial buena
recepción. El caso más claro fue el del comercio entre China y Japón, porque la
prohibición china al comercio de los japoneses (a causa de la gran cantidad de
piratas nipones o wakô que atacaban las aldeas
costeras chinas) permitió un monopolio de hecho del tráfico entre los dos
territorios y con el unos beneficios impresionantes para los primeros
habitantes de Macao. El segundo motivo fue, de nuevo, la superioridad
tecnológica. Los occidentales podían construir barcos con un tonelaje y una
capacidad de maniobra mucho mayor que ningún otro pueblo en Asia oriental
en esos momentos, lo que permitió unos costes menores para las travesías largas
que permitió dominar una buena parte del comercio intraasiático
a gran escala. Un ejemplo fueron los calicóes, las
telas de la costas de Surat y Coromandel,
en India, que eran vendidas a lo largo de Asia, transportadas por occidentales
por muchos años hasta China, Japón, e incluso a la costa americana del
Pacífico. El tercer motivo, por último, fue la posibilidad de trasladar
productos fuera de la región, gracias a esa capacidad de cruzar océanos y al
dominio político que ejercían. El ejemplo primero fueron las especias,
pero el más importante en valor a lo largo de los años, con gran diferencia,
fue la plata, porque China funcionó como una bomba succionadora de una buena
parte de la plata producida en el mundo desde que a mediados del siglo XVI, se
pasó a exigir el pago de impuestos en este metal. China no tuvo suficiente con
la plata elaborada en Japón o en las mians cercanas y
provocó una subida de su precio en relación con el oro que atrajo cantidades
importantes desde todo el mundo.
Por esta razón, la llegada de los españoles puede ser
considerada importante para la historia de la región, porque a la importancia
de la fundación de Manila y del progresivo asentamiento en el archipiélago
filipino, hay que añadir su papel como puente y paso necesario de ese flujo de
metales preciosos procedentes de América hacia el continente asiático, en una
proporción aparentemente mucho mayor que holandeses o portugueses por medio del
Océano Indico. El mundo se hizo mundial, por decirlo de alguna manera, tras la
fundación de Manila, porque desde entonces pasaron a ser intercambiadas
cantidades realmente importantes de productos. Seda por plata, esencialmente,
tal como afirman Dennys Flynn y Arturo Giráldez.
2.- El segundo desafío importante a la hegemonía de
ese sistema sínico tradicional fue la expansión de las llamadas “religiones del
libro”. El islam y el cristianismo fueron los que
satisficieron las crecientes necesidades de profundización de la vida religiosa
entre los pueblos animistas de Asia, tras haberse expandido el budismo unos
siglos antes desde la India por el Asia continental, aunque de una forma
diferente, porque fue aceptado y modificado por las propia civilización sínica.
Esas dos religiones “del libro” entraron con menos beneplácitos del país
hegemónico en la cultura de la región en esos momentos, China, pero no por ello
dejaron de imponerse en territorios importantes.
Es interesante recalcar que las características de
ambas expansiones fueron diferentes. La expansión del islamismo fue más
lenta, se basaba principalmente en comerciantes que se iban moviendo de un lado
a otro y usaba a gentes convertidas nativas para estructurarse y para ganar
nuevos adeptos. Sin embargo, la del cristianismo necesitaba de los occidentales
para su estabilización y para poder arraigar. Si bien una conversión de un
territorio al Islam fue duradera, los casos de reyes, daymios
japoneses, o jefes tribales que se convirtieron al cristianismo no consiguieron
que continuara tras su perdida de poder. Los gobernantes convencidos
promovieron la conversión de los que estaban bajo su soberanía, pero no hubo
casos de continuidad en esas conversiones y los únicos territorios que
permanecieron cristianos en esta región fueron gracias a permanecer bajo
el mando de ibéricos, ya fueran Macao, Manila, Malaca como una serie de
puntos menores que acabaron quedando aislados. El rango siempre superior de los
misioneros occidentales frente a aquellos nativos dedicados a la religión fue
una de las principales causas de la fragilidad de esas conversiones: fue visto
como algo de fuera. No pudo desarrollarse bajo gobernantes paganos porque los
cristianos, y sobre todo esos misioneros europeos, tendieron a ser vistos cada
vez más como quintacolumnistas de intereses extranjeros.
3.- El principal desafío que sufrió ese sistema sínico
tradicional, no obstante, vino desde dentro, Japón, porque éste país pasó a
crear su propia esfera de relaciones con otros pueblos al margen de China y se
desgajo de su autoridad. Japón pasó a proclamar lo que otros pueblos nunca se
habían atrevido: que su emperador, y no el chino, era el descendiente de los dioses.
Proclamar tal aserción fue un proceso largo, desde que había sido enviada la
última embajada, en el siglo XIII, en el momento álgido de la última ola de sinización, tras
La consecuencia más evidente de
Dos anécdotas nos pueden explicar hasta qué punto se
mantuvo la lógica heredada de la civilización china. Una, la orden de
destrucción de un edificio en Dejima, la isla
asignada a los holandeses, a causa de la inscripción “Anno
Así nos muestran también los fracasos en establecer un
comercio mutuo oficial con China: no es que se despreciara (parece que las dos
expediciones de conquista a Corea del segundo de los grandes unificadores
japoneses, Ieyasu Tokugawa, fueron para ser admitidos
en el sistema Chino, porque la ruptura de relaciones había sido impulsada por
la corte coreana), sino que fue imposible acoplar los deseos de todos. Fueron
fracasos por aparentes defectos de forma que, no obstante, también implicaban
una concepción fundamental de qué gobernante era más poderoso. Así, Japón
solicitó oficialmente a comienzos del siglo XVII establecer relaciones con
China utilizando razonamientos confucianos para conseguir la autorización del
emperador chino: el país había sido unificado (la unificación era uno de los
criterios de legitimidad según los escritos chinos clásicos), la administración
se había rectificado y el país había prosperado, y la nueva dinastía había
llegado a su tercera generación. No lo consiguió, no obstante, por la
resistencia japonesa a admitir esa superioridad china, siquiera de forma
aparente, tal como se puede comprobar en diferentes detalles de la carta que se
envió: era entre personajes secundarios, puesto que ni iba dirigida al
Emperador chino ni iba firmada por el shogun, tampoco se usaba el calendario
chino y, por último, la denominación del Emperador Ming negaba el carácter
universal que los chinos le concedían, al referirse a él simplemente como “Hijo
del Gran Ming”.
Tras la época del Comercio, en consecuencia, Asia
Oriental pasó a tener una nueva configuración, con un mismo esquema básico de
funcionamiento donde el Imperio chino seguía siendo el eje de la región, pero
en el que los desafíos a su hegemonía política eran cada vez mayores. En el
sudeste asiático, o las llamadas tierras bajo los vientos, los
gobernantes se fueron aislando cada vez más, producto por un lado de su
autoritarismo (las normas para comerciar permitieron cada vez menos beneficios
porque el rey se reservaba el derecho a comprar la proporción de carga que
quisiera y al precio que él mismo decidía) y por otro lado de esa expansión de
las nuevas religiones islamista y cristiana, que no favorecieron precisamente
la subordinación a China.
Japón, además, se había separado de ese sistema
tradicional. Mientras ensamblaba su propio Imperio, también con pretensiones de
universalidad pero con una extensión más limitada que el Chino, la aventura le
fue mejor de lo que la historiografía ha asegurado. Esta se ha enfocado en el
aislamiento del exterior y de ahí ha buscado aspectos negativos, pero no parece
que ese período haya sido tal porque, si bien el aislamiento no era buscado
cuando se proclamaron esas medidas, vino progresivamente, producto de la lógica
propia del discurso Tokugawa. Japón supo llevar a cabo un proceso ejemplar de
sustitución de importaciones por medio de hacerlas relativamente innecesarias
tras haberlas igualado en calidad, tal como ocurrió con la seda china. Por
tanto, aunque alejado del exterior, la calidad material de vida no parece que
sufriera excesivamente, porque se consiguió un mercado interno en paz y cada
vez más prospero.
En el subcontinente Indio, mientras tanto, la castas
sirvieron para impermeabilizar la influencia exterior y para proteger al
sistema de las invasiones militares externas. La identificación primordial era
con el clan, con la familia o con la casta o jeti
y eso era una excusa para el desdén con el que les observaban los últimos
invasores que han conocido, el imperio británico, quienes les calificaban como
un pueblo indisciplinado y les criticaban la falta de una lealtad a
Y entre los occidentales en Asia, finalmente, se
estaba operando un cambio de guardia. Las potencias que habían sido líderes en
el intercambio con la región durante la época del comercio, como Portugal,
España y Holanda, mantenían sus dominios en lo fundamental, pero no su
vitalidad. Desde ese subcontinente indio iban avanzando con paso fuerte otras
dos nuevas potencias llamadas a tener un gran papel, Francia y Gran Bretaña, asentadas
respectivamente en las ciudades de Pondichéry y
Madrás. Se avecinaban cambios importantes.
En el siglo XIX desapareció definitivamente el sistema
tradicional sínico imperante en Asia. Si durante los siglos anteriores había
sido trastocado por unos cambios producto de una evolución originada
principalmente desde dentro, con la expansión de las naciones occidentales a
partir de
No es conveniente exagerar, no obstante, porque su
influencia dentro de las sociedades asiáticas siguió siendo limitada. Los
europeos siguieron dependiendo principalmente de esa ventaja en los fletes y
sus productos siguieron sin tener éxito entre las poblaciones asiáticas y sus
beneficios principales siguieron estando basados en el traslado de productos
(principalmente, las ropas y el opio de la India) entre unos lugares y otros.
Pero si los productos europeos seguían sin tener mucho mercado en Asia, la
ventaja tecnológica no sólo se mantuvo, sino que se agrandó. La diferencia en
el desarrollo tecnológico se hizo abrumadora y no sólo afectó al coste de los
fletes, sino, sobre todo, al armamento. Los europeos, como consecuencia de
ello, ya no necesitaron de las alianzas de las que se necesitaban antes para
vencer en sus disputas; ya no eran una más de las facciones en lucha, sino que
portaban unas armas que permitían asegurarles
Un caso muy claro es el último intento español de
extenderse en el continente asiático: la expedición de Cochinchina. Fue
organizada con un pretexto relativamente frecuente, la muerte de un misionero
(dominico español, en este caso), que a los ojos colonizadores de entonces
demostraba fehacientemente la incapacidad de los gobernantes locales para
castigar a los culpables y, en general, para permitir la propagación de lo que
entonces se consideraba como la civilización superior. Al sufrimiento español y
el posterior deseo de castigo se unió el de la potencia vecina, Francia, que,
si bien le preocupaba menos la pérdida del español, tenía unos intereses
ulteriores más definidos. De esta forma se envió una expedición conjunta de
castigo, pero la carne de cañón principal fueron los soldados filipinos,
quienes fueron los que sufrieron en los combates y en
Asia quedó dividida en territorios dependientes de las
potencias coloniales. El Reino Unido pasó a controlar el subcontinente indio,
la joya de la corona, Hong Kong y Singapur y, más en el interior, lo que se
llamó los territorios de los Estrechos, en lo que luego se convertiría Malasia.
Junto con ello, llegó a ser la principal potencia en la región, no solo gracias
a esas posesiones, sino a la hegemonía marítima, producto también de la gran
cantidad de consulados, compañías y buques de guerra en los que se apoyaba su
expansión. Francia basó su presencia en Asia en
Su dominio, además, no fue sólo en el plano político o
militar, sino también en la forma de pensar. La estratificación de pueblos que
se había dado durante el período sínico ya no valía porque ahora importaba el
número de kilómetros cuadrados bajo la bandera propia, e incluso los propios
occidentales decidían qué cultivos les eran más convenientes para ellos: los
embajadores fueron sustituidos por productos en las bodegas de los barcos,
porque no había nada que negociar. Infinidad de consecuencias tuvo esta nueva forma
imperante de pensamiento: se hicieron mapas a vista de pájaro, se delimitaron
fronteras, se diseñaron banderas y se inventaron himnos. Antes no había habido
tales mapas porque en muchos casos se señalaban únicamente las distancias entre
unos lugares y otros por los días de camino. Tampoco había habido necesidad de
fronteras porque la idea principal era la cercanía o lejanía a los centros de
poder y no se pensaba que la división hubiera que hacerse por medio de una
línea de puntos tan concreta, porque un mismo pueblo podía depender al mismo
tiempo de dos gobernantes enfrentados: las casas sustentadas sobre pilares
pagando impuestos a uno y las que lo estaban directamente sobre el suelo siendo
súbditos del otro, por ejemplo.
Hubo tres excepciones a esta regla de dominio colonial
universal. La más sorprenderte es
China mantuvo su independencia, pero su territorio fue progresivamente dividido
entre las potencias extranjeras. Siendo imposible el dominio colonial de su
territorio, lo que las potencias occidentales impusieron en el llamado Imperio
Celeste fue controlar que sus gobernantes tomaran las decisiones que les
interesaban.
Otro caso muy ilustrativo es el de Japón porque, en buena medida, fue para
Occidente la excepción que confirmaba la regla de la conveniencia de la
expansión colonial. Aunque no faltaron designios para dominarlo, Occidente
clasificó pronto a Japón como el país donde no hacía falta colonizar porque los
propios japoneses habían comprendido la necesidad de aprender de ellos. Cómo y
cuando se llegó a esta conclusión merece una explicación aparte que obliga a
remontarnos unos años.
El Japón Tokugawa ya estaba notando desde comienzos del siglo XIX que el
aislamiento del que gozaba podría tener los días contados. Además de desastres
naturales y el agotamiento político propio del sistema, el número de
extranjeros en sus costas aumentaba hasta el punto que en 1825 el shôgun decretó que todo barco que se acercase sería
bombardeado con sólo ser visto. La medida no solucionó la aprensión, sino que
empeoró cuando se supo que China había sido derrotado y en 1854, cuando llegó
la primera embajada solicitando la apertura de los puertos, no fue sino la
confirmación de los temores. El gobierno shôgunal no
pudo sino acceder a las demandas y tras el asentamiento de los primeros
europeos los ataques de radicales se sucedieron, pero la protesta pronto se
tornó hacia el gobierno shogunal por su incapacidad
de mantenerles fuera del país. Peor aún, tras unas demostraciones de fuerza
occidentales surgió una idea que siempre fue minoritaria, o con una duración
breve, en otros países: para poder defender la independencia del país será
necesario aprenderles su tecnología antes de enfrentarse de forma inútil. Si
esas demostraciones fueron en el año 1864, en cuatro años escasos, los que
tardó en resolverse la pequeña guerra civil entre los que apoyaban a los
Tokugawa y los que apoyaban la renovación, pasó a ser la predominante, apoyada
precisamente por los territorios que habían sufrido directamente los ataques
occidentales: Satsuma y Chôsa.
Así, en el año 1868 el nuevo emperador fue trasladado de Kioto a Tokio, se comenzó
La élite japonesa gobernante tuvo muy claro que el
sistema anterior estaba caduco y que había que adaptarse a la nueva forma de
pensar, tanto en el plano interno como en el externo. No sólo fue
suprimida la clases samurai, por ejemplo, a pesar de que esa élite provino casi de forma exclusiva de los antiguos
guerreros, sino que el país también se esforzó por adaptarse a la nueva
situación y a los nuevos conceptos de status imperantes, desde establecer unas
fronteras, un himno, una bandera o una constitución, a organizar una
Marina que le garantizara la independencia y la primacía del emperador sobre su
propio territorio. Pronto Occidente dejó de estar interesado en colonizar
Japón, en parte porque se sabía las dificultades que supondría, pero también
porque no hacerlo sería también recompensar aquellos países de razas no blancas
que habían reconocido la superioridad de su civilización, según se entendía. El
ejemplo más claro es una cita de Rudyard Kipling, el representante por excelencia del pensamiento
colonial, quien escribió: “Nos compensaría establecer una soberanía
internacional sobre Japón: para acabar con cualquier temor de invasión y
anexión y pagar al país lo que quisiera con la condición de que simplemente se
quedara quieto y siguiera haciendo cosas hermosas mientras nuestros hombres
eruditos aprendieran. Nos merecería poner a todo el Imperio en una caja de
cristal y marcarlo Hors Concours [Fuera de Concurso], Exhibición A”[1].
Curiosa idea, pero más aún viniendo de quien venía. Imbuido de esa confianza
para hacer y deshacer países y gobiernos según sus propios intereses y sin
preocuparse excesivamente de la opinión de los propios nativos, Kipling compensaba los posibles defectos de su idea de propagar
universalmente la civilización occidental manteniendo en una caja de cristal la
tradicionalidad que a él le gustaba. Abogando por
mantener unas reliquias, el colonialismo sosegaba los hipotéticos
problemas de conciencia mientras que reafirmaba la validez general de su
actuación. Japón era, en definitiva, la excepción que confirmaba la regla.
En definitiva, en el siglo XIX se implantó un nuevo sistema
de relación entre naciones en Asia que permaneció hasta la Guerra del Pacífico,
con algunas modificaciones menores como la sustitución de España por Estados
Unidos. Esta ola de expansión occidental dejó una fuerte impronta en Asia,
impuso una forma distinta de relaciones entre pueblos y creó una serie de
estados dominados directamente por ellos. Pero esa influencia, sobre todo si se
compara con Africa, muy menos destructiva, porque se
mantuvieron muchas fronteras producto de los estados precoloniales,
y los occidentales no destruyeron el poder de las élites
gobernantes anteriores sino que más bien se colocaron por encima de ellos.
También hubo territorios importantes donde el dominio colonial se quedó en mera
influencia, ya fueran Siam o China, y Japón puede ser considerado, además, como
el país que pudo utilizar mejor en beneficio propio ese auge occidental. Era el
ejemplo de un país con éxito; deseoso de aprender de Occidente y, además,
progresando en la esfera de las naciones.
Las independencias han sido la última fase en esa evolución general de Asia. En
ello, ha jugado un papel clave una potencia de la región, Japón, por lo que
conviene volverse a remontar en el análisis de este proceso desde el momento en
que Japón deja de temer por su propia independencia, a fines del siglo XIX.
Japón consiguió en unas décadas no sólo la seguridad completa de que ninguna
potencia occidental tenía designios coloniales sobre su territorio, sino que
era tratada como igual, una vez que la consecuencia más degradante de la
expansión colonial en su territorio, los Tratados Desiguales, habían
sido totalmente suprimidos. Desde entonces, continuó en un esfuerzo que ha
mantenido siempre a lo largo de su Historia: subir su rango dentro del
concierto de naciones, de nuevo sin cuestionar
Para ello, siguiendo la lógica imperante entonces, se lanzó a la conquista
colonial. Empezó buscando un dominio sobre Corea y después de
Ello le llevó a centrarse en una característica propia de su imperialismo: su
identidad asiática y su antioccidentalismo. Al igual
que Alemania hablaba del “colonialismo científico” o que Francia se refería
insistentemente a la “misión civilizadora”, Japón se centró en propagar la
necesidad de liberar a la región del yugo occidental. Este “nicho de mercado”
le hizo centrarse en la región asiático y, mientras usaba unos métodos modernos
y otros tradicionales en su relación con China y con Corea, radicalizó su
discurso antioccidental según iba engrandeciendo su
poder en Asia, ya fuera por medio de la Guerra con Rusia de 1904-05, como en la
invasión de Manchuria en 1931. Con
La consecuencia de ello fue Pearl Harbor y, tras los primeros
éxitos iniciales, la extensión de sus ejércitos sobre todos los territorios que
antiguamente habían estado sometidos de alguna manera al Emperador Chino, desde
Corea hasta Siam y Birmania e incluso la mayoría de
A pesar de ello, los pueblos
asiáticos volvieron a reelaborar las intenciones de los dominadores porque, de
tanto escucharlo, pasaron a sentir que ellos merecían esa independencia. Desde
la llegada de los japoneses el blanco perdió no sólo el aura de la invencibilidad, sino también la consideración de superior,
de tal forma que cuando acabó la guerra ya no pudieron volver a la pax colonial anterior: el “Asia para los
Asiáticos” declarado por los japoneses se transformó en una queja contra el
colonialismo que levantó a los asiáticos contra el regreso de los países
coloniales. Siquiera hubieran sido derrotados e incluso odiados más que sus
predecesores, esas expectativas creadas por los ejércitos japoneses fueron
imposibles de olvidar. Los levantamientos nacionales se prodigaron e Indonesia,
tras una guerra contra los holandeses consiguió el reconocimiento de su
soberanía en 1949. India y Pakistán lo consiguieron en 1948, mientras que
Filipinas la recibió en 1946. Otros países que no la obtuvieron en los primeros
años siguieron luchando hasta conseguirla finalmente, como fue el caso de los
vietnamitas, que en 1954 consiguieron infringir una fuerte derrota al ejército francés
en Dien-biem-phu en 1954, provocando la entrada de Estados Unidos en el
país, o Malasia, donde las guerrillas comunistas fueron derrotadas solamente
después de una política de reasentamiento masivo de la población rural en las
áreas donde era especialmente fuerte. Otras guerrillas comunistas también
fueron derrotadas, como en Thailandia o Filipinas, pero no faltaron las que
salieron victoriosas de los enfrentamientos y pasaron a dominar sus respectivos
territorios, como fue en Corea del Norte, donde su avance hacia el sur sólo fue
frenado por la intervención directa de los Estados Unidos bajo el manto de las
Naciones Unidas, o en China, en donde Mao Ze-dong triunfó en 1949.
Así, Asia puede decirse que ha
vuelto en buena medida a la situación precolonial, en
la que los países asiáticos son dueños de su propio destino. Tras haber
desatado los japoneses unas fuerzas que luego siguieron andando por su propio
pie, los asiáticos siguen demostrando que lo extranjero se superpuso en Asia de
forma temporal, pero que nunca llegó a predominar sobre lo asiático, excepto en
algunos casos. Actualmente, los problemas que vive Asia se parecen más a los
tradicionales vividos bajo el sistema sínico que a los vividos durante esa pax colonial, porque vemos que muchas tensiones
actuales son continuidades de las que se puede encontrar multitud de caso a lo
largo de
No han sido un proceso fácil, pero
si lo comparamos con otros territorios la característica principal es haber
sido consecuencia de procesos propios y no de concesiones hechas por las
potencias coloniales: las sociedades asiáticas han acabado percibiendo la
expansión europea como un paréntesis dentro de su propia evolución, más que
como un antes y un después.
[1] From Sea to
Sea, vol. I,
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