El Emperador que cayó del cielo
Dos mil eunucos vivían pendientes del más pequeño de
sus caprichos. Pero el destino tenía preparadas unas cuantas sorpresas para el
último emperador de China. Entre ellas, que acabaría siendo un comunista
convencido.
Madrid,
GyJ, verano 2000, pp. 114-121.
Las difíciles relaciones
sentimentales
Aisin Gioro Pu-yi estaba
destinado a dominar el mundo. Los 5.000 años de historia de China decían que el
emperador que ocupara su trono sería el principal personaje en la tierra, como
intermediario entre los dioses y el pueblo más avanzado y poderoso del
planeta. Ciertamente, su economía suponía aproximadamente un tercio del total
mundial a principios del siglo XIX y además, a lo largo de los siglos, los
demás habían seguido su camino y les habían imitado tanto en la escritura como
en formas de gobierno o en pensamiento filosófico, lo que les había llevado a
los chinos a ponerse un nombre al país que mantienen hasta la actualidad:
“Imperio central”. Coreanos, japoneses o vietnamitas, por ejemplo, les copiaban
en su escritura, leían a sus pensadores mientras que otros, como los reinos
budistas del sudeste de Asia, aunque no habían adquirido su cultura, si
reconocían la hegemonía del emperador chino enviando periódicas embajadas. Sólo
eran los occidentales los que no reconocían esa superioridad de la
civilización chino o ese papel central de su emperador chino como hijo
del cielo, por lo que no merecían otro apelativo que “bárbaros” o, cuando
creaban problemas, “diablos rojos”.
Los últimos tiempos habían demostrado que ese poderío en el mundo estaba siendo
desafiado por los demás. Desde la derrota en
Pu-yi tenía un futuro difícil, pero las circunstancias de su proclamación lo
dificultaron aún más, ya que llegó al trono de forma irregular. Primero, su
antecesor, el joven emperador Guang Hsu [Guangxu] murió de una forma sospechosa
tras estar diez años arrestado en palacio. Segundo, había otros parientes más
cercanos del emperador anterior. Tercero, las intrigas palaciegas de la “reina
viuda” Tze Hsi fueron la razón de su nombramiento porque, habiendo detentado
durante muchos años el poder en la sombra, la única forma de esta “emperatriz
madre” de mantener el poder tras la muerte de su hijo, era adoptando a un
sobrino que resultó ser el pequeño Dzai Tien, a quien elevaron al trono en
noviembre de 1908 con el nombre de emperador Hsuang Tung. Lo peor, no obstante,
era que Pu-yi sólo tenía poco más de dos años y medio cuando le nombraron
emperador, en una ceremonia donde sus lloros pudieron mucho más que el
protocolo imperial.
Aun cuando hubiera querido
simplemente detener el declive del trono, su tarea había de ser titánica, pero
la situación no tardó en empeorar más aún. Cuando Pu-yi empezaba simplemente a
balbucear sus primeras palabras, en octubre de 1911, la rebelión contra su
dinastía Ching se expandió por toda China de forma imparable, con una fuerza
cada vez mayor de
La situación del pequeño Pu-yi
desde entonces fue contradictoria: siguió manteniendo la pompa imperial, pero
dentro de una república. Su vida en
Por eso, la obsesión de su vida fue recuperar ese trono y ese esplendor de los
tiempos antiguos. Restauración fue la palabra clave que centró sus ambiciones y
sus sentimientos personales desde antes incluso de que llegara a la mayoría de
edad. Convencido de la necesidad de su vuelta, las excusas de Pu-yi para
justificar su vuelta fueron muy variadas: para acabar con la anarquía, para
llevar a su país por la vía de la modernización utilizando las energías de los
extranjeros, etc. Pu-yi probó a apoyar generales monárquicos, a
financiar cuentistas que le prometían planes inverosímiles, e incluso vendió
las joyas que la casa imperial atesoraba desde siglos para conseguir un retorno
a unos tiempos gloriosos de los que él sólo había oído referencias. La ambición
ilusa de Pu-yi sólo le permitía escuchar a quienes le decían que debía
tomar el poder y recordar los numerosos ejemplos históricos de retornos al
poder sin que nada hubiera cambiado, a pesar de que en China, para esos años,
la gran mayoría de la clase educada rechazaba de plano el sistema imperial y se
negaba a aceptar siquiera una monarquía constitucional.
Pero Pu-yi fracasó siempre. Nunca le faltaron motivos para mantener
Al alcanzar la mayoría de edad,
Pu-yi no consiguió ganar una imagen de estadista ni siquiera de gobernante con
capacidad de mando, porque ni su decisión de expulsar a los eunucos en 1923 ni
sus medidas para evitar la corrupción y el robo de los almacenes imperiales
consiguieron efecto alguno ni detener la desaparición progresiva de una gran
cantidad de tesoros que se vendían después en las cercanías. Si Pu-yi era
incapaz de gobernar
Su idea, no obstante, era
marcharse a estudiar al extranjero. La fascinación por lo extranjero le comenzó
a Pu-yi desde 1919, cuando a raíz del fracaso de la restauración el nuevo
presidente ordenó que se le diera una educación avanzada bajo tutores
occidentales. De esta forma conoció al escocés Reginald Johnston, un
catedrático de literatura en Oxford con un chino excelente que fue contratado
por medio de la Embajada inglesa. Su influencia fue grande porque a través de
él, Pu-yi quedó fascinado por la cultura occidental al ver, por ejemplo,
fotografías de aviones, de cañones, de caramelos, al aprender sobre el ritual
del té o al leer la revista de modas “Esquire” dejaron una huella visible. Asimilando
el sentimiento de superioridad occidental que le transmitía su maestro Johnston
durante las clases en el “palacio del crecimiento espiritual”, Pu-yi no sólo se
cortó la coleta manchú a raíz de una burla de Johnston al denominarla “coletita
de cerdo”, sino que pasó a occidentalizar su nombre a Henry (Hen Li) e incluso
provocó quejas de sus ministros de perder la “dignidad imperial” por utilizar
un bastón de paseo, gafas Zeiss o perfumes Max factor. Johnston
fue mucho más que un profesor, también le informó sobre la situación de la
lucha entre potencias, sobre los posibles apoyos que le prestaría Inglaterra e
incluso le aconsejó sobre los planes de huida al Barrio de las Legaciones.
Pero más que occidentalizado, Pu-yi estaba avergonzado de sus propios
compatriotas. Teniendo la vida de un dandy como su ideal de existencia, él se
consideraba más inteligente que el resto de sus súbditos chinos, de los que
pensó que eran incapaces para tanto para el gobierno como para la civilización,
hasta el punto de que se asombró en una ocasión que el conductor de una
locomotora fuera un chino. Un chicle de menta o una simple tableta de aspirina
le llevaban a pensar que todo lo extranjero era bueno y que lo chino era
malo y la única excepción que llegó a ver fue, precisamente, el sistema
imperial que él debía restaurar.
Los japoneses tuvieron un papel curioso como objeto de admiración porque,
aunque eran asiáticos, eran también un ejemplo claro de país desarrollado
que incluso les había vencido militarmente años atrás. Además, al contrario que
con los occidentales, las posibilidades de cooperar en pos de esa ansiada
restauración fueron mayores ya que, teniendo ellos su propio sistema
imperial, era fácil que pensaran, como le decían al propio Pu-yi, que las
raíces de todo desorden radicaban en que China carecía de emperador. Tras haber
iniciado una buena relación a partir de la conmoción que supuso el terremoto de
Tokio de 1923, los japoneses prestaron su embajada a Pu-yi para que se
instalara durante su escapada al barrio de las Legaciones desde el palacio de
verano, en 1924, y durante su estancia en Tianjin siguieron manteniendo unas
relaciones muy cordiales, mientras que aumentaban su presencia en el norte de
China. Para el emperador depuesto era una nueva esperanza para su ansiada
restauración, no sólo por el halago por el entusiasmo con el que le acogían,
tanto con demostraciones escolares como llamándole “emperador”, sino porque su
presencia en el norte de China era cada vez mayor y sobrepasaba con mucho a la
de los países occidentales. Fueron los únicos compañeros de viaje fiables
y poderosos, aunque ellos también exigieron un pago.
La principal decisión tomada por Pu-yi fue incitada, precisamente, por los
japoneses. A partir de 1931 invadieron Manchuria, la región al norte de China
donde el sistema imperial conservaba más importancia y sus éxitos frente a las
tropas chinas fueron continuos. Por ello, cuando los militares japoneses le
propusieron escaparse secretamente a la zona dominada por ellos, le bastó una
simple promesa a Pu-yi para lanzarse a la aventura y desatender los consejos en
contra de su entorno. Era una apuesta arriesgada, porque ya no era sólo
enfrentarse a sus compatriotas chinos que luchaban contra los japoneses, sino a
las potencias occidentales que estaban en contra de los métodos japoneses de
penetración en China y, además, a sólo dos meses del ataque japonés, por lo que
era aún pronto para saber el resultado. A pesar de ello, Pu-yi apostó por
Japón y viajó a Mukden, la capital de la Manchuria ocupada por Japón.
La apuesta le salió bien por un
tiempo. A pesar de que el ejército japonés se resistió en un principio, Pu-yi
consiguió de nuevo su sueño dorado y, por fin, en el año 1933, el gobierno
japonés le reconoció como Emperador del Manchukuo, el estado marioneta al
servicio de Japón. A tenor de los resultados, Pu-yi consiguió lo que buscaba:
su rostro apareció en oficinas y edificios de la administración, mientras que
el partido gobernante, la Liga de la Concordia, obligaba a comprar su retrato a
los particulares. Además, escolares y soldados se inclinaban ante su foto
diariamente y leían solemnemente sus rescriptos imperiales, que después habían
de aprenderse de memoria. Si era eso lo que quería, por un tiempo pudo sentirse
satisfecho. Era la tercera vez y parecía que era iba la vencida:
Pero su
triunfo fue efímero. No sólo porque bien pronto pudo comprobar que los
japoneses eran los que mandaban y que él tenía poco poder, incluso de puertas
adentro del palacio, sino porque pronto le bajaron de categoría para señalar
claramente su puesto inferior frente al emperador japonés. Como él mismo
afirma, se dio cuenta de que no era más que un “rey de
Prisionero
de las tropas soviéticas a partir de 1945, Pu-yi empezó desde entonces lo que
denomina su segunda vida. Para esos momentos lo que le pasó a preocupar ya no
era restaurar sino mantener. Su propio pellejo, en concreto, porque como
colaborador entusiasta de los japoneses podía ser objeto de muchas acusaciones.
Así, participó en el Tribunal Internacional del Extremo Oriente para acusar a
varios japoneses y para negar evidencias de cartas a favor de Japón escritas en
tiempos de la guerra, que entonces resultaban comprometedoras. Aún así, tuvo
suerte, porque durante los cinco años que vivió recluido en Siberia recibió de
los soviéticos un excelente tratamiento, porque estuvo recluido en un sanatorio
donde incluso tuvieron servicio.
En 1950 regresó a China, de nuevo
con la certeza meridiana de que sería colocado frente a un pelotón de
ejecución. Se equivocó, pero sobre todo porque le ocurrió lo más inesperado:
convertirse de corazón al espíritu de los anteriores enemigos. Pu-yi fue uno de
los muchos prisioneros que recibió las tácticas de reeducación en las que todo
el comportamiento y reflexión formaba parte de discusiones entre grupos de
trabajo que debían autoinculparse. Y su conversión una de las más famosas. No le
fusilaron, ciertamente, pero los efectos de los casi diez años que estuvo
recluido allí (1950-59) tuvieron un efecto letárgico hasta su muerte, porque no
sólo se autoinculpó de muchos crímenes y faltas de colaboración con los
japoneses, tanto antes como después de su escapada a la Manchuria ocupada, sino
que fue más allá. También aprendió en estos años a ser un hombre normal: por
primera vez se ató los zapatos él mismo, acabó haciendo su turno de limpieza
dentro de la celda de varios, e incluso se esforzó por lavarse la ropa con la
misma velocidad que los demás, para evitar ser objeto de burla entre el grupo.
Así, con los años, Pu-yi recibió un indulto y pudo incorporarse a la
sociedad, trabajando como jardinero en el jardín Botánico de
El precepto escocés de Pu-yi,
Johnston, da cuenta de una anécdota poco después del fracaso de
Tuvo nueve madres, entre la natural, la viuda de su tío el emperador, y las
varias concubinas que recibían el nombre de esposas imperiales o “esclarecidas
madres” (aunque, por su edad, habría sido más clarificador denominarlas
“ancianas madres”) pero el propio Pu-yi reconoce que “a pesar de ser rico en
madres, nunca conocí el amor maternal”, porque apenas se preocupaban de otra
cosa que de enviarle la comida y de saber que ya había acabado, además de
rápidas visitas rodeadas de toda suerte de eunucos. Su madre natural se suicidó
a los dieciséis años a causa de un problema dentro de la corte con una de las
esposas imperiales, Duen Kang, la concubina de jade del anterior emperador y lo
único parecido al amor maternal que recibió Pu-yi fue el que le dio hasta los
nueve años su nodriza, Wang Momo, que fue despedida en cuanto cumplió los nueve
años por orden de las otras madres suplentes de más alta categoría.
En el matrimonio, la categoría siguió dominando sobre los sentimientos y poco
fue el tiempo que dedicó a sus mujeres, ni al elegirlas ni viviendo con ellas.
Su primera boda fue a los quince años, con una muchacha de doce a la que
escogió por medio de una fotografía aunque después de haber sido presionado. Se
llamaba Wang Run y con los años pasó a llamarse también Yi Li So Bai
(Elisabeth). Su vida en común se militó a los actos oficiales y las compras y
los regalos fueron una parte esencial de la relación mutua que cada vez era menos
llevadera por culpa del consumo creciente de opio, hasta el punto de
calificarla de “repugnante” y de “opiámana incurable”. Su segunda mujer, Wen
Hsiu, le abandonó en 1931, cuando estaba viviendo en Tianjin, pero lo que le
provocó este abandono, más que nada, fue darse cuenta de la anormalidad
de su vida matrimonial porque, enfrascado en las normas de etiqueta de la corte
por las que se había casado (“para mí las relaciones entre hombre y mujer eran
relaciones entre soberano y súbdita”), sus ansias de conseguir la restauración
le evitaron que se preocupara en encontrar otro tipo de relación. La familia de
Wen Hsiu, por otra parte, también parece que compartió esta ausencia de
sentimientos de la que habla Pu-yi, porque tras esa separación se pudo
vislumbrar el deseo de recibir una buena compensación de la familia imperial.
Los japoneses se preocuparon de encontrarle sustituta, primero en 1937, con una
nueva mujer manchú, Tan Yu-ling, quien tampoco le cambió su forma de
relacionarse con las mujeres porque, a pesar de haber conseguido el rango de
concubina imperial Pu-yi escribió sobre ella: “fue más un nombre que una
esposa”. La segunda sustituta, también una niña, se la encontraron al poco de
morir Tan Yu-ling, en 1942, y su nombre ni siquiera aparece en las memorias
sino como “concubina de la dicha” porque, tras el final de la guerra, a los
tres años, fue devuelta con su familia.
La relación más feliz careció de
la fogosidad de la juventud pero se aprovechó de las ganas de vivir tras
haberse convertido en una nueva persona después de la salida de la carcel: Li
Chu-hsien, con quien vivió los últimos años de su vida. Era enfermera y
procedía de Hangchou pero, sobre todo, recibió muchos menos regalos que las
anteriores: ni había ya concubinas disponibles ni abrigos de pieles para
compensar a su esposa en los momentos de infidelidad, como habia hecho con las
anteriores.
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