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Estrada, el presidente encausado en Manila

Fragilidad de una democracia

, Vol. XV, num. 79, pp. 44-55.

Florentino Rodao

 

p.44

         Durante muchos años, Filipinas fue un país líder en su región. En 1898, los filipinos fueron los primeros asiáticos en proclamarse independientes, poco después de la derrota de los españoles. Su colonización fue envidiada por sus vecinos, tanto por la capacidad de decisión sobre algunos aspectos de su propio país como por gozar de una libertades - elecciones incluidas - que otros pueblos colonizados ansiaban. La existencia de una educada clase media y sus ansias independentistas obligaron a  los Estados Unidos a fijar en 1935 un período previo a la independencia, la Mancomunidad, y después, a cumplir con las promesas de concederla en su totalidad, en 1946, aunque el país salía de la ocupación japonesa.

             Filipinas fue hasta la década de los 1970 la nación independiente más rica de Asia, después de Japón. Estados Unidos, mientras tanto, se ufanaba por esa fidelidad hacia los “valores occidentales”, por la debilidad de las guerrillas procomunista, y por unas elecciones periódicas que mostraban la existencia de democracia. Los filipinos eran  conscientes de ello y no sólo se preciaban de ser el único país cristiano en Asia, sino también de ser un puente entre Oriente y Occidente, una idea poco original que se basaba en esa aparente superioridad política y económica respecto a sus vecinos.

         Filipinas, sin embargo, no era tan ejemplar como se presentaba. Su prosperidad estaba basada en una venta asegurada a Estados Unidos  de azúcar y de otros productos con precios poco competitivos, que acabó cuando esos privilegios desaparecieron. La capital, Manila, era casi la única ciudad con clase media, mientras que los ingresos por las exportaciones estaban concentrados en una pequeña elite, que prefería derrocharlos antes que invertir en empresas y producir, acostumbrados a que los beneficios empresariales vinieran más de las ayudas gubernamentales que de la propia gestión. [p.45]

             La democracia, además, funcionaba sólo de forma aparente. Los gobernadores provinciales tenían un poder casi soberano, con ejércitos propios con los que las autoridades de Manila difícilmente se entrometían. Las campañas electorales rebosaban de noticias de muertes por enfrentamiento entre los seguidores de los candidatos, quienes sabían que debían ser agresivos para captar electores,  con  discursos lo más populistas posible e incluso con la compra directa del voto o la extorsión violenta.

             Como el Estado era incapaz de cumplir con las funciones de un país democrático, desde la justicia independiente hasta la ayuda para los momentos difíciles, otras instituciones como las familias poderosas,  las relaciones personales o las diferentes iglesias lo hacían. Ganar las elecciones significaba el carpetazo a todas las anteriores violaciones a la ley  en pos de esa victoria, a no ser que alguien más poderoso quisiera apoyar al rival. La democracia era frágil como su clase media.

Las victorias de Ferdinand Marcos en las elecciones presidenciales de 1965 y 1969 fueron un ejemplo de cómo las extorsiones eran válidas para alcanzar el triunfo. Habría ganado fácilmente una nueva convocatoria de no ser por el impedimento constitucional de presentarse a más de dos elecciones consecutivas, pero para solventarlo declaró una ley marcial “para salvar al país de la insurgencia comunista y de los codiciosos oligarcas” que luego, por medio de una nueva Constitución, le permitió seguir presentándose a nuevas elecciones, como las de 1981, en la que fue elegido por tercera vez.

           Marcos se mantuvo en el poder apañando las leyes a sus propios intereses, pero nadie se sorprendió de la jugada y muy pocos de sus principales aliados le dejaron de apoyar por la violación a sus principios democráticos, incluido Washington, que le dio el beneplácito sabiendo bien que esas críticas al necesitar un país estable y un aliado seguro.   En los peores momentos de la guerra  Vietnam y con la amenaza de la “teoría del dominó” en la región, EEUU prefirió desdeñar la importancia de los tintes  dictatoriales del régimen de Marcos y por comprobar por comprobar que en ese país había paz, aunque fuera a golpe de represión y de unos caciques provinciales cuyos poderes sobrepasaban con mucho los límites democráticos. Marcos se mantuvo durante trece años más, hasta 1986, cuando  encubrimiento de la muerte de un opositor, Benigno Ninoy Aquino, supuso que la oposición ganara unas  elecciones a la Asamblea Nacional en 1984, precisamente frente a Corazón Cory Aquino,  viuda del opositor asesinado.

La historia posterior ha sido más democrática: Cory Aquino traspasó el poder de forma pacífica, y su sucesor, Fidel A. Ramos, aunque en su momento tentó la posibilidad de cambiar la Constitución, también hizo lo propio con  Joseph Estrada. Aunque Aquino vivió seis golpes de Estado, los militares han acabado aceptando el poder civil, y los ejércitos  privados de antaño se han ido reduciendo, a consecuencia de muertes y otros episodios de violencia que han obligado al gobierno a reaccionar ante la opinión pública.

El progreso ha sido claro, pero la fragilidad de la democracia de  posguerra sigue presente. No sólo siguen existiendo los ejércitos privados en el campo, sino que las elecciones son todavía considerados por muchos  como [p.46] el momento en que los votantes esperan un regalo o un dinero para saber a quien deben votar: entre cien pesos en el campo y doscientos en las ciudades para las elecciones presidenciales, en las que se ofrecen las mayores cantidades. Los partidos políticos continúan siendo un mero apéndice de lealtades personales y las últimas elecciones fueron un  nuevo ejemplo de saltos de candidatos de unos partidos a otros, con tal de obtener las mejores posiciones, junto con las consiguientes adhesiones al partido del ganador tras saberse el resultado.

Estrada es un ejemplo de este legado. Tras abandonar sus estudios y trabajar como actor en numerosas películas de acción en las que  le solía tocar defender a los pobres contra los poderosos, Joseph Ejército Estrada, Erap (colega, en tagalo) para todos, comenzó su carrera política en 1967, sin un partido político ni ideas perfiladas, compitiendo por la alcaldía de San Juan, una municipalidad del área de la capital, Manila. Sin conseguirlo, a falta de 44 votos, dos años de juicios y numerosas presiones hicieron que la alcaldía le fuera adjudicada en 1969,  mismo año que Marcos era reelegido. En 1987 se convirtió en  senador y en 1992 en vicepresidente, con muchos más votos que el propio Presidente Fidel Ramos, ya que en Filipinas – único caso en el mundo - se votan ambos candidatos de forma separada.

             El salto hacia Malacañang (el palacio de los gobernadores españoles hoy  residencia del presidente) no fue difícil. Un antiguo ministro del gabinete de Ramos ha afirmado recientemente no acordarse de  ninguna reunión a la que Estrada asistiera desde el principio hasta el final. Tras permanecer entre quince minutos y media hora, sin comentar nunca nada, Estrada solía pedir permiso al presidente para ausentarse.

             Erap tampoco necesitó esforzarse. Aparecer ocasionalmente junto a criminales detenidos, realizar algunas labores de relaciones públicas (tomar a broma los chistes sobre su inglés, por ejemplo, con un libro sobre sus errores) y pronunciar unos discursos de corte populista, fue suficiente. Su fuerza estaba en su imagen de político antiestablishment, su desdén por la formalidad, y en ser un duro luchador contra el crimen. Por ello, Estrada salió elegido en 1998 por más de diez millones de votos y un porcentaje superior al cuarenta por cien, con gran diferencia sobre los demás.

         El país que heredó estaba en un momento difícil. La declinante situación económica  junto con una tasa de natalidad muy alta durante décadas han deteriorado el nivel de vida de sus aproximadamente 75 millones de habitantes.  Ya no están por encima del resto de los países sino que la renta per capita se sitúa en la media de la región del Asia-Pacífico, unos mil dólares, según cifras del Banco Mundial. Pero otros indicadores muestran una situación aún peor. La expectativa media de vida  (68) años es semejante a la de Vietnam, y en cuanto a la mortalidad de niños menores de cinco años, Vietnam presenta una mejor tasa que  Filipinas (cuarenta por mil en Vietnam frente a 41 en el segundo, cifra sólo superada por Laos, Camboya y Myanmar), cuando en 1960 Filipinas era el país con la tasa más baja de la región, con 102 por mil, después de Japón (Vietnam, 232).

              Al tomar posesión Estrada, Filipinas vivía los peores momentos de la crisis financiera más grave que haya [p.47] sufrido el sudeste asiático, causante de una devaluación del peso filipino cercana al cuarenta por cien,  una inflación que  había llegado a  dos dígitos, y de una caída de la renta per capita de un dos por cien. Pesaban también la gran deuda externa, que en 1997 era de  45.433 millones de dólares y la escasa tasa de cobertura de las exportaciones, un 88 por cien.

La administración Ramos había realizado un gran esfuerzo de modernización del país. Este militar no sólo acabó con los intentos de golpe de Estado, sino que pensó en el futuro al esforzarse por solucionar algunas carencias de la democracia filipina. Redujo el poder de los monopolios (por ejemplo, en las comunicaciones telefónicas); suprimió las subvenciones estatales como forma de conseguir beneficios y aumentó la competencia. A través del programa Filipinas 2000, Ramos fortaleció las instituciones democráticas, consciente de que su debilidad es una de las grandes carencias del país. Entretanto, la crisis financiera de 1997 había disminuido las diferencias con el resto de la región, puesto que Filipinas fue uno de los países que mejor la sobrellevó. 

Así, el primer año de Presidencia de Erap fue tranquilo, en parte por la reforma heredada, por unas decisiones económicas adecuadas y  unas condiciones climatológicas favorables, Filipinas superó pronto la crisis: recuperó las exportaciones, aumentó su producción agrícola en un seis por cien y bajó de los dos dígitos tanto la inflación como los tipos de interés. El índice de popularidad también le fue favorable y se mantuvo por encima del sesenta por cien; mientras  hacía cumplir la primera condena a muerte en veintitrés años en el país para un violador, dando de esta forma expresión a su campaña electoral basada en perseguir el crimen.

En política exterior, Estrada también afrontó decisiones difíciles. En diciembre de 1998, China aprovechó dos estructuras prefabricadas en el arrecife Mischief, a escasos kilómetros de la costa de Palawan, para levantar un edificio que parecía dedicarse a actividades militares. Las protestas de Manila fueron ignoradas y las patrullas filipinas se decidieron a controlar el paso y estancia de buques, hasta el punto de haber causado el hundimiento de un pesquero chino en una colisión. Malasia también ignoró las protestas de Manila y construyó también un edificio en  otro arrecife.

Estos incidentes reafirmaron la imagen de país ninguneado e hicieron cambiar la opinión de un Estrada que, a pesar de su nacionalismo en 1991 contra las bases norteamericanas, acabó firmando un acuerdo con Washington en 1999 que ha permitido no sólo realizar los ejercicios militares conjuntos previstos en el antiguo pacto de seguridad mutuo, algo imposible desde 1996, sino dotarse de una mayor seguridad en las  relaciones con sus vecinos.

Respecto a los movimientos de protesta internos, Estrada ha mostrado menos sutileza y uno de los problemas más acuciantes son las relaciones con los musulmanes bangsamoro de Mindanao. La violencia en esta isla, la más septentrional del archipiélago, ha sido endémica desde la llegada de los españoles, sin ser posible que ningún gobernador la sometiera militarmente, a pesar de las campañas que esquilmaban buena parte de los presupuestos. [p.48]

En el último siglo, la emigración de filipinos cristianos desde el norte les ha convertido en minoría, a excepción de cinco provincias, mientras que  la administración les ha tenido marginados, como muestra el índice de estudiantes que ni siquiera han acabado un año de escolarización, el 27,8 por cien, frente al 3,7 por cien nacional.

En 1996, Fidel Ramos llegó a un acuerdo con Nur Misuari, líder del grupo guerrillero Frente Moro de Liberación Nacional (FNLN), que durante años luchó contra Marcos ofreciendo autonomía parcial a esas cinco provincias mayoritariamente musulmanas. El plan no prosperó y se propusieron tanto las elecciones previstas para septiembre de 2000 como la aprobación de nuevas leyes ampliando la autonomía. La  incapacidad de Misuari para liderar su región es una de las razones del fracaso, ya que en los últimos años nuevos líderes, sobre todo predicadores y religiosos, han desplazado a los tradicionales, como los sultanes, los datus o los políticos tradicionales.

Al marginar a grupos cruciales como el Frente Islámico de Liberación Nacional (FILN), que quiere una república islámica en esas provincias, el proceso se ha radicalizado, en beneficio de grupos cada vez más extremistas, tanto de cristianos decididos a apoyar nuevas campañas militares como del sanguinario Abu Sayyaf (“El que lleva la espada”), que ha conseguido una importante base social en las pequeñas islas de Sulu y Basilan.

Estrada parece no comprender las dificultades inherentes a la región. Aunque en un principio aceptara las  demandas del FILN de reconocer sus trece campos militares, a lo largo del pasado año ha sido cada vez más duro y ha rechazado las llamadas al cese de las hostilidades a raíz de la aceptación de éstos de una propuesta del gobierno de “autonomía significativa” sujeta a negociaciones adicionales. Las armas han sustituido a la discusión, empujadas por los secuestros masivos de Abu Sayyaf, sobre todo extranjeros, y de unos índices de popularidad presidencial decrecientes.

Estrada, aplicando la vieja fórmula de la represión y de considerar a todos por igual, ha     atacado tanto los campos del FILN, incluida su base principal de Abu Bakar, el pasado  julio, como las posiciones de Abu Sayyaf en Sulu, una vez que liberaron a la mayoría de los secuestrados. Esta dureza le ha dado más popularidad, pero las perspectivas de paz duradera han disminuido, en parte porque las ofensivas, han tenido unos resultados militares poco importantes y porque la posibilidad de negociar es cada vez más remota.              Para este año es previsible que el conflicto en Mindanao se recrudezca, y que también el resto del archipiélago filipino vea una extensión de la actividad guerrillera, tal como muestran las crecientes importancia del grupa comunista del New People’s Army (NPA) que vuelve a implantarse en regiones donde estaba inactivo desde hace  muchos años.

El otoño pasado, las acusaciones contra Estrada aumentaron cualitativamente. A estas acusaciones de dureza sobre cómo tratar un problema de difícil solución, siempre opinables, se han sumado otras más fáciles de probar, como es la corrupción a gran escala. Descontento por haberle marginado en futuros negocios frente a [p.49 (foto de Estrada)] un rival político, un antiguo asociado suyo y gobernador de la provincia de Ilocos Sur, Luis Chavit Singson, le ha acusado ante el Senado de haber recibido un total de cuatrocientos  millones de pesos (unos 1.600 millones de pesetas) por comisiones en juego (jueteng), y haber malversado 130 millones de pesos de los impuestos provinciales del tabaco.

El  jueteng (una especie de lotería primitiva de dos números), era ilegal y [p.50] desde hace años ha estado financiando buena parte de las campañas políticas. Singson era quien lo controlaba desde la década de los setenta. El dinero recibido de los impuestos del tabaco, además, aunque menor en cantidad, tiene un significado más importante, porque procede de los contribuyentes y, según la constitución filipina, quedarse con mas de cincuenta  millones de  pesos de las arcas del Estado es saqueo. Las acusaciones de Singson, ante el Senado, han sido imposibles de desdeñar, ya que llovía sobre mojado y se sumaron a las anteriores críticas que apuntaban a una necesidad imperiosa de dinero de Estrada, ejemplo de lo cual fue una orden ejecutiva que requería la norma presidencial para cualquier contrato superior a un millón de dólares.

Ya había sido acusado de intervenir en el mercado de valores en beneficio de un amigo, así como de evadir impuestos por no declarar compañías y casas a Hacienda, lo que significaría perjurio.  Sus amistades no han ayudado a disipar esa imagen. Uno de sus más allegados es Eduardo Danding Cojuanco, uno de los magnates que más se benefició de la dictadura de Marcos, con quien  se exilió a Hawai. Otro es Lucio Tan, el dueño de San Miguel Corporation y de  Philippine Airlines (PAL), empresa que ha recibido un masivo apoyo gubernamental. Otro, como Dante Tan, un operador de casinos acusado de uso indebido de información privilegiada o Lucio Co, propietario de una cadena de tiendas libres de impuestos, acusado de contrabando, son objeto de  citaciones judiciales. 

Los intentos para conseguir que la familia Marcos devolviera parte de su fortuna al Estado filipino, mientras tanto, han sido abandonados y es posible que su hijo y su viuda, Imelda, ambos diputados elegidos, hayan realizado algún acuerdo privado con él para evitar ir a la cárcel por los cargos de corrupción, que llevaron a la viuda a retirarse de la carrera presidencial.  No faltó un intento de Estrada por cambiar la Constitución en algunos aspectos, incluyendo la posibilidad de reelección presidencial, ni acusaciones de que su programa antipobreza está estancado.

         La dinámica generada en este tiempo ha dado un nuevo ímpetu a las críticas contra su estilo de gobierno. Su falta de política es notoria y los ministros han estado discutiendo ante la prensa sin que el presidente haya impuesto una norma clara. Pánfilo Lacson, el principal encargado de luchar contra el crimen se ha enfrentado con el jefe de la Fuerza Nacional de Policía, Roberto Lastimoso, y lo mismo ocurrió entre el secretario de Interior y Asuntos Locales, Ronaldo Puno, con su segundo, Narciso Santiago, marido de la antigua candidata a presidente y senadora, Miriam Defensor-Santiago, hasta que el primero  dimitió.

              Más que la inexistencia de una dirección coherente en el gobierno, la acusación más grave contra Estrada es su falta de dedicación a las tareas propias de su cargo. Sus antiguos aliados pasados al bando opositor han confirmado que las extrañas inasistencias a actos públicos, incluso los programados con tiempo, no eran una casualidad, ya que lo mismo hace con las reuniones del gabinete, e incluso con los periódicos, revistas y los informes propios de su cargo, que apenas lee. Su sistema de decisiones resulta caótico, con más de cien nombramientos oficiales que no han pasado [p.51] por el consejo de ministros y una  miríada de órdenes caprichosas que han sido dictadas en una mesa donde se apiñan papeles oficiales junto con sus platos favoritos.

         Sus pasatiempos parecen irreconciliables con sus responsabilidades. Además de las atenciones a su mujer, sus tres queridas y sus once hijos, Estrada ha llevado también a Malacañang su pasión por jugar, apostar, beber  acompañado de amigos. Su jefe de gabinete, Aprodicio Laquian llegó a afirmar que, durante esas timbas, era el único que quedaba sobrio a las cuatro de la mañana, para tomar nota de las decisiones tomadas para trasmitírselas a los ministros a la mañana siguiente. Es una forma de gobierno atípica, que ha provocado no sólo suspensiones de actos o llamadas a sus ministros, a horas intempestivas, para darles órdenes, sino situaciones que, sino no fuera por su trascendencia, serían calificadas de tragicómicas.

         Las previsiones no fallaron. Sus muchos enemigos políticos han aprovechado las declaraciones de Singson,  comprobadas en buena parte, para forzar su sustitución por la vía legal acusándolo de soborno, corrupción, traición y violación de la Constitución. Las progresivas deserciones de sus antiguos amigos, además, han acelerado el proceso en la Cámara Baja, que delegó inmediatamente en el Senado la decisión final sobre la destitución del presidente, y que comenzó el pasado año. Constituye una fecha histórica que dará paso a un proceso que se prevé durará meses, tras el que Estrada podrá convertirse, también, en el primer presidente asiático destituido.

         El campo anti-Estrada cuenta con importantes bazas para conseguir sus objetivos. Destacan los dos anteriores presidentes, Corazón Aquino y Fidel Ramos, el cardenal Sin, máximo dirigente de la Iglesia católica, y Gloria Macapagal-Arroyo, vicepresidenta que, tras haber defendido a Estrada en ocasiones anteriores, ha decidido en esta ocasión dimitir de su cargo de secretaria de Salud. Hay dos grupos de presión importantes, como son la Iglesia católica, especialmente molesta por el apoyo de Estrada a los programas de planificación familiar, y Makati, el distrito financiero que ha obligado a dimitir a algunos de sus miembros de las  carteras gubernamentales y cuya militancia fue clave para la caída de  Marcos.

               Los empresarios llegaron al consenso de que era mejor afrontar unos meses de enfrentamiento antes que aguantar a Estrada  en la presidencia durante los más de tres años que le quedan de mandato. El peso filipino ha bajado de cuarenta por dólar hace unos meses a cincuenta; el mercado de valores ha pasado del máximo de 2.600 puntos en junio-julio de 1999, a los 1.400, una cifra de la que sólo se recuperó (para volver a bajar) con los rumores de dimisión del presidente. La inversión extranjera se ha reducido un cuarenta por ciento tras recortarse de forma significativa el año anterior.

              A estos grupos de oposición se han unido un buen número de personas con objetivos diversos, principalmente de la izquierda, descontenta por el incumplimiento del programa contra la pobreza. Las manifestaciones pidiendo la dimisión de Estrada han sido un ejemplo de la heterogeneidad del grupo, con empleados trajeados junto a sindicalistas, y las iniciativas han sido muy variadas, como discotecas que prometen seguir [p.52] abiertas  hasta la victoria final, invitaciones a comer en Makati para campesinos y pescadores anti-Estrada, bajo el pomposo título de “People power lunch,” o protestas conjuntas entre bangsamoros y cristianos en Mindanao bajo el lema “Erap, tungod sa imo, kulop na ang caldero!” (Erap, los pobres están hambrientos, el caldero está boca abajo).

El presidente, sin embargo, conserva un buen número de ases bajo la manga. No está claro hasta qué punto le pueden afectar estas acusaciones. Durante las elecciones ya salieron a la luz parte de sus trapos sucios, e incluso algunos fueron inventados, pero poco importaron a sus votantes, impermeables a muchas de las acusaciones. Aunque es un asunto que ha llamado mucho la atención en la prensa internacional, su cohorte de mujeres e hijos no parece que le vayan a hacer mella en su popularidad, a no ser que alguna de ellas o de sus hijos le critique directamente.

Estrada conserva  un carisma personal y sabe hacer gestos que han hecho que un alto porcentaje de la población le haya idolatrado. Aislado, parece que ya no organiza los gabinete ni las timbas de medianoche de su primer año de mandato y, además, ha ido ganando en la convocatoria de mítines, porque si la oposición reunió a 80.000 personas, su Día Nacional de Ayuno y Rezo convocó a un millón de personas y el apoyo de las iglesias evangélicas. Por otro lado, Estrada sigue jugando la baza de ser el defensor de los pobres y ha hablado de una oposición entre “peninsulares e insulares”, identificando a sus opositores con las familias españolas de clase alta, en una asociación que surgió a partir de la guerra del Pacífico (antes, lo español estaba relacionado con la gente educada, sin especiales connotaciones políticas), a pesar de que la vida de esos “peninsulares” está, en todo caso, más identificada con Estados Unidos que con una ascendencia hispana que ya es sólo un recuerdo.

    Acosado, Estrada ha pasado al ataque directo contra sus oponentes. Ha reconocido su derrota en aspectos de propaganda y de percepción, pero no en hechos reales, y ha aprovechado su posición para difundir machaconamente su propia versión y sacar los trapos sucios de sus contrincantes. Un documental televisado poco antes del juicio, Halal ng Masa (Elegido por las masas) es un ejemplo de ello. Además de criticar a los dos testigos principales en el caso de destitución, Perfeco Yasay y Chavit Singson, el documental recordaba los aspectos turbios de las anteriores presidencias. Sobre Cory Aquino, señalaba los cortes de luz diarios, las acusaciones a periodistas, los golpes de estado y el bajo crecimiento económico, pero sobre todo se encizañaba con la masacre de Menciola y el fracaso de sus intentos por implementar el programa de Reforma Agraria Comprensiva.

  En la masacre, ocurrida en enero de 1987, murieron trece campesinos en la hacienda Luisita, una propiedad que su familia compró a la Compañía General de Tabacos de Filipinas. En ella también participó Fidel Ramos, por entonces jefe de  Estado Mayor. De éste se emitieron declaraciones en las que reconocía una actuación excesiva, aunque tampoco faltaron las acusaciones de corrupción, recordando el escándalo de  Expo Centennial, en la base de Clark, o golpes bajos como el recuerdo a la deuda pública que dejó o [p.53] la ejecución de la  empleada de hogar filipina Flor Contemplación en Singapur, quizás el hecho que más ha dolido a los Filipinos en los últimos años.

La democracia Filipina es frágil. Por ello, está por verse si el proceso de destitución acabará fortaleciendo el sistema o si ésta sea incapaz de soportar las tensiones que genera. La división de la sociedad filipina plantea  una de las incógnitas sobre el futuro de la nación, con grupos crecientemente inflexibles ante las opiniones del contrario, que están sumando nuevos argumentos entre conflictos donde la religión está cada vez más mezclada con la política. La participación de los militares en los asuntos del país también es cada vez mayor; tanto en contra de Estrada como a favor; tal como ha ocurrido con la promoción  del 71 de la Academia Militar Filipina, que podría nombrar mistah (compadre, para grupos relacionados con una institución) a Estrada. Los miembros de esa promoción han sido los protagonistas de los golpes de estado y de la violencia más dura  que ha vivido Filipinas en los últimos años.

Estrada ha visto a muchos alcaldes, gobernadores, senadores y diputados beneficiarse también del dinero público y sabe que es posible ocultar todo tipo de corrupciones y de delitos, ya que el sistema judicial sigue aún dominado por intereses extraprofesionales. La herencia de esa frágil democracia de posguerra y de esa violencia institucional que permitió la dictadura de Marcos permanece todavía en Filipinas porque muchos candidatos piensan en las elecciones como un paso para asegurarse el beneficio personal. El Estado sigue siendo débil.

El proceso de destitución, de hecho, está viciado porque algunos de los senadores que le tienen que juzgar están tan comprometidos como el presidente en corruptelas, necesarias para poder mantenerse a flote en un sistema donde hay que tener una base personal de poder. Esperemos que sirva para que la democracia se refuerce en Filipinas.

 

 

 

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