Japón y España tienen una imagen identificable, un
privilegio que poseen pocos países. Sin embargo, las opiniones de los japoneses
y viceversa no satisfacen a nadie. El exotismo, en su aspecto más superficial,
sigue dominando el conocimiento mutuo. Aunque en los últimos años ambos países
se han esforzado por superar este problema, es preciso completar esta labor en
el ámbito cultural y educativo, el turismo, los medios de comunicación y las
empresas.
Num. Monográfico sobre “Asia, Nueva Frontera Comercial”
,
Estudios de Política Exterior, Nº. 15, pp. 113-122.
Por Florentino Rodao[1]
p. 113
La
información que los españoles tienen de los japoneses y viceversa es amplia.
Los contactos mutuos han dejado un legado fácilmente identificable que sigue
aumentando, desde el flamenco, el bizcocho Kasutera o Don Quijote, hasta el
yudo, los manga o las geishas. Si los japoneses conocen a San
Francisco Xavier o admiran la pasión española, los españoles son conscientes de
los logros artísticos de Japón y de la alta tecnología de muchas de sus
empresas. En ambos países hay grupos que devoran, literalmente, las
aportaciones culturales del otro, porque la popularidad de la enseñanza del
flamenco o de la lengua española en Japón es comparable a la que existe en
España entre los que practican artes
marciales o para el creciente número de consumidores de los cómic japoneses.
Unos y otros tienen una imagen fácilmente identificable, un privilegio que
poseen pocos países.
Sin embargo, las opiniones de los
japoneses sobre los españoles y viceversa no satisfacen a nadie. Es normal que
haya aspectos negativos junto a los positivos, pero algunas de estas
características son especialmente preocupantes. Por un lado, porque el
exotismo, definido por la superficialidad, sigue perviviendo e impregnando las
imágenes mutuas. Por el otro, porque las imágenes heredadas del pasado no son
tan fáciles de superar y, mas que desaparecer y ser creadas, tienen vida
propia, son ambivalentes, se refuerzan y se debilitan.
Los
primeros contactos crearon opiniones favorables y desfavorables. Estas últimas
pasaron a predominar después de unos años. Ambos países tenían un desarrollo
comparable y su estructura feudal era semejante, lo que permitió que se
comprendieran de forma más profunda e incluso una adaptación relativamente
rápida. Los castellanos, vascos y demás súbditos de la Corona, no sólo se
dieron cuenta pronto del gran desarrollo cultural de Japón, sino que pronto
hicieron las primeras campañas de imagen al enviar a la península dos misiones
de jóvenes con perspectivas de liderazgo para que a su regresofueran los
propios japoneses quienes impulsaran el país por la senda del cristianismo.
Para los japoneses, la llegada de
gentes con unas características raciales y una indumentaria tan diferentes
excitó
No obstante, en pocos años pasaron a
predominar los aspectos negativos. Las crecientes dificultades de los
misioneros para cristianizar provocaron que las críticas se dirigieron a los gobernantes, aunque en un principio
habían sido bien recibidos por éstos como contrapeso a los monjes
budistas. Estos gobernantes se dieron
cuenta pronto de la tenacidad en la predicación de los llamados nambanjin (bárbaros de sur), pero con la
venida de otros “narigudos europeos” (los diablos rojos), no sólo empezaron a
oír críticas sistemáticas, sino que
sintieron que ya no eran tan necesarios para sus tratos con China.
Además, de la desconfianza se pasó a una tensión cada vez mayor.
Para los japoneses, a la presencia
permanente de españoles en Manila, se unió el empeño de las órdenes religiosas
en seguir enviando misioneros, a pesar de las prohibiciones a
Las
tensiones y persecuciones del primer tercio del siglo XVII en Japón dejaron un
legado de aislamiento de más de dos siglos. El gobierno central japonés
prohibió no sólo el contacto con religiosos, sino que persiguió a los
convertidos japoneses y emitió una prohibiciones (en un principio, temporales)
para viajar más al Sur de las islas Ryükyü (Okinawa). Filipinas también se
aisló de la región; al fracasar los puentes hacia el continente, los españoles
evitaron ir allí (los productos eran traídos por chinos) y dejaron que las
órdenes religiosas adquirieran una asfixiante
hegemonía, al contrario que en el resto de dominios de la Corona, donde hubo un
mayor equilibrio entre el hacendero y el misionero. Las visiones mutuas
acusaron este contexto de rivalidad. Los españoles acabaron siendo considerados
como militantes de una causa anti-japonesa y poco fiables, puesto que habían
aprovechado las autorizaciones para entrar en Japón con el fin de minarle desde
dentro. Por su parte, los japoneses pasaron a ser vistos por los españoles a
través de la óptica de las misiones: dominados por sátrapas, pero con un deseo
consciente de olvidar la experiencia pasada, reflejo de la necesidad de superar
los efectos negativos de una estrategia fallida.
Con
España se debatió también en un difícil dilema ante Japón.
Como imperio colonial que era, había de tratarla con el desdén y el sentimiento
de superioridad propio hacia los países orientales y entraban dentro de la
categoría de “amarillo,” un color que se
asignó en el siglo XIX, porque nadie les calificó de esa manera durante
los primeros contactos. Si agradaba su disposición a aprender de Occidente, la
laboriosidad de sus emigrantes era considerada beneficiosa en Filipinas, sobre
todo como forma de contrarrestar a los chinos. Por otro lado, la propia
situación interna, la falta de autoestima y, sobre todo, su debilidad especial
en Filipinas, hacía que los japoneses fueran vistos con temor. Después, cuando
el imperio japonés demostró su poderío al ganar a Chino y ocupar Taiwán en
frontera con España, el temor llevó a
escudriñar con lupa en
La independencia de Filipinas fue un ejemplo de la mezcla de
sentimientos. Japón apoyó de corazón la lucha filipina, consciente de la
conveniencia de que las independencias de otros territorios asiáticos
sustentaran su posición mundial. No sólo hubo luchadores japoneses o shishi combatiendo en Filipinas contra
el dominio español, sino que los revolucionarios filipinos buscaron en todo
momento conseguir armas a través de Japón. Oficialmente, sin embargo, fue
consciente de la ventaja que podía obtener
en la sociedad internacional de esa lucha y mantuvo unas excelentes
relaciones políticas con España, hasta el punto de que se habló en la prensa
internacional de una posible alianza entre Madrid y Tokio, y varios
oficiales pudieron observar la batalla
naval contra Estados Unidos.
El siglo XIX, por tanto, acabó con unas percepciones mutuas
excesivamente ambiguas, con unos contactos escasos e impulsados por los
japoneses (por ejemplo, en el caso de la primera línea de vapores) que dejaban
margen a cualquier decisión. Los españoles, una vez la salida de Filipinas les
dejó sin intereses políticos en Asia (se pensó en suprimir una de las dos
legaciones, bien
Las décadas de los años 30 y 40 fueron otro momento
importante para las percepciones mutuas. Las relaciones comerciales siguieron
siendo mínimas, pero las guerras dieron un contenido especial a ambos, sobre
todo cuando, a partir de julio de 1937, la guerra civil y la guerra chino -
japonesa fueron los principales escenarios bélicos previos al estallido de
Los
sentimientos de identidad de objetivos entre nacionales y militaristas
japoneses llevaron a los artículos sobre la semejanza entre los dos pueblos.
Sobre todo en España, donde la necesidad de los falangistas por buscar datos a
favor de la victoria final llevó a que, tras el bombardeo a Pearl Harbour, se
facilitaran las labores de espionaje niponas por medio de la estructura del
Ministerio de Asuntos Exteriores español. El responsable, Ramón Serrano Suñer, además, aceptó representar los
intereses de los japoneses en los países americanos que rompieron relaciones
con Japón.
El cambio de tendencia en la guerra, no obstante, tuvo
consecuencias inmediatas, y de esa imagen ideal se pasó en poco tiempo a la de
crueldad. La consideración de los japoneses tambíen pasó de estar idealizada a
contemplarles como incivilizado e incluso racialmente inferior. De hecho, en
EEUU o Gran Bretaña eran representados como monos o ratas. Fue un proceso
curioso, que incluyó desde un mea culpa falangista
en la primera página de su diario Arriba
por haber sido excesivamente pro-japoneses hasta el intento de declarar la
guerra a Japón en marzo-abril de 1945, que recibió una fría respuesta
aliada. Japón, mientras tanto, mantuvo
una visión más estable, en parte porque
le quedaban pocos amigos en los últimos años de la guerra del Pacífico, y
también porque su pro hispanismo había
sido menos exagerado: tuvo un objetivo muy claro puente hacia América Latina y además disponía
de más información sobre España que viceversa. Si los artículos pro japoneses
estuvieron redactados por escritores como Jiménez Caballero, más o [p.117] menos
propagandistas, en el caso de Japón predominaron los profesores universitarios
y los que conocían la lengua y cultura
españolas.
El legado de estos tiempos de violencia fue más allá de las
decisiones políticas, como la declaración de guerra que tan pronto intentaron
olvidar los españoles. Para éstos quedó la imagen del japonés cruel, a raíz de
las masacres de españoles en Manila al final de la ocupación, bien reflejadas
por el NODO de entonces, ya que favorecían el discurso del régimen que
intentaba acercarse a los vendedores en la Segunda Guerra mundial. Para los
japoneses, a la imagen del español incapaz de unirse para luchar por su país,
se añadió con fuerza la de traidor, porque así interpretaron la política
española en la guerra y les quedó claro que esos ataques de última hora fueron
más en función de los intereses políticos que de los hechos en sí. Asociada a
ella, la del español pesetero. A excepción de Serrano Suñer, la ayuda de los
españoles fue siempre por dinero, incluidas las más altas instancias, hasta el
punto de que la reacción nipona cuando España amenazaba con endurecer su
postura fue intentar sobornar a los altos funcionarios españoles. Hay datos que
sugieren que tuvieron éxito, en algunas ocasiones.
Desde el final de la Guerra, el contexto mejoró porque los
avances tecnológicos han permitido mas y mejor información, en parte porque las
posibilidades de establecer relaciones personales son mucho mayores, o porque
el contexto político ha favorecido la búsqueda de imágenes mutuas de carácter
positivo. Dentro del contexto de posguerra, el “malo” pasó pronto a ser el
comunista chino y no ha habido necesidad de buscar aspectos negativas, menos
aún extremos. El bagaje histórico ha dejado unas visiones mutuas donde las
diferencias raciales todavía son la base
para interpretar muchos datos y a la lejanía geográfica se une un deseo
consciente de desentenderse. Las
experiencias desagradables siguen latentes y, en definitiva, han servido poco para amortiguar los vaivenes
políticos.
En los últimos tiempos, la imagen española en Japón ha
evolucionado mucho. La España de la democracia ha proyectado al mundo una serie
de acontecimientos muy favorables, como la propia transición, la entrada en
Los españoles han hecho una gran
labor para conseguir ese cambio. Tanto las oficinas comerciales como la
turística, la de transferencia de tecnología, o los funcionarios de la embajada
en Tokio se han esforzado por ello, mientras que un buen número de comunidades
autónomas también instalaron oficinas de representación allí. En 1992 se lanzó
un Plan Integrado de Promoción de España en Japón que ha sido seguido, entre
otras muchas actividades, por el “mes de España”, en marzo de 1998, que incluyó
la celebración de varias ferias, como Expoconsumo, Spain Fashion Exhibition,
Foodex para productos alimentarios junto con conferencias y programas
culturales. A las visitas de actores de cine, cantantes o el premio nóbel Cela,
se ha añadido el programa cultural Baltasar Gracián para incrementar las
publicaciones sobre España.
Los japoneses también han contribuido en
buena medida a esa nueva imagen y a esa presencia más positiva de lo español.
Un gran número de empresas ha utilizado la imagen de España para
autopromocionarse, anunciando sus
productos durante los Juegos Olímpicos (no lo hizo ninguna española) y
patrocinando actividades, incluida una corrida de toros que se celebró en el
Yoyogi Koen en 1997. Los divulgadores de lo español en Japón son muchos, con
una difusión, en ocasiones, masiva. El escritor Osaka Go, junto con artículos seriados en periódicos y revistas,
ha publicado novelas de gran aceptación sobre la cuestión española, y que el
presidente Aznar le prometió interceder para que fueran traducidas. El escritor
afincado en España, Osamu Takeda, ha
vendido cerca del millón de ejemplares de su libro Supeinjin to Nihonjin (Españoles y Japoneses), al que le sigue otro
sobre Los pueblos más bonitos de España
etcétera. La gran mayoría de los restaurantes españoles han sido abiertos por
empresas japonesas que no sólo los han adaptado más al gusto propio, sino que
han podido invertir más dinero en su puesta en marcha y dar con ello una imagen
más cuidada. El propio interés también ha contribuido a la visita de tantos
artistas españoles y a mejorar la imagen de España.
Las universidades japonesas, por su parte, han complementado
la labor de los medios de comunicación con el estudio especializado y la
formación en cuestiones españolas: 14
departamentos de español, junto con miles de profesores que enseñan
lengua, historia, economía, política y otras en las más de 400 universidades
japonesas, han ido formando generaciones de expertos. Hay varias asociaciones
de hispanistas, pero no se detienen en la lengua, sino que la Sociedad de Historia de España (supein shigakkai), por ejemplo, tiene
alrededor de 150 profesores que son socios y organizando congresos anuales,
boletines trimestrales y editan revistas donde se leen artículos que se pueden
a los de sus colegas españoles. Si los japoneses llegaron a las universidades
españolas a aprender la lengua, su conocimiento de España se ha ampliado y
estudian cualquier especialización. Japón está en una fase de conocimiento de España
mucho más avanzada.
La imagen de Japón en España también ha evolucionado de una
forma sorprendente en las últimas décadas. Los desarrollos tecnológicos
obvios antes de la guerra mundial, se han confirmado con el tiempo y
ahora es considerado como un país [p.119]
puntero. El poderío económico japonés alcanzado durante la posguerra ya no
es temporal, sino como el ejemplo de lo que pueden llegar a conseguir el resto
de los países asiáticos. Lo mismo ocurre con su capacidad financiera, mientras
que las empresas japonesas son identificadas con una imagen especialmente
caracterizada por esa tecnología del mañana que no se percibe en muchas
españolas.
Los esfuerzos del gobierno japonés por mejorar esa imagen han
sido importantes. El ministerio de Exteriores japonés siempre considera estas
actividades como cruciales y ocupan un capítulo aparte de su Libro Blanco
anual, pero además se esfuerza en que sus diplomáticos y representantes hablen
el español, o el catalán en Barcelona, para permitir una mayor capacidad de
transmisión de mensajes. La oficina del Comercio Exterior de Japón (Jetro)
asiste a todos los eventos a los que son invitados y se esfuerza por ofrecer
información sobre las posibilidades de comerciar, recordar las escasas trabas
que oficialmente existen e intentar cooperar en algunos mercados, como el
chino. Actividades culturales sobre Japón, financiadas casi completamente por
su gobierno, se han celebrado por las
ciudades de España, incluyendo charlas
hasta demostraciones, como el campeonato de sumo celebrado en Madrid en 1993,
al que asistieron todos los luchadores
más conocidos.
Además, más allá de las iniciativas
gubernamentales, tanto la sociedad como las empresas privadas están haciendo
esfuerzos por mejorar los contactos y la
imagen de Japón. La apertura del centro cultural hispano - japonés, en la
Universidad de Salamanca, ha sido posible
gracias a las aportaciones privadas de 41 empresas japonesas. La
facilidad para las comunicaciones ha posibilitado un incremento de las
relaciones, desde un turismo en auge, a poder
seguir la marcha de los jugadores de fútbol en la liga nipona. La
colonia de residentes o los colegios de japoneses en España también contribuyen
y organizan fiestas donde es posible confraternizar en medio de un ambiente
mixto de comidas japonesas y de bailes flamencos a cargo de bailarinas y
bailaores japoneses. La reciente apertura de restaurantes japoneses, por
último, no es sólo producto de una moda pasajera, sino de ese nivel más
profundo de los contactos.
Japón,
además, ya no es patrimonio exclusivo de los japoneses. También hay españoles
maestros de la ceremonia del té, que han alcanzado premios en caligrafía y
enseñan sobre Japón en la universidad o están abonados a las transmisiones vía
satélite de sus televisiones. Proliferan los congresos de otakus, seguidores del manga
japonés, los viajes de yudokas a Japón. Funcionan centros para la práctica del zen en Madrid, Barcelona, Cuenca, Marbella, Pamplona, Sevilla,
Tarragona, Tarrasa, Valladolid y Vigo.
La potencialidad de la imagen mutua, sin embargo, no está
convenientemente utilizada. A todos estos esfuerzos a favor de la mejora del conocimiento les compensan
algunos otros que operan en sentido contrario. No hay rivalidad política entre
los dos países y por eso ningún gobierno ni los políticos están interesados en
azuzar críticas, pero caso de que la hubiera, siempre sería factible utilizar
las imágenes del pasado. Aunque los ministros españoles, cuando visitan Japón,
siempre resal [p.120] tan que no hay
intención de utilizar medidas como las estadounidenses para reequilibrar la balanza
comercial tan desfavorable para España, es obvio que favorece una actitud
crítica.
Los problemas mutuos hacen salir a la
luz las facetas negativas de esas visiones. Los retrasos japoneses para
autorizar la importación de productos españoles, como los limones o el jamón
serrano recientemente, han ido acompañados por las menciones a las barreras
oficiosas o a la dificultad de las negociaciones con los japoneses: “el limón
español desafía el poder amarillo,” titulaba un periódico económico español. De
igual forma ha ocurrido en Japón, donde
se dudaba de que los juegos olímpicos estuvieran a punto por la siesta que cada
tarde debían echarse los obreros españoles. Como con cualquier país del mundo, nunca
faltan las oportunidades de fijarse en la faceta negativa de las ambivalentes
imágenes.
Además de ello, ambas imágenes tienen una fragilidad
especial, tanto heredada como actual. La
imagen del exterior para los japoneses es especialmente inestable por el
sentimiento generalizado de que sólo ellos pueden entenderse a sí mismos. Este
sentimiento inculcado en el sistema educativo se refleja no sólo en la política
exterior, sino en multitud de aspectos cotidianos que impiden una comunicación
más fluida con los extranjeros, ya sean occidentales o asiáticos. Sus problemas
de imagen en Asia son graves, hasta el punto que es imposible pensar tanto en
una labor reconocida de liderazgo como en una estrecha cooperación con Corea o
China. Sólo recientemente, en la última visita a Japón del premier chino, Zhu
Rongji, en el mes de octubre de 2000, las perspectivas de mejora parecen haber
dado un salto cualitativo, al aceptar las disculpas japonesas por las
agresiones de las décadas de 1930 y 1940, y señalar que es necesario mirar al
pasado y no al futuro.
En este contexto general de disposición a buscar
malentendidos, el pasado no ha ayudado mucho. Además, la imagen de España en
Japón aún está carente de un anclaje tecnológico. El único producto de calidad
español consolidado son los automóviles diesel de Nissan enviados desde su
fábrica en Barcelona; son la principal exportación a Japón, pero además de que
no se relacionan con España, la capacidad para detener esas ventas está en
manos japonesas. El queso, reciente descubrimiento culinario en este país, el
aceite de oliva, el vino o el granito son productos donde España tiene
posibilidades inmensas, pero son identificados con otros países europeos, sobre
todo cuando se habla de calidad.
El
turismo tampoco contribuye como debiera, porque España sólo recibe el 10% de
los turistas que viajan a Europa - a pesar de que normalmente son tours frenéticos por ciudades - debido
en parte a los numerosos robos, que han llevado al ministerio de Exteriores a
aconsejar en alguna ocasión no visitar España. Ninguna empresa importante ha
tenido éxito en Japón, los pocos bancos que sobreviven lo hacen a duras penas y
las empresas con éxito más notorias han sido pequeñas, producto de iniciativas
particulares a cargo de personas con un conocimiento del idioma que no han tenido
los enviados por las empresas. [p.121]
La imagen de Japón en España es igualmente vulnerable. El
profesor Hiroto Ueda, en un artículo publicado en el número monográfico sobre
“Visiones Mutuas” de la Revista Española
del Pacífico, a raíz de uno de los pocos estudios cuantitativos que se han
realizado, concluye diciendo que la imagen ha sido siempre “vaga y
contradictoria.”
Además, ya que los españoles no somos
creadores de imágenes, hemos seguido las fobias y las preocupaciones de otros
países ante el auge y declive nipón. En años pasados, se vio como propia la
amenaza que Estados Unidos percibían a su liderazgo en el mundo, mientras que
en la actualidad, desaparecido ese tipo de noticias, Japón está marginado en
los periódicos, ya no quedan corresponsales en Tokio. Su prosperidad económica
ha sido entendida de forma semejante a la de los países árabes tras la crisis
del petróleo de 1973, como nuevos ricos que no saben qué hacer para gastar su
dinero. Por ello, está generalizada la idea de los japoneses pueden pagar
precios más altos, la compasión cuando son robados suele ir acompañada de
comentarios diluyendo su importancia e incluso es generalizado el razonamiento
de que lo pueden pagar todo. La permanencia de la visión exótica de Japón y la escasez de especialistas impide
preocuparse por saber exactamente dónde puede haber un peligro comercial, hasta
qué punto los japoneses son engañados o se dejan engañar por esos precios altos
o planificar a largo plazo las solicitudes de subvenciones.
Por la propia volatilidad de las imágenes, resulta de
importancia crucial reflexionar sobre su futuro para las relaciones entre
España y Japón, ya que las imágenes dependen más del receptor que de lo
recibido en sí, como ha quedado claro en
el libro de Walter Lippmann, Opinión
Pública (1922). Que en ambos países se vean detalles negativos, permite
pensar en que aún son frágiles. Aunque los vuelcos de los tiempos históricos ya
no son factibles y es difícil imaginar que países desarrollados vuelvan a
pensar en declaraciones de guerra o en persecuciones religiosas, versiones más
suavizadas de este tipo de tensiones son probables.
En consecuencia, conviene no solo
regodearse en los esfuerzos realizados o en las últimas mejoras, sino también
analizar hasta qué punto las imágenes positivas serán capaces de resistir ante
los embates de una crisis en la que los aspectos negativos retornen. Por ello,
para pensar cual será la evolución de estas presentaciones, es necesario también
tener en cuenta el último conflicto en las imágenes mutuas, a propósito de las
protestas en
En la administración nipona
también cundió el pánico y no sólo incitó a empresarios amigos o invitó a
antiguos embajadores a dar conferencias, sino que medidas excesivas a sus
nacionales. Además, se modificó la visita programada del emperador Akihito a
España, decidiendo que descansara unos días en Mallorca (un destino al que
pocos turistas japoneses se sienten atraídos, ya que tienen playas mucho más
cercanas) y evitando viajar al sur de Madrid por el temor a cualquier tipo de
disturbio.
Es difícil prever las consecuencias de estos momentos
críticos. El auge turístico en Andalucía no se produjo pero, además, el número
de representaciones y empresas japonesas instaladas en España ha ido
decreciendo de forma paulatina a lo largo de
Aunque sea un caso entre muchos, la
imagen de los españoles como poco fiables no se creó, sino que fue reforzada,
al igual que la del español pesetero cuando algunas universidades públicas
incumplen sus promesas tras recibir
recursos japoneses Y es que, para pensar en el futuro de las imágenes, no sólo
hace falta que la administración invierta dinero, sino también tener suerte,
porque nadie es dueño de su propia imagen.
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