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lectura
Cuando
Japón irritó a Franco
En su libro "Franco y el imperio japonés"
(Plaza Janés) Florentino Rodao estudia las relaciones del régimen del general
Franco con este imperio asiático, que pasaron de la colaboración a la ruptura
poco antes de acabar la Segunda Guerra Mundial.
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Portada de "Franco y el imperio japonés"
(Plaza Janés), de Florentino Rodao
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ARCHIVO
Almacenes de La Flor de la Isabela, de la Compañía
General de Tabacos de Filipinas, destruidos durante la batalla de
Manila (febrero de 1945)
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ARCHIVO
Franco y el embajador japonés Yakichiro Suma, en la
presentación de cartas credenciales (1941). Los flanquean el barón de
las Torres (izquierda), introductor de embajadores, y el ministro de
Exteriores de entonces, Serrano Súñer
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ARCHIVO
Diplomáticos japoneses antes de embarcar en la nave
"Plus Ultra" para abandonar España después de la ruptura de
relaciones diplomáticas entre las dos naciones
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Capitostes franquistas
pensaron en crear una División Azul para ayudar al general MacArthur en
el Pacífico
La ruptura de relaciones diplomáticas tenía también como objetivo
congraciarse con Estados Unidos
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El Consejo de Ministros del día 11 de abril de 1945 decidió romper
relaciones diplomáticas con Japón. La nota verbal emitida tras la decisión,
además de recordar el mensaje anterior del 22 de marzo, repetía la penosa
impresión producida en el gobierno español por los sucesos de Filipinas
(masacre de la población civil de Manila, colonia española incluida, por
parte del Ejército japonés, además de la destrucción de numerosos edificios
culturales, mercantiles e industriales españoles; todo ello entre el 4 y el
23 de febrero de 1945): "Los mencionados hechos son tanto más
lamentables cuanto que interrumpen una larga tradición de amistad entre
España y Japón, de la que España ha dado constantes pruebas, algunas de ellas
muy recientes". Después justificaba la medida y apuntaba la posibilidad
de pedir indemnizaciones por los hechos de Manila, "en especial por lo
que se refiere al Consulado de España y edificios y personalidades oficiales
(...) son incompatibles con el mantenimiento de una normalidad amistosa entre
los dos países. En consecuencia el gobierno no considera posible el seguir
manteniendo relaciones diplomáticas (...) sin perjuicio de mantener la
reclamación de indemnización que ha sido presentada por las pérdidas de
vidas". Además, llama la atención poderosamente la acusación de que las
tropas japonesas habían sido culpables del asalto y destrucción de
"todos los edificios oficiales del gobierno español" y el asesinato
en el consulado de "todos los funcionarios consulares que en él se encontraban,
incluso los más modestos servidores, sin distinción de sexo y asesinando
igualmente a todas las personas que se hallaban en aquel edificio, con un
total de cincuenta". El ministro de Exteriores (Lequerica) había de
saber bien que el único edificio oficial de España (alquilado) era el
consulado general y que los japoneses no podían haber asesinado a cincuenta
funcionarios españoles, tal como se daba a entender (y se dijo en el No-Do),
porque ningún consulado podía tener tal número de trabajadores. Al igual que
el comunicado que anunciaba el fin de la representación de intereses, el
texto estaba pensado más para la difusión exterior que para influir en las
autoridades japonesas.
Es difícil conocer cuál era la estrategia franquista en esos momentos.
Posiblemente el gobierno decidió que ya no se iría más lejos o quizá pensó en
seguir tanteando la reacción ante una posible declaración de guerra pero, sin
actas de ese Consejo de Ministros ni poderse consultar los archivos
militares, es difícil saberlo con certeza. No obstante, la documentación
actual induce a sospechar que el gobierno de Madrid decidió la ruptura
pensando en aquilatar la tensión con Japón: era un paso adelante imposible de
evitar tras el impulso tomado (...). La alarma y las señales de una posible
guerra pasaron a ser ámbito exclusivo de los rumores. Tanto en la embajada
americana como en la japonesa se indicaba una espera de dos a tres semanas
(se citaron el 21 y el 27 de abril) para la declaración final de guerra, un
tiempo en el que se intentaría arreglar la evacuación de los súbditos en
Japón. Mientras tanto Del Castaño (embajador de España en Manila, falangista)
regresaba a la Península pasando por Estados Unidos, sufriendo de agobiantes
medidas de seguridad para evitar que estuviese más tiempo del necesario y en
medio de una prensa que le recordaba sus actividades antiamericanas. Franco,
informado constantemente de los pormenores del viaje de Del Castaño, hubo de
darse cuenta también en esos momentos de los efectos imprevisibles que podría
tener una nueva escalada de la tensión. En consecuencia, esta se detuvo en la
ruptura de relaciones (...).
Tensión
No hay documentación oficial sobre cómo se pensó llevar a cabo la declaración
de guerra. El periodista Hughes es quien se refiere más claramente en sus
memorias, "Report from Spain", a la tensión con Japón: "El
asunto amenazó con tomar un aspecto lúdico cuando José Luis Arrese sugirió a
un funcionario de la embajada americana que estaba preparado para dirigir una
nueva División Azul, ¡esta vez contra los japoneses!". El líder
falangista lo confirma en la introducción de uno de sus libros donde, tras
defender a Hitler por creer que luchaba contra el comunismo, señala: "Lo
mismo en aquella ocasión como cuando pedí al conde de Jordana que gestionara
el envío de otra División Azul a luchar al lado del general MacArthur contra
el Japón, que también amenazaba al Cristianismo, servía a una causa que para
desgracia nuestra está hoy día más que nunca amenazada". Arrese
corrobora, por tanto, las conversaciones para enviar una División Azul
aunque, como es relativamente normal en unas memorias, recuerda sólo la parte
de verdad más favorable para él. Además, hubo de ser a Lequerica a quien se
lo propuso, no a Jordana (ministro que lo antecedió).
Los rumores contemporáneos a los hechos también confirman estas intenciones.
Unos afirmaban que se daría al ministro (embajador) Suma una orden de
abandonar España, mientras que otros opinaban que la declaración de guerra no
debería hacerse hasta que Alemania no fuera derrotada. Según un informe de la
organización estadounidense de inteligencia, OSS, basado en las declaraciones
de un "honrado alto funcionario de uno de los ministerios locales",
España ofrecería a Estados Unidos enviar dos divisiones de "voluntarios"
a las Filipinas para luchar contra los japoneses dirigidas por sendos
generales, Agustín Muñoz Grandes y Antonio Aranda. La persona que pudo estar
más al tanto de estas intenciones, y que además parece recordar mejor las
fechas de la ruptura de relaciones, fue el segundo de Exteriores, José María
Doussinague. Por supuesto, no es muy explícito en su libro "España tenía
razón" sobre las razones de la posible guerra con Japón, pero sí incluyó
una frase sobre su modalidad: "Se proyectaba enviar una división de la
escuadra española a aguas del Pacífico". Las tropas estarían formadas
por soldados voluntarios, su envío tendría carácter simbólico, de cara a la
galería, y se realizaría en barcos. Había de ser, por tanto, una División
Azul Marina.
La razón más obvia de esa posible declaración de guerra era conseguir la
entrada en la Conferencia de San Francisco (prólogo de la creación de la
ONU), como ocurría con las naciones de América Latina. Entre la prensa
internacional el comentario más ocurrente fue el aparecido en una columna del
diario de México "El Popular" sobre la "táctica de
Franco": "Franco declararía la guerra al Japón... el Japón a
Alemania... Alemania a España... ¡y todos irían a San Francisco!". Los
oficiales españoles, no obstante, siempre negaron toda relación. Doussinague,
carente de esta ironía, se evadió en "España tenía razón" con el
argumento de la solidaridad occidental, afirmando que la política tomada
seguía "la línea que España marcó desde la entrada de Japón en la
Guerra, de considerar que en aquellas regiones existía una profunda
solidaridad entre nosotros y los aliados angloamericanos en defensa de la
cultura cristiana".
Cuando los diplomáticos británicos preguntaron sobre la conexión entre la
tirantez con Japón y el deseo de ser invitados a San Francisco, Lequerica lo
negó asegurando que la tensión era un asunto puramente bilateral "y que
España no estaba intentando por ello obtener ningún puesto en conferencias de
guerra o de paz". Ni esa línea de solidaridad contra Japón se había seguido
desde Pearl Harbor, ni una declaración de guerra podía ser un hecho
bilateral. Los españoles se pusieron nerviosos al ocultar unos objetivos que
tenían que estar en relación con esa entrada en el sistema de relaciones
internacionales de la posguerra.
Para poder entrar en esa conferencia, ciertamente, Madrid tenía que conseguir
el visto bueno de sus promotores y a nadie se le podía escapar que la opinión
de Estados Unidos sería crucial para esa participación. Uno de los caminos
más fáciles había de ser por el Pacífico, por medio de esa hegemonía tan
clara en la lucha contra Japón y mostrando que se compartía el odio hacia los
japoneses. Un informe de la inteligencia estadounidense indica que José María
Doussinague había dicho: "Queremos jugar plenamente la carta
estadounidense". Para nadie era un secreto que esa posible guerra sería
mirando en dirección a Washington, y una conversación mantenida por el
embajador Oshima en Alemania lo indica claramente: "Es parte del juego
de Franco con Estados Unidos". Pero más allá de esa conclusión obvia, es
significativo también que fueran diplomáticos británicos quienes preguntaran
sobre la relación entre la tirantez con Japón y la Conferencia de San
Francisco (...).
Evacuación de españoles
La idea de entrar en la Conferencia de San Francisco usando la tensión con
Japón, además, es confirmada por el contenido de la primera conversación del
embajador Armour con el subsecretario de Exteriores, Cristóbal del Castillo.
Tras haberse referido a una posible evacuación de la colonia de españoles en
Japón pasando por los territorios soviético y sueco a Del Castillo,
aparentemente, se le ocurrió una idea: ya que España no tenía relación con la
Unión Soviética, Estados Unidos podría hacer algo por ayudarles.
Espetó a modo de explicación que él mismo estaba a favor de tener relaciones
oficiales con los sóviets y concluyó, según escribió el norteamericano:
"Si tal procedimiento (establecimiento de relaciones entre Madrid y
Moscú) fuera seguido, ello tendría la ventaja añadida de crear una atmósfera
más favorable hacia los sóviets y en ese momento él sintió que esto era un
factor importante a tener en cuenta".
Es dudoso que esa idea transmitida a Armour, quien también oyó que la
declaración de guerra se retrasaría una semanas para la evacuación por la
Unión Soviética, fuera imprevista, como lo es que Del Castillo se hubiera
vuelto procomunista o pensara de verdad en la evacuación de españoles de
Japón. Después de saber lo largas que habían sido las conversaciones para los
dos intercambios de prisioneros entre Washington y Tokio, y de no haber
conseguido siquiera enviar un barco a Filipinas en tres años, la posibilidad
de lograr que salieran los españoles de Japón y fueran trasladados (a través
de un país comunista, además) en los últimos compases de la guerra por un
territorio que sería escenario del ataque soviético era una ocurrencia
propia, cuando menos, de un excéntrico. De nuevo se usaban los móviles
humanitarios para fines puramente políticos. Así pues, el objetivo principal
de la tensión con Japón quizá no fue sólo congraciarse con Estados Unidos,
sino también templar la conocida oposición soviética a la participación de
España en San Francisco. Para ello, lo más conveniente quizá sea volver a un
largo y apresuradamente escrito (cuando aún no se sabía la postura aliada en
contra) telegrama de Cárdenas (embajador de España en Estados Unidos), porque
también nos ayuda a comprender el porqué de ese intento de acercamiento al
gobierno soviético: (...) ello (la posible ruptura) podría ser una medida
adecuada para contrarrestar la actitud que temo adopte Rusia contra España en
San Francisco (...). La declaración de guerra al Japón haría de España una de
las Naciones Unidas. Es posible y aun probable que en virtud de las
circunstancias del momento, a pesar de ello, no se nos invite ya a la
Conferencia de San Francisco, pero sí creo podría con ello impedirse, tal
vez, el veto de Rusia a nuestra entrada en la organización mundial que se va
a crear, pues al ser España una aliada de Inglaterra y Estados Unidos en la
Guerra contra Japón, ello parece nos debería dar derecho a sentarnos en la
mesa de la paz y a entrar desde luego a formar parte de la referida
organización.
Esa hipotética declaración de guerra española habría acabado convirtiendo en aliados
a españoles y soviéticos, máxime si estos iban a declarar, como ocurrió de
hecho, la guerra a Japón. Ante el final de la ocupación de Filipinas, Madrid
tenía previstas medidas antijaponesas para acercarse a los aliados que iban
mucho más allá de la defensa de los intereses de los españoles. Intentaban
defender, sobre todo, el régimen de Franco.
Tras el final de las relaciones oficiales y comprobar que el beneficio
político de la ruptura no sería el esperado, la preocupación principal de
Madrid fueron las posibles represalias a sus súbditos que residían en el
imperio japonés (...).
En Filipinas la victoria definitiva de las tropas norteamericanas hizo
comenzar una nueva etapa a la comunidad española antiguamente partidaria del
Eje (...). La única organización (española en Japón) que sobrevivió
temporalmente fue Auxilio Social, porque su estructura de distribución de
alimentos fue utilizada en el año 1945 para socorrer a la colonia española y
redactar un inventario de pérdidas. España comenzó girando 89.000 dólares al
consulado en Manila para suministrar unas 1.500 raciones diarias de comida
durante un mes, además de para sufragar repatriaciones, que debían ser las
mínimas. El giro aumentó después con 15.000 dólares a la embajada en
Washington, porque esos viajes serían por medio de Estados Unidos, aunque el
coste total y la gran cantidad de solicitudes (725) obligaron a enviar buques
españoles, el "Halekala" y el "Plus Ultra".
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