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Donald Keene: «Conocer otras culturas ayuda a saborear la propia»

Florentino Rodao

 

Pearl Harbor le marcó la vida. Al poco del ataque japonés en Hawai, Donald Keene se alistó en la Marina estadounidense, comenzando al poco un curso intensivo de japonés. Pero esa animosidad se transmutó con el tiempo en admiración y esos ardores guerreros son ya imposibles de trazar tras esa mirada de una persona que, antes bien, se ha convertido en autoridad máxima en la cultura japonesa, especialmente en su literatura. De la trascripción de telegramas secretos interceptados para ganar la guerra, Keene ha pasado a escribir libros esenciales para entender Japón, y a traducir su literatura, desde textos del siglo VIII a novelas de posguerra. Además, Donald Keene es la excepción a la omnipresente renuencia nipona a creer que los extranjeros no pueden entender sus más profundos sentimientos, sobre lo que responde: «A los japoneses no les gusta oír cosas desagradables y a mí no me gusta criticar mucho porque me siento como un invitado». Tras más de 20 años de residencia en Japón, reconoce que es difícil considerarle como tal, e incluso se ríe recordando que ha pagado impuestos, como cualquiera, aventurándose a asegurar que ese aprecio quizás es por estar más entregado que los propios japoneses a entender y divulgar su literatura, acabando: «Así, cuando les hago alguna crítica saben que estoy de su lado».

–¿Y usted cree que es tan difícil de entender la cultura japonesa?

–Japón es fácilmente inteligible si se da una oportunidad, además las diferencias en religión no son importantes. Su literatura, además, es de gente con civilización, y cualquier civilización se puede entender. Nadie me ha dicho que no haya podido entender el Chûshingura, una obra de marionetas, o Bunraku, que he traducido (sobre la venganza de los 47 Samurais sin dueño o ronin). Yo creo que el problema no es la distancia, sino el estado mental porque además conocer otras culturas ayuda a saborear mejor la propia.

–¿Eso incluye la literatura de la época Heian, en el medioevo, de una Corte sin apenas relación con el mundo exterior?

–Sí, porque fue escrita por mujeres, más interesadas en los sentimientos o la sensibilidad, y menos por cuestiones más temporales como los ascensos en la Corte o los asuntos políticos.

–Del Romance de Genji (Genji Monogatari), de Murasaki Shikibu, acaba de aparecer una nueva traducción, de Royall Tyler, la tercera después de la de Edward G. Seidensticker (1976) y la de Arthur Waley (1933). De nuevo vuelve a estar sobre el tapete si es mejor la fidelidad al texto original o la creación del traductor; ¿qué opina de sus resultados?

–Tyler fue alumno mío, conoce muy bien el japonés y yo mismo he revisado la traducción, mientras que Seidensticker mostró claramente las liberalidades que se tomó Waley para su traducción, pero aún así prefiero ésta última. Waley recrea mejor la magia con la que Murasaki Shikibu describe la atmósfera del Genji.

–Pasando al libro sobre el emperador Meiji (1867-1912), ¿cuál ha sido su objetivo al escribirlo?

–Hacer un libro simple e inteligible sobre un tema que hasta ahora ha sido poco estudiado por los historiadores japoneses.

–Muestra cómo el sistema feudal Tokugawa cayó casi por su propio peso.

–La conciencia de que el shogunato era inadaptable a los nuevos tiempos era generalizada. Aunque se vivía en teoría sin contacto con el extranjero, los japoneses sabían mucho de lo que ocurría en el exterior y conocían incluso los nombres de islas en las Antillas, algo que no ocurría en otros países asiáticos aparentemente más abiertos, como China o Vietnam.

–La Renovación Meiji parece un ejemplo claro de Invención de la Tradición

–Ciertamente fue así. Había una situación nueva, era necesario responder ante ello y no había ejemplos previos a seguir. Por ejemplo, Meiji fue el primer Emperador que visitó el Santuario Ise, donde se veneran los antepasados de la dinastía imperial.

–¿Cuál es la característica principal a destacar del Emperador Meiji?

–Su sentido del deber. Asistió a ceremonias en las que ni hablaba ni le convenía a su salud, como las ceremonias de graduación de la Universidad Imperial de Tokio, pero sabía que su presencia realzaba los actos y que los graduados se sentían respaldados.

–¿Cómo considera la reacción a su libro?

–Las reseñas en inglés han enfatizado la inexistencia de documentos explícitos, como un diario, etcétera. Pero las escritas en japonés dicen que a través de mi libro se puede sentir aquello en lo que Meiji creía.

 

http://www.abc.es/cultural/historico/semana-182/fijas/entrevistas/entrevistas_001.asp

 

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            Pearl Harbor le marcó la vida. Al poco del ataque japonés en Hawai’i, Donald Keene se alistó en la Marina estadounidense, comenzando al poco un curso intensivo de japonés. Pero ese odio se transmutó con el tiempo en admiración y esos ardores guerreros son ya imposibles de trazar tras esa mirada de una persona que, antes bien, se ha convertido en autoridad máxima en la cultura japonesa, especialmente en su literatura. De la trascripción de telegramas secretos interceptados para ganar la guerra, Keene ha pasado a traducir obras y a escribir libros esenciales para entender Japón, adquiriendo un prestigio que comparten tanto japoneses como japonesistas extranjeros, que ha llevado a la Universidad de Columbia, donde es catedrático emérito, a fundar en su honor el Donald Keene Center for Japanese Studies en 1986.

 

En una lengua con tanta evolución como el japonés, no es fácil, ciertamente, traducir obras como el Cuento del Cortador de Bambu (Taketori Monogatari, siglo VIII), los Ensayos sobre la Ociosidad de YOSHIDA Kenkô (Tsurezuregusa, siglo XIV)  o autores contemporáneos como MISHIMA Yukio o DAZAI Osamu y satisfacer a la audiencia. Así, ocurrió la anécdota de una profesora calígrafa que siempre desdeñaba a su alumna los comentarios de extranjeros sobre Japón, aduciendo que sólo los japoneses pueden llegar a comprender realmente la cultura japonesa. Por ello, cuando la calígrafa hablaba de un tal Donarudo Kiin, su alumna no podía encontrar ese autor, hasta descubrir que no era japonés. Donald Keene, ciertamente, es la excepción a la regla de la idea reinante entre una gran mayoría de los nipones sobre que los extranjeros no les pueden entender sus más profundos sentimientos, la llamada “Nihonjinron.”

 

Así, antes de tratar sobre su libro reciente sobre el emperador Meiji, quizás la obra sobre Japón más importante aparecida en el presente año, comenzamos preguntándole sobre esa presunta impenetrabilidad, a la que contesta con un expresivo “sin comentarios,” seguido por una sonrisa cómplice y sobre porqué cree que tiene esta consideración tan especial entre los japoneses, a la que responde quizás también de una forma muy japonesa: “A los japoneses no les gusta oír cosas desagradables y a mí no me gusta criticar mucho porque me siento como un invitado.” Tras más de 20 años de residencia en Japón reconoce que es difícil considerarle como tal, e incluso se ríe recordando que ha pagado impuestos, como cualquiera, aventurándose a asegurar que ese aprecio quizás es por estar más entregado que los propios japoneses a entender y divulgar su literatura, acabando “Así, cuando les hago alguna crítica saben que estoy de su lado”.       

P.: ¿Qué significa estar de su lado?.

R.: Siento admiración hacia Japón, es una sociedad donde cada uno tiene qué comer, un trabajo etc, y además, los japoneses apoyan la cultura de una forma extraordinaria.

P.: Y usted cree que es tan difícil de entender la cultura japonesa?

R.: Japón es fácilmente inteligible si se da una oportunidad, además las diferencias en religión no son importantes. Su literatura, además, es de gente con civilización, y cualquier civilización se puede entender Por ejemplo, nadie me ha dicho que no la haya podido entender el Chûshingura, una obra de marionetas o “Bunraku”  que he traducido [sobre la venganza de los 47 Samurais sin dueño o ronin]. Yo creo que el problema no es la distancia, sino el estado mental porque además conocer otras culturas ayuda a saborear mejor la propia.

P.: ¿Eso incluye la literatura de la época Heian, en el medioevo, de una Corte sin apenas relación con el mundo exterior?

R.: Sí, porque fue escrita por mujeres, más interesadas en los sentimientos o la sensibilidad, y menos por cuestiones más temporales como los ascensos en la Corte o los asuntos políticos.

P.: Del Romance de Genji [Genji Monogatari] de Murasaki Shikibu, acaba de aparecer una nueva traducción, de Royall Tyler, la tercera después de la de Edward G. Seidensticker (1976) y la de Arthur Waley (1933). De nuevo vuelve a estar sobre el tapete si es mejor la fidelidad al texto original o la creación del traductor, ¿que opina de sus resultados?

R.: Tyler  fue alumno mío, conoce muy bien el japonés y yo mismo he revisado la traducción, mientras que Seidensticker mostró claramente las liberalidades que se tomó Waley para su traducción, pero aún así prefiero ésta última. Waley recrea mejor la magia con la que Murasaki Shikibu describe la atmósfera del Genji.

 

P. Pasando al libro sobre el emperador Meiji (r.1867-1912), cuál ha sido su objetivo al escribirlo.

R. Hacer un libro simple e inteligible sobre un tema que hasta ahora ha sido poco estudiado por los historiadores japoneses.

 P.: Su libro muestra cómo el sistema feudal Tokugawa cayó casi por su propio peso.

R. La conciencia de que el shogunato era inadaptable a los nuevos tiempos era generalizada. Aunque se vivía en teoría sin contacto con el extranjero, los japoneses sabían mucho de lo que ocurría en el exterior y conocían incluso los nombres de islas en las Antillas, algo que no ocurría en otros países asiáticos aparentemente más abiertos, como China o Vietnam.

P.: La Renovación Meiji parece un ejemplo claro de Invención de la Tradición

R.: Ciertamente fue así. Había una situación nueva, era necesario responder ante ello y no había ejemplos previos a seguir. Por ejemplo, Meiji fue el primer emperador que visitó el Santuario Ise, donde se veneran los antepasados de la dinastía imperial.

P.: A través de su libro también es posible comprobar que las malas relaciones entre Japón y Corea anteceden a su colonización, así como que algunos de los principales problemas domésticos en el Japón Meiji se originaron allí. ¿A cuando habría que remontar las tensiones?

R.: A la invasión de Hideyoshi a fines del siglo XVI. En el período Meiji, estuvieron fascinados con Corea, porque ellos habían vivido allí una situación semejante a la de los holandeses en Japón, aislados en una pequeña isla cerca de Pusan durante más de dos siglos donde se les trataba muy mal y sin poder protestar. Al igual que los holandeses en Dejima, aguantaron porque el comercio era muy rentable. Luego, al abrirse a Occidente, los japoneses reprendieron a los coreanos y les impulsaron a modernizarse como antes les habían hecho a ellos.

P.: ¿Las maniobras políticas de la época Meiji explican porqué los coreanos recuerdan con tanto encono la ocupación japonesa?

R.: Es un tema más complicado de lo que parece, porque Corea fue ocupada por el ejército de Tierra y la Marina ocupó Taiwán, en donde se recuerda la ocupación japonesa como un período de prosperidad. Quizás, también, entre los japoneses persistía un respeto por la cultura china que no había frente a los coreanos.

P.: ¿Cual es la característica principal a destacar del Emperador Meiji?

R.: Su sentido del deber. Asistió a ceremonias en sus últimos meses en las que ni hablaba ni le convenía a su salud, como las ceremonias de graduación de la Universidad Imperial de Tokio, pero sabía que su presencia realzaba los actos y que los graduados se sintieran respaldados.

P.: ¿Y su preocupación por ahorrar, incluida la Corte, en momentos de dificultades financieras?

R.: Si, es admirable, aunque eso era algo generalizado también entre la nobleza. En Japón nunca ha estado bien vista la ostentación de bienes. Durante el período Edo [1616-1868], por ejemplo, la gente rica llevaban las joyas y los bienes más preciados en la parte interior de los haori [gabanes para colocar por encima del kimono], mientras que por fuera eran negros, como los del resto de la gente.

P.: ¿Y cómo considera que ha sido la respuesta?

R.: Diferente según los lectores. Las reseñas en inglés han enfatizado la dificultad de llegar a comprenderle realmente por la inexistencia de documentos explícitos como un diario, etc. Pero las escritas en japonés se centran en que por primera vez han llegado a comprender al emperador. A través de mi libro, dicen, se puede sentir aquello en lo que Meiji creía.