Tras las Filipinas, la Península Indochina
Los
castellanos ocuparon Manila, el mejor puerto de Asia, como un primer paso.
Pensaron en saltar a China, soñaron con
cristianizar Japón y ambicionaron el comercio de las especias en las Molucas, pero el poder de los emperadores de Beijing, las
suspicacias de los shogunes y las prevenciones portuguesas fueron obstáculos
importantes. Frente a ello, la península Indochina fue una alternativa
atractiva: Siam, Camboya, Champa, Vietnam, Arakam, Pegu, Patani o Johor eran
territorio cercanos, sus gobernantes demandaban luchadores diestros en técnicas
militares modernas, la situación política era tremendamente inestable y,
además, los aventureros podían cooperar sin importar su procedencia. Las
expediciones más intrépidas, de hecho, fueron obra conjunta de ibéricos,
liderados por el portugués, Diogo Veloso
y el castellano Blas
Ruiz de Hernán González. Miembros de la guardia personal de Paramaraja
II, rey de Camboya, que entonces ocupaba
todo el delta del Mekong, Veloso
y Ruiz aprovecharon sus deseos camboyanos de buscar aliados contra Siam para
tentar a portugueses en Malaca y a castellanos en Manila con promesas de
expansión. Fracasaron al principio, pero tras la muerte del gobernador Gómez
Pérez Dasmariñas su hijo, Luis, impulsó dos
expediciones a Phnom Pehn,
en 1590 y 1593, con el objetivo de medrar en río revuelto y conseguir nuevos
territorios y riquezas, tal como se hizo tantas veces en América. No lo
consiguieron. Antes al contrario, los demás se unieron contra ellos, e incluso
la última expedición acabó en un reguero de sangre. Años más tarde ocurrió algo
parecido en la Baja
Birmania, cuando un
grupo de aventureros comandados por Filipe de Brito Nicote lo
dominaron desde su fortaleza de Syriam, hasta que los
demás se unieron para derrotarles. Asia no era América.
Después, en el siglo XIX, las
expediciones siguieron. La muerte de un dominico español en 1857 y los deseos
de expandirse en el territorio más cercano a Filipinas desencadenaron la
expedición de Cochinchina, junto con Francia.
Militarmente, fue un éxito; los occidentales ya no precisaban alianzas con
locales como antaño. Pero Indochina acabó en protectorado francés. La suerte de
las expansiones ya no estaba en manos de los aventureros.
Dossier “La España de las
Expediciones,” Madrid, 4/I/2003
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