El largo brazo de Edward Said

 

El tiempo, las limitaciones personales y la necesidad de centrarse en un solo tema o comprobar datos nuevos limitan muchos estudios científicos a círculos especializados. Ampliar su ámbito obliga a diluir las aportaciones personales entre estudios de temática parecida y, de hecho, sólo unas pocas ideas brillantes consiguen la validez universal que todo estudio busca. Edward Said con su “Orientalismo,” es de los pocos que recientemente lo ha conseguido, quizás junto con Eric Hobswan y Terence Rangel  y la “invención de la tradición,”  o Benedict Anderson, con sus “comunidades imaginadas,” obligando a replantear cómo nos entendemos nosotros mismos y a los demás dentro de una comunidad. Said no sólo fue a las fuentes y realizó un estudio novedoso de un tema específico (los escritos de franceses y británicos sobre el mundo árabe, especialmente Egipto), sino que su libro se ha convertido en uno de los más influyentes de los últimos años, al llamar la atención sobre cómo el colonialismo ha llevado a entender el mundo entre los Occidentales y los “Orientales.” Es decir,  los que no son ni Occidentales ni dominadores. La relación colonizado-colonizador ha sido la primordial para entenderse los unos y los otros, asegura Said. Tras comparar los escritos sobre el mundo “Oriental” de una variedad de especialistas, evidenció su propensión a ver al “Oriente” como la oposición a lo propio: si Occidente era dinámico, materialista y masculino, “Oriente” ha sido visto como retrasado, espiritual y femenino. Los egipcios y los pueblos árabes, en definitiva, fueron vistos primero como tales egipcios o como tales árabes, y luego por ser médico, mujer o campesino, o por tener unas civilizaciones más o menos desarrolladas. Esta percepción “orientalista” ha permeado corrientes de pensamiento muy dispares, desde los estudiosos franceses a las universidades norteamericanas de posguerra, y ha penetrado en personajes ideológicamente opuestos, desde Adam Smith a Karl Marx, que vio positiva la intervención colonial británica en la India: ayudaba a evolucionar a un régimen anquilosado en el pasado, llegó a afirmar.

 

La noción del “Orientalismo,” además, es aplicable a un ámbito mucho mas amplio del que estudió Said. Por un lado, desde el momento en que británicos y franceses, y después norteamericanos, han sido los creadores de imágenes en la época contemporánea, también es válido para el resto de occidentales sobre los mundos diferentes, aunque son necesarias matizaciones importantes, tanto en el caso alemán como en el español, de donde habían surgido un buen número de esas imágenes sobre esos mundos tiempo atrás de que el colonialismo obligara a ajustar las visiones a las necesidades militares. Por el otro, para el resto de “orientales,” porque todos los pueblos colonizados sufrieron de esa caracterización, desde los indígenas de América hasta los japoneses. Eso, aún cuando ellos mismos crearon su propio imperio y, de hecho, también construyeron su “Oriente,”  o Tōyō, centrado en China (denominada con unos ideogramas peyorativos, Shina) y abarcando todos los pueblos que aspiraban a liderar, desde el Asia Oriental hasta el África colonizada.

Fue una noción crucial para mi investigación sobre las relaciones entre España y Japón durante la II Guerra Mundial. Said me permitió dar con una explicación coherente del trasfondo del vuelco tan brusco en la política española en apenas dos años, pasando de la admiración, y de ser el país neutral que mas ayudó al esfuerzo de guerra nipón a querer declararle la guerra. Madrid empezó la Guerra del Pacífico ayudando en espionaje, aceptando la representación de ciudadanos japoneses a los largo del continente americano y colaborando en Filipinas, y la acabó pensando en mandar al Pacífico una División Azul marina. Varias razones hay para ello, por supuesto: las expectativas de victoria eran opuestas. La ausencia de expertos también influyó, porque condujo a que los “enterados” llevaran la voz cantante, incluido Franco, que no podía sino entender a los japoneses sino asociados a su experiencia marroquí. Pero el hilo conductor de ese vuelco tan brusco con Japón, y del aparente sustento entre la población,  es el “Orientalismo”: los japoneses fueron  vistos como tales japoneses primero. Después, como amigos del Eje, como enemigos luchando contra la civilización occidental o como una baza para la posguerra. Ver a los japoneses ante todo como “Orientales” explica que ese giro no lo hubiera ni con italianos ni con alemanes. Londres, de hecho, cuando Madrid tentaba esa declaración de guerra a Japón, en marzo de 1945, respondió que porqué no lo hacía a la Alemania Nazi, que aún no había sido derrotada. Militarmente, la propuesta podría tener sentido. Culturalmente, no: los alemanes son occidentales.

 

         Florentino Rodao