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Fue en los compases finales de la II Guerra Mundial,
cuando sólo faltaba por saber cuándo y cómo desaparecería el Eje.
Mientras los Aliados iniciaban la carrera hacia Berlín, Japón era
bombardeado sin descanso desde las islas de Guam y Saipán,
apenas a cuatro horas de vuelo de los B-52, las temibles “fortalezas
voladoras”. Pero para dar el paso de la invasión era preciso tomar antes
un territorio cercano y que pudiera servir de base operativa, desde luego
más grande que esas pequeñas islas arrebatadas a sangre y fuego.
Filipinas, así, convertido en el cauce principal del avance Aliado hacia
Tokio, volvió a ser escenario de batallas cruciales, esta vez para
expulsar a los japoneses. Fue un tarea relativamente
fácil, en buena parte gracias a la superioridad tecnológica y material
que ya entonces ostentaban los Estados Unidos. La marina de guerra
nipona, de hecho, fue aniquilada en la batalla de Leyte,
en una lucha desigual donde los americanos dispararon casi como a los
patitos de las casetas de las ferias, y el avance por el territorio
filipino no tuvo complicaciones especiales, puesto que los soldados
nipones se replegaron en general a las montañas. Se sabía que Manila, la
capital, y situada en la isla de Luzón, la más cercana a Japón, sería un
hueso más duro de roer, con aproximadamente 600.000 habitantes y con
cerca de 5.000 súbditos de países Aliados encerrados en la Universidad de
Santo Tomás. Pero no tenía porqué salirse de la pauta; la ciudad no había
sido fortificada y las tropas del ejército de tierra nipón también
evacuaron la ciudad, junto con su gobierno títere, dirigido por Jose P. Laurel.
La violencia que tuvo lugar a partir del 3 de febrero dejó a todos con el
paso cambiado. La liberación sin apenas violencia de los occidentales
concentrados en el campus del barrio España de
esa universidad, la mas antigua de Asia, fue un
éxito completo. Pero desencadenó unas expectativas excesivas y el general
MacArthur proclamó inmediatamente, el 6 de
febrero, que la ciudad había caído a las 6 y media de esa misma mañana.
No era cierto. La vanagloria desbordante de ese general le llevó a
dedicar más tiempo a pensar cómo ufanarse (en un desfile planeado para
esa misma tarde) que en sopesar los desafíos pendientes. Porque desde
Tokio el ministerio de la Marina le ordenó al comandante Iwabuchi Sanji (el apellido
antes del nombre) evitar, con los cerca de 15.000 efectivos a su cargo,
que la ciudad y su excelente puerto natural pudieran ser utilizados en el
ataque final a Japón. Esta orden, uno de los muchos ejemplos de la
rivalidad interna entre Marina y Ejército de esos años, fue mucho más que
un contratiempo. El avance de los soldados de MacArthur
pasó a ser fieramente resistido por unos soldados que, sin escapatoria,
no sólo emplearon la arquitectura centenaria del período español como su
mejor escudo sino que, en demasiados casos, utilizaron a los residentes
civiles como su moneda de cambio final; morirían matando. El final de los
combates, así, tardó en llegar un mes y en ese lapso de tiempo Manila se
convirtió en la versión urbana de la estrategia de “tierra quemada”
utilizada años antes por Stalin, incluso en el
coste humano, porque la cifra de muertes civiles se calcula en 50.000, de
los cerca de 600.000 que tenía la ciudad. Hubo “matanzas al por mayor” como
apuntó en su diario el director del colegio de San Juan Letrán, Juan Labrador con partidas de soldados
aprovechando los descansos en los bombardeos para causar el mayor número
de estragos entre la población indefensa. Así ocurrió en el Club Price o en el Club Alemán de Manila, dos edificios
con protección de hormigón que el día 10 de febrero se convirtieron en
trampas fatales para quienes se habían refugiado allí contra los
bombardeos. En el primer caso, una partida de unos 30 soldados ordenó a
los refugiados concentrarse en el patio para después ametrallarles a
mansalva mientras arrojaban granadas, provocando alrededor de 200
muertos, aunque se llegaron a cifrar en 278 al poco de acabar la batalla. El Club
Alemán sufrió la mayor masacre de toda la batalla, porque en los
aproximadamente 4000 metros cuadrados, con un edificio de dos plantas, se
calcula que estaban concentradas unas 800 personas, de las que sólo
sobrevivieron cinco. La partida de soldados-asesinos fue menos, apenas
una decena, pero utilizaron materiales inflamables para prender las
partes inflamables del edificio con la gente dentro, tiroteando a los que
intentaban salir: la mayoría murió abrasada.
Los españoles sufrieron como el resto de los habitantes y en algunas de
esas masacres constituyeron la mayoría de las víctimas. Las hermanas
vascas Rosario y Josefina Gárriz, por ejemplo,
perdieron a maridos e hijos en el Club Price, a
otros cuatro primos y la cuñada en el Club Alemán y a un primo más, Laurentino, sin saberse bien si la culpabilidad
recaía en la metralla de una bomba americana o en el tiro de un soldado
japonés: en el listado consta “procedencia dudosa”. Fueron las víctimas
más numerosas, por ejemplo, en las residencias de dos personajes de la
comunidad española, ambos relacionados con la Compañía General
de Tabacos de Filipinas, cuya sede central estaba en Las Ramblas, las del
empresario Carlos
Pérez Rubio y del doctor Emilio Mª de Moreta, las dos repletas de gente en busca de lugares
seguros. En la primera, el día 12 de febrero murieron 26 del total de 40
incautos refugiados, aparentemente después de desposeerles de sus bienes,
y en la segunda, el día 17, murieron 35 personas (13 hombres, 13 mujeres
y 9 niños; sobrevivieron otras 26 personas, 11, 10 y 5, respectivamente),
tras separar los soldados a hombres y mujeres, y arrojarles granadas de
mano a los unos y bayonetear y disparar a las
otras. La más rememorada fue la del consulado de España del 12 de febrero
en la calle
Colorado, otro edificio que atrajo a los japoneses por
la concentración de personas, muchas de las cuales habían acudido allí
pensando que la bandera española les protegería. Se sabe que el primero
en morir fue un joven guarda que les recibió con una bandera a decirles
que era territorio español, pero no está claro qué ocurrió después,
puesto que la única superviviente fue una niña de 7 años, Ana María Aguilella, a la que se quedó la mente en blanco sobre
esa experiencia. Murieron entre 60 y 70 personas, entre ellos 16
españoles, la mayoría a bayoneta, el arma predilecta de los soldados
japoneses.
El último cobijo ante el avance americano, Intramuros, la antigua capital
amurallada, sumó devastación a las muertes, que incluyeron a misioneros,
puesto que allí estaban los conventos-madre de las órdenes religiosas. El
día 18, al poco de comenzar el acoso contra el recinto amurallado, un
centenar de españoles y mestizos refugiados en la antigua Universidad
de Santo Tomás (que habían salvado la vida días antes, tras ser devueltos
vivos de una estancia en la prisión de Fuerte Santiago), recibieron
nuevas órdenes para salir. El centenar aproximado de hombres mayores de
14 años, incluidos los religiosos, fueron conminados a abandonar el
recinto en dos filas y después obligados a entrar los que cabían en dos
refugios antibombas junto al antiguo palacio del Gobernador, uno casi
exclusivo para los misioneros, mientras que el resto siguieron andando.
Todos sufrieron el mismo destino tras ser encerrados e impedidos sus
movimientos; en el caso de los enclaustrados en el refugio, les
ametrallaron y les arrojaron granadas de mano por los tubos de la
ventilación y los demás, tras ser atados de manos, fueron ametrallados.
Los hubo con suerte y salieron ilesos, pero sólo salió un misionero vivo
de todo el grupo, el palentino Bernardino de Celis.
El destino de las joyas arquitectónicas españolas fue parejo al de las
personas, aun cuando la conciencia de preservarlas ya había llevado al
gobierno filipino a promulgar medidas para su protección. Las paredes de
sus edificios recibieron la mayor proporción de impactos de la Guerra del
Pacífico, en parte porque los soldados japoneses también utilizaron por
primera vez cohetes para defenderse. Además, hubo varias fases, porque si
las primeras dos semanas fueron relativamente tranquilas, a partir del
día 18 los ataques se intensificaron para preparar la incursión,
culminando en el bombardeo masivo del día 23, el día del ataque. Dentro
del recinto amurallado, además, los bazokas,
cuyos proyectiles tienen un efecto máximo sobre las paredes de ladrillos
y hormigón, fueron una de las armas preferidas. Aun así, las paredes del
último reducto nipón, el edificio de Hacienda, se resistieron a caerse, a
pesar de que los norteamericanos concentraron en ese baluarte la
experiencia de los días anteriores. Acabó todo el 3 de marzo de 1945;
entre la primera incursión en Santo Tomás y la limpieza del último
baluarte había pasado un mes entero.
Con el fin de la lucha, Manila empezó una nueva etapa habiendo de
reinventarse, literalmente, desde sus mismos cimientos. Su parte de
identidad hispana fue una de las más perjudicadas. Los residentes
españoles disminuyeron drásticamente su número. De los cerca de 2000
españoles (con cédula de nacionalidad) previos a la guerra, 238 de ellos
murieron (cerca de cincuenta religiosos, otras tantas mujeres y alrededor
de 250 heridos) y pocos meses después, otros 300 regresaron
definitivamente a España, algunos con una mano delante y otra detrás.
Además, también desaparecieron muchos otros miles de mestizos de origen
hispanizado que sentían una doble lealtad, tanto hacia su país de origen
como al lugar donde vivían. Pero la fisonomía de Manila también cambió
radicalmente, y no sólo por los restos centenarios desaparecidos de forma
definitiva. Se dejó para siempre de utilizar la lengua española por la
calle, tal como había ocurrido hasta entonces en Ermita y Malate, meca de
los hispanistas frente a los llamados sajonistas,
donde los censos del año 1939 indican un tercio de sus moradores eran
hispanohablantes, algo excepcional cuando la media del país era el 2,7%.
En la posguerra, los hispanohablantes ya no tuvieron barrios donde se
concentraban y el idioma quedó reducido al ámbito de lo familiar y de los
círculos de amigos más íntimos. Filipinas, así, perdió esa hispanidad que
en la primera parte del siglo XX le había valido para compensar la
influencia americana, en un curioso ejemplo de identidad colonial
devenida en uso anticolonial, y abrazó con pasión al país que le había
librado del yugo japonés. Ahora, las tornas han cambiado, pero lo español
ya no es sino parte de la historia en Filipinas. Ocurrió a partir de esta
batalla, pero no desde 1898.
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