La tragedia de los verdaderos “últimos de Filipinas”
Clio, Febrero 2005, p. 16.
Cientos de españoles fueron victimas “colaterales” del desespero del
ejército japonés en su defensa de la capital filipina durante la postrimerías de la Guerra del Pacífico
En
febrero de 1945, durante la batalla de Manila, los japoneses masacraron
brutalmente a cientos de españoles. Las autoridades franquistas se indignaron,
pero corrieron un velo sobre los hechos or razones políticas. Sesenta años
después, la tragedia de los verdaderos últimos
de Filipinas permanece en el olvido.
La
Batalla de Manila fue la más sangrienta y destructiva de la Guerra del Pacífico.
El legado arquitectónico de tres siglos de dominación colonial desapareció, así
como un mínimo de 238 españoles. Ello obedeció a que japoneses y
norteamericanos se enfrentaron principalmente en los barrios residenciales,
Malate y Ermita, y en Intramuros, únicas zonas de la ciudad donde el español
era la lengua habitual en la calle.
No ha sido durante ningún bombardeo ni en
fusilamiento alguno durante
Las
tragedias vividas en esos días son sobrecogedoras. En el asalto al consulado de
España, los soldados japoneses mataron a los aproximadamente sesenta
refugiados, dejando viva apenas a una niña de siete años, Ana María Aguilella, hija de un trabajador de
Los
testimonios son desgarradores y la lista de víctimas es larga, pero imposible
de precisar con exactitud.
La
culpa indiscutible de la masacre recae en los soldados japoneses. Pero debe
remarcarse que el mediático general Douglas MacArthur no dejó escapatoria a las tropas de la Marina
japonesa (aunque no está claro si sus mandos hubieran decidido replegarse a las
montañas), y ordenó bombardeos que demolieron la bella arquitectura colonial
hispana, entonces emblema de Filipinas.
Lo más inexplicable, sin embargo, fue la escasa repercusión
en España. Franco planeó declarar la guerra a Japón tras conocer las masacres.
Pero, al arreciar una campaña de Washington contra el cónsul en Manila -un
falangista beligerantemente antinorteamericano que
cometió actos pro-japoneses-, corrió un velo sobre ello. Se dio la paradoja de
que ese año se estrenó en España el film Los Últimos de Filipinas, de
Antonio Román, que exalta la resistencia de los españoles refugiados en la
iglesia de Baler al mando de un iluso. El popular film contenía escenas de
soldados estadounidenses que los intentaban ayudar, en sintonía con las
necesidades del régimen.
Hoy, el recuerdo de la célebre película ensombrece el de
los verdaderos últimos de Filipinas,
cuyo olvido debería ser reparado par evitar su segunda muerte.
Autor de Franco y el imperio japonés
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