FLORENTINO RODAO enseña en la
Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense
y es autor de «Franco y el imperio japonés» (Plaza & Janes, 2002)
Me ha pasado en Vietnam, como a muchos otros. Durante las semanas allí
visité tumbas de soldados, museos de la guerra, túneles, pasé por cráteres
de bombas y conocí a la gente variopinta que uno encuentra cuando viaja
solo, ya sea en moto o en esos lentos trenes donde tanto tiempo hay para
charlar.
Pero no encontré traza de ni de antiamericanismo ni del antiimperialismo
que uno piensa les condujo a la victoria. Por supuesto, hablando vietnamita
habría podido comunicarme mejor, pero ese país ha colocado a la guerra con
Estados Unidos en el estante de la historia. Lo contrario que en China, Corea o
Filipinas con Japón, a pesar de que su ocupación se zanjó treinta años
antes. Parece que la guerra acabó ayer.
Hubo diferencias, obviamente. Los soldados americanos más visibles para el
campesino medio fueron los pilotos de los aviones que arrasaban las
cosechas, pero la guerra fue, sobre todo, la de unos vietnamitas luchando
contra otros. Vietnam también fue consciente de la proporción de
norteamericanos contra de la guerra, como ahora lo es de su liderazgo
económico y, en definitiva, eso ha ayudado a que, de alguna manera, si no
se han olvidado sus desmanes, se haya preferido el manto del olvido. Los
japoneses tuvieron una imagen muy distinta en Asia Oriental porque sus
soldados, campesinos que salían de su aldea por primera vez, difícilmente
pudieron convencer de otra forma que por la fuerza bruta. Aunque vencieron,
no convencieron, y aunque en Indonesia (Las Indias Orientales Holandesas)
fueron recibidos con aplausos, en países como Filipinas nunca pudieron
evitar que la población, acostumbrada ya al teléfono, a los coches y al
standard de vida más elevado de toda Asia, les mirara por encima del hombro
tras verles llegar en bicicleta. Lo mismo ocurrió con los chinos, como
declaró por esos años Jiang Jieshi
(Chiang Kai-shek):
«Nosotros asociamos el término japonés con aquellos que se dedican al
tráfico de opio, a vender morfina, a hacer cocaína, a distribuir heroína, a
poner en marcha cuchitriles de opio, a monopolizar la prostitución, a
tratar secretamente en armas, a ayudar a los bandidos y a proteger a los
elementos indeseables. Japón significa criar traidores para que entorpezcan
el orden público, corrompe la moral de la gente y dedicarse a una intriga
con el objeto de envenenarnos y reducirnos al bandidaje».
No es cierto, había muchos comerciantes y todo tipo de profesiones, pero la
imagen predominante fue esa soldadesca prepotente y unos mandos actuando
por su propia cuenta en un país que estaba en horas bajas, pero con una
cultura excepcional de la que habían bebido hasta los mismos japoneses. El
Incidente de Manchuria de 1931, el mayor desafío
al sistema de seguridad internacional instaurado tras la I Guerra Mundial,
fue provocado por ejército estacionado en el norte de China, en contra de
las instrucciones de Tokio. Y algo parecido ocurrió con la guerra Chino-Japonesa
de 1937 a
1945: tras una excursión nocturna por el Puente de Marco Polo, cercano a
Pekín, donde se había producido un intercambio de disparos entre
guarniciones, los nipones notaron que había desaparecido un soldado y
acusaron a los chinos de su desaparición, cuando en realidad simplemente se
había escapado para desatar pasiones más atávicas con una lugareña. Pero
los insultos ya no se pudieron parar tras haber pedido ayuda a los
superiores y haber intercambiado nuevos disparos, menos aún pedir disculpas.
Durante el medio año desde que esos artificios y carreras nocturnas
tuvieron lugar (precisamente, un 7 de julio) hasta la toma de Nanjing, los
militares japoneses no supieron digerir tanta victoria militar. Mientras
derrotaban una y otra vez a los chinos, no hacían sino aumentar las
condiciones de paz, incluso las hechas por ellos mismos, y en el propio
Japón las facciones más extremistas llevaban la voz cantante. A ese momento
álgido contribuyó también la coincidencia con la Guerra Civil Española,
puesto que ambos bandos ajustaron esquemas rápidamente para encontrar
amigos y enemigos. Los nacionales buscaron en Tokio el reconocimiento
diplomático de Franco y para ello estuvieron dispuestos a dar un paso que
hasta entonces sólo había dado El Salvador: establecer relaciones formales
con el estado títere del Manchukuo. Así, arrastraron a la Italia de
Mussolini, que después haría lo propio con la Alemania de Hitler: el mundo
les reconocía finalmente sus conquistas.
En medio de este desafuero de optimismo tuvo lugar la toma de Nanjing, la
capital enemiga. Quizás porque hacía pensar en la victoria absoluta de los
japoneses, desencadenó una orgía de sangre que fue más allá de los
asesinatos de soldados fuera de control, tan frecuentes en esa guerra, o las
crueldades tan descarnadamente narradas por Shan Sa en La jugadora de Go
(Planeta, 2002) sino también los asesinatos masivos de prisioneros de
guerra, preparadas previamente por los mandos destacados en China, de nuevo
al margen de sus superiores en Japón. Las cifras oscilan desde los 42.000
«asesinados ilegalmente» calculados por el historiador Ikuhiko
Hata a los 300.000 asesinatos (y 20.000
violaciones) de las cifras más elevadas, pero la cantidad más aceptada
ronda en los 100.000 muertos. Hata, ciertamente,
no contabiliza los «asesinados legalmente»; es decir, los muertos en
combate (aunque Japón consideró el conflicto un «incidente» y nunca declaró
la guerra oficialmente) y, sobre todo, los muchos soldados rezagados o que
se habían quitado las ropas militares antes de ser capturados. Nunca será
posible saber las cifras con exactitud, porque el único dato fiable de esos
momentos son las cifras compiladas de enterramientos de la Cruz Roja y de la
Sociedad de la
Esvástica Roja. Fuera de este dato limitado, las
especulaciones se disparan: un oficial japonés habló en una ocasión de
150.000 cadáveres arrojados al río, por ejemplo, en lo que a todas luces
parece una exageración.
Como los intentos de negar la masacre a cargo de la llamada «Facción de la
Ilusión». Masaaki Tanaka, en su libro «Lo que
realmente sucedió en Nanking. La refutación de un mito común», se refiere a
multitud de fotografías falseadas sobre esa masacre, incluyendo cabezas
cortadas de bandidos que son atribuidas a nacionalistas chinos. Pero el
propio Tanaka sabe bien de imposturas, porque al editar y publicar el
diario del comandante en jefe japonés, Matsui Iwane, hizo cerca de 900 alteraciones para minimizar
las sugerencias de atrocidades.
Tras el final de la guerra, Japón ha sido incapaz de salir de esa dinámica
de la negación de lo obvio y la provocación al aludido. El rechazo a la
guerra entre su población tuvo ante todo repercusiones internas, porque el
desprestigio de lo militar sigue siendo uno de los mas extendidos en todo
el mundo, mas allá del famoso artículo IX de la Constitución. Pero
hacia el exterior no ha sabido expresarlo como Alemania, quizás porque el
ciudadano medio sufrió mucho más las carencias de la guerra; si los
alemanes pasaron hambre sólo en el último año de guerra, los japoneses se
alimentaron de victorias militares y poco más durante siete años. La escena
de la
película Pearl Harbor
en que la escuadrilla de Doolittle sobrevuela un
jardín típico con japoneses paseando con parasoles y en kimono desapareció
de la versión nipona porque en 1942, sencillamente, ni había artículos de
lujo ni la población tenía tiempo para el asueto cuando la búsqueda de
alimentos ya era tan acuciante.
Las disculpas niponas por las consecuencias de su expansionismo han sido
numerosas, desde el emperador hasta los primeros ministros, especialmente
la del socialista Maruyama en 1995, y en algunas
ocasiones los dirigentes asiáticos las han considerado suficientes y han
sugerido mirar hacia delante. Pero no han dejado de aparecer noticias sobre
la guerra y la tentación de utilizarlas, especialmente atractiva. La
Masacre de Nanjing fue re-descubierta en la década de 1970 (primero por
profesores japoneses, en la década de 1980 por los chinos y en la siguiente
por los occidentales), las polémicas por los libros de texto empezaron en
1982, en los noventa surgieron con fuerza tanto la Unidad 731 de guerra
biológica como las «esclavas del placer», llevadas a la fuerza para
satisfacer a los soldados, y la implicación del propio ejército en ello.
Se pudo haber hecho una comisión conjunta para los libros de texto como
entre Alemania y Francia, pero hasta hace pocos años era impensable,
teniendo en cuenta que Japón era el principal baluarte contra el régimen
comunista chino y es dudoso que Tokio pudiera haber dado un paso en esta
dirección sin la aquiescencia estadounidense. La comparación con Europa, en
todo caso, es más útil si pensamos en las décadas previas a la II Guerra Mundial,
cuando tanto alemanes como franceses seguían viéndose capaces no sólo de
liderar Europa en solitario, sino de aplastar al competidor. En Asia no se
ha llegado a la certidumbre sobre el futuro que impregna las visiones de
Europa desde hace ya décadas. Es difícil prever cómo será el futuro de
Asia, especialmente una vez que desaparezca la presencia actual
estadounidense: quizás China llevará la voz cantante, quizás habrá un
equilibrio, quizás el Sudeste de Asia aumente más aún el papel tan
importante de bisagra que cumple ahora, o quizás se formará algún tipo de
institución siguiendo a la Unión Europea. Mientras
tanto, las espadas están en alto. En el sentido figurado y en otros.

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