Florentino Rodao
El 5 de septiembre de 1905, Con la firma en PORTSMOUTH del
tratado de PAZ entre Rusia y Japón, la nación nipona consiguió la victoria en
una contienda, relegada pero no olvidada, que supuso la mayor sorpresa militar
de comienzos del siglo xx . Hace cien años se plasmó la mayor sorpresa militar
de comienzos del siglo XX. Japón derrotaba a Rusia. Y
quedaba plasmado en el Tratado de Paz firmado el 5 de septiembre de 1905 en
Portsmouth. El resultado fue especialmente humillante para el Zar y sus
súbditos, henchidos de autosuficiencia y mofándose de los «macacos» nipones
hasta que los hechos demostraron de lo que era capaz esa «raza amarilla». Los
japoneses, simplemente, utilizaron al máximo todos los recursos, bien
conscientes de la dificultad de triunfar ante una de las grandes potencias de
entonces: sus militares más optimistas apenas se concedían un 50 por ciento de
posibilidades de victoria. La audacia fue la primer arma nipona. Las vidas
humanas fueron la segunda, porque la toma de Port Arthur supuso decenas de
miles de víctimas, superadas después por la toma de Mukden, la mayor batalla de
la historia hasta entonces, en donde murieron 165.000 soldados del total de
650.000. Tokio sólo consiguió una victoria clara en la última batalla naval, en
los estrechos de Tsushima, al derrotar sin paliativos al grueso de la flota
rusa, la del Báltico. Los japoneses, además, tuvieron la suerte de la
desmembración interna rusa desde el verano, a raíz del motín del acorazado
Potemkin.
BENEFICIOS.
Pero tampoco fue una «espléndida guerrecita», como años
antes el presidente norteamericano definió la guerra contra España de 1898. Los
beneficios para Japón fueron pocos. Porque si la Revolución de 1905 bloqueó a
Rusia, Japón estaba tan exhausto o más: había movilizado cinco veces más
soldados que en la guerra contra China de 1894-95, había sufrido seis veces más
muertes y el gasto se había multiplicado por nueve. No tuvo más remedio que
firmar el Tratado de Paz en los términos dictados por los negociadores rusos y,
más allá de una porción de la isla Sajalín, los beneficios fueron nimios. Tokio
ni siquiera cobró una indemnización.
Peor aún, el ejemplo de tantas carnicerías humanas tampoco
le sirvió al resto de la humanidad. Las ametralladoras y las demás armas nuevas
fueron letales al máximo en las praderas de Manchuria, pero las tácticas
militares durante la I Guerra Mundial siguieron centradas en los ataques a las
trincheras enemigas, y los recursos se siguieron gastando en cuerpos ya
redundantes, como la caballería.
La admiración por Japón fue el único resultado palpable de
la contienda. No obstante, la historiografía y la memoria están relegando esta
guerra que acaba de convertirse en centenaria. Sea por el eclipse de las dos
guerras mundiales, por el posterior estallido de la Revolución Rusa o porque
los desmanes militares japoneses posteriores fueron mucho mayores, los
principales estudios no han ido más allá de los historiadores militares. Los
estudios académicos han sido importantes, pero ninguno ha llegado al nivel de
gran obra. El gran especialista británico en la política exterior japonesa, Ian
Nish, ha analizado los intereses de Rusia, dominando Manchuria y sopesando
involucrarse más en Corea y China, y por qué ninguneó a Japón, siempre
dispuesto a negociar.
MOMENTO CRUCIAL
El principal especialista en la prensa japonesa del siglo
XIX, James L. Huffman, ha definido como «nuevo chovinismo» el papel de los
medios de comunicación nipones, por su información especialmente tergiversada
sobre Rusia y por apostar fuertemente por la guerra. Las decisiones y los
disturbios en Japón en protesta por la paz insatisfactoria han sido
interpretados por Shumpei Okamoto como una «competencia de lealtades». Pero el
centenario de la guerra ha pasado casi sin pena ni gloria. Algunos han acuñado
el término World War Zero, pero los libros aparecidos a propósito del
centenario han sido pocos, y sigue destacando una reedición de El sol
naciente y el oso abatido (Rising sun and tumbling bear), de Richard
Connaughton, co-autor de otra obra sobre la Batalla de Manila.
Relegada, pero no olvidada. Porque la guerra contra Rusia
es, ante todo, un momento crucial inserto en procesos más amplios. Los debates
más interesantes sobre el Japón del último siglo, como son el porqué de la
deriva militarista que acabó ahora hace precisamente sesenta años y la
modernización del sistema imperial tienen en la Guerra de 1904-05 argumentos
decisivos. El debate más teñido políticamente es sobre hasta qué punto fue
inexorable la deriva ultranacionalista nipona que acabó en la Guerra del
Pacífico. Ese militarismo fue considerado durante años como una aberración de
la «normalidad» dentro de una historia que veía a Japón como un ejemplo de
progreso paulatino y acercamiento a Occidente, centrada en los avances
modernizadores de la época Meiji. Frente a ellos, están los que se preguntan
por los «caminos no tomados». Japón no era un actor pasivo en el plano
internacional, sino un país diseñado y conformado por sus propia elites, como
describe Kenneth Pyle en su The Making of Modern Japan, que han buscado
conscientemente la expansión imperial. Estos historiadores rupturistas, como
Mikiso Hane, recientemente fallecido, John W. Dower o Tetsuo Najitase, plantean
que sería también conveniente preguntarse por las implicaciones de las
decisiones de los gobiernos en aspectos menos llamativos pero igual de
importantes, como el nivel de vida de la población. Frederick R. Dickinson, en
su libro sobre Japón ante la I Guerra Mundial, War and National Reinvention, ve
sobre todo euforia en los dirigentes japoneses durante la Gran Guerra: buscaron
oportunidades por las dificultades del imperio alemán para mantener sus
dominios en el Pacífico y manipularon hechos, tanto los interiores como los
exteriores, en pos de sus objetivos expansionistas.
PUNTO DE INFLEXIÓN.
En el caso de la modernización de Japón, no comenzó en los
años de la guerra con Rusia, pero los cambios que desencadenó sí la llevaron a
un punto de inflexión. Carol Gluck ha escrito el libro quizás más innovador
sobre los últimos años del período Meiji (1868-1912), describiendo la
renovación del sistema imperial tradicional en uno nuevo y moderno que
justificó y dio alas al militarismo, actualizando sus contribuciones y su
simbología, el llamado Kokutai, un término compuesto de dos ideogramas, país y
cuerpo, que suelen definirse como «la esencia de la nación». Si la victoria
sobre Rusia de 1905 fue sorprendente, el Kokutai permitió explicarla en
términos nipones, puesto que definió lo que significaba ser japonés como lo
propio, como opuesto a lo «otro».
Japón contó con dos facciones principales entre sus
dirigentes. Una estaba encarnada por el ejemplo de Gran Bretaña y su imperio,
era más proclive a desarrollar la armada y contó con líderes como Takaaki Kato
o Shigeru Yoshida, que participó en las negociaciones de Paz con Rusia en
Portsmouth, en los comienzos de su carrera diplomática. La otra facción miraba
el ejemplo alemán, con líderes como Aritomo Yamagata, Yosuke Matsuoka o tantos
jóvenes militaristas de la década de 1930, obsesionados con la conquista de
China y Asia. Desde luego, no eran dos polos opuestos ni compartimentos
estancos. Porque todos los dirigentes apoyaron la expansión y su principal
diferencia fueron los métodos.
La ideología del Japón militarista, la deriva propagandística contra Occidente o la decisión de expandirse por encima de cualquier otra consideración (como, por ejemplo, un nivel de vida más elevado para la población), en definitiva, fueron producto de una guerra que tuvo lugar hace cien años. Aunque sea menos visible.