Florentino
Rodao.
Profesor titular interino
Departamento de Historia de
la
Comunicación Social
Facultad de Periodismo
Universidad Complutense de Madrid
Boletin
GovernAsia (Número 1) Filipinas Julio 2006
FILIPINAS SALE DE UN
INTENTO DE GOLPE DE ESTADO, DE NUEVO
Tras el fracaso del intento de golpe de Estado del
pasado mes de febrero, Filipinas sigue inestable, tanto por la forma en que fue
abortado como por la continuación de los problemas internos. El sistema
político tan volátil, no obstante, convive con una economía que muestra signos
prometedores y una sociedad cada vez más robusta: hay razones para el
optimismo.
El golpe que tuvo lugar en la segunda mitad de febrero
de 2006 fue extraño. No hubo golpe como tal, los implicados eran una amalgama
de desencantados de la presidenta, Gloria Macapagal-Arroyo
(a la que se refiere la prensa como GMA) y las razones de los golpistas eran
muy diversas. Algunos políticos (los llamados trapo, por el significado tan fácilmente comprensible en castellano
de juntar las primeras sílabas de traditional politician) se adhirieron como forma de resarcirse por no
ostentar cargos con la nueva administración, algunos militares lo hicieron por
pensar que las masas les seguirían y las facciones comunistas, por un intento a
la desesperada de ganar un espacio político del que han casi desaparecido, en
parte por sus propias rivalidades internas. (Bryan Walsh, “Emergency story” 26/II/2006,
Time Asia; Antonio C. Abaya, “A TIMEly story,” 2/III/2006,; Conrado de Quiros, Kataksilan, en Philippine Daily Inquirer, 18/V/2006))
Tras el segundo golpe serio del que ha salido librada (al que es necesario
añadir las numerosas crisis políticas sufridas desde que llegó a la presidencia
hace cinco años por la recusación (impeachment) de su
antecesor, Joseph E.
Estrada), Gloria Macapagal-Arroyo
ha mostrado una destreza política, acompañada de suerte, que no se le imaginaba
cuando fue elegida vicepresidenta en las elecciones celebradas en 1998
representando a un partido distinto al del vencedor en las presidenciales,
Joseph E. Estrada. La constitución de Filipinas establece una votación separada
para los dos cargos principales en el Estado, lo que permitió a GMA suceder
legalmente a Estrada sin lastre político. Pero la presidenta también esta dando
otras sorpresas, especialmente por su disposición a actuar por medios no
completamente democráticos para prevenir una nueva intentona golpista, lo que
ha llevado a señalar al Internacional Herald Tribune que su
“tendencia autoritarias creciente” podría dejar a la propia democracia en
peligro (“The sad decline of Arroyo”, 26/IV/2006).
Más allá del breve estado de excepción declarado durante el golpe del pasado
febrero, la presión contra los opositores al gobierno se está endureciendo. Satur Ocampo, el líder de Bayan
Muna, uno de los principales grupos izquierdistas, ha pasado a la
clandestinidad, tras confusos asesinatos de dirigentes. Los medios de
comunicación social en Filipinas también han sufrido presiones de diverso tipo,
desde las ejercidas sobre trabajadores del prestigioso Center for Investigative Journalism,
al asesinato de Fernando Batul, en la ciudad de
Puerto Princesa (Palawan), por disparos desde una
motocicleta. Mientras que en el primer caso el origen de las presiones se
supone reside en círculos vinculados a la administración, en el segundo es más
achacable a la excesiva facilidad en el uso de armas de fuego para dirimir
disputas La calidad media de la prensa es mejorable, pero no faltan quienes
están dispuestos a ofrecer informaciones veraces, aunque en ocasiones tengan
que pagarlo con la vida y Batul se ha convertido en
el quinto periodista asesinado en 2006 y el número 52 desde la llamada Revolución EDSA
(Epifanio De los Santos Avenue) de 1986, que acabara
con la dictadura de Marcos. La ONG con sede en París, Reporters Sans Frontieres,
ha calificado a Filipinas en segundo lugar, después de Irak, en el ranking de
países peligrosos para periodistas (“Journalist killed in Philippines ambush,” Straits Times,
22/V/2006) y las medidas propuestas por las autoridades tras la muerte de Batul -autorización para que vayan armados, según apuntó el
ministro de Justicia- no parece que vaya a resolver definitivamente el
problema. La Iglesia
Católica, por su parte, se muestra cada vez menos proclive a
implicarse en la política diaria del país. Tras la muerte del carismático
Cardenal Sin, implicado en numerosas convocatorias de carácter político, el
cardenal Rosales, su sucesor, parece decidido a evitar tanto protagonismo,
aunque permanecen las declaraciones de cariz político entre los prelados, como
el presidente de la Catholic Bishops
Conference, el arzobispo de Jaro Ángel Lagdameo, que ha
invocado la necesidad de una nueva “estirpe de líderes”. Este progresivo cambio
de la Iglesia Católica
ya quedó aparente en la crisis de crisis de fines de junio de 2005, provocada
por las sospechas de fraude masivo en las elecciones, cuando la Iglesia Católica
emitió una pastoral donde se limitó a proponer la unidad y el uso de la razón
como forma de búsqueda de una solución. Más recientemente, ante la proyección
de la película El Codigo de Vinci,
protagonizada por Tom Hanks,
objeto de críticas y manifestaciones en una buena parte de Asia, el cardenal
Rosales ha criticado lo que considera un ataque contra la divinidad de Cristo,
pero no ha pedido su prohibición. De hecho, la censura del país, que ya en 1994
impidiera inicialmente el filme Belle époque, dirigido por Fernando Trueba,
ha reflejado este cambio y ha optado por su autorización. (“Faithful
attack “Da Vinci”, Internacional Herald Tribune,
17/V/2006) Personalidades aparte, la nueva actitud de Rosales refleja unos
cambios en la sociedad filipina parecidos a los que está viviendo también
América Latina y que recuerdan a los experimentados en Europa décadas atrás.
Los católicos en Filipinas, especialmente entre los estratos medios y altos de
la sociedad, empiezan a vivir unos sentimientos menos comprometidos ante su fe
religiosa, y la influencia de la jerarquía católica sobre temas como el sexo premarital, el aborto, el divorcio o la homosexualidad está
en franco declive. El “Catolicismo de cafetería”, una expresión antigua
denigrante hacia quienes practicaban en otros países las doctrinas de la fe
católica de una forma parcial, como si de escoger un menú se tratara, vuelve a
utilizarse, pero en esta ocasión para referirse al propio país. (Antonio C. Abaya, “Catholicism Cafeteria”, Standard
Today, 13/IV/2006)
Los datos económicos, por último, están probando ser el mejor sedante, aunque
imperfecto, para los sobresaltos políticos. Las remisiones de sus emigrantes en
el exterior (los famosos OCW, o Overseas Contract Workers) llegaron a
cifras record en 2005, con 10,5 billones de dólares, mientras que también sigue
un buen camino el programa destinado a acabar con el déficit presupuestario del
gobierno, que en su momento álgido llegó a ser el principal emisor asiático de
deuda, después de Japón. El incremento de ingresos del Bureau
of Treasury, junto a la reducción de gastos de la
administración, está llevando a unos niveles de superávit en el presupuesto no
alcanzados en los últimos nueve años que repercuten en el valor del Peso
Filipino, cuyo ascenso está siendo un reflejo de la ortodoxia de la política
macroeconómica. Si en 2003, durante los peores momentos del déficit fiscal
(5,8% del PIB), el Peso bajó hasta los 56 por dólar, el cambio en 2006 está
siendo cada vez más favorable, habiendo llegado hasta 50 por dólar. La
reducción del déficit a menos de la mitad se debe también al aumento de la
presión fiscal, especialmente el EVAT (expanded value-added tax),
implantado en noviembre de 2005 con un 10% y elevado en dos puntos más desde el
1 de febrero de 2006. Los objetivos a largo plazo siguen algunas de las
directrices planteadas durante el sexenio del presidente Fidel V. Ramos, cuyo
objetivo era equiparar los porcentajes de ingresos del Estado con los de otros
países de la región, pero todavía es pronto para saber el éxito de esta
política. En primer lugar, porque a pesar de ese aumento en los ingresos totales
todavía no está clara la capacidad del gobierno para implementar los impuestos,
más allá de la obvia mejora por la reducción en el servicio de la deuda. En segundo lugar,
porque la actual reducción de gastos estatales puede ahogar la economía del país.
Además de los problemas que para los filipinos está suponiendo la reducción de
gastos sociales (Roel Landingin, “Philippines
surplus surges amid spending cuts outcry”
en Financial Times,18/V/2006),
las exportaciones pueden quedar definitivamente hipotecadas si no tienen lugar
inversiones urgentes en infraestructuras que permitan mejorar la competitividad
del país. Tras el descenso a la mitad de la proporción del PIB destinado a
obras públicas durante el quinquenio 2000-2005, muchas compañías de semiconductores,
una de las exportaciones claves de Filipinas, están reconsiderando abandonar el
país por culpa tanto de un suministro de energía costoso y variable como de
unas carreteras en mal estado. (Roel Landingin,
“Manila raises public spending as income from taxes surges, en Financial Times, 21/IV/2006) El repunte económico
parece viable y las reformas del gabinete dirigido por GMA muestran un gobierno
competente, pero aún quedan muchas dificultades por resolver.