Participación en la Mesa Redonda sobre “La imagen de España en Japón y de Japón en España,” dentro de la Jornada Proyecto Marca España, celebrado en la Embajada de España, Tokio, 26 de julio de 2006

 

 

 

 

        Estimado publico,

 

Quería centrar mis comentarios a la encuesta sobre la imagen de España en Japón en su punto necesariamente más débil, es decir, en los cambios. Obviamente, la encuesta realizada en abril de 2003 es el estudio más fiable, pero necesariamente es una foto fija y para valorarla mejor, teniendo en cuenta que es la primera en su extensión, la comparación con lo que ya sabemos de las imágenes pasadas resulta de gran ayuda. Con los datos de la encuesta y lo que sabemos del pasado y de su evolución podremos pensar mejor en cómo mejorar la imagen de España en un futuro. No es una cuestión baladí puesto que la característica principal de las imágenes mutuas a lo largo de la historia han sido, precisamente, los cambios bruscos.

 

En primer lugar, considero una característica crucial que los dos países tengan una imagen muy definida del otro, casi incluso desde el principio de los contactos en el siglo XVI. La historia ha dejado un legado fácilmente identificable que sigue aumentando, desde el flamenco, el bizcocho Kasutera o Don Quijote, hasta el judo, los manga o las geishas. Si los japoneses conocen a San Francisco Xavier o admiran la pasión española, los españoles son conscientes de los logros artísticos de Japón y de la alta tecnología de muchas de sus empresas. Y aunque los contactos mutuos pueden ser más intensos, en ambos países hay grupos que devoran, literalmente, las aportaciones culturales del otro. La popularidad de la enseñanza del flamenco o de la lengua española en Japón es comparable a la que existe en España entre los que practican  artes marciales o para el creciente número de consumidores de los manga japoneses. Unos y otros tienen una imagen fácilmente identificable en el otro, un activo muy valioso que, por ejemplo, no se encuentra en la imagen de España en Estados Unidos.  Esto significa que el objetivo principal ante las imágenes no es crearlas, sino modificarlas, puesto que ni japoneses están contentos con su imagen en España, ni al revés.

 

En segundo lugar, para cambiar esas imágenes es necesario primero conocerlas en profundidad. Las imágenes tienen componentes tanto descriptivos como emocionales, y sus usos son tanto expresivos como instrumentales. La imagen de un país está basada tanto en iconos o estereotipos sedimentados de diversas formas a lo largo de los años, como en flujos, aportaciones de los medios de comunicación y en el reflejo sobre la autoimagen nacional. La imagen general de un país varía según cada momento, acercándose más o menos a los extremos positivos o negativos, que  en el caso de la imagen de España en el mundo abarcarían desde la España romántica de Carmen por un lado a la Leyenda Negra de la crueldad de sus conquistadores por el otro. La de Japón podría ser la de la Geisha y los valores estéticos por un lado y, por el otro, su también Leyenda Negra sobre el militarismo japonés y el “no tener sentimiento de culpa hacia la guerra,” en palabras recientes expresadas por un periodista.

 

No obstante, prefiero centrarme en las imágenes concretas de un país más que en la visión general para considerar su evolución, porque una característica crucial es que son de cara y cruz. Es una cuestión muy discutible, pero podría considerarse a este respecto las imágenes del samurai y del conquistador, porque ambas tienen aspectos tanto positivos como negativos. Si bien denotan sacrificio, valentía, arrojo y otras característica positivas, también pueden volverse en contra, especialmente si se saca a relucir la crueldad, como ha ocurrido a propósito de la Leyenda Negra en el caso de España o de la II Guerra Mundial en el de Japón: el samurái se transmutó en un despiadado asesino y el conquistador en un salvaje dilapidador de  las culturas precolombinas. Algo parecido ocurriría con la Geisha y la Carmen española, obvio objeto de deseo sexual masculino adaptado a los tiempos y a los momentos. Rubén Darío aseguraba en una de sus poesías: “ámame japonesa, japonesa antigua, que no sepa de naciones occidentales” y Shiba Shiro, en su novela de la época Meiji Extraños encuentros con señoritas elegantes hacía que una española (y una irlandesa) se enamorara del protagonista japonés a lo largo de sus viajes a lo largo y ancho del mundo. Pero esa imagen también se ha vuelto del revés en ocasiones, porque tanto la geisha nipona como la Carmen española han pasado a ser descritas también como traicioneras. Las imágenes nunca desaparecen, sino que sólo dormitan, e incluso son muy resistentes al cambio. En los momentos de amistad se prefiere observar el amor por la patria del samurai y en los de odio su crueldad, pero las imágenes es difícil que desaparezcan.

 

Este aspecto de la cara y la cruz me parece crucial para explicar los cambios bruscos en las relaciones entre España y Japón. Así ocurrió con las primeras relaciones en que se pasó en pocos años de las misiones de jóvenes desde algunos feudos a la península a la prohibición de lo español, hasta el punto de que los integrantes de esas misiones prefirieron callar tras su regreso. Aunque Manila era el segundo puerto en importancia para Japón, en poco tiempo los shogunes impidieron la entrada a todos los españoles, sin saber o querer diferenciar entre comerciantes y misioneros. En la II Guerra Mundial ocurrió algo parecido, porque España y Japón pasaron de aliados a enemigos en muy poco tiempo y de forma muy radical, hasta el punto de que España quiso declarar la guerra a Japón aún cuando tras Pearl Harbor fue el país europeo que más había ayudado en su esfuerzo de guerra. A lo largo de mi estudio, de hecho, me he encontrado con una característica de las relaciones entre España y Japón que no tienen las de otros países más cercanos culturalmente, como es que los cambios de las percepciones han precedido a los cambios de la política. No se si ocurre algo parecido en relación con China, próximamente se presentará una Tesis Doctoral que lo ha estudiado y quizás lo podré responder mejor, pero la encuesta de Noya parece confirmar esta marcha autónoma de las imágenes frente a las realidades: “la toma de contacto con nuestro país refuerza los estereotipos, más que los cambia” [347]

 

Esta preeminencia de las imágenes que permite la brusquedad, además, se sigue manteniendo hasta la actualidad a pesar de los avances de la sociedad de la comunicación, lo que parece aún más grave. Eso es lo que pienso yo del conflicto de Suzuki en Linares en el año 1994 o de esa brusca caída de un 40% en las visitas de turistas japoneses a Madrid en el año 2000. Aunque ya no hay guerras ni conflictos que hagan pensar en peligros más grandes, las palabras y las actitudes proferidas en los momentos críticos refuerzan esa idea de que las imágenes no desparecen, sino sólo dormitan, tal como muestran unas viñetas aparecidas en la prensa de entonces y que traigo, tras haber sido recogidas en una tesis doctoral de Rafael Cuesta Ávila.

 

El gran reto de las relaciones, por tanto, es su evolución. Por supuesto, van evolucionando, y la propia encuesta señala un cambio de la imagen de España entre los más mayores, que por ejemplo la asocian a Iberoamérica, y los jóvenes, que lo hacen con Europa. Pero el reto es evitar otro Linares repentino o que un hecho desgraciado descarrile la labor de años. Para ello, un problema crucial es la relativa escasez de hispanistas en Japón o de niponistas en España a nivel de toma de decisiones, que lleva a un predominio del enterado sobre el especialista. Aquí es necesario señalar la diferencia entre los dos países, el kataomoi que tanto gusta repetir a los embajadores japoneses en España, porque el número de hispanistas nipones es mucho más elevado que el de sus complementarios. Esto explica que el vuelco de Linares, ciertamente, fuera más grave que la caída del turismo en Madrid. Esta es la tarea que creo debemos perseguir.

 

 

Antes de finalizar, permítanme un último comentario sobre lo que me sugiere la encuesta a la hora de plantear el futuro de las relaciones o los contactos mutuos. Considero excesivos los comentarios sobre las semejanzas mutuas, tan recurrentes para mostrar el deseo de mejorar las relaciones. Hay muchos ejemplos estudiados: en literatura,  las similitudes entre Chikamatsu Monzaemon y Lope de Vega o entre Ihara Saikaku y Francisco de Quevedo. El sentimiento poético hacia la muerte en Víctor Erice y el haikista Basho, el Mono no Aware y el cante jondo, la uta japonesa y la copla del sur de España y un largo etcétera.

 

No obstante, los resultados de la encuesta van por otro camino, porque indican que los japoneses tienden a ver en los españoles lo que  ellos no tienen: un país rural, cálido, seco, religioso y tradicional.  Y, por lo que se, es lo que más  valoran. Esto quizás nos debe hacer pensar sobre lo que los españoles debemos ofrecer a los japoneses, y viceversa: lo que nosotros podemos ofrecerles que ellos no tienen. Y viceversa. Las relaciones y los contactos mutuos, por ello, pienso que debían ir encaminados a buscar más las complementariedades que las semejanzas

 

Florentino Rodao (Madrid, 1960) es Profesor en Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense y DEA o Candidato a Doctor (katei shûryô) por el departamento de Estudios de Área (chiiki bunka kenkyû) de la Universidad de Tokio, donde ha estudiado entre los años 1990-95 y 2002-03.  Ha sido Associate Member del Micronesian Area Research Center, Visiting Fellow de la Australian National University y ha enseñado en las Universidades de Ateneo de Manila University, Wisconsin-Madison, Carlos III de Madrid y Keio. Entre sus trabajos, centrados en la presencia de España en Asia, destaca Franco y el imperio japonés. Imágenes y propaganda en tiempos de Guerra (Barcelona, 2002), próximo a ser publicado en japonés por la editorial Shobunsha. A raíz de este libro, ha profundizado en la faceta de las imágenes  y la acción exterior