Participación en
Estimado publico,
Quería centrar mis
comentarios a la encuesta sobre la imagen de España en Japón en su punto
necesariamente más débil, es decir, en los cambios. Obviamente, la encuesta
realizada en abril de 2003 es el estudio más fiable, pero necesariamente es una
foto fija y para valorarla mejor, teniendo en cuenta que es la primera en su
extensión, la comparación con lo que ya sabemos de las imágenes pasadas resulta
de gran ayuda. Con los datos de la encuesta y lo que sabemos del pasado y de su
evolución podremos pensar mejor en cómo mejorar la imagen de España en un
futuro. No es una cuestión baladí puesto que la característica principal de las
imágenes mutuas a lo largo de la historia han sido, precisamente, los cambios
bruscos.
En primer lugar, considero una característica
crucial que los dos países tengan una imagen muy definida del otro, casi incluso
desde el principio de los contactos en el siglo XVI. La historia ha dejado un
legado fácilmente identificable que sigue aumentando, desde el flamenco, el
bizcocho Kasutera o Don Quijote, hasta el judo, los manga o las geishas.
Si los japoneses conocen a San Francisco Xavier o admiran la pasión española,
los españoles son conscientes de los logros artísticos de Japón y de la alta
tecnología de muchas de sus empresas. Y aunque los contactos mutuos pueden ser
más intensos, en ambos países hay grupos que devoran, literalmente, las
aportaciones culturales del otro. La popularidad de la enseñanza del flamenco o
de la lengua española en Japón es comparable a la que existe en España entre
los que practican artes marciales o para el creciente número de consumidores
de los manga japoneses. Unos y otros tienen una imagen fácilmente identificable
en el otro, un activo muy valioso que, por ejemplo, no se encuentra en la
imagen de España en Estados Unidos. Esto
significa que el objetivo principal ante las imágenes no es crearlas, sino
modificarlas, puesto que ni japoneses están contentos con su imagen en España,
ni al revés.
En segundo lugar, para cambiar esas imágenes es
necesario primero conocerlas en profundidad. Las imágenes tienen componentes
tanto descriptivos como emocionales, y sus usos son tanto expresivos como
instrumentales. La imagen de un país está basada tanto en iconos o estereotipos
sedimentados de diversas formas a lo largo de los años, como en flujos,
aportaciones de los medios de comunicación y en el reflejo sobre la autoimagen
nacional. La imagen general de un país varía según cada momento, acercándose
más o menos a los extremos positivos o negativos, que en el caso de la imagen de España en el mundo
abarcarían desde la España romántica de Carmen por un lado a
No obstante,
prefiero centrarme en las imágenes concretas de un país más que en la visión
general para considerar su evolución, porque una característica crucial es que
son de cara y cruz. Es una cuestión muy discutible, pero podría considerarse a
este respecto las imágenes del samurai y del conquistador, porque ambas tienen
aspectos tanto positivos como negativos. Si bien denotan sacrificio, valentía,
arrojo y otras característica positivas, también pueden volverse en contra,
especialmente si se saca a relucir la crueldad, como ha ocurrido a propósito de
Este aspecto de la
cara y la cruz me parece crucial para explicar los cambios bruscos en las
relaciones entre España y Japón. Así ocurrió con las primeras relaciones en que
se pasó en pocos años de las misiones de jóvenes desde algunos feudos a la
península a la prohibición de lo español, hasta el punto de que los integrantes
de esas misiones prefirieron callar tras su regreso. Aunque Manila era el
segundo puerto en importancia para Japón, en poco tiempo los shogunes
impidieron la entrada a todos los españoles, sin saber o querer diferenciar entre
comerciantes y misioneros. En
Esta preeminencia
de las imágenes que permite la brusquedad, además, se sigue manteniendo hasta
la actualidad a pesar de los avances de la sociedad de la comunicación, lo que
parece aún más grave. Eso es lo que pienso yo del conflicto de Suzuki en
Linares en el año 1994 o de esa brusca caída de un 40% en las visitas de
turistas japoneses a Madrid en el año 2000. Aunque ya no hay guerras ni
conflictos que hagan pensar en peligros más grandes, las palabras y las
actitudes proferidas en los momentos críticos refuerzan esa idea de que las
imágenes no desparecen, sino sólo dormitan, tal como muestran unas viñetas
aparecidas en la prensa de entonces y que traigo, tras haber sido recogidas en
una tesis doctoral de Rafael Cuesta Ávila.
El gran reto de
las relaciones, por tanto, es su evolución. Por supuesto, van evolucionando, y
la propia encuesta señala un cambio de la imagen de España entre los más
mayores, que por ejemplo la asocian a Iberoamérica, y los jóvenes, que lo hacen
con Europa. Pero el reto es evitar otro Linares repentino o que un hecho
desgraciado descarrile la labor de años. Para ello, un problema crucial es la
relativa escasez de hispanistas en Japón o de niponistas en España a nivel de
toma de decisiones, que lleva a un predominio del enterado sobre el especialista.
Aquí es necesario señalar la diferencia entre los dos países, el kataomoi que
tanto gusta repetir a los embajadores japoneses en España, porque el número de
hispanistas nipones es mucho más elevado que el de sus complementarios. Esto
explica que el vuelco de Linares, ciertamente, fuera más grave que la caída del
turismo en Madrid. Esta es la tarea que creo debemos perseguir.
Antes de
finalizar, permítanme un último comentario sobre lo que me sugiere la encuesta
a la hora de plantear el futuro de las relaciones o los contactos mutuos.
Considero excesivos los comentarios sobre las semejanzas mutuas, tan
recurrentes para mostrar el deseo de mejorar las relaciones. Hay muchos
ejemplos estudiados: en literatura, las
similitudes entre Chikamatsu Monzaemon y Lope de Vega o entre Ihara Saikaku y
Francisco de Quevedo. El sentimiento poético hacia la muerte en Víctor Erice y
el haikista Basho, el Mono no Aware y el cante jondo, la uta japonesa y la
copla del sur de España y un largo etcétera.
No obstante, los
resultados de la encuesta van por otro camino, porque indican que los japoneses
tienden a ver en los españoles lo que
ellos no tienen: un país rural, cálido, seco, religioso y
tradicional. Y, por lo que se, es lo que
más valoran. Esto quizás nos debe hacer
pensar sobre lo que los españoles debemos ofrecer a los japoneses, y viceversa:
lo que nosotros podemos ofrecerles que ellos no tienen. Y viceversa. Las
relaciones y los contactos mutuos, por ello, pienso que debían ir encaminados a
buscar más las complementariedades que las semejanzas
Florentino
Rodao (Madrid, 1960) es Profesor en Facultad de Periodismo de