Japón y Asia, cincuenta años después
del fin de la guerra del Pacífico
,
Vol. IX, núm. 45, 1995. Estudios de Política Exterior, pp. 68-82.
Fueron poco más de tres años y medio en los que el ejército japonés fue dueño y
señor de todo el Asia Oriental. Su poder se extendió
por este continente casi con tanta rapidez como se desvaneció en agosto de
1945. Sin embargo, este período ha marcado un antes y un después en la zona que
hoy se considera la más dinámica del planeta, no tanto por los daños físicos
sino más bien por sus efectos psicológicos y por las fuerzas que ha
desencadenado. Las guerras en Corea, la Civil china,
El país que comenzó la Guerra del Pacífico ha sido el primero en aparcarla en
la Historia: las hazañas y desastres militares, el recuerdo de los muertos y el
recuento de los sufrimientos ya no son sino tema de los especialistas. La
propia responsabilidad del país, la particular de cada uno y la necesidad de
mirar hacia el futuro determinaron ese deseo, generalizado, de echar tierra
sobre el pasado y construir un Nuevo Japón a partir de 1945.
No ha sido la primera vez, este tipo de golpes de timón, impulsados desde
arriba, han sido relativamente frecuentes en la historia de Japón. Ya en el
siglo XVII los problemas internos, causados en parte por los contactos con las
naciones ibéricas, llevaron al shôgun Ieyasu Tokugawa a forzar con mano de hierro un nuevo país
basado en el sometimiento al poder central. Después, en el siglo XIX, el Japón
Meiji nació una vez que las demostraciones de fuerza de los occidentales
convencieron que la mejor forma de salvar el país era acabar con la política de
cerrazón exterior (Sakoku) y aprender las
técnicas de los hasta entonces enemigos. Fue difícil tomar esos nuevos rumbos,
pero una vez decidido por dónde se quería ir, las ideas se asumieron por el
país en general.
Tras el año 1945, Japón volvió a hacer una nueva revolución desde arriba.
La reforma ha vuelto a convulsionar el país; en este caso se ha implantando un
sistema democrático, se ha renunciado a la senda militarista, se ha modificado
la antigua constitución Meiji y se ha implantando una radical reforma en la
propiedad de
Pero, si bien se puede hablar de convulsión profunda, no se puede hablar de una
revolución total, quizás por esa característica de haber sido concedida desde
arriba: las bases para el funcionamiento de su sociedad han permanecido
estables. Ha habido, de nuevo, una evolución no traumática de la sociedad y a
ello contribuyó el carácter contemporizador de la ocupación norteamericana.
Washington comprendió perfectamente que había que no sólo había que ganar
la guerra, sino también la paz y quizás una de las medidas mas significativas
de este espíritu fue mantener en el trono a Hirohito,
exhimiéndole de la responsabilidad que el propio
Emperador Shôwa asumió en su primera entrevista con Douglas MacArthur. La
benevolencia norteamericana fue algo totalmente inesperado por los japoneses:
se pensaba que iban a torturar y masacrar a la población y en cambio la
respetaron, cooperaron en lo posible para la reconstrucción del país y les
dieron alimentos en los momentos en que más necesarios eran. Si la reacción
primera fue de alivio, después lo fue de entusiasmo. Además, al contrario que
en Alemania, los Aliados permitieron que siguieran a cargo los propios
japoneses del día a día en el gobierno del país. Los Estados Unidos se
ahorraban personal, dinero y complicaciones y el general Hilldring
resumió la idea afirmando, al poco de la firma de la rendición nipona:
"exigimos que los japoneses se encarguen de poner su casa en orden, pero
nosotros les diremos cómo hacerlo".[1]
Japoneses y norteamericanos vieron poco a poco que los intereses mutuos podían
llegar a ser complementarios. Los unos no sólo agradecieron profundamente esa posibilidad
de seguir gobernando su propio territorio, sino también comprendieron que
Estados Unidos podía llegar a ser el país que mejor les proveyera de unas
materias primas seguras y baratas, verdadero cuello de botella del desarrollo
económico japonés de antes de
Y si esa complementariedad de intereses nació bajo la Ocupación (1945-1953),
tras el Tratado de Paz se convirtió en un matrimonio difícilmente disoluble,
con múltiples ventajas tanto para Washington como para Tokio. La Guerra de
Corea y luego
Junto a esos cambios en pos del Nuevo Japón, han estado de nuevo
presentes las continuidades. Tenerlas en cuenta es tan importante como conocer
los cambios ocurridos desde 1945, puesto que nos explican la base desde la que
partió: no sólo permitieron, sino incluso favorecieron el auge del Japón de
Las fuerzas desencadenadas por la guerra han sido aprovechadas también en la
paz, aunque la dirección del ímpetu haya cambiado hacia fines más pacíficos.
Los antiguos burócratas responsables de esos logros económicos permanecieron en
sus puestos (muy pocos fueron purgados y de éstos, la mayoría regresaron antes
de finalizar la ocupación americana) al igual que la estructura de las
instituciones que habían ejercido el control sobre las políticas industrial y
comercial. La Agencia de Planificación Económica (Keizai
Kikakuchô) establecida en 1954 era sucesora del
Comité de Planificación ***Cabinet Planning Board *** (Kikakuin)
establecido en 1937 con el estallido de la Guerra en China y el MITI,
establecido en 1949, no sólo se remonta al Ministerio de Comercio e Industria
anterior a la guerra (que fue establecido como Ministerio de Municiones entre
1943 y 1945, asumiendo también las funciones del Kikakuin),
sino también a
Japón, en definitiva, ha seguido siendo japonés e incluso ha seguido siendo
gobernado por los propios japoneses. Cuando los norteamericanos intentaron
introducir conceptos nuevos en su administración, además, la mayoría de las
veces tuvieron poco éxito; así ocurrió con el intento de crear un cuerpo
legislativo unicameral, que fue rechazado en beneficio del tradicional sistema
basado en el bicameral británico, o con la creación de un poder judicial
separado bajo la corte suprema. Quizás Hilldring
habría hecho una afirmación diferente si hubiera esperado unos años, por ello
quizás nos explica mejor la situación durante la ocupación americana Shigeru Yoshida, primer ministro en dos ocasiones y
personaje clave en la adaptación de las órdenes americanas a la realidad
concreta y los deseos de las élites conservadoras
japonesas: ***
Las enseñanzas de la Ocupación norteamericana permanecen bien presentes
en el Japón actual; no obstante, la Guerra del Pacífico también tuvo un
contenido racial que tiende a olvidarse a tenor de esa transformación de Japón
y ese espíritu de cooperación que ha presidido las relaciones mutuas hasta hace
pocos años. Fue el punto más crítico de un conflicto, el racial, que nunca ha
dejado de existir (el temor al peligro amarillo ha merodeado en la
percepción de China o de Japón desde finales del siglo pasado) aunque
normalmente permanezca subyacente. Si la lucha durante
Los japoneses también hablaron durante la Guerra de su propia raza, la Yamato, como líder mundial, pero no hubo tal tinte de desprecio
hacia la raza blanca, sino más bien de odio. Ciertamente, ese concepto de
superioridad de la raza blanca estaba de alguna forma asimilado por los propios
japoneses y lo demuestra el hecho de que su propio sentimiento de superioridad
frente al resto de asiáticos se basaba en ese mayor grado de asimilación o
identificación con Occidente. Además, los japoneses de entonces habían sido
educados en esas teorías científicas predominantes el siglo pasado que
aseguraban que la inferioridad racial nipona (y de todos los pueblos "de
color") era empíricamente verificable.
El contenido racial de la Guerra en Asia (o Guerra del Pacífico, o Guerra de
los Quince Años, o Guerra Nipo-norteamericana, pocos coinciden en Japón en la
duración o el contenido del conflicto) permanece más latente en las zonas
ocupadas por Japón. Sus habitantes, probablemente, olvidaron pronto esas
referencias propagandísticas a
Esta propaganda de carácter racial era simplemente un aspecto colateral de la
lucha de Japón. Su Estado simplemente buscaba un mayor poder en el Orden
Mundial al sentir que, al igual que Alemania, su poderío político no estaba de
acuerdo con el económico. No fue un deseo nada especial, redistribuciones de
cuota de poder han sido frecuentes en la historia mundial y la guerra
hispano-norteamericana de 1898 había sido uno de los últimos casos. Japón
simplemente pretendía sustituir a otro Imperio (Inglés,
Francés, Holandés o Norteamericano) por su propio dominio y para ganarse la
aquiescencia de los nativos necesitaba diferenciarse de los antiguos
dominadores, por lo que usó de forma propagandística los ataques al hombre
blanco. De esta forma, Japón desencadenó las fuerzas del nacionalismo en Asia
(o ayudó a desencadenarlas porque en casos como el de Indonesia ya estaban
presentes desde hacía años) y después éste siguió su propio curso como
expresión del orgullo nacional y de esa des-asimilación de la idea de la
superioridad de la raza blanca. Los japoneses demostraron, siquiera
temporalmente, que el hombre blanco no era invencible ni superior y con ello
hicieron añicos la mística y las instituciones del colonialismo occidental,
dramatizando su vulnerabilidad. En consecuencia, en el caso de las conquistas
del Mikado, ha sido mas importante la forma que el
fondo: las derrotas de los ejércitos inglés o francés tuvieron mas importancia
por ser derrotados frente a los japoneses que por la misma derrota en sí. El
carácter racial ha quedado como el más duradero.
Al analizar la experiencia nipona, los especialistas se debaten entre
las Tesis de la Continuidad o del Cambio. Una proporción mayor prefiere afirmar
que los años de la Guerra del Pacífico fueron simplemente un paréntesis,
enfatizando las semejanzas entre las sociedades pre y
post-ocupación japonesa y uno de los ejemplos puede ser la mentalidad de
clientelismo y el compadrazgo en la sociedad filipina. Atenúa la
importancia de lo ocurrido esos años el hecho que los cambios fueron provocados
desde fuera y más bien impuestos sobre una población que no expresó en un
principio ni ánimo ni oposición. Las tropas japonesas, por su lado, tampoco
buscaron en ningún momento provocar un cambio social ni convulsiones radicales
en la sociedad (tampoco tuvieron mucho tiempo para intentarlo), preocupándose
principalmente de mantener el orden social y político en los centros urbanos.
Los movimientos guerrilleros de oposición no fueron normalmente lo
suficientemente importantes, excepto en China, como para provocar cambios
sociales. Además, el fin del dominio japonés fue de alguna manera pacífico (al
contrario que con Alemania) puesto que solo Birmania, las Filipinas y algunas
otras islas habían sido tomadas por los aliados antes de Hiroshima.
Por el otro lado, la tesis del Cambio señala esa importancia de Japón al
destapar el jarro de las esencias que pronto o tarde tenían que haber salido.
Asia ya no volvió a ser
Ya no pudo restaurarse la "paz colonial" de la preguerra, tan recordada
después de la guerra en el sudeste asiático y en ello el ataque japonés a Pearl Harbor sólo fue el primer
paso. En la postguerra, el enfrentamiento entre
Pasado el tiempo, se vuelve de nuevo a esa paz colonial anterior a la Guerra
del Pacífico. Aunque esas esencias siguen de alguna forma destapadas, ya
comienzan a estar definidos los nuevos tarros en los que debe estar cada una.
Los nacionalismos ya no sólo consiguieron las independencias sino que se
encuadran en organismos mutuos de cooperación y el enfrentamiento entre Estados
Unidos y
Y el recuerdo de la Guerra del Pacífico. Porque las heridas abiertas hace
cincuenta años siguen sin cicatrizar. El recuerdo de las atrocidades cometidas
entonces sigue apareciendo en los medios de comunicación y es sentido no sólo
por aquellos que lo han vivido, sino por el conjunto de
Las razones para que este recuerdo siga tan latente son muy variadas. Una de
ellas es la ausencia de una catarsis en la sociedad japonesa semejante a la que
se dió en Alemania; la culpa de los desmanes de la
guerra se echó exclusivamente a los militares. Y si las naciones occidentales
forzaron a Japón a entrar en guerra privándole de los suministros de materias
primas, cierto también es que las victorias de los ejércitos japoneses en Manchuria en 1931, comienzo de las guerras de las que nunca
se pudo o supo desembarazar Japón, fueron tremendamente populares. Otra razón
para el recuerdo, obviamente, puede ser el deseo de compensación económica y
Japón ha dado pasos en este aspecto, aunque siempre con el cuidado de evitar
las compensaciones individuales alegando que ya se han pagado reparaciones de
guerra a todos los países asiáticos excepto a China. La idea japonesa es un
plan para gastar 100.000 millones de Yenes a lo largo de diez años en
diferentes proyectos tendentes a "promover los contactos humanos" en
Asia. Entre ellos irían las subvenciones a las organizaciones que representan a
las "mujeres de comfort" (fuanshô ***), que serían en parte recogidas de donaciones
particulares y de empresas por
Quizás Japón está pagando la culpa de las riquezas que acumula y obviamente las
quejas por los daños cometidos hace cincuenta años serían muchos menores si no
tuviera una Renta per cápita tan alta. Sin embargo,
el deseo de una compensación monetaria no puede explicar sino una parte de los
sentimientos que sigue generando la Guerra; una parte de las víctimas del
militarismo japonés necesitan, antes de morir, la admisión de haber sido
agraviados y las vidas agraviadas por haber trabajado en burdeles para el
ejército ya no se pueden solucionar con dinero, porque la vida de muchas
mujeres ya no se puede reconstruir. Por otro lado, los disturbios antijaponeses provocados en Seul
hace unos meses tras afirmar el Ministro de Exteriores Watanabe
Michio que el dominio de Japón en Corea entre 1910 y
1945 fue negociado "pacíficamente" con el gobierno coreano de
entonces, tampoco se pueden explicar por la búsqueda de una compensación
económica, ni tampoco los planes en este mismo país de derribar el antiguo
palacio del gobernador japonés simplemente para evitar el recuerdo de esa
ocupación.
Quizás para entender esta exacerbación de los sentimientos sea necesario volver
al discurso racial y a los conceptos de superioridad e inferioridad, porque si
bien en unos casos puede haber ayudado a olvidar el pasado, en otros puede
haber servido para lo contrario. La diferencia con la Guerra del Pacífico es
que, si bien frente a Estados Unidos la lucha fue entre dos razas diferentes,
la que se mantuvo en Asia fue entre miembros de una misma raza
"inferior" asiática. Para ello puede resultar interesante comparar el
vivo sentimiento anti-japonés que sigue latente en países como Filipinas o
China, después de 50 años, con el totalmente desaparecido sentimiento anti‑norteamericano en Vietnam, tras haber pasado
sólo 20 años del fin de las hostilidades; parece que el tiempo es sólo uno de
los factores que ayudan al olvido. Las diferencias entre la ocupación
norteamericana de Vietnam y la japonesa en Asia son importantes: los soldados
norteamericanos fueron poco vistos en Vietnam (los que se adentraban en territorio
enemigo era para arrojar bombas desde los aviones) y se puede decir que han
sido perdonados, pero no olvidados o que, al fin y al cabo, la guerra acabó por
la opinión contraria de la propia opinión pública norteamericana. Pero tampoco
se pueden olvidar las semejanzas: tanto norteamericanos como japoneses
cometieron un número de masacres que fueron más allá de los objetivos militares
y en ambos lugares se puede hablar de colaboracionismo y de guerra civil
solapada dentro del conflicto internacional, porque si en Vietnam los del Sur
luchaban contra los del Norte, en China el ejército de Wang
Ching‑wei colaboró con los nipones y en Corea,
tras cuatro décadas de dominio japonés, no podía haber muchos opositores
abiertos.
Se puede decir que, si bien los Imperios Coloniales europeos se ganaron la
aquiescencia de los dominados, no ocurrió así con el Imperio Japonés que si
bien ganó el territorio, no ganó los corazones. El elemento humano japonés,
soldados de la más humilde condición social que salían por primera vez de su
aldea, no podía ser el más apropiado para generar la admiración como
representantes de esa raza Yamato superior a los
demás asiáticos. Los medios financieros tan precarios tampoco ayudaron; la
decepción entre los habitantes de Manila ante la llegada de las los invictos
soldados japoneses cuanto tomaron su ciudad fue grande, puesto que en vez de
llegar montados en tanques y conduciendo pesados armamentos modernos, llegaron
en bicicleta. De alguna manera, se asumió la razón de fuerza de la ocupación,
pero fue difícil que se reconociera a los escasamente cultivados soldados
nipones un beneficio para la sociedad en general.
El sentimiento subyacente de superioridad de la cultura occidental y el de
ascenso en la categoría social por la afinidad a ésta son unas coordenadas que
también han de entrar en el análisis de estos proyectos. Siguiendo con las
Filipinas, el medio millón de súbditos con alguna proporción de sangre hispana
(mestizos, cuarterones, etc) no podían asimilar
fácilmente la idea de esa raza Yamato presuntamente
superior y precisamente esa cercanía a la cultura occidental les hacía mirar
por encima del hombro a los soldados japoneses, aunque éstos fueran los que
portaran las armas. En el caso chino también había de ser difícil asimilar un
gobierno japonés cuando no hacía excesivos años este país precisamente había
sido vasallo del llamado "Imperio Central", que consideraba al país
del sol naciente como de segunda categoría. Se podía aceptar el dominio por un
ser considerado superior, pero lo que de alguna manera era inaceptable era que
otro "inferior" desease colonizarles. La mentalidad asiática es clave
para poder entenderlo.
[1] En Ruth Benedict.-
El Crisantemo y
[2] En Peter
Lowe, British Attitudes to General MacArthur and
[3] War
without Mercy. Race & Power in the Pacific War.
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