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VISIONES DE
CHINA: HISTORIA DE UNA RELACION PROBLEMÁTICA
La imagen de China en la Historia
de Europa y de España
Pervivencia y transformación de las
imágenes
Perspectivas
Revista de Occidente, 172 (1995): 91-103
Florentino Rodao
Instituto Complutense de Asia
La imagen de China cambió España. La lectura del viaje de Marco Polo a la antigua Cathay
llevó a Cristóbal Colón a emprender una aventura que cambió la historia de
nuestro país, y del mundo entero. Nunca Colón llegó a esa Cathay
soñada, ni siquiera al Cipango que
prometía tantas riquezas, pero fueron esas imágenes, producto en buena parte de
su propia invención, las que le llevaron a emprender el viaje. Ha habido
imágenes que, en ocasiones más que las realidades, han movido la humanidad y
China no se ha librado de ello en el mundo occidental. Los relatos sobre este
país y la actitud de aquellos que los han oído o leído han sido determinantes
para configurar los contactos mutuos.
LA IMAGEN DE CHINA EN LA HISTORIA DE EUROPA
Y DE ESPAÑA
En los primeros años del Renacimiento, China fue objeto de inspiración para
toda Europa, principalmente para la meridional. Marco Polo
ofreció, en general, una descripción elogiosa sobre China y sobre su
prosperidad; parece como si no hubiera habido pobreza
en el país en el que vivió. Después, a las descripciones positivas del
veneciano le siguieron desde la época de los Descubrimientos un buen número de
misioneros que continuaron refiriéndose a China con admiración. Fray Martín de Rada, por ejemplo, fue el primer enviado
oficial español a la China, en 1575, y para él éste país era, cada día,
"una maravillosa sorpresa", según afirma Beatriz Moncó
en el prólogo a la edición más reciente de su obra. Con idéntica admiración
escribieron otros, así como el agustino Fray González
de Mendoza, autor de la Historia de las cosas mas
notables, ritos y costumbres del gran Reyno de la
China, primer libro en Occidente que dio a conocer el intenso pasado de
este país. A pesar de no haber visitado nunca este Imperio, González de Mendoza
conformó de alguna manera la imagen de la transcendencia
del país en el mundo y el éxito de su libro lo demuestran las más de cincuenta
ediciones entre 1585 y 1600 y las traducciones al inglés, italiano, francés, latín,
alemán y holandés.
Fueron los jesuitas los que escribieron más y dominaron la imagen en Europa
sobre China durante la
Edad Moderna. La actitud abierta de este período hacia las
enseñanzas que pudiera proporcionar China se encuentra claramente en el caso de
Mateo Ricci, jesuita italiano que, tras vivir 30 de
sus 57 años en el Imperio Central, quizás supone el ejemplo más
interesante de acomodación a su cultura y del deseo de sintetizar de
alguna forma el pensamiento de los dos mundos que conoció. Esta actitud de los
jesuitas contrastó con la del resto de las Órdenes Religiosas sobre cómo
conseguir la evangelización de los chinos, en lo que se dio en llamar la "Querella de
los Ritos": adaptar los ritos cristianos a las costumbres y la mentalidad
del país o mantenerlos a imagen y semejanza de Occidente, tal como proponían
franciscanos, dominicos o agustinos. Estas disensiones tenían un componente
teológico claro; si el Cristianismo que se implantase en China debía ser
sincrético, adaptado a su realidad y su cultura china, o si bien había de
implantarse con todo rigor y sin permitir desviacionismos, pero también
revelaban luchas de poder, en cuanto unos estaban apoyados desde Manila por
España y los otros desde Macao por Portugal. No obstante, quizás lo más
importante de esta disputa es la diferente actitud que traslucían unos y otros,
siendo los jesuitas los más avanzados en su época, tal como lo demuestra el
hecho de que llegaron a publicar un mapamundi en el que China -y no
Europa- aparecía en el centro del mundo conocido. Y si bien es imposible
discernir quién podía tener razón en la disputa teológica, lo importante es que
fueron los jesuitas quienes dominaron la imagen de China en Occidente, a pesar
de que tanto Clemente IX y como Benedicto XIV condenaron expresamente su
posición en la Querella.
Este dominio en la imagen de China fue fruto de su mejor
conocimiento del país respecto a otras Órdenes; se les exigía hablar
fluidamente la lengua y ser expertos en su literatura clásica, pero también denota
una actitud positiva de la sociedad en general hacia el país y, lo que es más,
un interés por aprender de su cultura.
Prueba de ello es
la gran proporción de sinizados como
Mateo Ricci, cuyos valores e ideas fueron
profundamente afectados por su profundización en la cultura china, o la
fascinación por su lengua durante el siglo XVII, dentro de la búsqueda de un
idioma universal que retomara la simplicidad y claridad del primitivo lenguaje
bíblico usado por Adán, que se habría perdido. Fruto de este interés por China
y de esta imagen positiva fueron libros como los diarios del propio Ricci, las Nouveaux mémories sur l'état present de la Chine de Louis
Le Comte o los cuatro volúmenes escritos por Jean‑Baptiste Du Halde, titulados Description
géographique, historique, chronologique, politique et physique de l'Empire de la Chine. Estas obras escritas por jesuitas fueron los principales
puntales para el conocimiento de China en Europa y en España por muchos años;
su influencia llegó más allá de la Iglesia y pensadores como Voltaire o Adam Smith mostraron una imagen positiva del país.
Las imágenes de China durante la Edad Moderna, en definitiva, muestran una actitud
receptiva hacia China: era un país al que había que convertir al Cristianismo,
pero del que también se podía aprender. Sin embargo, en pocos años, a lo largo
de la segunda mitad del siglo XVIII, esa imagen positiva de China cambió y se
pasó a percibir el país como estancado, inmóvil e incapaz de progresar. La
salida de los jesuitas de China tuvo que ver con este cambio, pero también la
creciente autoconfianza de una nación
industrializándose, Gran Bretaña, que miraba a los otros países más con un
objetivo colonizador que con la idea de aprender de ellos. La actitud de acomodación,
esa posibilidad de ósmosis cultural de la época anterior, desapareció, y la
influencia ya no pudo ser sino unidireccional: China habría de aprender de
Europa, pero no al revés. De alguna forma, la actitud latina pasó a ser
dominada por la anglosajona.
Esta imagen de la China atrasada y esa actitud
cerrada pasaron a dominar a lo largo del siglo XIX, y prácticamente todo el
espectro de pensadores de entonces lo asumieron, desde los más colonialistas
hasta el propio Carlos Marx. La percepción del Imperio Chino como incapaz por
sí mismo de evolucionar fue generalizada, así como la necesidad de que el
acicate para ésta evolución viniera desde Occidente aunque, obviamente, variaba
la opinión sobre cómo imprimir ese acicate "por el bien" de China. La
actitud cerrada fue generalizada entre todos y ante todo, y pocas
características de la cultura china pudieron lograr una imagen positiva, menos
aún ser un posible modelo para imitación desde Occidente.
Una vez comenzada la
Edad Contemporánea, España ya no ha aportado nada nuevo a las
imágenes de China y simplemente se ha limitado a seguir y adaptar las imágenes
creadas en otros países, a pesar de los contactos directos con China que podía
haber gracias a la cercanía a las Islas Filipinas, principalmente con la
provincia de Fukien. La percepción predominante entre
los extremo orientalistas españoles sobre estos países estuvo alrededor
de la idea del lujo: eran inmensas las riquezas que se podían obtener allí,
pero para conseguirlas era necesaria la ostentación ante sus gobernantes, por
lo que fue normal para las embajadas destinadas ante los países del Extremo
Oriente solicitar una larguísima lista de regalos,
que los mismos embajadores reconocían sería excesiva en otros países.
Adolfo Patxot, por ejemplo, llegó a solicitar en 1870
el regalo de "media docena de caballos andaluces" al rey siamés con
motivo de la firma de un tratado de amistad que, por cierto, nunca se puso en
práctica.
Las adaptaciones de imágenes tomadas de fuera han
tenido vida propia, no obstante. Así, en España, la imagen del "peligro
amarillo" -aireada desde Alemania a finales del siglo XIX ante la
vagamente especificada Amenaza Oriental- también tuvo su repercusión,
pero se adaptó a la situación propia del país. Su significado y su duración
tuvieron una íntima relación con la delicada situación defensiva de las
Filipinas: tanto China como Japón podían acabar con la débil presencia española
en el archipiélago Filipino si así se lo propusieran, puesto que si juntaran
sus efectivos podrían triunfar ante la endeble Armada
hispana estacionada en el Pacífico. Los planes de la Marina española
contemplaban una victoria española frente a cualquier país asiático si juntase
todos sus efectivos en la Península y en las Antillas, pero para ello era
necesario tiempo y, si se perdía en una primera batalla y los amarillos consiguieran
tomar parte de las Filipinas, esa presunta nación enfrentada a España podría
incitar a la rebelión por la solidaridad asiática. Este temor condicionó las
políticas hacia la inmigración china o japonesa, tanto en Filipinas como en la
Micronesia española, y se prefirió restringirla y sacrificar un mayor
crecimiento económico a costa de evitar la llegada de posibles quintacolumnistas.
Sin embargo, lo cierto es que pasado el 98, esa imagen del "peligro
amarillo" desapareció totalmente de la sociedad española. De alguna forma,
el "peligro amarillo" para esa España "moribunda" a la que
se refería Lord Salisbury era cierto y lo que le
diferenció respecto al peligro no-amarillo (léase apetencias de otros países
occidentales) fueron las posibilidades de triunfo: una guerra contra un país
oriental se imaginaba con un final victorioso, pero ante el Reino Unido,
Alemania, Francia o Estados Unidos, como finalmente ocurrió, se sabía que poco
se podía hacer.
Pasando al siglo XX, éste es el período en que se han vivido los más rápidos y
diversos cambios en la imagen de China, aunque se puede decir que en general ha
sido menos negativa que en el siglo pasado. La imagen de la China atrasada del
siglo XIX mejoró en la primera mitad, junto con una actitud de simpatía en
relación con la lucha frente a las agresiones japonesas. Al acabar la Guerra Mundial y
triunfar la revolución liderada por Mao Ze-dong en 1949, de nuevo la
actitud cambió y retornó esa antigua imagen de atraso, aunque la unanimidad ya
nunca ha podido ser tan generalizada.
En general, se puede decir que Occidente sigue
desdeñando la posibilidad de aprender de China y que han persistido los roles y
esa percepción del peligro amarillo de antaño. Los signos de cambio hay
que buscarlos más en la literatura que en la política y las novelas de Pearl S. Buck, norteamericana
nacida en China de una pareja de pastores protestantes, son un ejemplo de ello.
Por primera vez, se pueden leer novelas en las que China no es sólo el
escenario para una trama entre occidentales, sino que también los personajes de
la novela son asiáticos. Hasta entonces habían dominado completamente las
"novelas coloniales", basadas normalmente en el romance de un occidental
con la nativa de un país exótico, siendo uno de los ejemplos más notorios la "Madame Crisantemo"
que tanto configuró la imagen de Japón. Tras Pearl S.
Buck, las obras literarias sobre China han contado
con una mayor profundización en los personajes y un mejor conocimiento del
país, e incluso por primera vez autores chinos han publicado en lenguas
occidentales, como Lin Yutang
o la propia esposa de Chiang Kai‑shek, Song Meiling.
A grandes rasgos, España tuvo una evolución semejante al resto de países
occidentales, pero con unos cambios más bruscos. La indiferencia hacia lo
ocurrido en China se tornó en interés cuando, tras el "Incidente de Manchuria", Japón conquistó en la década de 1930 el
norte de China y creó un Estado aparte, Manchukuo. La defensa de la integridad
china fue la forma más apropiada de mostrar ante el mundo el papel
internacional de la nueva
España republicana y, en la Sociedad de Naciones, la
posición de Salvador de Madariaga, su representante,
fue la más denodadamente a favor de la posición China,
convirtiéndose en el principal defensor de este país en el foro de Ginebra.
Después, la simultaneidad de las guerras Civil en España y la Chino‑japonesa, entre los años 1937 y 1939, contribuyó
a una intensa identificación entre los republicanos españoles y los
nacionalistas chinos. En el caso de los nacionales españoles, se identificaron
con el ejército nipón de tal forma que pasaron a fabricar una imagen ideal de
Japón difícilmente compaginable con su la tradicional
imagen del "peligro amarillo", puesto que los japoneses fueron
excluidos de esas "inmensas hordas asiáticas" (soviéticos, chinos e
hindúes) que amenazaban destruir la civilización cristiana y occidental.
Es interesante recalcar la pervivencia y la adaptabilidad de las imágenes,
porque ni el gobierno de Franco ni el Kuomintang
hicieron esfuerzos por estrechar contactos al acabar la II Guerra Mundial.
La pervivencia de las imágenes provenientes de la Guerra Civil explica
la inexistencia de relaciones entre dos países cuyo pilar principal era el
anticomunismo -como la China de Chiang Kai‑chek
en Taiwan y la España de Franco- hasta 1953: para
superar el recuerdo de la identificación con la República para unos y esa
imagen de las hordas asiáticas para los otros necesitaron de la mediación
norteamericana y de esa necesidad de contención frente a la amenaza comunista.
En relación con ello, llama la atención la posición de la prensa española sobre
el avance del comunismo en China en la posguerra mundial, pareciendo, incluso,
que el régimen franquista acariciaba con una cierta satisfacción las victorias
del Partido Comunista de China.
Finalmente, aún con vida tanto Mao
como Franco, se han restablecido las relaciones entre Madrid y Beijing, en
1973. Desde entonces se ha producido una fuerte mejora de la imagen de China en
España, en parte siguiendo la evolución de lo que ocurría en Estados Unidos,
tras la visita de Richard Nixon a China, y en parte
también por la creciente influencia de los partidos pro‑chinos
en España, como la Organización Revolucionaria de Trabajadores
(ORT), ilegales pero muy potentes.
PERVIVENCIA Y TRANSFORMACIÓN DE LAS IMÁGENES
Encontrar un hilo conductor a toda esta sucesión de imágenes positivas y
negativas a lo largo de la historia sólo es posible por medio de un análisis
teórico. Quizás el más apropiado para ello sea el elaborado por el filósofo
francés Michael Foucault, quien afirma que el conocimiento, o la
"verdad", es una función del poder. Aquellos que lo tienen las usan,
de hecho, para promover sus propios intereses, ya sean llegar a ejercer ese
poder o bien mantenerse en él. Según esta teoría foucaultiana
del "poder‑saber", las imágenes de
China tenderían a ser un baluarte para una determinada política hacia éste país
y la información sería seleccionada y propagada con el fin de justificar esos
intereses desde el poder. No faltan ejemplos para confirmar esta teoría. Las
imágenes positivas de la
Edad Media, por ejemplo, estaban en función de la tentativa
de evangelización de China; el propio libro de Mendoza fue escrito por orden
del Papa, Gregorio XIII, en respuesta al considerable interés de sus
contemporáneos sobre China, con el objetivo concreto de comenzar la conversión
de los chinos al Catolicismo. En el caso de esa imagen positiva que los
jesuitas ofrecieron de China, no se puede olvidar que su estrategia "de
arriba a abajo" de captación de fieles pasaba, primero, por la conversión
al cristianismo de las clases más altas de la sociedad y que, por ello, la
posibilidad de irritar a las clases más adineradas por medio de algún tipo de
crítica o de socavar su papel en la sociedad, no podía entrar en su estrategia.
Durante el siglo XIX, las fuerzas colonialistas están detrás de esa imagen predominante
de la China atrasada y sin posibilidad de evolucionar, en cuanto ello
justificaría ante los ojos occidentales la intervención, dominación e incluso
su conquista militar, tal como ocurrió con tantos otros países. Es en el siglo
XX donde las estadísticas pueden demostrar el ejemplo más palpable de opinión
modificada desde el poder: si unos años antes de la visita de Nixon a Beijing en 1972, las imágenes predominantes de los
estadounidenses frente a los chinos eran las de trabajadores, ignorantes, belicosos
y astutos, después de este año sólo permaneció la imagen primera, la de
trabajadores, pero todas las demás fueron sustituidas por percepciones más
positivas como bravos, inteligentes, prácticos y artísticos. Para ello, esa
visita del presidente Nixon fue una caja de
resonancia crucial: multitud de reportajes, tanto en prensa escrita como en
televisiones o en la radio, se dedicaron a ensalzar al pueblo chino que, por
cierto, hasta pocos años antes había sido denigrado e incluso contra el que se
había luchado en la Guerra de Corea. Para comprender este vuelco tan brusco, es
necesario tener en cuenta la
coetánea Guerra en Vietnam y, sobre todo, el deseo desde
Estados Unidos de dividir a los gigantes comunistas. Las razones ideológicas o
la propia evolución interna en China no parece que tuvieran mucho que ver en
ese cambio de la imagen, porque precisamente en esos años era cuando estaban
más en auge los desmanes de la lucha de poder llamada "Revolución
Cultural" y desde el mismo Hong kong se podían ver flotando río abajo
cuerpos sin vida, procedentes del continente.
Ese "saber" dominado por el poder explica una parte del
comportamiento occidental frente a China (o del chino frente a Occidente,
aunque no lo estudia este trabajo), pero hay otra teoría complementaria que
también resulta válida para entender el porqué de la configuración de ésas
imágenes, la del "Orientalismo", elaborada por Edward Said. Este
egipcio, defensor de la causa palestina, centra su
teoría en el sentimiento subyacente de superioridad en la civilización
occidental y afirma que los especialistas de estos países han distorsionado las
relaciones sobre el "Oriente" por sus actitudes etnocéntricas; así,
un occidental se enfrentaría al "Oriente" primero como tal
occidental y después como individuo. Esta teoría, elaborada en un
principio en relación a los países árabes, ayudaría a explicar otro tipo de
comportamientos de los occidentales, incluyendo conclusiones apriorísticas
sobre China y, en general, sobre todo el Asia Oriental. Una de esas imágenes
sería la que asemeja progreso a occidentalización,
otra, la simplificación tan grande, que diferencia tan vagamente a todo lo que
entra dentro del Extremo Oriente (la idea del "peligro
amarillo" no mostraba un enemigo bien definido, era polivalente) y
otra, mezclada con esta última, la dificultad (¿desinterés?) por diferenciar
entre unos chinos y otros. John
Dower, en su libro War without Mercy. Race and Power in the Pacific War (Guerra sin
piedad) ha encadenado estos conceptos con el sentimiento racial. Dower señala
el carácter de lucha racial que tuvo la guerra en Asia frente a la europea:
frente a la imagen del alemán o la del italiano enemigo (el Nazi o el Fascista)
siempre pudo haber la del alemán o el italiano amigo (el anti‑fascista
o, simplemente, el demócrata); en cambio, en Asia no hubo tal dualidad dentro
de la imagen de los japoneses, todos eran enemigos. Esta dificultad por
distinguir entre unos chinos y otros permanece en la actualidad, aunque estén
mutuamente enfrentados; más aún, poco interés hay por diferenciar unos
orientales y otros.
Ya hemos señalado anteriormente que, dentro de estas percepciones occidentales
sobre China, la característica principal del caso español es la mayor
brusquedad en los cambios durante la época Contemporánea. La
ausencia de intereses importantes en China llevó a actitudes motivadas
únicamente por consideraciones ideológicas o éticas, sin presiones o intereses
económicos que abogaran por la moderación. Salvador de Madariaga,
por ejemplo, pudo ser la voz pro‑China ante la
Sociedad de Naciones en los años 1931
a 1933 (e incluso afirmó ante representantes ingleses
que España podría declarar la guerra a Japón si Londres lo hacía también)
porque ningún interés de importancia se podía ir al traste caso de una
represalia japonesa; no tenía quien le presionara para tomar una actitud mas
moderada (ni tampoco, por cierto, había muchos beneficios económicos que
obtener de la amistad o simpatía china). Los intereses políticos, por su parte,
nunca configuraron esas imágenes de China en España sino indirectamente, y un
ejemplo clarificador de ello es ese recalcar los avances comunistas en Asia
durante la posguerra mundial, tanto durante la Guerra Civil China
(1945‑49) como durante la Guerra de Corea (1950‑53). La explicación
no está en si importaba la suerte que pudieran correr los chinos, sino en los
beneficios indirectos del régimen franquista con esos triunfos comunistas:
cuantas más victorias de los aliados de Moscú en Asia, mejor para España,
puesto que revalorizaba su valor estratégico, pertrechada tras los Pirineos,
frente a la amenaza soviética, y ayudaría a levantar el aislamiento al
régimen franquista, tal como ocurrió en 1953.
Esa brusquedad en los cambios de las imágenes de
China en España no ha sido sólo por esa falta de intereses directos entre los
dos países, sino también por la escasez de especialistas o de formuladores de imágenes, a saber, aquellos que han sido
capaces de transmitir una idea diferente sobre China que haya sido adaptada
después por la
sociedad. Faltando un Centro en el que se pudiera recibir
información fiable sobre China, ésta se ha recibido de segunda mano, la
gente que ha viajado allí lo ha hecho sin preparación previa y el aprendizaje
del idioma ha sido desdeñado; de esta forma, las decisiones han sido tomadas a
tientas, preguntando a los que habían vivido mucho tiempo en la zona, a los
que estaban casualmente en la península, etc. El caso más interesante en relación
con la necesidad de una información fiable es la defensa que hizo el Cónsul en
Shanghai, José de Larracoechea, de la tesis de que Taiwan no caería en manos comunistas, aún cuando el resto
de sus colegas en la sede del Ministerio de Exteriores en Madrid aseguraban lo
contrario. Cuando este dato probó ser cierto, automáticamente fue catalogado
como el experto en China y ocupó la Embajada franquista en Taipei, desde su
creación y durante más de dos décadas, algo difícilmente igualable en el
servicio exterior español. La fuente de su información fueron
los misioneros, los españoles más extendidos por China y con un mejor
conocimiento del país y de su idioma.
Faltando esa información fiable, las percepciones han tenido una "vida
propia" en España; adaptándose a los nuevos datos, pero con pocas
aportaciones verdaderas. La barrera adicional de un lenguaje, una forma de
pensar o una cultura tan diferentes no ha podido ser superada y, más que
barrera, se ha convertido en una trinchera, compuesta por esas imágenes y esas
percepciones tan difíciles de quitar de encima. Es más, se puede decir
que ese filtro de imágenes ha sido más determinante que los propios hechos a la
hora de determinar las relaciones. Al contrario que con otros países más
cercanos de los que ha habido una información mas variada y más fiable, en el
caso de China ‑como en general de los países del Extremo Oriente‑ han sido las imágenes las que han conformado
las relaciones. Estas han llevado la delantera y los hechos, por decirlo de
alguna forma, las han seguido.
Y si hablamos así al referirnos a los centros
decisorios, como los ministerios o el gobierno, a nivel
popular difícilmente se ha pasado más allá de los tópicos. No se ha dado un
paso más allá de los sueños, de las imágenes más o menos positivas y, en fin,
del "exoticismo". Los escritores españoles
no han pasado de la curiosidad por el país; unos han escrito sobre él
por referencias indirectas (Pío Baroja, el escritor español que más se ha
referido a China, nunca visitó este país) y otros tras haber viajado (Vicente Blasco Ibáñez,
por ejemplo, en su La Vuelta al mundo de un novelista), pero ninguno de
ellos ha pasado del pintoresquismo.
PERSPECTIVAS
Desde esta perspectiva histórica, analizar las relaciones actuales exige contextualizar
los datos más recientes: ¿cual será la siguiente imagen predominante?. Para mejorarlas, es necesario poner en marcha medios que
eviten esa brusquedad que caracteriza el caso español. Es difícil que desde
"el poder" deje de emitirse "el saber", pero si es factible
tener un conocimiento más especializado que reduzca la importancia de esas
distorsiones, que siempre existirán. Ya no predominan las imágenes de tipo
conceptual como antaño; ahora también son importantes las de carácter visual, e
incluso las olfativas, las auditivas e incluso las de carácter mixto. El elenco
y la variedad de la información recibida sobre China disminuyen inevitablemente
la posibilidad de distorsionar que suponen las imágenes, pero de alguna manera
todavía queda mucho camino por recorrer.
Si miramos desde el
nivel político y de los órganos decisorios, hay la sensación que no se ha
avanzado respecto al siglo pasado. Entonces, los embajadores españoles
afirmaban que países como China o Japón carecían totalmente de interés político
y que el único interés para España en la región había de ser el comercial. Esta
falta de interés por mejorar la base para las relaciones se puede percibir
claramente en que la región fue un destino de compromiso para la carrera
diplomática: era la última opción o bien el lugar de envío de los casos
problemáticos. Así, los jefes de la Legación española en la primera mitad de
este siglo fueron enviados tras problemas en sus destinos anteriores, tales
como Luis Pastor,
Justo Garrido
Cisneros o el Marqués de Dosfuentes. Este último, por
ejemplo, realizó declaraciones públicas contra el gobierno del país y por ello
le fue retirado el placet (el gobierno de
Caracas, incluso, llegó a comunicar oficialmente dudas sobre su "pérdida
de razón"); la solución fue destinarle a Beijing donde, dijera lo que
dijera, importaría poco la reacción del gobierno. Muestra de su escaso talante
diplomático es un despacho sobre China en el que llega a afirmar:
"resumiré mi opinión sobre esta raza manifestando que se compone de 430
millones de macacos o, mejor dicho, de un solo orangután reproducido 430
millones de veces, como muñecos de celuloide de una fabrica monstruosa".
Actualmente la situación ha cambiado y hay incluso diplomáticos y embajadores
que hablan chino, pero de cualquier forma se percibe ese escaso interés
político hacia Asia en el hecho de que quien estudia sobre Asia es por
preocupación personal, no por política institucional.
La educación sigue demostrando esa falta de interés
por evitar que a largo plazo esas imágenes, o esos tópicos, distorsionen en tan
gran medida el acercamiento entre los dos pueblos: faltan unos Estudios sobre
China que formen especialistas. Además, la actitud sigue siendo etnocéntrica,
denotando ese desinterés-desdén hacia otros pueblos que de alguna manera siguen
siendo considerados inferiores: títulos de asignaturas como "Expansión
Europea en Africa y Asia" denotan la idea que lo
más importante acaecido en estos países ha sido su colonización y
descolonización por los países occidentales. De alguna manera siguen el esquema
de las novelas coloniales, relatando la historia del hombre blanco en
escenarios diferentes.
Ausente el interés político, el único que ha quedado ha sido el
económico-comercial: si el siglo pasado se justificaba por la cercanía a
Filipinas, actualmente lo motivan sus indicadores económicos. Esta es la imagen
predominante en estos momentos sobre China en España: hay un Eldorado esperando. La estructura de
artículos de prensa sobre China aparecidos en nuestro país reflejan esta
percepción; empiezan con un canto a las perspectivas de la economía china, con
un buen número de estadísticas para corroborar las afirmaciones y, finalmente,
se elogian las perspectivas de la inversiones españolas,
normalmente por medio de un ejemplo exitoso. "La China que viene",
"China se acerca", "La oportunidad China",
son títulos que vienen a resaltar los tesoros que esperan en ese país. Estos
tesoros no obstante, no son tan fáciles de obtener como parece (quizás lo
estuvieron hace unos años, cuando China se comenzaba a abrir, había poca
competencia y la corrupción estaba aún a niveles más tolerables); es raro un golpe
de suerte. Nos siguen gobernando las imágenes.
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