Prólogo
Oriéntate en Oriente.
Guía de Estudios, Trabajo y Vida en Asia-Pacífico.
César de Prado
Madrid, Fundación Universidad Empresa, 154 pp.
La sociedad española tiene una relación
sorprendentemente escasa con Asia Oriental. Hay razones históricas que lo
pueden explicar: la crónica inestabilidad interior o la prioridad absoluta
hacia el continente americano dentro de ese imperio donde nunca se ponía el
sol. Las Filipinas, curioso es decirlo, fueron más un obstáculo que un acicate
en los contactos con Asia, y prueba de ello son los escasísimos aventureros
que, desde mediados del siglo XVII, se decidieron a saltar desde el
archipiélago para ganarse la vida por su cuenta y riesgo. Seguimos sufriendo
las consecuencias de la descompensación histórica a favor del continente
americano: en Cuba se perdió más que en Filipinas y conveniente es
decirlo a propósito del 98. Además, otra razón ha influido poderosamente en el
pasado y permanece igualmente vigente ahora, el menosprecio más o menos asumido
hacia los amarillos. De Asia ha primado su imagen exótica; interesan sus
costumbres curiosas, las fotos llamativas o aquellas ideas que resultan
incomprensibles para nosotros.
La evolución de la imagen exótica ha sido escasa,
porque buscamos aquello que se acoplen a los tópicos ya preconcebidos. El
reciente auge económico ha introducido una nueva faceta en la imagen exótica de
Asia: ya no sólo se miran las fotos, también se consultan las estadísticas. Por
primera vez la sociedad en general siente que hay que aprender de los asiáticos
y este hecho de por sí supone un avance. No obstante, el problema del exotismo
continúa, puesto que se sigue viendo como un territorio con unas culturas
difíciles de comprender. El conocimiento sigue siendo superficial y aún se
sigue oyendo quien dice que todos "los chinos" son iguales.
Desinterés y desdén provenientes de aquellos tiempos
en que los humanos se dividían entre los de raza blanca y los de color. Esta
forma de indicar quiénes eran los importantes y quiénes no sobre la faz de la
tierra aparecía también en la universidad, donde hasta hace poco los nombres de
algunas asignaturas denotaban la idea de Occidente como centro del mundo:
"Expansión Europea en África y Asia" o "Expansión Ibérica en
Asia". Actualmente van desapareciendo esas incorrecciones políticas; las
asignaturas anteriores, por ejemplo, han pasado a llamarse "Historia de
los países afroasiáticos" o "Historia de Iberoasia".
No obstante, pervive esa consideración de lo asiático como algo de segunda
fila, y las asignaturas en los planes de estudios dedicadas íntegramente a
esta región se pueden contar con los dedos de las manos. Mientras que en otros
países (Italia, por ejemplo) se enseñan los idiomas chino y japonés como
asignaturas dentro de los programas de estudios de la Universidad desde el
siglo pasado, en España ha habido que esperar a la década de 1990 para que las
universidades autónomas (de Madrid y Barcelona) se decidieran a hacerlo. La
escasez de profesorado dedicado a enseñar sobre Asia contrasta con los 27
profesores en España del área de conocimiento "Estudios Hebraicos y
Arameo" (seis catedráticos, 19 profesores numerarios y 2 de escuela
universitaria). A la vista de estos datos, se puede
afirmar que la Universidad mira más al pasado que al futuro; y lo digo con
sentimiento a pesar de ser historiador. Un cierto anquilosamiento pesa en los
planes de estudios y sería conveniente para la sociedad española que alguna
universidad apostara por cumplir su papel ante la sociedad: liderar el impulso
hacia Asia, no ir detrás. Sería conveniente tanto por la necesidad de crear
especialistas como por cambiar definitivamente esa imagen del pasado puesto que
mientras permanezca fuera de la universidad, Asia seguirá en el campo de lo
exótico. Es la Universidad la que debe estar encargada de borrar esa percepción
negativa; si no se profundiza en su conocimiento desde las aulas, mucho menos
lo hará el resto de la sociedad.
En definitiva, es difícil justificar el desinterés
actual de la sociedad española hacia esta región, y menos aún comprenderlo
justo cuando estamos entrando en lo que se define, precisamente, como el siglo
del Pacífico. La penetración comercial es escasa, el intercambio científico
deja aún bastante que desear y la información aparecida en la prensa proviene
casi totalmente de agencias desde que en el año 1994 salieron varios
corresponsales por la subida de costes.
*********
Uno de los principales problemas en este libro y al
hablar de la región son las denominaciones. "Extremo Oriente" sigue
siendo el término más utilizado en España para referirse a la región, denotando
que la distancia no sólo es en kilómetros sino en grado de interés. A la
lejanía geográfica se une la cultural y consecuencia de ello es el concepto tan
vago de la región, desde la India hasta Japón y Corea, mientras que en Estados
Unidos Far East se refiere al triángulo China-Japón-Corea. El término
"Oriental" es aún mas impreciso y más bien
significa lo que no es Occidental, tal como señala Edward Said. La Asociación
Española de Orientalistas, por ejemplo, acoge a miembros interesados en
regiones tan dispersas como Japón o Corea hasta el Maghreb (una palabra que,
por cierto, significa Occidente). Asia es un término
que recoge culturas muy diversas, pero recientemente se ha venido a usar la
palabra asianista, para aquellos especializados en
una región que va desde Afganistán hasta las islas del Pacífico. Esta
delimitación de Asia tiene una evidente influencia anglosajona, es la utilizada
por revistas tan importantes para conocer la región como Far Eastern
Economic Review o The Economist y en la
encuesta europea sobre estos Asianistas se incluye
también el África oriental insular. El término Asia Oriental incluye al Sudeste
de Asia para algunos, pero no para otros y quizás Asia-Pacífico es el concepto
(también tomado del inglés) más apropiado para denominar el área continental e
insular que va desde Vladivostok hasta Singapur. Se
utilizan también términos como "Extremo Oriente Ibérico" para
referirse a aquellos lugares con los que tuvieron relación tanto españoles como
portugueses en tiempos pasados.
Regiones más pequeñas, como el Sudeste de Asia,
también tienen unos límites difíciles de definir. Los aborígenes de Taiwan tenían una cultura propia del Sudeste Asiático, la
cultura birmana está a caballo con la del subcontinente indio, e
Indonesia cubre regiones muy amplias, unas claramente pertenecientes a
Melanesia, como Irian Jaya
y, otras, que son un mezcla de varias, como las Molucas. Los términos también son dinámicos y están sujetos
a revisión, y el propio nombre de Sudeste de Asia es reciente: hasta la Guerra
del Pacífico sus territorios países de la región se dividían entre los
territorios insulares y los continentales, o bien por las adscripciones
coloniales. Fueron los japoneses los primeros que acuñaron la palabra Sudeste
de Asia (Tônan Ajia)
que luego pasaron a usar los americanos para una región cuyos habitantes
denominaban antiguamente, tal como señala Anthony Reid, Las Tierras bajo los
Vientos, "The Lands bellow
the Winds". Las percepciones de los propios
habitantes también van cambiando y, últimamente, la sociedad australiana ha
venido a sentirse orgullosa del lugar geográfico en que se encuentra: muchos aussies, étnicamente caucásicos o no,
proclaman ahora con orgullo que ellos también son asiáticos. Los posibles
cambios políticos influyen como en cualquier otra parte del mundo; Siberia Oriental podría convertirse en una república
asiática en el hipotético caso de una desmembración de Rusia.
El desconocimiento de
las diferentes grafías añade un punto más de confusión, y es curioso que un
Libro de Estilo como el de El País editado en 1990 usaba
un diferente rasero para transcribir lenguas asiáticas. Si bien para los
nombres en árabe o en ruso se busca la equivalencia con el sonido en
castellano, en chino se ha decidido que es mejor "unificar la trascripción",
razonamiento que equivale a usar el nombre en inglés. Lo mismo ocurre en la
práctica con el japonés y con el resto de lenguas de Asia y, en consecuencia,
palabras como Hokkaido, Meiji o Hashimoto
son mal leídas en España. Las casi únicas excepciones a esta norma de copiar
los nombres en inglés son Tokio y Kioto frente a Tokyo y Kyoto (algo que a muy pocos japoneses, ni siquiera
a los hispanistas, les agrada), y la reciente grafía de Kenzaburo
Oé con acento. No estaría mal poner acentos (Antonio
Cabezas también lo hace en sus libros sobre Japón), pero antes convendría
unificar los criterios y, hasta ahora, no ha habido un cuerpo de lingüistas
especializados que puedan sentarse a hacerlo. Lo mismo ocurre con
"Tailandia", la llamada tierra de los hombres libres, que se
denominan Thai, pero no Tai, una palabra con un significado desagradable,
aunque también pueda usarse para referirse al grupo lingüístico. La explicación
de que el castellano no distingue el sonido "Th"
es escasamente gratificante para los conocedores de esta lengua. Malasia tiene
varias acepciones, puesto que es necesario diferenciar entre la parte
peninsular y la parte insular o el conjunto, y he de reconocer que sigo sin
tenerlo claro si referirme a Malasia, Malaysia o Malaisia. Los nacionales de aquel país, de raza malaya,
usan Malasia y quizás ello sea motivo para usar este nombre: llamar a uno como
quiere que le llamen puede ser un buen motivo.
********
Hay que agradecer casi exclusivamente a César de
Prado y a la Fundación Universidad Empresa la realización de esta obra. Hubiera
sido conveniente que las instituciones españolas en relación con Asia hubieran
podido colaborar más, pero no tienen capacidad suficiente. La Universidad se ha
de limitar a apoyos morales, patrocinios y demás cuestiones que no supongan un
desembolso de dinero; por no sé que razón extraña, esa imagen reciente de la región
como un lugar donde se puede sacar dinero fácil ha llevado a hacer pensar
automáticamente en subvenciones generosas. No obstante, ni en Japón ni en Taiwan ni en Corea tienen dinero a espuertas preparado para
dárselo al primero que se lo pide. Además, si lo dan es porque les conviene,
mientras que esta obra a quien beneficia principalmente es a la sociedad
española.
La falta de infraestructura ha impedido ser más
exhaustivo en la actualización de algunos datos o en la corrección de errores u
omisiones que se irán subsanando en futuras ediciones; estamos en una etapa en
la que predominan los esfuerzos individuales y no ha podido dar más de si. César es consciente de estas carencias y supongo que en el
prólogo se ha hecho responsable, pero yo también me quiero hacer partícipe
puesto que le he aconsejado la conveniencia, en esta fase, de primar la
cantidad antes que la calidad. En lo que me haya hecho caso, asumo esos
posibles errores, además de la idea de ofrecer una guía que añada comentarios a
las direcciones. Es más, le he sugerido que fuera menos descriptivo y en
ocasiones le he dejado notas con opiniones críticas sobre los datos de algunos
capítulos (para mí, positivas, pero quizás los aludidos se habrían sentido
molestos) que él ha preferido dejar como comentarios neutrales.
Personalmente, doy fe del esfuerzo de César por
evitar errores y por hacer una guía lo más completa posible. Si un físico ha de
repetir docenas de veces un ensayo y un historiador ha de cotejar múltiples
fuentes, César no ha dejado de insistir cuando no le han respondido. Infinidad
de ocasiones ha ido a buscar la información allá donde se encontraba, decenas
de veces me ha comentado sus dudas e incontables han sido las ocasiones en que
ha rehecho el índice. "Lo quiere todo", decía una azafata en el Forum
Asia-Europa de Venecia, refiriéndose a los folletos, textos y demás
literatura impresa que pedía. Lo positivo para nosotros (no para la azafata) es
que lo lee todo y que nos lo ha transmitido en este
libro. No se lo ha quedado para su uso personal. Generosidad de este tipo va
siendo cada vez menos frecuente y por ello es necesario agradecerla doblemente.
Le conocí a César por
primera vez en Tokio en 1993. Después de un rato de charla, me dejó sorprendido
con un comentario suyo: "pues yo creía que eras una rata de
biblioteca". Aparentemente, le sorprendió que yo, además de gustarme hacer
investigaciones y estudiar sobre Japón, también pudiera hablar de juergas, de
bailes caribeños y de viajes por el mundo. Desde entonces, él también me ha
sorprendido a mí porque la hiperactividad que transmitía no sólo se quedó en la
conversación. El estaba entonces intentando agrupar a los estudiantes españoles
y su esfuerzo (apoyado por dos diplomáticos especialmente activos, Antonio de Oyarzábal e Iñigo Ramírez) culminó con la puesta en marcha
de la Asociación de Jóvenes Españoles en Japón, para cuya asamblea inaugural
elaboró un listado de direcciones y de posibilidades de trabajo que ha sido el
germen del presente libro. Mientras estaba en España, ha participado en la
"Tertulia de lo Porvenir" y siempre venía tras haber conseguido
nuevos datos para su guía. Tras llegar al Instituto Universitario Europeo de
Florencia también ha removido Roma con Santiago, tratando de agrupar a
la gente allí en relación con Asia y con la Internet mientras investiga sobre
las telecomunicaciones y sobre la sociedad de la información en Asia y en
Europa. Ahora, la sociedad española se puede beneficiar de su empeño. Aquellos
a los que atosigó podrán descansar y el resto podrán tener un gran trabajo de
referencia sobre Asia.
Oriéntate en Oriente, un libro del que se carece en otros países,
podrá servir para recuperar el atraso español de tantos años y para orientarse
por un camino que nunca dejará de ser difícil. Una nueva brújula, en
definitiva, ésta que nos entrega "César de Polo". Saber adónde ir
queda en manos de cada uno.
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