Florentino
Rodao
Todavía en Filipinas se recuerda intensamente la
ocupación japonesa y muestra de ello fue la celebración el 18 de febrero de
1995 del 50 aniversario de la batalla de Manila con una fiesta nacional. Más de
cien mil muertos, superando la cifra de Hiroshima, y una ciudad destrozada
(sólo Varsovia, entre las capitales aliadas, recibió un bombardeo tan
sistemático) avalan el recuerdo de la tragedia.
Los filipinos, sin
embargo, no fueron los únicos en esta batalla. Los españoles también tuvieron
un número grande de muertos entre su colonia y el mejor recuerdo del período
español, Intramuros o la ciudad amurallada, desapareció en buena medida.
Además, el final de la guerra del Pacífico significó el fin de la vitalidad de
lo español en las Filipinas y el declive definitivo de ese sentimiento que
desde este Archipiélago se había sentido hacia España y su cultura. Y es que lo
español se había mantenido relativamente bien hasta entonces, a pesar de los
más de cuarenta años de colonización norteamericana; no porque desde la
península hubiera habido un interés especial, sino por la voluntad de buena
parte de los propios filipinos, más bien como una parte de la propia identidad
nacional. Al fin y al cabo, Filipinas como país fue un invento español, y la
herencia española se había convertido en una parte esencial de lo que unía en
principio a tagalos, visayas, ilocanos y demás culturas del archipiélago,
frente a lo colonial representado por los norteamericanos y frente a lo
regional que encarnaban esas distintas culturas nativas. A los colonizadores
americanos les sorprendía esa pervivencia de lo español en Filipinas, y se
puede ver en un informe elaborado en 1939 su sorpresa al ver cómo la Guerra
Civil española había sido vivida en Filipinas. Sobre todo, entre los llamados Mestizos
españoles, tan difíciles de distinguir de los súbditos con
pasaporte español: «La comunidad española en las Filipinas incluye españoles, [146] muchos mestizos
españoles y ciudadanos filipinos de ascendencia española.
Ahora, sin embargo,
queda poco ya de esa identificación con lo español. Si hace cincuenta años se
sentía la herencia española viva en Filipinas en el idioma, la cultura y la
religión, ahora ya sólo se percibe en la influencia en la religión, y si por
aquel entonces se vivió la Guerra Civil y lo ocurrido en España intensamente, a
la película Belle Époque, prohibida en un principio por hacer
«burla de la religión». Históricamente, también es cierto, la relación entre
España y Filipinas había sido más débil que con otras posesiones: Manila fue
más bien una colonia de México y no hubo contactos directos hasta el siglo XIX
y el escaso contacto con españoles también evitó el contagio de enfermedades
que hicieran decrecer la población nativa, como pasó en América. A Filipinas se
iba sólo por unos años, como a un destierro, mientras que a América se iba de
por vida y el único español que conocieron la mayoría de los indígenas filipinos
fue el misionero. También, comparando el período posterior a la salida de
España, la evolución de Filipinas y de los antiguos territorios de la Corona en
el continente americano se diferencia en gran medida, porque si la influencia
desde Estados Unidos fue determinante en la evolución de unos, no lo fue tanto
en los primeros pasos de la independencia de los otros. A pesar de estas
diferencias, de alguna manera, lo español pudo caminar por su propio pie y
tener un sentido propio ante el conjunto de la sociedad.
Esa difícil marcha
se interrumpió con la Guerra del Pacífico, porque la ocupación japonesa y su
sangriento final marcaron un antes y un después en Filipinas. El trauma de la
ocupación perdura hasta hoy en el país, puesto que si en un primer momento se
pretextó, entre otras cosas, la liberación de los pueblos orientales de la
opresión occidental, se fue brutalizando cada vez más para acabar en el año 45
con una auténtica orgía de sangre que sólo servía para alimentarse a sí misma.
El diario de un soldado japonés nos muestra un sentimiento íntimo que podría
ser suscrito actualmente por los soldados en Bosnia, Ruanda o Liberia: «Febrero
de 1945. Todo el día ha sido gastado en buscar guerrilleros y nativos. He
matado ya bastantes más de cien. El motivo que poseía cuando abandoné mi país
hace tiempo que ha desaparecido. Ahora soy un asesino curtido y mi espada está
siempre manchada de sangre... Que mi padre me perdone». Y si la retirada de los
japoneses fue sangrienta en todo el archipiélago, fue en Manila donde hubo más
sangre y destrucción. Y dentro de Manila, fue en la zona con mayor número de
españoles y más huella española, en la zona sur de Malate e Intramuros, donde
se sufrió más.
Tras haber comenzado
la batalla el día 3 de febrero con el ataque sorpresa por el norte para liberar
a los detenidos en el Campo de Internamiento de la Universidad de Santo Tomás,
a los tres días Douglas MacArthur se apresuró a denunciar la «liberación de
Manila», e incluso pensó en una marcha victoriosa [147] como en París.
Conquistar el resto de la ciudad, no obstante, fue más sangriento; ese mismo
día, el 6 de febrero, comenzaron las masacres de civiles filipinos en Fuerte
Santiago, la cárcel donde se hacinaban los prisioneros políticos y después
siguieron los pillajes y los asesinatos indiscriminados. Además, una vez que
los 16.000 soldados japoneses en Manila se encontraron sin posibilidad de
salida (muy pocos soldados japoneses se rindieron vivos a las tropas
americanas, en parte porque creían que se les sometería a tratos inhumanos),
sus mejores escondites fueron los sólidos edificios de piedra del período
español. La respuesta americana no faltó: sólo entre las 7:30 y las 8:30 de la
mañana del 23 de febrero se arrojaron sobre Intramuros 185 toneladas de explosivos
de gran potencia, más de 61 obuses por minuto cayeron sobre los recuerdos más
palpables de los más de trescientos años de presencia hispana. Al final de esta
batalla, cien mil cadáveres fueron recogidos entre los escombros de la ciudad,
mientras que multitud de edificios históricos se podían ver destruidos por las
bombas, entre ellos todas las iglesias españolas que se encontraban dentro de
Intramuros a excepción de San Agustín.
¿A quién se le puede
echar la culpa? El almirante Iwabuchi Sandyi es universalmente señalado como el
gran culpable de la tragedia, por haber desobedecido las órdenes del general
Yamashita Tomoyuki de evacuar Manila y resistir a los norteamericanos en las
montañas. No sobrevivió para explicar el porqué de esta negativa, pero aparentemente
se debatió entre obedecer la orden de ese superior del ejército de tierra de
evacuar o la anterior del Ministerio de Marina de destruir las instalaciones
del mejor puerto del Oriente. Después, al quedar atrapados, el porqué de las
masacres hacia la población civil no tiene explicación coherente. Sólo la
lógica militar de las guerras y la psicología de unos soldados que sabían que
iban a morir en esa batalla lo puede explicar. Las antiguas amistades de Tokio
con Alemania y con España ya no valieron, y precisamente algunas de las
principales masacres ocurrieron en el Club Alemán y en el Consulado de España.
No fueron órdenes expresas de Tokio, como se dijo entonces en Madrid, sino
soldados decididos a morir matando. El mando norteamericano tampoco se libra de
una parte de la culpa; las prisas y la vanidad de MacArthur provocaron una
maniobra envolvente que impidió a los soldados imperiales una vía de escape. El
bombardeo indiscriminado de una ciudad cuyos habitantes no habían evacuado, en
parte porque los japoneses no habían reforzado sus defensas y en parte por
temor a los saqueos contribuyó a la cifra de muertos, junto con la pausa
norteamericana tras los primeros ataques, que permitió a los soldados japoneses
asaltar a los ciudadanos indefensos de una ciudad de la que no creían que
pudieran salir vivos. «Se temían actos de barbarie, pero no matanzas al por
mayor», afirma en su Diario de Guerra el Padre Juan Labrador, Director
del Colegio de San Juan Letrán. [148]
Las razones de esta
estrategia norteamericana no tienen por qué ser muy complicadas y se pueden
rastrear por las estadísticas: sólo alrededor de mil de sus soldados murieron
en la batalla. Salvar sus propias vidas, por tanto, parece que fue su principal
preocupación; se prefirió bombardear una zona y esperar a que los soldados
japoneses estuvieran más agotados en vez de enviar directamente a las tropas a
tomar una zona donde podía haber infinidad de soldados escondidos. No hubo
excesiva preocupación por dañar unos edificios históricos -al contrario que con
Kioto en Japón- y, además, al acabar la guerra las máquinas excavadoras se
encargaron de acabar con las partes de edificios que aún quedaban en pie,
aunque se hubieran podido restaurar; la preocupación por evitar epidemias
predominó más que la de mantener la historia de la presencia hispana. Según el
Embajador Ortiz Armengol, fueron estas máquinas las que acabaron con los restos
de lo español en Filipinas, más que los bombardeos en sí.
El trauma de la
ocupación japonesa marcó a la sociedad filipina profundamente y ya nada ha
vuelto a ser igual. El país, desangrado y destrozado por los efectos de la
guerra, vio a Estados Unidos no ya como su antiguo colonizador, sino también
como su liberador, su tutor y, como señalan algunos, también como su padre y su
madre. En ello, la identidad con España, el uso del español como forma de
indirecta oposición al régimen colonial o el orgullo de la porción de sangre
hispana entre los mestizos pasó a mejor vida. La propia presencia de ciudadanos
españoles, por su parte, disminuyó en picado; además de los tres centenares que
murieron en el último año de la guerra (con un censo escasamente superior a
3000 en 1943), otro medio millar volvió poco después a la Península en dos
barcos, el Halekala y el Plus Ultra, incapaz de empezar una
nueva vida y, de los que quedaron, muchos se nacionalizaron filipinos a causa
de las leyes que prohibían poseer tierras o empresas a extranjeros. Además, la
relación o la identificación con España pasó a ser algo marginal en la vida
filipina porque los problemas eran ya muy distintos. Ello, cuando no se culpó a
España del origen de los males de Filipinas o cuando no se caracterizó a la
clase alta filipina únicamente por su sangre española. En ese período de
idealización de Estados Unidos ya no había hueco para otros valores que no
vinieran de allí. Los valores de los filipinos cambiaron; si antes de la guerra
había habido un equilibrio entre la identidad colonial, la hispana y las
locales, éstos se reestructuraron totalmente a partir de la derrota de los
japoneses. En beneficio de los estadounidenses. [149]
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