Cuando el MRTA
decidió asaltar la fiesta japonesa en Lima tuvo unas razones muy claras: quería
poner el dedo en la llaga del fuerte apoyo prestado hasta ahora desde
Tokio al régimen de Alberto Fujimori pero, además, al efectuar el asalto en
territorio japonés, contaba también con la oposición frontal de Tokio al uso de
la violencia. Lo consiguió durante un tiempo, tuvo inmovilizados a los
militares gracias a esa excelente cosecha de rehenes, tanto japoneses como
peruanos, y a las preferencias niponas por la negociación.
No les faltaban
razones a los emerretistas para pensar que Tokio se opondría a una
solución violenta. Recientes secuestros de empresarios japoneses en América
Latina se han saldado hasta ahora con pingües beneficios para los
secuestradores: las compañías niponas pagaban lo necesario con tal de que la
vida de su compatriota no corriera peligro. Las encuestas de opinión pública en
Japón, por su parte, han mostrado que la preocupación casi única era la vida de
los retenidos mientras que los típicos problemas para tomar decisiones rápidas
han permanecido; a pesar de que se instaló una sala anexa a la oficina del
Primer Ministro para tratar las crisis a raíz del terremoto de Kobe en 1995,
Hashimoto ha debido ir continuamente al centro de informaciones del Ministerio
de Exteriores o Gaimushô. La diplomacia japonesa, además, ha seguido
mostrando las dificultades que tiene normalmente para dar respuesta a
situaciones relativamente imprevistas como el asalto de Lima: chian, un
término que se podría traducir como paz social o seguridad, es asumido allí
como algo tan normal como el aire que se respira y la violencia es aún difícil
de afrontar. Las normas de funcionamiento ya o son como en su propio país. El
exterior sigue siendo un medio inseguro para Japón y los contactos mutuos están
dominados por la vulnerabilidad; Tokio es hipersensible a las manifestaciones antijaponesas;
[120] Japón,
ciertamente, tiene unas características culturales propias que impregnan sus
decisiones en el exterior y favorecen la tendencia a resolver los problemas
echando tierra por medio de dinero y evitando al máximo las soluciones comprometidas.
El asalto de Lima no podía ser menos y así lo ha demostrado Tokio en los
primeros tiempos del asalto, enviando a su Ministro de Exteriores a evitar la
toma violenta en los primeros momentos del asalto.
Pero quizás Nestor
Cerpa ha supervalorado los ases que tenía en la manga. Si contaba con la
negativa absoluta japonesa a un asalto, para no vincular el cumpleaños del
emperador con el derramamiento de sangre, tal como se ha afirmado en algunas
ocasiones, se equivocó. El comportamiento antaño inexplicable de Japón va
acercándose al de otros países y esos símbolos que hace años habrían podido
provocar reacciones viscerales han perdido mucha fuerza: la muerte del
emperador Shôwa, Hirohito, en 1989, no provocó una bajada generalizada en la
bolsa, a pesar de las predicciones de muchos especialistas, incluidos los
japoneses. Posiblemente les han jugado una mala pasada a los emerretistas
las imágenes tópicas de Japón, porque, aunque éstas siguen estancadas, el país
va cambiando. El exotismo prevalece, al igual que hace cien años, aunque lo que
predomina ahora es la idea del dinero a espuertas.
Posiblemente, si el
MRTA hubiera estudiado más en profundidad la forma de actuar nipona habría
tenido también en cuenta otras particularidades de la política nipona que han
estado muy presentes a lo largo de este secuestro, porque si había preocupación
por la vida de los rehenes, también estaba la determinación por evitar
convertirse en el objetivo predilecto para airear cualquier tipo de protesta (o
de demanda de dinero) en el continente. Pensar a largo plazo es también una
característica japonesa al tomar decisiones y, en el caso de Perú, esa
consideración se ha impuesto sobre la posibilidad de tener bajas entre los
rehenes. Habiendo salido todos los japoneses vivos, muy pocas críticas se
pueden ver en la prensa de Tokio al asalto; al contrario que en España, incluso
los periódicos que podrían haber estado más proclives a la negociación han
preferido ver el asalto como forzado por la situación. Y, más aún, algunos
periódicos han preferido soslayar cuestiones que pudieran empañar el éxito y el
diario más vendido, Yomiuri, ha destacado sin plantear dudas la
versión de un soldado asaltante, quien ha asegurado que los secuestradores
disparaban «salvajemente» sus fusiles de asalto y detonaban las minas de
control remoto mientras que los secuestrados se escabullían para cubrirse.
Otras
características propias de la forma nipona de actuar han estado presentes a lo
largo del secuestro. La más llamativa ha sido la pretensión del primer ministro
Hashimoto de no saber nada sobre el asalto: es norma de la política exterior
japonesa mantener siempre un perfil bajo y dejar que los demás sean los que
aparenten estar al mando. Por otro lado, es bastante probable que [121] dimita el embajador
Morihisa Aoki; ya no tendrá que hacerse el seppuku o el harakiri como
en tiempos pasados, pero la idea de asumir las responsabilidades permanece,
independientemente de haber sido culpa suya la entrada de los emerretistas el
pasado diciembre. Además, Japón sabe aprender de los errores pasados y tratará
de distanciar su ayuda al país del presidente Fujimori. A lo largo de los meses
que ha durado el encierro, los periodistas japoneses han tenido tiempo de
hablar y escribir sobre la situación en Perú y de la necesidad de desvincularse
del régimen. Será una victoria póstuma de Cerpa.
FLORENTINO
RODAO
Principal Académico Artículo Reseñas Docencia