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    Revista Española del Pacífico [Publicaciones periódicas]. Nº 7, Año 1997  

 

 

El MRTA y Japón: las imágenes quizá distorsionaron el análisis

     Cuando el MRTA decidió asaltar la fiesta japonesa en Lima tuvo unas razones muy claras: quería poner el dedo en la llaga del fuerte apoyo prestado hasta ahora desde Tokio al régimen de Alberto Fujimori pero, además, al efectuar el asalto en territorio japonés, contaba también con la oposición frontal de Tokio al uso de la violencia. Lo consiguió durante un tiempo, tuvo inmovilizados a los militares gracias a esa excelente cosecha de rehenes, tanto japoneses como peruanos, y a las preferencias niponas por la negociación.

     No les faltaban razones a los emerretistas para pensar que Tokio se opondría a una solución violenta. Recientes secuestros de empresarios japoneses en América Latina se han saldado hasta ahora con pingües beneficios para los secuestradores: las compañías niponas pagaban lo necesario con tal de que la vida de su compatriota no corriera peligro. Las encuestas de opinión pública en Japón, por su parte, han mostrado que la preocupación casi única era la vida de los retenidos mientras que los típicos problemas para tomar decisiones rápidas han permanecido; a pesar de que se instaló una sala anexa a la oficina del Primer Ministro para tratar las crisis a raíz del terremoto de Kobe en 1995, Hashimoto ha debido ir continuamente al centro de informaciones del Ministerio de Exteriores o Gaimushô. La diplomacia japonesa, además, ha seguido mostrando las dificultades que tiene normalmente para dar respuesta a situaciones relativamente imprevistas como el asalto de Lima: chian, un término que se podría traducir como paz social o seguridad, es asumido allí como algo tan normal como el aire que se respira y la violencia es aún difícil de afrontar. Las normas de funcionamiento ya o son como en su propio país. El exterior sigue siendo un medio inseguro para Japón y los contactos mutuos están dominados por la vulnerabilidad; Tokio es hipersensible a las manifestaciones antijaponesas; [120] Japón, ciertamente, tiene unas características culturales propias que impregnan sus decisiones en el exterior y favorecen la tendencia a resolver los problemas echando tierra por medio de dinero y evitando al máximo las soluciones comprometidas. El asalto de Lima no podía ser menos y así lo ha demostrado Tokio en los primeros tiempos del asalto, enviando a su Ministro de Exteriores a evitar la toma violenta en los primeros momentos del asalto.

     Pero quizás Nestor Cerpa ha supervalorado los ases que tenía en la manga. Si contaba con la negativa absoluta japonesa a un asalto, para no vincular el cumpleaños del emperador con el derramamiento de sangre, tal como se ha afirmado en algunas ocasiones, se equivocó. El comportamiento antaño inexplicable de Japón va acercándose al de otros países y esos símbolos que hace años habrían podido provocar reacciones viscerales han perdido mucha fuerza: la muerte del emperador Shôwa, Hirohito, en 1989, no provocó una bajada generalizada en la bolsa, a pesar de las predicciones de muchos especialistas, incluidos los japoneses. Posiblemente les han jugado una mala pasada a los emerretistas las imágenes tópicas de Japón, porque, aunque éstas siguen estancadas, el país va cambiando. El exotismo prevalece, al igual que hace cien años, aunque lo que predomina ahora es la idea del dinero a espuertas.

     Posiblemente, si el MRTA hubiera estudiado más en profundidad la forma de actuar nipona habría tenido también en cuenta otras particularidades de la política nipona que han estado muy presentes a lo largo de este secuestro, porque si había preocupación por la vida de los rehenes, también estaba la determinación por evitar convertirse en el objetivo predilecto para airear cualquier tipo de protesta (o de demanda de dinero) en el continente. Pensar a largo plazo es también una característica japonesa al tomar decisiones y, en el caso de Perú, esa consideración se ha impuesto sobre la posibilidad de tener bajas entre los rehenes. Habiendo salido todos los japoneses vivos, muy pocas críticas se pueden ver en la prensa de Tokio al asalto; al contrario que en España, incluso los periódicos que podrían haber estado más proclives a la negociación han preferido ver el asalto como forzado por la situación. Y, más aún, algunos periódicos han preferido soslayar cuestiones que pudieran empañar el éxito y el diario más vendido, Yomiuri, ha destacado sin plantear dudas la versión de un soldado asaltante, quien ha asegurado que los secuestradores disparaban «salvajemente» sus fusiles de asalto y detonaban las minas de control remoto mientras que los secuestrados se escabullían para cubrirse.

     Otras características propias de la forma nipona de actuar han estado presentes a lo largo del secuestro. La más llamativa ha sido la pretensión del primer ministro Hashimoto de no saber nada sobre el asalto: es norma de la política exterior japonesa mantener siempre un perfil bajo y dejar que los demás sean los que aparenten estar al mando. Por otro lado, es bastante probable que [121] dimita el embajador Morihisa Aoki; ya no tendrá que hacerse el seppuku o el harakiri como en tiempos pasados, pero la idea de asumir las responsabilidades permanece, independientemente de haber sido culpa suya la entrada de los emerretistas el pasado diciembre. Además, Japón sabe aprender de los errores pasados y tratará de distanciar su ayuda al país del presidente Fujimori. A lo largo de los meses que ha durado el encierro, los periodistas japoneses han tenido tiempo de hablar y escribir sobre la situación en Perú y de la necesidad de desvincularse del régimen. Será una victoria póstuma de Cerpa.

FLORENTINO RODAO

 

 

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