Florentino
Rodao
Creemos interesante ofrecer
íntegro el texto de este oficio con el primer barco español que visitó Japón en
el período Bakumatsu, cuando éste país se debatía entre mantener el viejo orden
establecido a principios del siglo XVII tras la unificación del país o abrirse
de nuevo a la influencia y la tecnología extranjera. La visión comparada de
Japón y de China a cargo del comandante del buque español resulta
extremadamente interesante por reflejar el bagaje típico de los españoles
educados sobre esas regiones del planeta de las que se sabía tan poco. Haber
sido leído en Palacio Real, además, resalta su importancia porque muestra no
sólo las personas que lo leyeron sino también la consideración que se le dio:
el informe fue un creador de imágenes en pequeña escala. El balance entre la
apertura de un país y la introversión del otro ha sido una conclusión constante
al comparar a China y a Japón, tocándole en esta ocasión a Japón el mejor
papel.
FLORENTINO
RODAO
«El Teniente de Navío
D. Eugenio Sánchez y Zayas, Comandante de la Corbeta Narváez con oficio de ayer
me dice lo siguiente: «En mi comunicación número 1 de 15 de mayo di cuenta a V.
I. de la llegada de esta Corbeta a Shanghae y de haber allí repuesto el
combustible y diversos efectos de consumo de la máquina. El 16 de mayo al
amanecer salí de aquel punto para el golfo de Pecheli. Durante aquel día
descendí el Río Wosung y el Yang-tse-kiang y por la tarde, fuera ya de la barra
de este último me dirigí hacia el N. a través del mar amarillo. Durante la
navegación encontré vientos calmosos y tiempos bonancibles. El 18 por la tarde
avisté la península de Shang-tung que se dobló aquella noche. Al día siguiente
atravesé el Archipiélago de Mian-bass y después de pasar a la vista de los
bajos de Sha-sui-tien di fondo enfrente de la barra de pei-ho el 20 a las 4/2
de la tarde. [368]
Allí estaba la
Fragata francesa Semíramis que había salido de Wosung una semana antes que esta
corbeta de Shang-hae. A excepción de este buque que se hallaba allí aguardando
el regreso del Almirante Taurés que había ido a Tientsin, ninguno otro había en
el fondeadero. Dentro del río estaban tres o cuatro mercantes de poco porte.
Desde la última
guerra en China los franceses y los Ingleses ocupan los fuertes de la entrada
de Pei-Ho, guarneciendo estos de la derecha y aquellos el de la izquierda del
río. Tienen allí unos pequeños destacamentos al mando de oficiales de Marina.
Una cañonera de hélice inglesa estacionada en Tien-tsin y una goleta de vela
francesa en los fuertes, mantienen las comunicaciones a lo largo del río entre
los Embajadores aliados residentes en Pekín y la boca del Pei-ho, y sirven al
mismo tiempo para consolidar las relaciones de esas potencias con la china
recordando a los mandarines del Celeste Imperio la visita, poco para ellos
agradable, que no hace mucho tiempo recibieron de las flotas europeas. Los
fuertes de la entrada del Pei-ho debían sino [sic] me engaño evacuarse en la
actualidad por las tropas aliadas, pero a causa de algunas complicaciones que
han surgido con el Gobierno de china no tan solo no se evacuan por ahora, sino
que el Almirante Francés ha reforzado su guarnición con gente de la Semíramis
durante el tiempo que yo he permanecido allí.
Desde luego la
Narváez no podía, a causa de su tamaño entrar en el río y las noticias que allí
se adquirieron no hicieron más que corroborar lo que ya se sabía desde Manila.
Esto es, que por el Pei-Ho no pueden navegar mas que buques de muy corto
calado. Nuestro Ministro Plenipotenciario no consideró conveniente deber ir a
Tien-tsin sino en un bajel de guerra. Se puso en relaciones con el Contra
Almirante francés, quien puso a su disposición la Cañonera Kien-chan (pequeño
buque de ruedas agregado a la Semíramis) que se hallaba en Tien-tsin con dicho
contra-Almirante en la época de nuestra llegada. El vapor Kien-chan bajo el río
hasta Ha-kú para transportar nuestro Ministro. El 25 por la mañana salió a
bordo dicho señor con toda la Legación en botes de la Corbeta que lo condujeron
al fuerte francés, donde se embarco en el Kien-chan. A su salida de la Narváez
fue saludado al cañón con arreglo a la ordenanza y a su paso en nuestros botes
por enfrente de los fuertes fue saludado igualmente por los ingleses y los
franceses, a cuyos saludos contestó esta Corbeta.
El fondeadero del
pei-ho es de lo más malo que se encuentra en el ámbito de la mar. Lo es en
tanto grado que comparado con el se puede decir que el de sacrificios enfrente
de Veracruz es cómodo, seguro y abrigado. En el Pei-Ho se deja caer el ancla
enfrente de la costa en el paraje que mejor parece. No hay abrigo de ningún
viento, la mar es siempre mucha, los tiempos reinantes en el golfo de Pe-chili
no son siempre buenos, la distancia a la tierra es enorme y con suma frecuencia
no se puede barquear. El día de mi llegada procure acercarme al río todo lo
posible a fin de facilitar el desembarco de la Legación. Fondeé [369] pues en cuatro brazas
escasas a 7 millas de tierra, dejando la fragata francesa, única compañera que
tenía en aquel paraje, otras cuatro millas mas afuera de esta corbeta. Durante
la noche bajó la marea (pues casualmente fondeé en pleamar) y no quedó mas agua
que la que necesita estrictamente la corbeta para flotar con el mar en calma.
Pensando estaba en enmendar de fondeadero antes que volviera a bajar la marea,
cuando entró un mal tiempo y tuve a toda prisa que encender la máquina e irme
tres millas mas afuera, quedando así a 10 de la boda del río. La Fragata
Semíramis, sin embargo, de estar a 11 o 12, tuvo también que enmendarse e ir a
parar a 15 millas de distancia, antes de encontrar agua proporcionada a su
mayor calado. Un bote que se envió a tierra al día siguiente de nuestra llegada
tardo 40 horas en regresar. Y aún cuando se combinaron después las horas de
salida de las pocas embarcaciones que fueron a comunicar con los fuertes, de
manera que coincidieran con las de las mareas, no se pudo conseguir que un bote
que fuese al río estuviera de regreso a bordo antes de 18 ó 20 horas.
Allí no se debía quedar
por tanto mas que el tiempo absolutamente indispensable. La Fragata francesa
había ido tan solo para que fuese su Almirante a Tien-tsin y estaba guardando
por momentos su regreso para irse a otra parte. Me puse pues de acuerdo con el
Ministro Plenipotenciario sobre la inversión del tiempo que debía permanecer
allí la Corbeta y se convino en que fuera a recorrer el Golfo de Pe-chili
volviendo al Pei-Ho antes de la época en que en que debía dejar definitivamente
aquellas aguas. El 25 desembarco la Legación y el 26, tan luego como regresaron
los botes, salí a la vela de aquel fondeadero, en busca de otro paraje menos
malo.
Como en la costa del
Pe-chili, sin embargo de ser todo un golfo imperial, no hay puerto ninguno, ni
bueno ni malo, proyecté ir a la Gran Muralla, pues teniendo que fondear el
barco enfrente de cualquiera playa valía mas estar allí donde siquiera había
algo que ver. Dirigí, pues, mi derrota en este sentido, pero al día siguiente
se declaró un furioso temporal del N.E. con tanta mar y tanto viento, que
después de luchar con él por espacio de algunas horas se hizo necesario arribar
y buscar refugio donde refugiarse, sopena de llenar el barco de averías.
Encendí pues la maquina el 28 al amanecer, salí del Golfo del Pechifi y me fui
a las islas de Atiantan en el estrecho de este nombre dejando caer el ancla
aquella tarde al abrigo de la isla de Chang-shan.
En esta isla
poblada, como lo está todo cuanto rincón hay en China, donde el exceso de
población es causa de que falte materialmente tierra donde habitar, se
encuentra un excedente fondeadero abrigado de los vientos del 1. y 4. Cuadrante
que son los más tempestuosos en el Pei-hi. Sin embargo, de ser muy pequeña,
cuenta cinco o seis aldeas cada una con 40 ó 50 casas y toda ella, lo mismo que
las islas inmediatas, esta cultivada con esa minuciosidad y ese cuidado que se
nota en los campos del Imperio Chino, país el mejor cultivado del [370] mundo sin exceptuar
la misma Bélgica. Aparte de sus campiñas sembradas de trigo no hay allí otra cosa
notable que una pagoda consagrada a la Virgen Vianhan, patrona de los
navegantes chinos, donde la piedad de los marineros del mar amarillo ha
depositado innumerables modelos de juncos y champanes de todas formas y
tamaños, religiosas ofrendas en cumplimiento de votos dirigidos al cielo en una
noche tempestuosa que podrían figurar dignamente en nuestros museos como
muestras completas de lo que son los embarcamientos en este país.
Esperé en
Chang-shang que mejorara el tiempo y luego que abonanzó me dirigí a
Heng-chang-fu que se hallaba a corta distancia y a donde me traslade en la
tarde del 30 de mayo.
Feng-chan es una
ciudad de segunda clase en el orden jerárquico de las poblaciones chinas. Es
decir, una población de primer orden después de las tres capitales, Pekín,
Nankín y Cantón. Su nombre Hen-chang significa ciudad avanzada, lo debe sin
duda a su colocación a la entrada del golfo de Pe-chili. Se halla rodeada por
una muralla de formidable apariencia, cuya frente por el lado del mar ocupa una
extensión de cerca de dos millas, muralla sobre la cual no se ve un solo cañón,
pero que bien pudiera fácilmente recibir artillería.
Cuenta 230.000
habitantes según me dijo el Chi-fu que la gobierna. Sus calles anchas y tiradas
a cordel (cosa rara en china) están adornadas con una gran porción de extrañas
construcciones de piedra, especie de arcos triunfales que las atraviesan, cuyos
frontones de granito ostentan fantásticas esculturas y sendas inscripciones.
Estas raras construcciones son momentos [sic] de todos tiempos elevadas por la
vanidad de los mandarines que allí han residido y que han tratado así de
perpetuar su memoria, carece casi completamente de comercio exterior y tanto
por esta causa como por su mala rada ha sido tan poco frecuentada por los
europeos que durante los últimos cinco años los solos buques que la han
frecuentado han sido una cañonera francesa y otra cañonera inglesa.
Con no poca sorpresa
mía, pues no creía que hubiera allí mas que chinos, encontré en Heng-chang seis
o siete misioneros protestantes anglo-americanos que se hallan establecidos
allí desde hace cosa de cuatro años, los cuales desde el momento que llegó el
buque vinieron todos a bordo con sus mujeres y sus hijos, ansiosos como es
natural de ver caras blancas, y mientras que permanecimos allí todos ellos se
esmeraron a porfía en semos útiles y agradables.
Por medio del
superior de esta misión que se brindó espontáneamente a servirme de intérprete
me puse en relaciones con el Gobernador (Chi-fu) de Hengchang y, después de
tener la seguridad de que me devolvería la visita fui a cumplimentarlo el día
primero de Junio acompañado de los oficiales del buque. El Chi-fu nos recibió
en su palacio, extraño aunque agradable conjunto de edificios rodeados de
vastos jardines, en cuya entrada se veían los leones de piedra [371] (pero leones chinos,
especie de animal quimérico que más tiene del tigre o del gato que del león)
símbolo de la potencia del mandarín de alta jerarquía. Era mandarín de tercera
clase (botón azul transparente) y se llamaba Yu-lang-yay. Según me dijeron los
misioneros está emparentado con la familia Imperial. Por lo demás era
Yu-lang-yay, como todos los altos funcionarios chinos, persona sumamente atenta
y ceremoniosa, pues sabido es que la cortesía en China es tanta que ya peca en
exageración. El Chi-fu nos recibió con salvas de artillería, nos hizo grandes
agasajos, nos detuvo mas de dos horas con su compañía y nos obsequió con un
refresco compuesto de cosas que tal vez sean comestibles, de alguno de cuyos
platos el mismo Su Excelencia Yu-lang-yay se digno servirme con sus propios
dedos. Un banquete chinesco no es ya hoy día ninguna novedad, pero es siempre
una cosa tremenda, se puede añadir que un recuerdo horrible para los estómagos
europeos. El nuestro comenzó por pepitas de sandía, siguió por dulces y frutas,
continuó por carnes y mariscos y terminó por una infinidad de cosas sin nombre,
productos químicos de la cocina china, condimentados con aceite de resina y
presentados en mezclas de toda forma, color y sabor que fue preciso tomar, so
pena de pasar por descortés, regando aquello con abundantes tibaciones [sic] de
Sam-chu, bebida tibia que se extrae del grano de mijo, y con repetidas tazas de
te hirviendo, con las que fuimos perseguidos desde el primer instante durante
todo el tiempo de nuestra visita.
Al día siguiente
vino el Chi-fu a bordo a devolvérnosla, acompañado de sus principales empleados
tanto civiles como militares, y trayendo además su hijo y un crecido
acompañamiento. Transportado desde la playa en botes de esta corbeta, recibido
al estruendo de la artillería y con los honores debidos a su cargo, permaneció
a bordo cerca de 4 horas sumamente satisfecho. Visitó detenidamente todo el
buque parándose largo rato delante de la incomprensible máquina, admirando
aquel extraño artificio de hierro y bronce. Vio maniobrar la artillería y
lanzar granadas a los cañones, uno de los cuales accedió a disparar por si
propio, aunque sin poder conseguirlo, pues las delicadas y pequeñísimas manos
del aristocrático mandarín, en todo semejantes a las de la más delicada señora
europea, o por mejor decir iguales enteramente a las manos de la mas poderosa
criolla americana, no pudieron hacer la corta fuerza precisa en el cordón de la
llave del cañón para que el martillo rompiera el fulminante, y después de no
pocas tentativas infructuosas tuvo que desistir de aquella empresa. Y por
último, no se marcho de a bordo sin llevar consigo sendos papeles llenos de
dulces de los bárbaros, que por mas señas le gustaron mucho (bien es verdad que
para que gustaran a cualquiera mas que los suyos se necesitaba bien poco) y que
de motu propio manifestó querer llevar a casa para que los probaran sus hijas.
Creo poder asegurar
que el dignatario chino quedó sumamente complacido de su visita al barco
Español. Al despedirse para marcharse me dijo que deseaba [372] darme una comida en
su casa y hacerme conocer a su familia, pero como el aceptarla hubiera sido el
exponerme a tener que detener el buque allí demasiado tiempo (esto aparte de
que una segunda y más completa prueba de la cocina del mandarín podría muy bien
ser demasiado fuerte para mi naturaleza), me excuse con la necesidad de salir
al día siguiente, pues tal era mi proyecto antes de la visita. Aquella noche,
el preceptor del hijo de Chi-fú, mandarín de categoría inferior que también
había estado por la mañana, mas traía ramos de flores y de hojas de té,
enviados por la familia de Pu-lan-yay. No lo sé en verdad a qué atribuir
semejante galantería, cuyo precepto no tengo noticias que se encuentre en
ninguno de los libros de los ritos de la etiqueta chinesca.
El día siguiente a
medio día (3 de junio) salí de Teng-chang y me dirigí a la vela hacia la gran
muralla. El 5 recalé sobre la costa de Tartaria y aquella tarde a las 4 di
fondo enfrente de la Gran Muralla.
Sabido es que este
monumento es sin duda la obra más colosal ejecutada por la mano de los hombres,
fue construido hace mas de 20 siglos por el Emperador Che-Hoang-Ti. Se dice que
empleó 500.000 obreros y que la terminó en cosa de 5 a 6 años, pero en mi
sentir esta cantidad de hombres y de espacio son demasiado pequeños para crear
aquella enorme fortificación de mas de 1300 millas de largo, que comienza en la
mar, cruza llanuras, atraviesa ríos, sube y baja altas montañas, salta vales
profundos sin que su línea se vea interrumpida sino una sola vez en todo el
trayecto por el río amarillo, por encima del cual no pudo echar un puente.
Hasta hace muy poco tiempo los europeos no han tenido mas que noticias muy vagas
de esta muralla y solo se sabía que su existencia era una realidad y no una
fábula. Los viajes por tierra a través del Asia eran y siguen siendo punto
menos que imposibles y las costas del extenso golfo de Liang-tung donde
principia la muralla han estado completamente desconocidas hasta 1793, en que
dos buques de guerra ingleses (Discovery y Alceste) navegaron por su parte
meridional y vieron desde 8 a 9 leguas de distancia las torres de la Gran
Muralla. Las dos guerras con China y más especialmente la última, juntamente
con algunos trabajos hidrográficos ejecutados en 1859 y 1860 han servido para
dar a conocer el golfo de Liang-tung, pero aún hasta hoy día son muy contados
los europeos que han podido pisar la gran Muralla.
El Embajador francés
Barón Gros después de firmados en Tein-tsin los tratados de 1858 quiso
visitarla y fue allí en el aviso de vapor Pregent. Este buque se acercó a la
costa por la parte de china, es decir, por la parte inferior de la muralla, y
tuvo que fondear a dos o tres millas de distancia a causa de los bajos que por
aquel paraje despide la tierra. La embajada francesa saltó en la playa con
mucha dificultad (bastante lejos de la muralla) pues los botes no podían
atracar: pero los habitantes de las aldeas vecinas que habían acudido a ver el
vapor se opusieron formalmente a que los franceses se acercaran a la muralla. [373] Reunidos en número de
300, a pie y a caballo, salieron a su encuentro y después de varias
conferencias inútiles tuvo el Barón Gros que retirarse a su buque, a fin de
evitar una lucha y no comprometer su posición por una excursión de recreo y
curiosidad.
Yo me atraqué a la
costa de Tartaria con objeto de evitar los bajos que habían impedido
aproximarse al Pregent, y encontrando muy limpia toda aquella parte pude
fondear en 76 brazas de agua a menos de media milla al este del extremo de la
Gran Muralla, que veíamos por su cara exterior, es decir, por la Tartaria. Por
aquella parte la costa es tan sumamente limpia que yo no fondeé todavía mas
cerca porque iba a la vela y se quedó en clama el viento al llegar allí.
La Gran Muralla
comienza a unas 150 varas de la playa donde forma una especie de herradura que
contiene dentro una gran extensión de terreno y que es un verdadero reducto que
defiende su flanco por el lado de la mar. Desde allí sale hacia el interior
dirigiéndose como al N.N.O. a través de la llanura. Encuentra a corta distancia
unas montañas de más de 2000 pies de altura por las cuales sube, ya formando
escalones y ya cuestas, siguiendo las ondulaciones del terreno hasta la misma
cumbre, en donde cesa de verse el fondeadero. El reducto donde comienza despide
un estribo que avanza hasta la playa y penetra en el agua bastante mas adentro
del límite de las mareas bajas de suerte que toda comunicación por tierra queda
cortada entre la Tartaria y la China. Sin embargo, con el transcurso del tiempo
y la falta de tiempo se ha ido amontonando la arena contra la muralla en
algunos parajes cerca de la playa y en la actualidad pasan por allí de una
parte a otra no tan solo las personas sino también los animales.
En un libro
publicado recientemente Souvenirs d'une ambassade en chine et au Japón por
Mr. de Ettoges, agregado a la embajada del Barón Gros, se dice que la muralla
desciende al mar por dos espolones o muelles paralelos.
Esto no es exacto,
pues no hay mas que el espolón o estribo de que acabo de hablar. Tal
equivocación tiene por origen indudablemente la distancia y el punto desde
donde la vieron los Franceses. Yo he pasado luego por el paraje en que fondeó
la Pregent y parece desde allí efectivamente que una de las caras del reducto
es otro espolón que avanza hacia el mar.
En uno de los
ángulos del reducto se eleva una pagoda de dos pisos cuyo interior está casi
arruinado. Los chinos tienen la costumbre de poner letreros por todas partes.
Las tablas y las tiras de papel con sentencias y versos de sus sabios y de sus
poetas sirven para lo mismo en sus casas que los cuadros y las pinturas en las
nuestras. Siguiendo esta costumbre, las paredes de la pagoda están adornadas
con grandísimas lápidas de mármol negro, algunas de ellas, notables por su
colosal tamaño, llenas de apretadas escrituras que, en mi profunda ignorancia
del idioma y de las letras del celeste imperio he tenido el sentimiento [374] de no entender.
Quizás allí se diga quienes fueron los constructores y en que época se levantó
la obra que allí comienza, aunque también puede muy bien no ser aquello otra
cosa que una recopilación de máximas de Confucio o de cualquiera de sus comentadores.
La muralla tiene el
mismo aspecto que las de todas las ciudades de primer orden que yo he visitado.
Pudiera creerse que
todas las fortificaciones en China son de una misma época, sino se conociera la
repugnancia, el horror con que se miran en este país las innovaciones de
cualquiera clase, por leves, por motivadas, por convenientes que pudieran ser,
que tiendan en lo mas mínimo a atraer las prácticas establecidas. Aquí en este
país donde todo, hasta lo mas trivial, esta reglamentado por leyes antiquísimas
y por tanto muy veneradas, donde hace muchos siglos se creyó que todo había
llegado a la perfección así en el orden moral como en el orden material: donde
todavía se conserva esta creencia arraigada en el fondo de todas las almas, sin
que para destruirla sea bastante el contacto con los europeos, considerados de
buena fe en china, lo mismo por el pueblo que por el gobierno, como monstruos o
como demonios; donde se rechazan sistemáticamente las ciencias y las artes de
Europa, que se miran todas como inútiles o como perjudiciales, en este país son
materialmente imposibles las innovaciones de ninguna clase. Se oponen a ellas
las leyes y las costumbres. Las impide la misma constitución orgánica de esta
sociedad cuya base fundamental es el respeto a lo antiguo, la veneración a lo
pasado. En China se copia todo lo que existe, pero jamás se crea nada nuevo.
Las infinitas embarcaciones que surcan sus ríos y sus mares son iguales a las
que los surcaban hace más de dos mil años. Todas sus poblaciones, todos sus
edificios son tan completamente semejantes, que se dice ordinariamente que
quien ha visto un pueblo chino los ha visto todos. Su admirable sistema de
canalización, su sistema de riego es general por todas partes. Sus medios de
cultivo, sus procedimientos mecánicos, los productos de su industria son
idénticos en todo el imperio, sin embargo de la diversidad de Chinas. Sus
vestidos son uniformes en figuras, telas y colores y se vienen usando desde
tiempos antiquísimos. En general y en revés palabras se puede decir que en
China todo es igual o cuando menos muy semejante. Casi pudiera decirse sin
pasarse de exageración que toda (?) la raza humana que puebla este país está
fundida en el mismo molde. Tanta es la semejanza que tienen los chinos entre si
los unos con los otros, y tan leves son en sus fisonomías estas diferencias que
en las demás razas de la tierra sirven para distinguir una criatura de otra
criatura de la misma especie.
Una de las
consecuencias de tal estado de general de cosas es que la Gran Muralla de China
haya de ser forzosamente igual, como lo es en efecto a las murallas de
Shang-hae [Shanghai], Heng-chan, Tien-tsin [Tianjin] o cualquiera otra de 1717
ciudades fortificadas que se dice haber en el Imperio. [375]
Por la parte
exterior que da frente a la Tartaria la muralla hasta una cierta altura está
hecha con piedras negras que parecen pizarras y el resto con grandes ladrillos
de color oscuro de tierra sin cocer.
De trecho en trecho,
a distancias de 300 a 400 metros, hay torres cuadradas que son propiamente los
baluartes de aquella inmensa cortina. Todas las que vimos eran de dos pisos y
de piedra de granito: en el primer piso tenían por cada frente tres sacteras
[sic] de forma ojival (9 en total) y el segundo piso estaba almenado.
Por esta cara
inferior la pared está bastante deteriorada ya por la acción del tiempo ya
también porque los habitantes de las aldeas inmediatas, que no son pocas,
sueles al parecer utilizar los ladrillos de la muralla para construir sus
casas. En algunos parajes están asimismo destrozadas las almenas, pero en
general la obra en su conjunto se conserva en buen estado.
Se conoce que tuvo
un ancho foso y se conservan los vestigios. Pero la necesidad del terreno es
muy grande en china y el arado del cultivador ha invadido hasta el mismo pie de
la escarpa del muro.
Tan luego como
fondeó el buque, bajamos cual es natural a tierra, a recorrer la gran muralla.
Un bote nos desembarcó en el mismo pie del estribo que avanza en la mar. A
decir verdad los chinos y los tártaros no parecían al principio hallarse muy
satisfechos con aquella repentina invasión. Mas considerando quizás por una
parte que los bárbaros éramos muchas y bien armados y siendo por otra que todo
el daño que se les hacía se reducía a recorrer y examinar aquel monumento,
fueron poco a poco humanizándose y concluyeron por hacerse buenos amigos. El
gran cariño que se profesa en todo el Imperio Celeste a las monedas de plata
mejicana contribuyó poderosamente a cimentar esta amistad y después de algunas
ligeras transacciones nos encontramos allí tan en nuestra casa como pudiéramos
estar en cualquier otro fondeadero en la misma España.
En una de las
cortinas de la muralla estaba pintado un gran rótulo con letras europeas que se
leía desde abordo y que decía Arcona, Monigt Preusse Fregatte. La
vanidad nos tentó con aquel mal ejemplo y quisimos también dejar nuestro nombre
escrito en aquella mole inmensa de ladrillo de 20 siglos. Volvimos pues a la
mañana siguiente provistos de pintura blanca y cuando salimos de allí aquella
tarde, se leía desde la mar en la Gran Muralla Narváez. Corbeta de S.M.C. 6
Junio 1864.
Mientras tanto empezaba a darme cuidado la aguada del buque,
cosa algún tanto difícil de reemplazar en el norte de china. En Shang-hae no
hay mas agua que la del río, la cual es tan mala que los europeos han tenido
que renunciar a ella. Se la mezcla siempre con vino o bien (lo que es más común
entre las clases acomodadas) no se bebe mas que agua de soda o cerveza. En todo
el golfo de Pe-chili apenas hay agua potable y la poca que se encuentra es
generalmente [376] mala. Los chinos jamas beben agua pura. En cambio, están
continuamente bebiendo té y se atribuye con fundamento tal costumbre a la mala
calidad de las aguas que hay en el Imperio Celeste (y más especialmente a su
parte septentrional) y a la necesidad de hervirlas para que no sean nocivas
para la salud. Yo no había podido encontrar agua en las islas de Tian-tan ni en
la ciudad de Teng-chan y tampoco la halle en las cercanías de la gran muralla.
Pero teniendo noticias de que la había buena en Lia-sia-kuang a unas 7 leguas
de allí, me traslade a esa población en la propia tarde del 6 de junio a la
máquina por no haber viento.
Lin-sia-kuang es una
aldea de corto vecindario, habitada por campesinos. Su rada es bastante buena y
se puede aproximar un buque a tierra a distancia de menos de media milla. Hay
allí dos pozos de agua muy regular, y en ellos pude, aunque con mucho trabajo
pues a lo mejor se agotaban, reemplazar parte de la aguada de la corbeta. Esta
faena me detuvo allí cosa de cinco días, en uno de los cuales fue visitado de
nuevo el buque por varios mandarines. Residían en Nan-bai-ho, población de
aquellas inmediaciones y habiendo oído hablar de la llegada de un champan
bárbaro cargado de maravillas, querían verlas por sus propios ojos.
En esta visita tuve
ocasión de cerciorarme de un rasgo del carácter chino, rasgo de que antes
sospechaba por haberlo notado varias veces, que pinta bien su vanidad nacional.
Los chinos conciben que no se entienda su idioma hablado: pero no conciben que
no se le entienda cuando lo escriben. La diversidad de lenguas que se hablan en
el Imperio Celeste, donde un chino de Canten, otro de Fo-kien y otro de
Pe-chili se entienden todavía menos quizás entre sí que un español, un francés
y un inglés; la generalidad de su escritura ideológica [sic, ideográfica] que
es una misma a pesar de la diferencia de idiomas no tan solo en toda china,
sino también en Cochinchina, Tartaria y aún en el mismo Japón donde está muy
repartida y por último la falta absoluta entre los chinos de conocimientos
geográficos que les hace creer de buena fe que no hay mas mundo que China y que
fuera de China no hay nada en el mundo son las causas que han dado tal vez
origen a esa creencia. Viendo los buenos de los mandarines que por mas que
hablábamos no nos podíamos entender, sacaron sus avíos de escribir, avíos de
que todo chino de categoría va siempre provisto, escribieron una porción de
cosas probablemente muy buenas en sus clásicos papeles rojos y me las
presentaron con gran cortesía para que yo los leyera. Al hacer esto se veía en
sus rostros el aire de satisfacción de una persona que ha conseguido resolver
un difícil problema importante [sic], Debo confesar que al ver ellos que yo
entendía mucho menos sus grabados que sus palabras, formaron una tristísima
opinión de mi capacidad. Su admiración rayó en estupor al considerar aquel otro
mandarín bárbaro de cielos desconocidos, que era tan bárbaro que no solo no
entendía el chino pero que ni aún siquiera sabía leer. [377]
Una vez reemplazada
la aguada que se puso, salí de Lin-sia-kuang el 11 de junio por la mañana y me
dirigí a la vela hacia la barra del Pei-ho, para informarme del estado de los
asuntos de nuestra Legación.
Hasta aquí toda la
campaña había sido sumamente feliz, pero en esta travesía ocurrió un incidente
bien desagradable.
Un Junco chino nos
abordó a las 11 de la noche y nos hizo pedazos el bocalon de foi, el de pelifoc
y el tamborete del Camprés. Fue menester andar mas que de priesa para que no
nos destrozaran todos los botes de la banda de estribor.
Este abordaje era
tanto mas extraño cuanto que el Junco había sido visto con mucha anticipación y
se había maniobrado para evitarle, si bien inútilmente porque se nos vino
encima. Además, la noche estaba suficientemente clara y la corbeta llevaba sus
tres luces de situación. Por otra parte, el junco había arriado las velas en el
mismo instante del abordaje y había en la corbeta quien creía que los chinos
habían tratado de saltar a bordo, pero que al ver la mucha gente que acudió al
lugar de la avería se habían escondido bajo la cubierta de la embarcación.
Sabido es que hay
muchísimos piratas en las costas de China a pesar de la activa persecución que
les hacen los marinos ingleses (en una sola ocasión destrozaron una flota de 64
Juncos piratas donde había mas de 3000 hombres) la piratería sigue aún, si bien
en menores proporciones, infestando todos estos mares. El año pasado un buque
hamburgués fue robado y echado a pique a muy corta distancia de Hong-kong.
Ahora mismo, en julio de 1864, el bergantín español Ylocano ha sido asaltado
dentro del propio puerto de Hon-kong debajo de las baterías inglesas y ha
podido salvarse gracias a la enérgica resistencia de la tripulación. Dos de sus
marineros heridos estaban al cuidado del médico de la Valiente, cuando la
Narváez entró en Hong-kong de regreso de esta campaña cuyo parte estoy
extendiendo.
Como esta corbeta
cuando navega a la vela con sus cañones al centro tiene el mismísimo aspecto de
un clipper mercante aparejado de briek-barca, mucho más cuando se la mira desde
proa, que las velas del palo trinquete ocultan la chimenea, era posible que la
hubieran tomado por lo que no es. Aparte de esto, nosotros habíamos anochecido
a corta distancia de un brick-barca hamburgués del tamaño de la Narváez, que es
cuando por nuestra proa a la puesta del sol se había puesto por la popa al
principio de la noche y seguía nuestras aguas a distancia de 2 ó 3 millas. Era
también posible que se hubieran equivocado de barco.
Hice contar la gente
que venia en el junco chino y resultó que había 47 hombres. Los detuve, pues,
encendí la máquina, lo tomé del remolque y me lo llevé al Pei-ho a donde llegué
a las siete de la mañana siguiente del 12 de julio. Escribí al Sr. Ministro
Plenipotenciario dándole cuenta de la ocurrencia y [378] rogándole que
averiguara si el buque era o no pirata, y envía a Tien-tsin uno de los que
parecían principales en el junco. Este debía presentarse a las autoridades
chinas las cuales dirían si el buque se ocupaba o no en un tráfico legal. En
Ha-kú, pequeña aldea a la entrada del río Pei-ho, no se conocía el barco ni su
tripulación por no ser de allí. Si era pirata, importaba poco que pudiera
escaparse el hombre enviado a Tien-tsin, toda vez que quedaban otros 46, y si
no lo era, las autoridades chinas cuidarían de decirlo al Sr. Plenipotenciario,
quien me lo haría saber por el propio emisario.
Habiendo salido éste
en la misma tarde del día 12, me preocupé en remediar la avería de esta
corbeta, lo cual pudo hacerse con los recursos del buque, construyendo un nuevo
tamborete y poniendo los bocalones de respeto. El buque quedó fondeado por la
popa al alcance de nuestros centinelas, interín llegaba la contestación de
Tien-tsin.
Mientras tanto,
recibí por varios conductos noticias nada agradables, aunque vagas, del estado
de los asuntos de nuestra Legación. No se especificaban sucesos, pero se decía
en general que aquello iba mal. Así pues, al cabo de tres días resolví
trasladarme a Tien-tsin, tanto por esto cuanto por no haber recibido
contestación acerca del junco detenido y además para acordar con el Sr. Ministro
Plenipotenciario las operaciones futuras de esta corbeta.
Dejé pues el buque
el 16 y tomando en Ta-ku carruajes del país (endiabladas máquinas inventadas a
propósito para triturar los huesos) salí de allí al oscurecer y llegué a
Tien-tsin en la siguiente mañana. Afortunadamente las noticias que habían
llegado hasta nosotros acerca del estado de los asuntos de la Legación eran
inexactas. Habían surgido al principio algunas dificultades, pero se las había
orillado y todo marchaba en orden y por buen camino, según me dijo el Sr.
Ministro [Sinibaldo de Mas]. Con respecto al junco, el Plenipotenciario chino
que estaba tratando con el español había manifestado que la embarcación no era
pirata y que el abordaje había sido fortuito. Nuestra Legación había reclamado
una indemnización por las averías causadas a la Narváez, pero esto había dado
lugar a contestaciones, y por último, se convino en que se soltara el junco y
se diera el asunto por terminado.
Finalmente y con
relación a las operaciones de ésta Corbeta, estando ya instalada la Legación y
con los asuntos marchando por buena vía, me manifestó el Sr. Ministro me
manifestó que toda vez que no debía detenerme allí hasta la conclusión del
Tratado, cosa que por entonces iba largo, no tenía ya necesidad del buque. Así
pues se acordó que emprendiera su campaña de regreso a Filipinas y que dijera
el fondeadero de la barra del pei-ho, luego que expirara el tiempo fijado en
mis instrucciones.
Arreglado ya todo
salí de Tien-tsin el 19 y regresé a la corbeta donde llegué el 21 al amanecer.
Se dejó ir el junco en libertad y me ocupé de alistar el buque para la salida.
Mientras tanto había fondeado en Pei-ho la Goleta de Guerra [379] inglesa (gun vessel)
Asprey, conduciendo a su bordo a Mr. Wade, Ministro inglés en china en relevo
de Mr. Bruce. Por este buque supimos noticias de Shang-hae nada satisfactorias.
El cólera estaba haciendo allí temibles estragos. Se calculaban de 1000 a 1500
personas las que morían diariamente en la población. Uno de los buques. Uno de
los buques de la estación inglesa (el vapor Leopard) había perdido dos
oficiales y quince hombres. Entre las víctimas de la enfermedad se contaba
nuestro cónsul el Sr. D. Eusebio de Fortuny. Esta corbeta se hallaba en verdad
no poco escasa de combustible y no sabia en verdad donde adquirirlo. Tenía el
proyecto de ir por él a Shanghae pero las noticias que había de esta población
obligaban a abandonar la idea. No era prudente comprometer la salud de mi
tripulación, el buen éxito de la campaña, por ir allá con el solo motivo de
tomar carbón. Por otra parte el combustible que había en Shang-hae era por el
momento por lo malo y caro. Ya en el mes de mayo me había sido forzoso
detenerme allí quince días por esta sola necesidad de reemplazar el carbón. Era
casi seguro que ahora una detención semejante, una detención de solo una semana
en aquel río infestado por el cólera, podría tener consecuencias perjudiciales
de suma gravedad para el buque. Preciso fue desistir de tal proyecto y desistir
al propio tiempo de remontar el río hasta Nankín aun más que a Shang-hae la
escala en aquella capital tenía otro grave inconveniente. Sabido es que en
China hay una guerra civil desde hace no pocos años y se atribuye y no sin
algún fundamento a esta discordia intestina el fácil éxito de las potencias
europeas en su última guerra contra el celeste imperio. En estos últimos
tiempos el Gobierno Imperial ha hecho todos los esfuerzos que son posibles con
un gobierno como el de China a fin de terminar esta lucha. Cuando yo toqué en
Shang-hae la insurrección se hallaba reducida a muy corto espacio de terreno en
los alrededores de Nankín, que era la capital de los rebeldes, o sea de los
taepings como se les llama en China. Esta ciudad cercada ya varias veces sin
buen éxito se hallaba entonces sitiada estrechamente por las fuerzas imperiales
y se esperaba rendirla pronto. Por tanto, la ida de esta corbeta a Nankín
podría haber sido perjudicial para los intereses de nuestra Legación, pues el
gobierno de Pekín hubiera podido hacer sobre ella toda clase de suposiciones.
Posteriormente he sabido en Cantón a principios de agosto que Nankín ha sido
tomada el 19 de julio por las tropas imperiales las cuales se dice que han
pasado a cuchillo a todos los habitantes varones de aquella inmensa capital.
Abandonada la idea
de ir a Shang-hae se hacia preciso buscar carbón en el Pe-chili. Pero allí no
lo había, o lo que es lo mismo, el que había allí era malísimo y a precio de
oro. El Sr. Ministro Plenipotenciario trató de procurármelo, pero no pudo. Los
ingleses no tienen allí depósitos. La cañonera que está en el Pei-ho navega con
carbón chino, con el cual no consigue apenas andar. Nosotros mismos la hemos
visto tardar 7 horas en navegar 9 millas, y su comandante [380] me dijo que era
porque no podía levantar vapor. Sin embargo, habiendo diferencia de opiniones
acerca de los carbones chinos, resolví experimentarlos y formar concepto por mi
propio. Había un depósito en Ha-ku [sic] por el cual pedían nada menos que 19$
Tonelada. Hice adquirir 40 quintales y los probé a bordo. El resultado de esta
experiencia me demostró que era preferible hacer toda la campaña a vela, mejor
que tirar el dinero comprando aquella cosa negra que se llamaba carbón, con la
cual no se podía hace andar la máquina. Me reduje pues a adquirir algunos
víveres frescos que se encuentran en Ha-ku fácilmente y al amanecer del día 25
de junio salí de la barra del Pei-ho para regresar a Filipinas. En la península
de Shantung, a la salida del golfo de Pe-chi-li se encuentra se encuentra el
puerto de Yen-tai, que ha sido muy recientemente abierto al comercio europeo
por los últimos tratados. A fin de ver si encontraba allí carbón me dirigí a la
vela hacia Ten-hai [sic], donde fondeé el 28 a las 4 de la tarde, Yen-tai es
una ciudad insignificante que está creciendo rápidamente, porque la provincia
de Shang-tung produce algodón y se le exporta a Europa desde allí. Estaban en
el puerto diez o doce embarcaciones europeas y dos cañoneras de guerra
francesas, además de un crecido número de barcos chinos. Y a pesar de ser muy
pocos los europeos establecidos allí encontré un pequeño depósito de carbón de
piedra de regular calidad. Se adquirieron 86 toneladas a 17$ y tan luego como
se las embarcó salí de aquel puerto el 30 al amanecer. Sin embargo de que con
ese refuerzo no se llenaron las carboneras, traté de ver si era posible llegar
hasta Hong-kong con el combustible que tenía a bordo, sin hacer por esto que la
travesía fuera interminable. Suponiendo que en aquellas latitudes había quizás
algunos vientos variables apagué los fuegos y largué el aparejo tan luego como
salí de Yen-tai, proponiéndome reservar la máquina para cuando en latitud más
baja encontrarse bien entablada la monzón del S.O. Pero enseguida que
desemboqué en el mar amarillo observé que esta monzón no tan solo alcanza hasta
allí como dicen los derroteros, sino que además estaba entablada en toda su
plenitud y con todas sus variaciones. Ocho días de lucha contra calmas,
chubascos y vientos por la proa no produjeron mas resultado que llevar al buque
hasta el Archipiélago de Corea [sic]. Hubo singladura en que se granjearon por
junto 18 millas y pasé tres días a la vista de las Islas Alceste y Modesta (?)
dando vueltas sin poder montarlas. Semejante resultado me convenció que si me
empeñaba en continuar a la vela, me exponía a tener que aguardar por allí hasta
el mes de noviembre, a que con los tiempos fríos se entablaran los tiempos del
N.E.
Era preciso pues
quemar el combustible que había a bordo y buscar en donde reemplazarlo a lo
largo de la derrota. Dos caminos se me presentaban a la vista: El primero hacia
el S.O. a Shang-hae. Subir el yang-tse-kiang, pagar un dineral por el
practicage del río, llegar a una población infestada por el cólera, perder allí
mucho tiempo y encontrar carbón regular a precios muy subidos. [381] El segundo hacia el
S.E. a Japón. Llegar a puertos fáciles, estar en un país sano, hacer ver
nuestro pabellón donde no se le conoce, ver una nación que está llamando la
atención de Europa, no perder tiempo y encontrar carbón regular a precios
módicos. No vacilé, encendí la máquina el 7 de julio al oscurecer y me dirigí a
Nagasaki. No se me ocultaba que podía encontrarme con muy serias dificultades.
Conozco bastante la historia de las relaciones de las potencias cristianas con
los japoneses desde la expedición del Comodoro Perry hasta la época presente.
Creo estar enterado de las causas que indujeron al gobierno de Japón a cerrar
sus puertos poco después de los tiempos de San Francisco Javier, así como de
las que le han hecho volver a abrirlos hace 9 años. Pero precisamente este
mismo conocimiento me decía que si encontraba dificultades no debían ser de
índole insuperable. Por lo demás, esta escala en el Japón traía necesariamente
consigo algo no previsto, algo indeterminado, algo de eso que se llama suerte,
y en todas las empresas de los hombres, lo mismo en las grandes que en las
pequeñas, es menester dejar a Dios su parte.
Nuestra nación no
tiene hechos tratados con el Japón, no por otra causa sino porque no se ocupó
de eso cuando todas las demás potencias de Europa lo hicieron, en la época en
que declaró el Gobierno Japonés que estaba dispuesto a tratas con todo el
mundo, pero esta falta de tratados no era un impedimento para la corbeta, pues
el buque de guerra por su propia naturaleza tiene derecho para ir a todas
partes. Puesta la máquina en movimiento el 7 al oscurecer, recalé el 8 sobre la
isla de Quelpart (?) y el 9 a la puesta del sol di fondo en Nagasaki. Desde el
primer momento de aproximarse a Nagasaki se dejó sentir que el Japón es un país
muy distinto de la China. Baterías de costa bien situadas, bien tenidas y bien
artilladas con cañones europeos de grueso calibre defienden la entrada del
Puerto y el forzarlo en caso de guerra no sería empresa fácil. Aún antes de
fondear ya había venido a bordo un bote con un oficial japonés a informarse de
la nacionalidad del buque y propiamente dicho a hacer lo que se llama la visita
de guerra. Esto jamás se ve en ningún puerto de China en cuyos puertos entran y
salen las embarcaciones europeas lo mismo que no estuvieran habitados. Aquel
oficial japonés ya sabia por la bandera que el buque entrante era español y así
lo dijo hablando en inglés bastante correctamente. En china es muy raro que no
confundan todas las potencias de Europa unas con otras. Para el chino todos los
europeos son de una sola nación, es decir, países bárbaros. Para el japonés no.
El Japonés las diferencia. Sabe geografía, cosa que el chino ignora
absolutamente. El chino desdeña en general las ciencias y las artes de Europa,
al paso que el japonés las admira y procura iniciarse en ellas. Yo fondeé en
Nagasaki a las 8 de la noche. A las 10 atracaba a bordo una hermosa aunque
extraña falúa con el Superintendente de la Aduana (que ejerce funciones semejantes
a las de Capitán de Puerto) acompañado de varios oficiales y de intérpretes
japoneses. Venía en nombre del gobernador a saludar y [382] a informarse del
motivo de la llegada del buque. Habiéndole manifestado que iba por carbón,
aguada y algunos víveres, entabló conversación y en el transcurso de ella y
como cosa ordinaria me dio un papel escrito en inglés que me dijo ser las
ordenanzas del Puerto para los bajeles que no tenían tratados con el Japón.
Efectivamente así se
intitulaban esas ordenanzas (Regulations) que eran muy breves pues se reducían
a dos: 1.- No usar los botes propios para comunicar con tierra. 2.- Hacer pasar
por aduana todo cuanto se comprara y pagar los derechos que pudieran estar
establecidos.
Esta segunda regla
era muy natural y no tuve inconveniente en admitirla, pero con respecto a la
primera pedí explicaciones, pues a la verdad el texto de su redacción era
bastante oscuro. Estas explicaciones fueron, que no negaban que el buque
permaneciera en puerto el tiempo que le pareciese, que no negaban tampoco que
se comunicara con la población, pero querían que siempre que se tratara de ir a
tierra se izara en un tope una bandera para que viniese un bote del gobierno
japonés, añadiendo por vía de paliativo que este bote jamás tardaría.
Aceptar esto hubiera
sido si no precisamente estar incomunicado a bordo, al menos dependiendo por
completo para comunicaciones con el exterior de la buena o mala voluntad de las
autoridades de Nagasaki. Manifesté pues cortés pero categóricamente que no
aceptaba por ningún concepto semejante condición haciéndole los argumentos que
me parecieron convenientes. De nada me sirvió que el Superintendente me citara
nombres de buques y de naciones que habían llegado allí para hacer tratados con
los japoneses y que según me dijo la habían aceptado. De nada sirvió que
ofreciera tener constantemente un bote suyo cerca del buque para que no hubiera
que esperar por su llegada. Yo consideraba esto como intervención extranjera en
el servicio interior del buque y mi deber era no ceder en el derecho de usa mis
propias embarcaciones siempre que lo tuviera por conveniente. No pudiendo
avenirnos me dijo que lo consultaría con el Gobernador. Mas temiendo yo que
esta consulta pudiera ser un pretexto de demora y de negociaciones
interminables le manifesté por preciso que al día siguiente temprano estuviera
resuelto el asunto, en el concepto de que teniendo que hacer en tierra,
pensaba, si no se le resolvía, ir a las 10 de la mañana en mi canoa. Le devolví
pues sus ordenanzas y por último se despidió a la 1 de la noche asegurándome
que a la mañana siguiente me enviaría la contestación del Gobernador.
En esta visita tuve
ocasión de notar la exquisita política de los oficiales japoneses, muy distinta
por su cortesanía y su dignidad de la familiaridad y zalamería que se nota en
los mandarines chinos. A las 10 de la mañana atracaba a bordo otra falúa
japonesa. Venía en ella el segundo gobernador de Nagasaki acompañado de un
número bastante crecido de oficiales y por supuesto, [383] con sus intérpretes
japoneses. Siguiendo la invariable costumbre de todos los orientales de no ir
nunca derechos a un objeto me habló primero de varias cosas indiferentes, de
España, de Filipinas, de no tener nuestro gobierno tratados con el suyo, y aún
me nombró nuestra última guerra en Marruecos. Luego puso mucho empeño en saber
si yo iba al Japón a tratar de negocios, es decir, a hacer tratados,
manifestándome no ser allí sino a Yokohama a donde en tal caso debía dirigirme.
Desengañado fácil y francamente sobre este punto, abordó por último el asunto
capital, aunque de una manera indirecta y dándolo como cosa hecha,
manifestándome que siempre que yo deseara bote podía izar en un tope la
bandera, etc. Yo le aguardaba aquí y lo atajé resueltamente sin rodeos ni
circunloquios. Le dije que según todas las leyes de derecho de gentes los
japoneses estaban en su derecho de admitir o no admitir un buque cualquiera en
sus puertos. Que si lo admitían y el buque era de guerra estaban también en su
derecho de señalarle fondeadero donde mejor les pareciera. Pero que una vez
admitido y fondeado no tenían absolutamente derecho para intervenir de manera
alguna en su servicio interior y que uno de los actos de este servicio interior
era el uso de sus propias embarcaciones. Le manifesté que yo no podía tratar
del asunto sino bajo estas bases, las cuales se reducían lisa y llanamente a la
admisión o no admisión del buque en el puerto. Y por último le agregué que yo
había llegado al Japón resuelto a no faltar en nada a los Japoneses, pero
resuelto también a no permitir que ellos faltaran en nada a los españoles, y
que la única manera que había de entendernos era respetando mutuamente los
principios establecidos como derecho de gentes en todas las naciones civilizadas.
Esto basto. Mi
diplomacia franca y leal y si se quiere algún tanto alquitranada como la de
todos los oficiales de la marina, produjo el resultado que era de esperar. No
hubo discusión sobre punto ninguno. El gobernador me dio completamente la razón
y me dijo que consideraba el asunto como terminado. Y efectivamente quedó
terminado. Hemos estado en Nagasaki de la propia manera que pudiéramos estar en
Manila. Yo he cuidado de que por nadie del buque se diera el mas leve motivo de
disgusto en la población y ellos por su parte se han esmerado en que los
españoles salieran de Nagasaki contentos con los japoneses. Tratando luego de
las necesidades del buque me indicó el Gobernador que el Gobierno Japonés
podría facilitarme carbón, aguada y víveres frescos, pero no carnes saladas
porque no las tenían ellos. Acepté con tanto más gustos sus ofrecimientos
cuanto que deseaba yo que fuera el gobierno japonés y no el comercio extranjero
quien proveyera el buque, a pesar de las ofertas que de todas partes me habían
llovido desde el primer momento de mi llegada: pero le indiqué que mi
aceptación era bajo el concepto de que se pagaría todo, con lo cual convino
como cosa sobreentendida.
Por último, cuando
ya estaba todo arreglado se despidió el gobernador saliendo de a bordo a las 9
de la mañana. He otro (?) antes que hemos estado [384] en Nagasaki lo mismo que
pudiéramos estar en cualquier Puerto español. La novedad de hallarnos en el
Japón nos tuvo en tierra lo mismo a los oficiales que a mi todo el tiempo que
pudimos cercenar a nuestros deberes en el buque. He dado licencias para pasear
a maquinistas, contramaestres, maestranza, y algún marinero de buena conducta.
Desde el primer día conocieron los japoneses nuestros uniformes y supieron
distinguirnos de los otros europeos. No ha ocurrido el mas mínimo incidente.
Sin embargo hemos ido por todas partes por la ciudad y por el campo, y aun a
veces los oficiales y yo nos hemos retirado a bordo a horas muy altas de la
noche después de haber estado en sociedad ya con europeos ya con japoneses. Por
todas partes hemos encontrado afabilidad en las miradas, sonrisa en la boca,
atención en los ademanes. Y esto nos ha sucedido precisamente en una época en
que los oficiales de otras marinas bajan a tierra con el revólver en la cintura;
en que en cierta Escuadra hay una orden circular mandando disparar en el acto y
sin vacilar sobre todo japonés que se vea llevar la mano a la empuñadura de uno
de sus sables (sabido que todo japonés, a no ser de la clase mas inferior del
pueblo nunca sale sino armado con dos sables y que este uso es en el Japón tan
general como lo es en Europa el de salir con guantes o con reloj) orden
circular necesaria en fuerza de los muchos asesinatos que había y sigue
habiendo y de los ataques que se dirigían y se dirigen contra las personas de
esa escuadra. En resumen todos en esta corbeta han salido materialmente
encantados del Japón y yo debo confesar que también lo estoy. Aquello es
decididamente lo mejor de Asia.
El pueblo japonés se
halla quizás a punto de emprender una lucha desesperada con una o más potencias
europeas y sin embargo ama y admira a los europeos. Aunque he estado muy poco
tiempo en el Japón, por lo que he visto y oído me figuro que tan vez no se ha
sabido tratar a los japoneses.
El Japón tiene su
civilización propia y camina además a paso de gigante hacia la civilización
europea, que amolda a la suya y de la cual toma con avidez las ciencias y las
artes útiles. El Japonés es orgulloso. Tiene la conciencia de su fuerza y de su
dignidad y quiere ser el amigo, no el esclavo de Europa. El europeo en Asia,
acostumbrado a tratar como dueño y señor al perezoso indio y al degenerado
chino, ha creído tan vez poder explotar en su provecho el Japón como explota la
India y la china y se ha equivocado. De aquí la mala inteligencia, de aquí la
guerra que va a estallar. El sentimiento de que el europeo lo considera como de
una raza inferior no deja materialmente vivir al japonés. Este es el aguijón
que le hace trabajar sin descanso para colocarse en su nivel y preciso es
confesar que trabaja con fruto. En Nagasaki hay una factoría que construye
maquinas de vapor con operarios japoneses. Otra factoría semejante ha sido
quemada por los ingleses el año pasado en Kagoshima. Su marina cuenta hoy día
con 43 buques de vapor, todos ellos a la verdad construidos en Europa o en
América, pero no tienen en ellos nadie que no sea japonés, ni [385] aún los maquinistas.
Se cuentan con respecto a ésto curiosas anécdotas Les ha sucedido que por no poder
parar una máquina de un sistema complicado, un buque tuvo que estarse dando
vueltas dentro de un puerto hasta que se le acabó el vapor. Otro buque se paró
por la misma causa; pero no por eso desisten de no querer admitir maquinistas
extranjeros. Están armando un ejército con carabinas y haciéndole abandonar sus
clásicas ropas talares para que aprenda la táctica europea. Las ciencias, las
técnicas y las artes de Europa tienen aulas en muchas poblaciones del Japón. Yo
he tenido a bordo oficiales de marina japoneses que hablaban inglés, francés y
holandés.
Todo esto se ha
hecho en el Japón en 9 años. Desde 1855 data la expedición del Comodoro Perry
que abrió al mundo civilizado las puertas de este Imperio cerrado desde mas de
dos siglos atrás. Voy a citar unas pocas observaciones personales del carácter
japonés entresacadas entre muchas.
El Gobernador de
Nagasaki me preguntaba: «¿Si un buque de guerra japonés fuera a España, lo
recibirían ustedes? ¿Cómo lo tratarían?. Al responderle yo que naturalmente
como a cualquier otro extranjero, su rostro, ordinariamente impasible, expresó
una viva satisfacción. Aquel hombre tenía empeño en saber si nosotros los
consideramos también como de raza inferior. Durante la semana escasa que hemos
estado allí un japonés, a fuerza de preguntar a todos los del barco, formó una
especie de vocabulario español y ya medio se expresaba en nuestro idioma. Un
empleado de la aduana que sabía inglés, no paró hasta que le di libros
españoles y una cartilla de los marineros y le enseñe la pronunciación de las
letras en castellano. Cuando se trató de embarcar el combustible vino un
oficial japonés por un maquinista, para que se eligiera entre sus diferentes
depósitos. El carbón fue llegando a bordo en botes, cada uno al cuidado de un
oficial subalterno. El primero que llegó dio cuenta de la cantidad que traía
indicando que se podía pesar. Yo dispuse que no se pesara, con tanto mayor
motivo cuanto que por las cuentas de la máquina y por las carboneras vacías
sabía la suma de toneladas que tenía que embarcarse. Esto pareció causarle una
agradable sorpresa y ya en lo sucesivo ninguno otro dijo que se pesara,
concretándose solo a dar parte de la cantidad que traía. Cuando otros distintos
funcionarios vinieron a cobrar y el contador les pagó no quisieron contar el
dinero. Podría citar muchísimos mas rasgos notables de esta gente, todos ellos
buenos.
Nada de lo que
antecede se ve en China.
El Japón es un país
feudal perfectamente organizado. El gobierno es sumamente fuerte: su mano pesa
sobre todo y lo abarca todo. Allí, como en la mayor parte de las sociedades
antiguas, el gobierno no es el representante de la nación, sino que es por sí
propio la nación. Fuera del gobierno no hay nada. Todo cuanto hay en el país
pertenece al gobierno o depende inmediatamente de él. Allí el pueblo apenas
tiene significación. Casi todo se compone de empleados [386] del gobierno, que es
quien alimenta y da ocupación a todo el país. Yo creo que se puede comparar el
estado social del Japón con el del Imperio Romano en los tiempos de los
Césares.
Los europeos quieren
reformar y asimilarse esta sociedad por medio del comercio y de la guerra. En
mi concepto se equivocan. Esta sociedad no se reforma sino por medio del
cristianismo, que es lo que ha reformado la sociedad romana. Cuando el
Cristianismo reforme el Japón, su asimilación con la Europa será completa. Esto
lo sabe por instinto el gobierno japonés y se defiende del Cristianismo como de
su enemigo natural.
Por lo demás el
comercio le interesa y la guerra no le importa.
Pero tales
consideraciones están quizás fuera de su lugar en la presente comunicación.
Nagasaki es una
ciudad de 80.000 almas, situada en terreno bastante quebrado y su puerto es
segurísimo. Hay establecidos allí un centenar de europeos que se han construido
un barrio separado de la población: sin embargo los holandeses continúan
ocupando el célebre islote de Dezima [Dejima], cuyo puente no se cierra en la
actualidad. En uno de los cerros de la ciudad se enseña todavía el lugar de
suplicio de los mártires del Japón. Cuando yo fondeé se hallaban en el puerto
tres buques de guerra ingleses (el Ratler de 17 cañones, otro de menor porte y
una cañonera) el aviso francés Marcredi, quince o veinte buques mercantes de
diversas naciones u algunos vapores y dos buques de vela japoneses, además de
un gran número de juncos de cabotaje. En la ciudad se veían ondear los
pabellones de los cónsules de casi todas las naciones de Europa, incluidas
Prusia, Portugal y Suiza. Daba dolor contemplar el hermoso pabellón solitario
de esta corbeta, sin otro pabellón igual que le tendiera los brazos desde la
playa.
Durante nuestra
permanencia en Nagasaki hemos sido objeto de muchas muestras de simpatía por
parte de diversas personas de la comunidad europea. El cónsul francés vino a
bordo al siguiente día de haber fondeado, a ofrecerme sus servicios a falta de
cónsul español. Agradecí tal como se merecía tan delicada atención, pero ya me
había entendido directamente con las autoridades japonesas y era conveniente
seguir así. Rellené las carboneras tomando 93 toneladas de un carbón muy bueno
que costaron un total de 345$, es decir, 3.70 por tonelada. Yo sabía que el
combustible era bueno y barato en el Japón, pero nunca me figuré que fuera
tanto.
El carbón inglés que
se encuentra en los mercados de China es muy poco superior al japonés y costó a
16$ en Shang-hae y a 17 en Yen-tai. El carbón que se recibe en Manila
directamente desde Inglaterra, y que es inmejorable, sale por contrata a 15$.
Navegando este buque a regular velocidad consume 12 toneladas al día de carbón
de nuestros depósitos. En esta campaña se han consumido 13 del adquirido en
China y 16 del Japonés, andando el buque lo [387] mismo con uno y con otro, es decir, 6 y media millas a
regular velocidad, o sean 11 a 12 libras de presión en las calderas y
trabajando la máquina con el segundo grado de expansión. Así pues, el precio de
un día de fuegos encendidos con los carbones en Shang-hae y Yen-tai ha sido de
214$ y con los carbones de Japón de 59$. La Economía del uno al otro
combustible ha sido por tanto de 155 frente a 214, que es el 72 por ciento del
gasto total. Es decir que 28 dólares empleados en carbón japonés produce el
mismo efecto útil que 100$ empleados en carbón inglés adquirido en los mercados
de China. Estos números no necesitan comentarios.
Repuesto el buque de
combustible, aguada y víveres, salí de Nagasaki el 15 de julio por la tarde y
me dirigí hacia Hong-kong. No puedo dejar de consignar aquí un sentimiento que
es unánime tanto en el buque como en los europeos residentes en Nagasaki: «Si
el gobierno español piensa algún día relaciones con el Japón, la escala que ha
hecho esta corbeta en Nagasaki le ha allanado el camino». Hemos oído estas
palabras en todas las bocas a nuestra salida de allí. Y puedo decir que hoy día
en el Japón se conoce y se estima a los españoles.
Habiendo salido de
Nagasaki el 15 a las 5 de la tarde, hice rumbo al canal de Formosa, navegando
con la máquina a regular velocidad y ayudando todo lo posible con el aparejo.
El 20 al amanecer emboqué otro canal y ya desde allí empecé a sentir los malos
tiempos que son propios de esta estación en el mar de china, tiempos que
arreciaron tanto que en la noche siguiente se rifaron las dos gavias de alto
abajo. Afortunadamente eran las viejas y todo se redujo a emvergar [sic] las de
respeto. El 22 a las dos y media de la tarde dejé por último caer el ancla en
Hong-kong. Las continuas lluvias me obligaron a demorar el reemplazo del
combustible mucho más tiempo del que hubiera deseado. Pude por fin embarcar 80
toneladas que se adquirieron a 13$ y el 2 de agosto al amanecer salí para
Cantón.
Subiendo estaba el
río cuando poco antes de llegar a la empalizada en la barra de Lintin se vio
una fragata Hamburguesa embarrancada y haciendo señales. Fui hacia ella y la
envié un bote con un oficial, a quien rogó su capitán le diésemos auxilio. Era
la Fragata Malvina Vidal, capitán Y. L. Nessau. Había varado la tarde anterior,
se hallaba en situación nada agradable y rodeada ya de embarcaciones chinas que
acuden como cuervos que huelen un cadáver. La tomé de remolque y traté de
sacarla aunque inútilmente por entonces. Era un buque de 1300 Toneladas y
estaba enteramente cargado. Después de dos horas de trabajo tuve que desistir,
pues por poco varo yo también para sacarla. La presencia de la embarcación de
guerra disipó la nube de lanchas china que ya no volvieron a aparecer. Fondeé
al lado de la fragata y después de sondar por sus inmediaciones creí posible
poderla sacar remolcándola por la popa a la hora de la pleamar. Enmendé la
situación de este buque preparando todo para esta hora, y a las 9 de la noche
se volvió a remolcar la Fragata sin conseguir [388] mas que moverla un poco. Al amanecer del 3 amarré
fuertemente la corbeta a corta distancia de la Fragata y a las 9 de la mañana
tuve el gusto de verla flotar y de llevarla a 9 brazas de agua en donde fondeó.
Estando ya salvada la dejé allí y seguí a las 12 y media para mi destino.
Aquella noche a las 8 di fondo en la segunda barra y la marca me impidió que
pudiera seguir río arriba hasta las 11 y un cuarto de la mañana del 4. A esta
hora, habiendo ya agua suficiente en todo el río se volvió a levar y a las 2 de
la tarde di fondo en Cantón.
Los periódicos de Hong-kong
se han ocupado de ese incidente, pues el capitán de la Fragata, que como es
natural vino a bordo a darnos gracias después de ver su buque a flote, ha
creído deber reiterárnoslas por medio de los papeles públicos. Incluyo a V.I.
un periódico inglés y otro portugués donde se habla de eso. Permanecí en Cantón
hasta el 15 en que salí de allí a las 8 y media de la mañana. No alcanzando el
día para llegar a Hong-kong di fondo por la tarde en Lan-neet, levé a las 4 de
la mañana del siguiente día y a las 8 y media llegué a Hong-kong.
Adquirí aquí algunos
víveres que necesitaba y el 18 a la 1 de la tarde salí de este puerto. La
travesía se ha hecho sin incidente notable en tres días catorce horas y hoy a
las tres de la madrugada he dejado caer el ancla en la Bahía de Manila.
La salud de la
tripulación durante toda la campaña ha sido inmejorable. Se han hecho diversos
ejercicios de fuego y en mi concepto el estado general de instrucción de todo
el buque deja poco que desear.
Todo lo que tengo el
honor de participar a V.I. para su conocimiento incluyéndole los estados de
entrada y los extractos de navegación»
Y tengo la honra de
trasladarlo a V.E. para su debido superior conocimiento llamando la superior
atención de V.E. con recomendación en favor del celo y laboriosidad de Zayas,
que unido a su basta instrucción y a las demás apreciables circunstancias que
lo adornan, lo constituyen uno de los oficiales mas aventajados de la Armada.
He aprobado al
comandante de la Narváez su arribada a Nagasaki en el Japón y las demás
disposiciones que adoptó en su campaña así como el auxilio que prestó a la
Fragata Hamburguesa Malvina Vidal, de que hacen mérito con encomio los
periódicos portugueses de la costa de China.
Cavite,
23 de agosto de 1864
Firma:
Pavía [389]
Señora:
Terminada la
comisión de conducir el vapor Narváez desde el puerto de Manila hasta la barra
del río Pei-ho o Pei-ko? a la Legación de S.M. en China, el comandante de dicho
buque teniente de navío Don Eugenio Sánchez y Zayas acompaña al parte de las
operaciones de su navegación una noticia histórica, hidrográfica y estadística
de los diferentes puertos de China y la Tartaria que ha visitado y mas
detalladamente del de Nagasaki perteneciente al Imperio del Japón en el que se
vio precisado a hacer escala para repostarse de combustible; y sin embargo de
no tener España tratados ni relaciones de ninguna especie con aquella nación,
el comandante de la citada goleta ha conseguido en su buen tacto y acierto tener
la mejor acogida por parte de las autoridades locales que le facilitaron
víveres y carbón, prodigándole además toda clase de deferencias a las cuales ha
sabido corresponder debidamente este oficial; en su consecuencia el Director
que suscribe es de sentir pudiera contestarse al comandante general del
Apostadero de Filipinas que V.M. ha visto con particular satisfacción el celo,
laboriosidad y conocimiento con que el referido comandante ha desempeñado dicha
comisión, noticiándose al Director de Personal para las correspondientes
anotaciones en su hoja de servicios.
También es de
parecer que se dé traslado al Sr. Ministro de Estado de la parte
correspondiente al Japón que contiene esta comunicación para los fines que
puedan convenir en aquel departamento.
21
de noviembre de 1864.
Firmado:
José Martínez Viñales.
Con la nota. Hecho
en 5 de diciembre.
Despacho 1535
dirigido al Ministro de Marina, remitido desde Cavite el 23 de agosto de 1864 por
la Comandancia General de Manila del Apostadero de Filipinas. Se «Traslada
oficio del comandante de la Narváez relativa a las operaciones verificadas
durante su campaña en China con la Legación». Archivo del Ministerio de Asuntos
Exteriores. [390] [391]
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