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Prólogo

ADOLF, de Osamu Tezuka.

Barcelona, Planeta de Agostini, 2000. Vol. 4.

                                               Florentino Rodao

                                               Prof. Relaciones Internacionales.

                                               Universidad Complutense

                                               Autor de Franco y el Imperio Japonés.

Imágenes y Propaganda en tiempos de guerra

  “Te podrá parecer extraño, pero ahora sé mucho más sobre la historia de Japón que sobre la de mi país.”  Mientras se doctoraba en Psicología en una universidad japonesa, un amigo holandés reconocía de esta forma su debilidad por los manga, mientras leía, uno tras otro, los 48 volúmenes de la Historia de Japón en manga editados por Chûo Koronsha. Su afición ni era única ni tampoco normal entre los extranjeros en Japón, pero sí es significativa de las ventajas de los dibujos novelados para difundir unos hechos cuyo conocimiento puede resultar aburrido de otros modos. La propia difusión de estos volúmenes y su propia propaganda refleja el público tan amplio que tiene: “Por primera vez, una experiencia histórica divertida. De leer la Historia a ver la Historia”

  Adolf es un ejemplo claro de estas ventajas. Osamu Tezuka, a través del manga, no sólo deja clara su posición personal, sino también informa sobre la situación política general de esos años tan cruciales y, sobre todo, llega a los dramas personales y las contradicciones de los que vivieron y murieron en esos años. Al lector en español, además, le permite una perspectiva menos eurocéntrica para poder entender qué pasó en estos años, porque aunque Hitler, el partido Nazi y los fascistas italianos tuvieron una buena parte de culpa en el estallido de la Guerra Mundial, los militaristas japoneses tampoco deben ser olvidados. Tres son los aspectos históricos claves para el desarrollo de Adolf: la lucha conjunta de los gobiernos alemanes y japoneses por un “Nuevo Orden”, la importancia de la propaganda y el holocausto del pueblo judío.

En los años treinta, Alemania, Italia y  Japón fueron las tres potencias ““rompedoras del statu quo,” tal como se denomina su situación en las relaciones internacionales. Por aquel entonces, el rango de las naciones se medía según los kilómetros cuadrados bajo su propia bandera y Berlín, Tokio y Roma estaban frustradas por las dificultades al intentar ampliar sus Imperios. Alemania, en primer lugar, había tenido colonias poco importantes y no encontraba espacio para que sus emigrantes pudieran asentarse (y dominar políticamente, tal como estaba ocurriendo con los emigrantes ingleses o franceses). Los fascistas italianos, por su lado, se decidieron a conquistar el último territorio sin colonizar en Africa, Etiopía, pero se encontraron con que la opinión pública desaprobaba las expediciones coloniales británicas o francesas, que años antes había sido vistas como una “labor civilizadora” o como la “carga del hombre blanco”. La expansión japonesa, por último, también encontró fuertes obstáculos a su expansión colonial. Separó Manchuria de China siguiendo unos pasos parecidos a los utilizados por Estados Unidos para separar Panamá de Colombia unos años antes, pero la comunidad internacional nunca se lo reconoció. Así, tanto alemanes como italianos o japoneses se veían a sí mismos como miembros de unas naciones que sufrían conjuras internacionales que les impedían dar a valer sus muchas fuerzas. Se sentían países jóvenes, en auge, y con una gran fortaleza, pero con un status internacional mínimo. En consecuencia, aunque se comenzaron uniendo para luchar contra el comunismo, también ambicionaban las colonias de Francia, Inglaterra, Holanda o Bélgica y finalmente se decantaron por esta última ambición. Antes que luchar contra una Unión Soviética  que pocos beneficios podía ofrecer, acabaron luchando por un “Nuevo Orden” en el que fueran ellos quien mandaran y del que se beneficiaran. Hubo motivos ideológicos, pero al final acabó predominando la ambición de poder de Hitler, de Mussolini o de los militaristas japoneses: “la pela es la pela” o, en términos de entonces, “la colonia es la colonia”.

Pero si Alemania, Italia y Japón compartían su oposición al ”Viejo Orden” en el que tan poco contaban, estaban de acuerdo en muy poco más. Nunca hubo estrategia conjunta alguna porque cada uno tenía sus propios intereses y no se preocupó del otro. Aunque proclamaran cada uno la necesidad de seguir a un líder, ser ordenados por otro país era muy distinto, siquiera fuera en pos de una “victoria final”. Así, los italianos se resistieron a las órdenes alemanas hasta cuando pudieron, y los japoneses ni siguieron las recomendaciones de Hitler en pos de la victoria, ni pensaron en ayudarle, siquiera por su propio interés estratégico. El giro que dieron tanto Hitler como los militaristas japoneses, pasando de considerar como principal enemigo de la Unión Soviética a las potencias aliadas, puede indicar una colaboración mutua, pero no fue así. Antes bien, no sólo los motivos fueron diferentes, sino que Japón, después de ese giro, no siguió los pasos de Hitler cuando éste atacó a la URSS en 1941.

Los militaristas japoneses, de hecho, cambiaron sus planes belicistas únicamente siguiendo sus propios intereses. En el mes de agosto de 1939 empezaron siendo derrotados estrepitosamente por los soviéticos en la batalla de Nomonhan, en las estepas siberianas, y después, viendo la posibilidad de aprovecharse de la debilidad europea en el sudeste de Asia, se decidieron a centrarse en el “Avance hacia el Sur,” olvidándose de acosar al enemigo comunista. Así, la culminación del viraje hacia la enemistad con las democracias europeas fue casi dos años después que Alemania, en abril de 1941, cuando el ministro de exteriores japonés, Matsuoka, firmó un pacto de no-agresión con la URSS. Para entonces era tarde, porque Hitler ya tenía planeado el ataque a la URSS, pero además el dictador alemán no le dijo nada al japonés.

 Este viaje de Matsuoka, así, refleja la escasa coordinación entre alemanes y japoneses. Porque cuando Matsuoka pasó por Berlín, antes de decidirse a firmar el acuerdo en Moscú, Hitler no le dijo nada sobre la invasión a la Unión Soviética (que aún no tenía decidido unos meses antes, en la firma del pacto Tripartito de octubre de 1940, en contra de lo que señala Tezuka) porque pensaba que su raza aria se bastaría para derrotar a la URSS y prefería dirigirles a los nipones contra la base británica de Singapur. Así, Matsuoka pasó por Moscú en el viaje de regreso y firmó, por su cuenta, el Pacto de No-agresión con la URSS, a pesar de que sólo había sido encargado de mejorar las relaciones con Moscú. Así, cuando en poco más de un mes, Hitler cambió de opinión y les informó a los japoneses del ataque a la URSS, e incluso les instó a hacer lo mismo, pero para entonces ya era tarde . Japón se había dado cuenta que era imposible atacar sólo a Londres y que Washington se quedara sin actuar, por lo que prefirió guardar fuerzas para una lucha que sería en un frente demasiado amplio. Tokio, de esta forma, mantuvo el pacto de No-Agresión con Moscú y, de hecho, el único ministro japonés que propuso violarlo fue el propio Matsuoka, Cada uno iba a su bola y la salud mental de este ministro parece que se resintió por ello.

La idea de que el nazismo pudiera caer tras ser revelados unos documentos contra Hitler, en segundo lugar, parece descabellada, pero muestra la creciente importancia de la propaganda. Desde que las olimpiadas de Berlín fueron las primeras en ser retransmitidas al momento, la propaganda fue clave para lo que fue la principal aportación de la II Guerra Mundial como conflicto bélico: la Guerra Total. Cualquier arma era válida contra el enemigo y como tal fueron utilizados multitud de recursos, desde crear inflación (imprimiendo moneda enemiga de curso legal), hasta el espionaje o las técnicas de propaganda, ya fuera blanca, gris (sin mencionar la procedencia) o incluso negra (en Londres, una emisora criticaba a Hitler por su “moderación”, haciendo creer que eran soldados del III Reich disidentes en suelo alemán). Actualmente, la posibilidad de que Hitler tuviera sangre judía no tiene importancia sino como una más de las ironías de la Historia, pero lo que si es posible es que los diarios que Mussolini escribió se puedan encontrar en Japón, porque uno de sus mejores amigos era un tal Hidaka.

Los judíos fueron libres en Japón, por último, porque aunque eran mirados con recelos por muchos, tal como aparece en el texto de Tezuka, nadie compartió el fanatismo de Hitler. En su diáspora de esos años, fueron bienvenidos en pocos lugares del mundo, e incluso Estados Unidos les impuso trabas a la emigración. Los planes para el envío de judíos por Asia Oriental fueron numerosos y un número de ellos se instaló en Shanghai o Hong Kong, pero los números finales de emigrados fueron mucho menores de lo que se previó. El ambiente político en Asia también estaba muy caldeado y, ciertamente, la llegada de un grupo se percibió como un peligro político, aunque muchos de los judíos eran profesionales muy calificados y podían ser muy válidos para el futuro del país. sólo podía ser llevado a cabo bajo sus autoridad directa. Así, en Filipinas, la disposición inicial del gobierno de acogerlos se enfrió por las presiones políticas internas (a cargo de grupos como la Falange Española) y, como consecuencia, se redujo, por una parte, la cantidad de emigrantes y, por otra, fueron dispersados en provincias.

Pero era muy difícil que los pueblos no-alemanes compartieran el fanatismo antijudío de Hitler, porque todos ellos también eran despreciados por el dictador alemán. Los japoneses también recibieron en el Mein Kampf calificativos de dudoso gusto. Así, aunque Hitler proclamaba haberles preferido a su lado en su guerra contra los Rusos de 1904-05, también decía que su progreso se debía únicamente a las aportaciones de la raza aria, por lo que si se contaran, esos adelantos desaparecerían en unos años. Por ello, los japoneses compartieron con los nazis sobre los judíos poco más que frases retóricas.

            Los hechos históricos de Adolf muestran un conocimiento profundo de la Guerra. Los errores, en algunos caso, no son más que meros detalles. El comienzo de la Guerra Chino-japonesa, por ejemplo, no fue en el Puente de Marco Polo, sino en las cercanías, y fue simplemente un pequeño intercambio nocturno de disparos. Sólo fue al volver el batallón japonés a sus barracones cuando los mandos se dieron cuenta que faltaba un soldado, momento en que dieron la voz de alarma a sus superiores. Ese soldado apareció al poco tiempo porque, en realidad,  se había escapado él mismo para confraternizar con el elemento local y la guerra empezó, más bien, por las recriminaciones de los mandos japoneses hacia sus colegas chinos, que no supieron ser detenidas por la tensión tan fuerte y por las propias ganas de buscar una solución definitiva que no llegó hasta pasados ocho años.

Los errores en el caso de la Historia de Japón, por su lado, son más interesados. Tezuka describe a ese Japón ebrio de victorias en el que  la colaboración con el gobierno militarista fue asumida por los socialistas. Pero los comunistas también colaboraron y muchos de sus militantes escribieron retractaciones o Tenkô,  optando por su japoneidad antes que por su internacionalismo, en buena parte porque el gobierno militarista de Tokio les permitía defender ideas económicas muy parecidas a las del “socialismo en un solo país”, aunque sin este nombre. La explicación de Tezuka del estallido de la guerra en el Pacífico es la visión mayoritaria en Japón: por una parte, los Estados Unidos provocaron el ataque japonés al privarles de materias primas, mientras que, por la otra, sabían al detalle los planes de ataque japoneses en Pearl Harbor gracias a los avances en la descodificación de mensajes secretos. Además, la sorpresa del ataque fue por razones burocráticas. El esfuerzo por ahogar los esfuerzos japoneses por conseguir suministros  adicionales es cierto, pero Tezuka hace bien en situar los comentarios del presidente norteamericano Roosevelt ante ese “previsto” ataque a Hawai’i dentro de un coche y no en su despacho o en una entrevista oficial. Ciertamente, no hay documento alguno que demuestre que Roosevelt supiera con antelación dónde iba a ser un ataque nipón que, de hecho, comenzó en la península malaya unas horas antes que en Pearl Harbor. Los japoneses tampoco fueron tan insensatos de dar todos los detalles en los mensajes radiados entre ellos, porque es sentido común pensar que pueda ser escuchado y la escuadra que atacó Pearl Harbor, por ejemplo, no envió ninguna señal desde su partida desde el norte del archipiélago nipón, precisamente para evitar que la pudieran detectar. Pero ni los japoneses eran tan insensatos ni los estadounidenses tan inocentes: estaba claro en los primeros días de diciembre de 1941 que la guerra en el Pacífico iba a empezar de un momento a otro. Washington lo sabía bien y muestra de ello es que las comunicaciones japonesas se descodificar en el mismo día, aunque normalmente se tardaba varias jornadas. Todo el mundo sabía que esa guerra estaba al caer y, de hecho, el principal semanario sobre política internacional en España, Mundo, incluía la edición del 7 de diciembre de 1941 con un editorial titulado “¿Guerra en el Pacífico?”. Teniendo en cuenta que el 70% de las guerras anteriores habían empezado sin una declaración formal y que, de hecho, la Guerra Ruso-japonesa de principios de siglo también había empezado con un ataque japonés por sorpresa, el momento de llegada de tal papel es irrelevante.

Una anécdota del embajador español en Japón, Santiago Méndez de Vigo, además, indica que los militares dejaban muy poco margen de maniobra de actuación a los diplomáticos. Méndez de Vigo oyó la mañana de 7 de diciembre por la radio que Japón había bombardeado en Guam, Filipinas y Hawai’i y lo primero que hizo fue ir a ver a su vecino, el embajador americano Grew, con quien había cenado la noche anterior. Este había salido porque le habían llamado de Exteriores y por eso le esperó a la puerta a que regresara. Pero cuando habló con Grew la sorpresa de Méndez Vigo fue que a Grew sólo le habían dicho que las negociaciones se habían roto, no que la guerra hubiera estallado. Así, el español fue el primero que se lo dijo al norteamericano. Grew, después, llamó al Ministerio de Exteriores, donde le dijeron que esperase, y fue sólo tras una hora, sobre las 11 de mañana, cuando le comunicaron oficialmente el estallido de las hostilidades. Méndez de Vigo achacó esta desinformación al poder de los militares en Japón y no estaba descaminado porque los diplomáticos japoneses también fueron engañados por sus colegas de los ministerios de la guerra. No sólo les restringían la información, sino que en más de una ocasión los militares invitaron a los diplomáticos a celebrar victorias militares que luego demostraron ser falsas.

El papel de la España de Franco fue mas allá de las amistades personales,  porque recibió los dos encargos más importantes que Japón podía hacer a un país neutral: representar los intereses de los ciudadanos japoneses en los países que le iban declarando la guerra y organizar el espionaje. Los diplomáticos españoles se hubieron de encargar de proteger las colonias japonesas en Estados Unidos y todo el resto del continente del vandalismo anti-japonés tras el estallido de la guerra, mientras que gente cercana al Ministro de Exteriores español y cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer, pusieron en marcha el espionaje en la India, en América Latina y en Estados Unidos para Japón. Los encargos fueron producto de una amistad ideológica que  pronto se enfrió, con la invasión de las Islas Filipinas y, de hecho, la tensión con Japón pasó a ser un banco de pruebas para el acercamiento hacia los Aliados. Así, el vuelco de la política de Franco desde la amistad con el Eje hasta el acercamiento al Reino Unido y a Estados Unidos culminó en marzo de 1945 cuando, a propósito de las matanzas de españoles en Manila, Madrid quiso declarar la guerra a Japón. Ansioso por  salvar su régimen en la postguerra, Franco buscó el salvavidas oriental, pero no lo consiguió y le dijeron que, en todo caso, declarase la guerra a Alemania. Les quiso engañar como a chinos. 

 

 

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