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FILIPINAS: LAS ELECCIONES DEL CENTENARIO

                                                    Política Exterior, Vol. XII, mayo/junio 1998, num. 63:  117-134.

Reimpreso en  Desarrollo, Nº 28 (1999), pp. 3-11.

       Florentino Rodao

Ramos en el poder

Las elecciones del Centenario

La Filipinización de los hispano

 

Cuando Emilio Aguinaldo proclamó la primera república en Asia, hace cien años, no era fácil que se pudiera haber imaginado las dificultades que tendría que afrontar Filipinas a lo largo de los siguientes cien años. Pronto comprobó que la debilidad de las tropas españolas no sería suficiente para mantener esa independencia y en unos años los norteamericanos acabaron con su República de Malolos y con los sueños de un gobierno a cargo de los propios filipinos. Pero lo que Aguinaldo nunca llegó a imaginarse, aunque murió en la década de 1960, fue que sus vecinos superarían a su país. Hasta esas fechas, el tamaño y las perspectivas de la economía de Filipinas eran superadas en Asia sólo por Japón, pero en los últimos treinta años la situación ha cambiado radicalmente.

En 1970 Filipinas sufrió su primera recesión importante, a causa de la deuda externa y del deterioro de la balanza de pagos. La enorme cantidad de préstamos SAL del Banco Mundial, teóricamente para ajustes estructurales, llevaron a esta situación crítica que mostró que una excesiva ayuda extranjera puede llegar a ser perniciosa. Después, el declive final de la dictadura de Marcos y las dificultades del primer gobierno democrático dirigido por Corazón “Cory” Aquino impidieron levantar cabeza. En el período que va entre 1980 y 1992, el crecimiento del Producto Nacional Bruto tuvo una media negativa y el ingreso per capita real bajó un 7% real. Filipinas pasó a ser percibida como un “caso perdido” en una región que entonces era modelo de vitalidad. Los países que anteriormente miraba con desdén le iban superando progresivamente; así, frente a ese estancamiento en el PNB, el de Indonesia crecía en un 4% de media en el mismo período, en Malasia un 3.2, en Singapur un 5.3 y en Thailandia un 6.0. El comportamiento de las exportaciones mostraba una pauta semejante, frente al 3.2% filipino, los otros países mostraban índices mucho mayores; por el mismo orden, 5.6, 11.3, 9.9 y 14.7.

La presidencia de Corazón “Cory” Aquino se despidió con cortes continuos de suministro eléctrico, mostrando no sólo el declive en la calidad de vida o la necesidad de invertir fuertemente en infraestructuras, sino también los limites tan extremos a los que había llegado la decadencia de Filipinas. La caída de la dictadura de Marcos no había satisfecho las esperanzas; aunque el saqueo sistemático de las arcas estatales era ya cosa del pasado, se había seguido destruyendo riqueza. Aquino, elevada a la jefatura del Estado por ser la mujer del líder de la oposición asesinado, Benigno “Ninoy” Aquino, no supo proveer la dirección política necesaria en el país y su período estuvo plagado de convulsiones que impedían pensar en un futuro a medio plazo. Son ejemplos elocuentes los seis intentos de golpes de estado, el incremento de la guerrilla pro-comunista y las pocas leyes que fueron promulgadas durante su mandato a causa de las difíciles relaciones personales y políticas con muchos congresistas y senadores.

Ramos en el poder

 Su sucesor, Fidel Ramos, FVR, se encontró al llegar con una situación menos halagüeña aún. Al escaso apoyo popular de su candidatura, un 23%, producto de unas elecciones en las que hubo seis candidatos principales, se añadía la falta de un grupo político fuerte en el parlamento que le apoyara, puesto que su partido, creado poco antes de las elecciones, sólo había conseguido una quinta parte de los diputados. Una constitución elaborada sobre el modelo estadounidense le limitaba sus poderes presidenciales y además, poco después de su toma de posesión, se recrudecía el problema social con las consecuencias del estallido del volcán Pinatubo y la evacuación definitiva de las bases militares de Clark y Subic, las principales empresas de contratación en Filipinas después del Estado. Además, habría que destinar un gasto adicional de los recursos propios para comprar armamento con el que defender la integridad territorial de Filipinas y la ayuda exterior ya no podía servir, como en el pasado, para poner un parche temporal.

Las dificultades no eran pequeñas, pero Ramos ha conseguido sorprender a propios y a extraños, porque ha creado las condiciones para estabilizar el sistema político filipino y para posibilitar que el Estado dedique sus recursos al crecimiento económico. Sus principales logros están en la introducción de nuevas leyes para la reforma de la economía y en la reducción de la violencia política. En el primer caso, ha conseguido que las dos cámaras, la Cámara de Representantes y el Senado apoyen mayoritariamente sus propuestas, mejorando por un lado los contactos y mostrándose abierto a sus iniciativas, pero también lubricando las necesidades de esos diputados con fondos para proyectos en los que éstos puedan ganarse el apoyo de sus votantes en las próximas elecciones. Ramos no ha dejado de recurrir a los métodos ya conocidos para conseguir el apoyo de los diputados y éstos, en consecuencia, han ido apoyando sus propuestas. El apoyo y el poder del Palacio de Malacañang, la residencia del Presidente, ha atraído a numerosos miembros de la Casa de Representantes y el quinto de diputados que ostentaba su partido ha aumentado hasta las tres cuartas partes, disfrazando el transfugismo con la creación de una llamada Coalición Rainbow o Arco Iris. Ha buscado objetivos nuevos, en definitiva, por medio de métodos tradicionales. La violencia política, por su parte, también ha sido reducida dramáticamente durante su período y el ejército ya no ha sido el origen de perturbaciones, menos aún de golpes militares, En cuanto a las antiguamente activas formaciones pro-comunistas como el New People’s Army o Nuevo Ejército del Pueblo, han quedado reducidas a grupos que ya no tienen capacidad sino para atacar esporádicamente en las ciudades. El problema de la guerrilla musulmana en el sur también ha dado un salto cualitativo que quizás lleve a una solución definitiva tras el pacto con el grupo guerrillero más poderoso, el Frente Moro de Liberación Nacional de Nur Misuari. Una vez dejadas definitivamente las armas, en septiembre de 1996 Misuari fue elegido democráticamente gobernador de la Región Autónoma del Mindanao Musulmán o ARMM, que comprende las cuatro provincias donde la población musulmana es mayoritaria actualmente. Con ello y con la cantidad ingente de dinero aprobado para ayudarle a conseguir un apoyo político entre sus votantes, se va andando hacia una solución definitiva aún lejana pero que para el año próximo vivirá un momento determinante, con la celebración de un referéndum entre las otras provincias de Mindanao con fuerte presencia musulmana para preguntar si prefieren estar también bajo el paraguas de la ARMM. La amplia autonomía concedida a los musulmanes  va engarzada con otro de los retos que se están afrontando, como es acabar con la excesiva centralización en torno a la burocracia de Manila. Por medio de la “Local Government Code”, se ha comenzado a transferir una mayor autonomía y responsabilidad a alcaldes y a gobernadores principales para proveer servicios como la sanidad, las obras públicas o los servicios sociales.  Un dato que permite rebajar la importancia de la elección del próximo presidente.

A ese mejor ambiente político ha contribuido, indudablemente, la mejora de la economía. La renta per cápita en estos años ha subido de forma espectacular, de 847$ en 1992 a 1.265$ en el último año. Otras cifras macroeconómicas muestran también datos esperanzadores: las reservas internacionales han pasado de 5.2 a 11.3 billones de dólares, la exportación de 9.8 a 27.7 billones y la inflación, que había tenido una media del 14.1% entre 1980 y 1992, ha bajado al 5,7% y el último crecimiento del Producto Nacional Bruto señala un 6%. El mejor reflejo de que la evolución es positiva tanto en el aspecto social como en el económico, no obstante, es la inversión en la tendencia migratoria: ahora son más los filipinos que vuelven que los que se van.

El camino por recorrer sigue siendo más largo que el de sus vecinos, a pesar de lo andado en este último sexenio. El 8,4% de tasa de desempleo frente a las cifras en torno al 2-3% de otros países de la ASEAN muestra que muchos de esos emigrantes todavía no tienen sitio para volver a su propio país. Sus remesas siguen siendo necesarias para mantener una balanza de pagos en la que la importación sigue sin ser alcanzada por la exportación. La pobreza y la desigualdad persisten en el país e incluso ha aumentado ligeramente. Los éxitos de las reformas, por su lado, no han sido homogéneos y si bien la descentralización ha impulsado el crecimiento económico en muchas regiones, en otras ha sido perjudicial, favoreciendo la creación y el florecimiento de ejércitos privados. La violencia sigue a la orden del día y los numerosos secuestros de mestizos chinos muestran claramente los pocos logros en cuanto a seguridad y crimen, el aspecto que más preocupa a las clases medias y altas del país.

            Las reformas, además, se han ralentizado en este último período de mandato. Junto a algunos problemas de alcance popular que han supuesto una pérdida del capital político del presidente (el aumento del coste de la gasolina o los intentos por modificar la Constitución para permitir que volviera a ser elegido), las relaciones con el Senado se han enfriado y el número de leyes que han sido aprobadas ha disminuido fuertemente. La credibilidad del presidente ha disminuido y la crisis financiera asiática no ha hecho sino incrementar el número de los que reprueban su gestión, aunque la opinión general siga siendo positiva.

La economía filipina, no obstante, se mantiene relativamente bien frente a los embates de la crisis, en parte porque el déficit de cuenta corriente no era tan amplio ni la estructura de la deuda era a plazo corto como en Thailandia o Indonesia. La evolución comparada del peso parece demostrarlo; ha descendido un 33% en el período desde el 2 de enero al 10 de diciembre de 1997, frente  al 88% de la rupia indonesia, al 64% del bath thailandés, a un 61% del won coreano y a un 45% del ringgit malasio, y además, recientemente se ha recuperado.  Filipinas, por su lado, acaba de salir de 35 años de supervisión del Fondo Monetario Internacional cuando otros países están entrando. No obstante, poco pueden consolar estas cifras a muchos filipinos porque les toca de nuevo apretarse el cinturón cuando todavía no habían sino empezado a vislumbrar los beneficios del ciclo alcista. Y ello no ha afectado únicamente a las clases populares, sino también a las clases medias; se han dado numerosas manifestaciones por todas las ciudades del país contra algunos bancos por haber aumentado los intereses de sus préstamos, en algunos casos hasta el 28%.

            Pensando en un futuro más a largo plazo, esta crisis también ha acentuado una tendencia que ya estaba a la vista, la necesidad de impulsar las reformas emprendidas por Ramos hacia una segunda fase cuya idea clave es el “desarrollo sostenido”. Los principales actores, según la propaganda gubernamental, serían la sociedad civil, el gobierno y las empresas y la idea principal que subyace es fortalecer un aparato estatal que pueda ayudar a apoyar y sostener los impulsos hacia el desarrollo. La comparación con los otros países de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) muestra claramente la deficiencia filipina; el porcentaje de ingresos del gobierno en relación con el Producto Nacional Bruto fue el 17.1% en 1993, frente al 28.7% de Malasia o al 26.6% de Singapur, al 24.8 de Taiwan o, mas cerca, del 19.4 y 18.3% de Indonesia y Thailandia respectivamente. Las infraestructuras y la productividad agraria son dos aspectos que necesitan de esa segunda fase de la reforma para poder cumplir su papel en el desarrollo. Esta tarea de fortalecer la labor del estado como motor de desarrollo de un país ha de ser más compleja aún que la llevada a cabo por Ramos en sus seis años de mandato, puesto que las carencias provienen en buena parte de una mentalidad en el pueblo filipino escasamente propicia hacia los poderes públicos. Como en algunos países de América Latina, las elites familiares han debilitado fuertemente su papel al cumplir  (parcialmente) o impedir que se cumplan una buena parte de las funciones que suelen corresponder al Estado en un país más desarrollado. La burocracia, por su parte, está llena de funcionarios que han entrado por motivos ajenos a su valía y necesita una reorganización profunda. El objetivo último habrá de ser conseguir una mayor confianza de los ciudadanos en dos pilares básicos como son la justicia y la policía, así como reducir la corrupción, los sobornos y los gastos inútiles del Estado, que actualmente suponen el 20-30% de los ingresos estatales, según se admite dentro del propio gobierno. Para superar definitivamente esta carencia, se necesitan mejores salarios y para que se cumplan mejor esas funciones hay que fortalecer las instituciones que promuevan objetivos de desarrollo a largo plazo, así como dar cabida a ONGs u otras agrupaciones de la sociedad civil. Una labor difícil, en definitiva, que necesitará como mínimo otro sexenio decididamente reformista, bajo la disciplina del mercado y con la mirada puesta en la integración de Filipinas en la economía mundial.

Las elecciones del Centenario

Este objetivo, más o menos manifestado, es el que todos los candidatos se proponen, pero ninguno está preparado porque faltan tanto un sistema político estable como unos partidos con una suficiente base social. Si decimos que la oportunidad de encarrilar al país en la senda de un progreso sostenido esta en manos del futuro presidente es porque los partidos políticos son uno de los ejemplos más claros de esa debilidad institucional de la antigua colonia hispana. Política es adición, se afirma repetidamente allí y los partidos políticos han sido tradicionalmente coaliciones de familias poderosas que dependían más de los vínculos de amistad, de parentesco  o de patronaje que de los planteamientos políticos. Los continuos cambios de formación de sus miembros, el surgimiento de partidos cuya única función es llevar al candidato a la presidencia y, en definitiva, su escasa identidad ideológica, son otras características del sistema político filipino que tendrán también que cambiar en esa segunda fase de desarrollo institucional para disminuir ese 90% actual de filipinos que, según las encuestas, no se identifican con ningún partido político.

Hay pocas organizaciones políticas con un carácter estable y sólo dos partidos en la actualidad están representados a lo largo de todo el país, Lakas y Laban. El primero surgió cuando Ramos decidió luchar por la presidencia tras haber perdido la nominación del entonces partido gubernamental o Laban. El entonces candidato creó el Partido Lakas Tao (Partido del Poder Popular), añadiendo después una coalición llamada NUCD/MUPD (Unión Nacional de Demócratas Cristianos y los Musulmanes Demócratas Unidos de las Filipinas). Desde entonces ha crecido a la sombra del poder y fue el triunfador de las elecciones parciales de 1995. En la actualidad, proclama la adscripción de 1165 del total de 1560 alcaldes del país, de 60 de los 78 gobernadores provinciales y un total de 6,5 millones de afiliados. Es difícil saber a ciencia cierta la fidelidad de estos cargos y de esos militantes, y menos aún qué pasaría del partido si su candidato pierde las elecciones. Laban ng Demokratikong Pilipino (Partido de los Demócratas Filipinos) vivió sus momentos más brillantes cuando Cory Aquino iba vestida de amarillo haciendo con la mano la señal de la “L” de Laban, pero cometió el “error” de designar en 1992 a un candidato a la presidencia, Ramón Mitra, que fue incapaz de aprovechar la maquinaria del partido para triunfar. Para estas elecciones, formó el otoño pasado, junto con el minúsculo PMP (Partido de las Masas Filipinas, en tagalo) de Estrada, el LaMMP (Laban ng Makabayang Masang Pilipino, Partido de la Lucha de las Masas Nacionalistas Filipinas). Actualmente, esta alianza es la segunda organización política de Filipinas, proclamando 35 gobernadores del total ya señalado de 78, una cifra difícilmente creíble a tenor de la contradicción con lo que proclama Lakas, pero ya es remarcable que no se haya fraccionado. El obvio objetivo de la alianza con Estradas es retornar al poder aprovechando su popularidad. En un principio, LaMMP fue una alianza triple con el NPC (Coalición Nacionalista del Pueblo) del presidente del Senado, Ernesto Maceda y se juramentó (en público y de forma muy ceremoniosa) que éste sería el candidato a vicepresidente mientras que una elección decisión posterior  entre miembros de todos los partidos decidiría el candidato conjunto a presidente. Después, tras conseguir Estrada la nominación a candidato a Presidente, Angara no pudo quedarse sin opción y desplazó a Maceda del tándem, con lo que éste se ha quedado sin sitio y, en una pirueta típica de la política filipina, acabó marchándose a Lakas con su amigo José de Venecia. La respuesta de Laban ha sido promover su destitución como presidente del Senado. El resto de partidos son de escasa importancia y así seguirán si su candidato no consigue la presidencia. Quedan restos de los antiguos partidos predominantes, el Liberal y el Nacionalista, pero no es previsible que vuelvan a recuperar su influencia de los tiempos anteriores a Marcos en que la Constitución promovía un sistema bipartidista. Si gana el candidato del partido Liberal, Alfredo Lim, podría intentar retornar a los tiempos de la posguerra, pero parece difícil. El resto de los partidos son de los denominados en la prensa “Partidos de papel”, sin estructura nacional y como plataforma dedicada a nombrar a su líder como candidato a la presidencia. Uno de ellos, el People’s Reform Party, tiene asignada una presidenta de por vida, Miriam Defensor-Santiago.

Esta debilidad de los partidos políticos explica que Filipinas sea el país con un mayor número de candidatos con posibilidades reales de ganar: la personalidad  es lo más importante. En las elecciones anteriores, de los seis candidatos principales hubo cuatro pudieron haber conseguido la victoria manos y precisamente el que se basó más en la maquinaria de un partido fue el último de esos cuatro. En esta ocasión, de nuevo, los votantes podrán escoger entre un amplio número de candidatos pero, al contrario que en las elecciones anteriores, las encuestas señalan a Joseph E. Estrada por delante de todos los demás. Con un apoyo cercano al 30% tiene un porcentaje que le podría sobrar, mayor del que consiguió Ramos. Estrada fue un famoso actor que pasó después a la política, ha sabido mantener su apoyo popular combinando su identificación con los pobres con una imagen de lucha contra el crimen. Las numerosas críticas, como su escaso nivel de inglés, sus múltiples affaires sexuales o su criticada capacidad intelectual no les han restado votos de forma significativa, en parte porque ha sabido encajarlas bien, ya fuera publicando un libro con sus errores  al hablar la lengua de Shakespeare, reconociendo las mujeres que han pasado por su vida o intentando aprovechar sus carencias para conseguir más votos. El propio jefe de campaña acepta que su jefe no es un intelectual: "Al igual que Reagan, no se ocupará de cada detalle de gobierno, pero descansará en los mejores y en los más inteligentes”[i]. Lo que no está claro es si esos colaboradores serán seleccionados por sus cualidades, por su ideología o por los favores debidos y  por las afinidades personales. Entre ellos se encuentra un elenco muy amplio de opciones políticas, desde ex-comunistas hasta empresarios y ello puede llevar a problemas de conciliación entre las políticas de los distintos ministerios, tal como ocurría con Cory Aquino, por la falta de una dirección política al más alto nivel. El apoyo que ha recibido de Eduardo “Danding” Cojuanco, tercero en las anteriores elecciones presidenciales y compinche de los negocios del antiguo dictador Marcos puede indicar que Estrada estará rodeado de empresarios no demasiado escrupulosos a la hora de beneficiarse de las arcas y las prebendas estatales. También es necesario reconocer el haberse sabido rodear de una coalición fuerte y de un candidato a vicepresidente, el economista Edgardo Angara, que han ayudado a limar la oposición de la comunidad de negocios. Promete bajar la pobreza a un 20-25% frente al 25% actual,  detener el proceso de privatizaciones y acabar con el excesivo número de militares en la burocracia, una crítica muy clara a uno de los legados dejados por el presidente Ramos.

El candidato nominado por el presidente Ramos también tiene un buen número de bazas para conseguir la victoria. José de Venecia, portavoz de la Casa de Representantes y secretario general del partido gobernante, Lakas,  tiene a su favor la maquinaria de la organización más importante del país para movilizar votos y dinero. Además, el efecto que pueda arrastrar el apoyo explícito del Presidente Ramos y el beneficio de tener la agenda del gobierno a su servicio, como una entrevista con el mítico líder del Frente de Liberación Islámico de Mindanao, opuesto al proceso de paz iniciado con Misuari, y la asistencia a la firma de un acuerdo en Holanda sobre derechos humanos con la facción comunista dirigida por José María Sisón.  Su capacidad para llegar a compromisos está bien probada: se le reconoce como el artífice de que Lakas haya llegado a ser la alianza mayoritaria que es ahora o de la aprobación de una serie de leyes importantes para proseguir con la reforma económica, y recientemente ha conseguido incluso que la única persona que competía en popularidad en las encuestas con Estrada, con porcentajes alrededor del 20%, Gloria Macapagal-Arroyo, aceptase optar a la vicepresidencia  en su mismo tandem. En su contra, tiene su escasa capacidad de arrastrar a las masas y la típica imagen de político dedicado a alianzas de intereses y a conseguir dineros de maneras no muy claras. La propia candidata a vicepresidenta ha dicho que el acuerdo con De Venecia ha sido pura política: espera para la próxima convocatoria el trampolín de la vicepresidencia que ahora utiliza Estrada y conseguir el apoyo de la maquinaria de Lakas.

 Fuera de estos dos principales candidatos presidenciales, se intentó crear la llamada Tercera Fuerza, una idea impulsada principalmente por el candidato que perdió el nombramiento como candidato de Lakas frente a De Venecia, Renato de Villa. No hubo resultados por la previsible razón de que nadie estaba dispuesto a desprenderse de sus aspiraciones a ser candidato presidencial, pero la idea de la necesidad de una alternativa ha ido en beneficio del alcalde de Manila, Alfredo Lim, quien abandonó del People’s Reform Party para ser nominado oficialmente por el antaño poderoso Partido Liberal. Tiene el crédito de la reducción de la criminalidad en Manila, junto con una fama de duro que le ha valido el sobrenombre de Dirty Harry, que seguro le proporcionará una buena cantidad de votos. Además, ha conseguido el soporte financiero más o menos explícito de un buen número de familias de la oligarquía como los Ayala, los Lopeces y los Roxas, así como el apoyo de dos de las figuras más significativas de la política nacional: el Cardenal Jaime Sin y la expresidenta Cory Aquino. Con este bagaje y los rumores sobre una futura boda con la ex-presidenta, ha conseguido el segundo puesto en perspectivas de voto en los primeros momentos de la campaña. Su posible victoria se vería empañada con la escasa importancia de la maquinaria del Partido Liberal, tanto a la hora de comprar unos votos que pueden ser cruciales en el recuento final como por la imposibilidad de contar con una candidatura al Senado que le pueda apoyar a aprobar las leyes propuestas desde el palacio de Malacañang. Renato de Villa, antiguo ministro de defensa que dejó el cargo para conseguir la nominación de Ramos, también ha puesto en marcha su candidatura aunque hubiera declarado con antelación que aceptaría cualquier resultado (De Venecia, al contrario, dijo que se presentaría a presidente aunque no consiguiera la nominación), pero no parece que cuente con muchas posibilidades. Está a la espera de que ocurra algo parecido a la ocasión anterior, cuando los bajos índices de la candidatura de Mitra llevaron a la presidenta a pasar a apoyar a Fidel Ramos, pero el propio De Villa está recibiendo muy pocos apoyos y ni siquiera ha conseguido una escisión significativa en el partido en el gobierno.

Aparentemente, el resto de los candidatos tienen menos posibilidades, pero dos de ellos pueden dar la sorpresa gracias a los votos regionales o lingüísticos, que pueden ser cruciales en unas elecciones con resultados tan apretados. Emilio Osmeña, antiguo gobernador de Cebú y miembro de la familia política más importante del país, cuenta con una gran proporción de votos en la zona de Cebú y de las Visayas, la más importante numéricamente del país. Raúl Roco, candidato del partido Aksyon Demokratiko, parece el candidato preferido por las clases medias que desean una mayor democratización y, además, es muy probable que obtenga una mayoría aplastante en su región natal, Bicol. Ambos están buscando el apoyo de los jóvenes y las mujeres y Osmeña ha conseguido también encarnar el resentimiento del probinsyano frente a la capital (su movimiento se llama Promdi, de las provincias), que puede proporcionar un número importante de votos, principalmente entre las clases populares. Aunque ambos comenzaron con un porcentaje importante de popularidad hasta febrero, e incluso Osmeña consiguió el segundo puesto tras Estrada, sus posibilidades de triunfar aparecen escasas. A pesar de ello, es bastante probable que arañen una buena cantidad de votos a los principales contrincantes y lleguen a un mínimo de un 10% de los votos.

Miriam Defensor-Santiago es otra candidata que seguramente llegue a ese porcentaje. Senadora y candidata del People’s Reform Party, quedó segunda en las elecciones anteriores a menos de medio millón de votos de Ramos, aunque ella sigue repitiendo que fue el fraude lo que le quitó la victoria de las urnas. Entonces consiguió una imagen de luchadora contra los partidos tradicionales y ganó muchos votos gracias a unas excelentes capacidades para los mítines, en los que denunciaba con humor y una oratoria muy encendida a los políticos que ella llamaba “idiotas certificados”, pero su popularidad ha declinado desde entonces. La búsqueda por recuperarla le ha llevado a defender causas como la defensa de los matrimonios gay, pero no parece que con ello consiga capturar ni la imagen de antes ni los votos perdidos, tanto por ser ése un tema marginal en Filipinas como porque su candidato a vicepresidente, Francisco Tatad, es muy cercano al Opus Dei. Tras decidir seguir optando a la posibilidad de que la iglesia católica  les apoye oficialmente, se ha retractado de esas posturas pro-gays alegando que se basaba en motivos puramente morales y sigue apoyando las críticas de la iglesia católica a Estrada como mujeriego. Imelda Marcos, la mujer del antiguo dictador, de nuevo vuelve a presentarse y también es bastante probable que baje del porcentaje que recibió entonces, un diez por ciento del total, una vez que los recuerdos de la Dictadura de Marcos cada vez pertenecen a la Historia y que su base étnica en Ilocos se difumina. Las declaraciones más importantes que podrá hacer serán respecto al dinero de la familia en el extranjero; por primera vez ha admitido 800 millones de dólares en el extranjero (el gobierno filipino demanda 540), pero sigue sin declarar su fortuna total: “Si uno sabe cómo de rico eres, entonces no lo es. En mi caso no soy consciente de hasta donde llega mi riqueza. Así de rica soy”. Completan la terna de diez candidatos el senador, Juan Ponce Enrile, que se presenta como independiente y sin haber hecho apenas campaña y Manuel Morato, dedicado a dañar la candidatura de Estrada.

La carrera, de cualquier forma, está abierta, porque el rechazo hacia Estrada es el más importante y ello que puede reagrupar los votos en un sólo candidato. El propio presidente Ramos ha propuesto que los demás se retiren a favor de José de Venecia; no parece que vaya a ocurrir así con los candidatos con apoyo importante, pero si es posible que algunos votantes lo hagan.

La elección a la vicepresidencia adquiere especial relevancia porque Filipinas probablemente es el único país en el mundo donde ambos cargos se votan por separado. De hecho, los actuales pertenecen a distinto partido e incluso Estrada recibió más votos que Ramos. Además se muestra como una posición formidable para atacar la presidencia, como está ocurriendo ahora con Estrada. Lo mismo parece que va a ocurrir para las próximas elecciones con Gloria Macapagal-Arroyo, la candidata que seguramente obtendrá un mayor número de votos el próximo mayo, cuyo salto al partido del gobierno ha sido una de las noticias más sorprendentes de estas elecciones. El objeto principal de los vicepresidentes ha sido compensar la candidatura presidencial, ya sea buscando uno del norte del país y otros del sur o bien ofreciendo la imagen que le falta al candidato a presidente. El caso más claro es Edgardo Angara, con una dimensión intelectual que complementa las carencias de la personalidad de su compañero de candidatura, Estrada.

En estas elecciones también se renueva la mitad del senado, un órgano de 24 miembros que son elegidos a escala nacional. Ya que éste sistema no favorece a los barones provinciales, como ocurre en la Casa de los Representantes, hay una buena proporción de famosos, desde actores de películas a jugadores de baloncesto o miembros de familias prominentes. Solo los dos partidos principales han presentado candidatos, junto con algunos que se presentan independientes, pero estas listas no pueden considerarse el reflejo de una política coherente o definida. Los candidatos, antes bien, compiten por su puesto frente a todos los demás, sin importar excesivamente quién vaya en la misma lista.

Un panorama complicado, pero si lo comparamos con elecciones anteriores, en este año hay evoluciones interesantes que demuestran la creciente madurez del electorado filipino. Las elecciones ya no provocan violencia adicional en la sociedad filipina, el ejercicio del poder es más previsible y las armas dentro de las campañas publicitarias van dejando paso a argumentos más homologables o normales en otras democracias, como los carteles o los mítines. Funcionan ya dentro del marco del juego electoral aunque haya carencias que siguen vigentes, como la compra de votos. La evolución también es favorable en este aspecto, porque la población cada vez pide más y ello llevará a que se reduzca su práctica, máxime teniendo en cuenta que la crisis económica ha reducido los fondos de los candidatos y, por tanto, su capacidad para “engrasar” su apoyo en el campo. Además, el tema principal de estas elecciones está siendo la crisis económica, de nuevo un aspecto más  homologable con as campañas de otros países. La tradicional importancia del apoyo presidencial no parece que vaya a decidir tanto en esta ocasión como en la anterior; la crisis económica  ha disminuido el apoyo popular hacia su figura y el mismo Ramos, por otro lado, se mantiene relativamente alejado. La influencia de la iglesia católica en el voto también esta en declive. Tuvo su auge tras la revuelta de EDSA que acabó con el régimen de Marcos y durante la presidencia de Cory Aquino, pero con Ramos, el primer presidente no-católico  a quien el propio Cardenal Sin ha reconocido haber votado, esa influencia ha declinado mucho. No ha podido evitar la extensión de los programas de planificación familiar, ha habido propuestas para acabar con la exención de impuestos de que disfruta y su papel cada vez se reduce más al ámbito de lo privado. Expertos electorales como Felipe Miranda, afirman que no encuentran el voto católico en las encuestas y a ello ha de estar contribuyendo el empeño del Cardenal Sin para evitar la victoria de Estrada, del que sólo falta que pronuncie su nombre directamente

En el aspecto electoral, al igual que en el resto de la sociedad, aún hace falta continuar con las reformas; los resultados de las elecciones son demasiado volátiles. Las jugadas políticas contra los adversarios y las actuaciones de los candidatos aún recuerdan los tiempos en los que la violencia era la forma de conseguir votos. Estrada ha sido objeto del mayor número de ataques, desde un antiguo video jugando a las cartas con un presunto señor de la droga o las menciones a sus numerosas mujeres (se ha casado con dos mujeres, ha cohabitado con otras cuatro y el número de sus amantes casuales es bastante amplio) y un antiguo colaborador suyo ha llegado a acusarle de haber ordenado matar al presidente Ramos para poder ocupar antes la presidencia. Otros tampoco se han librado y el alcalde Lim ha tenido que responder a las numerosas dudas sobre su lugar de nacimiento planteadas por la Comisión Electoral o Comelec. Este organismo también ha sido criticado de parcialidad al igual que otros organismos de seguimiento, como las empresas de seguimiento electoral, tal como la Social Weather Station. Los candidatos, por su parte, cambian de partido o adoptan posturas difícilmente homologables en otras democracias pero además no se privan de acusar a los que serán sus subordinados si ganan las elecciones. Estrada ha calificado a los policías de “Matones en uniforme” y a los jueces como “Matones con toga”, aunque es necesario reconocer que estas calificaciones no son totalmente rebatibles; el propio Cardenal Sin se ha referido también a los “Judas Judiciales”.

Las elecciones siguen siendo consideradas, entre los calificativos más benévolos, como un “circo”. Uno de los chistes más oídos durante la campaña era en relación con la película Titanic. Todos los candidatos viajan en el barco ¿quien se salva?. La respuesta es: Filipinas. Mientras no se fortalezca esa maquinaria estatal, el nivel de rechazo hacia los políticos tradicionales o trapo seguirá manteniéndose en unos niveles preocupantes para la estabilidad de la democracia.

La filipinización de lo hispano

Esa palabra, trapo, ayuda a comprender  qué ha sido de lo español en Filipinas. Al contrario que la influencia norteamericana, lo español se ha filipinizado y forma parte de lo que se considera como propio. La palabra viene de traditional politician, pero es utilizada por el contacto continuo de esos objetos con la suciedad. Pocos filipinos saben que es una palabra tomada del castellano, lo mismo ocurre con otro de los motes de José de Venecia, bolero, por su capacidad para hacer promesas que no cumple, con el sentimiento de probinsyano ya mencionado o con uno de las frases repetidas “An Bicolanong dai magboro ki Roco, tonto” para denigrar a los bicolanos que no voten por Raúl Roco. Un pre-candidato, Gordon, también se mostró en la imagen popular que recuerda al español en Filipinas, montado a caballo. Lo hispano existe, pero no está tan visible como lo norteamericano.

La cultura filipina es una amalgama entre las culturas malayas previas al contacto y las importadas después. Ninguna tiene un componente preponderante y uno de los dichos recurrentes para definir al filipino es “aquel que habla inglés, es de raza malaya, tiene nombre español y come comida china”, pero esa parte española va mucho más allá del momento del bautismo. Tres consideraciones son necesarias en relación con este componente hispano. En primer lugar, la influencia hispana fue en buena parte indirecta puesto que el contacto mutuo fue muy escaso. En Filipinas sólo hubo una cantidad importante de españoles en la última parte del siglo XIX porque a este archipiélago se iba a enriquecerse por unos años, pero no para asentarse, porque para eso había climas más saludables en América. Muy pocas familias españolas permanecieron más de tres generaciones y además permanecieron en Manila; los beneficios del trafico a Acapulco en el Galeón desanimaron a muchos de la idea de convertirse en hacenderos.  Al único representante del poder que conocieron la gran mayoría de filipinos, por tanto, fue al misionero y éste, teóricamente, no se procreó. Pero conociendo o no a algún Kastila, la evolución del pueblo filipino a lo largo de más de tres siglos se produjo bajo el marco de la dominación española y ello ha influido fuertemente su cultura. A la hora de adaptarse a las nuevas necesidades que demandaba el desarrollo de la sociedad, la referencia principal había de ser lo que veían de los dominadores coloniales. Las Filipinas como tal país son el ejemplo más claro: es una invención claramente colonial que han pasado a asumir los propios tagalos, ilongos, ilocanos o visayas como suya. En la esfera privada ocurría algo parecido; una tienda recientemente abierta en Manila con objetos para el hogar afirma en su propaganda “porque ya es hora de que volvamos a vivir de nuevo como Filipinos”, pero sus objetos y sus secciones tienen una clara marca hispana: kusina at kumidor, banyo, etc.

En segundo lugar, que dentro de lo español hay un porcentaje muy importante proveniente de México. Hasta la independencia de Nueva España,  Filipinas fue una colonia de una colonia, por lo que las ideas o influencias que pudieran venir desde la península necesariamente eran filtradas durante el paso por el continente americano. Su influencia, además, había de ser multiplicada por el hecho de poseer unas condiciones sociales más parecidas. Instituciones como el kumpadre, la religiosidad, los vínculos familiares como sustitución de los estatales y otras características de la mentalidad de los filipinos muestra un filtro “latino” difícil de esconder. Recientemente también se han vivido procesos semejantes en Filipinas y en América Latina: los golpes militares o la similitud de unas crisis económicas en las décadas de 1970-80 producto de unos préstamos usados de forma ineficiente. Se habla también en Filipinas del creciente interés en el espiritismo, la brujería y los dwendes, pero es sobretodo el boom de las telenovelas lo que revela el componente popular de las similitudes entre ambas sociedades. La visita de la protagonista de la telenovela mexicana “Thalia”, Mari Mar, provocó un revuelo en Filipinas coincidiendo con la celebración del estallido de la revolución contra España, en 1896, hasta el punto de que los participantes en el congreso conmemorativo se quejaron del desvío de la atención hacia ese personaje, desaprovechando una ocasión única. El propio presidente Ramos permaneció con la actriz mexicana mucho más tiempo del previsto, mientras que a la reunión científica llegó tarde.

Por último, las culturas filipinas se pudieron desarrollar durante el período español en mucha mayor medida que en otras colonias. El número de filipinos que pasaron por universidades como la de Santo Tomás o por el Ateneo de Manila hicieron que la atmósfera cultural de Manila sobresaliese muy por encima del de colonias vecinas como las del Reino Unido, de Francia o de Holanda. Sobretodo a partir de 1870, no faltaron las tertulias, las discusiones, el ambiente agitado y las críticas hacia la ocupación española. Además, un buen número de filipinos tuvieron la oportunidad de viajar a la península, donde se podían mezclar con masones, republicanos, librepensadores y un buen número de anticlericales. La plasmación más clara de ese ambiente son las dos novelas de José Rizal, el héroe de la independencia filipina que ha necesitado de cien años para tener una estatua en Madrid. Noli me Tangere y El Filibusterismo, unos alegatos contra el dominio español en los que la culpa principal de los males del pueblo filipino se achacan a los misioneros, muestran unos análisis que elaborados que no podían partir de una sola persona, pro muy inteligente que fuera. El Noli y el Fili son unas obras que expresan un sentimiento colectivo, como tantas otras que han ayudado a formar la identidad filipina, porque son producto de un ambiente de discusión y de un desarrollo intelectual compartido que no tiene parangón con el de otras colonias europeas hasta muchos años más tarde. Rizal lo vivió y participó de él, y tanto en Manila como en la península encontró a españoles críticos con el sistema colonial que dejó reflejados en sus novelas. Si hubiera nacido en la actual Indonesia, por ejemplo, no habría podido escribir tales obras; no hubiera contado ni con público que las pudiera leer ni con la posibilidad de venir a España, menos aún de esas tertulias mezcladas de colonizados con colonizadores. El héroe filipino no tiene ningún personaje contemporáneo comparable en la región y por ello países como Malasia están reivindicando su figura como orgullo de la raza malaya (era mestizo chino), obviamente por falta de personajes propios de talla semejante.

Obviamente, ni los españoles fueron a Filipinas a impulsar una conciencia nacional ni la creación de universidades fue con la idea de incitar las tertulias anticlericales. La propia debilidad de la dominación española fue la que permitió esa fusión de las identidades locales filipinas con lo hispano y con lo chino. Con un galeón al año y con una colonia de escasamente mil españoles, difícilmente se podía intentar que lo hispano acabara con las otras identidades. El colonialismo español era incapaz, caso de que hubiera pretendido hacer desaparecer las culturas de los nativos,  de proponerse tales metas.

Fue, en ese sentido, lo opuesto a la dominación norteamericana: eran muchos y tenían dinero y capacidad para moldear la sociedad a su gusto. Lo intentaron con unas políticas a largo plazo basadas en la educación y tampoco dejaron de atacar los pilares hispanos de la identidad filipina. Fue uno de los objetivos obvios del poder americano en el archipiélago: para justificar la benignidad de su presencia era necesario demostrar la influencia retrógrada de los anteriores. Lo que ya es más extraño en esa evolución post-98 fue el abandono desde la propia península porque, de alguna forma, esa separación de Filipinas fue percibida como una liberación. Era una pena haber perdido el territorio y haber sido derrotados de esa forma, pero el esfuerzo no había merecido la pena y, de hecho, los últimos islotes de la Micronesia que Washington no quiso quedarse fueron vendidos a Alemania antes, incluso, de firmarse la Paz de París.

Tocaba retirada para lo hispano. Pero no ocurrió así porque “lo español” comenzó a caminar por su propio pie en Filipinas. Se incrementó el comercio, un buen número de jóvenes viajaron allí y el comercio mutuo se incrementó. Fue una situación que conviene estudiar más con detenimiento porque parece que el fin de la relación oficial supuso dar rienda suelta a los contactos privados. Las Ordenes religiosas y los intereses comerciales pasaron a ser los impulsores de unas relaciones, participando desde la principal empresa de entonces, la Compañía General de Tabacos de Filipinas hasta empresas que se crearon allí y que han sido implantadas después aquí, como la cerveza San Miguel. Fue en este período cuando hubo una compensación entre los misioneros y los comerciantes dentro de la relación con la península.

Hay muchos datos que muestran la relación intensa vivida por Filipinas con lo español durante el período colonial americano. Ejemplo de ello es la época de oro de la literatura en español escrita por filipinos, en la década de 1920, o la tensión vivida durante la Guerra Civil española, en la que participaron tanto súbditos españoles como filipinos. En la documentación norteamericana de entonces se puede observar la sorpresa de los funcionarios coloniales de entonces al comprobar que la comunidad española se extendiera no sólo a los escasos cinco mil ciudadanos españoles, sino también a un buen número de mestizos y de filipinos con antecedentes españoles que también participaban en apoyo de uno u otro bando. Aparentemente, lo sentían como suyo, tanto los de un bando como los del otro. Lo español seguía siendo expansivo por aquellas fechas, tal como parece demostrar el hecho de que se vendieran alrededor de 80.000 diarios en castellano en la década de 1930. Fue paradójico la función que asumió entonces esa identidad hispana entre los filipinos educados porque, aunque colonial, pasó a jugar un papel anticolonial. Se sabía que los españoles habían cometido errores e implantado influencias no del todo adaptadas a sus tiempos, pero esa identidad servía de contrapeso a la de Washington. Hasta la II Guerra Mundial, se puede decir que esa identidad hispana se mantuvo relativamente.

Tras este conflicto, ya no había lugar para contrapesos ni para criticar a los norteamericanos. El fervoroso sentimiento de agradecimiento hacia Estados Unidos tras liberarles de la ocupación japonesa se juntó con la imagen de atraso y de aislamiento de la España de Franco, con la desaparición de una buena parte de los restos culturales (principalmente, Intramuros) y con la muerte y el regreso a la península de una buena parte de la colonia española. Desde entonces, la identidad hispana pasó a estar asociada a la llamada oligarquía española, que usaba el castellano en buena parte para diferenciarse de otros estratos inferiores de la sociedad: pasó a ser un idioma de derechas. Si antes de la guerra lo hispano era una parte de la sociedad educada filipina, después de la guerra ese ámbito se redujo a un entorno cada vez más reducido en torno a la colonia española. La prensa muestra claramente el cambio; frente a los alrededor de treinta mil ejemplares de La Vanguardia y El Debate  editados en español en Manila antes de la guerra, después se pasó a vender sólo La Voz de Manila, con 3000 copias. La función de esos periódicos dentro de la sociedad también cambió, mientras que los primeros representaban un camino intermedio entre la prensa más nacionalista, escrita en tagalo, y la más oficialista y pro-americana escrita en inglés; después de la guerra, la prensa en castellano se compraba simplemente para enterarse de la vida social, los chismis.

En este punto quizás convenga referirse al idioma español, porque las razones de porqué los filipinos no hablan nuestro idioma son una pregunta recurrente en nuestro país. A lo largo de este trabajo se pueden haber comprendido algunas de las razones: poca ocasión tenían los filipinos de practicarlo, en parte por los escasos hispanohablantes, pero también porque los misioneros decidieron aprender las lenguas locales para facilitar la labor misional. La población siguió siendo abrumadoramente indígena en parte porque no hubo declive de la población tras los primeros contactos, al contrario que en América, y los españoles no se preocuparon de enseñar el idioma hasta la segunda mitad del siglo XIX, siguiendo una práctica relativamente común en el Sudeste de Asia de mantener cerrado el círculo de hablantes para señalar la separación entre gobernantes y gobernados, entre superiores e inferiores. Durante el siglo XX, el español siguió manteniendo una posición en la sociedad a pesar de la preocupación colonial por ofrecer una educación universal en lengua inglesa, al igual que el resto de los componentes de esa identidad hispana y fue la Guerra del Pacífico el “punto-de-no-retorno”: pocos jóvenes pasaron a estar interesados en usar una lengua asociada con la oligarquía o con una influencia asociada con el retraso.  La oposición vino con las leyes (Sotto, Magalona y Cuenco) que introdujeron su enseñanza obligatoria en las escuelas. Tras largas negociaciones, se llegó a un consenso político para su introducción en los planes de estudio, justificándolas por haber sido la lengua usada por los revolucionarios filipinos y se dictaminó que el primer año se debía dedicar al aprendizaje gramatical y el segundo a leer algunas obras literarias de los próceres de la patria, a la sazón colmadas de las florituras propias del romanticismo de fines del siglo pasado. El resultado fue totalmente negativo, el dislate pedagógico y la escasez de profesores  cualificados hizo que se pasara del aprendizaje de las conjugaciones de los verbos del primer año a memorizar los textos que podían entrar en un examen en el segundo, como el poema El último adiós, de Rizal. Se llegaron a producir manifestaciones de estudiantes contra la enseñanza del español y acabó convirtiéndose en una asignatura inservible, una “maría”. La  supresión de la obligatoriedad de la enseñanza del español en la Constitución de 1986, finalmente, ha sido una puntilla a una relación artificial con el idioma que no beneficiaba a ninguna de las partes. A partir de entonces está resurgiendo, tal como demuestra el incremento de alumnos en el Instituto Cervantes.

Pero la pérdida del castellano no se puede achacar sólo a los paralelismos con otras facetas de la cultura española. Al contrario que la religión, la comida u otros aspectos sociales, el español apenas evolucionó por el mestizaje con las lenguas filipinas y esa es la característica más difícil de comprender del castellano en Filipinas. La comparación con la lengua inglesa resulta interesante, porque si bien la mezcla racial y cultural ha sido escasa, el inglés hablado en Filipinas está muy mezclado con palabras y modismos propios, hasta el punto de haberse formado el taglish.  Los hispanohablantes siempre denigraron las versiones impuras como “español de cocina” y ello parece que limitó la base social para su uso. Era un elemento de prestigio que había que mantener puro, posiblemente en respuesta a la popularización del uso del inglés tras la enseñanza en las escuelas.

En estas  elecciones del centenario, sólo los nombres aciertan a recordar la pasada colonización española. Aún así, este recuerdo resulta engañoso, porque todos prefieren usar el sobrenombre. Estrada  es llamado Erap, José de Venecia es Joe, Alfredo Lim, Fred, Emilio Osmeña, Lito, Renato de Villa  es René y el que más puede recordar la influencia española es el de Manuel Morato, Manoling. De nuevo, si queremos ver las semejanzas mutuas tenemos que observar más profundamente y podremos ver que los problemas de la ExpoPilipinas, que visitaron los Reyes recientemente en la antigua base aérea de Clark, son muy semejantes a los que vivió la Expo92,  las intervenciones de la iglesia en la campaña recuerdan las vividas en nuestro país hace algunos años y el desentendimiento hacia el comportamiento sexual de un buen número de candidatos  señala las diferencias con la práctica existente en el otro país colonizador. España, ya sea por la visita real como por la cantidad de dinero gastado por la cooperación española, ya no provoca en Filipinas los recelos de antaño, tanto porque ahora es Estados Unidos el país objeto de los principales dardos acusadores como porque el país ahora mira más hacia el futuro que hacia el pasado.

Estas elecciones son una oportunidad para Filipinas. Se juega agarrar definitivamente el tren de la modernidad en el que ya están montados una buena parte de sus vecinos. La oportunidad de convertirse en un nuevo tigre asiático está a la vuelta de la esquina y la nueva imagen de modernidad de España podrá ayudar mucho para que sepa aprovechar los aspectos positivos que se aportaron durante los tres siglos de contacto mutuo. Sea quien sea el elegido el próximo 11 de mayo.

[1] Far Eastern Economic Review, 15 de enero de 1998.

 

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