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Jueves, 30 de septiembre de 1999

 

CHINA 1949/1999 - DERECHOS HUMANOS

FLORENTINO RODAO

 

La atribulada vida del señor Zhang

 

LA SOCIEDAD EN CHINA, VISTA POR UN CIUDADANO MEDIO CON EL APELLIDO MAS FRECUENTE, HA EVOLUCIONADO HASTA LLEGAR A LA LLAMADA «GENERACION TIANANMEN» QUE QUIERE UN LAVADO DE CARA

 

El fin de un siglo de inestabilidad, las guerras y la implantación de un solo Gobierno en 1949 en el territorio chino fue un avance histórico. Pero no por ello los chinos pudieron saber mejor qué les depararía el futuro. Ni la capacidad de decidir sobre su propia vida fue mayor.

Cualquier ciudadano medio en China, donde el apellido más frecuente es Zhang, vivió el triunfo del Partido Comunista (PCCh) con una razonable esperanza. La victoria de este Partido en 1949 permitía, al menos, tener un único Gobierno para todo el país y saber a qué atenerse con las autoridades. No era poco, tras un largo siglo de inestabilidad.

Desde las dos guerras del Opio, el territorio chino había sido escenario de múltiples revueltas, invasiones y desgajamientos. La concesión de Hong Kong al Reino Unido había sido el punto de partida para que surgieran por doquier Puertos de Tratado o concesiones donde eran los extranjeros quienes mandaban sobre partes de su propio país. Y si en esos puertos autorizados para comerciar con el extranjero éstos sólo controlaban oficialmente las aduanas, en las distintas concesiones tenían desde sus propios órganos de gobierno hasta, cuando era un país el que la arrendaba, la posibilidad de prohibir el paso a los chinos.

Occidente, sin embargo, no había sido el único culpable del declive chino. Los japoneses habían provocado primero una guerra en 1894, que dejó a la dinastía Ching sin la isla de Taiwan, después un atentado terrorista, en 1931, que condujo a un nuevo estado projaponés, el Manchukuo y, por último, una guerra no declarada en 1937 que había dejado 20 millones de muertos.

LA REBELION TAIPING

Pero además, los mismos chinos habían contribuido en buena medida a sus propias desgracias. La rebelión Taiping, por ejemplo, estalló como reflejo de un descontento profundo hacia los mandarines y durante 14 años (1850-1864) dominó buena parte del centro y del sur del país.

Desde 1911, por su parte, la caída de la monarquía dio pie a luchas interminables entre los numerosos señores de la guerra, el partido nacionalista, los projaponeses y los comunistas que dejaban a cualquier Zhang de a pie en manos de quien gobernara su aldea en ese momento.

Desde 1949, ya no hubo nuevas guerras ni disputas por gobernar su territorio. Zhang aprendió que toda fuente de poder residía en el Partido Comunista, primero en el local, después en el comarcal, y así sucesivamente hasta llegar a la cúpula. Además, esa cúpula tenía un liderazgo claro en Mao Zedong y una dirección bien conocida casi desde los tiempos de la Larga Marcha, en la década de 1930: Zhou Enlai, Lin Piao, Liu Shaoqi, Deng Xiaoping. Con no resistirse a estos nuevos gobernantes, a Zhang le bastaría para vivir la vida más tranquilamente que sus antecesores. No era poco.

Las expectativas se cumplieron en parte. Ni China ha sido invadida desde entonces, ni nadie ha desafiado la autoridad del Partido Comunista, que además ha seguido teniendo a Mao como dirigente carismático incluso después de su muerte.

Pero la situación ha estado muy lejos de ser idílica. Las cambiantes directrices comunistas han alterado la vida de muchos Zhang como en tiempos de sus padres ocurriera al cambiar el poder de la aldea entre unos bandos y otros.

Las campañas se han sucedido desde entonces, primero la de Resistir a Estados Unidos y Apoyar a Corea, después la de Suprimir a los Contrarrevolucionarios, después los Tres Antis y luego los Cinco Antis. En sólo 10 años, los ataques a los extranjeros, a los antiguos colaboradores de los nacionalistas y a la burguesía, tanto la urbana como la rural, dejaron a Zhang a merced del Partido Comunista. Si antes los cambios se imponían a golpe de fusil, después se ha minado la capacidad de reforma al suprimir toda disidencia.

Zhang tenía qué comer, pero con un sistema judicial dependiente del partido además, tanto la posibilidad de Zhang de practicar una religión o de trasladarse por el país dependía de las órdenes de los cuadros en su aldea o en su ciudad.

La consolidación del poder comunista permitió unas breves semanas de libertad de expresión, las Cien Flores, que sólo fueron el preludio de nuevas campañas cada vez más virulentas. A la campaña Antiderechista contra los intelectuales, le siguió el Gran Salto Adelante (1958-61) y después la Revolución Cultural (1966-76). Zhang hubo de aprender, no ya a obedecer las consignas del partido, sino a interpretarlas lo mejor posible para decir lo que los líderes del partido querían que dijera.

Si la consigna de producir más, más rápido, mejor y más barato le hizo inflar las cosechas para cumplir con los objetivos previstos, las disputas entre los líderes comunistas le hicieron acusar a los dirigentes locales siguiendo las consignas del único dirigente libre de toda quema, Mao Zedong. Seguir esa dinámica, no obstante, era cada vez más difícil. Zhang también hubo de entregar un arado para aumentar la producción nacional de hierro, aunque lo necesitara para trabajar la tierra, o ir a vivir al campo a reeducarse, aun cuando la comuna donde fuera asignado le aceptara de mala gana.

Tras la muerte de Mao, las campañas del Partido Comunista no cesaron y abarcaron también los campos más diversos, desde la natalidad hasta la economía. Estas directrices llegaron a ser opuestas, en ocasiones, a las anteriores: si Mao promovió en su momento las familias numerosas, ahora impedía más de un hijo por familia; si Mao impuso un vestido uniformizado, Deng Xiaoping les dijo que enriquecerse era glorioso.

La obligación de seguirlas, por su parte, también ha descendido: ya no hay ni obligaciones de retractación por las conductas anteriores ni mítines acusatorios. El deseo del Partido de entrometerse en la vida de Zhang, no obstante, sigue su marcha. Sin un sistema judicial independiente, la posibilidad de recibir o no un castigo depende tanto de una buena conexión con el PCCh como del daño real que se haya hecho.

El camino por recorrer es largo. Las reformas dependen más de las disputas internas en el Partido Comunista que de su propia conveniencia.

PROGRESOS

La práctica diaria muestra que el respeto a los derechos humanos va mejorando: las ofensas por contrarrevolucionario empiezan a ser descartadas en los juicios y los casos de tortura se han reconocido oficialmente.

Hay progresos palpables, en parte como resultado de la presión exterior. Pero lo más importante es la evolución de la sociedad china. El propio Wang Dan, uno de los impulsores del movimiento democrático que culminó en Tiananmen, se ha referido a ello tras su liberación, cuando ha hablado de la llamada Generación Tiananmen cuyo objetivo es cambiar la cara de China.

Aunque sus padres nunca hayan podido ver factible el fin del monopolio del Partido Comunista, los jóvenes Wang, Zhang y tantos otros no sólo saben que ocurrirá, sino que piensan cómo debe ser. Quieren que ningún otro Partido pueda sustituirle en exclusiva. Si tienen que estar bajo la influencia de un partido, que sea por decisión propia. Que sea su derecho como humanos.

Florentino Rodao es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.


 

 

 

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