Un viaje a su Oriente

Suplemento ABCD, 17/I/2004, p. 18

Una peregrinación

Texto previo

 

Antonio Escohotado

Sesenta semanas en el trópico

Col. Narrativas hispánicas 348

Barcelona, Anagrama, 2003

379 pp.

 

         En vísperas de cumplir sesenta años, la vida de Antonio Escohotado dio un vuelco completo. Un replanteamiento sobre su vida laboral, con tentaciones de creación literaria, la ruptura de una estabilidad conyugal que auguraba permanente y el comienzo de una nueva vida familiar, le hicieron precisar una aclimatación, que buscó por medio de un año sabático en Tailandia, dedicado a una investigación sobre “Causas de la pobreza y la riqueza en Oriente y Occidente” para un futuro libro sobre “capitalismo y anarquismo”.

 

         Sesenta semanas en el trópico es el resultado de esa experiencia vital, estructurado en anotaciones con longitud media de una página que empiezan siendo diarias. Además de Tailandia, el autor refleja sus impresiones de sus viajes a Singapur, Birmania y Vietnam e incluye las de dos viajes posteriores a Brasil y Argentina, un país incluido porque “no siendo tropical por clima meteorológico [...] es tropical por clima político”. El libro refleja las opiniones de Escohotado sobre asuntos ya debatidos, como el consumo de drogas, sobre la “filosofía moral”, tal como él denomina su tema de estudio, y sobre temas novedosos, como su situación personal o sus impresiones sobre esos escenarios visitados por primera vez. Así, compara el turismo de Thailandia con el de España, asemejando Torremolinos a la isla de Samui y Na Trang, el complejo vacacional vietnamita por excelencia, con nuestros “Sol y Playa” de los años 50.

 

         Son reflexiones sesgadas. Porque si en Samui apenas hay edificios de más de dos pisos, como el propio autor reconoce, la diferencia es significativa; y asegurar que los ibéricos queríamos “aprender cosas” y veíamos a los turistas como “fuente de progreso”, en contraste con los del Sudeste Asiático que “no lo tienen tan claro” es, cuando menos, una opinión demasiado favorable a España. Este sesgo denota un esquema mental tendente a interpretar a esos países tropicales como la antítesis de los desarrollados, en una suerte de caras y cruces donde lo bueno está siempre en el mismo lado, y lo malo del otro. Y refleja una percepción dinámica de España que contrasta con la básicamente estática de Thailandia, recurrente a lo largo del libro: “los puestos de señor y siervos están repartidos desde la cuna” [127] o “el hecho de que alguien pertenezca a tal o cual estamento determina que se dedique a tal o cual cosa” [246]

         Anquilosamiento, etnocentrismo o despreocupación por lo actual son algunas características de la visión de los trópicos de Escohotado, junto con la representación de una sociedad feminizada, despótica, atrasado y adocenada. Se interesa casi en exclusiva por las mujeres tropicales y dedica los peores epítetos a sus hombres;  “el sujeto más putero del mundo”, dejados (“desconocen por sistema el traje”), haciéndose eco del rumor de que tengan “los penes más pequeños del mundo” y voraces por sacarle dinero (“no puedo salir del hotel sin que se me pegue el taxista de ayer”). Sus gentes también las ve frugales, sin necesitar ni aire acondicionado, ni vacaciones (piensa que el cumpleaños de la reina “ofrece la única vacación anual para muchos empleados”) ni apenas comida (“un saco de arroz para tener cubiertas las necesidades alimenticias durante meses”) y dominados por unos gobernantes déspotas apoyados en el “salvajismo” del “código penal oriental”[147-48]. Los modernizadores son la excepción, pero vistos desde la óptica etnocéntrica del impulso exterior, tal como refleja al rey Chulalongkorn siguiendo las enseñanzas de una de sus institutrices, Anna Leonowens. Curioso: ya está sugerido en Ana y el rey. Son características que ya reflejara en su momento Edward Said en su Orientalismo, porque Sesenta semanas... es un catálogo de las imágenes orientalistas, comparable con la visión Oriental de las novelas coloniales. 

         Eppure si muove, Tailandia como el resto del Sudeste de Asia y de los trópicos. Hubo la crisis financiera del 97 y hay “raterías, discriminaciones y patrioterismo” [145] pero también es un país cada vez más avanzado. Como la visión del propio autor, que si en la página 119 ya reconoce la necesidad de no generalizar, cien páginas después se refiere, por primera vez, a un cambio “a cámara lenta”. Poco antes de su regreso, reconoce “apenas rozo la superficie” y es al final del libro donde se arrepiente de no haber dedicado más tiempo a penetrar en su cultura, ya fuera escuchando a los expertos o aprendiendo la lengua. Y llega a pensar, incluso, en que podemos también aprender de ellos: asegura que sería bueno que nuestros adolescentes pasaran alguna temporada en los templos budistas, como los thais.

 

         Sin lectura previa alguna, con el CD de la Británica y “las guías”, que no especifica, Escohotado puede hacer literatura, pero no el libro de viajes anhelado. Pero no marchó para aprender, sino para escapar, aunque los apuntes cada vez más ocasionales según avanza su estancia hacen pensar en el famoso dicho “Si estás un día, escribirás un libro; si una semana, un artículo; si estás un año, una página”: el trópico le acabó atrapando.

 

**** Hasta aquí, el texto aparecido en suplemento ABCD, 17/I/2004, p. 18***

 

Una peregrinación

En los años 60, Escohotado se apuntó como voluntario para luchar con el Vietcong, aunque su petición fue ignorada. Por ello, al entrar a Vietnam califica su viaje a este país como lo “más semejante a una peregrinación que permite el laicismo”.  Pero ni su ruta (Saigón, Na Trang, los túneles de Cu chi, etc) ni sus comentarios (Real Madrid, anuncio de Pepsi con Ricky Martín o la vorágine circulatoria) denotan un estar más al corriente que cualquier otro turista a(o)ccidental. De sus tiempos revolucionarios, apenas recuerda la extraordinaria fuerza de voluntad de los vietnamitas y estar “forzados a vivir en túneles propios de hormigas”, pero si sabe bien cual era su enemigo, Estados Unidos, aunque en buena parte era una guerra civil. Si era una peregrinación, la Tierra Santa parece estar en el entonces territorio enemigo. Y Vietnam, tan olvidado como la ruta Ho Chi Minh.

 

Texto preparatorio

            Asegura incluso que “cabría hasta decir que tienen complejo de inferioridad” [53] También ve a Thailandia dependiente del turismo, añadiendo que el pueblo “quiere bastante bien” a los blancos, mientras que la aristocracia es “mas altiva y distante” y prefiere “evitar mestizajes” algo bien dudoso, al menos juzgando la buena proporción de sangre china en muchos de ellos.  Mientras lee a Adam Smith y a otros clásicos, como History of Freedom, vive en un país al que intenta aplicar esas enseñanzas

 

            Información: “Las guias” y el CD de la Británica. No se cuales, porque la más famosa, la Lonely Planet de Thailandia, informa de la declaración de guerra a los Aliados en 1942, aunque señalando que el embajador en Estados Unidos no la entregó (no la Lonely Planet de SEAsia, que efectivamente, no lo menciona) aunque dice que un “detalle omitido” [25] por “las guías”. Confunde la amabilidad general en la sociedad con que “todo el mundo parece licenciado en diplomática” [33], se refiere a su falacidad por como le quieren engañar [133]

 

            No hace apenas referencia a la actualidad, a excepción de un comentario sobre corrupción en el entorno del primer ministro sin repercusión electoral [esto es una fruslería aquí, p. 235], brilla por su ausencia el escaso interés por indagar en la posible coherencia de su comportamiento.

 

            Etnocéntrico: “absolutamente todo el mundo aquí es turista o vive del turista” [53], ve en las grafías de cada idioma diferentes a la latina “un hándicap de cierta consideración” [102] y aconseja a los vietnamitas que “no dejen pasar la ocasión de aprender el inglés” [103], ve una inmensa gama de productos en las tiendas para aclarar la piel [121], ve que admiran a Occidente tanto ricos como pobres [121] Atribuye al mestizaje en Indochina que la población “parece bastante más guapa que la india o la china” [33], mientras que en Brasil contrapone a su población agraciada en términos estéticos “sobre todo si se compara con las enfermizas masas asiáticas, tantas veces heridas adicionalmente –como en la India y los países islámicos- por una acusada fealdad individual” [335] Frugales. Gente capaz de vivir con muy poco [35] con una dieta vertebrada por la” monotonía del apelmazado arroz con gluten” [67], sin necesitar aire acondicionado [122], les basta

 

            El cumpleaños de la reina “ofrece la única vacación anual para muchos empleados” [41] Faltos de iniciativa propia: “los thai nos imitan en innumerables cosas, ansiando el tipo de accesorios que nuestra civilización ha inventado” [73], imitadores “Japón se ha esforzado en imitar la productividad del Oeste” [144], los birmanos son un pueblo “menos maleado por la imitación superficial” [p. 220] Temerosos de ser humillados, demasiado altaneros para ser humillados [198]

 

            Crueldad. Las luchas a raíz del levantamiento promovido por la Sociedad del Loto Blanco provocó “la guerra civil más costosa en vidas de la historia universal”[72] Un ejercito chino de Mao [sic, porque fue en 1978] que “arrasa hasta sus cimientos varias ciudades” [vietnamitas, p. 79] Vengativo [113], pistolas y revólveres tan habituales como en México o Estados Unidos [124] el salvajismo lo ve como la forma de definir la diferencia entre “el código penal oriental y el occidental” en donde incluye también a Singapur, donde la flagelación fue instaurada por los británicos [147-48]

            Piensa que los indochinos “no tienen clara la distinción entre violencia necesaria [..] y crueldad o violencia intolerable, dada la amalgama de pacifismo teológico y despotismo político donde crecen” [241] Habla de la “paciencia asiática” [p. 249]Se refiere a que el país es “enigmático, impenetrable” [287] Corrupción hasta los mas bajos niveles: el profesor vende las notas a sus alumnos [p. 253] Escasamente interesado por distinguir entre los “Orientales” más allá de los gobernantes. Ve una decoración a lo Blade Runner [12], asegura que la visita al Buda Esmeralda merece “aunque sólo sea para comprobar hasta qué punto los amos orientales dispensan a su plebe obras de orfebrería y arquitectura, no tan lejanas al museismo de repúblicas laicas” [15], se refiere a una “explicación típicamente oriental: halagadora para quien la recibe aunque falaz en el fondo” [133]

 

            Escaso interés por los hombres. Le cuentan  que los varones de la región tienen “los penes más pequeños del mundo” [87], “escandalosamente menos elegantes, desconocen por sistema el traje” [94], el “sujeto mas putero del mundo” [123] De las mujeres vietnamitas se refiere a su ”delicadeza y simetría de rasgos” [88], incultos (“en medio año no he visto a un solo tailandés o tailandesa hojeando un libro”) [167], sucios: “jamás he visto dejar tanta basura sobre un terreno”, p. 168, en Birmania le provoca vómitos, [214], “la cultura india y la china siguen inmersas en mugre”, p. 216] Tiende a ver a los hombres como interesados en sacarle su dinero (no puedo salir del hotel sin que se me pegue el taxista de ayer)

 

            La única iniciativa que parecen tener es la de cobrar más a los extranjeros que a los nacionales. Afirma que la discriminación es mayor que en África o Íbero América [28]. Se refiere a que los occidentales pagan hasta seis veces más en todo, incluida la cerveza [43] Sigue en p. 44, se refiere a esto también como la principal característica de Camboya [205]. Lo ve con tintes de racismo y nacionalismo, a juzgar por sus comentarios en Brasil, donde nota con alegría que no hay tal  cambio en el precio a extranjeros y locales [334]

 

            Personajes: lleno de contrastes. De Chulalongkorn sólo tiene atributos positivos por su esfuerzo por “modernizar” al país siguiendo las enseñanzas de Anna Leonowens que seguro aprendió en Ana y el rey. Dice que era “la llaneza misma” y lo contrasta con Prajadhipok “extravagante”. El buen Thai, Udom, el restaurador que mientras les vende el cangrejo negro critica los precios más caros para los turistas.  Entre las contradicciones, ve ese pacifismo con la retransmisión de la pena de muerte para narcos o el maltrato a inmigrantes pobles [241] A todos les ve déspotas [236]. No ve solución al problema de la pobreza. “Menos sacristía y más economía” proclama en Birmania [208]

           

            La música la percibe “dulce, pausada y casi siempre ñoña, impermeable a modas” [21]

Contrastes. A Singapur le ve como la otra cara de la moneda. Admirado por el excelente hotel Raffles, ve a este estado-nación ejemplo de todas las objetivos que no han conseguido los demás, sin mácula alguna, e incluso fortalecido de la crisis de 1997, algo que sólo puede entenderse por haberse debilitado menos que los países de su entorno, de por sí un logro importante. Hasta tal punto que califica a las dos personas más importantes de su historia, su fundador británico de comienzos del siglo XIX, el propio Sir Stamford Raffles y al exprimer ministro Lee Yuan Kew como dos liberales. Con excesiva liberalidad, porque el puerto de Singapur ha discriminado a lo largo de la historia mucho más de lo que Raffles lo definió al fundarlo, y Lee (no Kew, puesto que los chinos colocan su apellido antes del nombre) gobernó con mano de hierro durante muchos años. De otras cosas, apenas sabe, porque la caligrafía no es una escritura aristocrática, ni ayuda a conservarla más que la China Popular (¿y Japón?) ni la enseñanza del inglés es tan decidida como el autor piensa, puesto que desde hace unos años se está impulsando la enseñanza del mandarín como esa “lingua franca” [140]

 

            Complejo de rico. Clichés: Anquilosamiento social: “Menos cuna, quiero decir, y más merecimiento en la elección personal de destino” [31],

 

            Chorradas. Sobre las divisiones internas entre los pobladores del Sureste de Asia dice que los  thai se sientes más orgullosos de haber sabido torear las ambiciones de esos vecinos [Birmania y Camboya]  que de haberlas derrotado en campos de batalla” [22] Por ver dos ejemplares de “Mi Lucha” de Hitler en una librería, intuye connotaciones políticas  a las numerosas esvásticas que ve, sin darse cuenta de su diferente inclinación ni preocuparse por aprender que son las representaciones características de los templos budistas  [222]

 

            Dice que “ricos y pobres lo son de nacimiento”, pero en el punto siguiente se refiere a una de las instituciones que históricamente, en toda la mandad, ha servido de ascensor social, los militares, asegurando que “ser militar es el mejor diploma para dedicarse a negocios o política” [120] Farang: no viene de farangset, francés, [26] sino que es una palabra común de la región desde la primera llegada de los ibéricos. Tampoco se cerro el país durante el siglo y medio a “farangs en general” y esa actitud (de fines del siglo XVII) no le evito convertirse en protectorado (fines del XIX)

 

            Vietnam. En la década de los sesenta, se propuso ir a luchar de voluntario. Tiene conciencia de quien eran los enemigos “si los americanos progresaban, nuestro corazón sufría, y al revés” pero apenas recuerda de sus antiguos amigos que no tenían ni aviación ni marina, y que estaban forzados a vivir en túneles propios de hormigas [78], pero ni siquiera llegó a saber, ni entonces ni parece que ahora, que la guerra de Vietnam fue, ante todo, una guerra civil y que quienes se enfrentaron en los campos de batalla eran vietnamitas, aunque en los cielos hubiera predominio de nacionales de otros países. Visita un museo de horrores del que sale inmediatamente, horrorizado él mismo. Se refiere, no obstante, a las menciones al Real Madrid, al anuncio de Pepsi con la foto de Ricky Martín, y a la circulación de Saigon, la única ciudad que visita, junto con Na Trang, la villa turística cerca de la línea que divide el norte y el sur. Ve también la “inclinación al abuso” [85] en el vietnamita: Desconfía de un “senecto y escuálido” conductor de un ciclo en cuanto le lleva por una ruta desconocida y le manda parar de forma inmediata y por supuesto, nos cuenta también al camarero que le endosa un café sin pedírselo. Dice que hasta hace cinco años el país estaba cerrado a visitantes no comunistas [88], se topa y le interesan mucho  unas esculturas que le recuerdan el cine porno y otras esculturas en la India, pero lo atribuye meramente a una “escuela de canteros” y no a la cultura Cham

 

 Cambio

 

 Antes bien, quien sufre un cambio es el mismo Escohotado, que en las últimas páginas de su estancia en Thailandia espacia y reduce sus comentarios sobre el país, e incluso acaba reconociendo una cierta frustración de no hablar el idioma para haber conseguido entenderles mejor. Tras una pequeña mención a la conveniencia de no generalizar, es en la página 119 cuando empieza a explicar cosas aprendidas sin tono peyorativo y a sentir la necesidad de profundizar algo más “El carácter thai puede ser una generalización tan abusiva como el carácter español” [119] y al final de su estancia ya habla de un cambio “a cámara lenta” [229]. Por fin lee un libro sobre la india, de Louis Dummont [270] y se arrepiente tanto de no haber escuchado a os expertos para aprender sobre las prácticas religiosas [285]. Por fin califica al budismo de “digna religión, si hubiese alguna religión digna” e incluso piensa en la conveniencia de que los adolescentes europeos pasen trimestres en los templos como los tailandeses [287]. Se da cuenta que “Cuando paseo por Bophut todo es ya familiar, pero apenas rozo la superficie” [287], apenado por no encontrar respuesta a sus preguntas y asegurando que “otro gallo hubiera cantado si hubiese aprendido la lengua” [288] Confianza ciega en las elecciones como reflejo de la voluntad popular [225]

 

            Turismo culinario: No hace. En Bangkok va solo a los “restaurantes inmediatos” al hotel. No le interesan las “cosas raras”, como el oso hormiguero o los lagartos [66] Tampoco le gusta el “sabor aleatorio” del durian [115]. Clasifica los restaurantes desde su propia perspectiva etnocéntrica: los locales para turistas, los de marisco (a los que ha asistido y donde van también muchos turistas) y los occidentales, y deja para el resto los de pobres (puestos callejeros) y los que no conoce (locales para locales) sobre los que reconoce tener una experiencia muy corta, [266] sin mencionar siquiera no sólo la comida china, sino la “tortilla española” de los restaurantes de este país, la sopa Tom Yam Kum.

 

            El bagaje previo parece culpable de buena parte de las carencias del texto. Su libro de cabecera han sido “las guías” que deja sin especificar y el CD de la Británica, mientras que los libros que ha leído en todo momento han sido de filosofía de la economía. Pero el principal problema estaba antes de bajar de la escalerilla del avión, porque su esquema mental orientalista fue el básico para definir qué quería ver o qué le interesaría menos. Un esquema que no empezó a desafiar antes de su salida porque no parece que abriera siquiera las guías hasta que montara en el aeropuerto. Al igual que el libro no comienza hasta que llega al aeropuerto para su salida de España, la lectura previa de textos que pudieran ayudarle a entender lo que iba a ver brillan por su ausencia, aunque en Thailandia y sus viajes por los países de su entorno compró varias guías (él mismo menciona en plural) que le han servido también, aparentemente, para introducir explicaciones adicionales sobre cada país

 

 

 No viaja para aprender, sino para escapar. Divaga sobre el origen de los medios de cambio, sobre el despegue definitivo de la vida económica o califica a Kart Marx como un “reformador religioso ante todo” [109] .Los grandes economistas, como los grandes matemáticos, etc., son los que captan acciones donde otros sólo detectan hechos. [109] Tanto trastorno en medio de un país con un clima tan diferente y una lengua que no entiende, en medio de unas condiciones donde se carecen de algunos de los adelantos que en España tenemos como asegurados (un suministro eléctrico continuado, por ejemplo) le provoca anécdotas múltiples y sentimientos encontrados que refleja en el libro con afán literario, desde  el disfrute al escuchar una canción por la nitidez y la pausa (“esos elementos musicales abolidos por el punk”)  aunque le apasionan especialmente la superestructura filosófico-legal del comercio y el intercambio, tendiendo a comparar como caras de una misma moneda el presunto comportamiento correcto de los países ricos con el de los pobres -o tropicales. Busca también trasplantar las economía política y las reglas propias a los países y las situaciones que conoce [218]

 

 

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