Retazos de un Japón improbable

 

En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón Meiji, 1890-1904

LAFCADIO HEARN

Selección y traducción de textos por José Manuel de Prada Samper

Col. El Acantilado 56

El Acantilado. Barcelona, 2002. 325 pp.

 

Año tras año se publican libros sobre un Japón que pervive, más que en ningún otro lado, en la imaginación de muchos occidentales. Quien suscribe ha vivido cinco años en Japón, pero sólo en una ocasión ha visto una Geisha (mas bien, una joven Maiko). Por ello, el reciente auge de narrativas sobre japones pretéritos es motivo continuo de discusión, más aún teniendo en cuenta que apenas salen libros sobre el Japón presente –y el desinterés sobre el Japón futuro.

 

Sin el miedo de antaño a sus zarpazos militaristas y con la autocomplacencia actual de Japón, es comprensible entenderlo en parte. La revista Newsweek ha comparado Japón con Suiza, como muestra de un país tranquilo, resistente a los cambios y con un alto nivel de vida, pero políticamente irrelevante. Pero, por otro lado, hay que recurrir a la necesidad occidental de buscar paraísos para explicar porqué relatos como los de Hearn siguen interesando a público y a editores.

 

Hearn es un escritor que, sobretodo, da datos al lector para que se saque su propia conclusión. Cuenta desde su primera inocencia al descubrir el Japón en el que vivió a fines del siglo pasado hasta las anécdotas más simples que jalonan su vida; nos introduce Japón tanto por medio de la vida de sus vecinos como por las leyendas y las visitas a templos. Además, disfruta describiendo los pequeños detalles que resultan más poderosos para el lector, como los lloros de un asesino ante el hijo de quien había matado. Leer a Hearn es un placer en el que se juntan los datos para conocer un país y la ensoñación de imaginarlo; sobre todo para aquellos descontentos de las prisas de la vida actual, disfrutar con la lectura del mundo descrito por este periodista norteamericano viajero devenido casi en maestro de escuela de Japón por puro placer de disfrute y contemplación, es un regusto difícil de superar.

        

Así parece haber ocurrido al compilador y traductor del libro, José Manuel de Prada Samper, quien no parece conocer mucho del Japón actual ni tener amigos japoneses, a juzgar por las palabras que deja tal como las escribió el autor, como Kwai (Kai, asociación) o Kwashi (o-kashi, dulce). Sugiriendo que su deseo al publicar el libro va más allá de la difusión, buscando hacer los textos más suyos al infiltrarse en el “proceso mismo de su creación.”, Prada Samper demuestra ser, ante todo, un “traductor vocacional” que ha seleccionado los textos de Hearn en primera persona escritos a lo largo de sus tres lustros en Japón. En el país de los dioses  es una recolección de textos de sus obras, algunos ya conocidos en castellano, donde se mezclan [temas diversos y el lector] puede compartir con el compilador sus ensoñaciones de Japón. Como es fácil imaginar, los comentarios sobre la perversa influencia occidental que hace perder los valores del Japón tradicional (y, es de suponer, verdadero) son continuos y del gusto de Prada Samper, quien se refiere en la introducción al “descomunal esfuerzo por modernizar el país”. El libro también ofrece temas recurrentes de las lecturas del Japón tradicional, como una cultura estancada, milenaria y llena de supersticiones,  además de frustración por no reconocer los lugares retratados por autores anteriores, como Pierre Loti, Pierre Loti, cuyos relatos le movieron a viajar a Japón. La fascinación parece haber llevado a buscar un título exagerado para el libro, porque comparar una piedra o un manuscrito a los que se considera especiales y se les reverencia esta muy lejos de la definición entendida por el público al que va destinado el libro. Es exagerado asemejar los “kami” shinto como dioses,  cuando se limitan a ser fuerzas religiosas que residen en elementos naturales.

 

         Retratar ese Japón improbable es, pese a  estas críticas, una tarea loable. Más allá de tecnicismos, no obstante, la recreación de Hearn siempre es un brío de aire nuevo que también ayuda a comprender el Japón actual: su subida al monte Fuji sigue siendo tal como él lo narra. Además, es más necesario aún para quienes se escandalicen viendo cómo Japón abraza otra nueva pasión tomada de Occidente: el fútbol.

 

 

José Manuel de Prada Samper me envía este mensaje (6/XII/2007):

 

Como creo que le comenté en su momento cuando leí su reseña, me gustan mucho su lectura de mi antología, pero hay algunos puntos que no puedo compartir. Se los detallo:

 

1-Si conservé el sistema de transliteración usado por Hearn (el de Hepburn), que sólo difiere muy ligeramente del oficial, usado en la actualidad, fue, en gran medida, por eso: porque difiere poco del actual, y porque, además, es la práctica actual de quienes recientemente han editado o antologado textos de Hearn. Creo recordar que usted mismo me dijo que sólo le había sido imposible identificar dos o tres palabras. Es posible que se trate de términos dialectales, y que sean los mismos que no pude encontrar en el diccionario bilingüe de Hepburn, que consulté a menudo. Por otro lado, al final de la introducción explico con detalle mis criterios al respecto, por lo que no puede decirse que me limitara, sin más, a reproducir la transliteración original porque esto me resultara lo más cómodo, sin tener en cuenta otras opciones. 

 

2-Dice usted que "los comentarios sobre la perversa influencia occidental que hace perder los valores del Japón tradicional (y, es de suponer, verdadero) son continuos y del gusto de Prada Samper". Esto no es en absoluto cierto, y no hay nada en mi antología, ni en la introducción ni en los textos, que permita sacar tal conclusión. Más bien, diría, todo lo contrario. Mi antología se distingue de otras semejantes por un detalle fundamental, que no he visto en ninguna otra, ni en inglés ni en castellano: el apéndice con un puñado de cartas de Hearn a varios de sus amigos, en las que el tono y el enfoque son bien distintos del de los ensayos.

  Por otro lado, aunque todavía no he estado allí (¡aunque algún día espero subsanar esto!), conozco el Japón moderno bastante más de lo que, sin duda, usted imagina, y soy un gran admirador de la literatura japonesa contemporánea, sobre todo de autores como R. Akutagawa, Kobo Abe y Shusaku Endo. Si fuera, como usted afirma, tan nostálgico del Japón de antaño,  ¡no podría ni abrir sus libros!

 

3-"La fascinación parece haber llevado a buscar un título exagerado para el libro" dice usted. Pero el título no tiene nada que ver con fascinación alguna (salvo, quizá, por la escritura y el arte de Hearn), y dista de ser exagerado. Lafcadio Hearn emplea la frase "el país de los dioses" para referirse sobre todo a Izumo, la parte del Japón donde vivió durante sus primeros años en el país, y en la que había, e imagino que sigue habiendo, una fuerte implantación del sintoísmo.  Si no yerro, el propio Kojiki dice que allí los kami crearon el archipiélago japonés. No sé ahora en qué parte del libro está esto, y no tengo tiempo de mirarlo, pero creo recordar que, según Hearn, la expresión era usada por los propios japoneses. Por otro lado, por mucho que sea una antología, el libro es de Hearn, porque suyos son los textos que comprende. El título está en perfecta sintonía con éstos y el espíritu que los anima. Y eso es lo que cuenta. Aunque quizá me equivoque, creo que a Hearn no le hubiera disgustado.

 

4-Al hilo de lo anterior, dice usted que es "exagerado asemejar los 'kami' shinto como dioses, cuando se limitan a ser fuerzas religiosas que residen en elementos naturales". Una vez más, lo que cuenta aquí es la opinión de Hearn, no la mía. Hearn tenía claro que eran entidades divinas, y en eso, debo decir, estoy de acuerdo con él. Algo sé sobre el tema, dado que soy estudioso de las tradiciones orales, sobre todo mitológicas, esto es, de una manifestación de las creencias religiosas. Por otro, no creo que sea el único que piensa así. Los kami, como los dioses grecorromanos, eran objeto de culto, y se contaban historias (mitos) sobre ellos. Además, estará de acuerdo conmigo en que la diferencia entre una "fuerza religiosa" y una divinidad no siempre es clara y nítida.

 

    En fin, ya para terminar, Hearn conoció el Japón que le tocó vivir por la época en que se desarrolló su corta existencia, un país que hacía poco más de una generación que había salido de su aislamiento, y estaba en proceso de cambio y expansión. Hearn lo experimentó y reflejó según su sensibilidad y sus inclinaciones. Con mi antología, me limité a rendir homenaje a un gran prosista y a un gran explorador de otros universos cultures, también a un gran folklorista y estudioso de las tradiciones orales. Lo demás, como usted dice, son tecnicismos.

     Agradeciéndole una vez más la atención que ha prestado a mi libro, le saluda muy cordialmente,

        José Manuel de Prada-Samper

 

 

 

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