Kwaidan
Lafcadio HEARN
Traducción de Carlos Gardini
Siruela, Madrid, 2004
180 pp.
El romance de
Lafcadio Hearn
Traducción de
Pablo Inestal y
Barataria, Barcelona, 2004
166 pp.
El niño que dibujaba gatos y otros cuentos japoneses
Lafcadio HEARN
Traducción de Mª Luisa Vilariño y Eduardo Riestra.
Ilustraciones de Mariana Riestra
Ediciones del Viento, La Coruña, 2004
130 pp.
Un juglar ciego ensimismado
tocando ante un auditorio de tumbas, dioses condenados por amarse en exceso,
seres que pierden el rostro, una mujer que no es sino el alma de un cedro,
gatos pintados contra una rata-duende y un largo etcétera de leyendas
desbordantes de imaginación. Las narraciones sobre duendes, seres mágicos y poderes
sobrenaturales son sinfín en Japón y este peculiar método de “mezclar lo regocijante con lo terrorífico” fascinó a Lafcadio
Hearn, quien llamó la atención sobre su papel tan crucial para la cultura
japonesa. Pervive en la actualidad; sus novelistas jóvenes más destacados, la
infinidad de personajes fantásticos del manga japonés, o filmes como El
viaje de Chihiro, The
Ring o Llamada perdida son reflejo de
ello, aunque nos hayan llegado más los estereotipos orientalizantes
como el del copión o el fotógrafo permanente.
Los libros aparecidos en el
centenario de la muerte de Lafcadio Hearn se han
centrado en esa faceta como narrador de leyendas fabulosas. Mientras que Kokoro (1986) o En el país de los dioses
(2002) recolectaron sus vivencias personales, tanto Kwaidan,
como El romance de
El resultado, no obstante, está
por debajo de la altura del escritor. Ninguno de los traductores ha completado
el trabajo con un diccionario para las palabras japonesas o para ayudar en
algunas de las dificultades que el propio Hearn reconoce en
El mensaje implícito de estos
libros de Hearn merece otra reflexión. Suelen ser escritos del ocaso de su
vida, cuando le pudo el pesimismo y publicó los peores calificativos hacia los
japoneses. En uno de los textos suprimidos, por ejemplo, aseguraba “El Japón se
ha convertido en un Imperio capaz de amenazar simultáneamente las
civilizaciones de Oriente y de Occidente.” Las leyendas, además, adaptan las
corrientes triunfantes en esos años sobre la imposibilidad de un acercamiento
de civilizaciones, el “East is
East and West is West”
de Kipling, y reflejan, siquiera implícitamente, su
versión japonesa: el país único, impenetrable e incapaz de ser entendido por
los extranjeros. Su biografía permite explicar parcialmente esas críticas
postreras porque, tras nacionalizarse nipón, su sueldo pasó a ser el de un
simple profesor local y Hearn perdió su calidad de vida. Pero también porque la
victoria sobre China de 1895 y la creciente militarización nipona rompieron sus
esquemas orientalistas. Empeñado en considerar al Japón tradicional como
verdadero, la vorágine de esos años, que culminó con la guerra contra Rusia
pocos meses antes de su muerte, le pilló con el paso cambiado. El esquema usado
hasta entonces del país estático y rural ya no podía sostenerse. En El
Romance..., por ejemplo, asegura que la fiesta de Tanabata “casi duerme en el sueño del olvido” en Tokio y
las grandes ciudades. Mentira, sigue en vigor.