Donald Keene.- Emperor
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Los emperadores apenas han contado en la
historia de Japón. A pesar de ser considerados dioses y dar nombre a las
épocas, es bien sabido que han tenido poco poder efectivo, hasta el punto de
que durante los dos siglos y medio de la época de seclusión,
dependieron de los subsidios de los shogunes, los que detentaban el poder y que
también tenían poder hereditario, los Tokugawa, en un
sistema parecido a la Ranarquía de Nepal. Tras la
llegada de los occidentales y la firma de los Tratados Desiguales desde
mediados del siglo XIX, la pérdida de legitimidad del shogunato
devolvió consideración a Kioto, pero aún así el paso
nipón del derrumbe del sistema feudal a convertirse una potencia mundial de
primer orden era atribuido casi en exclusiva a los políticos.
No al emperador Meiji.
Haber asumido el trono a los quince años, como muchos otros emperadores antes,
permanecer callado en la gran mayoría de las reuniones que presidió y observar
tradicionalmente unas funciones meramente decorativas, centradas en ceremonias
cortesanas, con tardes enteras observando la luna y escribiendo poemas, de una
forma muy parecida a la que llevaban viviendo en la corte desde los tiempos Heian, han contribuido a marginarle. La documentación
existente, además, ayuda poco a esta labor: centenares de poemas cortos waka; diarios de la Corte, minuciosos hasta el punto de
señalar cuándo se corta el pelo, pero meros datos que no permiten aflorar
muchas conclusiones; anécdotas conocidas, que pueden ser verdad o no; minutas
de sus conversaciones, burdamente amañadas y memorias de su entorno, donde es
difícil encontrar observaciones críticas. Por no saberse, no hay constancia de
cuál de sus concubinas era la preferida.
Juntando
y valorando esos acercamientos tangenciales, Keene se
aproxima al emperador más por los hechos que por sus palabras concluyendo, por
ejemplo, que la concubina que le dio más hijos (ocho, de los cuales cuatro
sobrevivieron) de las que tuvo una relación más prolongada hubo de
ser
proceso de modernización en el que se
embarcó su país, con una peculiar concepción de progreso como «educación,
producción y ejército». Su figura fue crucial para mantener la estabilidad, a
pesar de los graves problemas económicos y políticos, incluidas algunas
revueltas protagonizadas por
figuras muy queridas y cercanas a él,
como Takamori Saigô. Keene, además, da cuenta del
papel crucial del emperador Meiji, al comienzo de su
reinado, para evitar los deseos de la mayoría de su gobierno de entrar en
guerra con Corea, así como su oposición, décadas más tarde, a la guerra contra
China. Más allá de las decisiones políticas, además, se esforzó por conocer el estado
real de sus súbditos en sus viajes por zonas del país por donde pocas
autoridades se habían molestado antes en pasar y por erradicar las viejas
costumbres y temores que obstaculizaban
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