Historias de un Japón inexistente (pero eterno)

 

Murasaki Shikibu

Genji Monogatari. ( Romance de Genji).

Traducción y notas de Fernando Gutiérrez. 

Barcelona, José J. de Olañeta Ed, 2002, 3ªed.

 

Sei Shônagon

El Libro de la Almohada.

Traducción y notas de Amalia Sato.

Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2001.

 

Una cultura refinada

Extrema rivalidad

Adaptación al cine

         El suelo de paja o tatami, la ceremonia del te, el arreglo floral, los samuráis, las geishas, el pescado crudo, la salsa de soja, el Zen, el ukiyoe, el Kabuki o el Haiku son iconos asociados por los occidentales a la cultura japonesa tradicional, extraños como son a la suya. Pero igual de extraños serían en el Japón donde vivieron las autoras de los dos libros que acaban de aparecer en español. El Romance de Genji, traducido por uno de los mejores conocedores del arte japonés en España, Fernando García Gutiérrez, es una reedición de los once primeros capítulos del total de 54, por lo que esta obra sigue sin traducción completa al castellano. El Libro de la Almohada aparece por primera vez al castellano, aparentemente desde la traducción realizada por Iván Morris, a juzgar por las citas y comentarios, aunque sólo se le menciona como libro de referencia.

 

Una cultura refinada

 

La mayoría de lo que se conoce en Occidente sobre Japón surgió allí a partir de la época feudal, implantada por la familia Minatomo, a la que pertenecía el propio Genji, en unas luchas poéticamente narradas en el Romance de Heike. El Japón Heian (794-1185) del que surgieron estas obras cumbre de la literatura japonesa escrita por mujeres era una cultura cortesana y refinada, desinteresada tanto por los asuntos militares como por lo que ocurriera fuera del palacio, incluyendo el nivel de vida de una población que la Corte despreciaba [hasta el punto de ni siquiera considerarles humanos]. Los escasos miles de personas encerrados en ese círculo alrededor de la familia imperial vivían carentes de esas preocupaciones que eran inherentes al resto, tales como procurarse la comida y la vivienda, y su mundo giraba [como quizás nunca más en otra sociedad] en torno a la estética[, al lujo de sus indumentarias, a los carruajes, perfumes, etc]. Ni siquiera se preocupaban de saber qué ocurría en esa otra corte de la que habían asimilado tanto, como era la china, porque el florecimiento de su propia cultura Yamato, con sus creaciones propias, hacía innecesario recordar esos orígenes. Ya que las mujeres no tenían acceso a esa escritura china, además, escribieron sus obras en Kana[, como el caso de estas obras cumbre de una literatura dominada en esos momentos por las mujeres,] reflejando también un papel en la cultura japonesa más crucial que el actual. Los concursos poéticos, los juegos, los pliegues de los vestidos, la música, la caligrafía, el peinado (arrastrando largas melenas sueltas), etcétera, llenaban las preocupaciones de estos personajes, junto con otras ambiciones tan pedestres y universales como el amor en todas sus facetas: deseo, celos, nostalgia, odio o seducción.

 

         De este contexto surgen las dos obras literarias reseñadas, aunque con técnicas narrativas muy diferentes. La una es del llamado género “monogatari,” relatando la vida amorosa del  príncipe Genji, mientras que la otra es lo que se podría entender como un ensayo, o “zuihitsu”, que literalmente significa “el fluir del pincel”. Empieza con una descripción de lo más bello de las cuatro estaciones que da paso no sólo a las numerosas referencias a la naturaleza, sino también a la narración de las escenas de la vida cotidiana de la corte y, quizás lo mas importante, a las reflexiones propias sobre gustos, sentimientos, rencores, etcétera. Además, cada obra gira en torno a los dos valores estéticos predominantes en la época Heian, el Mono no Aware, en el caso del Genji y el Okashi, en La Almohada, que son especialmente difíciles de definir. El profesor de literatura japonesa de la Universidad de Harvard, Edwin A. Cranston ha definido el primero como lo que agita los sentimientos refinados con un toque de belleza, tristeza y de la conciencia de la experiencia efímera. Federico Lanzaco, uno de los principales especialistas españoles de la cultura japonesa, define el Okashi (citado 466 veces por Sei Shōnagon) como una elegancia que incluye matices de curiosidad, viveza, diversión e ingenio.

 

Extrema rivalidad

 

         Estas cortesanas rivalizaron intensamente. Murasaki era tímida, poco sociable y dulce al trato, mientras que Sei, famosa por su ingenio sarcástico, era osada y dispuesta aresponder ante las críticas. Además, aunque tenían funciones parecidas, servían a personajes enfrentados. Murasaki estaba al servicio de la emperatriz Akiko, una de las más jóvenes entre las múltiples consortes del emperador Ichijo (r. 986-1011)[, cuyas dos consortes eran de la familia Fujiwara, que era la que realmente controlaba la corte por medio de esos emparejamientos,] mientras que Sei lo era de Sadako, su más feroz opositora. La rivalidad entre sus superiores agudizaba la ya existente entre las dos escritoras y ambas obras dan muestra de ello, porque ambas se criticaban por saber y utilizar la cultura china, algo considerado poco elegante, soez y de mal gusto. En los libros aparecen críticas indirectas, como la de Murasaki al narrar una tertulia entre cortesanos sobre las mujeres. Uno de ellos, Shikibu, se refiere a una mujer tan erudita que resultaba realmente molesta: “¡Si pudiera ser menos masculina!”. [Los caracteres chinos a los que se atribuye una pronunciación verbal eran leídos a lo chino, y toda la carta tenía un tono de pedantería innecesario**: Sei Shonagon parece ser la mencionada en ese párrafo.]

 

         Lo más extraordinario de estos textos es su validez, a pesar de los cambios en esa cultura japonesa y del paso del tiempo. [Las dos obras siguen teniendo una gran validez en nuestros días a la que se refiere otro gran especialista, Antonio Cabezas, en su introducción a una “monogatari” coetánea y para algunos precursora del Genji, los Cantares de Ise. Cabezas asegura que  poseen una sensibilidad que está mas cerca de nuestra sensibilidad  que de la de los japoneses contemporáneos.] Con un nivel en sensibilidad, culto a la estética y elegancia sólo comparable a En busca del Tiempo Perdido, de Marcel Proust, el Genji ha tenido más reconocimientos[, calificada por el nóbel Yasunari Kawabata como “el pináculo más alto de la literatura japonesa” y en alguna ocasión, también, como la obra más importante escrita en este milenio. En el capítulo séptimo lo ilustra, con] una descripción de su personaje principal ilustra las cualidades de la obra: Genji danzó “Las Olas del Mar Azul,” siendo su pareja  To-no-Chujo. Por su belleza y por su talento, este último sobrepasaba en mucho la medianía, pero ante Genji parecíase a un pino silvestre creciendo al lado de un cerezo en flor. (......) Fue esta danza tan bella y  tan emocionante que concluyeron los ojos del Emperador por anegarse en lagrimas (......) Nunca como entonces (....) mereció su sobrenombre: Genji el Resplandeciente (....)”. Las misivas amorosas, además, siempre estaban escritas en poemas waka o tanka (5,7,5,7,7), precursores del haiku (5,7,5), y Genji escribe varios especialmente poéticos: “De esta vida tan frágil como la crisálida de una cigarra, estaba ya cansado, cuando me llegó vuestro mensaje y me dio aliento para volver a vivir”.

 

Adaptación al cine

El libro de la almohada, por su parte, también ha recibido parabienes múltiples e incluso una adaptación en una maravillosa película a cargo de un director que nunca deja indiferente, Peter Greenaway. Las diatribas de Sei también llaman fuertemente la atención:

“Distintos modos de hablar: La conversación de los Hombres. La Charla de las mujeres

Cosas odiosas: He cometido la locura de invitar a un hombre a pasar la noche en un lugar poco conveniente, y comienza a roncar. Un suzuri (piedra para hacer la tinta) cuya superficie es tan dura y lisa que la tinta, el sumi, se desliza sin sedimentar nada de tinta.

Cosas Elegantes: Un abrigo blanco sobre un justillo violeta, huevos de pato, flores de glicina. Flores de ciruelo cubiertas de nieve, un niño pequeño comiendo frutillas.

Cosas inapropiadas: Una caligrafía sin gracia sobre papel rojo, un hombre apuesto con una mujer fea.

Cosas raras: Un hijo político elogiado por el suegro que lo ha adoptado, una novia amada por su suegra. Una pinza buena de plata para depilar.

Cosas que pierden al ser pintadas: Clavelinas, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres y mujeres elogiados en relatos románticos

Cosas que ganan al ser pintadas: Pinos. Campos de otoño. Aldeas de montaña y senderos. Grullas y ciervos. Una escena de frío invierno. Una inefable escena de tórrido verano.

Cosas que han perdido su poder: Una mujer que se ha quitado su peluca para peinar el poco pelo que le queda. La figura retirada de un luchador de Sumo que ha sido derrotado. Quiere actualizarlo o hacerlo mas fácil al lector o lo que tu creas.”

 

La actualidad del texto es innegable, aunque la traducción al castellano lo enfatiza desmedidamente incluyendo la referencia a una lucha, el Sumo, que entonces no existía. Ni la una ni la otra necesitan amaños adicionales. Son intemporales.

 

 

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