La Empresa de China.
De
El Acantilado: Barcelona 2002. 302 pp.
Encontrado
el camino de vuelta de Filipinas a México por el agustino Andrés de Urdaneta en
la segunda mitad del siglo XVI, la primera expedición española, comandada por
Legazpi decidió cambiar su asentamiento desde la isla visaya de Cebú a Manila,
en la norteña isla de Luzón. El excelente puerto y los mejores abastecimientos
fueron razones, pero también un cambio en los objetivos de su presencia allí:
olvidaban temporalmente su afán por la especiería y centraban su esfuerzos en dirección a China, para lo que estaba mejor
situado Manila. Desde entonces, hasta que la presencia española en Asia quedó estabilizada
en 1605 -con un galeón anual a Acapulco llevando plata a Asia y seda a
América-, China y el continente asiático fueron un afán para los
castellano. Se veía al alcance de la mano, pero no se podía coger.
La Empresa de China estudia los vaivenes de esa
relación con China desde el asentamiento en Filipinas en 1565. Empezó
prometedora, con la cooperación contra el presunto pirata Lin
Feng (Limahon) y después,
tras los primeros desplantes, siguió marcada por la indefinición, entre
embajadas diplomáticas, iniciativas individuales y propuestas ilusorias de
conquistar China. Centrándose en el lado español por la cantidad de
documentación mayor que ha generado,
El
personaje más sugerente en esa Empresa de China fue el padre Alonso
Sánchez. Jesuita, una Orden dominante en el área portuguesa (Macao, Malaca,
Goa) y partidaria de convertir a los chinos partiendo de un conocimiento y de
una acomodación hacia su cultura, Alonso Sánchez residía en Manila, era
castellano, se codeaba con Dominicos y Franciscanos y criticó sin denuedo esa
política acomodaticia de sus hermanos de Orden, así como sus negocios, siquiera
fueran para financiar esa cristianización tan anhelada. Sánchez, además,
recibió encargos cruciales, como las relaciones con los portugueses de Macao
una vez que las coronas de Castilla y Portugal estaban unidas conquista de
China y tuvo un papel crucial en la propuesta de los estados generales de
Filipinas para la conquista de China, para lo que después fue enviado a la península,
donde se mezcló con algunos de los personajes clave en el proceso de decisiones
de
El libro es producto de una Tesis
Doctoral en
El
autor, por otra parte, se refiere a un “estancamiento defensivo” de la década
de 1580, una vez que desaparecen las propuestas de conquista de China, pero parece
más bien la excusa para acabar su trabajo, porque en la década de 1590 hubo dos
expediciones a Camboya. Quizás sería más apropiado referirse a la acomodación
de los intereses expansionistas y de los sueños imperiales hacia objetivos
aparentemente menos difíciles,
prefiriendo esconder a la Corona sus ambiciones, una vez comprobada la
reticencia a nuevas aventuras. Se
refiere también a que se impuso al final la “estrategia comercial”, una vez que
el Galeón de Manila resultó ser el único vínculo estable entre la colonia
hispana y Asia, aunque no parece que hubiera tal, sino unos chinos que
aprovecharon la oportunidad de una plata que llegaba a Manila y que era ansiada
en el continente.
La
Empresa de China, no obstante, es un libro necesario sobre un tema
apasionante. La rigurosidad de que hace siempre gala