Una novela tan real como la vida misma, y viceversa

 

La traición escrita. Una conjura en la China imperial

Jonathan SPENCE

Col. Tiempo de Memoria 37

Trad. Mabel Lus

Tusquets, Barcelona, 2004 (1ª ed. 2001)

353 páginas.

 

Es el sueño de todo historiador, su investigación leída como una novela. La entrega de una carta en 1728 a un gobernador provincial incitándole a dirigir una rebelión contra los Qing, la dinastía manchú reinante en China desde casi un siglo antes, obsesiona al personaje más poderoso del planeta en esos años, el emperador Yongzheng. La psicosis de conjura genera interrogatorios, la búsqueda de cómplices, el desarrollo de la investigación a cargo de una burocracia eficiente y estandarizada tras muchos siglos de ejercicio, y la difusión masiva de un libro rebatiendo las acusaciones. Y el lector vive el curso de los acontecimientos como si de una novela se tratara, preguntándose si la madeja llevará a nuevos acusados, cuál será el paso siguiente y, por supuesto, su desenlace final. El historiador reduce su papel a lo que más le gusta, la investigación, limitándose a describir el contexto y a ordenar la narración. Con los datos, basta.

 

Jonathan Spence, el principal especialista occidental en la historia de China, ha vuelto a reforzar su prestigio como autor, pero esta vez relegando su posición a un papel secundario. Se ha acoplado a las necesidades de la obra y ha escrito un libro sin florituras, con un lenguaje más cercano al de los jueces y las disputas legales, ofreciendo de su propia cosecha apenas los datos esenciales para situar la acción. Sólo se permite unos apuntes personales a raíz de lo que él mismo describe como el “clímax emocional” de sus investigaciones históricas, esto es, al describir el escenario de los acontecimientos tras haberlo visitado personalmente; su paisaje, las casas, y los senderos del distrito de Yongxing con los “bloques (¿mojones?) de piedra hincados” en la tierra para delimitar las propiedades.

Tratando un tema ampliamente conocido entre los especialistas de la historia Qing, La traición escrita no trata un tema desconocido, ni es la primera aventura de Spence en tratar de mostrar el día a día de los chinos normales y corrientes de hace siglos. Incluso su biografía del padre de Yongzheng, Kangxi, es más un recuento de su formación personal que de las decisiones políticas que jalonaron su reinado, y hace algo más de una década publicó otro excelente libro, La muerte de la mujer Wang, sobre una adúltera que pagó una escapada amorosa con su vida, también en los comienzos de la era Qing (1644-1911). También otros historiadores han reconstruido la vida cotidiana, Jacques Le Goff, Georges Duby o Ray Huang, para la dinastía Ming, la previa a los Qing, pero La Traición Escrita destaca especialmente por su narrativa fluida y Spence por su capacidad de encontrar los temas que más atraen al lector.

 

A través de las páginas del libro, el ritmo de la narrativa es cambiante pero incluso en las desviaciones del argumento principal nunca falta la oportunidad de aprender, ya sean citas de los clásicos (Confucio a un funcionario: “Esta es una de las cosas por las que me disgustáis vosotros, los que siempre tenéis una respuesta”) o refranes (“La verdadera virtud es tan ligera como un pelo de la barba, pero pocos de nosotros pueden [sic] elevarla”). Son interminables los temas que saltan a lo largo de la páginas del libro, desde los vaivenes de los intelectuales ante las presiones del poder, colocando en la lista negra a uno de los estudiosos más brillantes, Liuliang, a la trascendencia del texto frente a la palabra, recordando por un lado la teoría de las comunidades imaginarias de Benedict Anderson y, haciendo pensar, por el otro, la invalidez de nuestra ecuación de la imagen que vale más de mil palabras cuando la escritura es en ideogramas, mucho más expresivos que nuestro universal abecedario. El absolutismo, no obstante, es el más recurrente. El emperador chino ha sido un ejemplo recurrente de déspota, capacitado para hacer y deshacer según su propio capricho, tal como fue expresado por Karl Wittfogel en su  famoso El Despotismo Oriental, donde asemejaba los regímenes soviético y maoísta. Pero el retrato de Spence del absolutismo de  Yongzheng refleja multitud de matices adicionales, porque bajo ese poder teóricamente absoluto en sus manos, junto con su crueldad ante aquellos que le hacían dudar de su lealtad, el emperador siempre se cuidó de buscar la ratificación y el apoyo moral entre sus súbditos. Los funcionarios tampoco dudaron en proclamar manifiestos conjuntos en contra de la opinión imperial e incluso en ocultarle información, aun cuando la solicitaba y no sólo no fueron represaliados por su disidencia con la opinión imperial,  sino que el siguiente emperador acabó dándoles la razón. En China, la existencia de una burocracia estatal culta y desarrollada a lo largo de los siglos contrarrestó la tendencia al absolutismo, algo que no pudo evitarse en el Sudeste de Asia, tal como apunta Anthony Reid en su ya clásico The Age of Comerce, donde el absolutismo cada vez más agobiante en sus pequeños reinos a lo largo del siglo XVII provocó un marasmo irreversible que desembocó en un declive de su riqueza y, pasados los años, en su colonización.

 

Spence sabe bien las argumentaciones sobre el absolutismo en China y Wittfogel, precisamente, es uno de los personajes más citados en su libro dedicado a las visiones de China, El Continente del Gran Khan. Por eso, quizás, prefiere indagar otros derroteros, tales como la traición, la obsesión por la disidencia y el espionaje, tal como sugiere en la cita con la que comienza el libro.  Si la entrega de una carta, que no era sino un manifiesto opositor, sacó de quicio a la burocracia, fue el pavor a mostrar el más mínimo resquicio de duda en la lealtad al emperador. El receptor, el general Yue Zhongqi no dudó en enviar tres correos urgentes sucesivos a la capital (1400 kilómetros recorridos en seis días, por cierto) con cada nuevo dato con el fin de disipar cualquier duda ante un emperador obsesionado con su legitimidad y por el espectro de los enemigos, los suyos y los de su dinastía. Pero la psicosis de conjura en La Traición no fue un caso exclusivo del reinado de Yongzheng (atender a un príncipe es como esperar encima de un tigre, se dice en China), ni tampoco de los Qing, sino que ha llegado al siglo XX, e incluso se revitalizó con Mao Zedong. El rebuscamiento de la más mínima incongruencia al declarar, el castigo a familiares e incluso vecinos, las acusaciones por cálculos remotos y la obsesión por el más leve atisbo de disidencia son también reflejados en el libro de Jun Chang, Cisnes Salvajes, y en los  múltiple relatos (de mujeres, casi sin excepción) publicados a raiz de ese tan inesperado éxito editorial. Los juicios contra disidentes o contra simples cabezas de turco, antes y durante esa lucha de facciones que se sigue llamando Revolución Cultural, muestran un temor a “la traición” entre los gobernantes que llega a ser, en algunos casos, patológico.

 


“El Spence

 

Pocos historiadores tienen tanto prestigio y suscitan tanta unanimidad como Jonathan Spence, especialmente a raíz de haber escrito el libro de referencia sobre la Historia de China, The Search for Modern China. Su reconocimiento es tan amplio que suscita la envidia de los especialistas de otros países, como los de Japón, que en los foros de discusión debaten sobre cuál sería “el Jonathan Spence de la historia japonesa.” La colección de lecturas diseñada para acompañar la última versión de The Search... además, ha añadido frustración adicional a los demás.

Fuera del mundo académico, las dudas de Spence hacia La Ciudad de la Luz, la obra que presuntamente escribió el mercante judío Jacobo de Ancona tras haber visitado China  en 1271, llevaron a que la editorial Little, Brown & Company decidiera no publicarlo en Estados Unidos. Y también menoscabaron su difusión en España, donde a pesar de que la editorial mostró menos tapujos, La Ciudad de la Luz ha acabado vendiéndose de saldo. El prestigio le ha dado un poder que, no obstante, se le antoja excesivo y el propio Spence ha decidido dejar de publicar reseñas.

 
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