La traición escrita. Una conjura en la China imperial
Col. Tiempo de Memoria 37
Trad.
Tusquets, Barcelona, 2004 (1ª ed. 2001)
353 páginas.
Es el
sueño de todo historiador, su investigación leída como una novela. La entrega
de una carta en
Jonathan
Spence, el principal especialista occidental en la
historia de China, ha vuelto a reforzar su prestigio como autor, pero esta vez relegando
su posición a un papel secundario. Se ha acoplado a las necesidades de la obra
y ha escrito un libro sin florituras, con un lenguaje más cercano al de los
jueces y las disputas legales, ofreciendo de su propia cosecha apenas los datos
esenciales para situar la acción. Sólo se permite unos apuntes personales a
raíz de lo que él mismo describe como el “clímax emocional” de sus
investigaciones históricas, esto es, al describir el escenario de los
acontecimientos tras haberlo visitado personalmente; su paisaje, las casas, y
los senderos del distrito de Yongxing con los
“bloques (¿mojones?) de piedra hincados” en la tierra
para delimitar las propiedades.
Tratando
un tema ampliamente conocido entre los especialistas de la historia Qing, La traición escrita no trata un tema
desconocido, ni es la primera aventura de Spence en
tratar de mostrar el día a día de los chinos normales y corrientes de hace
siglos. Incluso su biografía del padre de Yongzheng, Kangxi, es más un recuento de su formación personal que de
las decisiones políticas que jalonaron su reinado, y hace algo más de una
década publicó otro excelente libro, La muerte de la mujer Wang, sobre una adúltera que pagó una escapada amorosa
con su vida, también en los comienzos de la era Qing
(1644-1911). También otros historiadores han reconstruido la vida cotidiana,
Jacques Le Goff, Georges Duby o Ray Huang,
para la dinastía Ming, la previa a los Qing, pero La Traición Escrita destaca
especialmente por su narrativa fluida y Spence por su
capacidad de encontrar los temas que más atraen al lector.
A través
de las páginas del libro, el ritmo de la narrativa es cambiante pero incluso en
las desviaciones del argumento principal nunca falta la oportunidad de
aprender, ya sean citas de los clásicos (Confucio a un funcionario: “Esta es
una de las cosas por las que me disgustáis vosotros, los que siempre tenéis una
respuesta”) o refranes (“La verdadera virtud es tan ligera como un pelo de la
barba, pero pocos de nosotros pueden [sic] elevarla”). Son interminables los
temas que saltan a lo largo de la páginas del libro, desde los vaivenes de los
intelectuales ante las presiones del poder, colocando en la lista negra a uno
de los estudiosos más brillantes, Lü Liuliang, a la trascendencia del texto frente a la palabra,
recordando por un lado la teoría de las comunidades imaginarias de Benedict Anderson y, haciendo
pensar, por el otro, la invalidez de nuestra ecuación de la imagen que vale más
de mil palabras cuando la escritura es en ideogramas, mucho más expresivos que
nuestro universal abecedario. El absolutismo, no obstante, es el más
recurrente. El emperador chino ha sido un ejemplo recurrente de déspota,
capacitado para hacer y deshacer según su propio capricho, tal como fue
expresado por Karl Wittfogel
en su famoso El Despotismo Oriental,
donde asemejaba los regímenes soviético y maoísta. Pero el retrato de Spence del absolutismo de
Yongzheng refleja multitud de matices
adicionales, porque bajo ese poder teóricamente absoluto en sus manos, junto
con su crueldad ante aquellos que le hacían dudar de su lealtad, el emperador
siempre se cuidó de buscar la ratificación y el apoyo moral entre sus súbditos.
Los funcionarios tampoco dudaron en proclamar manifiestos conjuntos en contra
de la opinión imperial e incluso en ocultarle información, aun cuando la
solicitaba y no sólo no fueron represaliados por su
disidencia con la opinión imperial, sino
que el siguiente emperador acabó dándoles la razón. En China, la existencia de
una burocracia estatal culta y desarrollada a lo largo de los siglos
contrarrestó la tendencia al absolutismo, algo que no pudo evitarse en el
Sudeste de Asia, tal como apunta Anthony Reid en su
ya clásico The Age
of Comerce, donde el
absolutismo cada vez más agobiante en sus pequeños reinos a lo largo del siglo
XVII provocó un marasmo irreversible que desembocó en un declive de su riqueza
y, pasados los años, en su colonización.
Spence sabe bien las argumentaciones sobre el absolutismo en
China y Wittfogel, precisamente, es uno de los
personajes más citados en su libro dedicado a las visiones de China, El
Continente del Gran Khan. Por eso, quizás, prefiere indagar otros
derroteros, tales como la traición, la obsesión por la disidencia y el
espionaje, tal como sugiere en la cita con la que comienza el libro. Si la entrega de una carta, que no era sino
un manifiesto opositor, sacó de quicio a la burocracia, fue el pavor a mostrar
el más mínimo resquicio de duda en la lealtad al emperador. El receptor, el
general Yue Zhongqi no dudó
en enviar tres correos urgentes sucesivos a la capital (1400 kilómetros
recorridos en seis días, por cierto) con cada nuevo dato con el fin de disipar
cualquier duda ante un emperador obsesionado con su legitimidad y por el
espectro de los enemigos, los suyos y los de su dinastía. Pero la psicosis de
conjura en La Traición no fue un caso exclusivo del reinado de Yongzheng (atender a un príncipe es como esperar encima de
un tigre, se dice en China), ni tampoco de los Qing,
sino que ha llegado al siglo XX, e incluso se revitalizó con Mao Zedong. El rebuscamiento de
la más mínima incongruencia al declarar, el castigo a familiares e incluso
vecinos, las acusaciones por cálculos remotos y la obsesión por el más leve
atisbo de disidencia son también reflejados en el libro de Jun Chang, Cisnes Salvajes, y en los múltiple relatos (de mujeres, casi sin
excepción) publicados a raiz de ese tan inesperado
éxito editorial. Los juicios contra disidentes o contra simples cabezas de
turco, antes y durante esa lucha de facciones que se sigue llamando Revolución
Cultural, muestran un temor a “la traición” entre los gobernantes que llega a
ser, en algunos casos, patológico.
“El Spence” Pocos
historiadores tienen tanto prestigio y suscitan tanta unanimidad como
Jonathan Spence, especialmente a raíz de haber
escrito el libro de referencia sobre la Historia de China, The Search for Modern China. Su
reconocimiento es tan amplio que suscita la envidia de los especialistas de
otros países, como los de Japón, que en los foros de discusión debaten
sobre cuál sería “el Jonathan Spence de la
historia japonesa.” La colección de lecturas diseñada para acompañar la
última versión de The Search... además, ha añadido frustración adicional
a los demás. Fuera del mundo académico, las dudas de Spence hacia La Ciudad de la Luz, la obra que
presuntamente escribió el mercante judío Jacobo de Ancona
tras haber visitado China en 1271,
llevaron a que la editorial Little, Brown & Company decidiera
no publicarlo en Estados Unidos. Y también menoscabaron su difusión en
España, donde a pesar de que la editorial mostró menos tapujos, La
Ciudad de la Luz ha acabado vendiéndose de saldo. El prestigio le ha
dado un poder que, no obstante, se le antoja excesivo y el propio Spence ha decidido dejar de publicar reseñas.
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