Poítica Exterior, Vol. XLV, núm. 74 (marzo/abril 2000), pp. 174-175.
The logic of Japanese politics. Leaders, institutions and the limits of change. Gerald L. Curtis. Studies of the East Asia Institute. New York: Columbia University Press, 1999. 303 págs.
La política japonesa se ha movido por unos parámetros muy diferentes a los de los países occidentales. Las características socioeconómicas del voto en las décadas pasadas sugerían que no había una relación discernible entre ingresos y elección de partido, una clara tendencia de voto a la izquierda entre los trabajadores de cuello blanco y una mayor inclinación también en este sentido según aumentaba el nivel de educación, además de la más universal adscripción hacia los conservadores entre los votantes más mayores, frente a las inclinaciones más izquierdistas de los más jóvenes. El propio funcionamiento de la democracia japonesa, de hecho, es muy distinto al de los sistema occidentales, ya que un mismo partido ha seguido en el poder desde hace cuatro décadas, el partido Liberal Democrático, con un breve interludio.
Se ha vivido desde un voto de censura contra el gobierno, a pesar de su mayoría parlamentaria; se creó el primer gobierno desde 1947 donde no dominaba el PLD; después han gobernado conjuntamente los socialistas y el PLD, enemigos jurados de antaño; numerosos partidos de corta vida y con nombre a tono con la volatilidad (Partido Nuevo de Japón, Partido Precursor, Partido del Sol, Partido de la Renovación o Partido del Buen Gobierno, entre otros) han sido creados y ha habido diputados que han cambiado seis veces de formación en una legislatura.
Para penetar en esos parámetros de la política japonesa, aparentemente tan difíciles de entender, el libro de Gerald Curtis, The logic of Japanese politics, resulta una excelente introducción. Su bagaje personal le muestra como uno de los expertos en Japón con una trayectoria más dilatada: exdirector del Instituto de Asia Oriental de la Universidad de Columbia, columnista tanto en la prensa japonesa como en la norteamericana, y amigo personal o conocido de una buena parte de los principales políticos japoneses, Curtis es una de las personas con un bagaje más amplio para poder explicar esa lógica de la política japonesa.
Curtis se esfuerza por narrar lo más inteligiblemente la vida política nipona de la última década, agitada como nunca.
Aún siendo extranjero, Curtis es casi un insider, y su libro incluye anécdotas que reflejan el trato tan continuo que tiene con muchos políticos, como una llamada recibida por el influyente político Takeshita del entonces secretario general del PLD (Partido Liberal Democrático), Ozawa Ichirô, sobre la formación de un gobierno en el año 1989, justo en medio de una conversación con él.
A lo largo de las páginas de The logic of Japanese politics es posible descifrar una buena parte de las claves de la política japonesa más reciente. Así ocurre con la menor importancia de los grupos de presión, tanto los sindicatos, actualmente alrededor de una agrupación, Rengô, notoria por su carencia de poder político como las cooperativas agrícolas e incluso las agrupaciones empresariales, como el Keidanren. Indica las carencias, pero también ventajas, del antiguo caballo de batalla de la reforma política, la ley electoral con distrito compartido y voto intransferible entre los diputados del mismo partido; explica el funcionamiento interno de los kaiha o grupos parlamentarios, que tuvo un papel importante en la salida de los socialistas de los gobiernos de coalición y su posterior acercamiento al PLD e informa de una forma muy amena porqué el cambio “estaba en el ambiente”. Curtis ilustra sobre el proceso informal de toma de decisiones dentro del PLD en el llamado Consejo de Estudio de los Asuntos Políticos, las consultas informales sobre el proceso parlamentario entre el PLD, la oposición y la burocracia, así como la incapacidad de los gobiernos de coalición para crear nuevos procesos de decisión acordes con las nuevas estructuras.
Curtis tampoco se arredra ante algunas conclusiones que han venido a ser asimiladas de forma generalizada y niega el presunto poder casi omnímodo que han gozado los burócratas en la elaboración de las políticas, recalcando la importancia de los grupos de interés y mencionando ejemplos interesantes, como la aplicación y las cantidades de los polémicos impuestos al consumo, donde los políticos han “arrebatado” (131) el poder a la burocracia. De acuerdo con los planteamientos de uno de los principales especialistas en la política japonesa, John Campbell, quien habla de las comunidades política disgregadas como una de sus características principales, Curtis llega a afirmar que la dirección de conjunto en la toma de decisiones en la economía política de Japón “ha estado en las manos de líderes políticos, no de los burócratas profesionales” (41) [Fernando: comprueba si te gusta la traducción: The overall direction of policy making in Japan’s political economy...] . Con ser interesantes aportaciones, no las demuestra suficientemente y para realizar esta última se basa únicamente en las ideas del premier Tanaka o en afirmar que pueden definir objetivos. Además, realiza aseveraciones difíciles de compartir, tales como que la crisis del sistema político apenas ha tenido relación con la economía, cuando la escasa importancia a este factor parece provenir de su propio desdén hacia el estudios de este tipo de aspectos y, de hecho, sólo se detiene a comentar las consecuencias de la crisis económica a raíz del fracaso electoral del primer ministro Hashimoto en las elecciones de 1998.
El libro de Curtis, no obstante, tiene carencias para lo que se suele considerar un libro académico. Es más una narrativa basada en artículos de periódicos y relatos de protagonistas que un análisis de los porqués y las dinámicas de funcionamiento. Resulta extraño que asuma como verídicas algunas de las afirmaciones de sus entrevistados y desdeñe interpretar las posibles intenciones, tal como ocurre con la aseveración del renovador Hosokawa sobre que en 1993 nunca había pensado en llegar a primer ministro tras las elecciones, hasta que el shogun en la sombra, Ozawa, se lo propuso (p. 113). Curtis llega a ofrecer sus propias opiniones sobre los temas debatidos en el mundillo político japonés, casi como un participante más, y algunas de las carencias del libro parecen producto, bien de una precipitación al escribir, tales como los fallos en la narrativa e incluso algunos saltos temáticos difíciles de seguir (pp. 83-84, 102-103), bien de sus propias limitaciones, como es la exclusiva comparación del sistema político japonés con el caso estadounidense, olvidándose tanto de los casos europeos (aún cuando él mismo reconoce los paralelismos) como de la comparación con otras democracias en Asia, como la de Singapur, que ni siquiera menciona. También deja en el aire interrogantes importantes, como las causas del declive tan absoluto del partido socialista (en 1943 sólo consiguió uno de los 43 puestos en liza en Tokio) o la marcha del partido comunista, en relativa alza según avanza la década, y sus relaciones con el resto de fuerzas políticas. Con ser tan conveniente para entender el funcionamiento del sistema político japonés, el libro ni profundiza no intenta desentrañar su lógica interna, a pesar de lo que afirma en el prefacio y de ese título tan sugerente que trata de justificar en un final forzado. El libro parece, por tanto, una continuación del que publicó en 1988 bajo el título The Japanese way of politics al que, aún teniendo una estructura de capítulos ligeramente distinta, se asemeja mucho. Antes que reconocer abiertamente que es una segunda parte, Curtis (y su editorial) han preferido titular el libro de forma engañosa. El embeleco, no obstante, tiene fácil perdón, porque los escritos y las opiniones de un conocedor tan profundo de la cultura japonesa siempre serán provechosos para conocer este país (y para entender sus relaciones con Estados Unidos) y poder analizarlo.