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Politica Exterior, vol. IX, núm. 49 (1995)

  AN ANARCHY OF FAMILIES. STATE AND FAMILY IN THE PHILIPPINES ¡Error! Marcador no definido.

 

                            Alfred W. McCoy (ed.)

     Madison (USA): University of Wisconsin, 1995.

 

     La sociedad filipina busca reflejarse en el ejemplo de la americana o la española, tras ese casi medio siglo y esos más  de trescientos años bajo las dominaciones de Washington y de Madrid, respectivamente. Recientemente, también busca sus afinidades con el resto de sociedades del sudeste asiático, con las que no ha compartido dominador pero con las que comparte una región geográfica que hasta la Guerra del Pacífico no ha sido denominada como tal. Por su parte, Al McCoy ha andado un paso más y nos ha revelado las semejanzas con las sociedades latinoamericanas, con lo que pone en marcha una corriente de investigación innovadora en las Filipinas para analizar el país.

 

     No le faltan razones a McCoy. Tanto Filipinas como los países de América Latina estuvieron bajo la Corona Española durante varias centurias y las semejanzas de Filipinas con estos países son mayores que con España: instituciones como el compadrazgo, la religiosidad o los vínculos familiares tienen actualmente mayores rasgos de comparación entre los antiguos países dominados que en el país dominador. Más aún, Filipinas fue un territorio gobernado desde México más que desde Madrid, aunque la autoridad nominal correspondiera al Monarca español.

 

     De esta forma, McCoy usa modelos ya estudiados para países latinoamericanos en relación con Filipinas. Ello, en relación con la familia y su poder en el país, sustituyendo en buena parte las funciones del Estado. Afirma que mientras que en el Primer Mundo la historia nacional es la suma de la interacción entre los diferentes movimientos populares con las instituciones  estatales o privadas (corporaciones, partidos, poder legislativo, etc) y la familia no es sino un aspecto de la historia social, en el Tercer Mundo las elites familiares han sido destacado en la formacion nacional. Propone analizar las Filipinas, por tanto, a través de las oligarquías familiares, siguiendo el ejemplo de lo que ya se está haciendo en Iberoamérica.

 

     Si las familias son tan importantes para el estudio de la sociedad filipina es porque su fortalecimiento va acompañado del debilitamiento del Estado, que cede su soberania ante este tipo de grupos. Los continuos colapsos parciales o totales del Estado Filipino a lo largo de este siglo junto con la inactividad de la iglesia en este aspecto, afirma, han hecho que los filipinos se acostumbren a depender de las familias para el tipo de servicios sociales que el Estado provee en las naciones desarrolladas. Los partidos políticos, por su lado, han sido una coalición de familias poderosas apoyadas en el parentesco más que en la ideologia y con una regla de oro a la hora de elegir y votar: "política es adicción".

     El libro señala dos razones para la formación de tales familias poderosas: la creciente importancia de las prebendas conseguidas mediante regulación estatal dentro de la economía nacional y la atenuación del control del gobierno central sobre las provincias. Tras la Guerra del Pacífico, Manila ha perdido el control sobre los ejércitos privados y la necesidad de aumentar el poder político local por medio de la violencia ha hecho que Filipinas sea uno de los países con mayor índice de muertos por arma en el mundo, cantidad que, por cierto, sube en épocas electorales. Marcos ha sido el ejemplo más claro de político local violento, pero el libro señala otros ejemplos de familias que han conseguido controlar procesos de producción por medio de la fuerza, como es el caso de la familia Crisólogo en la producción de tabaco en la provincia de Ilocos Norte.

 

     Quizás la historia que mejor refleja este poder de las familias y de los parentescos es la de los De Guzman en Luzón Central, "empresarios en votos y en violencia". Una familia que pasa de la pobreza a ser la dominante en una de las principales ciudades de esa región, Buga, estaba compuesta por cinco hermanos que iban desde un comandante de la guerrilla pro‑comunista Huk, un lider de una hermandad campesina, un administrador de las fincas de la principal terrateniente o un jugador asesinado por unos bandidos tras ganar un premio. Tuvieron varias característica en común además del apellido, la fama de duros y violentos ganada a pulso, un cierto liderazgo entre la población, no arrepentirse ni esconder nunca la utilización de estos métodos y su "alianza" con la cacique del pueblo, Doña Narcisa, en un acuerdo de asegurar el dominio sobre el pueblo frente a los competidores que incluía conseguir favores en Manila.

 

     Un libro con afirmaciones, quizás, aventuradas, pero que ha abierto una brecha importante para estudiar la sociedad filipina y hacer recordar esos tres siglos largos bajo la corona española. La proximidad del centenario del 98 nos debería hacer pensar en esos lazos perdidos entre Filipinas (o Guam) y España, pero también entre Filipinas y América Latina.

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