Política Exterior, N. 71, pp. 157-159
Jonathan D. Spence, The Chan’s Great Continent. China in Western Minds. New York & London, W.W. Norton, 1998. 279 pp.
Si hubiera que citar un historiador sobre China, tras el fallecimiento de John K. Fairbank, Jonathan Spence, profesor de la Universidad de Yale y autor del celebrado estudio histórico In Search of Modern China (1990) sería el más señalado en la actualidad. Así, amparado en su gran prestigio, Spence se ha decidido a ampliar esa historia de China desde una perspectiva complementaria, a saber, a través de los relatos que han llegado a Occidente sobre el país central. Le sobran conocimientos y estilo literario a Spence: no sólo conoce mejor este país que fascinó a tantos occidentales y por tanto puede comparar mejor la veracidad de sus relatos, sino también sabe regodearse en la escritura y hacer que el lector disfrute con la lectura. El libro no se hace en ningún momento aburrido porque Spence introduce al lector en las descripciones y en los narradores, y sabe provocar el interés –humano en unos casos, científico en otros- de los relatos escritos sobre China desde Marco Polo. Si algunos libros de académicos pueden ser acusados de aburridos, no es éste el caso, y así se demuestra también en la gran difusión y ventas que se están consiguiendo.
The Chan’s Great Continent está dividido en doce capítulos temáticos donde se analizan una cincuentena de narraciones sobre China. Algunos de sus autores estudiaron profundamente el país, otros ni siquiera lo han visitado y la mayoría no ha conocido su idioma, pero todos los textos han influido fuertemente en la visión occidental sobre este país. Desde los primeros contactos, los relatos continúan con los esfuerzos ibéricos por implantar el catolicismo, con las visitas de embajadores múltiples en busca de concesiones comerciales, con las interpretaciones de intelectuales varios buscando en China soluciones a los problemas de la humanidad, acabando con las novelas de escritores que simplemente han aprovechado la visión de este país para dar rienda suelta a su imaginación y a sus dotes literarias. Spence, además, ha hecho un esfuerzo por abarcar las diferentes visiones de China que es posible ver desde perspectivas no contempladas normalmente, como es el caso de las mujeres o de los guetos chinos en Estados Unidos a fines del siglo pasado y principios de este.
Es necesario señalar, no obstante, que no es un libro académico. Aunque el autor sea un gran conocedor de China, en esta ocasión ha preferido escribir un texto descriptivo en el que brillan por su ausencia los análisis, las conclusiones o las lecciones para el futuro. Habiendo partido el libro de unas conferencias ofrecidas en su universidad, Spence escribió sus capítulos con el objetivo de divulgar, señalando incluso en el prólogo que las citas y el aparato bibliográfico lo ha incluido con posterioridad. La única investigación en el libro, de hecho, es a propósito de la polémica sobre si Marco Polo estuvo realmente en China, pero ya fue publicada hace algún tiempo en el semanario Far Eastern Economic Review.
Las críticas, por tanto, han de ser pensando que el objetivo del trabajo no ha sido ni escribir el libro definitivo, ni siquiera hacerlo representativo de esas visiones occidentales sobre China. No incluye la visión de los Afro-americanos, ni la de los Latinos, y el único europeo oriental que aparece analizado es Kafka, a propósito de su novela “La Gran Muralla China **cuidado, no estoy seguro del titulo. En aleman, Beim Bau der Chineshischen mauer, 1917**. La gran mayoría de la bibliografía utilizada, con la excepción de algunos textos en francés, ha sido utilizando traducciones al inglés y ello, por ejemplo, ha motivado una escasa atención a los textos escritos por españoles, Spence relaciona poco acontecimientos europeos, como la Revolución Industrial, con el cambio de su visión hacia China, menciona sólo de pasada la Querella de los Ritos [las dos visiones diferentes de cómo cristianizar China, entre jesuitas y las demás ordenes religiosas] en un capítulo posterior y descansa excesivamente en estudios de otros autores, hasta el punto de que en ocasiones su relato parece un resumen de las monografías citadas.
Pero si los objetivos científicos del libro son limitados, los divulgativos superan con mucho las anteriores carencias, ya que conseguir ofrecer los conocimientos a un público tan amplio y de una forma tan amena es un gran acierto. Además, el trabajo es una clara invitación a profundizar en la importancia de las percepciones para poder entender y ser entendidos en este mundo en que vivimos. Porque China ha cambiado mucho a lo largo de los siete siglos desde las primeras referencias que llegaron a Europa, pero las visiones sobre ella han cambiado más aún. Y no ha sido tanto en función de las diferentes planteamientos ideológicos o religiosos, sino de los cambiantes objetivos para la propia sociedad occidental que se deseaban conseguir con esas visiones. Así ocurre en el caso del portugués Fernão Mendez Pinto en el siglo XVI, cuyo relato sobre China es calificado por la persona que ha compilado sus obras, Rebecca Catz, como “subversivo” y como uno que “engañó a sus compatriotas y amenazó los fundamentos mismos de su sociedad”. Y es que los relatos de China hay que interpretarlos más en función del que escribe que de lo que se describe. Tal como señala Italo Calvino en su novela Ciudades Invisibles, en una conversación imaginaria entre Marco Polo y su anfitrión chino, Kublai Khan, “**It is not the voice that commands the story: it is the ear”. La visión occidental de China está sobrada de volubilidad y de exoticismo porque desde Occidente se está poco interesado en buscar otras facetas. Ciertamente, es un problema sin solución fácil. Por ello, quizás, su próximo trabajo podría ser sobre la visión china de Occidente. Seguro que nos ayudaría a relativizar nuestra posición en el mundo. A todos, tanto a los chinos del “país central” como a tantos occidentales que se sienten el ombligo del mundo.