John W. Dower. Embracing Defeat:
http://www.reei.org/reei2/Rodao1.PDF
Japón, tras la derrota en
Dower, profesor del MIT y según muchos el mejor
historiador del Japón moderno, resume en el título la aportación principal del
libro: “Abrazando la derrota”. Se refiere a cómo los ciudadanos de un país,
aunque estuvieran dispuestos a morir por él también estaban deseosos de un
cambio radical, por irónico que pueda parecer. Así, su estudio trata de cómo
una derrota provocó el replanteamiento de ideas hasta hace poco interiorizadas
como parte del propio ser, pero también de cómo se produjeron resultados
imprevisibles en la fecha de la rendición incondicional. Las contradicciones de
la ocupación norteamericana, ciertamente, hicieron que ésta acabara apoyándose
en el mismo sistema al que se enfrentó y, si bien el militarismo fue
“desarraigado” en Japón, por usar palabras de moda en esos momentos,
permanecieron buena parte de las estructuras sociales, burocráticas, políticas
e ideológicas que lo habían sustentado.
A lo largo de las 564 páginas de texto seguidas de
otras 90 de citas y de una selección extraordinariamente bien cuidada de
fotografías, Dower divide en seis partes el libro, sin que se correspondan
exactamente con un orden cronológico: Vencedor
y vencido, Transcendiendo la desesperación, Revoluciones, Democracias,
Culpas, y Reconstrucciones. Los capítulos iniciales se centran en lo ocurrido a
Japón tras el 15 de agosto de 1945: la difícil situación social ante la
derrota, los efectos beneficiosos de la llegada del nuevo ocupante, la
desesperación producida por el hambre y la falta de perspectivas, las
reacciones culturales generadas por el nuevo contexto y, por último, la
expresión lingüística de la derrota, perceptible más a través de multitud de
sutilezas que por medio de las nuevas palabras ("Como ocurriría una y
otra vez en el Japón posterior a la derrota, palabras y frases parecían haber
cambiado poco, pero lo que significaban había cambiado dramáticamente" [p.
164]).
La
evolución política es narrada comenzando por la “revolución neocolonial” del
gobierno de ocupación (SCAP) presidido por el General Douglas MacArthur,
siguiendo por la forma en que los japoneses (intelectuales, elites de gobierno
y pueblo en general) dieron una calurosa bienvenida al cambio traído por los norteamericanos.
Acaba con el dilema de las organizaciones izquierdistas en Japón, que se vieron
atrapadas entre las nuevas libertades conseguidas a raíz de haber desencadenado
el SCAP una revolución “desde arriba” y los progresivos frenos de ese mismo gobierno
para evitar perder el control de esa revolución, cuando venían los impulsos
“desde abajo”.
La
puesta en marcha de las “democracias” es tratada desde tres perspectivas: el
emperador, la constitución y las limitaciones. En el primer caso, Dower explica
cómo el emperador fue exonerado de culpa para poder utilizar su figura en pos
de la construcción del nuevo Japón, cómo se consiguieron limar los aspectos más
inaceptables de su figura (por ejemplo,
la “declaración de humanidad”, con un lenguaje muy esotérico que no renunciaba
expresamente a su divinidad, aunque consiguió una excelente respuesta en el
exterior), y el esfuerzo por darle un nuevo sentido a la monarquía, tanto en
baños de popularidad como vinculándola a una Constitución con un carácter progresista.
La elaboración de esta nueva Carta, en segundo lugar, también tuvo varias
fases. Al comienzo, a cargo de las elites gobernantes niponas, después, cuando
los norteamericanos se pusieron a la obra para promulgar una ley fundamental
que no pudiera ser modificada en dirección opuesta cuando se marcharan, y por
último, cuando el texto fue internalizado por los propios japoneses, por unos
como reflejo de unas ambiciones de paz y democracia que aún se mantienen
frescas, y por otros como única forma de perpetuar la monarquía y su dominio
social. En tercer lugar, Dower añade un capítulo sobre las limitaciones, para
mostrar los tintes tan autoritarios con los que fue impuesta esa democracia en
Japón. Entre ellos, destacó la labor
extremadamente profesional del cuerpo de censura (Civil Censorship
Detachment, que llegó a contar con 6.000 trabajadores en todo el país), el
cual, si bien en un principio atacó las trazas de militarismo y el
ultranacionalismo, acabó después reconvirtiéndose y enfocando sus ataques hacia
los elementos izquierdistas. La falta de base jurídica del Tribunal de Tokio,
acusando a unos personajes de unos cargos que no existían y culpándoles de
conspiraciones difícilmente explicables (se estableció el 1 de enero de 1928
como el comienzo de los planes de expansión en Asia), fue otra de las muchas
contradicciones de la ocupación, porque si bien la idea de castigar a los
culpables (al menos, a una representación) podía ser loable, castigar los
crímenes de los acusados mientras se obviaban los propios consiguió el efecto
contrario: que el propio pueblo japonés exonerara a los criminales de guerra.
Los japoneses, mientras eran obligados a asumir una culpabilidad y mostrar un
arrepentimiento, lloraban a sus muertos y se sentían engañados por una vorágine
militarista de la que cada vez más ellos también se sentían víctimas, por lo
que este sentimiento influyó en ese recuerdo compasivo hacia los criminales que
sufrían condenas, olvidando sus crímenes.
Dower, de esta forma, aporta dos ideas fundamentales para comprender lo
que ocurrió en Japón durante la ocupación norteamericana. Por una parte, que el
cambio de esos momentos tuvo un fuerte
apoyo popular gracias a que el gobierno de ocupación supo entroncar con sus
aspiraciones, simbolizadas en los conceptos (de diferente significado para
ambas partes) de paz y democracia. Por la otra, la diversidad de opiniones y
sensibilidades tanto dentro del propio pueblo japonés como de los ocupantes
norteamericanos. Sus interpretaciones novedosas, además, arrojan una luz
necesaria para comprender este fenómeno en su contexto global. Porque la
maleabilidad de las ideas la explica, por ejemplo, señalando que la renovación
y la iconoclastia eran variedades tan fuertemente fijadas en la consciencia
japonesa como la reverencia al pasado o la aquiescencia a los poderes [p. 179]
Así, Dower explica la vitalidad de los movimientos de la posguerra como parte
de la propia cultura japonesa y no como un fenómeno temporal. Un ejemplo fue el
mensaje corrosivo de la cultura escapista kasutori,
algunos de cuyos escritores igualaron el amor y el sexo a la revolución, o bien
propusieron la adoración a la carne o nikutai,
criticando de esa forma el culto obligatorio al kokutai, o “cuerpo
nacional” que personificaba las especiales características del poder en Japón, consagrado hasta entonces por
Dower también permite comprender hasta qué punto penetró la influencia de
los Estados Unidos en Japón y hasta dónde se puede hablar de una japonización
de esta influencia. Así, la elaboración de la Constitución es un ejemplo claro
de una reforma que el gobierno japonés fue incapaz de realizar y que salió
adelante gracias al impulso dado por las autoridades de ocupación, empezando
por MacArthur, para ser después niponizada tras su traducción al japonés. Este
general ha sido muy denostado recientemente por la historiografía (Michael
Schaller: MacArthur: The Far Eastern
General. New York: Oxford University Press, 1989), achacándole una escasa
influencia en la ocupación, pero Dower, aún criticándosele su arrogancia y
obsesión por el protagonismo y las relaciones públicas (su colega Clay, que
dirigiera la política de ocupación en Alemania, apenas es conocido), le
atribuye una gran influencia. En parte por su “fervor mesiánico” [p. 78], en
parte por la libertad de actuación que gozó y en parte por la admiración que
los japoneses le profesaron, MacArthur fue decisivo no sólo en mantener
Las lagunas del libro son importantes, porque un
tema tan amplio necesariamente ha de abandonar algunos temas, como el propio
autor reconoce. Falta comparar el caso
de Japón con otras experiencias, no sólo
con la posguerra alemana, que aparece de
cuando en cuando, sino con otras posguerras. El autor se justifica parcialmente
afirmando que sería difícil encontrar otro momento en la historia de la
humanidad con un intercambio cultural tan intenso, impredecible, ambiguo,
confuso y ecléctico, pero no es difícil encontrar otros casos semejantes. Dower
analiza profusamente la rehabilitación de las elites gobernantes en Japón, por
ejemplo, pero ésta se produjo también a lo largo de toda Asia tras el fin del
interludio japonés. En Filipinas, el archipiélago desde donde el general
dirigió el ataque a Tokio, se produjo un caso que puede ser visto como un
prolegómeno, porque
Lo importante del libro, no obstante, es que
Incluyendo
la narración de experiencias, objetivos e intenciones de multitud de japoneses,
expresadas en diarios, cartas a periódicos,
canciones y demás, Dower aporta la gran diversidad de ambiciones y
expectativas en un
momento de renovación profunda de un país percibido normalmente como muy
homogéneo. Pero también, en el encuentro de dos pueblos
que acababan de odiarse a muerte, Dower incide en la diversidad, tanto de los japoneses que se
enfrentaron ante la nueva vida que les depararía la llegada de la paz después
de quince años de guerra, como de esas influencias que dejaron esos ocupantes
norteamericanos. Ni todos los japoneses eran iguales, ni la experiencia de la
presencia norteamericana se puede reducir al SCAP.