John W. Dower. Embracing Defeat: Japan in the Wake of World War II. New York: W.WE. Norton & Company / The New Press, 1999. 676 pp.

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Japón, tras la derrota en la II Guerra Mundial, vivió no sólo la humillación de verse obligada a sufrir la primera ocupación directa por fuerzas extranjeras de su historia y a asumir las responsabilidades que suelen acompañar caer en el bando de los derrotados, sino también afrontó la tarea de una reestructuración total de su sistema social, político y económico. Ello, en medio de un ambiente de pobreza y devastación interna, junto con una tensión internacional creciente.  Saber el qué, el cómo y el cuándo de esos momentos ha provocado un número importante de estudios y de narrativas, pero el libro de John Dower ha producido un salto cualitativo en el conocimiento y la interpretación de esos momentos.

 

Dower, profesor del MIT y según muchos el mejor historiador del Japón moderno, resume en el título la aportación principal del libro: “Abrazando la derrota”. Se refiere a cómo los ciudadanos de un país, aunque estuvieran dispuestos a morir por él también estaban deseosos de un cambio radical, por irónico que pueda parecer. Así, su estudio trata de cómo una derrota provocó el replanteamiento de ideas hasta hace poco interiorizadas como parte del propio ser, pero también de cómo se produjeron resultados imprevisibles en la fecha de la rendición incondicional. Las contradicciones de la ocupación norteamericana, ciertamente, hicieron que ésta acabara apoyándose en el mismo sistema al que se enfrentó y, si bien el militarismo fue “desarraigado” en Japón, por usar palabras de moda en esos momentos, permanecieron buena parte de las estructuras sociales, burocráticas, políticas e ideológicas que lo habían sustentado.

 

A lo largo de las 564 páginas de texto seguidas de otras 90 de citas y de una selección extraordinariamente bien cuidada de fotografías, Dower divide en seis partes el libro, sin que se correspondan exactamente con un orden cronológico: Vencedor  y vencido, Transcendiendo la desesperación, Revoluciones, Democracias, Culpas, y Reconstrucciones. Los capítulos iniciales se centran en lo ocurrido a Japón tras el 15 de agosto de 1945: la difícil situación social ante la derrota, los efectos beneficiosos de la llegada del nuevo ocupante, la desesperación producida por el hambre y la falta de perspectivas, las reacciones culturales generadas por el nuevo contexto y, por último, la expresión lingüística de la derrota, perceptible más a través de multitud de sutilezas que por medio de las nuevas palabras ("Como ocurriría una y otra vez en el Japón posterior a la derrota, palabras y frases parecían haber cambiado poco, pero lo que significaban había cambiado dramáticamente" [p. 164]).

 

La evolución política es narrada comenzando por la “revolución neocolonial” del gobierno de ocupación (SCAP) presidido por el General Douglas MacArthur, siguiendo por la forma en que los japoneses (intelectuales, elites de gobierno y pueblo en general) dieron una calurosa bienvenida al cambio traído por los norteamericanos. Acaba con el dilema de las organizaciones izquierdistas en Japón, que se vieron atrapadas entre las nuevas libertades conseguidas a raíz de haber desencadenado el SCAP una revolución “desde arriba” y los progresivos frenos de ese mismo gobierno para evitar perder el control de esa revolución, cuando venían los impulsos “desde abajo”.

 

La puesta en marcha de las “democracias” es tratada desde tres perspectivas: el emperador, la constitución y las limitaciones. En el primer caso, Dower explica cómo el emperador fue exonerado de culpa para poder utilizar su figura en pos de la construcción del nuevo Japón, cómo se consiguieron limar los aspectos más inaceptables  de su figura (por ejemplo, la “declaración de humanidad”, con un lenguaje muy esotérico que no renunciaba expresamente a su divinidad, aunque consiguió una excelente respuesta en el exterior), y el esfuerzo por darle un nuevo sentido a la monarquía, tanto en baños de popularidad como vinculándola a una Constitución con un carácter progresista. La elaboración de esta nueva Carta, en segundo lugar, también tuvo varias fases. Al comienzo, a cargo de las elites gobernantes niponas, después, cuando los norteamericanos se pusieron a la obra para promulgar una ley fundamental que no pudiera ser modificada en dirección opuesta cuando se marcharan, y por último, cuando el texto fue internalizado por los propios japoneses, por unos como reflejo de unas ambiciones de paz y democracia que aún se mantienen frescas, y por otros como única forma de perpetuar la monarquía y su dominio social. En tercer lugar, Dower añade un capítulo sobre las limitaciones, para mostrar los tintes tan autoritarios con los que fue impuesta esa democracia en Japón.  Entre ellos, destacó la labor extremadamente profesional del cuerpo de censura (Civil Censorship Detachment, que llegó a contar con 6.000 trabajadores en todo el país), el cual, si bien en un principio atacó las trazas de militarismo y el ultranacionalismo, acabó después reconvirtiéndose y enfocando sus ataques hacia los elementos izquierdistas. La falta de base jurídica del Tribunal de Tokio, acusando a unos personajes de unos cargos que no existían y culpándoles de conspiraciones difícilmente explicables (se estableció el 1 de enero de 1928 como el comienzo de los planes de expansión en Asia), fue otra de las muchas contradicciones de la ocupación, porque si bien la idea de castigar a los culpables (al menos, a una representación) podía ser loable, castigar los crímenes de los acusados mientras se obviaban los propios consiguió el efecto contrario: que el propio pueblo japonés exonerara a los criminales de guerra. Los japoneses, mientras eran obligados a asumir una culpabilidad y mostrar un arrepentimiento, lloraban a sus muertos y se sentían engañados por una vorágine militarista de la que cada vez más ellos también se sentían víctimas, por lo que este sentimiento influyó en ese recuerdo compasivo hacia los criminales que sufrían condenas, olvidando sus crímenes.

 

Dower, de esta forma, aporta dos ideas fundamentales para comprender lo que ocurrió en Japón durante la ocupación norteamericana. Por una parte, que el cambio de esos momentos tuvo un  fuerte apoyo popular gracias a que el gobierno de ocupación supo entroncar con sus aspiraciones, simbolizadas en los conceptos (de diferente significado para ambas partes) de paz y democracia. Por la otra, la diversidad de opiniones y sensibilidades tanto dentro del propio pueblo japonés como de los ocupantes norteamericanos. Sus interpretaciones novedosas, además, arrojan una luz necesaria para comprender este fenómeno en su contexto global. Porque la maleabilidad de las ideas la explica, por ejemplo, señalando que la renovación y la iconoclastia eran variedades tan fuertemente fijadas en la consciencia japonesa como la reverencia al pasado o la aquiescencia a los poderes [p. 179] Así, Dower explica la vitalidad de los movimientos de la posguerra como parte de la propia cultura japonesa y no como un fenómeno temporal. Un ejemplo fue el mensaje corrosivo de la cultura escapista kasutori, algunos de cuyos escritores igualaron el amor y el sexo a la revolución, o bien propusieron la adoración a la carne o nikutai, criticando de esa forma el culto obligatorio al kokutai, o “cuerpo nacional” que personificaba las especiales características del poder en Japón, consagrado hasta entonces por la Constitución Meiji. Algo parecido ocurrió con el cambio de la institución imperial dentro de la mentalidad japonesa, porque si la monarquía pasó a adquirir unos roles muy alejados de la divinidad y el fanatismo, fue gracias a que siempre había existido una doble percepción, exterior e interior (honne y tatemae), divina y humana, respecto a esta institución, según explica Dower [p. 303].

 

Dower también permite comprender hasta qué punto penetró la influencia de los Estados Unidos en Japón y hasta dónde se puede hablar de una japonización de esta influencia. Así, la elaboración de la Constitución es un ejemplo claro de una reforma que el gobierno japonés fue incapaz de realizar y que salió adelante gracias al impulso dado por las autoridades de ocupación, empezando por MacArthur, para ser después niponizada tras su traducción al japonés. Este general ha sido muy denostado recientemente por la historiografía (Michael Schaller: MacArthur: The Far Eastern General. New York: Oxford University Press, 1989), achacándole una escasa influencia en la ocupación, pero Dower, aún criticándosele su arrogancia y obsesión por el protagonismo y las relaciones públicas (su colega Clay, que dirigiera la política de ocupación en Alemania, apenas es conocido), le atribuye una gran influencia. En parte por su “fervor mesiánico” [p. 78], en parte por la libertad de actuación que gozó y en parte por la admiración que los japoneses le profesaron, MacArthur fue decisivo no sólo en mantener la Institución Imperial, sino en disuadir al Emperador de la abdicación o de cambiar el nombre “Shôwa” a la Era que se había inaugurado tras acceder al trono Lo que es más importante, MacArthur dio el impulso definitivo a la nueva Constitución. Su pensamiento fuertemente conservador y sus carencias personales (que quedaron en claro cuando durante sus declaraciones al Senado estadounidense tras la vuelta al continente comparó a la cultura japonesa con un niño de 12 años), quedaron compensados por los oídos que prestaba a sus asesores, de muy diferentes planteamientos políticos, y por el sentimiento general de superioridad racial en Estados Unidos, que llevó a percibir a la ocupación de Japón como un último capítulo de “la carga del hombre blanco”

 

Las lagunas del libro son importantes, porque un tema tan amplio necesariamente ha de abandonar algunos temas, como el propio autor reconoce.  Falta comparar el caso de Japón  con otras experiencias, no sólo con  la posguerra alemana, que aparece de cuando en cuando, sino con otras posguerras. El autor se justifica parcialmente afirmando que sería difícil encontrar otro momento en la historia de la humanidad con un intercambio cultural tan intenso, impredecible, ambiguo, confuso y ecléctico, pero no es difícil encontrar otros casos semejantes. Dower analiza profusamente la rehabilitación de las elites gobernantes en Japón, por ejemplo, pero ésta se produjo también a lo largo de toda Asia tras el fin del interludio japonés. En Filipinas, el archipiélago desde donde el general dirigió el ataque a Tokio, se produjo un caso que puede ser visto como un prolegómeno, porque Manuel Roxas,  ministro durante la ocupación japonesa, fue el primer presidente electo de la posguerra, en 1946, con el apoyo obvio de MacArthur. Además, algunas carencias del libro de Dower son importantes, porque el papel de la mafia japonesa o Yakuza es mencionado muy brevemente, al tratar el mercado negro, así como otros aspectos más particularizados, tales como los residuos de ultranacionalismo que quedaron. Su investigación se basó en buena parte en las experiencias fueron recogidas en los periódicos, pero esta demasiado centrada en Tokio y habría sido conveniente profundizar en esa diversidad  de los contactos entre asiáticos y occidentales a lo largo y ancho del archipiélago japonés. El término “reverse course” para expresar la “marcha atrás” en la política reformista a partir de la mitad del período total de la ocupación norteamericana, por último, carece de la explicación adecuada, porque si bien está clara la intención norteamericana de parar un proceso que se les iba de las manos cuando el enfrentamiento con la URSS iba aumentando, también el giro estuvo motivado por un movimiento de péndulo, normal en todo proceso de reformas.

 

Lo importante del libro, no obstante, es que John Dower, a pesar de lo alto que había puesto el listón en sus publicaciones anteriores, se ha vuelto a superar y ha cumplido con las expectativas alimentadas por el tiempo que este libro se hizo esperar.  Por un lado, porque es un libro ameno, escrito con una prosa ligera que provoca seguir leyendo, que hace reflexionar a cada paso y que se ha convertido ya en el libro de referencia sobre aquel período. Pero sobre todo, porque su enfoque ha dado definitivamente la vuelta a los anteriores estudios sobre este período de la historia de Japón. La bibliografía sobre estos años se había centrado hasta ahora cómo los dominantes habían modificado a los dominados (Takemae E., GHQ Tokyo: The occupation headquarters and it's influence on post-war Japan. London, 1990; Ward, E. & Sakamoto, Y. (eds.) Democratizing Japan: The Allied Occupation, Honolulu: University of Hawai’i Press, 1987 o Schonberger, H.B., Aftermath of War: Americans and the Remaking of Japan, 1945-1952, Kent: Kent State University Press, 1989), en las memorias de  los participantes (Cohen, Th. Remaking Japan: The American Occupation as New Deal. New York: Free Press, 1989, Oppler, A.C., Legal Reform in Occupied Japan: A Participant looks back, Princeton: Princeton University Press, 1976) o en el contexto general (Schaller, M., The American Occupation of Japan. The origins of the Cold War in Asia. New York: Oxford University Press, 1985; Harries, Meirion and Susie, Sheathing the sword. The Demilitarisation of Japan. London: Heinemann, 1987), pero Dower lo ha cambiado, centrando su estudio en el pueblo japonés y en cómo abrazó la derrota. Como muestra de ello, el general MacArthur,  Hirohito y las decisiones de los gobiernos japoneses no aparecen hasta la página 200, mientras que el fin de la ocupación y los problemas del tratado de paz son tratados muy ligeramente. Era un enfoque desestimado, pero necesario de afrontar, porque la catarsis social fue previa a las  decisiones tomadas por los gobernantes  y Dower era el más apropiado para ello, porque ya había abordado así su estudio sobre la guerra del Pacífico en War  Without Mercy. Race and Power in the Pacific War (New York: New Press, 1986). Para penetrar en el enfrentamiento racial que supuso la guerra del Pacífico, este profesor recurrió a comics y a literatura difícil de encontrar entre la documentación gubernamental, con el resultado ampliamente reconocido de haber escrito una obra magistral.

 

         Incluyendo la narración de experiencias, objetivos e intenciones de multitud de japoneses, expresadas en diarios, cartas a periódicos,  canciones y demás, Dower aporta la gran diversidad de ambiciones y expectativas en un momento de renovación profunda de un país percibido normalmente como muy homogéneo. Pero también, en el encuentro de dos pueblos que acababan de odiarse a muerte, Dower incide en la diversidad, tanto de los japoneses que se enfrentaron ante la nueva vida que les depararía la llegada de la paz después de quince años de guerra, como de esas influencias que dejaron esos ocupantes norteamericanos. Ni todos los japoneses eran iguales, ni la experiencia de la presencia norteamericana se puede reducir al SCAP.