Revista Española del Pacífico, num. 9 (1999): pp. 388-389
Hutchcroft, Paul D.: Booty Capitalism. The Politics of Banking in the Philippines. Ithaca and London, Cornell University Press, 1998, 278 pp.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX, el archipiélago filipino ha contado con unas estadísticas económicas envidiables, más comparables con las que disfrutaba Japón que con las de sus vecinos surasiáticos: su standard de vida fue segundo de toda la región. Además, ha disfrutado de unas posibilidades de desarrollo superiores, desde la relativa estabilidad política o la cantidad de ayuda provista por los Estados Unidos hasta unos niveles de educación realmente elevados, incluyendo un fácil acceso a las nuevas influencias por medio del amplio uso de la lengua inglesa entre su población. Sin embargo, en estas postrimerías de milenio se encuentra en una situación harto distinta: mirando con envidia los logros de esos vecinos que antes observaba con desdén. Mientras que sus vecinos crecieron una media de un 6.9% anual en la década de los 1980, el PIB de Filipinas sólo lo hizo un 0.9 y el ingreso per cápita real disminuyó en un 7.2% entre 1980 y 1992. Hoy se encuentra en la cola de un equipo que antes parecía encabezar.
Hutchcroft centra las razones de ese declive en el aspecto político, más que en el económico, y de ahí ese título tan significativo: “Capitalismo Depredador”. Se centra en la arbitrariedad política para buscar las razones y señala una diferencia fundamental entre el estado capitalista de Filipinas y el de sus vecinos thailandeses o indonesios: uno lo define como patrimonial oligárquico mientras que el de los otros es más bien patrimonial administrativo. Hutchcroft analiza las relaciones entre el estado y la oligarquía en Filipinas, encontrando unas barreras estructurales particularmente tenaces para la creación de un estado más racional y legal y para el fin de sus características patrimoniales. Además, se concentra en la banca por ser quizás el ejemplo donde mejor se pueden traslucir estas ineficiencias estructurales del capitalismo filipino: el Banco Central ha sido incapaz de hacer cumplir sus propias regulaciones o de luchas contra las prácticas de cártel dentro de la industria; por el alto grado de arbitrariedad de la autoridad central monetaria y por la incapacidad del estado, en general, para proveer el marco legal regulador del funcionamiento capitalista del país. El sistema bancario filipino ofrece dos características principales, el favoritismo rampante y la escasa efectividad de las regulaciones del estado. Además, hay dos áreas en las que su pobre funcionamiento ha impedido objetivos desarrollistas más amplios: utilización y aprovechamiento de ahorros, ineficientes localizaciones de créditos por motivaciones políticas (“recibir un empréstito significa percibir un gran favor”), el alto grado de inestabilidad financiera, beneficios enormes para aquellos bancos que buscan principalmente beneficios, frente a aquellos dedicados a financiar empresas relacionadas y, por último, los regalos generosos a instituciones financieras públicas y privadas del Banco Central que han vaciado sus arcas de la forma más completa en beneficio de compinches de los políticos de turno y los oligarcas.
Hutchcroft, en definitiva, arguye que las características especiales de las relaciones entre oligarquía y estado en las Filipinas hacen este sistema de capitalismo depredador. Por ello, la solución para el futuro ha de ser el desarrollo del aparatos estatal, la etapa que desde la propia administración filipina se ve como la que ha de enfrentar ahora el país, una vez que el presidente Ramos enfiló Filipinas en la vía de sus vecinos de la ASEAN. Las tareas actuales son más difíciles que las llevadas a cabo por Ramos, ciertamente. Es más difícil promover exportaciones con un alto valor añadido que liberalizar las importaciones, crear un sistema de impuestos capaz de sostener las necesidades de desarrollo de infraestructuras que desmantelar un sistema de incentivos fiscales preferenciales. Estas labores más difíciles le corresponden al presidente Estrada quien, aunque no es previsible que ejerza el liderazgo necesario para avanzar a la velocidad necesaria, tampoco está demostrando los peores temores que veían en su presidencia una vuelta a los tiempos del compincheo. Análisis como el de Hutchcroft pueden ayudar, precisamente, a impulsar el consenso en torno a definir esos objetivos a largo plazo y a que ninguna persona o grupo oligárquico pueda ser capaz nunca más, como ocurrió en el pasado, de descarrilar la marcha del pueblo filipino hacia un mejor bienestar.