Donald Keene.- Emperor of Japan. Meiji and his World, 1852-1912. Columbia University Press, Nueva York, 2002. 922 pp.

En Revista Española del Pacífico, N. 15, Años 12-14, 2002-2003, pp. 149-150

 

 

            Los emperadores apenas han contado en la historia de Japón. A pesar de ser considerados dioses y dar nombre a las épocas, es bien sabido que han tenido poco poder efectivo, hasta el punto de que durante los dos siglos y medio de la época de seclusión, dependieron de los subsidios de los shogunes, los que detentaban el poder y que también tenían poder hereditario, los Tokugawa, en un sistema parecido a la Ranarquía de Nepal. Tras la llegada de los occidentales y la firma de los Tratados Desiguales desde mediados del siglo XIX, la pérdida de legitimidad del shogunato devolvió consideración a Kioto, pero aún así el paso nipón del derrumbe del sistema feudal a convertirse una potencia mundial de primer orden era atribuido casi en exclusiva a los políticos.

 

No al emperador Meiji. Haber asumido el trono a los quince años, como muchos otros emperadores antes, permanecer callado en la gran mayoría de las reuniones que presidió y observar tradicionalmente unas funciones meramente

decorativas, centradas en ceremonias cortesanas, con tardes enteras observando la luna y escribiendo poemas, de una forma muy parecida a la que llevaban viviendo en la corte desde los tiempos Heian, han contribuido a marginarle. La documentación existente, además, ayuda poco a esta labor: centenares de poemas cortos waka; diarios de la Corte, minuciosos hasta el

punto de señalar cuándo se corta el pelo, pero meros datos que no permiten aflorar muchas conclusiones; anécdotas conocidas, que pueden ser verdad o no; minutas de sus conversaciones, burdamente amañadas y memorias de su entorno, donde es difícil encontrar observaciones críticas. Por no saberse, no hay constancia de cuál de sus concubinas era la preferida.

 

           Juntando y valorando esos acercamientos tangenciales, Keene se aproxima al emperador más por los hechos que por sus palabras concluyendo, por ejemplo, que la concubina que le dio más hijos (ocho, de los cuales cuatro sobrevivieron) de las que tuvo una relación más prolongada hubo de ser la preferida. También ha mostrado la contribución de Meiji al gobierno

del país. Estaba al tanto de todos los asuntos importantes del Estado, comenzando normalmente a trabajar a las seis de la mañana y, lo que resulta más [149] novedoso, influyó decisivamente en la toma de decisiones y a favor del

proceso de modernización en el que se embarcó su país, con una peculiar concepción de progreso como «educación, producción y ejército». Su figura fue crucial para mantener la estabilidad, a pesar de los graves problemas económicos y políticos, incluidas algunas revueltas protagonizadas por figuras muy queridas y cercanas a él, como  Takamori Saigô. Keene, además,

da cuenta del papel crucial del emperador Meiji, al comienzo de su reinado, para evitar los deseos de la mayoría de su gobierno de entrar en guerra con  Corea, así como su oposición, décadas más tarde, a la guerra contra China. Más allá de las decisiones políticas, además, se esforzó por conocer el estado real de sus súbditos en sus viajes por zonas del país por donde

pocas autoridades se habían molestado antes en pasar y por erradicar las viejas costumbres y temores que obstaculizaban la modernización. Así, en el año 1875, tanto él como la emperatriz se vacunaron contra la viruela para que su ejemplo llevara a sus súbditos a hacerlo también. Con la sensibilidad que Donald Keene hace gala en sus obras, Meiji y su mundo es un sugerente trabajo sobre el país que quizás mejor supo utilizar en su favor el empuje colonial. Que se suma a la larga lista de obras esenciales que siguen sin ser traducidas al castellano.

 

 

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