Donald Keene.- Emperor
of
En Revista Española del Pacífico,
N. 15, Años 12-14, 2002-2003, pp. 149-150
Los emperadores apenas han contado
en la historia de Japón. A pesar de ser considerados dioses y dar nombre a las
épocas, es bien sabido que han tenido poco poder efectivo, hasta el punto de
que durante los dos siglos y medio de la época de seclusión,
dependieron de los subsidios de los shogunes, los que detentaban el poder y que
también tenían poder hereditario, los Tokugawa, en un
sistema parecido a la Ranarquía de Nepal. Tras la
llegada de los occidentales y la firma de los Tratados Desiguales desde
mediados del siglo XIX, la pérdida de legitimidad del shogunato
devolvió consideración a Kioto, pero aún así el paso
nipón del derrumbe del sistema feudal a convertirse una potencia mundial de
primer orden era atribuido casi en exclusiva a los políticos.
No
al emperador Meiji. Haber asumido el trono a los quince años, como muchos otros
emperadores antes, permanecer callado en la gran mayoría de las reuniones que
presidió y observar tradicionalmente unas funciones meramente
decorativas, centradas en ceremonias
cortesanas, con tardes enteras observando la luna y escribiendo poemas, de una
forma muy parecida a la que llevaban viviendo en la corte desde los tiempos Heian, han contribuido a marginarle. La documentación
existente, además, ayuda poco a esta labor: centenares de poemas cortos waka; diarios de la Corte, minuciosos hasta el
punto de señalar cuándo se corta
el pelo, pero meros datos que no permiten aflorar muchas conclusiones;
anécdotas conocidas, que pueden ser verdad o no; minutas de sus conversaciones,
burdamente amañadas y memorias de su entorno, donde es difícil encontrar
observaciones críticas. Por no saberse, no hay constancia de cuál de sus
concubinas era la preferida.
Juntando y valorando esos
acercamientos tangenciales, Keene se aproxima al
emperador más por los hechos que por sus palabras concluyendo, por ejemplo, que
la concubina que le dio más hijos (ocho, de los cuales cuatro sobrevivieron) de
las que tuvo una relación más prolongada hubo de ser
del país. Estaba al tanto de
todos los asuntos importantes del Estado, comenzando normalmente a trabajar a
las seis de la mañana y, lo que resulta más [149] novedoso, influyó
decisivamente en la toma de decisiones y a favor del
proceso de modernización en el que
se embarcó su país, con una peculiar concepción de progreso como «educación,
producción y ejército». Su figura fue crucial para mantener la estabilidad, a
pesar de los graves problemas económicos y políticos, incluidas algunas
revueltas protagonizadas por figuras muy queridas y cercanas a él, como Takamori Saigô. Keene, además,
da cuenta del papel crucial
del emperador Meiji, al comienzo de su reinado, para evitar los deseos de la
mayoría de su gobierno de entrar en guerra con Corea, así como su oposición, décadas más
tarde, a la guerra contra China. Más allá de las decisiones políticas, además,
se esforzó por conocer el estado real de sus súbditos en sus viajes por zonas
del país por donde
pocas autoridades se habían
molestado antes en pasar y por erradicar las viejas costumbres y temores que
obstaculizaban
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